El escritor ante la especie

Después del fin de los libros

I. El fin de los libros

El conocimiento está allí, en alguna parte detrás de la pantalla. Esta certeza, que se ha aposentado en nuestras vidas con cada vez más fuerza en los últimos años, paradójicamente ha fomentado al mismo tiempo toda una armazón retórica en torno a la muerte del más claro símbolo del conocimiento: el libro. Justificaciones sobran. En ellas se encuentra desde la incontrolable catástrofe que asola a los bosques del planeta hasta las infinitas posibilidades que se le atribuyen al hipertexto como la nueva manera de distribuir la información, la herramienta definitiva que reúne las facultades de todas las herramientas que a lo largo de la historia ha creado el hombre para compartir, relacionar y difundir conocimientos.

En 1992, cuando la mayor parte de Internet era aún un territorio inhóspito y en gran medida experimental, una entelequia más propia de los relatos de ciencia ficción que de los ámbitos de la educación y la productividad, el escritor estadounidense Robert Coover celebraba la aparición del hipertexto como el mecanismo que daría pie a la creación de nuevas formas narrativas. La literatura, decía, terminaría aprovechando las bondades de esta herramienta creando un territorio en el que cualquiera podría intervenir un texto, aportando su particular visión del mundo y sus propias dotes literarias.

Nacido en Charles City, Iowa, en 1932, el entonces sexagenario profesor enseñaba a emplear la computadora como herramienta de escritura mucho antes de que se consolidara la red mundial de información que hoy conocemos como Internet. Maravillado por los logros obtenidos en su Taller Literario Hipertextual en la Universidad de Brown, donde trabajaba entonces, Coover fue quien acuñó la expresión “el fin de los libros”, en un artículo homónimo publicado el 21 de junio de 1992 en la revista de libros de The New York Times. Allí, alababa lo que consideraba sería la principal contribución de las computadoras a la literatura: el desvanecimiento de la línea divisoria entre los lectores y los escritores, dando lugar a una nueva interpretación del concepto de autor.

Hasta entonces, la información llegaba hasta los lectores mediante un proceso unilateral en el que un conglomerado de medios fungía de canal para el gran receptor: el público. Esta expresión, “público”, denotaba una masa informe de personas comunes y corrientes cuya única intervención en el proceso de la información era consumir lo que periódicos, libros y otros medios de comunicación tuvieran a bien llevar hasta ellos. Un visionario e inspirado Coover escribía hace ya diecisiete años: “Lectores y escritores hipertextuales se convierten en colectores y coescritores, una suerte de compañeros de viaje en la definición y redefinición de los componentes textuales (y también visuales, cinéticos y orales), no siempre proporcionados por el usualmente llamado autor”.

Participaba Coover igualmente del entusiasmo de Michael Joyce, un escritor que a finales de los 80 escribió el relato Afternoon adoptando las posibilidades que brinda el hipertexto, herramienta a la que atribuía la facultad de brindarnos una verdadera literatura con múltiples voces y sentidos. Lo apoyaba Coover de esta manera: “La narrativa tradicional, bien sea que se desvanezca en paisajes geográficos o laberintos insolubles, cuenta con instancias tales como un inicio, un desarrollo y un final que nunca se separan de su inmediata visualización. En su lugar el hipertexto nos ofrece bifurcaciones, menús, enlaces y redes estructuradas”.

Coover identificaba la posibilidad de utilizar diversos tipos de letra y la adopción de elementos no necesariamente literarios, como gráficos estadísticos, fotografías, tarjetas de béisbol, juegos de mesa y otros, como los mayores aportes que el hipertexto ofrecía a la literatura. Sus alumnos, aun los más conservadores, participaban en una especie de juego literario en el que todos creaban paulatinamente una realidad alterna plena de tramas y subtramas en el ámbito ficticio de un hotel. Los participantes del taller podían reservar una habitación de este hotel virtual y desde allí crear nuevas habitaciones o pasillos, desarrollar historias de intriga, crear o destruir enlaces, cambiar los textos escritos por otros autores, manipular el tiempo y el espacio y, en suma, convertirse en algo parecido a ese pequeño dios que es todo narrador. Ni más ni menos, una versión hipertextual y seductora del antiguo concepto del cadáver exquisito.

