~~~~~~~~~~~~~~~ Año XV Cagua, Venezuela Nº 233 ~~~~~~~~~~~ ======================================= ~~~~~~~~~~~ LETRALIA, Tierra de Letras ~~~~~~~~~~~ http://www.letralia.com ~~~~~~~~~~~ ======================================= ~~~~~~~~~~~ 7 de junio de 2010 ~~~~~~~~~~~ ~~~~~~~~~~~ LETRALIA, Tierra de Letras, es ~~~~~~~~~~~ la revista de los escritores ~~~~~~~~~~~ hispanoamericanos en Internet. ~~~~~~~~~~~ Usted puede enviarnos sus ~~~~~~~~~~~ comentarios, críticas o material ~~~~~~~~~~~ literario a info@letralia.com ~~~~~~~~~~~ ~ * ~~~~~~~~~~~ ~~~ JORGE GOMEZ JIMENEZ - Editor ~~~~~~~~~~~ ~~~~ Depósito Legal: pp199602AR26 ~~~~~~~~~~~ ~~~~~ ISSN: 1856-7983 ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ *** In memoriam Gabriela Carolina Gómez Ramírez, 1990-2010 *** === Sumario =============================================================== | Naufragio sin índice. / Autobiográficos. / Grande como | Breves un río. / Palabras Escritas. / Al fons del món. / El | asterisco de Carla Crazut J. / Fotoperiodismo en tiempo | real. / Pensando en cine. / Cine Qua Non. / Las puertas | de Alberto Hernández. / Sanmillanos se encuentran. / | Libros para Tirúa. | | Entregan el Premio Alfaguara al escritor chileno Hernán | Noticias Rivera Letelier. / Publican libro con información | inédita sobre investigaciones de Rulfo. / Fallece el | cantante venezolano Rafa Galindo. / Carlos Fuentes | galardonado por el gobierno de París. / El español | Francisco Ruiz Noguera recibió el Premio Juan Ramón | Jiménez. / Madrid celebra su Feria del Libro dedicada a | la literatura nórdica. / Inaugurada la Biblioteca | Virtual de las Letras Mexicanas. / Publican en España | antología con todos los cuentos de Ribeyro. / Maestros y | nuevos exponentes del microrrelato unidos en una | antología. / Denuncian a Fundación Alberti por supuesta | alteración de un libro. / Poeta en Nueva York, de García | Lorca, publicado en edición facsimilar. / Lanzan en | España antología que reúne cuentos de Rubén Darío. / | Miguel Delibes dejó un libro inconcluso. / Biblioteca de | Jalisco será concluida en septiembre. / Fallece en | México el escritor ecuatoriano Bolívar Echeverría. / Dos | fotógrafas venezolanas exponen en Caracas imágenes de | Haití. / Escritores del llano venezolano se reunirán en | San Carlos. / Agencias literarias de España presentan su | asociación. / Congreso Hispanoamericano de Escritores | realizarán en España. / Universidad del Zulia celebrará | encuentro en homenaje a Letralia | | Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas. / Las cartas | Literatura de Benito Pérez Galdós. / CULTURA BAck. / EntreLectores. | en Internet / Archivo Gramatical de la Lengua Española. / Los | futuros del libro | | “El brujo de la tribu (Intención y reflexión en la obra | Artículos y de Mario Benedetti)”, Jorge Palma. / “Literatura | reportajes brasileña en el contexto de las letras | hispanoamericanas”, Sélvido Candelaria. / “Piura, crisol | de razas y culturas. Cultura transafricana”, Miguel | Godos Curay. / “El jardín de todas las Rusias”, Roberto | Bennett. / “Gonzalo Torrente Ballester (el inconformista | que escribía artículos periodísticos)”, José Ruiz | Guirado. / “La libertad que causa el desapego”, Loreto | Sepúlveda B. / “El arpa y la sombra (1978)”, Ariel | Batres Villagrán. / “Una historia liviana que se pone | pesada: las novelas de Alejandro Zambra”, Samuel Rutter. | / “Homero entre las aguas”, Pablo Javier Deheza. | | Antonieta Madrid: “El éxito de un libro y de un autor | Entrevistas está en los lectores”, entrevista por Juan Carlos | Vásquez. | | “Exilio y metáfora”, Julio Pino Miyar. / “Dramática de | Sala de ensayo la comunicación humana”, Alfonso Ramírez de Arellano. / | “Carlos Fuentes en el umbral de las certezas: los | Cuentos sobrenaturales”, Alejandro José López Cáceres. / | “La noche de las palabras”, Javier Farto Graña. | | “Clarisa Perdomo”, María Mercedes Jiménez. / Poemas de | Letras Daniela Wallffiguer Belmar. / “Domingo sin Francisco”, | Delfina Acosta. / “Cuerpos en perspectiva” (extractos), | Josefina Calles. / “Nadie asesinará la alegría del | pueblo”, John Javier Acosta Rodríguez. / Poemas de Pedro | Javier Martínez. / “Alighieri”, Pedro Enrique Rodríguez. | / Poemas de Antonio Mayo. / “Tlakaelel el niño tlaloke | 1.0”, Odilón Moreno Rangel. / Dos poemas de Raúl Allain. | / “El programa”, Milly Epstein Jannai. / Poemas de | Guillermo Sepúlveda Sepúlveda. / “Lo pasado se guarda en | bolsas Forceflex”, Arianna Corredor. / Tres poemas de | Adriana Lamela. / Dos relatos de David Martínez Garrido. | / Tres poemas de Manuel Barreto. | | Rafael Cadenas. | Post Scriptum | =========================================================================== Premio Unicornio 1997 como Evento Cultural del Año http://www.geocities.com/SoHo/8753 =========================================================================== Premio "La Página del Mes" de Internet de México el 3 de mayo de 1998 http://www.internet.com.mx =========================================================================== Premio "Web Destacada del Mes" de MegaSitio en diciembre de 1998 http://www.megasitio.com =========================================================================== Premio Katiuska de El Mundo Diferente de Katiuska, en enero de 1999 http://www.redchilena.cl =========================================================================== Premio Key Site Award, de Fortress Design, en mayo de 1999 http://www.fortressdesign.com =========================================================================== Premio a la Excelencia, de Exodus Ltd., en mayo de 1999 http://www.exodusltd.com =========================================================================== Premio Mejor Página de Poesía, de La Blinda Rosada, en julio de 1999 http://blindarosada.org.ar =========================================================================== Segundo lugar en los premios Lo Mejor de Punto Com, diciembre de 2004 http://www.lomejorde.com =========================================================================== Finalista en los premios Lo Mejor de Punto Com, octubre de 2005 http://www.lomejorde.com =========================================================================== Finalista en los premios Stockholm Challenge 2006, Estocolmo, Suecia http://www.stockholmchallenge.se =========================================================================== Premio Nacional del Libro de Venezuela 2007, Centro Nacional del Libro http://www.cenal.gob.ve =========================================================================== Finalista en los premios Stockholm Challenge 2008, Estocolmo, Suecia http://www.stockholmchallenge.se =========================================================================== Para suscribirse a Letralia, envíe un mensaje vacío a: letralia-subscribe@gruposyahoo.com Para desuscribirse, envíe un mensaje vacío a: letralia-unsubscribe@gruposyahoo.com También puede formalizar su suscripción o su desuscripción en un formulario visible en nuestro sitio en el Web: http://www.letralia.com/herramientas/listas.htm Ediciones anteriores: http://www.letralia.com/tierradeletras/archivo.htm ||||||||||||||||||||||||||||||| BREVES |||||||||||||||||||||||||||||| Naufragio sin índice. Ya está disponible para su descarga gratuita la primera edición de 2010 de la revista Botella del Náufrago, que publica desde Chile el Centro de Investigaciones Poéticas Grupo Casa Azul (http://grupocasaazul.blogspot.com) y que tiene entre sus características, además de la cuidada selección de material, la particularidad de carecer de índice “para naufragar en su interior”. “Esta podría haber sido una edición Bicentenario, como es la moda hoy en varios países de Latinoamérica”, reza la presentación, “sin embargo nuestra mirada reflexiva nos pone en un constante ejercicio crítico de aquellas categorías impuestas y autoimpuestas; por ello para nosotros celebrar la nación es celebrar la unidad desterritorializada, una práctica abierta y fraterna que siempre ha sido nuestro sello, al menos tenemos la aspiración legítima a pelear por aquellas prácticas e ideas”. En esta edición, cuya portada ostenta la obra El guardián, del pintor peruano Daniel Cotrina, escriben Ronald Sánchez, Héctor Santelices, Luis Retamales, Karina García Albadiz, Karen Rosentreter, Valentina Mayorga, Eduardo Yáñez, Ivonne Vela Ruíz, Patricio Bruna, Piera Pallavicini y Tomás Valladares (Chile), Carolina Contino, Julio Carabelli, Rolando Revagliatti (http://www.letralia.com/firmas/revagliattirolando.htm), Miguel Ángel Córdova (Argentina), Nicolau Saiao (Portugal), Paolo Astorga (http://www.letralia.com/firmas/astorgapaolo.htm; Perú), Lucianna Argentino (Italia), Ulises Varsovia (http://www.letralia.com/firmas/varsoviaulises.htm; Suiza), Eugeni Porras Carrillo (México), Mario Madrigal (Costa Rica), Luis Prieto, Leonardo Soto Calquín, Antonio Zapata (España) y Porfirio Mamani Macedo (http://www.letralia.com/firmas/mamanimacedoporfirio.htm; Francia). http://revistabotelladelnaufrago.blogspot.com Autobiográficos. La Biblioteca Popular Ricardo Jones Berwyn, de Gaiman (Chubut, Argentina) anunció los ganadores de su II Certamen Argentino Internacional de Autobiografías “Ricardo Jones Berwyn” 2009, en el que participaron autores de diversos países de habla hispana. El primer premio, dotado con 600 pesos, correspondió a Cerrando círculos, de Eduardo Humberto Vázquez (Buenos Aires). El segundo, tercero y cuarto premios están dotados con libros y recayeron, respectivamente, sobre Catorce meses de conscripto, de Nantlais Evans (San Carlos de Bariloche, Río Negro, Argentina); Recuerdos de una sobreviviente del desamor, de Nilda Josefa Boni (Misiones, Argentina), y Fortaleza, de María del Carmen Maldonado (General Villegas, Provincia de Buenos Aires). Se concedió mención especial a La operación, de Marta Avellaneda (Uruguay). Los jueces de esta edición fueron Dora Elena Lendzian, escritora de la ciudad de Gaiman, y los mexicanos Ricardo Clark, Sergio Gelista (http://www.letralia.com/firmas/gelistasergio.htm) y Dolores Castillo, todos profesores de los cursos de autobiografías y biografías dictados en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam, http://www.unam.mx). Los premios fueron entregados en mayo pasado en el marco de la 26ª Feria Provincial del Libro del Chubut y 6ª Feria Patagónica del Libro. http://www.bibliotecaberwyn.com.ar Grande como un río. Río Grande Review, la revista literaria bilingüe de la Universidad de Texas en El Paso (http://www.utep.edu), estrena coeditores con ideas frescas. A partir de este año la revista está bajo la responsabilidad de Daniel Centeno, Daniel Ríos y Ángel Valenzuela, quienes han abierto la convocatoria para la próxima edición Otoño 2010. Los interesados pueden enviar trabajos de hasta 8 cuartillas en cualquier género: ficción, poesía, no ficción, traducciones, entrevistas, ensayo, crítica, teatro u otros. El plazo de recepción concluye el próximo 20 de septiembre. Para esta edición, la publicación incluirá además un dossier sobre Kitsch y Camp donde también se puede participar. Antes de enviar algún texto, lea las pautas de entrega de la revista en http://www.utep.edu/rgr/submissions.html#spanish. http://www.riograndereview.com Palabras Escritas. Publicada por el sello paraguayo Servilibro (http://servilibro.com.py), acaba de aparecer el número 7 de la revista Palabras Escritas, que concebida como un diálogo cultural entre Brasil e Hispanoamérica tiene periodicidad semestral y en esta edición está dedicada al escritor brasileño Euclides da Cunha y al poeta chileno Nicanor Parra. Palabras Escritas contiene textos de autores latinoamericanos y obra crítica de académicos europeos y americanos de prestigiosas universidades: Lyon, New Jersey, Sorbona de París, Montreal, Florianópolis, UBA, Autónoma de Madrid, Ottawa, Valencia, Poitiers, Chile, Toronto, entre otras. El director general de la revista es Alejandro Maciel (http://www.letralia.com/firmas/macielalejandro.htm) y su directora editorial es Vidalia Sánchez. En esta edición, Palabras Escritas cuenta con las firmas de Amanda Pedrozo, Euclides da Cunha, Nicanor Parra, Manuel Jofré, Carlos Liscano, Paulo José Koling, Irma Verolín, Luis Hernáez, Hebert Abimorad (http://www.letralia.com/firmas/abimoradhebert.htm), Norma Segades (http://www.letralia.com/firmas/segades-maniasnorma.htm), Susana Quiroga, Liliana Celiz (http://www.letralia.com/firmas/celizliliana.htm), Salvador Marinaro, Adolfo Colombres, Lucrecia Coscio, Jorge Gómez Jiménez (http://www.letralia.com/firmas/gomezjimenezjorge.htm), Carolina Orlando, Agustín Acevedo Canopa, Laura Fumagalii, Luis Bravo, Inés Trabal, Claudia Amengual, Natalia Mardero, Sabina Harari, Marta Ortiz, Delfina Acosta (http://www.letralia.com/firmas/acostadelfina.htm), Pilar Romano, Lucila Rosario Lastero, Arturo Zamudio, Patricia Severín, Teódulo López Meléndez y Vicente Peiró. Con un precio de 6,49 dólares, la revista se puede adquirir en la tienda virtual Escribirte. http://tienda.escribirte.com.ar/productos/89.htm Al fons del món. Tal es el título (que en español significa “Al fondo del mundo”) de la exposición de pinturas del escritor chino Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura 2000, que desde el pasado 3 de junio está abierta al público en Casal Solleric, en Palma de Mallorca (España), y que se extenderá hasta el domingo 11 de julio. Mapas de paisajes, mitad oníricos mitad cósmicos, que en realidad son el reflejo de estados interiores, son las obras que componen esta muestra, una de las más de setenta con las que ha expuesto alrededor del mundo su trabajo pictórico, con el que no pretende transmitir ningún mensaje concreto sino, en cambio, “transmitir un sentimiento, un diálogo con el que traspasar el alma”, como ha dicho el mismo Xingjian. Cuando era joven, confiesa, su universo pictórico estaba hecho de óleo y color. Luego, a finales de los 70, con la muerte de Mao Tse Tung y el fin de la revolución cultural, formó parte de una delegación de autores que salía de China por primera vez y conocían las grandes obras de Occidente. Luego sus obras perdieron la alegría cromática: “la expresión del blanco y negro es una visión, no una representación inmediata de la realidad. Tiene unas posibilidades infinitas de hacer volar la imaginación, de hacer posible cualquier espacio”. Casal Solleric está ubicado en Pº del Born, 27, y abre al público de martes a sábado entre 10 y 13:45 horas y entre 17:30 y 21 horas, y los domingos entre 10 y 13:45 horas. El asterisco de Carla Crazut J. “Un asterisco es un asterisco, las observaciones sobre un texto suelen comenzar por asterisco”, explica la abogada, chef y fotógrafa venezolana Carla Crazut J. (Barquisimeto, 1964) en relación a su primera exposición individual, “Un asterisco”, que será presentada este jueves 10 de junio en Caracas. “Es una llamada a notas sueltas o para marcar algo”, continúa. “También para obviar o sacar parte de una palabra que por su contenido sea obscena o sea un tabú. No es un pie de página, ni mucho menos, una cita de una cita, que puede presentarse para que otros vuelvan a citar. Tampoco es un paréntesis que suspende o interrumpe mi hacer cotidiano”. La muestra, que contiene diez imágenes en las que se puede apreciar escenas y detalles de Boca de Aroa, en el estado Falcón, será inaugurada este jueves 10 a las 7 de la noche en los espacios de Oro Café Bistró Galería, un espacio donde es posible degustar platos emblemáticos de la cocina mantuana caraqueña, como sopa de caraotas, polvorosa de pollo, bienmesabe o torta de queso criolla, mientras se disfruta de la obra de fotógrafos venezolanos contemporáneos. Estará abierta al público hasta el miércoles 4 de agosto. Oro Café Bistró Galería está ubicado en la Torre Coinasa, avenida San Felipe de La Castellana, en la capital venezolana. Su horario es de martes a domingo de 8 de la mañana a 4 de la tarde y los lunes de 12 del día a 4 de la tarde. Fotoperiodismo en tiempo real. Tres días siguiendo la noticia, lente en mano, para luego editar y presentar el trabajo al jefe de redacción: de eso se trata “Fotoperiodismo”, taller intensivo que será dictado en Caracas por Iván González, jefe de Fotografía de la Cadena Capriles (http://www.cadena-capriles.com). El taller, que pretende recrear en tiempo real la cotidianidad de un reportero gráfico, tendrá lugar los días 11, 12 y 13 de junio en Roberto Mata Taller de Fotografía. González fungirá como jefe de redacción y asignará una pauta diaria a los participantes, que bien podría ser asistir a una rueda de prensa o hacer un recorrido para documentar la problemática de alguna comunidad; al regresar a la “sala de redacción”, deberán revisar, seleccionar y editar el respectivo material a fin de entregarlo y discutirlo. El objetivo es que los participantes sientan cómo es el flujo de trabajo de un departamento de fotografía de cualquier diario. Además de los aspectos teóricos, se desarrollarán puntos como la revisión de los conceptos de selección en fotoperiodismo y la introducción al Photomechanic, programa de edición rápida con el que también se trabajan data y fotoleyendas. La dinámica del taller —prácticas en la mañana, revisión y edición del trabajo en las tardes— requiere que los 12 participantes tengan disponibilidad de 9 de la mañana a 6 de la tarde, así como conocimientos de fotografía, cámara digital, flash y óptica. Quienes deseen conocer detalles sobre costos e inscripciones pueden llamar a los teléfonos (0212) 257.9745 y 256.2587 o visitar la web de Roberto Mata Taller de Fotografía. http://www.robertomata.com Pensando en cine. Organizado por la Fundación Nuevos Realizadores Venezolanos, del 14 al 18 de junio se realizará el curso de guión cinematográfico “Pensar y escribir para cine”, dictado por Ximena Pereira (http://ximenapereira.blogspot.com) y enfocado en el cortometraje de ficción. Los participantes recibirán instrucción sobre cómo utilizar la palabra para narrar y describir haciendo uso del lenguaje del cine; escribir y emocionar para el cine sin utilizar diálogos; espacio y tiempo de la narración cinematográfica; contenido, tema, historia, argumento y estructura; relación de los personajes con el espacio y especificidad de la narrativa breve. Las sesiones serán de 5:30 de la tarde a 8:30 de la noche en la Sala de Talleres del Museo de Bellas Artes de Caracas. El curso tiene un costo de 300 bolívares y quienes deseen solicitar mayor información pueden hacerlo a través de los teléfonos (0426) 4028360, (0416) 2165818 o (0424) 1648204. http://nuevosrealizadores.blogspot.com Cine Qua Non. Los profesores Luis Carlos Azuaje y Ricardo Farfán dirigen el cine foro “Cine Qua Non: una mirada crítica y panorámica del cine mundial”, que se realizará en Maracay, Aragua (Venezuela) todos los martes desde el 15 de junio hasta el 14 de diciembre, con un receso entre el 10 de agosto y el 5 de octubre. La iniciativa tiene el objetivo de abrir un espacio para el debate y la participación en el que el público aficionado al cine pueda exponer su punto de vista sobre las distintas obras, y adquirir las herramientas necesarias para entender las complejidades técnicas de este arte. Los facilitadores propiciarán la discusión sobre temas como la poética del cuerpo, el simbolismo, el cine contemporáneo de México, Brasil y Venezuela, la gastronomía en el cine, la alteridad, cine y best-sellers, entre otros, a través de filmes como The pillow book (1996), de Peter Greenaway; Underground (1995), de Emir Kusturica; Grandes esperanzas (1998), de Alfonso Cuarón; Como agua para chocolate (1992), de Alfonso Arau; El club de la pelea (1999), de David Fincher; Memento (2000), de Christopher Nolan; El espejo (1975), de Andrei Tarkovsky; Bastardos sin gloria (2009), de Quentin Tarantino; Una casa con vista al mar (2001), de Alberto Arvelo; Secuestro express (2005), de Jonathan Jakubowicz; Postales de Leningrado (2007), de Mariana Rondón, y Desautorizados (2010), de Elia Schneider; entre otros. El plazo para inscribirse es hasta el próximo martes 15 de junio, la inscripción es gratuita —el único requisito es una fotocopia de la cédula de identidad— pero el cupo está limitado a 25 personas. Los participantes recibirán certificados. Las sesiones se realizarán los martes de 3 a 6 de la tarde en la Biblioteca Pública “Agustín Codazzi”, ubicada en la Casa de la Cultura de Maracay, en la avenida 19 de Abril. Los interesados pueden solicitar mayor información sobre fechas, horarios y programación escribiendo a la dirección electrónica cinequanando@gmail.com. Las puertas de Alberto Hernández. El próximo martes 15 a las 7 de la noche será presentado, en las instalaciones de la Librería Alejandría II, en el Paseo Las Mercedes (Caracas), el poemario Puertas de Galina, del poeta venezolano Alberto Hernández (http://www.letralia.com/firmas/hernandezalberto.htm; Calabozo, Guárico, 1952). La presentación estará a cargo de los escritores José Pulido y Harry Almela (http://www.letralia.com/firmas/almelaharry.htm). El libro, como ya es característico en la obra de Hernández, contiene un viaje, representado en múltiples entradas y salidas, puertas que permiten acceder a otras miradas, sonidos y silencios; imágenes recurrentes que permiten un recorrido por algunos lugares donde ha vivido el poeta. Se trata de un libro que recoge mensajes ocultos, sensaciones y perspectivas donde la otredad, el yo-otro, se mira y borra en las puertas que abre y cierra. Así, la Puerta de Alcalá, los sonidos silencios de Salamanca, los olores de la costa africana en un muelle marroquí. Sensaciones, pasos y miradas a través de visillos y espacios perdidos en la historia personal del poeta. Sanmillanos se encuentran. El próximo lunes 21 de junio se realizará en Monterrey, Nuevo León (México) el III Encuentro Internacional de Escritores Sanmillanos 2010, evento cuyos participantes son libres de leer poesía, relatos, reflexiones o cualquier material que deseen. Cada participante dispondrá de 5 a 7 minutos para realizar su lectura, pero el carácter del texto será a elección del autor, e incluso se podrá leer textos de otros autores. Las lecturas se harán por orden de llegada a menos que los participantes dispongan algo diferente durante la actividad. Lorena San Millán (http://www.letralia.com/firmas/sanmillanlorena.htm), quien organiza el encuentro, anunció que se armará una memoria virtual del mismo, por lo que se solicita a los participantes que envíen su material, así como su currículo literario, a la dirección electrónica lorenisima@librosdenuevoleon.com. Los participantes recibirán diplomas. La actividad tendrá lugar a partir de las 7 de la noche en el Gargantúa Espacio Cultural (Escobedo 740 Norte, entre Treviño y Carlos Salazar, Monterrey). http://lorenasanmillan.wordpress.com Libros para Tirúa. La Universidad Arturo Prat (http://www.unap.cl), de Chile, lidera en conjunto con la Coordinación de Bibliotecas Públicas de Tarapacá una campaña de recolección de libros en beneficio de la Biblioteca Pública de Tirúa, devastada por el tsunami del pasado 27 de febrero. Ubicada en la 8ª Región de Chile, Tirúa es una localidad con más de 10.000 habitantes en su mayoría de origen mapuche. Berta Ehrlich Araya, coordinadora de Bibliotecas Públicas, ha hecho un llamado de ayuda a quienes puedan donar libros publicados por escritores chilenos, con los que se dotará nuevamente la biblioteca. Quienes estén en posibilidad de colaborar deben enviar los ejemplares antes del 28 de junio a la Coordinación de Bibliotecas Públicas de Tarapacá, ubicada en Baquedano N° 1124, Iquique. Para mayor información, se puede llamar al (57) 426905. ¿Quiere publicar una nota en este espacio? Envíenosla por correo electrónico a breves@letralia.com. === ¿Le interesa estar informado sobre concursos? ========================= Reciba por correo electrónico los anuncios vigentes de concursos literarios y artísticos en general suscribiéndose a nuestra lista de distribución. Todo lo que tiene que hacer es enviar un mensaje vacío a letralia-concursos-subscribe@gruposyahoo.com, o visitar nuestra cartelera de concursos en http://www.letralia.com/herramientas/concursos.htm. Si desea enviarnos las bases de un concurso, escríbanos a info@letralia.com |||||||||||||||||||||||||||||| NOTICIAS ||||||||||||||||||||||||||||| *** Entregan el Premio Alfaguara al escritor chileno Hernán Rivera Letelier El escritor chileno Hernán Rivera Letelier recibió este 18 de mayo el Premio Alfaguara por El arte de la resurrección, novela en la que recrea la trayectoria de un personaje real, Domingo Zárate Vega, conocido como “el Cristo de Elqui”, un predicador chileno que se creía la reencarnación de Jesucristo. Con su mezcla de crónica social y “realismo estético”, Rivera Letelier (Talca, 1950) se alzó ganador el pasado 22 de marzo de este galardón, dotado con 175.000 dólares (cerca de 130.000 euros) y una escultura de Martín Chirino, entre los más de 500 manuscritos enviados. El escritor dijo que el premio es un “empujón” y una “inyección” en su obra. “El prestigio de ese premio en el mundo hispano es inmenso”, reveló Rivera Letelier, para quien ser escritor “no es una carrera, sino un destino”. El presidente del jurado, Manuel Vicent, destacó durante la ceremonia de entrega del premio que El arte de la resurrección se trata de una novela “barroca al estilo latinoamericano” y la comparó con obras de Vargas Llosa, García Márquez y Juan Rulfo, precisamente algunas de las influencias del escritor chileno. Este autor, que trabajó más de 30 años como obrero en el desierto de Chile, “el más árido del mundo”, es conocido por describir ese territorio, sus personajes y sus anécdotas como ningún otro más. “Ese desierto es mi hábitat, mi Comala, mi Macondo, mi Santa María”, declaró este escritor. Además del premio, Rivera Letelier recibió de Ignacio Polanco, presidente del Grupo Prisa (http://www.prisa.com), un libro electrónico con la versión digital de El arte de la resurrección, de modo que el Premio Alfaguara se ha convertido en el primer galardón literario que se publica en España en este formato. La edición digital de la novela se pondrá a disposición