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Fe y economía

Mi pueblo tiene mucha fe. El venezolano es esencialmente religioso. Además de la religión oficial, la católica, otras religiones y seudorreligiones —evangélicos, testigos de Jehová, mormones y hasta santeros— pululan en nuestra sociedad, a veces con objetivos sinceramente humanitarios, y otras veces con la sola intención de obtener beneficio material de los adeptos al movimiento.

Pero, en general, la religión con más seguidores es la religión oficial, la católica. En sus filas milita la mayor parte de los venezolanos y aunque hace algún tiempo la Iglesia está encaminando esfuerzos para acrecentar su plantilla de creyentes, el pueblo en su gran mayoría se siente profundamente católico. Inclusive nuestro actual presidente, el doctor Rafael Caldera, se precia de ser un gran católico y su apego a esta religión le ha valido importantes relaciones en el medio religioso, entre ellas, una amistad bastante ostentosa con Juan Pablo II.

El otro lado del escenario social está dominado por el problema económico. A raíz de la primera fase del proceso devaluatorio que ha venido sufriendo nuestra moneda, el bolívar, el venezolano común se ha sentido atraído hacia esa otrora oscura ciencia de números. Poco a poco, el venezolano llegó a comprender cómo le afecta en su vida diaria los movimientos que en materia económica están haciendo sus gobernantes. Esta estrecha relación entre la labor gubernamental en materia económica, y el esfuerzo que los venezolanos hacen día a día por salir adelante, hizo implosión en 1989, cuando las masas tomaron las calles en protesta por el excesivo costo de la vida. Una protesta que se inició el 27 de febrero de ese año en contra del aumento de la gasolina, promulgado por el entonces presidente, Sr. Carlos Andrés Pérez, degeneró en una ola de salvajes saqueos que dejaron grandes pérdidas en el aparato comercial venezolano. Eventualmente, la crisis propició el estallido de dos intentos de golpe de Estado, el 4 de febrero y el 27 de noviembre de 1992, y finalmente el presidente Pérez fue destituido por la Corte Suprema de Justicia al iniciársele un proceso por la supuesta apropiación de 250 millones de bolívares, el 20 de mayo de 1993.

Todos estos hechos históricos coincidieron para que, en las elecciones de ese año, resultara vencedor el hoy presidente Dr. Caldera, quien caminando con las banderas de la honestidad y la experiencia en el gobierno —había sido presidente anteriormente en el período 1969-74— inicia un gobierno que el pueblo creyó sería el que reconstruiría la economía nacional. El pueblo se halla sumamente confundido y decepcionado del gobierno del Dr. Caldera, quien no ha llenado las expectativas que despertó en el venezolano promedio. Se ha iniciado una nueva ola de rumores que enrarece el ambiente tal como ocurrió los meses previos a los dos intentos de golpe de Estado sufridos por el Sr. Pérez.

Encuestas aparecidas en enero de este año hacen ver resultados reveladores: mientras que en 1992 el Dr. Caldera gozaba de la aceptación, traducida en un índice de popularidad como nunca antes soñó otro político venezolano, hoy en día muestra el más bajo índice de aceptación que haya tenido antes ningún otro presidente durante el período democrático de nuestro país. En medio de todo este panorama, la visita que el Papa Juan Pablo II está por realizar a nuestro país está siendo aprovechada por el gobierno para distraer la atención. Es la segunda vez que el Papa visita nuestro país. Entre su primera visita, realizada en 1985, y la actual, los presidentes parecen haber aprovechado la coyuntura para fomentar la fe religiosa del pueblo venezolano.

Dos hechos concretos han surgido de este ímpetu religioso del gobierno. Por un lado, la elevación al rango de Venerable del Dr. José Gregorio Hernández, famoso médico de principios de siglo en quien el pueblo venezolano —no sólo el creyente de escasos recursos— aprecia como un santo. Por otro lado, la beatificación de la Madre María de San José, religiosa aragüeña que se destacó por su labor humanitaria durante buena parte del siglo XX y que mereció, en 1995, la gracia del Papa. Así, la visita de Juan Pablo II a Venezuela en los próximos días viene a conformar un eslabón más de la cadena de acontecimientos religiosos de importancia en nuestro país. Sin embargo, esta visión tiene sus críticas. Ciertos estudios revelan que la población inmersa en niveles de pobreza crítica alcanza ya el 30%. Sólo un 5% de la población venezolana se encuentra actualmente en una posición socioeconómica cómoda. Sectores claves del desarrollo, como las ciencias y la pequeña y mediana industria, están desatendidos hasta el punto de que nuestros científicos emigran a otros países, especialmente a Estados Unidos, con la perspectiva de un mejor estatus de vida. El sector salud está en franca quiebra: casi todos los hospitales venezolanos atraviesan por la peor crisis de la historia. Medicamentos básicos cuya distribución y suministro son asegurados por el Estado, son difíciles de conseguir en Venezuela. Los laboratorios venezolanos que se encargan de elaborar las medicinas necesarias para sanar o mitigar las dolencias de diabéticos, enfermos renales o cardíacos, están a punto de cerrar debido al alto costo de la materia prima, que debe ser adquirida en dólares en el exterior. Otro sector clave, la educación, está en iguales condiciones. Los institutos públicos se encuentran al borde del caos, con una alta insuficiencia de equipos, materiales y enseres para el desenvolvimiento diario. La mayoría de las escuelas ubicadas en sectores marginales son, además, atacadas con suma frecuencia por la delincuencia.

Algunos sectores críticos de la opinión venezolana opinan que la visita del Papa está generando demasiados gastos innecesarios. Se ha hecho público que la construcción del vehículo que transportara al Papa por las calles y avenidas de las ciudades que visitará tuvo un costo de alrededor de los 50.000 dólares, equivalentes a 14 millones y medio de bolívares. Una información aparecida recientemente en la prensa nacional estima los gastos totales de la visita del Papa en cerca de los 50 millones de dólares, que han sido aportados por el Estado, la Iglesia y la empresa privada. Sin embargo, muchos opinamos que estas inmensas sumas de dinero debieran ser destinadas a resolver nuestros problemas más importantes. La visita del Papa está sirviendo de cortina de humo para dispendiar masas de dinero que probablemente tendrán como fin enriquecer a funcionarios del gobierno y a empresarios que muestran hipócritamente una falsa vocación de servicio.

El creciente costo de la vida, a pesar de todo, no está pasando de largo ante la vista del venezolano promedio. En la calle se respiran aires de impaciencia ante la evidente ineptitud del gobierno en resolver nuestros problemas. Aunque para mucha gente la visita del líder religioso representa un símbolo de aliento, los problemas económicos han hecho imposible que el venezolano se sienta realmente comprometido con los esfuerzos —supuestamente sinceros— que está haciendo la jerarquía eclesiástica por fomentar la fe católica en Venezuela.

Publicado por VHeadline News en junio de 1996.


©Jorge Gómez Jiménez • jgomez@letralia.comPágina principal