La educación secundaria venezolana: un muerto sin dolientes

En 1985 yo tenía catorce años y cursaba el tercer año de bachillerato. Durante unas vacaciones, empecé a tomar unas notas en un cuaderno acerca de algo que venía dándome vueltas en la cabeza desde que afronté la crisis típica del joven que se enfrenta por primera vez a la química y la física: la educación venezolana está mal formulada porque no toma en cuenta las naturales inclinaciones vocacionales del estudiante.

Lo que al principio fue un cuaderno con notas terminó convirtiéndose en lo que a la postre sería mi primer ensayo. Bajo el insufrible título de La educación secundaria venezolana: un muerto sin dolientes, o Cómo aprovechar al máximo la etapa donde los jóvenes empiezan a tener sentido crítico, esbocé un modelo educativo que permitiera un mayor desarrollo de aquellas áreas con las cuales el estudiante se siente realmente identificado, de manera que la formación vocacional arrancara en el bachillerato y no aguardara hasta la entrada del estudiante en el subsistema de educación superior.

La historia es interesante porque, a los catorce años, producir un ensayo en Venezuela es al menos extraño. Ni siquiera tenía pretensiones de que fuera publicado, pero mi madre y mis tíos paternos empezaron a trabajar en la edición apenas tuve listo el manuscrito. El ensayo apareció finalmente bajo el sello de Editorial El Tabloide —la empresa que nos dejó mi papá al morir— en un pequeño volumen de 40 páginas. Una coincidencia hizo que el libro fuera impreso en mayo; en junio se cumplía el 155º aniversario de la muerte de Sucre y el Concejo Municipal de Cagua hizo una sesión solemne para la cual, a objeto de presentar el ensayo, fui designado orador de orden.

Fue la primera vez que vestí paltó y corbata. Todos mis compañeros de estudios, obviamente unos niños de entre 13 y 15 años como yo, asistieron a la sesión y aplaudieron a rabiar cuando en la lista protocolar los mencioné, de último pero los mencioné. Al término del discurso —un largo recuento del episodio histórico para el que había sido convocada la sesión—, los asistentes a la sesión se pararon a aplaudir durante un minuto y medio —ni que decir tengo que eran casi todos amigos y familiares. Luego se procedió al bautizo del ensayo, la prensa regional me entrevistó y aparecí en todos los periódicos. Días más tarde el Pedagógico de Maracay, donde trabajaba el profesor Gustavo Muñoz Cuenca, autor del prólogo, me invitó a dar una charla sobre mis ideas educativas. Fue la primera vez, también, que sentí el vértigo de un momento de gloria.

Los años han pasado y ese ensayo permanece olvidado en las casas de quienes asistieron al bautizo. Particularmente en mi casa, cada vez que movemos una caja o abrimos una gaveta aparece un ejemplar. Sigo pensando que debe reformularse el sistema educativo venezolano; sigo pensando que más que la transferencia de conocimientos la educación debe ser un entrenamiento del intelecto. Pero no me pidas, querido visitante, que transcriba aquí el contenido del ensayo (sólo te mostraré la portada), pues para mí apenas conserva un valor histórico.

La educación secundaria venezolana: un muerto sin dolientes


©Jorge Gómez Jiménez • jgomez@letralia.comPágina principal