del público este mes en el marco del lanzamiento de la futura plataforma para la venta de libros electrónicos y que reúne a grandes grupos editoriales como Santillana, Planeta y Random House Mondadori. Fuente: Europa Press *** Publican libro con información inédita sobre investigaciones de Rulfo El libro Nuevos indicios sobre Juan Rulfo: genealogía, estudios y testimonios, coordinado por el investigador mexicano Jorge Zepeda y presentado el pasado 20 de mayo en la Casa Universitaria del Libro (http://www.coord-hum.unam.mx/casul), en Ciudad de México, aborda el interés del escritor jalisciense por Michoacán, el manejo de la lengua purépecha y su inclinación por los códices prehispánicos, lo que revela una proclividad del autor a la tradición oral indígena. De los documentos del archivo del autor de Pedro Páramo relacionados con Michoacán, que se publican por primera vez, destaca un vocabulario manuscrito de voces castellanas derivadas del idioma purépecha, completado con un breve diccionario de vocablos en esta lengua. También se incluye el testamento de Fernando Titu Vitzsiméngari, copiado a mano por Rulfo y cuyo origen no precisa, así como la transcripción que realizó el escritor de lo que identifica como Codex Plancarte (rescatado quizá por Francisco Plancarte, clérigo e historiador michoacano activo en las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX), relacionado con los años previos e inmediatamente posteriores a la invasión de Michoacán por los españoles. Zepeda explicó que el volumen es resultado de una encuesta que realizó el Instituto Michoacano de la Educación (IME) a 100 personas sobre los libros que consideraban indispensables para mejorar el bagaje cultural de los profesores de nivel básico en Michoacán. En primer lugar apareció Juan Rulfo y la lista por obras fue encabezada por Pedro Páramo, con 44 menciones, mientras El llano en llamas obtuvo 33. Las autoridades michoacanas consideraron que este resultado ameritaba dedicar al autor un libro con artículos que complementaran la visión del editor, escritor y fotógrafo, así como ampliar el nexo entre Tlalpujahua y el antepasado hasta entonces más remoto, Juan Manuel Zenón Rulfo, su tatarabuelo. “La primera parte del libro, ‘Genealogía’, permite trazar los antecedentes más remotos y la primera aparición del apellido Rulfo”, explica Zepeda. “Se incluye un testimonio de Víctor Jiménez; un estudio de María Guadalupe Paredes, quien complementó la genealogía realizada por Claudia Rulfo en las páginas del libro Noticias sobre Juan Rulfo, de Alberto Vital”. El artista michoacano Gustavo Bernal Navarro escribe un texto sobre una fuente, una mojonera y una troje de los Rulfo, y narra cómo los antepasados y familiares de nombre Rulfo anduvieron en las calles inclinadas y empedradas de Tlalpujahua de Rayón. Los hermanos Rulfo fueron propietarios de las minas La Coloradilla, El Carmen, El Rosario y la Hacienda Minera de Sandía o Chimal. En la plaza de La Puerta del Sol de Tlalpujahua se ubica la fuente que se inauguró el 9 de diciembre de 1888, que mandó construir Austasio Rulfo por legado de su padre, Juan Rulfo. Zepeda destacó que en su texto Paulina Millán Vargas realiza un recuento del trabajo fotográfico de Rulfo para finalizar con las inquietudes y preguntas: desde cuándo el autor era fotógrafo o por qué trabajó en el Instituto Nacional Indigenista. Millán documenta que en contraste con lo que se podría creer, la fotografía para Juan Rulfo no fue solamente otra más de sus aficiones o temas de estudio, como fueron la historia colonial, la música o la antropología, porque a la par que escribía los borradores de los cuentos o de la novela, tomaba fotografías. En junio de 1945 publicó en la revista América su primer cuento, “La vida no es muy seria en sus cosas”, y cuatro años después, en la misma revista, salió a la luz su primera selección fotográfica. Asimismo, entre 1953 y 1955 sus imágenes aparecieron en México en la Cultura ilustrando algunos artículos, al tiempo que el Fondo de Cultura Económica (http://www.fondodeculturaeconomica.com) publicaba los cuentos reunidos en El llano en llamas y la novela Pedro Páramo. “Millán traza todas las publicaciones enumerándolas, dando fechas concretas para explicar que a Rulfo, el fotógrafo, no se le difunde sólo a partir de 1980. Es un estudio extenso, que incluye algunas reproducciones de las imágenes”. Diversos especialistas participaron con colaboraciones inéditas en el volumen: Jorge Félix Báez aborda el quehacer editorial indigenista del autor jalisciense; Claudio Esteva Fabregat se refiere a la creación literaria y percepción antropológica de Rulfo, y Genaro Zenteno Bórquez realizó un estudio sobre los narradores de El llano en llamas. También se incluyen textos de Juan Francisco Rulfo, Julio Moguel, Paulo Moreira y Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan Rulfo. Fuente: La Jornada *** Fallece el cantante venezolano Rafa Galindo Conocido como “El Ruiseñor de la radio”, el cantante venezolano Rafa Galindo falleció en Caracas el martes 25 de mayo a causa de un paro respiratorio, según informó mediante un comunicado la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas (http://www.sinfonicamunicipal.org.ve). “Rafa fue y sigue siendo estrella del bolero venezolano”, dice el comunicado. “Noche de mar, Ven, La cita, El Ruiseñor, Matinata, Un sueño, Enamórame, Caracas vieja y otra docena de temas lo avalan cual artista con repertorio propio en un campo en que los versionadores son la regla. Suya es la voz de tenor ligero que hace flotar la melodía sin esfuerzo aparente; suya también es la tradición de disciplina e impecable presentación propia de nuestras mejores orquestas de baile”. Su nombre de pila era Rafael Ernesto Galindo Oramas y había nacido en La Victoria, Aragua, en octubre de 1921. Desde niño mostró inclinación por el canto. De la mano de su abuelo Desiderio ganó el primer premio en un festival de aficionados, con apenas 15 años. En 1937 debuta en La voz de la Philco, hoy Radio Libertador, por lo que recibe un salario de tres bolívares diarios. Desde su adolescencia formó parte de numerosas orquestas, entre ellas la Venezuelan Boys, del Club Venezuela —antecesora directa de la conocida orquesta Billo’s Caracas Boys, fundada y dirigida por el recordado maestro Billo Frómeta—, la de Pedro José Belisario, la de Rafael Minaya, la Orquesta de Jesús “Chucho” Sanoja, y Los Melódicos. También fue fundador de agrupaciones como la Orquesta de Rafa y Víctor, junto a Víctor Pérez; Los Guaracheros de Manolo, con Manolo Monterrey y Stelio Bosch Cabrujas; y la Orquesta Sans Soucí, de nuevo junto a Víctor Pérez. Trabajó en Colombia, contratado por Radio Continental, bajo la dirección del español José María Tena, y en Panamá. Participó, en una trayectoria que se extiende por más de 65 años, en al menos 18 agrupaciones de diferentes formatos, hizo incontables presentaciones dentro y fuera de Venezuela, y compartió tarima y estudios de grabación con cientos de músicos y cantantes, si bien tres han estado particularmente presentes en su trayectoria: Billo Frómeta, Víctor Pérez y Manolo Monterrey. La voz de Rafa Galindo fue principal protagonista en diversos programas de la época de oro de la radio: La Voz de Philco, La Voz de la Esfera, La Caravana York y La Caravana Camel, entre otros, en estaciones como Radio Continente, Radio Caracas Radio, Estudios Universo, Radio Mía y Radiodifusora Venezuela. En los programas radiales en los que participó, contó con el respaldo de afamadas orquestas de la época, como las de Luis Alfonzo Larrain, Aldemaro Romero y Eduardo Serrano. Alberto Naranjo editó en 1996 el disco Swing con son donde tiene una entrevista con Rafa Galindo y Manolo Monterrey, quienes también grabaron temas para esta producción. Inspirado en aquel material, el cineasta Rafael Marziano realiza el documental con el mismo nombre, que estrenó el año pasado. En el audiovisual, hay testimonios valiosísimos del desaparecido cantante. Según las enfermeras y parte del personal del Hospital “Doctor Miguel Pérez Carreño”, de Caracas, donde se hallaba internado, el viernes 21 Galindo les cantó algunas canciones de su vasto repertorio. El sepelio del “Ruiseñor de la radio” se realizó el miércoles 26 en el Cementerio del Este en La Guairita, con la presencia de familiares, amigos y diversas personalidades de la música. Fuentes: El Blog de Los Melódicos • El Universal • RNV *** Carlos Fuentes galardonado por el gobierno de París El escritor mexicano Carlos Fuentes recibió el pasado miércoles 26 de mayo, de manos del alcalde de París (http://www.paris.fr/portail/es/Portal.lut?page_id=8230), Bertrand Delanoë, la “Grande Médaille de Verneil”, la máxima distinción que otorga el gobierno de la capital francesa, por su trayectoria en el mundo de las letras. Delanoë destacó en su discurso que Fuentes es un hombre de “convicciones” que defiende dos de los valores que la ciudad de París tiene por bandera: “la libertad y la justicia”. “Le agradezco que ame hasta este punto la ciudad de París. La ciudad de todos los enamorados de la justicia, la libertad y de la belleza”, manifestó Delanoë. Tras declarar que había leído la obra de Fuentes, el alcalde ensalzó también la figura del escritor por su “compromiso”, agregando que se trata de un hombre “que ha llevado hasta lo más lejos la libertad del pueblo, frente al imperialismo y frente a la voluntad de dominación”. En su turno de palabra, Carlos Fuentes, que atesora numerosos galardones a lo largo de su carrera como el Premio Cervantes o el Príncipe de Asturias, destacó la singularidad de este premio. “Es un premio muy especial, un premio de la ciudad de París. Esto es único, es una ciudad a la que vengo desde hace mucho tiempo y sentirme recompensado por París y por el amor que siento hacia ella lo convierte en un premio absolutamente especial. No se parece a ningún otro”, admitió el escritor de obras como Aura o La muerte de Artemio Cruz. Fuentes, quien también ejerció la política y fue embajador de México en Francia, dijo sentirse “muy ligado” a la capital gala, que descubrió gracias a los libros de Balzac. “Quería a Balzac como guía de una ciudad, porque leyendo a Balzac, le daba un alma a París. París como lealtad y como traición. París como gloria y como amor”, señaló el mexicano. El escritor recordó también que 2011 será el año de México en Francia y se celebrará con numerosas actividades y celebraciones en la ciudad. “París será durante un año una ciudad nuestra, una ciudad mexicana”, afirmó Fuentes. Fuente: EFE *** El español Francisco Ruiz Noguera recibió el Premio Juan Ramón Jiménez El profesor de Lingüística Aplicada de la Universidad de Málaga (http://www.uma.es), Francisco Ruiz Noguera, recibió el pasado 27 de mayo el XXX Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez por su poemario Otros exilios. La entrega fue realizada por la presidenta de la Diputación de Huelva (http://www.diphuelva.es), Petronila Guerrero, acompañada por el delegado de Cultura, Juan José Oña, en un acto celebrado en la iglesia del convento de Santa Clara de Moguer (Andalucía, España). El jurado, compuesto por los escritores Eva Vaz, Rosa Díaz, Eduardo García, José Infante y Julio Neira, destaca de Otros exilios “el verso preciso y al mismo tiempo brillante, deslumbrante y de una extraordinaria belleza de expresión y de pensamiento”. José Infante, presidente del jurado, resalta la “unanimidad sin fisuras” respecto a este poemario, si bien ha subrayado que “entre las finalistas ha habido cinco o seis obras merecedoras del premio”. Habla de su “alta calidad”, así como de la presencia de autoras femeninas que parecen adivinarse entre las obras finalistas. El presidente del jurado explica que el poemario ganador profundiza, como indica el título, “en los exilios que puede sentir el ser humano en todos los sentidos”, y que la obra muestra “una estilización y esencialismo de la propia obra poética del autor”, añadiendo que “va a lo esencial de la palabra, con verso preciso, pero al mismo tiempo brillante, deslumbrante y de una extraordinaria belleza de expresión y de pensamiento”. A esta trigésima edición del premio se han presentado 674 trabajos, de los cuales 50 han sido descartados por distintas incidencias. Tras la lectura de las 608 obras, la comisión lectora, integrada por profesores de literatura de la Universidad de Huelva (http://www.uhu.es), seleccionó 21 obras que fueron trasladadas al jurado. Argentina, Chile, Colombia, México y Cuba fueron los países latinoamericanos con mayor representación. La participación latinoamericana ascendió a 230 trabajos, mientras que por España fueron presentados 313 títulos, entre los que destaca la participación procedente de Andalucía —sobre todo de las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz—, aunque también son significativas las de Madrid y Barcelona. También hubo trabajos procedentes de países europeos como Francia, Italia y Grecia, destacando igualmente, por su lejanía, algunos títulos llegados de Australia o India. Francisco Ruiz Noguera (Frigilana, Málaga, 1951), tiene varios libros de poesía como Campo de pluma, El año de los ceros o El oro de los sueños, así como diversas antologías, y cuenta en su haber con galardones como el Premio de Poesía Ricardo Molina (1989), el Premio Antonio Machado (2002) o el Premio Vicente Núñez (2007), además de ser finalista del Premio Nacional de Poesía (2003). El Premio Juan Ramón Jiménez fue creado por la Diputación de Huelva en 1981 con motivo del centenario del nacimiento del poeta. En las treinta ediciones que se han convocado ha quedado desierto en seis ocasiones, incluida la primera y la última el pasado año, “a fin de velar por la calidad y la categoría literaria de este prestigioso certamen internacional”, según los organizadores. El primer ganador, en 1982, fue el poeta gaditano Javier Egea, por Paseo de los tristes. Fuente: Huelva Información *** Madrid celebra su Feria del Libro dedicada a la literatura nórdica La reina Sofía de España inauguró el pasado 28 de mayo la 69ª Feria del Libro de Madrid (http://www.ferialibromadrid.com), que este año tiene como protagonistas a la literatura nórdica, eje temático de la feria, en la que comparten espacios 408 expositores, 118 librerías, 252 editores, 12 distribuidores y 26 organismos oficiales. La feria se desarrolla con cierta incertidumbre frente a las ventas que producirá, dado que las últimas cifras del sector pronostican una caída. Otra de las claves del evento editorial es la constancia de que las casetas no están preparadas para ofrecer descargas digitales para el libro electrónico, a pesar de que una treintena de editoriales anunciaron que dispondrían de estos contenidos. La ministra de Cultura de España (http://www.mcu.es), Ángeles González-Sinde, el vicepresidente de la Comunidad de Madrid (http://www.madrid.org), Ignacio González, la presidenta de la Feria, Pilar Gallego, y el director, Teodoro Sacristán, acompañaron en el tradicional recorrido por la feria a la reina, quien atendía las recomendaciones de los representantes de las casetas, adquiría libros, sobre todo infantiles, y protagonizó anécdotas con el público asistente. La primera parada de la Reina fue en las casetas dedicadas a la literatura nórdica, donde Jostein Gaarder, autor de El mundo de Sofía, le regaló su última novela, El castillo en los pirineos. A continuación, la Reina visitó la caseta “La Mar de las Letras”, donde adquirió un cómic de El principito y El niño feliz de Dorothy Corkille, un libro de psicología recomendable para madres, padres, docentes, maestros y profesores. Viendo el interés de la Reina por los libros infantiles, en la caseta “La Biblioketa” le mostraron el último libro de Roald Dahl, Revolting Rhymes, que en español se ha traducido como Cuentos en verso para niños perversos, porque son cuentos tradicionales “contados al revés”, según explicaron las responsables de la caseta. Pero a la Reina no le agradó la idea de cambiar los cuentos y optó por comprar La noche estrellada de Jimmy Lao. Otro de las anécdotas de la mañana se vivió en la caseta de la Fundación Mapfre (http://www.mapfre.com/fundacion/es/home-fundacion-mapfre.shtml), donde la reina se encontró con la infanta Sofía, quien trabaja para esta organización, y juntas recorrieron esta caseta dedicada al público infantil, llena de libros y niños que disfrutaban de los talleres y cuentacuentos que ha organizado la feria para los más pequeños. Los talleres y cuentacuentos se enmarcan dentro de las más de 300 actividades organizadas para los 17 días que dura la feria, que cierra sus puertas este domingo 13 de junio. Así, y como cada año, el público puede disfrutar de encuentros con escritores, mesas redondas, conferencias, debates o presentaciones de libros, actividades distribuidas en los diferentes pabellones. Para representar a la literatura nórdica, 25 autores nórdicos se han instalado en las casetas de la feria, donde protagonizan firmas de libros, encuentros con escritores, charlas, talleres o conferencias. Sus nombres son Sara Blædel, Peter Wessel, Rakel Helmsdal, Hanne Bartholin y Pia Tafdrup, de Dinamarca; Otso Kautto, Árni Thórarinsson y Áslaug Jónsdóttir, de Islandia; Arne Dahl, Lisa Marklund, Kjell Eriksson, Johan Theorin, Tom Kallen, Kalle Güettler y Asa Larsson, de Suecia. Además, la Comunidad de Madrid muestra en esta edición de la feria una panorámica de los grandes autores nórdicos de novela negra. Bajo el título “Elemental, querida Salander”, el pabellón ofrece una visión que va desde la narrativa criminal en Suecia y en Europa, Per Wahlöö y Maj Sjöwall, a los autores más pujantes del presente, los dos Larsson (Asa y Stieg) y el joven Jens Lapidus, o la generación intermedia a la que pertenece Henning Mankell. Con el juego de palabras del título se hace un guiño al lector, señalando el testigo tomado por la novelística nórdica en el terreno de la novela negra. El pabellón de la Comunidad de Madrid acogió el 4 de junio la visita de la escritora Asa Larsson, y cada día se proyecta, en dos pases, el documental El fenómeno “Millennium”, de lunes a viernes a las 12 y a las 18 horas, y los fines de semana también a mediodía y a las 19 horas. Este año, y para conmemorar el centenario de la Gran Vía, el Pabellón del Área de las Artes del Ayuntamiento de Madrid ha sido diseñado como una réplica de la calzada madrileña con sus carteles de neón sobre las marquesinas, lentejuelas y cortinas rojas, propias de sus cines y teatros. Además, las casetas de los expositores albergan las tradicionales firmas de autores, sin duda uno de los grandes atractivos de la feria para sus visitantes. Para los más pequeños, Mapfre, que patrocina este año la 69ª edición de la Feria del Libro de Madrid, presenta el Pabellón de Actividades Infantiles, que cuenta con un amplio programa de talleres y otras actividades relacionadas con la literatura, el arte y el teatro para de fomentar el amor por los libros entre los más pequeños. Fuentes: Europa Press • Feria del Libro de Madrid *** Inaugurada la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas Importantes fondos históricos y joyas de la literatura mexicana están ya al alcance de cualquier lector que ingrese al portal de la Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas (http://www.letrasmexicanas.mx), un proyecto de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com) cuya presentación se realizó el pasado 1 de junio en la sede de la Fundación J. Álvarez del Castillo, en Guadalajara (Jalisco, México), en el marco del II Encuentro de Rectores Universia (http://encuentroguadalajara2010.universia.net). El director general de la Fundación Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Manuel Bravo Lifante, explica que este portal surge debido a que aproximadamente el 21% de las más de 17 millones de visitas mensuales que recibe el sitio, cuyo nombre celebra al autor de Don Quijote de La Mancha, proviene de México. Bravo Lifante resaltó que “la idea es hacer un proyecto por país, donde podremos seleccionar lo mejor de las instituciones en único sitio, por eso se creó el dominio de las letras mexicanas”. Adelantó que, en un futuro, algunas naciones de América Latina tendrán su portal, considerando que más del 60% de las visitas de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes provienen de América. El primer paso para lograr este lanzamiento fue la firma de un convenio con la empresa Digix (http://www.digix.com.mx) para digitalizar y colocar en la red los tesoros de las letras mexicanas. El presidente de esta empresa, Enrique Ramos Flores, explica que el lanzamiento de este portal es la suma del trabajo de instituciones como la Biblioteca Nacional de México (http://www.iib.unam.mx), El Colegio de México (http://www.colmex.mx), la Academia Mexicana de la Lengua (http://www.academia.org.mx) y la Universidad Iberoamericana (http://www.uia.mx), todo con la intención de impulsar el apartado dedicado a México en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Digix lleva ya nueve años ocupándose de la digitalización de importantes acervos. En este terreno ha trabajado con la Hemeroteca Nacional Digital de México (http://www.hndm.com.mx), la Biblioteca Nacional Digital de México (http://www.bndm.com.mx), la Biblioteca Digital Miguel Lerdo de Tejada, dependiente de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP, http://www.shcp.gob.mx), entre otros acervos. “Hemos digitalizado textos valiosos, lo cual nos da un reconocimiento y experiencia en el manejo de acervos delicados”, expresa Ramos Flores, quien agrega que este convenio es a largo plazo porque se trata de millones de páginas. La Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas arranca con más de 1.400 libros digitalizados, según Bravo Lifante, que aumentará con miles más en los próximos meses, ya que se suman otros acervos digitalizados. El director general de Digix, Humberto Carrillo Luna, comenta que serán aproximadamente 200.000 imágenes las que se incorporarán al portal de las letras mexicanas, pero “no son las únicas”, porque la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ya tenía más de un millón de imágenes reunidas a través de los años. “Es una labor de colaboración de tecnología y academia, no hacemos nada 100% tecnológicamente; eso nos ha ganado un lugar dentro de las instituciones”, afirma Carrillo Luna. Del proceso de digitalización, señala que “no sólo se busca la conservación de los documentos, sino la democratización de la información”. Digix trabaja desde 2006 en la digitalización de los distintos acervos de la Biblioteca Pública del Estado Juan José Arreola (http://www.bipeja.udg.mx), entre ellos el de la Real Audiencia de la Nueva Galicia, Las Joyas y la Colección de Lenguas Indígenas, que fue nombrada Memoria del Mundo por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, http://www.unesco.org). Ahora se trabaja en la segunda fase del proyecto que arrancó en noviembre. Hasta el momento se ha digitalizado más de medio millón de imágenes. Fuente: El Informador *** Publican en España antología con todos los cuentos de Ribeyro El sello español Seix-Barral (http://www.seix-barral.es) acaba de publicar la antología La palabra del mudo (http://www.planetadelibros.com/la-palabra-del-mudo-libro-39790.html), que reúne toda la obra cuentística del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro (Lima, 1929-1994), ampliando ediciones anteriores de 1994 y 2000 con seis cuentos olvidados, tres desconocidos y uno inédito, aparte de los agrupados en sus ocho libros que van desde Los gallinazos sin plumas (1955) hasta Relatos santacrucinos (1992). El libro de 1.052 páginas compendia, así, toda la obra cuentística conocida del escritor peruano, incluyendo textos como “Surf”, que permanecía inédito, y que fue el último que escribió, el 26 de julio de 1994, cinco meses antes de su muerte. En él, Bernardo, un sexagenario barranquino, se instala en su nueva casa y, en su soledad, invita a jóvenes amigos, aunque su ansiedad no se calma porque descubre la belleza y gracilidad de los surfistas, de los que montados en una tabla desafían a las olas y a la muerte contra los acantilados. El hombre, de total factura ribeyriana, sube a una tabla y cabalga hacia la eternidad. También, los “cuentos olvidados” de Ribeyro ya publicados en La palabra inmortal, editado en 1995 por Jorge Coaguila: “La vida gris”, la historia de un hombre que de la cuna a la tumba siempre fue nadie; “La huella”, la persecución de un rastro de sangre que conduce al protagonista a descubrir su propia muerte; “La careta”, en el que a falta de una máscara Juan se pinta la cara y, finalmente obligado a quitársela, le desgajan la piel con un final espeluznante; “La encrucijada”, donde un viajero busca la ciudad soñada, llega a la intersección de un camino y se equivoca, como todo en su vida; “El caudillo”, el relato de un hombre obligado a ser solidario por su musculatura, y quien en pago recibe el desdén y la burla, y “El cuarto sin numerar”, el retorno onírico de un adulto a su niñez, con un testimonio material traído del más allá. Todos ellos, escritos entre 1949 y 1956, no aparecieron en su primer libro. Entre los desconocidos figuran “Los huaqueros”, donde cuatro buscadores de tesoros son descubiertos por unos policías que en vez de arrestarlos los animan y, al no descubrir nada, huyen; uno de ellos se lleva del aparente botín, muy feliz, un cajón de madera para hacer leña; “El abominable”, el principio de una novela inconclusa sobre un supuesto hombre de las nieves en la sierra central, y “Juegos de la infancia”, un fragmento de la autobiografía de Ribeyro no incluido en su libro, tal vez por el tinte racistoide de “los cholos que hollaban su espacio” (p. 1.016). “La producción cuentística de Ribeyro”, dice la presentación del volumen, “transmite los anhelos, arrebatos y angustias de sus personajes a través de una prosa limpia y un estilo alejado de artificios, ofreciendo uno de los más grandes ejemplos de la narrativa breve en el mundo occidental. La palabra del mudo se encarga de dar voz a aquellos personajes que en la vida