 

II. Hipertexto y pensamiento

Casi dos décadas más tarde, el hipertexto es aún una herramienta cuya única utilidad es la conexión de información, pero como herramienta de escritura es menospreciada por la mayoría de los escritores. Las predicciones que en los tempranos 90 ocuparon las enfebrecidas mentes de Coover y otros entusiastas de entonces, fueron fallidas imaginaciones construidas al calor de la aparición de las nuevas tecnologías. No existen en la actualidad esas legiones de autores que publiquen en Internet sus creaciones dejando abiertas las compuertas para que sus lectores participen del juego creador adosando sus propios personajes, subtramas y sorprendentes giros. Ni siquiera se observa algún incremento importante de la intención en ese sentido. Los escritores han aprovechado la irrupción de Internet de otras maneras.

Pero antes de rozar semejantes profundidades debemos ir a lo básico. ¿Qué diantres es el hipertexto? Afortunadamente el concepto se explica con economía de palabras: hipertexto es todo texto que en la pantalla de una computadora conduce a otro texto relacionado. No se requiere mucho esfuerzo para comprender que nos estamos refiriendo a esas palabras que en las páginas de Internet se muestran resaltadas de alguna manera, y sobre las cuales podemos hacer clic para pasar a otras páginas. Eso que hoy llamamos “enlace” o “vínculo” no es otra cosa que el hipertexto en toda su gloria, pero el hipertexto no está presente sólo en Internet. Cuando usamos el ratón para pulsar sobre cualquier menú de un programa, estamos usando hipertexto. Cuando seleccionamos una palabra en Word o en cualquier otro procesador de textos moderno, y abrimos la herramienta de sugerencia de sinónimos y antónimos, estamos usando hipertexto.

El hipertexto no se llamaría realmente así hasta los años 60, cuando apareció por primera vez en un programa creado por los ingenieros Ted Nelson y Douglas Engelbart. Este último, significativamente, es también el inventor de ese dispositivo con el que hoy en día sacamos tanto provecho del hipertexto: el ratón. Asimismo, la aplicación del hipertexto no se extendería hasta los 80, con la aparición de la computadora personal. Pero el concepto fue ideado en los años 30 y desarrollado más tarde, durante la segunda guerra mundial, por el ingeniero y científico estadounidense Vannevar Bush, quien impactado por el volumen de documentos con el que debían trabajar él y sus colegas, imaginó un dispositivo en el que el usuario pudiera consultar colecciones de microfilmes en una pantalla. Estas colecciones podrían contener desde simples párrafos explicativos hasta libros completos en los que, por otra parte, el usuario podría hacer anotaciones en los márgenes.

El “memex”, que fue el nombre que le dio a su máquina, nunca fue llevado a la práctica, pero su planteamiento sentó las bases de una nueva filosofía en el tratamiento de la información. En el momento en que Bush escribió su idea, ya existían artefactos rudimentarios, los antepasados de la actual computadora, en los cuales para localizar un artículo era preciso revisar detalladamente una base de datos hasta encontrar la categoría de información a la que se circunscribía lo que el investigador necesitaba. Luego, se navegaba en esa categoría de información hasta encontrar una subcategoría coincidente. Si allí no se encontraba el artículo buscado se bajaba a otra subcategoría, y así hasta que se produjera el hallazgo. Para Bush, tales procedimientos eran de una complejidad absurda, por lo que era necesario crear un dispositivo en el que cualquier elemento de información invocara de inmediato todos los otros elementos con los que estuviera relacionado. Su nueva filosofía en la gestión del conocimiento se traducía en estas cuatro palabras: La mente no funciona así.

Hay que detenerse un poco en estas cuatro palabras, que maravillosamente han delineado el desarrollo de la informática. Recordemos que la informática se define como el conjunto de técnicas que permiten gestionar la información haciendo uso, para ello, de la hoy ubicua computadora. Es en la necesidad de hacer que la computadora funcione como la mente donde confluyen la informática y el libro. Ya lo decía Jorge Luis Borges aquella tarde memorable de mayo del 78: “De todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.