cotidiana están privados de ella: los marginados, los olvidados, los condenados a una existencia soterrada. Todo ello tiene cabida en este centenar de relatos donde cada frase es absolutamente imprescindible”. Fuentes: La República • Seix-Barral *** Maestros y nuevos exponentes del microrrelato unidos en una antología Entre los autores incluidos se encuentran los venezolanos Armando José Sequera, José Gregorio Bello Porras y Luis Carlos Azuaje. Acaba de aparecer en España, bajo el sello Cuadernos del Vigía (http://www.acceda.com/host/cuadernosdelvigia), la antología Velas al viento (http://www.acceda.com/host/cuadernosdelvigia/colecciones.asp?c=4&id=10), una recopilación con los mejores microrrelatos publicados en los últimos tres años en La nave de los locos (http://nalocos.blogspot.com), un blog de obligada referencia sobre el cuento y el microrrelato, creado en 2007 por el español Fernando Valls (Almería, 1954). “La antología recoge el espíritu riguroso, incluyente y festivo que anima la bitácora”, se explica en la presentación del libro, en el que clásicos modernos como Francisco Ayala, Mario Benedetti, José Emilio Pacheco, Rafael Pérez Estrada o José de la Colina comparten espacios con maestros contemporáneos como Brasca, Shua, Valenzuela, Lagmanovich, Merino, Luis Mateo Díez, Iwasaki, Neuman e incluso con nuevos microrrelatistas. “Creo no exagerar si afirmo que con esta recopilación los lectores podrán hacerse una idea bastante cabal de lo que viene cociéndose en el género a uno y otro lado del Atlántico, en lengua española”, ha escrito Valls en el blog. El libro de 360 páginas se vende a un precio de 21,9 euros y aparece en la colección “Cuentos del Vigía”, que publica libros de relatos de alta calidad de autores jóvenes y noveles así como de autores de prestigio, bajo la dirección de los escritores argentinos Clara Obligado (Buenos Aires, 1950) y Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977). Profesor de literatura española contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona (http://www.uab.es), Fernando Valls dirigió entre 2001 y 2006 la revista literaria Quimera. Actualmente está a cargo de las colecciones “Reloj de arena” y “Cristal de cuarzo”, de la editorial Menoscuarto (http://www.menoscuarto.es), dedicadas en exclusiva a la creación y al ensayo sobre los distintos géneros de la narrativa breve. Ha escrito numerosos trabajos sobre la historia del teatro y de la narrativa española de las últimas décadas. Es autor, junto a Neus Rotger, de la antología Ciempiés. Los microrrelatos de “Quimera” (2005). Su último libro publicado se titula Soplando vidrio y otros ensayos sobre el microrrelato español (2008). Valls estará este sábado 12 de junio, entre las 12 y las 14 horas, firmando ejemplares y conversando con el público en la caseta Nº 270, de Cuadernos del Vigía, en la Feria del Libro de Madrid (http://www.ferialibromadrid.com). Aparte de Isabel González González, cuyos microrrelatos fueron omitidos por error de Valls —como él mismo ha lamentado en el blog—, los ochenta autores que forman parte de esta antología son los que siguen: Francisco Ayala, Mario Benedetti, Antonio Pereira, Pablo Antoñana, David Lagmanovich, Raúl Renán, Daniel Moyano, José Jiménez Lozano, Rafael Pérez Estrada, José de la Colina, Gonzalo Suárez, Eugenio Mandrini, Federico Patán, Fernando Aínsa, Luisa Valenzuela, José Emilio Pacheco, José María Merino, Luis Mateo Díez, Enrique Jaramillo Levi, Juan Armando Epple, Raúl Brasca, Manuel Talens, Rogelio Ramos Signes, Ana María Shua, Esther Andradi, Pedro Herrero, Armando José Sequera (http://www.letralia.com/firmas/sequeraarmandojose.htm), César Gavela, José Gregorio Bello Porras, Julia Otxoa, María Rosa Lojo, Pedro de Miguel, Carlos Iturra, Diego Muñoz Valenzuela, Emilia Oliva, Luis Pérez Ortiz, Lilian Elphick (http://www.letralia.com/firmas/elphicklatorrelilian.htm), Gabriela Aguilera, Araceli Esteves, Enrique del Acebo Ibáñez, Luis García Jambrina, Carlos Castán, Manuel Moya, Fernando Iwasaki, Ángel Olgoso (http://www.letralia.com/firmas/olgosoangel.htm), Juan Romagnoli, Carmela Greciet, Manuel Moyano, Julio Ricardo Estefan, Pedro Ugarte, Antonio Báez, Cristina Elda Nieto, Antonio Serrano Cueto, Juan Gracia Armendáriz, José Alberto García Avilés, Pepe Cervera, Miguel Ángel Cáliz, Sandra Bianchi, Ernesto Calabuig, Fabián Vique, Rubén Abella, Francisco Rodríguez Criado, Pilar Galán, Isabel Mellado, Francisco Silvera, María Fabiana Calderari, Gemma Pellicer, Orlando Romano, Ginés S. Cutillas, Mónica Gutiérrez Sancho, Óscar Sipán, Javier Puche, Manuel S. Vicente, Miguel Ángel Zapata, Carmen Camacho, Ildiko Nassr, Andrés Neuman, Héctor Kalamicoy, Luis Carlos Azuaje y Cristina García Morales. Fuentes: Cuadernos del Vigía • La nave de los locos *** Denuncian a Fundación Alberti por supuesta alteración de un libro El libro Los espacios habitados de Rafael Alberti, de Joan Carles Fogo Vila (http://jcfogovila.blogspot.com) —un arquitecto barcelonés con inquietudes literarias que plasmó en su obra aquellas casas y paisajes que estuvieron ligados a la figura del poeta—, habría sido alterado por la Fundación Rafael Alberti (http://www.rafaelalberti.es), de El Puerto de Santa María (Cádiz, España), según reportó el pasado 2 de junio el Diario de Cádiz (http://www.diariodecadiz.es). María Asunción Mateo, presidenta de la Fundación, había presentado el libro en octubre de 2009 como el primer número de la nueva línea editorial de la entidad. Fueron publicados 500 ejemplares, en una edición conmemorativa por el décimo aniversario del fallecimiento de Alberti. Tras la presentación, Fogo Vila le manifestó a Mateo, mediante un burofax —un servicio ofrecido en España de envío de fax desde una oficina de correos—, sus quejas por la edición final del libro, cuyo texto original habría sido objeto de numerosas modificaciones sin su conocimiento. Según Fogo Vila, del libro se habían realizado dos pruebas (el 2 y el 5 de octubre de 2009) antes de enviarlo a imprenta, y en ellas sí figuraba el texto completo. El autor denuncia que “han desaparecido del libro, sin mi autorización, los nombres de Luis García Montero, Teresa Sánchez Alberti, Benjamín Prado, Pedro Guerrero, José Monleón, Hilario Jiménez, Almudena Grandes, etc”. Algunas fallas son más graves, continúa Fogo Vila. “Incluso una cita completa de cuatro líneas de Luis García Montero aparece, tras la modificación del archivo, como un texto mío (sin comillas, sin número de nota y sin la nota al final del capítulo, todos ellos desaparecidos). Tampoco se incluyeron varias anotaciones enviadas en mis últimas correcciones al texto (entre ellas una petición de texto a incluir por parte de Aitana Alberti, referente a dos dibujos de su madre, que se ha reproducido de manera incompleta”. Para el autor, y según él mismo expresa en la carta, lo ocurrido manifiesta “un comportamiento intransigente (radicalmente contrario al planteamiento de mi libro) al no utilizar las aportaciones de reconocidos escritores sobre la obra de Rafael Alberti”. El autor explica que se dio cuenta de que el texto no estaba completo al leer el suplemento especial que publicó el mismo Diario de Cádiz el 29 de octubre, en el que se reproducía el primer capítulo del libro con la frase alterada de Luis García Montero. Un facsímil de esta reproducción está disponible en http://bit.ly/d0avmd. “Pensé que era un error”, explica, “pero luego, leyendo el libro, comprobé cómo faltaban muchos nombres que sí estaban en el texto corregido”. Para Fogo Vila es “una lástima que a estas alturas pasen estas cosas, no tiene justificación”, y asegura haberse llevado “una decepción”. Añade también que es “una pena que estas fundaciones funcionen de un modo tan personal”. Se trata, sobre todo, “de una falta de respeto muy grande, algo que no se puede admitir”, señaló. Fuente: Diario de Cádiz *** Poeta en Nueva York, de García Lorca, publicado en edición facsimilar El Patronato Cultural Federico García Lorca (http://www.patronatogarcialorca.org), dependiente de la Diputación de Granada (http://www.dipgra.es), ha publicado en conjunto con la editorial Román y Bueno (http://www.romanybueno.com) un facsímil de la primera edición de Poeta en Nueva York, que sacó a la luz en junio de 1940 la editorial estadounidense Norton y de la que se encuentran contados ejemplares en el mundo. The poet in New York and other poems of Federico García Lorca, una edición bilingüe de la obra del poeta de Fuente Vaqueros (Granada), no se ha vuelto a reeditar desde entonces, razón por la que se considera una rareza que tan sólo aparecen en los catálogos de las librerías de segunda mano a precios muy alto. Con motivo del 80º aniversario de la estancia de García Lorca en la gran urbe norteamericana y los 70 años de la fecha en que el poemario salió a la luz por primera vez, el Patronato ha decidido afrontar la primera reedición de aquellos primeros ejemplares con la colaboración del sello granadino, propietario de uno de los libros publicados originalmente por la Norton. La edición, presentada el pasado 2 de junio en Granada, tan sólo difiere de la original americana en el sello editorial, que en esta ocasión es granadino. Además, al facsímil se le han sumado 16 páginas de “addenda” donde se incluye un prefacio del escritor ubetense Antonio Muñoz Molina con el nombre “El poeta perdido y encontrado en Nueva York” y una nota editorial. En primera persona, Muñoz Molina hace un recorrido, 80 años después de que lo hiciera Lorca, por la ciudad que provocó al poeta, desde su perspectiva de creador, unido a Granada, hombre del sur y actualmente también “perdido” entre la multitud de Nueva York, donde reside actualmente. En la presentación del facsímil, el presidente de la Diputación, Antonio Martínez Caler, indicó que la publicación se enmarca la celebración del 112º aniversario del nacimiento de García Lorca, y agradeció la colaboración de Román y Bueno y de la propia familia del poeta de Fuente Vaqueros para que la coedición haya sido posible. “Esta coedición supone una interacción entre una institución de servicio público y el tejido social y empresarial de nuestra tierra”, señaló. Martínez Caler también se congratuló de haber contado con la colaboración de Muñoz Molina “por aceptar sin reservas la tarea de escribir el prefacio” como una persona “unida creativamente a nuestra tierra y nexo entre García Lorca y Nueva York”. Por su parte, el director del Patronato García Lorca, Alfonso Alcalá, recordó no sólo la primera edición que hizo la Norton de Poeta en Nueva York, sino también la de Séneca, con sede en México, que fue dirigida por José Bergamín, amigo de García Lorca al que éste entregara su manuscrito de la obra. Fuentes: Diputación de Granada • IBLNews *** Lanzan en España antología que reúne cuentos de Rubén Darío El sello editorial Paréntesis (http://www.parentesiseditorial.com) ha lanzado recientemente la antología La ninfa y otros relatos, dedicada a la obra narrativa del poeta nicaragüense Rubén Darío y con prólogo de Ignacio F. Garmendia, quien precisó que pese a que el autor es “el poeta inmortal, el padre y maestro mágico, también cultivó, y abundantemente, la prosa”. En este sentido, la obra pretende resaltar la producción narrativa de Darío, que quedó “oscurecida por el ascendiente de su poesía”. En este sentido, subrayó que los cuentos del autor nicaragüense “son parte insoslayable de su mundo literario y un ejemplo cimero de la prosa modernista”. Garmendia explicó que los primeros relatos toman la forma de “estampas líricas a la manera de los ‘parnasianos’, deliciosas ensoñaciones en las que el narrador poeta se retrotrae hasta los días luminosos de la antigua Grecia, recrea las leyendas medievales, actualiza los cuentos de hadas o se deja seducir por los exóticos y desconocidos escenarios del Oriente, desde una sensualidad neopagana que se presenta en clave inequívocamente moderna”. No obstante, indicó que la obra narrativa de Darío acoge asimismo “zonas oscuras e inquietantes que se alejan de ese mundo de ninfas, princesas, hadas y palacios para internarse de lleno en el género fantástico”. Resaltó, además, que el misterio, los arcanos del orden sobrenatural y las aficiones esotéricas protagonizan estos otros relatos donde las visiones se transforman en “espantables pesadillas”, y apuntó que los prodigios de la magia, las alucinaciones inducidas, los fenómenos inexplicables y las fuerzas extrañas comparecen en unas historias de trasfondo “onírico o macabro que coinciden en el tiempo con las publicadas por otros autores hispanoamericanos como Nervo y Lugones y prefiguran los registros de Quiroga, Bioy o Cortázar”. Editor y crítico literario, Garmendia comenta que Darío es “el poeta inmortal, el padre y maestro mágico que ha sobrevivido a la legión de discretos imitadores y a la leyenda trivializada de su genio”. Recordó que el autor cultivó la prosa, muestras de la cual aparecieron en centenares de artículos, crónicas, reseñas, memorias o impresiones de viaje “que fueron, es verdad, un modo resignado de ganarse la vida, aunque han acabado ocupando —subrayando las semblanzas recogidas en ‘Los raros’, verdadero manifiesto de la fase heroica del modernismo— un lugar no menor en su obra”. Por su parte, Jorge Luis Borges señaló que “todo lo renovó Darío, la materia, el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores”. Del mismo modo, la editorial indicó que “en verso y en prosa, su obra supuso una ruptura total con la tradición española, que abrió el camino para la necesaria renovación de las literaturas hispánicas”. Nacido al modernismo en Azul, según comentó, prosiguió su tarea fundamental en poemarios como Prosas profanas y otros poemas y Cantos de vida y esperanza. Su vasta obra en prosa, formada por ensayos, cuentos, crónicas y evocaciones autobiográficas, tiene una importancia no menor, manifiesta en títulos como “Los raros” o “España contemporánea”. Fuentes: Europa Press • Paréntesis *** Miguel Delibes dejó un libro inconcluso El escritor Miguel Delibes dejó a su muerte medio centenar de cuartillas manuscritas casi de un tirón, casi sin enmiendas, agavilladas con el título de Diario de un artrítico reumatoide, dentro de un proyecto literario trunco que arrancó antes de 2005 y del que se arrepintió un año después. Este amago de libro no fue sino una “pequeña y simpática aventura literaria” que entretuvo al “viejo novelista” en los años de convalecencia al que, en el último tramo de su vida, le obligaron las secuelas de una grave enfermedad diagnosticada en 1998, el mismo año de El hereje, que siempre consideró su última novela. Así lo explica Ramón García, uno de los numerosos escritores que se han adentrado en la vida y obra del novelista vallisoletano, dentro del libro Miguel Delibes de cerca (Destino, http://www.edestino.es), una reedición corregida, aumentada y actualizada de la biografía que ya publicó hace cinco años con el título de El quiosco de los helados. García, articulista periodístico y autor de varios libros infantiles, desvela ese intento frustrado que el propio Delibes le comunicó en junio de 2005 y cuya publicación le encomendó cuando el narrador, fallecido el pasado 12 de marzo, ya no viviera. Concebido en principio como una novela corta, que inicialmente tituló Diario de un viejo enfermo de artritis reumatoide que empieza a tratarse con Naprosyn, finalmente fue desechada en septiembre de 2006, lo que definió como “las memorias de mi absoluta incapacidad deportiva y del enclaustramiento doméstico más completo”, bosquejadas con un “humor negro y resignado”. “Las cuartillas han ido saliendo de un tirón, casi como cuando escribí El camino”, le comentó Delibes a Ramón García cuando puso en su conocimiento esa intentona. La biografía ahora actualizada, en las librerías desde el pasado 4 de junio, repasa los últimos años del escritor, entre 2006 y 2010, con los continuos homenajes, reconocimientos públicos, agasajos y distinciones de índole social, institucional, académico y artístico. El pintor y escultor Antonio López trabajó en el modelado de su cabeza, asistió a distancia a la traducción de El hereje en Estados Unidos, le informaron de los congresos a él dedicados en las universidades de Valladolid (http://www.uva.es) y de Adelaida (http://www.adelaide.edu.au), en Australia, y recogió en su domicilio la Medalla de Oro de Castilla y León y la del Mérito Turístico que le otorgó el Gobierno de Cantabria (http://www.gobcantabria.es). En enero de 2007, entre otras anécdotas que ahora ven la luz, Miguel Delibes volvió a hacerse socio del Real Valladolid (http://www.realvalladolid.es) de fútbol —lo fue por primera vez a los nueve años de edad—, estimulado por la histórica racha de victorias consecutivas del conjunto blanquivioleta que culminaron con el ascenso a primera división al final de esa temporada. Ramón García transcribe también en Miguel Delibes de cerca parte de la entrevista que para un canal de televisión realizó al novelista en su casa en octubre de 2006, y en la que el autor de Las ratas se declara cristiano “con todas las dudas del mundo”. “Mi fe se fundamenta sobre todo en Jesucristo. Cristo y su evangelio me confortan, Cristo es mi asidero y por eso, siempre con mil dudas e incertidumbres, confío encontrarme con él en la última vuelta del camino”, reflexionó el narrador tres años y medio antes de su muerte. Junto a Francisco Umbral, Emilio Salcedo, César Alonso de los Ríos y José Francisco Sánchez, entre otros, ha sido Ramón García uno de los escritores que más han profundizado en la vida y obra de Miguel Delibes. Fuente: EFE *** Biblioteca de Jalisco será concluida en septiembre La construcción de la nueva sede de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco Juan José Arreola (http://www.bipeja.udg.mx) se ha retrasado por falta de recursos económicos, pero se estima que podría concluirse en septiembre, si llegan a tiempo los 150 millones de pesos prometidos por el gobierno de Jalisco (http://www.jalisco.gob.mx) en conjunto con el Gobierno Federal. Hasta el momento sólo se ha entregado el 20% de esos 150 millones, según explicó Mauricio de Font-Réaulx Rojas, director del Centro Cultural Universitario (CCU, http://www.distritocentrocultural.org.mx) de la Universidad de Guadalajara (UdeG, http://www.udg.mx), el pasado 4 de junio. Los primeros 30 millones se destinarán para retomar las obras y comenzar con la construcción de la bóveda antes de la llegada del temporal de lluvias. La conclusión de la obra estaba prevista para agosto del año pasado. Ahora, el director del CCU advierte que los trabajos tienen que estar listos en septiembre de 2010, antes de la celebración del Bicentenario de la Independencia, aunque esto depende de la entrega del dinero. Después de una serie de acuerdos entre diversas instancias, en días pasados el gobernador de Jalisco, Emilio González Márquez, anunció que junto con el Gobierno Federal se aportarán 150 millones de pesos sólo para la biblioteca. De entregarse a tiempo los 120 millones de pesos que aún se esperan de ese aporte, “estaríamos en condiciones de operar y tendríamos que buscar un esquema para incrementar el mobiliario, para que quede en óptimas condiciones”, según explica De Font-Réaulx. Entre tanto, el incremento de ciertos materiales llevó a que se cambiara la fachada de la nueva sede de la biblioteca. Ahora la estructura “evocará a las lenguas indígenas de Jalisco, las que se hablan y las que no”. En total eran 22, pero sólo 17 siguen vigentes y estarán representadas en el área del acervo contemporáneo, mientras que las cinco lenguas muertas se ubicarán en el archivo histórico. De Font-Réaulx resalta que la fachada está muy avanzada. La nueva sede de la Biblioteca Pública del Estado de Jalisco medirá 42 mil metros cuadrados y albergará tres millones de volúmenes. El edificio estará dividido en dos secciones, una para el archivo histórico y otra para los fondos contemporáneos. Hasta el momento se han invertido 400 millones de pesos y el costo total será de 550 millones de pesos, con la suma de los 150 millones de pesos faltantes que etiquetó este año el gobierno de Jalisco. Fuente: El Informador *** Fallece en México el escritor ecuatoriano Bolívar Echeverría El filósofo, escritor y traductor ecuatoriano Bolívar Echeverría, quien vivía en México desde hace cuatro décadas, murió este sábado 5 de junio en su casa de la capital mexicana a los 69 años, a causa de un infarto. Echeverría, nacido en Riobamba en 1941, era un estudioso del marxismo y un crítico del capitalismo. Dedicó su trabajo a la teoría crítica y la filosofía de la cultura. Obtuvo el Premio Universidad Nacional (1997) y el Premio Pío Jaramillo Alvarado (2003), y en 2007 recibió el Premio Libertador al Pensamiento Crítico de manos del presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, por su obra Vuelta de siglo. Echeverría estudió en la Universidad Libre de Berlín (http://www.fu-berlin.de) y luego viajó a México, donde concluyó su licenciatura en filosofía en la Unam, hizo una maestría en economía y se doctoró en filosofía. Desde 1973 era profesor e investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam, http://www.unam.mx), de cuyo Postgrado en Economía fue también profesor entre 1975 y 1988. Editó, además, varias revistas culturales y políticas, como Pucuna (Quito), Latinoamérica (Berlín), y Cuadernos Políticos, Palos y Theoría, en México, entre otras. Sus obras más conocidas fueron El discurso crítico de Marx (ERA, 1987), Las ilusiones de la modernidad (El Equilibrista, 1995), Valor de uso y utopía (Siglo XXI, 1998), La modernidad de lo barroco (ERA, 1999), Definición de la cultura (Ítaca, 2001) y La mirada del ángel (coordinador; ERA, 2003). Además tradujo del alemán, entre otras obras, Estado autoritario, de Max Horkheimer; La tecnología del capital, de Karl Marx, y La soberanía como procedimiento, de Jürgen Habermas. El filósofo mexicano Ramón Xirau afirmó que Echeverría era “un pensador marxista muy liberal”, en tanto que el escritor Víctor Flores Olea lo calificó como “un hombre muy preparado en el campo de la filosofía y la reflexión política”, que “deja un hueco muy grande en los medios académicos y de reflexión política”. El académico Andrés Barreda manifestó que “fue el pensador crítico latinoamericano que más lejos llegó en la comprensión del capitalismo contemporáneo”. “Tiene una formación clásica en los debates de la izquierda del siglo XX como muy pocos la tienen. Es un pensador muy cuidadoso en el rescate de la crítica de la economía política de Marx y en un diálogo muy cuidadoso con la filosofía de Martin Heidegger”, señaló. Fuentes: Celarg • DPA *** Dos fotógrafas venezolanas exponen en Caracas imágenes de Haití A partir del miércoles 9 de junio se exhibe “Una foto por Haití”, el testimonio gráfico de Constanza e Isabella Plaza, dos fotógrafas que trabajaron como voluntarias en Puerto Príncipe tras el terremoto que devastó al país a principios de este año. La inauguración se celebrará a las 8 de la noche en los espacios de Roberto Mata Taller de Fotografía (http://www.robertomata.com), en Caracas. El 12 de enero de 2010 ocurrió una de las tragedias naturales más devastadoras de la historia: el terremoto de Haití. Países de todo el mundo se sumaron a una gran labor humanitaria para ayudar a las víctimas de esta catástrofe; de Venezuela se movilizaron grupos de voluntarios y se crearon comunidades de vivienda temporal que se encargarían de proporcionar asistencia médica permanente, alimentos y educación temporal. En este grupo iban las fotógrafas Constanza e Isabella Plaza. El lunes 25 de enero, las hermanas Plaza fueron recibidas por un escenario desolador, miradas perdidas, desesperación, confusión y dolor, pero también ilusión en medio de la desesperanza, alegría por tener un techo de lona donde dormir. A pesar de las circunstancias adversas —desorden y falta de transporte, hospedaje, alimentos, y agua—, y a la par de su trabajo como voluntarias, fue inevitable la necesidad de captar con sus lentes “el profundo sentimiento que mostraban los corazones desesperanzados en un escenario de absoluta sobrevivencia y dolor”. Sin embargo, quizás el principal obstáculo que enfrentaron las hermanas Plaza fue el impacto emocional. “Entender cómo aquello era real, tan real que parecía una película de ficción, surrealismo. Era difícil, día a día, encontrar las energías y la fuerza para poder seguir ayudando; llorar, pero seguir allí. El asombro es el sentimiento más permanente en un escenario como ese”, recuerdan. Como parte del compromiso personal hacia las cientos de miles de personas que intentan sobrevivir en una realidad que empeora cada día, Constanza e Isabella decidieron que tenían que continuar ayudando al regresar a Caracas, y la mejor manera que encontraron fue “mostrar el sentimiento impreso de aquellos que hoy siguen necesitando nuestra ayuda”. “Una foto por Haití” es el testimonio de esa experiencia de vida. Son más de veinte fotografías a color que hablan de pobreza, dolor, tristeza y desesperanza, que muestran cómo, en un abrir y cerrar de ojos, la vida puede cambiar para siempre. Se trata de la mirada de dos jóvenes cuya visión del mundo y de la vida cambió durante las dos semanas que estuvieron en contacto con la tragedia y sus sobrevivientes. Constanza e Isabella Plaza son comunicadoras sociales, mención periodismo. A partir de 2005 comenzaron su formación en el área fotográfica realizando estudios en Roberto Mata Taller de Fotografía y los continuaron en Nueva York en The Internacional Center of Photographers (http://www.icp.org) y en la School of Visual Arts (http://www.sva.edu). Han sido asistentes de los fotógrafos Esteben Hurst y Meredith Davenport, entre otros, y desde 2007 colaboran con publicaciones de diferentes países (Indonesia, Australia, Tailandia, Estados Unidos y Venezuela). Este año estuvieron a cargo de la nueva imagen fotográfica del canal de televisión Sun Channel (http://www.sunchanneltv.com). Roberto Mata Taller de Fotografía es una escuela que pretende recrear un ambiente en el cual los alumnos armonicen el reto que supone la concepción de una imagen y el apoyo