El hipertexto es, hasta ahora, la más fiel representación artificial de los procesos naturales de pensamiento. Pero notemos que puede ser tan limitado como lo sea la intención o la capacidad de quien crea el enlace hipertextual para conectar un elemento de información con otros que puedan ser útiles o complementarios de cara al usuario. Sí, el hipertexto es la más fiel representación artificial de los procesos naturales de pensamiento, pero aún no es suficiente. Echaré mano de un ejemplo simplísimo. Cuando me detengo a pensar en la palabra azul, mi mente me habla del cielo y del mar, me habla de uno de los colores de la bandera, me habla de la tinta con la que escribí una nota esta mañana; si me esfuerzo en relacionar la palabra azul con otros contenidos en mi memoria, aparecerán las cortinas de un teatro al que fui hace dos años, la exclamación de cierto personaje de la película El lado oscuro del corazón, de Eliseo Subiela, las tapas del cuaderno en el que escribí mi primera novela, los ojos de una mujer a la que amé una noche perdida del año 1990. En un documento hipertextual, la palabra azul me proporcionará información adicional sólo si ha sido convertida en un vínculo de hipertexto por quien ha diseñado el documento.

Hace unos diez años, en un trabajo sobre la eficiencia de las auditorías de la información, el filósofo catalán Alfons Cornella advertía las limitaciones de la informática para arribar a estos niveles de complejidad. “Los sistemas de protección y filtro de la auditoría deben determinar qué información entra en el sistema (sólo la que sea útil), pero al hacerlo pueden al mismo tiempo estar impidiendo que entre aquella información cuya utilidad sólo se demuestra por su valor metafórico, por la capacidad que tiene de generar en nosotros el asombro, la admiración, la perplejidad a veces, que puede llevarnos a construir ‘puentes mentales’ que nos permitan entender cambios sociales profundos, tendencias escondidas en nuestros comportamientos de las que aún no somos conscientes”. Es a esa mecánica del pensamiento, encerrada en estos “puentes mentales”, a la que Bush concedía tanta importancia. Aún no hemos llegado a ese punto en que los medios artificiales sean capaces de reproducir tal mecánica.

Por ello la técnica ha desarrollado derivaciones y mutaciones del hipertexto. Funciones de autocorrección, sinonimia y antonimia, o generación automática de correspondencia a partir de datos contenidos en los documentos, son algunos de los avances en los procesadores de texto. Los complejos algoritmos de búsqueda de Google y otros buscadores son, por otro lado, la punta de un iceberg investigativo que en Internet tiene además otros exponentes: sistemas capaces de determinar con cierta precisión los niveles de importancia de las palabras de un documento, aplicaciones que convierten en hipertexto cada palabra contenida en una página web para que el usuario pueda acceder a definiciones de diccionario o traducciones, todo ello en una búsqueda paciente y meticulosa del Santo Grial que le dé a la computadora la posibilidad de acceder a procesos de gestión de la información cada vez más parecidos a los que vienen incorporados en el cerebro humano desde que nacemos.

El hipertexto está en el cerebro. Pero allí ocurre como un proceso instantáneo y plurisemántico, mientras que con los medios artificiales se trata de un proceso a posteriori y, por lo general, con escasísimas posibilidades semánticas —la mayoría de las veces, sólo una. Si bien, siguiendo con Borges, hemos concebido unas magníficas extensiones de la vista como lo son el microscopio y el telescopio, en la concepción de una extensión del pensamiento nos hemos quedado cortos. Ni la computadora ni el venerable libro reproducen a cabalidad los procesos de la mente. Aunque es justo acotar que ni siquiera lo consigue la palabra. Cuando nuestra boca dice amor, nuestra mente está aludiendo en realidad a todo un caudal de sentimientos que difícilmente puede ponerse en palabras.

 

III. Después del fin de los libros

Cuando Robert Coover vaticinaba el advenimiento del fin de los libros, se refería a la progresiva sustitución del libro tradicional por una construcción en la que, haciendo uso de las posibilidades tecnológicas proporcionadas por las computadoras, intervendrían múltiples autores que escribirían obras con múltiples desarrollos. El libro como laberinto, que Borges describiera en “El jardín de senderos que se bifurcan”, se impondría como el producto de la vieja tecnología —el libro— al agregársele las técnicas que la nueva —la computadora— hacía posibles. Esto, hoy lo sabemos, no pasó de ser un sueño entusiasta. Aunque técnicamente disponemos de la capacidad de crear libros con estas características, la influencia de la computadora sobre la creación literaria ha recorrido otros derroteros. Afortunadamente, además.