mismo que implique obtenerla. Asimismo, es un espacio que se dedica a promover e intercambiar ideas sobre todo lo que se refiere al hecho fotográfico. Desde sus inicios —en agosto de 1993— ha atendido más de 2.000 alumnos, muchos de los cuales se mantienen vinculados activamente al taller y a la fotografía. La exposición se mantendrá abierta al público hasta el domingo 18 de julio. Roberto Mata Taller de Fotografía está ubicado en la avenida Trieste con avenida Madrid, en La California Sur, en la capital venezolana. Fuente: Roberto Mata Taller de Fotografía *** Escritores del llano venezolano se reunirán en San Carlos Este miércoles 9 de junio se inicia en San Carlos, Cojedes (Venezuela) el IV Encuentro de Escritores Llaneros, evento que se extenderá hasta el viernes 11 y que reunirá en la Cinemateca de la ciudad, ubicada en la Plaza Manuel Manrique, a varios escritores e investigadores literarios del llano venezolano. Organizado por la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Ezequiel Zamora (Unellez, http://www.unellez.edu.ve), el Ministerio de la Cultura de Venezuela (http://www.ministeriodelacultura.gob.ve) y la Red Nacional de Escritores de Venezuela (http://rednacionaldeescritoresdevenezuela.blogspot.com), el evento se iniciará el miércoles 9 a las 5 de la tarde con un recital poético libre y una presentación de los defensores del fandanguillo. La apertura oficial será el jueves 10 en horas de la mañana, con palabras del escritor Eduardo Mariño (http://www.letralia.com/firmas/marinoeduardo.htm), en representación del Ministerio de la Cultura; Isaías Medina López (http://www.letralia.com/firmas/medinalopezisaias.htm), por la Unellez-San Carlos, y José Antonio Borjas, cronista oficial de la ciudad anfitriona. Luego se realizará la inauguración de la Expoventa del Libro Llanero y Venezolano y se presentarán las conferencias de Yorman Tovar (Unellez-Guanare), Gregorio González (Casa Bolívar de Apure), Argenis Méndez Echenique (Dirección de Cultura del estado Apure) y Edgar Hernández (Misión Cultura de Apure). A partir de las 2 de la tarde tendrán lugar las conferencias de Salvador Lara (Red de Escritores de Guárico), Jeroh Montilla (Red de Escritores de Guárico), Luis Pellicer (Archivo General de la Nación) y Ramón Vargas (Universidad Pedagógica Experimental Libertador, Upel, http://www.upel.edu.ve; Maracay). Luego se realizará un conversatorio con Arnaldo Erazzo (Red de Escritores de Barinas), Avilmark Franco (Teatro Orlando Araujo, Barinas) y Ramón Hernández (Ministerio de la Cultura, Cojedes). La jornada terminará con presentaciones de libros. El viernes 11 en la mañana, Williams García (Posgrado de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, Ucla, http://www.ucla.edu.ve), Róger Herrera (Universidad Bolivariana, Caracas) y Job Jurado (Instituto de Cultura de Portuguesa) pronunciarán sus conferencias correspondientes, siendo seguidos por Luis Alberto Ángulo (Red de Escritores de Carabobo), José Carlos de Nóbrega (http://www.letralia.com/firmas/denobregajosecarlos.htm; Red de Escritores de Carabobo) y Carlos Noguera, presidente de la editorial del Estado venezolano, Monte Ávila Editores (http://www.monteavila.gob.ve). A las 2 de la tarde se realizará el acto de premiación de la II Bienal de Literatura “Víctor Manuel Gutiérrez”, cuyo jurado, así como el ganador, serán presentados por Miguel Pérez, en nombre de la Red de Escritores de Cojedes, y Miriam Rodríguez, directora de Proyección Social y Comunitaria de la Universidad Iberoamericana del Deporte (UID, http://www.uideporte.edu.ve). Por último, Juan Chávez López dirá las palabras de clausura. Fuente: Lectura y Aula *** Agencias literarias de España presentan su asociación Este jueves 10 de junio será presentada, en el marco de la Feria del Libro de Madrid (http://www.ferialibromadrid.com), la Asociación de Agencias Literarias de España (Adal, http://www.asociacionadal.org), una organización que con el lema “Impulsar, promover, cooperar”, fue constituida en 2006 por 26 agencias literarias de la nación ibérica. Después de cuatro años de trabajo, crecimiento y consolidación del proyecto, las agencias han querido presentar esta asociación para destacar el lugar que ocupan en el sector de la gestión cultural en España. “La profesión de los agentes literarios tiene un papel fundamental en la difusión de la cultura dentro de este mundo globalizado y altamente tecnificado”, explica Maru de Montserrat —de la agencia Internacional Editors, de Barcelona—, quien está a cargo de la presidencia de la organización. “Nuestra intermediación, cada día más necesaria, cada día más activa y cada vez más profesional, se basa en la confianza que depositan en nosotros tanto las editoriales como los escritores”, añadió. Montserrat destacó que la labor de un agente va mucho más allá de la gestión de contratos y liquidaciones, pues juega un rol orientador, constructivo y creativo: para el autor, es su primer lector, alguien que lo acompaña y guía durante el proceso de creación; para las editoriales, es la referencia que les brinda la posibilidad de conocer al autor que buscan (aquél que puede formar parte de su catálogo y enriquecerlo), y es el consejero idóneo para aportar el producto cultural que necesita su proyecto. La llegada de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación está revolucionando el sector. “Autores, agentes, editores y libreros hemos realizado un máster intensivo con motivo de la comercialización del libro electrónico. El efecto que ha causado la llegada del e-book ha servido para poner a prueba nuestro proyecto como asociación. Nos hemos informado, hemos compartido experiencias, hemos tomado decisiones y ahora estamos defendiendo una postura consensuada gracias a nuestro bagaje en Adal”, agregó. Pero el máster no ha terminado para ninguno de los agentes culturales que intervienen en este proceso, puesto que todos los integrantes del sector aprenden conjuntamente a medida que la tecnología avanza, y esta dinámica parece convertirse en una nueva realidad constante. “Tras cuatro años de historia oficial, de cooperación, de haber creado una web (http://www.asociacionadal.org) y el espacio interno de reunión y de compartir el proyecto de la asociación con diversas instituciones, nos ha parecido oportuno ‘oficializar’ nuestro compromiso: compartir con todos los que formamos parte del mundo de la gestión cultural un proyecto que tiene vocación de construir, apoyar y participar en cuantas iniciativas favorezcan el crecimiento y la generación de nuevos valores culturales”, continuó. Adal representa a las agencias literarias de España ante todos los organismos públicos y privados, tanto en el ámbito español como en el internacional. Está integrada por profesionales —personas físicas o jurídicas— que ejercen como agentes literarios de forma regular y continuada. La representación de autores tuvo su origen en España en la década de los 50, de la mano del escritor rumano Vintila Horia, propietario de la Agencia Literaria ACER (http://www.acerliteraria.com). Cuando este autor se trasladó a París, Carmen Balcells, que trabajó para ACER, fundó su propia agencia y gestionó derechos de traducción de autores extranjeros. Luis Goytisolo fue el primer autor español al que representó. En los 50 se fundaron también las tres primeras agencias literarias. Desde entonces, éstas han ido surgiendo de forma paralela al crecimiento de la explotación de derechos, al de las traducciones y al de la expansión editorial. En los 80 nacieron siete nuevas agencias; en los 90, seis, y entre los años 2000 y 2010, se crearon otras trece agencias. En 2006, y ante la necesidad expresada por varios agentes de coordinar esfuerzos, se fundó la Adal, integrada inicialmente por diecisiete agencias. Desde entonces hasta hoy han pasado cuatro años en los que, poco a poco, Adal se ha consolidado y crecido, alcanzando los 26 asociados. Fuente: Feria del Libro de Madrid *** Congreso Hispanoamericano de Escritores realizarán en España Del 14 al 18 de junio se celebrará en Madrid y otras ciudades españolas la primera edición del Congreso Hispanoamericano de Escritores (http://www.congresohispanoamericano.com), evento que organiza el sello Ediciones Irreverentes (http://www.edicionesirreverentes.com) y en el que autores, editores e intelectuales de 14 países dialogarán sobre procesos creativos, las distintas industrias editoriales, la literatura hispana tras 200 años de independencia, el auge de las narrativas urbanas y el libro teatral, entre otros temas. Dirigido por Miguel Ángel de Rus y coordinado por Juan Patricio Lombera, Raúl Hernández Garrido (http://www.letralia.com/firmas/hernandezgarridoraul.htm), Vera Kukharava, Sasi Alami y Santiago García Tirado, el congreso se enfocará en la importancia que da al español el hecho de ser el segundo idioma más estudiado en el mundo, y en la necesidad de oponer respuestas a la penetración de la industria cultural anglosajona. La primera actividad del evento será el lunes 14 a las 10 horas en el Hotel San Cristóbal (http://www.hotelsancristobal.com), de Málaga, donde Andrés Fornells, José Melero, Mercedes Pinto, Miguel Gómez Yebra y Alberto Castellón participarán, bajo la moderación de Sasi Alami, en la mesa redonda “Escribir en la periferia”. A las 19, la Casa del Libro (http://www.casadellibro.com) de Gran Vía, en Madrid, albergará la presentación de la novela La rebelión de los vagabundos (http://www.edicionesirreverentes.com/narrativa/rebVAGABUNDOS.htm), con la que el español Antonio López Alonso obtuvo el V Premio Nacional de Novela Ciudad Ducal de Loeches. Posteriormente se realizará el foro “El libro teatral en Hispanoamérica”, en el que participarán el venezolano Juan Martins (http://www.letralia.com/firmas/martinsjuan.htm), el brasileño Camilo Pellegrini y el chileno Marco Antonio de la Parra. A las 20 tendrá lugar la mesa redonda “El futuro del libro teatral”, con los españoles Raúl Hernández Garrido, Lola Blasco, Luis Araujo y Luis Miguel González Cruz, así como el chileno José Henríquez y la mexicano-colombiana Amaranta Ossorio. Paralelamente, a la misma hora se realizará en la Asociación Cultural Concepción Floría, de León, el Encuentro Hispano-Mexicano “Los niños de la guerra”, con Manuel Cortés Blanco, autor del libro Mi planeta de chocolate. El martes 15, en la Casa del Libro de Madrid, José Luis Alonso de Santos, Manuel A. Vidal, Francisco Legaz, José Enrique Canabal y Pedro Amorós presentarán el libro Las estratagemas del amor. Luego el escritor uruguayo Jorge Majfud pronunciará la conferencia “Ni fin de la historia ni de la novela”, y a continuación se presentará el libro Llegó oscura la mañana, de la mexicana Susana Corcuera. Por último se celebrará la mesa redonda “No han muerto ni la novela ni la historia”, con los mexicanos Juan Patricio Lombera y Susana Corcuera, y los españoles Antonio Gómez Rufo, Lourdes Ortiz y Manuel A. Vidal. Paralelamente, David Fernández Mejías y Rafael Plaza presentarán a las 20, en la sala “Arte a Diario” de la sede del Diario de Jerez (http://www.diariodejerez.es), en Jerez de la Frontera (Cádiz) el libro Las libertades de expresión e información y sus límites, de Aurelia María Romero Coloma. Y a la misma hora, en el Paraninfo de la Universidad de Cantabria (http://www.unican.es) en Santander, Inés Fonseca presentará en concierto su libro disco Vuelo, homenaje a Miguel Hernández. Con la presentación de Acerca del matrimonio de Paulette, con Alberto Sánchez Insúa, Sara Sánchez Rivas y Luis Alberto de Cuenca, se iniciarán las actividades del miércoles 16, en la Casa del Libro de Madrid, a las 19 horas. Luego, Serge Fohr, director del Instituto Francés (http://www.ifmadrid.com), presentará la exposición “Las tres orillas. Daniel Mordzinski”. A las 20 se celebrará el Intercambio América-España con el peruano Walter Sanseviero, el guatemalteco Philippe Hunziker y el argentino Ecequiel Leder Kremer. Las actividades de este día terminarán con la mesa redonda “Editoriales entre España y América”, en el que participarán el español Miguel Ángel de Rus, por Ediciones Irreverentes; la argentina Viviana Paletta, por Veintisiete Letras (http://www.veintisieteletras.com), y los españoles Jorge Ruiz Morales, por Equipo Sirius (http://www.equiposirius.com), Fernando Varela, por Lengua de Trapo (http://www.lenguadetrapo.com), y Jesús Miranda, por la distribuidora Panoplia de Libros (http://www.panopliadelibros.com). El jueves 17, a las 12 del día y tras el anuncio del veredicto del Concurso Sexto Continente de Relato Erótico, la Casa del Libro servirá de escenario para una emisión del programa “Un idioma sin fronteras”, de Radio Exterior de España (REE, http://www.rtve.es/radio/radio-exterior). Participarán Susana Santolalla, Antonio Sigris (director de Informativos REE), Josefina Benéitez (directora de REE) e Ignacio Elguero (director de RNE-1). A las 19 se realizará la presentación de Yo también escuchaba el parte de RNE, con José E. Canabal, Manuel Villa Mabela, Manuel A. Vidal, Pedro Amorós y Miguel Ángel de Rus. Cabe destacar que los días 13 y 20 de junio el espacio “Sexto Continente”, de REE, emitirá sus programas dedicados al congreso. Posteriormente, el peruano Fernando Morote presentará Literatura urbana en Nueva York, mientras que el cubano Mario Barros hará lo propio con El humor en la literatura. A las 20, el argentino Marcelo Luján y los españoles César Strawberry, Francisco Legaz, Eduardo Vaquerizo y Antonio López del Moral protagonizarán la mesa redonda “Literatura urbana radical”. El viernes 18 se inician las actividades a las 17, en la Casa del Libro de Madrid, con la emisión del programa “Hora América”, en el que Teresa Montoro debatirá con los escritores de la mesa redonda “200 años de literatura hispanoamericana”, que tendrá lugar a las 20 y en la que participarán el mexicano Juan Patricio Lombera, el argentino Horacio Vázquez Rial y los colombianos Rómulo Bustos y Samuel Serrano. A las 19 se realizará la mesa “Puentes lingüísticos”, con la checa Adriana Krásova, directora del Centro Checo de Madrid (http://www.czechcentres.cz/madrid/novinky.asp), y la traductora Patricia Gonzalo de Jesús. Luego, el colombiano Nelson Verástegui, el argentino Carlos Gamerro y el venezolano Gustavo Valle participarán en la mesa “Sobre la realidad de la literatura hispanoamericana”. Por último, a las 23, la Sala Jhambalá de Madrid, el dúo Kuentaké (http://www.kuentaketeo.com) ofrecerá su espectáculo “Kuentaké... ¡Také!”. Aparte de todas estas actividades, el I Congreso Hispanoamericano de Escritores será el marco en el que se realizará la exposición “Las tres orillas. Daniel Mordzinski”, del 10 de junio al 31 de julio, en el Instituto Francés. Igualmente, del 14 al 18 de junio estará abierta al público, en el Tablao Flamenco Cardamomo (http://www.cardamomo.es), una exposición sobre el libro Caballeros flamencos, de Paco Manzano. Todos los actos de la Casa del Libro son de entrada libre y gratuita, mientras que para los demás será preciso solicitar confirmación a través de la dirección electrónica edicionesirreverentes@gmail.com. Fuente: Organizadores del evento *** Universidad del Zulia celebrará encuentro en homenaje a Letralia El próximo 22 y 23 de julio se celebrará en Maracaibo, Zulia (Venezuela) el Encuentro Nacional de Ciberliteratura y Escritores Inéditos (http://encuentroinedito.tk), evento convocado en homenaje a la revista literaria digital Letralia, Tierra de Letras, y organizado por la Escuela de Letras de la Universidad del Zulia (LUZ, http://www.luz.edu.ve), conjuntamente con la Facultad de Humanidades y Educación y el Vicerrectorado Académico, así como el Movimiento Estudiantil El Quijote. Las jornadas servirán para analizar el papel fundacional que ha tenido Letralia en el desarrollo de la ciberliteratura en Venezuela, al ser la primera publicación de este tipo en el país, y la primera revista literaria en español que llegó a sus lectores a través del correo electrónico. Letralia circula en Internet desde el 20 de mayo de 1996 y es editada por el escritor venezolano Jorge Gómez Jiménez. El encuentro se iniciará el jueves 22 a las 9 de la mañana en el Auditorio “Hesnor Rivera” de la Facultad de Humanidades y Educación, con palabras del doctor Jorge Palencia Piña, rector de LUZ, seguido por la doctora Doris Salas de Molina, decana de la Facultad, el poeta Carlos Ildemar Pérez, director de la Escuela de Letras, y el editor de Letralia, Jorge Gómez Jiménez, quien a partir de las 10:30 conversará con los presentes acerca de de su experiencia, en el foro “Para una fundación de la ciberliteratura en Venezuela: Letralia”, en la Sala de Conferencias “Dr. Darío Durán Cepeda”, donde tendrá lugar el resto del encuentro. A las 2 de la tarde se celebrará el foro “Las editoriales independientes, ejemplos de trabajo constante y sonante, incluso clandestino (contra el monopolio y la marginación)”, siendo seguido a las 4:30 por el foro “Propuestas y políticas de las editoriales del Estado para los escritores inéditos”. El viernes 23 se inician las actividades a las 8:30 de la mañana con el foro “http://nuevos soportes / nuevas propuestas digitales-electrónicas de lectura y promoción de escritura literaria”, en el que se expondrá la experiencia de digitalización del Servicio de Bibliotecas de la Universidad del Zulia. Posteriormente tendrá lugar el foro “¿Cómo conocer la literatura inédita?: e-mail, blogs, Twitter, Facebook, medios audiovisuales, etc. (lectores y lecturas virtuales)”. El último foro del evento, a las 2 de la tarde, será el titulado “Avances y propuestas hacia una ciberliteratura venezolana (conjeturas del porvenir literario)”. Antes de cada foro habrá una lectura de textos inéditos de creadores locales. Fuente: Organizadores del evento ||||||||||||||||||||||| LITERATURA EN INTERNET |||||||||||||||||||||| Biblioteca Virtual de las Letras Mexicanas http://www.letrasmexicanas.mx Este portal reúne los esfuerzos que en digitalización de la cultura han emprendido diversas instituciones mexicanas con el respaldo de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com), como parte de su modelo de trabajo para los países iberoamericanos, en virtud del cual se pretende crear espacios como este, de funcionamiento autónomo, que brinden un recorrido por la historia y la cultura de cada país. Las cartas de Benito Pérez Galdós http://www.lascartasdeperezgaldos.es Proyecto del Cabildo de Gran Canaria que permite consultar en Internet la correspondencia personal del autor y conocer mejor su figura y su época, así como superar mitos y tópicos en torno a su persona. Para el momento de su presentación en Internet contiene 2.360 de las cerca de 8.099 cartas escritas o remitidas al escritor grancanario y catalogadas por la Casa Museo Pérez Galdós. CULTURA BAck http://culturaback.com.ar Espacio de difusión abierto a artistas de Buenos Aires pertenecientes a distintas disciplinas, quienes pueden publicar información sobre su trabajo o sobre los eventos que desarrollan. El artista puede crear una ficha en áreas como artes plásticas, literatura o música, e incluir en ellas muestras de su trabajo, enlaces a su blog, vías de contacto y otros contenidos. EntreLectores http://www.entrelectores.com Red social de recomendación de libros. Los usuarios pueden publicar reseñas de los libros y opiniones a reseñas escritas por otros usuarios. El sistema permite también añadir libros leídos con anterioridad, puntuarlos, configurar una biblioteca personal y agrupar libros en listas que pueden compartirse con el resto de la comunidad. Archivo Gramatical de la Lengua Española http://cvc.cervantes.es/lengua/agle Edición digital íntegra, realizada por el Centro Virtual Cervantes (http://cvc.cervantes.es), del archivo que el gramático español Salvador Fernández Ramírez construyó a lo largo de seis décadas, y que consiste en una amplia colección de fichas manuscritas en las que dejó recogida su ingente labor de análisis y catalogación de los rasgos característicos de la gramática de nuestro idioma. El material está disponible mediante una base de datos que permite realizar consultas de diversos tipos. Los futuros del libro http://futurosdellibro.com Bitácora dedicada al análisis del desarrollo del libro. Como su nombre lo indica, se basa en la tesis de que el debate sobre el tema deberá plantearse no como el de una unidad inseparable, sino como el de destinos y futuros paralelos en función del tipo de contenidos que se comuniquen, las ventajas que se obtengan transmitiéndolos de una u otra forma y el tipo de público al que vayan dirigidos. ||||||||||||||||||||||| ARTÍCULOS Y REPORTAJES |||||||||||||||||||||| === El brujo de la tribu ================================================== === (Intención y reflexión en la obra de Mario Benedetti) ================= === Jorge Palma =========================================================== Acaso por ser un país pequeño, donde todos en mayor o menor medida nos conocemos, es frecuente llamar por el nombre de pila a quien, de una manera u otra, se ha instalado en la memoria colectiva o en el diario trajinar del hombre común. Muchas veces ese nombre está ligado a características ejemplares de su destino, y que, justamente por eso mismo, es colocado en ese rango de tono familiar. Tal es el caso de muchos nombres de la cultura de este país y de la región, que dejan por momentos sus apellidos para ser reconocidos simplemente por sus nombres: así, Eduardo Galeano es Eduardo; Daniel Viglietti es Daniel; a Juan Carlos Onetti le decimos Juan; al ex presidente Vázquez sólo Tabaré, y a Mario Benedetti, simplemente Mario. Mario Benedetti falleció el 17 de mayo de 2009. El 24 de mayo, es decir, una semana exacta después, yo pisaba “las calles de La Habana” parafraseando a Pablo Milanés, sólo que no lo hacía “nuevamente”, sino por primera vez, y no en Santiago, como dice la canción de Pablo, sino en Cuba, para asistir al 14º Festival Internacional de Poesía de La Habana. Como hecho curioso y anecdótico, mientras aguardaba en Panamá mi vuelo a La Habana, Pablo esperaba el mismo vuelo a nuestra isla soñada; destino fraternal, regreso a Ítaca, tan sencillo como Mario, acaso con el mismo síndrome natural con que Eduardo (Galeano) definió la humildad del poeta oriental: “Mario Benedetti no se daba cuenta de que era Mario Benedetti”. Pablo Milanés tampoco. Durante los días que siguieron a su fallecimiento no pude escribir nada, como me suele ocurrir cada vez que alguien muy cercano tiene la mala idea de morirse; al principio, sorpresa (tal vez porque negamos la muerte); luego, confusión (ayer estaba), y después, esa extraña mezcla de contrarios: la vida que empuja hacia adelante con la fuerza incontenible de un río, y por otro lado, la pesada y abismal sensación de vulnerabilidad, vacío y constatación inequívoca de la precariedad de la existencia y los límites del cuerpo. Con ese cóctel de sensaciones emprendí mi viaje a La Habana, con un sentimiento que sólo muchos meses después comenzó lentamente a abandonarme: orfandad. Cuando bajé en el Aeropuerto Internacional José Martí, continuaba todavía el cóctel de sensaciones, intensificado además por el agobiante calor (35º) y una humedad del 100% que hacía estragos en la presión sanguínea de los participantes que llegaban desde las lejanas y frías tierras del sur; todo eso mezclado con la inmensa felicidad de haber sido invitado al festival de poesía, y con un sentimiento que no sólo me acompañó durante todo el encuentro internacional, sino que se agravó cuando mis compañeros poetas del continente se acercaban para darme sus condolencias, como si yo fuera un deudo. “Una gran tristeza”, contestaba. “Todos estamos muy tristes”. Benedetti fue tremendamente resistido por cierta parte de la “intelectualidad”, sin embargo bastó ver al pueblo entero en las calles despidiendo a su poeta, para entender finalmente qué quería decir “un poeta popular”; demostrado en la interminable peregrinación de hombres, mujeres, niños, adolescentes y gente incluso mayor, que desfilaban por las inmediaciones del Palacio Legislativo, haciendo colas gigantescas para despedir al que fuera su legítimo representante espiritual. No había equívocos, sólo una certeza: se había muerto el brujo de la tribu; es decir, esa figura que los representaba, ese espejo donde se podían mirar y sentirse reflejados, comprendidos, y por sobre todas las cosas, profundamente respetados por su prójimo. Mario Benedetti no escribía de forma sencilla porque no pudiera hacerlo de otra manera, como más de un “inteligente” quiso hacernos creer; ya que de forma extraordinaria demostró que tenía una capacidad crítica y profunda para hacer un libro como Letras de emergencia. La intención, con su poesía, era decididamente otra: una cuestión de actitud. Benedetti tenía al alcance de la mano todos los recursos disponibles que se tenga noción, para hacer una poesía más compleja, pero con la peligrosa contrapartida de no hacerla comprensible para el pueblo; y ahí está justamente el punto de inflexión: su profunda postura revolucionaria. Ya lo había dicho Vallejo de forma contundente: “Un hombre pasa con un pan al hombro. / ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?”