Dos hitos fundamentales destacan en la intrincada historia de la difusión de contenidos en Internet. El primero es la aparición de los servicios gratuitos en los que cualquier usuario podía publicar sus propios contenidos en la red. El mayor y más popular de estos servicios fue GeoCities, creado a mediados de los años 90 y cuya desaparición, este 26 de octubre, marca de alguna manera el fin de una época. El segundo hito es, a finales de los mismos años 90, la irrupción de los blogs, que han tenido mucho más éxito basándose en la versatilidad de la herramienta y, lo que es más importante, en la gran facilidad con que es posible diseñar y publicar la información. Hay, además, un elemento clave que ha catapultado la popularidad de los blogs: la interacción.

Si bien los primeros servicios de hospedaje como GeoCities ya incluían opciones para que el autor de los contenidos interactuara con sus lectores, recibiendo la necesaria crítica o incluso posibilitando su participación en la confección de los contenidos, en los blogs son estas opciones el centro del proceso. A diferencia de aquellos, en los blogs la interacción es una función inherente al servicio. Con el nivel de personalización de que se dispone en la actualidad, el usuario ni siquiera precisa de conocimientos de informática para, en pocos minutos, crear una tribuna en la que además de ser leído pueda involucrarse en un diálogo directo con quienes acuden a él en calidad de lectores.

Pensemos, en este punto, en las posibilidades de interacción con los lectores que hasta hace apenas veinte años ofrecían los medios tradicionales de difusión de información. Un escritor que publicara un libro en 1989 sólo recibiría la opinión de quienes se le acercaran físicamente en alguna presentación pública. Para la mayoría de nosotros, la escena en que lográbamos hablar con un autor estaba revestida de una pesada aura de misterio, cuando no de imposibilidad. En la actualidad, ese escritor podría recibir la opinión de sus lectores literalmente segundos después de que haga públicos sus textos en Internet. Así, en su forma más tradicional el blog es una obra de arte colectiva en la que los contenidos producidos por el autor original son enriquecidos por los comentarios de sus lectores. Técnica y arte se unen, de esta manera, en una forma hasta hace poco inédita de comprender y ejecutar el acto creador.

El concepto mismo de autor ha sufrido una transformación revolucionaria en los últimos años de la mano, precisamente, de los blogs. Más allá de lo que tradicionalmente conocíamos como literatura, hoy en día los blogs nos ofrecen una dimensión mucho más compleja e integradora del conocimiento y de la experiencia. Cercanos como nunca a la metáfora borgiana de la biblioteca absoluta, asistimos a un momento en que se hace tangible el hecho de que cada uno de nosotros tiene algo que decir sobre algún tema. Así, hoy podemos leer en Internet cuentos y poemas, pero también podemos acceder a las experiencias de un taxista que recorre día a día las calles de Madrid, las de un estudiante argentino que está lidiando con el clima de Estocolmo o las de un ingeniero español que un buen día decidió radicarse en Japón.

Sin embargo es a otro nivel donde terminará siendo modificada nuestra apreciación de lo que es un libro. Volvamos a aquella idea, el libro como tecnología. Más de quinientos años de historia desde la imprenta de Gutenberg nos han legado ese maravilloso artefacto que contiene en sus páginas la expresión del pensamiento humano. Pero la informática nos ha hecho comprender las limitaciones que esa tecnología encierra. Costos de producción y transporte, localización de la información y posibilidades de interacción son algunas de esas limitaciones. La necesidad de corregirlas es lo que ha venido impulsando el paulatino desarrollo del libro digital. Ya que todo instrumento, volviendo a Borges, no es otra cosa que la extensión de alguna de nuestras capacidades, la evolución del libro es un proceso indetenible. Refundar el planteamiento del libro como tecnología agregándole todas las herramientas que tienen como base el hipertexto y sus derivaciones es imprescindible para el desarrollo de la cultura.

Detengámonos un momento en el ejemplo claro que podemos observar en la evolución de los medios de transporte. Durante siglos el hombre dispuso básicamente de dos medios para trasladarse por tierra: sus propios pies y, además, el caballo. Es en el siglo XIX cuando hacen su aparición otros vehículos como el ferrocarril, la bicicleta y el automóvil, que redujeron a horas el tiempo empleado en recorrer trayectos para los que anteriormente se precisaban días enteros. Así, la tecnología estaba cumpliendo su papel primordial en la civilización: extender nuestras capacidades. Su éxito ha sido rotundo y en la actualidad a nadie se le ocurriría hacer uso del caballo para recorrer grandes distancias.