. Benedetti había elegido un camino, una postura, que tendría tantos detractores (más envidiosos de su tremendo éxito editorial, que de otra cosa), como seguidores a lo largo y ancho del globo. Entonces se trataba de escribir sobre las cosas más sencillas, de los “acordes cotidianos”, ingenuamente presentada por algunos como una poesía simple, cuando en realidad es todo lo contrario. La tierra que pisamos es algo simple, cotidiano, pero llena de sabiduría; el vuelo de un pájaro es algo aparentemente simple, natural, pero de una profundidad escandalosa; un beso, tan elemental como maravilloso, completamente inolvidable. En todos los casos nos ayuda a vivir, nos acompaña y hace nuestro tránsito efímero por la tierra, algo más grato, acaso para recordarnos que, aun con las complejidades de la vida, vale la pena. Es curioso: nos habíamos acostumbrado tanto a él, que ahora que no está parece mentira que se haya muerto; es raro no verlo por las calles, entrando a una librería, subido a un ómnibus y sentado como uno más en los asientos del fondo, junto a la ventanilla, para seguir mirando el mundo; o sentado a una mesa (la mesa de siempre, la de todos los días, en la que almorzaba solo o compartía con su hermano Raúl); es raro no verlo, cuesta acostumbrarse a que nunca más lo veremos. Nunca más lo oiremos en un recital. Nunca más lo veremos caminando por la calle o firmando ejemplares, porque Mario Benedetti se murió para siempre. Ahora, fiel a la condición humana, se hará cada vez menos resistido, ya no será necesario golpearse la cabeza contra un árbol porque Benedetti acaba de publicar el último libro y la segunda edición ya está en imprenta; ya no será necesario tirar piedras en su ventana, porque nadie contestará. Hay un silencio sacro en el cielo. Y esta noche nadie responde la pregunta. El brujo de la tribu se ha muerto. Y nosotros, con respeto, esperamos. ** Jorge Palma jpalma@adinet.com.uy Escritor uruguayo (Montevideo, 1961). Ha publicado los poemarios Entre el viento y la sombra (Ediciones de la Banda Oriental, http://www.bandaoriental.com.uy; 1989), El olvido (Ediciones Trilce, http://www.trilce.com.uy; 1990), La vía láctea (Trilce, 2006), Diarios del cielo (Trilce, 2006) y Lugar de las utopías (2007), así como el libro de cuentos Paraísos artificiales (Trilce, 1990). “La destrucción de la sangre” fue incluida en la antología Aldea Poética (selección de poesía inédita de 29 países, Editorial Opera Prima, http://www.operaprima.es; Madrid, 1997), y “Alguien respira en la sombra” integró la antología La cara oculta de la luna; narradores jóvenes del Uruguay (Linardi Risso, http://www.linardiyrisso.com.uy; 1996). === Literatura brasileña en el contexto de las letras hispanoamericanas === === Sélvido Candelaria ==================================================== Permítaseme iniciar este artículo con un relato anecdótico. Hace unos meses, buscando documentación para elaborar un trabajo sobre la novela Doña Flor y sus dos maridos, anduve por todas las librerías que conozco en Santo Domingo. Me pareció increíble que desde la zona colonial hasta el polígono central no pudiera aparecer ningún libro (no exagero) de autor brasileño o sobre literatura brasileña. Frustrado, al final, pedí entrevistarme con el gerente de la distribuidora bibliográfica más grande del país y pedirle una explicación al respecto. —Señor —le dije—, ¿cómo es posible que los libreros nacionales, sabiendo que este año la Feria Internacional del Libro estaría dedicada a Brasil, no previeran una situación como esta? —Bueno —me respondió—, lo que sucede es que nosotros no podemos invertir en una mercancía por eventualidades. Nosotros compramos lo que tiene salida diaria. Es innegable que el mercantilismo puro es un gran responsable del desconocimiento mutuo de nuestras literaturas. Sin embargo, además de este inobjetable motivo, parece que la indiferencia nuestra hacia la literatura brasileña va más allá de lo estrictamente comercial. Parece tener, según algunos estudiosos del tema, un origen de marginación social. En un ensayo publicado por la Universidad Estatal Paulista-Assis (Sao Paulo, Brasil) titulado “Crítica literaria e integración latinoamericana”, encontramos que entre “los virreinatos de la Nueva España y del Río de la Plata... el portugués, siempre asociado con el judío... se ocupaba del comercio a gran escala, cuando no, como en el caso de la capital del Río de la Plata, al contrabando con Brasil”... y “en ambas ciudades (se refiere a las capitales de los mencionados virreinatos, sc) la colonia portuguesa constituía una especie de gueto”. Es muy probable entonces que la asociación con elementos portugueses fuera considerada como un lastre por escritores de países hispanoamericanos durante la colonia y que esta práctica se haya hecho tradición durante el proceso de formación y desarrollo de las nuevas naciones. Como un indicio de ello y refiriéndose al caso específico de Borges, encontramos lo siguiente en el texto antes mencionado: “El escritor argentino tenía dos apellidos que revelaban su ascendencia portuguesa, Acevedo y Borges... Aun así, al abordar su biografía familiar en muchas partes de su obra, se detiene a desmenuzar detalladamente su origen inglés... Sobre el origen lusitano implícito en sus apellidos, nada, lo que no deja de ser notable en un escritor que orgulloso de su origen criollo, de la ‘argentinidad’ de su familia, en muchas ocasiones se refirió a la historia de la misma, señalándola como un dato fundamental para la comprensión de su obra”. Sea por una razón o por la otra, con honestidad debemos reconocer que la gran mayoría de los escritores hispanoamericanos desconocemos a fondo la producción del intelecto brasileño, que puede ser uno de nuestros mejores referentes para crear. Porque, ¿qué es la obra literaria sino la recreación de nuestro entorno social, cultural y geográfico en el pasado, presente y futuro? Y en ese tenor, ¿tenemos en el mundo otro país con más cantidad de recursos que Brasil en estos renglones? No lo creo. Pero aunque esto sea posible, debemos tener allí una gran cantidad de escritores haciendo honor a su vastedad territorial, a sus orígenes pecaminosos y sagrados, a su evolución social y, sobre todo, a su proyección e incidencia en la vida del futuro, no sólo en el contexto latinoamericano, sino de toda la humanidad. De esto nos habla el crítico y poeta brasileño Iván Junqueira: La literatura brasileña es una literatura muy rica a causa de las vertientes que se cultivan: porque existe una literatura regional de buena calidad, uno de nuestros mayores escritores, Rosa, es regionalista, pero es un regionalista en el sentido de León Tolstoi, “si quieres ser mundial escribe sobre tu aldea”, es como Juan Rulfo —un hombre terriblemente regional y terriblemente internacional que ha sido traducido en casi todas las lenguas del mundo occidental— esta vertiente regionalista está muy presente sobre todo en el Sur y hay también una literatura urbana muy fuerte, concentrada sobre todo en Sao Paulo y Río. Pero antes de esta pujante literatura de que nos habla Junqueira (donde descuellan nombres como, además de Guimarães Rosa, Duda Machado, Manuel de Barros, Érico Veríssimo y Rubem Fonseca, por mencionar sólo un par de poetas y uno de narradores) los hispanohablantes de Latinoamérica ya nos habíamos hecho de la vista gorda ante la rica cantera que constituye la obra literaria de de sus más prestigiosos escritores, comenzando por Machado de Assis, pasando por Mateus de Lima hasta caer en los Mauro de Vasconcelos, Jorge de Lima, Cecilia Meireles, Joao Cabral de Melo Neto o un Jorge Amado. Dada esta situación de dejadez, manifiesta a través de la historia de nuestros pueblos, han pasado inadvertidos dos fenómenos que, deduzco, pudieron haber cambiado el panorama actual de ambas literaturas. Me refiero a la aparición en el siglo XVII de Gregorio de Mattos en Brasil y Rubén Darío, en el siglo XIX, en el mundo hispano. Del primero podemos decir que pudo haber cambiado el curso de la poesía americana, si sus composiciones hubiesen traspasado las fronteras del gran país suramericano. Llegamos a esta conclusión porque mientras (primer caso) en los países colonizados por España la producción poética se hacía, para aquellos tiempos, dentro del marco de las coplas y las espinelas, ya la poesía brasileña —cuyo mayor representante era el poeta Mattos— había desarrollado “un gusto por los juegos visuales, y por pequeñas innovaciones y, sobre todo, apreció las múltiples posibilidades de lectura”.* Es decir, se estaba manifestando un divorcio conceptual entre los cánones tradicionales y los emergentes, por lo menos en lo que concierne a la forma de presentar la poesía. ¿Cuál hubiera sido el impacto de esa revolución en las letras hispanoamericanas, de haber existido un intercambio estrecho y constante entre ambas literaturas? No me atrevo a aventurarme con juicios subjetivos pero definitivamente tenemos que concluir en que otro hubiese sido el derrotero que siguieron nuestras letras. De forma inversa tenemos el caso del primer gran movimiento americano que influye en las letras universales, y su máximo representante. Mientras Darío causaba furor en el mundo de las letras del mundo occidental, en la penúltima década del siglo XIX, rompiendo la camisa de fuerza que imponían los patrones clásicos, no es sino hasta la tercera del siglo XX, bajo el empuje entusiasta de Oswald y Mario de Andrade que la poesía brasileña se libera de las estructuras tradicionales. ¿Cómo es posible que se haya mantenido tan gran divorcio entre las literaturas brasileña e hispanoamericana, si éstas —a través de sus lenguas matrices— mantuvieron un estrecho diálogo cuando “juglares y trovadores... distribuían el polen de la poesía por la geografía ibérica”?** ¿Cómo se concibe que nos interesemos en buscar libros de autores australianos, sólo porque un surafricano que se mudó para Australia ganó el Nobel hace algunos años, y no podamos encontrar un ejemplar de alguna obra de un país con el cual compartimos la misma zona geográfica, los mismos orígenes étnicos y el mismo tronco lingüístico? ¿Por qué no hacemos un mayor esfuerzo para incentivar los diálogos interlingüísticos entre nuestros escritores (como aquel ejemplarizante que sostuvieron Haroldo de Campos y Octavio Paz) a través del interés que demostraron recíprocamente por dar a conocer, en sus respectivos ambientes literarios, algunas luminosidades, el uno del otro? Seguro que dos grandes razones para responder a estas preguntas son las enunciadas al inicio de este brevísimo trabajo. Incuestionablemente que hay más. Pero eso no debe ser óbice para que volvamos a nuestros orígenes socioculturales y rescatemos los beneficios de la diversidad, desechando el perjuicio que nos trae la diferenciación; para que retomemos el ejemplar acierto de aquel par de Luis (Camões y Góngora) que en los albores de nuestras lenguas no sólo produjeron obras en ambos idiomas sino que, uno de ellos, el gran español, aprovechó la obra cumbre del otro (Os Lusìadas) para, rindiéndole pleitesía, componer la primera obra que se imprimió de él. Es algo que nuestros pueblos, dada la trayectoria que se sigue en el desarrollo de una nueva sociedad, no solamente se merecen sino que deben hacerlo impostergable. * “Acerca de la poesía visual brasileña”. Cuadernos americanos 495, Madrid”. (Recogido en el libro Mar Abierto de Horácio Costa). ** “El centro está en todas partes”. Fundación Memorial de América Latina, Sao Paulo, Brasil. (Ídem). ** Sélvido Candelaria selvidocandelaria191@gmail.com Escritor dominicano (Milches, 1956). Es miembro colaborador de la Academia Dominicana de la Lengua (http://www.academia.org.do). Preside la organización sin fines de lucro Artemiches, Inc. (http://www.artemichesinc.org). Pertenece al Movimiento Interiorista y es miembro dirigente del Ateneo Insular. Escribe regularmente para la revista cultural Vetas. Ha publicado Americano no me mate (anécdotas), El testaferro (novela), Cuentos de salitre y sol (cuentos), Miserias (cuentos), El reino de Santa Cruz (novela), Llanto seco (poemas), El caballero Geremy (relato infantil) y Meditaciones: 101 perogrulladas filosóficas. === Piura, crisol de razas y culturas ===================================== === Cultura transafricana Miguel Godos Curay ========================= Cuenta la leyenda que se pierde en la bruma de los tiempos que los primeros negros que llegaron a América lo hicieron en el siglo XIV, doscientos años antes del Descubrimiento de América. Se trata de una expedición africana organizada por Mohamed Gao, Sultán de Guinea (1). No extraña por eso el hallazgo de rasgos netamente negroides en ceramios y en algunas esculturas de pueblos precolombinos. El negro llegó a América como esclavo de los conquistadores. Refieren las crónicas que Alonso Prieto, piloto de la Niña, era mulato. Los primeros negros esclavos se introducen en las islas del Caribe en 1502. Ya en 1494, el Tratado de Tordesillas trazó la línea divisoria entre España y Portugal para las exploraciones de nuevas tierras, igualmente se establecen límites para el comercio directo de esclavos desde las costas de África. La rápida despoblación de la isla La Española y la necesidad de trabajar las minas, inició el rápido aumento de la población negra esclava. El rey Fernando el Católico autorizó el 22 de enero de 1510, en Valladolid, el transporte de cincuenta esclavos negros para que trabajaran en las minas de La Española. El 14 de febrero pidió a la Casa de la Contratación que enviara otros doscientos esclavos, para que fueran vendidos en Santo Domingo. En 1516, mano de obra esclava inicia la operación de los primeros ingenios de azúcar en La Española. Entre 1518 y 1519 se desató una enorme epidemia de viruelas en el Caribe que diezmó drásticamente la población aborigen, y aceleró el aumento de la población negra. En 1522 los esclavos negros se sublevan en el ingenio del gobernador Diego Colón. Gonzalo Fernández de Oviedo describe la sublevación y la brutal represión a los levantiscos. En 1530 el comercio de esclavos se extendió al resto del Caribe. Este mismo año se sublevan los esclavos en la ciudad panameña de Acla. Para entonces Puerto Rico contaba con una población de 327 blancos y 2.292 esclavos. En el siglo XVI Europa inicia un período de expansión económica y geográfica. La gran demanda de fuerza de trabajo provoca el comercio negrero y millones de africanos son arrancados violentamente de sus tierras y aldeas con destino a América y las islas del Océano Índico, donde son obligados a trabajar en grandes plantaciones de azúcar, tabaco, algodón y cacao, y en las minas de oro y plata. Debido al hecho de que en América los colonizadores no consiguieron utilizar a los indígenas como fuerza de trabajo en volumen y condiciones deseadas, recurren a los esclavos importados desde África. Alrededor del año de 1550, comienza este tráfico de esclavos del continente africano a América y a partir de 1720 a las islas despobladas del Océano Índico. Con el tráfico de esclavos, el hombre pasa a ser un objeto de cambio, una mercancía y una máquina de trabajo, en lugar del buey o del arado. Eran varios los métodos utilizados para la obtención de esclavos. Las guerras entre los reinos por el control del comercio y la extensión de sus territorios constituían las principales formas de apropiación de esclavos, los que posteriormente eran vendidos en la costa a los traficantes. Incluso, a veces el tráfico se realizaba entre grupos de una misma jefatura, cuando la demanda era abundante. En ocasiones, los esclavos eran obtenidos a través de la imposición de tributos a los jefes sometidos. También los traficantes hacían por su cuenta guerras y “razzias” para conseguir esclavos. Para tener una idea del comercio negrero basta señalar que entre que entre los siglos XV y XIX el continente africano perdió más de cien millones de hombres y mujeres jóvenes. Varias regiones africanas quedaron casi totalmente despobladas. André Gunder Frank, en su libro La acumulación mundial, 1492-1789, señala que 13 millones 750 mil esclavos fueron traídos a América entre los siglos XVI y XIX. Un 25% de esta población murió en el trayecto y otro 25% en las guerras de captura, lo que da un total de 20 millones 625 mil africanos perdidos para el continente en ese período, señala el investigador Enrique Peregalli (2). La esclavitud, advierte José Antonio del Busto, estuvo en boga desde el descubrimiento de América. A los indios esclavizados se les denominaba “piezas de caoba” para distinguirlos de los esclavos blancos llamados “piezas de marfil” cautivos en las guerras y de los esclavos negros o “piezas de ébano” (3). Sostiene el historiador Juan José Vega que 1528 fue un año decisivo en la aventura del descubrimiento del Perú. “Ese 1528 Piura ingresaba a la historia universal” (4). El carabelín del piloto Bartolomé Ruiz llegó al frente de Tumbes, “cuyo esplendor alcanzaron a ver sólo dos de los de España y un esclavo negro que los acompañó” (5). Refiere el cronista Cieza de León que los indios estaban sorprendidos con tal negro dudando de la autenticidad del color de su piel, frotándolo y lavándolo para intentar quitarle la pintura (6). “De otro lado, los regalos enviados por Pizarro al curaca lugareño (gallinas, un gallo, dos cerdos), provocaron en Tumbes un delirio general, que alcanzó su plenitud cuando desembarcaron uno con barbas, el marinero Ginés, y un negro anónimo con una negrura nunca vista por esos nativos en ser humano alguno” (7). Este fue el primer encuentro entre el recién descubierto territorio piurano y tumbesino con el continente negro. Sostiene Lastres que: “La raza de ébano traída de África, agregaba al ambiente un pigmento y una nueva patología. Con ellos, aparte de una nueva raza, con todas sus taras, se produjeron cambios fundamentales en la radiología americana. Al indio adormilado y nostálgico vino a sumarse el negro rugiente, con su tropicalismo exagerado, sediento de venganza contra el blanco y almacenando, por herencia racial, gran parte de los vicios de la humanidad” (8). Es también parte de la historia el hecho de que “un negro salvó a Almagro en Pueblo Quemado; un negro vino con los Trece de la Isla del Gallo, negros luchaban en las guerras civiles entre los conquistadores y negro fue también el que con un golpe de alfange separó la cabeza del animoso y malogrado Virrey Blasco Núñez de Vela, en Añaquito” (9). Durante los siglos XVII y XIX Piura fue un centro de comercio de esclavos, el puerto de Paita funcionaba como una estación cuarentenaria pues junto con las poblaciones de esclavos viajaban también la “viruela, sarampión y tabardillo de que venían infectados, de allí eran conducidos a los arrabales herrados, encadenados de dos en dos, como los presidiarios, en donde permanecían a la intemperie hasta que encontraban comprador” (10). Las deplorables condiciones en las que eran conducidos los esclavos los hacía presa fácil de indecibles males como el mal de Lázaro, la lepra, la viruela y el sarampión a lo que se suman las severas y brutales penas que impuso la Gasca para escarmentar a los esclavos prófugos. “La simple ausencia se castigaba con cien azotes y con prisión en cepo de cabeza; pero si el objeto de ella había sido vivir con alguna india, le eran cortadas al negro las partes pudendas, públicamente. Si permanecía huido se le destroncaba un pie a elección del amo, o sufría castigo mayor, si además de la fuga, había perpetrado otro delito. Era permitido matar a los negros que se resistiesen cuando se les fuera a capturar” (11). La asimilación del negro a las faenas agrícolas fue más veloz que en los Andes (12). El comercio de esclavos se mantuvo en Piura hasta el siglo XIX. En Paita, a partir del decreto de libertad del comercio de negros, dado en Madrid en 1795, se introducían negros bozales traídos directamente desde Nueva Guinea. Entre los años 1800 y 1850, la venta de esclavos “cautivos sometidos a la servidumbre perpetua” se hacía el menudeo. Al comercio negrero se dedicaban conocidos personajes de la élite piurana como don Fernando Seminario y Jaime Regidor Perpetuo del Cabildo de Piura, Roque Raigada o don Serafín del Castillo entre otros personajes públicos El trabajo que desarrollaban era el trabajo doméstico, las faenas agrícolas en las haciendas, otro tanto se dedicaba al pastoreo y arrieraje. Otros se dedicaban al trabajo portuario en la pesca y en los astilleros del puerto. Una de las láminas del Obispo Martínez de Compañón representa a negritos en el trabajo de obtención de la brea empleada para el calafateo de los navíos. Señala Luis Cajavilca Navarro que la jura de la Independencia no afectó en absoluto la situación de los negros esclavos pues siguieron siendo esclavos. En las constituciones de 1823, 1828 y 1834 se afirmaba que la esclavitud era contraria a nuestro sistema político y a los verdaderos intereses del Estado y de la cristiandad. El Código Civil de 1852 señalaba con puntualidad que no había más esclavos que los negros, y éstos no podían ser sino esclavos. El negro que no podía dar razón de quién era su dueño se le apresaba hasta que éste apareciera. Los negros finalmente fueron remplazados por los chinos en las haciendas, pero había negros esclavos hasta antes de la guerra con Chile. En la Hacienda Yapatera (Morropón) había negros marcados en los brazos y se usaba el cepo para castigo en 1900. El desembarco e introducción de esclavos se realizaba por Paita, Callao, o Tambo de Mora en Chincha. El comercio de contrabando de esclavos estuvo también a la orden del día. En 1796 había en Piura 884 esclavos, 5.203 libres, 10.650 mestizos, 24.797 indios, 2.874 españoles, 18 religiosos y 61 clérigos (13). Los esclavos eran cotizados de acuerdo a su edad y robustez. Un esclavo de menos de cinco años se valorizaba entre 100 y 150 pesos. Uno en edad de trabajar de menos de 30 años se cotizaba en 350 y 450 pesos. Los negros viejos y viejas se vendían entre 50 y 100 pesos. La burguesía criolla se dedicaba al comercio de negros porque era una fuente de ingresos importante. La suerte del mulato dependía de la de su madre. Si la madre era esclava el hijo también lo era. Los niños negros se conservaban como mascotas y se obsequiaban como tales entre las familias nobles. Toda una leyenda se generó en torno al comercio negrero. El día del embarque se les reunía en una iglesia y se les bautizaba en masa, a cada uno se le entregaba su nombre cristiano en un papel con el que serían, en adelante, llamados de por vida. Al momento de ser vendidos se les palmeaba para medirlos y se les marcaba a fuego con la carimba. La carimba, de hierro o de plata, usualmente era una R con una corona sobrepuesta. La marca se hacía generalmente en el pecho o en un lugar visible en los brazos. El esclavo negro luchó de manera tenaz contra el régimen de explotación que le fue impuesto. Esta resistencia se presentaba como una actitud pasiva simulando obedecer pero trabajando lo mínimo o ejercitando terrible violencia contra los animales y destruyendo herramientas de trabajo. Otros recurrieron al suicidio y finalmente la evasión para refugiarse en comunidades denominadas de negros cimarrones que para sobrevivir se dedicaban al hurto y asalto en los caminos. Por este motivo el cimarronaje constituyó un gran problema para las autoridades coloniales y para los propietarios de esclavos. Al refugio de los negros fugitivos también se le denominaba palenques. En Brasil se les denomina quilombos y cumbes en Venezuela. Estos refugios se convirtieron en espacios de libertad defendidos a pedrada limpia, rejones y espadas. Los esclavos negros que llegaron a las costas de Piura hablaban multiplicidad de dialectos y, al ser bautizados, reorientaban sus prácticas religiosas al cristianismo. Poco a poco se fueron familiarizando con el idioma y con las expresiones culturales locales. Al sur fueron famosos los palenques de Huachipa y Carabayllo (14). De acuerdo al puerto donde eran embarcados con destino a América, se les denominaba Angola, Banguela, Carabelí, Congo, Chala, Guinea, Mangubí, Mina, Mondongo, Mozambique, Terranovo. Bozal se llamaba al recién venido de África y que aún no se había castellanizado. El ladino era el que, habiendo nacido en África, ya había aprendido castellano y había iniciado su proceso de aculturación. Criollo era el negro nacido en Indias. La pureza del negro venía dada por la mayor pigmentación negra. Había pues un distingo entre negros puros y negros de “color quebrado” producto de una serie de combinaciones. Los mulatos eran producto de la mezcla de negro con blanco. Los mulatos a su vez se subdividían en mulatos blancos (negro con blanco); mulatos moriscos eran el producto de blanco con mulata blanca, muchos eran rubios y de ojos azules y pasaban por españoles; mulatos prietos eran el producto de negro con mulata parda, eran casi negros. Los mestizajes producían una variedad de matices como mestizo prieto, producto de mestizo con negra, o mestizo pardo, que surgía de la unión de mestizo blanco con mulata parda. Según el grado de sangre negra se les denominaba tercerones o cuarterones (15). En Piura se hablaba de negros, mulatos y zambos. En algunas localidades de la sierra de Piura se habla de los zambos morropanos o de los negros de la yunga o yunganos. Contra el negro existían prohibiciones severas como la de tener relaciones sexuales con indias. La sanción era de cien azotes en la primera intención, y en la segunda se les cortaban las orejas y se les desterraba si se trataba de negros libres. Las Leyes de Indias establecían con respecto a las mujeres: “Las negras y mulatas horras (libres) no pueden tener zarcillos de oro, con perlas, ni mantos ni vestidos de seda, aunque estén casadas con españoles, bajo la pena de que se los quiten” (16). De este modo se estratificaba la sociedad negra. Sostiene Hunefeldt, citada por Fernando de Trazegnies: “...debe recordase que la sociedad negra fue bastante estratificada en su interior: los ladinos y criollos consideraban inferiores a los bozales e incluso no querían mezclarse con ellos, solicitando que les tuvieran separados; a su vez los mulatos consideraban inferiores a los negros y, en general había una escala de desprecios en función de la mayor coloración negra” (17). Otra historia perdurable es la de Diego de Almagro, un hombre de guerra. Poco antes de ser ejecutado por Hernando Pizarro advirtió que es un hombre viejo “con la cabeza quebrada por los golpes que recibió en la batalla y un ojo menos”. Era rudo y duro de matar. En la antesala de la muerte declara que tiene natural miedo a la muerte pero reconoce, con sinceridad de hombre, que el amor “me ha hecho esclavo de mi esclava”. Margarita era una negra hermosa y para la historia la primera mujer no indígena llegada a Chile. Almagro la amaba intensamente. Le acompañaba al frente y en los tiempos duros de sus lágrimas bebía. Tras las cruentas batallas que libró don Diego curaba amorosamente sus heridas, las que cicatrizan milagrosamente con amor. En las noches de crudo invierno brindaba calor humano al trajinado cuerpo lleno de cicatrices del soldado. Almagro se dejaba amar. Almagro no fue ingrato con Margarita. En su testamento el 5 de julio de 1537 dispuso lo siguiente: “Iten digo que por cuanto Margarita, negra mía esclava, por el mucho servicio que me hizo en el camino a Quito y por buena obra por amor de Dios le otorgué libertad en Tangarará con tal que me sirviese toda mi vida y entonces aunque se lo prometí no lo hice ante escribano y después acá me ha servido y me sirve muy bien, quiero y es mi voluntad que después de mis días quede libre y le den carta en la forma y manera que mejor se pueda dar y ella quisiere, porque yo desde ahora la dejo por libre aunque no le den dicha carta” (18). Margarita la fue fiel en las buenas y en las malas. Refiere la historia no escrita que se llevó los secretos de su señor a la tumba. Y que muerto Almagró lo amortajó con altivo decoro. Juan José Vega me contó esta apasionante historia de amor de la hueste perulera y cuyos episodios más intensos tuvieron como escenario la fundacional Piura. La economía colonial, no podemos dejar de mencionar, se sostuvo en el trabajo del esclavo. Como anota el historiador ecuatoriano Jorge Núñez: “Millones de seres humanos de piel oscura, sometidos a la brutalidad de la mita o a la barbarie de la esclavitud, gemían bajo el látigo de implacables capataces y sostenían con su trabajo esa primera expansión capitalista mundial, es decir, eso que Adam Smith llamara “la riqueza de las naciones”. De otra parte, esas mismas gentes trabajadoras “constituían la inmensa mayoría de la población en cada una de las regiones americanas, lo que contrastaba con la realmente mínima presencia numérica de los colonos blancos de cualquier origen” (19). Sin duda que hubo en el gran ideario liberal el germen de la descolonización. La Declaración de Derechos de Virginia, texto esencial de la revolución norteamericana, sostuvo en su primer artículo que “todos los hombres son por naturaleza igualmente libres e independientes, y tienen ciertos derechos inherentes, de los cuales, cuando entran en un estado de sociedad, no pueden ser privados o postergados; expresamente, el gozo de la vida y la libertad, junto a los medios para adquirir y poseer propiedades, y la búsqueda y obtención de la felicidad y la seguridad”. También dispuso, por su artículo 9, “que no se impongan, ni se dicten castigos crueles o anormales”, y recalcó, en su artículo 16, “que es deber mutuo de todos el practicar la indulgencia, el amor y la caridad cristianas”. Para entonces, se estima que existían en los Estados Unidos cuatro millones de esclavos y en todo el continente americano la masa laboral esclava era de unos 7 millones de personas (20). Un hecho de enorme significación histórica fue la Revolución Haitiana, que iniciada en 1791 como eco caribeño de la Revolución Francesa, replanteó en toda América el problema de la esclavitud. El movimiento revolucionario dirigido por Toussaint Louverture, organizó un ejército de antiguos esclavos que venció a sus opositores locales y derrotó a los ejércitos expedicionarios enviados por España e Inglaterra. Dos años más tarde, en 1801, veinte años antes que la declaración de la Independencia del Perú, una Asamblea Central convocada por Toussaint decretó la “Constitución de la Colonia de Santo Domingo”, por la cual Haití y sus islas adyacentes reconocían la soberanía de Francia, pero también el espíritu libertario de la Revolución Francesa, consagrado en la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano. En consecuencia, esa Constitución proclamaba: Art. 3. En este territorio no podrá haber esclavos. La servidumbre ha sido abolida para siempre. Todos los hombres nacen, viven y mueren libres y franceses. Art. 4. Todo hombre, cualquiera sea su color, puede ser admitido en cualquier empleo. Art. 5. No hay otra distinción que la de la virtud y el talento, ni otra superioridad que la otorgada por la ley en el ejercicio de la función pública. La ley es igual para todos, tanto cuando castiga como cuando protege. La insurrección de los esclavos haitianos consiguió que la Asamblea Nacional francesa declarase abolida la esclavitud en las colonias. Pero poco después, en 1802, Napoleón Bonaparte anuló la abolición y envió hacia el Caribe un gran ejército colonial, encargado de restablecer la esclavitud en los dominios de Francia. Toussaint fue apresado por los franceses, pero los haitianos resistieron valerosamente y, luego de dos años de guerra, derrotaron al ejército colonial y consolidaron definitivamente su libertad. En enero de 1804, bajo la jefatura de Dessalines, fue proclamada la independencia haitiana. La proclama de independencia decía: “Hemos osado ser libres, osemos serlo por nosotros mismos y para nosotros mismos... Juremos ante el universo entero, ante la posteridad, ante nosotros mismos, renunciar para siempre a Francia, y morir antes que vivir bajo su dominación... Prestad entonces juramento de vivir libres e independientes, y de preferir la muerte a todo lo que pueda volveros al yugo”. Los ecos de la revolución haitiana también resonaron en el Perú. Personaje extraordinario en este mundo de discriminaciones y racismos por el esplendor de su inteligencia fue don José Manuel Valdez (1767-1843), célebre mulato que brilló pues exploró todos los campos del saber humano. “Mientras que los salones de la aristocrática sociedad recibían opulentamente a nuestro Unanue, por los méritos de su talento y estirpe, permanecían cerradas para nuestro modesto mulato, que tan alto colocaría después el nombre del Perú” (21). Pero tal fue su talento y conocimiento en la medicina que el Cabildo de la Ciudad de los Reyes recomendó “el asunto Valdez” a Carlos IV, quien accediendo a la súplica, otorgó la dispensa por Real Cédula del 11 de junio de 1806, fechada en Aranjuez. Otra inteligencia de color fue el cataquense Cayetano Heredia (1797-1861). Heredia nació el 7 de agosto de 1797, muy joven se trasladó a Lima, haciendo su instrucción al lado de un religioso franciscano y adiestrándose en el manejo del latín. Por su talento para la anatomía se deslizó a la práctica de la cirugía, llegando a ser Inspector General de Hospitales y en 1843 Protomédico General del Perú y reformador de la Facultad de Medicina de San Fernando. Heredia fue una rara demostración de visión intelectual, fue amigo personal de Raimondi y dio un gran impulso a las ciencias. Refieren historias de abuelas que el niño Miguel Grau fue criado por una nodriza negra, Tadea Castillo, oriunda de Paita y comadre de la quiteña doña Manuela Sáenz. Doña Tadea fue madre de Paula Orejuela Castillo, a quien logró entrevistar en 1922 Luis Alberto Sánchez. Dicen que con sus curiosidades y el uso de yerbas doña Tadea salvó al pequeño Miguel Grau de un maligno sarampión. Doña Manuelita arribó a Paita acompañada de sus negras jamaiquinas Juana Rosa y Jonatás. Ella las instruyó y aplicó al trabajo del bordado y el dominio del inglés. Sin duda que nuestro Enrique López Albújar (1872-1966) tenía en sus venas sangre africana. En Piura se produjo un verdadero terremoto social cuando publicó en 1928 Matalaché, novela retaguardista. Es una novela apasionada y apasionante en la que los protagonistas principales viven un amor que intenta romper prejuicios raciales. Prevalecen finalmente la vida y los sentimientos sobre el odio y la discriminación. Los amores de María de la Luz y el esclavo mulato José Manuel Sojo, quien finalmente es arrojado a la tina para ser convertido en jabón, tiene en la pureza de su amor un halo misterioso que bien podría igualar a Romeo y Julieta, de Shakespeare. Puedo referirles a ustedes una anécdota que cuando se levantaban los cimientos del hoy edificio del Senati, a espaldas de la Cruz del Norte, los obreros que excavaban las zanjas encontraron sepultadas las tinas jaboneras y algunas viejas se persignaban porque allí se recocinó el cuerpo incombustible del mulato José Manuel. Creo que esta historia bien puede servir para reencontrar la identidad de nuestros antiguos y tradicionales barrios. La Mangachería al norte, barrios de negros y mulatos y la Gallinacera al sur, barrio de indios y mestizos de la ciudad. Sin duda conmovedora es otra historia narrada por López Albújar en sus Cuentos de arena y sol (1901-1927). Se trata del relato “Un día de triunfo”, que refiere la llegada a Paita de la equivocada noticia del triunfo de Grau sobre los chilenos. La noticia causó conmoción pues todo Piura se volcó a las calles a celebrarlo: En la vanguardia, batiendo el aire con su bandera bicolor, venía un grupo de mujeres, destacándose entre ellas una negra alta, musculosa, magnifica, como una divinidad bárbara. Blandía incesantemente sus robustos brazos en señal de reto haciendo bruscas contorsiones de bayadera infernal. Llevaba la falda pegada a la altura de las pantorrillas y en la crespa y menuda cabeza de ídolo africano, un sombrero de paja blanco, con cintillo rojo. Ostentaba dos pechos de ébano, que zangoloteaban como odres repletos. —¡La Cuyusca! ¡La Cuyusca! —gritaron los colegiales. —¡Viva la Cuyusca!—. Era ella la que encabezaba el grupo de mujeres, que parecían lobas hambrientas; ella era la que, dominando con voz de clarín la barbulla de la muchedumbre, gritaba: —¡Viva el Perú! ¡Muera Chile! ¡Para Valdivia, ladrones!... La antítesis de la alegría cunde a la mañana siguiente, cuando se rectifica la noticia, erradamente dada, y se asegura el sacrificio del perínclito marino en aras de la patria. La desolación cunde en la ciudad y en el colegio donde estudiaba López. “Cuando entré yo, ya en el patio del colegio había muchos alumnos. Todos estudiaban llenos de recogimiento y con los semblantes tristones. Indagando por la causa de la tristeza en el aula preguntó y recibió por lo bajo esta respuesta: “¿Cómo que no sabes lo que pasa? ¡Hemos perdido! ¡Los chilenos han echado el Huáscar a pique!”. “Pero, ¿no decían ayer que habíamos triunfado?”. “Sí, pero ha resultado falso”. Este relato se publicó por primera vez en El Comercio el 16 de septiembre de 1900, y fue reproducido en La Crónica de Lima el 1 de enero de 1958. Piura tiene el privilegio de ser crisol de razas y culturas. Aquí se produjo el más intenso y rico de los mestizajes. Nuestro mestizaje mezcló la sangre indígena con la europea y la africana. Sin desdeñar el aporte asiático porque este mestizaje aún no culmina. Nuestras expresiones culturales, nuestro sincretismo religioso. Nuestra variada gastronomía no es sino expresión colorida de lo que nos gusta y de lo que nos enerva con alegría en una cumanana o un tondero. Dice la cumanana: “Negro cara de aceituna / que dices sos de Ayabaca, / todos los días ‘te veyo’ / de una banda a otra banda”. Y esta otra que dice: “Te ‘arqueyas’ para remar / y te brilla el espinazo, / negro, aunque al río te caigas, / no te comen los lagartos”. Y voy concluyendo pues como advierte el cronista mestizo Felipe Guamán Poma de Ayala: escribir y hablar es cosa de nunca acabar. Notas 1. MELLAFE, Rolando, Breve historia de la esclavitud en América. México, 1973. 2. PEREGALLI, Enrique, Escravidão no Brasil. Global Editora, São Paulo, 1988. 3. DEL BUSTO DUTHURBURU, José Antonio, La pacificación del Perú. Editorial Studium. 4. VEGA, Juan José, Pizarro en Piura. Gobierno Local de Piura, 1993. 5. VEGA, Juan José. 1993. Opus cit. 6. CIEZ DE LEÓN, Pedro, Tercera parte de la crónica del Perú. Edición de Francesca Cantú, 1979. 7. VEGA, Juan José. 1993. Opus cit. 8. LASTRES, Juan B., Historia de la medicina peruana. Tomo V, Imprenta Santa María, Lima, 1951. 9. LASTRES, Juan B. 1951. Opus cit. 10. LASTRES, Juan B. 1951. Opus cit. 11. LASTRES, Juan B. 1951, Opus cit. 12. CAJAVILCA NAVARRO, Luis, Esclavitud en Piura, siglos XVII y XVIII. Investigaciones Sociales, Año III, Nº 3, 1999. 13. Memoria de los Virreyes. Tomo VI. Don Francisco Gil de Taboada y Lemos. 14. ESPINOZA, Victoria, Cimarronaje y palenques en la costa central del Perú, 1700-1815. Concytec, 1988. 15. DE TRAZEGNIES, Fernando, Ciriaco de Urtecho litigante por amor. PUCP, Fondo Editorial, 1971. 16. Recopilación de las leyes de los Reinos de Indias. Ley XXVIII, Libro VII, Título V, Tomo II. 17. HUNEFELDT, Christine, “Los negros de Lima: 1800-1830”. En Histórica, Departamento de Humanidades, PUCP, 1979. 18. Testamento del Mariscal Don Diego de Almagro. Editado por Juan Antonio Martín de Almagro, Cuaderno de Estudios Manchegos. 19. NÚÑEZ SANCHEZ, Jorge, Los pueblos indígenas y negros frente a la independencia hispanoamericana. Quito, 2009. 20. HOBSBAWM, Eric, Industria e imperio. Barcelona, Editorial Crítica, 2001. 21. LASTRES, Juan B., Historia de la medicina peruana. 1951. ** Miguel Godos Curay godoscuray@yahoo.es Periodista y docente peruano. Egresado de la Universidad Nacional de Piura (http://www.unp.edu.pe). Ha sido director del diario El Correo de Piura, medio en el que publica regularmente sus artículos. === El jardín de todas las Rusias Roberto Bennett ==================== Lo primero que sorprende de la región rusa caucasiana de Sochi es su clima. Al descender del Tupolev de Aeroflot que nos había traído en apenas dos horas y media desde la nevada y gélida Moscú, la claridad de su cielo, con un pálido pero agradable sol invernal y una temperatura que oscilaba entre los 12 y 15 grados centígrados (muy diferente de los 25 grados bajo cero con los que nos había despedido aquella mañana gris de febrero de 1999 la capital moscovita), fue una muy grata y envolvente sorpresa. “¡Así es Sochi!”, dijo Serguei Malichev, quien sería mi intérprete durante las próximas tres semanas, mientras estrechaba mi mano y sonreía, dándome la bienvenida al pie de la escalerilla del avión. “¡Bienvenido al jardín de todas las Rusias! El clima subtropical más nórdico de nuestro planeta, donde crecen todos los frutales y hasta las plantas de té”. Esa fue la primera pero no la última sorpresa que me llevé durante el tiempo que duró mi visita oficial a la costa rusa del Mar Negro, lo que en el pasado llegó a llamarse la Riviera Rusa. Como enviado de las Naciones Unidas en una misión que pretendía evaluar y analizar el potencial actual de la industria turística de esa zona, tenía el cometido de aportar ideas y recomendaciones para su privatización y relanzamiento, tanto a nivel doméstico como internacional. Además, debía proponer soluciones para que Sochi pudiese llegar a ser algún día la sede de los Juegos Olímpicos de Invierno, una vieja aspiración del pueblo ruso. Era un encargo de la Duma o parlamento y —por lo tanto— se me permitiría indagar a fondo en las raíces de sus problemas. Gracias a esa circunstancia y a la bonhomía de la mayoría de los rusos con los que traté, el viaje resultó ser no sólo una misión profesionalmente fructífera sino también una experiencia personal inolvidable. Hoy, en el año 2010, esa aspiración se ha convertido en una hermosa realidad y debo confesar que personalmente sentí una sensación de satisfacción muy grande por el deber cumplido, cuando el Comité Olímpico Internacional designó a Sochi como la próxima sede olímpica invernal. La región de Sochi tiene 147 kilómetros de costa, con abundantes playas de arena negra, altos cerros cubiertos de pinares antiquísimos, la imponente cordillera del Cáucaso que casi besa las aguas del mar Negro y las legendarias aguas termales de Matsesta, donde solía bañarse Alejandro Magno. En realidad es una región llena de misterio, mitología y leyendas. En sus numerosas cuevas vivieron los primitivos hombres caucasianos, las laderas de sus montes sostuvieron a Prometeo encadenado, y por sus costas y valles rodó la mítica historia del Vellocino de Oro. La frontera del Cáucaso Esta zona también representa la frontera entre Europa y el Cercano Oriente, o dicho de otra forma, entre el cristianismo y el islam. Y este es un hecho que quedó muy claro cuando tuve que volar en un helicóptero de la Armada rusa, bordeando la frontera con la provincia secesionista de Abjasia y la ex república soviética de Georgia. La primera profesa la fe musulmana y los georgianos se ufanan en decir que son la primera línea de defensa del cristianismo. Georgia y la Federación Rusa se disputan hasta hoy esos territorios. Mi misión allí consistía en inspeccionar las estaciones de esquí en las poco desarrolladas zonas turísticas de Kranja Polyana, para incluirlas en la futura candidatura de Sochi como sede de los Juegos Olímpicos. Confieso que esos vuelos en helicóptero sobre las altas cumbres me inquietaron bastante, por lo poco pobladas y su peligrosa proximidad a un área en conflicto permanente. Es más, en algunos momentos, no estábamos seguros respecto a qué territorio sobrevolábamos. Y por ello, la tripulación me aconsejó vestir indumentaria militar rusa, por si teníamos que bajar en territorio enemigo, ante el temor de que me confundieran con un espía y me secuestraran. De hecho, al volver a casa unas semanas más tarde, leí en la revista Newsweek un informe en el cual se nombraban los sitios del mundo donde era más peligroso para los representantes civiles de organismos internacionales y citaba específicamente a la región rusa del Cáucaso, “...donde los secuestros son muy comunes...”. Y agregaba que “algunas víctimas son liberadas luego de pagar rescate pero muchas otras son asesinadas”. La casa de campo de Stalin Un trayecto quizá más seguro pero igualmente interesante fue mi visita a La Arboleda Verde, la casa de veraneo de José Stalin. Enclavada en un bosque espeso, sobre un cerro de verdor exuberante, a más de 100 metros de altura sobre la playa. Toda pintada de verde, como camuflaje para evitar ser detectada y atacada desde el aire, se encuentra la dacha que fue el refugio preferido del antiguo líder de la Unión Soviética. Stalin era oriundo de Georgia y en esta región de Sochi encontró el clima y las condiciones ideales para dirigir los destinos de su país (especialmente durante los turbulentos años de la Segunda Guerra Mundial). Lo curioso es que aún hoy, cuando su figura ha sido defenestrada de las plazas y calles de la Federación Rusa, su dacha se conserva exactamente igual que cuando él la habitaba. Incluso se utiliza como residencia para invitados oficiales. Mis anfitriones me ofrecieron quedar allí, pero su aspecto lúgubre, su total aislamiento y las historias de las manías estalinianas me llevaron a desistir de la idea. Según contaron sus conservadores, Stalin nunca dormía en la misma habitación dos noches seguidas y la única persona que le acompañaba en la zona reservada de sus aposentos era su hija Svetlana. El dictador mandó hacer un sillón largo de cuero negro (que aún existe), para sentarse frente a la estufa de leña. Y pidió que su respaldo fuese más alto de lo normal, para que nunca le pudiesen disparar desde atrás, al no saber exactamente dónde se encontraba sentado. Su piscina interior, ubicada en un pabellón de cristal, tiene menos de 1,20 metros de profundidad porque Stalin sentía pánico al agua y tenía terror a morir ahogado. Además, mandó construir un murito de ladrillo de un metro de altura alrededor de la piscina, para evitar que le pudiesen disparar desde afuera mientras se bañaba, quitando con esta obra gran parte del encanto que tenía la pileta. Porque desde allí se puede disfrutar una vista francamente espléndida de todo el bosque que rodea la casa. En su salón escritorio, desde donde dirigía los destinos de la enorme patria de los soviets, se encuentra un muñeco de cera, bastante parecido a él, vistiendo su uniforme militar. Allí se conservan documentos militares y políticos, grandes mapas, sus pipas y demás objetos de su propiedad y su tiempo. Además, se ofrece al invitado oficial que lo desee, un menú compuesto por los platos favoritos del antiguo inquilino de la casa. Pero quizá lo que más llame la atención de esta dacha sea la sobriedad espartana con que vivía Stalin, a diferencia del lujo opulento que imponía a sus edificios públicos y a los numerosos sanatorios que mandó construir en esa región durante la década del 30. Enormes sanatorios y balnearios de aguas termales que aún permanecen en uso y que representan gran parte del atractivo turístico de Sochi; aunque algunos lamentablemente estén bastante deteriorados. Delfines y el árbol de la amistad El turismo en Sochi, que llegó a atraer a la zona más de cuatro millones y medio de visitantes durante los últimos años de la perestroika, en 1999 apenas superaba el millón trescientos mil. Esto se debe en parte a la gran curiosidad que sienten los rusos por los destinos turísticos extranjeros. Esta tendencia es algo que las autoridades locales y las del gobierno central en Moscú intentan revertir. Aunque para lograr acercarse a las cotas de los años soviéticos, cuando el turismo era totalmente dirigido por el Estado, se tendría que modernizar sensiblemente la industria del ocio rusa. Además, se deberá superar el obstáculo que representa el error garrafal cometido por el ex presidente Yeltsin, al haber entregado a Ucrania toda la flota soviética de buques de crucero. Simplemente por haber sido Odessa su puerto-base original (hecho que ha perjudicado seriamente a la terminal marítima de Sochi). También será necesario acabar las obras del nuevo aeropuerto de Adler (donde ya se han invertido más de US$ 200 millones) y que lleva 15 años sin poderse terminar por falta de recursos. Pero la región de Sochi también ofrece interesantes historias de reciclaje y readaptación a los tiempos actuales. Una ballena beluga y seis delfines nariz de botella, que habían sido entrenados por la marina soviética para realizar funciones estrictamente militares, ahora brindan alegría y entretenimiento a chicos y grandes en el moderno delfinario de la región. Además sirven para programas científicos de investigación sobre la biología de los mamíferos marinos. Y los monos cosmonautas que habitan el Instituto de Primatología (el más antiguo de mundo), dirigido por el célebre doctor Boris Lapin, ahora son visitados por miles de turistas, que ayudan a cubrir, en parte, los gastos de su mantenimiento. Incluso llama mucho la atención de los visitantes el famoso Árbol de la Amistad, una original idea de un botánico ruso en el año 1930, que desarrolló una técnica innovadora para realizar injertos en árboles frutales. Por iniciativa suya, un limonero fue recibiendo injertos de todas las personalidades nacionales y extranjeras que visitaban Sochi y así fue creciendo hasta transformarse en un árbol espectacular. Incluso los embajadores de todo el mundo destinados en Rusia han dejado su huella, y en un museo anexo se pueden ver las banderitas, libros y recipientes con tierra de casi todos los países del globo. Las naciones que componen el continente americano están prácticamente todas presentes. Algo que enorgullece a los rusos, por su acentuado espíritu patriótico y a la vez internacionalista. Así es la Rusia profunda, mística, eterna, auténtica, llena de historia y misterio, de gran belleza, gente sencilla y situaciones conflictivas o contradictorias; que se abre expectante al viajero internacional y que ha dejado de ser un coto de acceso restringido para los visitantes extranjeros. Todo un inmenso y riquísimo país por descubrir. ** Roberto Bennett rbennettuy@yahoo.es Escritor uruguayo (Montevideo, 1948). Estudió comunicación de masas y marketing en la Universidad de California (1970-73). Trabajó en periódicos, radio y televisión en EUA. En 1973 gana una beca a un seminario de comunicaciones internacionales en Yugoslavia y posteriormente se establece en Palma de Mallorca. Allí publica su libro de cuentos Lo que arrastra el río y otras historias (Soler, 1986). Luego publica dos libros sobre mamíferos marinos: Delfines y ballenas, los reyes del mar (1989), en coautoría con el doctor David C. Taylor, y Animales marinos (1990), ambos traducidos al inglés y al italiano. Se establece en Chicago, participando del 1r. Encuentro de Escritores Latinoamericanos celebrado en esa ciudad, publicando cuentos en periódicos y revistas en castellano de EUA. En 1994 publica en Uruguay su segundo libro de cuentos El último verano (Editorial Graffiti). En 1996 se establece en Madrid y continúa colaborando con periódicos y revistas de España y América. A partir del año 2000, luego de 30 años de viajes por el mundo, vuelve a residir en Montevideo, donde escribe su primera novela. En 2003 se incluyen dos cuentos suyos en la antología Mundo poético, tomo I de poesía y narrativa (Editorial Nuevo Ser, Buenos Aires). === Gonzalo Torrente Ballester ============================================ === (El inconformista que escribía artículos periodísticos) =============== === José Ruiz Guirado ===================================================== Como los años van pasando, se van dando los acontecimientos. Éste que nos ocupa, no es otro que los cien años del nacimiento del escritor ferrolano Gonzalo Torrente Ballester. En nuestra niñez escolar un libro que él coordinó, Aprendiz de hombre, ocupó el estudio de nuestra formación política. Que en este caso sería literaria-social, porque los textos eran fragmentos de obras, con ejemplos moralizantes, en el que no podía faltar Cervantes. Éramos púberes e imberbes. Se vivía tiempos que pertenecían al estado de la inocencia. A esa edad, con ese escaso entendimiento, que no iba más allá del juego, aquellas formas y gestos nos parecían normal, como le hubieran parecido a otros muchachos la Rusia de Stalin o la China de Mao, o la Cuba de Castro, o la Italia de Mussolini. Aquel señor que escribió el libro llevaba gafas de culo de vaso. Y resultaba su lenguaje agradable y peculiar. Ya había escrito varios libros: El viaje del joven Tobías (1939), El casamiento engañoso (1941), Lope de Aguirre (1942), República Barataria (1943), Javier Mariño (1946), El retorno de Ulises (1946), El golpe de estado de Guadalupe Limón (1947), Compostela y su ángel (1949) e Ifigenia (1950). Alguno de ellos hubimos de leernos por prescripción de un profesor, que no gozaba de reputación por su licenciosa vida. Su licencia no era otro asunto que su manifiesta forma de entender la enseñanza con amplitud de miras. (Para un servidor Compostela y su ángel fue la impronta de