De la misma manera, el libro digital acabará imponiéndose como el instrumento estándar para la gestión del conocimiento. Si pasamos horas enteras intentando localizar un dato en un libro impreso, el tiempo invertido en un libro digital es de apenas segundos. El hombre siempre elige la herramienta que se amolda mejor a sus necesidades, y en este caso la elección es clara. Es el ferrocarril mejorando el trabajo que antes hacían nuestros propios pies o, con suerte, el caballo.

El libro no ha llegado a su fin, pero empieza a estremecernos esa posibilidad aterradora. La verdad es que el libro, en lugar de desaparecer, resultará enriquecido con la intervención de la informática. Hasta ahora la mayoría de los argumentos con que los detractores del libro digital participan en la discusión en torno al tema se limitan al olor y la textura del papel, la presencia señorial del libro en los anaqueles de las bibliotecas y otros elementos de orden principalmente anecdótico.

Entrevistado por la prensa española en Tenerife el pasado 2 de octubre, el escritor peruano Mario Vargas Llosa se manifestaba opuesto al libro digital con el argumento de que éste “podría no ser compatible con el rigor y la profundidad de la gran literatura, y la vulgarizara”. Una visita a cualquier librería nos daría elementos para comprender que la literatura no necesita del libro digital para “vulgarizarse”, pues ya en el medio impreso podemos identificar un inconmensurable contingente de literatura vana, necia, absurda o perteneciente a cualquier otra categoría que pudiéramos calificar con el adjetivo vulgar. Pero veamos el problema desde la perspectiva del vaso lleno: ya que la literatura es una creación del ingenio y la sensibilidad del ser humano, está claro que el rigor y la profundidad que pueda alcanzar una obra literaria no vienen determinados por el formato en que esa obra sea plasmada. Creer que el libro digital va a cambiar nuestra forma de hacer literatura es, como vemos, un error común en el que han caído intelectuales del más diverso calado, desde Robert Coover hasta Mario Vargas Llosa.

Sin embargo, el advenimiento del libro digital sí que encierra algunos problemas reales. Con los dispositivos de lectura de que se dispone en la actualidad se hace patente el primero de esos problemas: la compatibilidad de las tecnologías utilizadas. El Kindle de la tienda virtual estadounidense Amazon y otros dispositivos semejantes de lectura están basados en tecnologías cerradas, pues esta ha sido hasta ahora la única vía vislumbrada por los editores digitales para mantener el control del componente económico involucrado en el libro digital. Dicho de otra manera, si quieres leer los libros digitales que adquieras en Amazon, necesitas el dispositivo que también te vende Amazon. Google ha anunciado una respuesta a este hecho. Su iniciativa Google Edition, que se pondrá a prueba en Estados Unidos e Inglaterra a principios del año 2010, propone un formato de libro digital que pueda leerse en cualquier dispositivo, desde un teléfono celular hasta una computadora de escritorio.

No me cabe la menor duda de que mis hijos verán a sus hijos leyendo en estos dispositivos con la mayor naturalidad. La gran literatura y la pequeña literatura, la prensa, el material didáctico para su educación, la cartelera cinematográfica, el reporte del clima y el chisme comunal estarán a su disposición en estos nuevos medios. Esa generación futura no sentirá nostalgia del olor de los libros, pues simplemente habrá nacido en un entorno en el que esa nostalgia carecerá de toda referencia. Pero quizás será esa generación la que empezará a pensar en otro problema que ahora apenas vislumbramos.

Me refiero al problema de la energía. La existencia del libro digital es nula sin un dispositivo de lectura, y éste, a su vez, requiere para funcionar de la intervención de alguna forma de energía, a diferencia del libro tradicional que es un objeto tangible. Esto parece hoy un problema remoto, dado que el grueso de la información producida por la humanidad reposa segura en los libros y otros medios impresos. Pero imaginemos cuán vulnerable sería nuestra cultura si llegásemos al punto de depender mayoritariamente de dispositivos electrónicos. ¿Se planteará en el futuro la discusión sobre la urgente necesidad de convertir en medios impresos la producción parcial o total del saber humano? Es probable, aunque en este momento nos parezca una simple ironía anticipatoria. Pero lo cierto es que después del fin de los libros tendremos que hallar la manera de hacer accesible la información sin energía, y ese será sin duda el reto al que se enfrentará el ser humano en algún momento aún no previsto de la historia.

 

Referencias


©Jorge Gómez Jiménez • jgomez@letralia.comPágina principal