quien ama a su tierra, al punto de darle alma). Algo parecido me sucedió con La guía espiritual de Galicia, de Castroviejo. Fuimos creciendo y advirtiendo de cuanto pasaba a nuestro alrededor. El escritor le sucedería lo propio. Vería los acontecimientos a la luz de los tiempos nuevos. Vicisitudes de la vida, cambios de residencia, nacimiento de hijos, publicaciones de libros y reconocimiento. En definitiva, el quehacer y discurso de una vida. A un servidor le parece que lo escrito no fue fácil. Quiere decir que no se lo puso fácil a los lectores, y aun así se le leyó como lo que fue: un clásico de la literatura española, que no desmerecería a ningún autor del Siglo de Oro. Y éste fue, sin lugar a dudas, su mérito, su excelencia como escritor único, irrepetible y clásico. Que lo diga un servidor, quizá tenga que ver más con agradecimientos que autoridad en el tema. Siempre habrá quien reclame esa parcela que le cedo gustoso. Y que a estas alturas no es necesario que nadie avale nada que es público y notorio. Baste con abrir cualquier texto de estudio de literatura de nuestro siglo y las dudas están resueltas con su presencia. Siguiendo con nuestro curso, hacia 1995 quien suscribe publicaba sus artículos en Faro de Vigo y en Diario de Pontevedra. Ya hacía 25 años que Caixa de Pontevedra convocaba anualmente los premios periodísticos Julio Camba, de quien Torrente era presidente de su jurado. Había bien poco que perder y bastante que ganar. Se envió un artículo en el que se resaltaba las excelencias del “magosto”, que es una fiesta dedicada a la castaña, que abunda por estos lares y que ha supuesto la manutención. Se conoce que al presidente del jurado —según defendió— le gustó el modo de narrar la magia festiva. Me concedió el Premio para Galicia. El segundo se lo llevó Juan Manuel de Prada y el primero, un artículo de un crítico taurino, Miguel Ángel Blanco, que recreaba la madrileña calle de la Vitoria. Un placer y un orgullo recoger el premio de un escritor a quien uno admiraba en la lejanía. Varios más asistí a la entrega de premios en los que aún pudo. Hasta que nos comunicaron la fatal noticia. Esas cosas del azar hicieron que al principio de mi vida y al final de la suya nos uniera la literatura. En esta última estancia, el periodismo, a quien el maestro también dedicó su ingeniosa y barroca pluma. Labor ingente desde temprana edad, recogida en obras como: Cuadernos de La Romana y Nuevos cuadernos de La Romana Ediciones Destino 1975-1977 Ambos volúmenes recogen la recopilación de las colaboraciones de GTB en el diario Informaciones desde octubre de 1973 a agosto de 1975. En estos artículos GTB habla desde su casa de La Romana (Pontevedra) de temas variadísimos, desde los asuntos domésticos, sus lecturas, la política o la noticia del día. Escritos en tono irónico y reflexivo, están impregnados de anécdotas y buen humor. Cotufas en el golfo Ediciones Destino 1986 En la misma línea que en sus colaboraciones anteriores, desde 1981 GTB pasa a escribir semanalmente en el diario ABC, y este volumen recoge, bajo el mismo título de su columna, los artículos entonces publicados. Recogidos por orden cronológico, se traza su itinerario vital a lo largo de esos años a través de una visión personal de los hechos que acontecían o de sus pensamientos íntimos, sus lecturas y, cómo no, su ironía. Torre del aire Diputación de A Coruña 1993 Desde septiembre de 1975 hasta diciembre de 1979, GTB continuó su labor de articulista en el suplemento literario Informaciones de las Artes y las Letras, aunque en este caso cambia el título por el de Torre del aire, pues escribe desde su casa de Salamanca, frente a la torre del mismo nombre. Los mismos temas, las mismas preocupaciones, las mismas inquietudes que en su obra periodística anterior. Memoria de un inconformista Alianza Editorial 1997 Los artículos reunidos en Memoria de un inconformista aparecieron en el diario Faro de Vigo, en la columna titulada A modo, desde julio de 1964 hasta principios de 1967, en uno de los periodos más conflictivos de la dictadura franquista. En ellos, GTB, sin abandonar en ningún momento sus inclinaciones literarias, se enfrenta con temas de índole social, político o religioso, no sólo de carácter nacional, sino también internacional, y pasa desde la respuesta al cura por su ácido sermón del domingo a comentar lo que está aprendiendo de la Norteamérica que le ha acogido como profesor. ** José Ruiz Guirado jrguirado@gmail.com Escritor español (El Escorial, 1955). Miembro de la Asociación Colegial de Escritores (http://www.acescritores.com). Inicia estudios de periodismo y filología. En 1980 publica su primer libro, Ilusiones del almendro, con el que se inaugura la Casa de Oficios El Escorial. Creador de la revista literaria Acibal y del Premio de Poesía Manuel María. Entre sus obras destacan Intrahistoria de Marín (Caixa de Pontevedra, http://www.caixanova.es), Crónica de Robledondo (Ayuntamiento de Santa María de la Alameda, http://www.sierraoeste.org/santamaria.htm) y Hacia una biografía de Manuel Andújar; actas del Congreso del Exilio Español, sesenta años despois (Ediciós do Castro http://www.sargadelos.com/edicionsocastro/?lg=cas,). Textos suyos han sido publicados en revistas y periódicos. En 1996 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo Julio Camba para Galicia, siendo presidente del jurado el escritor Gonzalo Torrente Ballester. Mantiene un blog en http://www.acibal.com. === La libertad que causa el desapego Loreto Sepúlveda B. ============ El apego está definido como un estado emocional fuerte a aquello que amamos y está estrechamente ligado a la creencia de que forma parte de la felicidad; dicho de otra manera, la seguridad de contar con lo que se anhela otorga una profunda satisfacción similar a la felicidad. Cuando se mira el mundo desde la perspectiva del apego, la visión es limitada, reducida y segmentada. El ser humano se encierra en sí mismo y mira el mundo desde ese enclaustramiento intentando que los demás también lo hagan desde allí. Su falta de libertad interna los resta en el plano personal y social que dificulta su entrega a los demás. Por lo tanto, el desapego viene a representar el des-pegarse del ego, apartarse, desprenderse del afecto al yo. Es renunciar al yo, mirar al tú para vivir el nosotros. Es salir de la yoidad para alcanzar la nostridad. Por consiguiente, el desapego es el pasaporte a la libertad de pensar, sentir y actuar para entender y aceptar a los demás. Platón escribía que, buscando el bien de nuestros semejantes, encontramos el nuestro. Suavizando las penas de los demás casi olvidamos las propias o, dicho de otra forma, las nuestras son mínimas ante el resto. La felicidad está en compartir los que nos ocurre, previo a ello es necesario trabajar los valores como la nobleza, la honestidad y la bondad. Llegamos al mundo con el cuerpo desnudo y las manos vacías, por qué insistir entonces en hacer de este viaje una conquista de bienes y poderes que alejan de los afectos sesgando las oportunidades, pues éstas llegan en la medida que se le brinden los espacios. El ser humano, a diferencia del resto del mundo natural y animal, se caracteriza por su capacidad de pensar, y su mente es un universo aún sin explotar, lo que deja de manifiesto las capacidades de las que está dotado para dirigir las emociones y mejorar las conductas que le permitan tener una mejor calidad de vida. La vida pasa por nosotros, por aquello que sentimos, por la espiritualidad que nos recoge, por la libertad de pensamiento y por la fuerza que ponemos en alcanzar lo que anhelamos, para llegar a ello tenemos que desprendernos de lo que nos impida volar. ** Loreto Sepúlveda B. losepulv@mail.udec.cl Escritora chilena (Chillán, 1961). Es secretaria ejecutiva en el Decanato de la Facultad de Ingeniería Agrícola de la Universidad de Concepción (http://www.udec.cl). Ha publicado Girasoles para ti (2002) y es columnista del diario La Discusión, de Chillán, y del Boletín Interamericano de Contabilidad, de la Asociación Interamericana de Contabilidad AIC (Miami, EUA). === El arpa y la sombra (1978) Ariel Batres Villagrán ================ Dirigiéndose hacia la pintura que mostraba el martirio de San Sebastián, exclama Cristóbal Colón: “Como tú, he sido flechado... Pero las flechas que me traspasaron me fueron disparadas, en fin de cuentas, por los arcos de los indios del Nuevo Mundo a quienes quise aherrojar y vender”. Alejo Carpentier Al publicar en 1979 El arpa y la sombra (1978), a través de la Editorial Siglo XXI, el cubano Alejo Carpentier y Valmont (1904-1980) culminó una idea que le atribulaba desde 1937, cuando le correspondió realizar la adaptación para la radio de la obra teatral El libro de Cristóbal Colón (Le Livre de Christophe Colomb, drame lyrique en deux parties —1933—), de Paul Claudel (1868-1955), pues a su juicio lo escrito por Claudel caía en el ámbito hagiográfico, atribuyendo al Almirante condiciones sobrehumanas. Igual conclusión tuvo respecto al escritor católico León Bloy (1846-1917) y su estudio El revelador del globo / Cristóbal Colón y su beatificación futura (1884), inspirado en la obra previa de Rosselly des Lorgues, Christophe Colomb, histoire de sa vie et de ses voyages, I (París 1856). En su novela El arpa y la sombra, Carpentier expone en la primera parte lo que constituye “el arpa”, por medio de la cual presenta a Pío IX al momento previo de firmar el auto por medio del cual autorizará dar inicio al proceso de beatificación de Cristóbal Colón; el Papa, que de joven fue conocido simplemente como el canónigo Giovanni Mastai-Ferretti (1792-1878), rememora los nueves meses que vivió en Chile en 1823, donde advirtió acerca de “la peligrosa manía de pensar” que privaba durante el siglo XIX, cuando las ideas de Rousseau y Voltaire influían en varios países de América que luchaban por sostener y defender su independencia recién adquirida. En la segunda parte de la novela, Carpentier incluye “la mano” de Cristóbal Colón, exponiendo en primera persona lo que pudo haber pensado el Almirante en los momentos antes de su muerte (20 de mayo de 1506), cuando espera a un confesor que nunca llega. Esta parte es la más extensa de la ficción, pues el navegante —posiblemente genovés y quizá nacido entre 1436 o 1456— efectúa un repaso de las mentiras que tuvo que urdir para convencer, después de 15 años de pasar por varias cortes europeas, a los reyes católicos españoles respecto a lo que podrían ganar si financiaban su primer viaje —a la postre serían cuatro—, incluyendo escenas de alcoba entre Colón y la propia reina Isabel. A lo largo de las páginas, Colón se revela como un simple ambicioso cuyo principal interés era la obtención de oro, reconociendo él mismo cómo en sus cartas menciona muchas veces la palabra oro y tan sólo una a Cristo, siendo la introducción de la religión cristiana en el Nuevo Mundo y la salvación de las almas indígenas, la supuesta causa principal de los viajes. Al final, en la tercera parte del relato, se observa a un Cristóbal Colón ya fallecido, representado ahora como “El Invisible”, quien observa cómo el papa León XIII (1810-1903) hace un nuevo intento por lograr su beatificación en 1892 sin lograrlo —en ocasión del cuarto centenario del descubrimiento de América—, a pesar de las más de 800 firmas que contiene la solicitud, toda vez que el abogado del diablo que se opone a la misma demuestra que lo escrito por Rosselly des Lorgues y León Bloy son puras invenciones. Al final del capítulo Carpentier introduce supuestas afirmaciones de connotados escritores y personajes que discuten con León Bloy rechazando unos la beatificación y burlándose del Almirante, y otros que lo defienden, como el postulador José Baldi —comerciante genovés que brinda fuertes donativos a la curia—, quien los escucha a través de su figura de “El Invisible”, tales como Víctor Hugo, Julio Verne, fray Bartolomé de las Casas, Voltaire, Alfonso Lamartine. Empero, aunque jocosos a veces los comentarios de los citados, no por ello dejan de ser sólo eso, graciosos pero sin agregar valor a la ficción que Carpentier pretende contar. Con todo y su esfuerzo, se considera que al final de la novela de Carpentier el lector queda desencantado de lo ofrecido: no se describe en qué consistió cada uno de los intentos de beatificación. ** Ariel Batres Villagrán consultabatres@gmail.com Escritor guatemalteco (1958). Reside en Guatemala, Guatemala. Economista por la Universidad de San Carlos de Guatemala (http://www.usac.edu.gt), donde impartió durante 14 años los cursos de Técnicas de Investigación Documental y Economía Internacional (Facultad de Ciencias Económicas, 1984-1998) y de Administración Pública (Escuela de Trabajo Social, 1996-1998). En la Universidad Rafael Landívar (http://www.url.edu.gt) de su país impartió cursos de Administración de Empresas Públicas y de Recursos Humanos (1998-2000). Durante el período 1996-2008 se desempeñó como consultor independiente en el campo de recursos humanos y actualmente labora en el Ministerio de Finanzas Públicas (http://www.minfin.gob.gt) de Guatemala. Desde 2004 a la fecha ha publicado ensayos literarios en algunas revistas electrónicas tales como Encontrarte (http://encontrarte.aporrea.org), de Venezuela, The Black Box (http://ca-bi.com/blackbox; Guatemala) y otras. === Una historia liviana que se pone pesada: ============================== === las novelas de Alejandro Zambra Samuel Rutter ==================== Se habla mucho ahora del post-boom; quizás hemos entrado ya en el post-post-boom. Sin importar en qué grupo colocarla, en Chile al año pasado me topé con una voz original, chilena y sobre todo renovadora. Claro que no las encontré en la universidad, ya faltará tiempo para eso, pero las novelas de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) se leen, se leen sobre todo por los jóvenes. Invitado al encuentro Bogotá 39, donde se reunían los mejores escritores latinoamericanos con menos de 39 años de edad, Zambra ahora enseña literatura en varios universidades de Santiago. Ha sido premiado como poeta, y su obra en prosa lleva los rasgos de un poeta chileno. Tiene dos novelas, Bonsái (2006) y La vida privada de los árboles (2007), ambas editadas por Jorge Herralde en Anagrama, que siguen siendo premiadas y traducidas en varios lugares del mundo. Las novelas no han sido recibidas con bendición total: la más larga de ellas apenas tiene cien páginas, lo que ya pone en cuestión lo que puede ser una novela chilena, pero la polémica se ha producido por lo inesperado que es el camino novelesco elegido por Zambra. En un país dicho de poetas, la narrativa en Chile persiste y ha tenido su influencia. Desde José Donoso, el chileno grande del boom, han pasado a las estrellas de McOndo y la Nueva Narrativa Chilena, Alberto Fuguet y Gonzalo Contreras, para llegar a Roberto Bolaño, sombra imponente sobre toda la literatura latinoamericana (y con razón). Si hablamos en términos generales, todos esos magnates escriben (o escribían) historias elaboradas, seguras, llenas de trama. Entra Zambra. Se declara a sí mismo un lector infrecuente de narradores chilenos, y en su prosa uno descubre aficiones por la poesía chilena y las novelas norteamericanas de los años 80 y 90. El fervor que ha suscitado Zambra queda quizás en que su estética, que es tan variada como la de sus predecesores dentro del ámbito chileno. Me comentó en un taller de cuento el escritor Gonzalo Contreras que los chilenos sufren una crisis de identidad que se muestra en la literatura; dijo que mientras un escritor argentino, por ejemplo, da y siempre ha dado nombre a la calle donde pasa su trama, el chileno opta por una calle anónima. Por verdadero o falso que sea, Zambra no duda en nombrar a lugares centrales en la vida santiaguina de hoy: pone a sus protagonistas en cafés en Providencia, departamentos de la Plaza Italia o les asienta en bancos el Parque Forestal. Lo hace con una naturalidad ajena a la escenificación de Fuguet en Mala onda, por ejemplo, donde los lugares nombrados lo son por razones demostrables. Según sus propias palabras, las novelas de Zambra son novelas condensadas; tenemos la impresión de que son semillas a las que hay que echar agua y dejar crecer para sacar todo lo que hay adentro. Subraya su vocación de poeta en la manera en que, como diría Roman Jakobson, pone énfasis sobre la textura del medio en que trabaja. Vemos todo el andamiaje de la obra; de hecho este andamiaje es central a un entendimiento profundo de la estética de Zambra. Zambra trabaja la noción de arte en miniatura. Como el título de su primera novela, sus textos son como bonsáis. Son árboles atrofiados por el autor, donde las ramas que llevan al lector a otra historia son cortadas, donde hasta los detalles más íntimos de los personajes son datos arbitrarios, como si el autor dudara entre cortar ramitas del arbolito, quedando sin una razón discernible: Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y que él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura. Así empieza Bonsái, la historia de Julio, un hombre acercándose rápidamente a la edad media sin haber cumplido nada. Retrata el amor entre Julio y Emilia, un amor torpe y hecho de malentendidos. Cuando a Julio un escritor establecido le propone tipografiar la novela que ha escrito a mano, Julio le pide demasiado dinero y el escritor se niega. De ahí Julio pasa a escribir la novela que justamente se le escapó de las manos, la novela que él va a imaginar. Cuando se entera de la muerte de Emilia, su amor de juventud, se dedica a cultivar el bonsái en su honor. Con el personaje de Julio en Bonsái, y Julián en La vida privada..., Zambra muestra su identificación generacional. Nacido en 1975, creció bajo la dictadura de Pinochet y, para volver a términos generales, forma parte de una clase media que no sufrieron tanto como otros bajo la dictadura y no notaron grandes cambios en sus vidas cuando se acabó. Julio, por ejemplo, es un hombre pedestre y gris que sin embargo en algún momento había creído mucho en el poder transformativo de la literatura; es esa mezcla imperdonable entre vida y literatura que asegura el vacío de su vida. La desilusión, o quizás una desconfianza hacia la literatura, vino después. Con el fracaso de su amor con Emilia fracasó en gran parte también el encanto literario en la vida de Julio. Emilia y Julio son personajes que habían construido sus vidas, y más concretamente su relación sobre objetos literarios. Se mienten recíprocamente sobre el hecho de haber leído En busca del tiempo perdido de Proust, y se asustan con la lección de “Tantalia”, el cuento de Macedonio que quizás es el lugar donde nació lo que ahora en Hollywood es el cliché del “love plant”. La maestría de la prosa de Zambra es que su estilo encapsula esa desconfianza. Su misma narración implica un malestar narrativo, donde todo se presenta como simulacro caído en pedazos y donde el narrador siempre está explícitamente cuidando que el lector quede en el buen camino, o sea el camino elegido por el autor, el de la historia de Julio. Quedamos con la imagen de un hombre solo, cuidando un bonsái en una pieza cerrada mientras el resto de su vida ya se ha derrumbado. El arte no es la narración ni la trama, sino algo más orgánico, como un árbol. Así son las relaciones, parece decir Zambra, organismos vivos y delicados que hay que saber cuidar y elevar: en contra de Bolaño, ya no basta con literatura. Bibliografía • ENRIGUE, Álvaro. “La vida privada de los árboles y Bonsái, de Alejandro Zambra”. Letras Libres, México, diciembre de 2007. http://bit.ly/9dFCRg. • FRIERA, Silvina. “Aprendimos que no hay que confiar tanto en los libros”. Página 12, Argentina, 5 de junio de 2007. http://bit.ly/cuRlKF. • GARCÍA, Javier. “Las costas extrañas de Alejandro Zambra”. La Nación, Chile, 17 de noviembre de 2005. http://bit.ly/biPHVM. • ZAMBRA, Alejandro. Bonsái. Anagrama, Barcelona, 2006. —. La vida privada de los árboles. Anagrama, Barcelona, 2007. ** Samuel Rutter samuelrutter@hotmail.com Ensayista australiano (Melbourne, 1987). Es estudiante de español y Creative Writing en la Universidad de Melbourne (http://www.unimelb.edu.au). En 2008 estudió letras latinoamericanas en la Pontificia Católica Universidad de Chile (http://www.uc.cl). Ha viajado por diversos países de Latinoamérica, como Argentina, Cuba, México y Uruguay. Ha publicado cuentos y reseñas en varias revistas nacionales. === Homero entre las aguas Pablo Javier Deheza ======================= Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña. Heráclito de Éfeso Homero Carvalho nos entrega en ésta su última novela, El árbol de los recuerdos, un regalo de humanidad. Esta es una novela acerca de la condición humana, la autenticidad, la sinceridad, los demonios y los ángeles que nos habitan, la enfermedad, la amistad, la miseria humana, la literatura, el café, la vida de café, la palabra, los premios y las penas, la esperanza, la redención y la partida. Es una novela, por sobre todas las cosas, honesta. Es una novela para vernos, para encontrarnos en ella, y está talentosamente muy bien escrita. Muchas cosas, muchos mundos, muchas voces, confluyen en El árbol de los recuerdos. En sí, la figura misma del árbol de los recuerdos de la novela indica el signo de la obra. Verídicamente la novela es ese árbol en el cual se han colgado los recuerdos de Andrés Caicedo y de Homero para que puedan de ese modo encontrar su salvación del ataque del olvido; esa vorágine que lo devora todo. En ese trayecto es en la literatura donde acabará obrándose la magia de la salvación. Un rasgo central para tener en cuenta al leer la novela es el hecho de que se trata de una obra hecha desde la sinceridad. Todo lo que está dicho en la novela es verdad; hasta las mentiras no mienten y terminan revelando la verdad. Se trata de que más allá de las palabras, más allá del estilo y de las formas, lo importante reside en lo que está dicho. Por supuesto que las palabras y las formas están bien cuidadas. Homero Carvalho nos entrega una obra madura de un autor maduro en pleno despliegue de su sapiencia de escritor. ¿Está de más decir que no hay página que no encierre algo deslumbrante y placentero para quienes son amantes de las palabras? El árbol y el río El árbol de los recuerdos conforma un delta en el derrotero literario de Homero. No es casual esta figura. En la novela, Andrés le explica a Homero que el pez del cuadro que pintó Romaneth Zárate —el que es ahora la portada de la novela—, tiene sentido porque el pez es agua y ellos vienen de los Reinos del Agua. El agua acompaña desde hace mucho la obra de Homero y son muchos los ríos de la vida que se han juntado para dar lugar a éste árbol de palabras. Muchos hilos de vivencias que necesariamente implican maduración y transformación. A su vez, la obra misma se constituye en un río literario del cual el lector emergerá siendo otro. El arte de la novela boliviana también se verá transformado por El árbol de los recuerdos. Pasa que Homero nos aporta en la misma con una mirada sincera y necesaria al mundo de los literatos bolivianos, rescatando del mismo esas hermosas complicidades y hermandades que ahí se encuentran y se celebran, pero también nos muestra su hemisferio oscuro, ese que está hecho de miserias, envidias y silencios. El río de la palabra El árbol de los recuerdos es una novela que está escrita dentro de los cánones del boom. La oración precisa, los tiempos verbales sencillos y claros, puntuación disciplinada, espacio para el juego lúdico y la salida poética e ideas bien expuestas. Homero declara que la novela tiene también orígenes en la poesía confesional iniciada por Robert Lowell y William De Witt Snodgrass, luego continuada por Sylvia Plath. También existen en la novela elementos que hacen a la dangerous writing o escritura peligrosa de Tom Spanbauer. Bajo esta aproximación, el autor escribe sobre temas que le causan miedo o vergüenza para poder explorar los mismos y enfrentarlos; quedará la palabra escrita como un testimonio inacabado y crudo acerca de sí mismo. Es esa aproximación a la palabra la que ha de determinar una relación central entre lo que se cuenta y lo que es. La palabra es verdad y El árbol de los recuerdos es una novela de verdad. En El árbol de los recuerdos la palabra es tratada con un amor bondadoso y sereno. Eso le permite al autor tejer hermosos giros poéticos y juegos con el lenguaje que acompañan al lector a lo largo del relato. Homero transita con madurez entre las formas de la precisión y las formas lúdicas sin caer en exageraciones y creando un clima gentil para la verdad. Esa es la maestría del autor en una exhibición de madurez con las palabras y también de sí mismo. El aporte de El árbol de los recuerdos, en tanto narrativa, pasa por su aproximación a la forma del relato, su trabajo amable con la sintaxis y la honestidad puesta en la obra. Nos presenta otra manera de encarar la novela que no es desde afuera del autor, sino desde adentro de sí mismo; desde sus lugares más vedados pero, por eso y a la vez, sus lugares más humanos. Esta novela se sale de los cánones costumbristas y de los lugares comunes para llevarnos en un viaje de palabras al interior del autor y, con ello, al interior de nosotros y de nuestra sociedad. El río de la locura y los recuerdos Homero indica que lo que lo motivó a escribir la novela fue la condición humana, reflexionar acerca de las enfermedades mentales, de la locura. A su vez, y a través de la misma locura, Homero nos retrata una sociedad, nuestra sociedad, con sus carencias y su necesidad urgente de terapia mental colectiva; una lobotomía democrática y sobre la marcha para todos. Andrés Caicedo le encomienda a Homero el rescate de sus recuerdos por medio de su escritura; esos recuerdos que el olvido se los está arrebatando. A partir de ese intento por rescatar la memoria del olvido, de la disociación del ser, de la locura, es que Homero nos presenta a la realidad en desfile ante nuestros ojos. El árbol es el lugar donde, a partir de los recuerdos y las palabras, han de ser invocados todos: la familia, los compañeros, los amigos, los solidarios, las voces, los indiferentes, los miserables, los envidiosos, los malaleches, los ruines, los locos, los etcétera. Se nos aparece también la crueldad y la enfermedad de lo socialmente normal. Andrés Caicedo es de lejos un ser mucho más humano que muchos que vemos pasar en la novela. En una sociedad demente como la nuestra, algunos tienen permisos ocasionales para realizar actos que puedan afectar negativamente a otros y lo llamamos locura; pero de muchos seres normales se espera que al final del día hayan afectado negativamente a muchos otros seres y llamamos a eso éxito. La indiferencia y las miserias no pertenecen al mundo de la locura, pero son la moneda corriente del mundo; constituyen su normalidad. La esperanza es que existen seres como Andrés; la esperanza es que aún queda lugar para la sinceridad y la solidaridad con Andrés. Como lo dice el mismo Andrés en la novela: ¡Qué país! Tener que recurrir a un loco para que explique, significa que no estamos en una crisis política sino de conciencia nacional. El río de las voces Otras aguas que discurren a lo largo de la novela son las del mundo literario boliviano. Por la novela se verá pasar a más de una generación de escritores bolivianos; muchos con sus luces y que aparecen con su nombre, muchos con sus sombras y cuyos nombres son velados con un generoso silencio. El árbol de los recuerdos nos presenta un retrato necesario del mundo literario boliviano. Muchos creerán que las coincidencias son casuales: no lo son y dense por aludidos. Era necesario que alguien cuente las cosas que Homero nos relata en la novela. Nos hace bien nombrar esas cosas, verlas escritas, verlas interpelarnos desde la página, nos hace bien asumirlas porque sólo así podremos trascenderlas. Nadie se baña dos veces en el mismo río. Nadie que se sumerja en esta novela saldrá igual. La temática de la novela es un aporte a la narrativa boliviana porque toca aspectos centrales de la experiencia humana que no habían sido tocados en nuestra literatura. Milan Kundera dice que la novela que no descubre una parte hasta entonces desconocida de la existencia es inmoral; el conocimiento es la única moral de la novela. Entonces El árbol de los recuerdos es una novela sobradamente justificada porque nos muestra lados de nosotros, de nuestro país y su gente —especialmente la del mundo literario— que no habían sido mostrados antes, y al hacerlo nos permite entendernos y trabajar sobre nosotros mismos. La condición humana El árbol de los recuerdos es una novela donde no pasa nada pero pasa todo y pasan todos; como nuestro país, o sea que no quedan dudas de que se trata de una novela boliviana. Homero nos plantea reflexionar sobre la condición humana a partir de muchas voces. Las voces del mundo y también las voces interiores. La esquizofrenia está presente en la novela, tanto como una condición del individuo, así como un estigma entre la sociedad. Homero nos muestra que la esquizofrenia es también parte de la experiencia humana; que la humanidad, la sensibilidad y la belleza existen también en lo que funciona diferente. A partir de sus diálogos con Andrés, el autor nos enseña que la lucidez, la poesía, la fraternidad y la divina humanidad que existen en el alma y la psiquis de cada uno siguen estando ahí, más allá de los prejuicios y las taras sociales. El árbol de los recuerdos es una afirmación de la vida, una celebración del espíritu, un elogio de la amistad y una voz de esperanza. En un mundo y un país que parecen salidos del otro lado del espejo, quizás alguna voz interior eligió apropiadamente este título para Andrés y Homero, y no por sus recuerdos, sino porque ambos son los únicos que están re-cuerdos y esta novela es su árbol. ** Pablo Javier Deheza pablo.deheza@hotmail.com Escritor boliviano (1970). Se formó en ingeniería comercial. Fue iniciado en las letras por Jorge Suárez. Ha publicado diversos cuentos y ensayos en prensa. Actualmente es columnista de SemanarioUno y Pulso. Mantiene una bitácora en http://pablodeheza.blogspot.com. |||||||||||||||||||||||||||| ENTREVISTAS |||||||||||||||||||||||||||| === Antonieta Madrid ====================================================== === El éxito de un libro y de un autor está en los lectores =============== === Juan Carlos Vásquez =================================================== Antonieta Madrid http://www.antonietamadrid.com (Valera, Venezuela, 1939) Magister en literatura latinoamericana contemporánea, Universidad Simón Bolívar (USB, 1989); licenciada en educación, Universidad Central de Venezuela (UCV, 1968); estudios de doctorado en ciencias sociales (FACES/UCV). Invitada por la Escuela de Letras de la Universidad de Iowa como escritora en residencia, recibió el título de Honorary Fellow in Writing en 1970. Ha publicado Nomenclatura cotidiana (edición bilingüe: Naming Day By Day), New York, 1971; Reliquias de trapo (relatos), Monte Ávila, 1972, y No es tiempo para rosas rojas (novela), Monte Ávila, 1975, 1983, 1992 (varias ediciones). Desde 2004 en la Colección Biblioteca Básica de Autores Venezolanos; Feeling (relatos), Cadafe, 1983, y Caja Redonda, 1997; Lo bello/lo feo (ensayos), Academia de la Historia, 1983; La última de las islas (relatos), Monte Ávila, 1988; Ojo de pez (novela), Planeta, 1990, y Equinoccio (USB), 2006; Novela nostra (ensayo) Fundarte, 1991; El duende que dicta (ensayos), Caja Redonda, 1998; De raposas y de lobos (novela), Alfaguara, 2001; Al filo de la vida (relatos), Bid & Co. Editor, 2004. Ha obtenido el Premio Interamericano de Cuento (1971), el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (1974), el Premio Único Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra (1984) y el Premio Único de Ensayo Fundarte (1989), y ha sido finalista del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos (1991), entre otros reconocimientos. Sus obras, traducidas a varios idiomas, forman parte de diversas antologías y son ampliamente estudiadas en las universidades nacionales y del exterior, dando origen a tesis de grado y postgrado. Addenda: Antonieta Madrid ha sido profesora (Ag.) en la Escuela de Letras de la Ucab; en la Cátedra Andrés Bello de University of the West Indies (UWI), Cave Hill Campus, Barbados, y jefe del Taller de Narrativa del Celarg. Ha viajado extensamente por el mundo y ha desempeñado cargos diplomáticos en las embajadas de Venezuela en Argentina, Grecia, China, Polonia y Barbados, y en el Servicio Interno de la Cancillería, como ministro consejero. Desde 1971 ha publicado más de cuatrocientos (400) artículos de crítica literaria y otros temas culturales, además de relatos, ensayos y fragmentos de novela en diarios y revistas nacionales y extranjeras. Entre 1982 y 1988 fue, con la columna “Vuelta de Hoja”, colaboradora regular de la página de opinión del diario El Nacional, Venezuela. —¿A qué edad se inició en el arte de la escritura? —Comencé a escribir desde mi temprana adolescencia. Guardaba los textos en una suerte de diario en un cuaderno escolar. Se trataba de relatos sobre la cotidianidad con el añadido de la imaginación. —¿Cuál fue la razón determinante para que Antonieta Madrid se viese impulsada a escribir? —Creo que lo que me impulsó a escribir desde muy joven fueron dos razones, aunque ninguna fue determinante. En primer lugar las lecturas: a los trece o catorce años ya contaba con un buen número de lecturas literarias desde los franceses, pasando por los escritores rusos (Dostoievski, Tolstoi, etc.), los norteamericanos y muchos otros cuya lista resultaría muy larga. En segundo lugar influyó mi carácter introvertido, agudizado por el hecho de pertenecer a una familia numerosa y estar siempre rodeada de gente y sobreprotegida. —¿Tiene alguna rutina? ¿Cuáles son las horas predilectas y sitios que revisten esa energía necesaria para desarrollar sus ideas? —Aunque siempre he tratado de mantener cierta rutina, ésta no es estricta. Las horas predilectas para escribir son las de la tarde y noche hasta antes de las once o doce, cuando logro mayor concentración, entonces puedo escribir con calma y sin compulsión. —¿Se identifica con algún personaje de sus novelas o cuentos? —La identificación de cualquier autor con sus personajes resulta muy común. Aun cuando no se nos parezcan pienso que debe haber algunas coincidencias, aunque los personajes pueden venir de la imaginación, o de la realidad que nos rodea. —¿Qué es lo más complejo y lo más placentero de su carrera de escritora y cuál ha sido la obra que más ha disfrutado? —Lo más complejo es la estructuración de cada obra, sea cuento, novela o ensayo, géneros que he abordado con ciertos logros inesperados. En cuanto a lo más placentero, es el puro placer de escribir sin plantearme expectativas de fama o dinero, me basta con escribir tratando de hacerlo lo mejor posible. En cuanto a la obra que más he disfrutado me atrevería a decir que la novela De raposas y de lobos, ambientada en un psiquiátrico y publicada por Alfaguara en 2001. —¿Cree en la inspiración, o maneja intelectualmente la obra? —Creo en ambas. La inspiración te puede venir sin aviso, te sorprende y allí se queda hasta que debes hacer algo con esa idea que no te suelta hasta que comienzas a bosquejar la obra, trátese de novela, cuento o ensayo, pero después viene el verdadero trabajo de escritura y a veces puede resultar más relevante el cómo lo dices que lo que realmente dices. —¿A quiénes considera sus maestros? —Podría nombrar a varios, pero mis verdaderos maestros, en cuanto a estructuración de la obra y exploración de posibilidades, han sido James Joyce y Julio Cortázar. Muchos otros han sido mis maestros, entre éstos Jack Kerouac, Kafka, John Dos Pasos, entre otros. —¿Qué considera que tiene más importancia en la escritura, el talento o el esfuerzo? —Ambos, porque el talento solo, sin el esfuerzo y la dedicación, no funciona. Tampoco con el solo trabajo sin el talento se lograría la obra propuesta. Yo me atrevo a decir que con un 40% de talento y un 60% de trabajo la escritura se daría satisfactoriamente. —Usted es una escritora muy versátil. ¿Cómo fue el paso a los cuentos y novelas a partir de la síntesis que implica la poesía? —Fue muy gradual: primero escribía poemas o textos sueltos más bien poéticos como los de Nomenclatura cotidiana (New York, 1970), después los relatos de Reliquias de trapo (Caracas, 1972), Premio Interamericano de Cuento en 1971, por el relato “Psicodelia”, escritos en la década de los sesenta, mientras estudiaba en la universidad. —Cuéntenos el camino que siguió hasta la publicación de su primera novela, No es tiempo para rosas rojas. —Luego de concluir mis estudios universitarios, cuando ya me encontraba en la Universidad de Iowa, donde disponía de todo el tiempo para escribir, comencé a hilvanar los textos, inicialmente como un guión de cine, que después se convirtieron en la novela No es tiempo para rosas rojas. Me había llevado los cuadernos con diversos textos que fui estructurando casi sin darme cuenta, hasta darles cierta coherencia, así que la novela se fue escribiendo sola y, a mi regreso a Caracas, después de haber vivido un tiempo en Nueva York, le di los últimos toques y la envié a un concurso donde obtuvo el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal, por unanimidad del jurado. Del susto cuando me enteré del premio, que no esperaba, me mudé a casa de unos amigos y cuando aparecían los comentarios en la prensa, en su mayoría favorables, me parecía que no era yo la autora de aquella obra, y aun en estos días me sorprende que todavía escriban tesis universitarias sobre ella. También debo agregar que si la hubiera escrito ahora, sería otra novela y en cada reedición he estado tentada a cambiar muchas cosas, he preferido dejarla como está. —Hizo un postgrado en la Universidad de Iowa, trabajó en cargos diplomáticos por casi 30 años. ¿Cuál ha sido el, o los lugares que despertaron en mayor grado su sensibilidad, esos sitios que perdurarán en su memoria como una grandiosa fuente de inspiración? —Me siento a gusto viviendo en la ciudad de ahí que casi toda mi escritura se la podría catalogar como literatura urbana. Lo que más me fascina de las ciudades es la posibilidad de mantener el anonimato y frecuentar la gente sólo cuando lo deseas. Entre las ciudades donde he vivido y más me han impactado estarían, además de Caracas, Nueva York, París, Atenas, Buenos Aires y Varsovia, entre otras. —¿Qué extrañaba de Venezuela? —Todo: el clima, el paisaje, la familia, los amigos, todos mis afectos, pero durante los años que viví en el exterior traté de tomar lo mejor de cada ciudad y disfrutarlo. Lo que menos extrañé fue la comida, traté de disfrutar las diferentes cocinas de cada país. —Partiendo de su novela No es tiempo para rosas rojas en ese entonces transcurría la primera década de la democracia en Venezuela. Había caído el régimen dictatorial del General Marcos Pérez Jiménez. La novela refleja un proceso de cambio en las conductas, revela nuevas formas en la generación. ¿Qué separa o une aquella época con la actualidad venezolana? —Evidentemente la novela refleja nuevas formas de la conducta humana, una ruptura con los cánones tradicionales culturales y familiares, una brecha profunda entre nuestros padres y antepasados más inmediatos y las nuevas formas de aprender el mundo de las nuevas generaciones, producto a su vez de los cambios a nivel mundial acaecidos en aquellas décadas de los sesenta y setenta. Aunque resultan obvias las diferencias entre la actualidad y las décadas reflejadas en la novela, pienso que habría que confiar en la juventud actual y sus ímpetus de cambio hacia una visión más totalizante del mundo. —¿Qué tanto por ciento de sus historias está basado en hechos o personajes reales, y cuánto es completamente ficticio? —Escritura y realidad forman un todo indivisible. Toda ficción, aun la más ficticia, está basada, proviene o imita la realidad del escritor. Esto no quiere decir que se trata de autobiografía, sino de un reordenamiento de la realidad, traducido en una realidad paralela ordenada por el escritor a su manera y que al desdoblarse (el autor) en sus personajes, logra construir una realidad hipotética. —En De raposas y de lobos, los personajes se transfiguran, toman formas acordes a sus impulsos. Hay aspectos muy visuales, una exploración lingüística que, a medida de la lectura, nos va internando en los múltiples enfoques de unos personajes alterados. ¿Cómo fue el proceso de escritura de esa maravillosa obra? ¿Por qué escoge un psiquiátrico para ambientar parte de los sucesos? —El verdadero germen de esta novela vino a mí durante un invierno de treinta grados bajo cero, en Varsovia. Vivíamos frente a un parque cubierto de nieve donde la gente caminaba sin rumbo, acompañados en su mayoría por perros. Aquel paisaje me sugería la idea de un hospital, de un enorme asilo, o cualquier otro lugar de reclusión. Recuerdo que comencé a escribir una suerte de diario que titulé “El Cuaderno de Fulvia Fénix”, y así fueron surgiendo los otros personajes como extraídos del sombrero de un mago y fueron lobos y raposas que comenzaron a interactuar ya a su manera, y yo sólo escribía lo que ellos me iban dictando. Aunque nunca he estado en un psiquiátrico como paciente sí he visitado amigos y amigas muy cercanos y he podido percibir el funcionamiento de aquellos centros. Esta novela aún inédita obtuvo el Premio Único de la Bienal de Literatura “José Rafael Pocaterra” en 1984 y en 1991 fue finalista, entre diez novelas, del Premio Internacional Rómulo Gallegos, y no fue sino hasta 2001 cuando fue publicado por Alfaguara. —¿Hasta dónde considera la escritura como un riesgo, teniendo en cuenta la delgada línea que divide lo real de lo imaginario? —Existe ese riesgo y todo depende del grado de identificación entre el autor y su escritura, por lo que creo que nunca podría escribir sobre ciertos temas y prefiero los temas de la vida cotidiana. —¿Cuánto tiempo tarda en escribir una novela? ¿Y cuánto en su repaso? ¿Hasta qué punto se debe estar alejado de una experiencia para reflejarla? —Podría escribir una novela en un año, pero el “repaso” puede llevar años y mientras tengas el manuscrito a mano persiste la pulsión de corregir o cambiar los textos aquí o allá. Hasta que no publican el libro no se puede decir que terminó. Para reflejar una experiencia creo que, mientras más tiempo transcurra, esa “experiencia” se va clarificando hasta transformarse en materia de escritura, pero siempre debe prevalecer la ironía en su acepción de distanciamiento para convertirla en literatura. —En sus obras se vierte una admiración a la vida, pero a la vez hay una constante indagación y cuestionamiento de la misma que tiene que ver con la angustia y el vacío. ¿Desde qué perspectiva se observa ahora? —Paralelamente al gusto por la vida, marcha cierto cuestionamiento que te hace pensar que las cosas podrían ser de otra manera, y eso produce angustia y vacío. Creo que el goce de vivir y la angustia son inseparables. —Poesía, relato, novela, ¿cuál ha sido el género con el que más se identifica? —Creo que con la novela, por tratarse de un género abierto donde caben todos los géneros de la novela múltiple. También el ludismo que permite una creación sin los límites canónicos del cuento y la poesía. —¿Hay un instante de más conexión interior en Antonieta Madrid, en qué circunstancias percibe ese más allá que se ve reflejado en tus textos? —Ese “más allá” está íntimamente conectado con un “más acá” al interiorizar las experiencias cotidianas tal como se nos van presentando en una mezcla de memoria e imaginación. —¿Algún nuevo proyecto? —Tengo varios (novela, relatos varios, ensayos) dando vueltas en mi computadora, dos de ellos terminados a la espera de publicación, no sé cuándo pero algún día será. —¿Qué encontrará el lector en su última obra? —Cada libro lo he escrito como si fuera el último y en éstos que tengo en proceso (“working progress”) pienso que se trata de variaciones de una línea de escritura que se extiende en el tiempo, aunque siempre tratamos de explorar y aportar algo nuevo. —¿Hasta qué punto cree que interviene la crítica literaria que tiene su asiento en la prensa escrita, sobre el éxito de un libro o un autor? —La clave del éxito de un libro y de un autor está en los lectores, nunca en la promoción que se haga del mismo. Pienso que la fama es como un cuchillo de doble filo: por un lado agrada al autor y por otro lo agrede. Creo que el autor no debería preocuparse por el éxito de su obra sino escribir con placer, disfrutando la escritura sin angustiarse por el éxito editorial o económico. —¿Qué libros de esta última década han llamado su atención? ¿Qué destacaría de la literatura actual, hoy que parece que tiende a abusarse en el uso y la repetición de ciertos clichés? —Muchos son los jóvenes escritores y escritoras que destacan actualmente. Los he leído y me ha tocado presentarlos en grupos de lectura. En general se trata de una escritura eminentemente urbana que me atrevería a llamar “literatura del caos” por cuanto refleja el caos que impera en las grandes ciudades y la crisis mundial en todos sus aspectos, social, económico, cultural, familiar, y contrariamente a lo esperado, podríamos decir que conforman un nuevo boom literario a pesar de las dificultades editoriales que confrontan estos jóvenes. —Un lugar que no conozca al cual le gustaría ir. —Me gustaría visitar Australia. También quisiera ir a Dublín, Irlanda, el 4 de junio, día de Leopoldo Bloom, y recorrer la ruta descrita por Joyce en el Ulises. —¿Cuál consideras que es la mejor formación para un escritor en potencia? —Los talleres literarios, por tratarse de espacios propicios para la confrontación de la propia escritura al compararla con la de los compañeros talleristas. Pero además de los talleres está la lectura, porque lectura y escritura se nutren mutuamente y enriquecen la obra “en proceso de escritura”. Se dice que las innovaciones tecnológicas acabarán con los libros pero no es así, siempre habrá lectores y la literatura, como siempre antes, seguirá siendo un circuito de iniciados. ** Juan Carlos Vásquez juancarlosvasquez72@hotmail.com Escritor venezolano (Valencia, 1972). Dirige y edita las páginas virtuales de creación Herederos del Caos (http://herederosdelkaos.com). Como narrador ha publicado el libro de relatos Pedazos de Familia (Ediciones Estival Teatro, Maracay, Venezuela, 2000). Sus escritos aparecen en las publicaciones Ciclos (Asociación Valenciana para el Trastorno Bipolar, España, 2000), en las antologías poéticas Vivir soñando (Madrid, 2004), Paseo en versos, pasos en la azotea (México, DF, 2006), Hemiparesias (Visceralia Ediciones, http://visceralia.blogspot.com; Santiago de Chile, 2006), Poesías y aparte: el libro y su autor (Creaciones Literarias, selección de Betty Goldman y Enrique Epelbon (Estados Unidos, 2007), en el libro de narrativa Cuentos para niños (Creaciones Literarias, Estados Unidos, 2007), en la revista Voces (La Coruña, España) y en el monográfico conmemorativo del quinto aniversario de Almiar (Margen Cero) (http://www.margencero.com; Madrid, España). Ha colaborado en los programas radiofónicos Breus (http://www.breus.eu) (RKB 106.9 FM, http://www.radiokanalbarcelona.com; Barcelona, España), Infra-Uterino (http://www.youtube.com/watch?v=MqziOMFz5uY) y en Producciones AFV (105.9 FM; Buenos Aires, Argentina). Algunos de sus poemas fueron traducidos al portugués por el escritor Antonio Miranda. Mantiene una página literaria en http://juancarlosvasquez.webs.com. ||||||||||||||||||||||||||| SALA DE ENSAYO |||||||||||||||||||||||||| === Exilio y metáfora Julio Pino Miyar =============================== Uno (Los puentes de Fayad) El poeta alemán Rainer Maria Rilke (1875-1926) escribió que “lo hermoso no es otra cosa que el comienzo de lo terrible”. Saber ver, contemplar hasta el fin, allí donde cada primavera nos revela su misión, aquí donde las cosas nos muestran su horror, es la tarea esencial que hace de la poesía un modo de estar en el mundo y de entregarle una justificación a la existencia. Por eso el poeta necesita de los versos, son vehículo de algo que de otra forma jamás podría ser expresado, y donde se hace visible su extraordinario periplo en vías del lejano sueño de sí mismo. El poeta católico cubano Cintio Vitier (1921-2009) escribió que “en todas las teogonías el hombre es siempre el expulsado”. Existe un credo milenario sobre la condición humana que nos fue remitido mediante un plano simbólico —¿literario?—, el cual relata el origen dramático del cosmos y la vida. El cielo, en su inaccesibilidad, se convierte así en la suprema metáfora concebida por el hombre; entre tanto, todo expulsado es un buscador de significados, alguien a quien el extravío de su existencia no le ha hecho olvidar completamente la antigua condición de su naturaleza. Es la experiencia del exilio la que mayor concomitancia posee con ese hondo sentimiento metafísico, con esa alegórica caída al abismo que en El Antiguo Testamento se representa como la pérdida del paraíso, la devastación sucesiva del templo en Jerusalén y el éxodo varias veces repetido. Las piedras de Jerusalén que son lanzadas sobre los cuerpos de los inocentes, configuran la memoria cristalizada de esa excomunión original; la metáfora devuelta a su realidad primordial de guijarro. Hay un exilio nuclear para los poetas que se establece como escenario providencial de la Modernidad literaria y artística: París. Pero obviamente, París no es Jerusalén, podría ser, incluso, su antípoda. La Ciudad de los profetas resuelve su significado como resolución en la tierra del cometido del cielo; allí se va a orar y a acercarse al sentido ulterior, transmundano de las metáforas, mientras se hace patente la ausencia que dejaran siglos de silencio y de muerte. Si Jerusalén sobrevive en el sueño abstracto de las tres grandes religiones monoteístas, París, sensual y pagana, disfruta, por su parte, de ese politeísmo típico de una profana Modernidad cultural. Sin embargo, hay un modo especial de sensibilidad que, en ocasiones, colinda con el sentimiento metafísico propio de las religiones y, a veces, no hay nada más significativo que el contexto en el que el artista ha decidido inscribir su sensibilidad y sus búsquedas estéticas más originales. De esta manera, las persistentes lloviznas sobre los rojos tejados y la frialdad de las brumosas mañanas parisinas, evocan la fe nacida en los días inclementes de Jerusalén. Julio Cortázar definió la Ciudad de un modo con el que puede ser también definida la Ciudad de las tres religiones: “una inmensa metáfora”. La simetría es exacta: Jerusalén es el mítico lugar de la expulsión; París, ese no menos mítico lugar en el mundo donde van los expulsados. La Ciudad del Sena es un lugar fundamental porque en ella nada —ni siquiera el dolor— es ajeno. Por eso, cuanto se dice de París deviene en expresión alegórica, incluyendo las formas más simples y elementales de la vida; un sitio donde la mirada moderna reconoce en cada signo los designios de su propia conciencia cultural, de la misma manera que la llegada de las primeras lluvias y la caída de las últimas nieves, anuncian el retorno invariable de la primavera. En París uno de los más importantes poetas cubanos de la segunda mitad del siglo XX, Fayad Jamís (1930-1988), escribió, en su poemario Los puentes, lo que podría ser tomado como una anotación efímera, casi circunstancial, pero que revela el espíritu mismo de su relación personal con la Ciudad y que fue expuesto en el más elemental y mundano de los versos: “(...) alguna vez la lluvia arrastrará las hojas secas”. Un verso como este parece anunciar la aparición de los poetas conversacionales, coloquiales, en el sentido que lo pedía Antonio Machado: la más simple y, a la vez, la más íntima de las alocuciones. Vuelve a decirnos Fayad a la manera de un paseante solitario que anota en su cartera de estudiante sus visiones, como un boceto perdurable del vasto cosmorama en el que se inserta por derecho su poesía: “Esta mañana el Sena corría / bajo los puentes como un camino solitario / las flores de los álamos caían sobre el agua gris / Los mendigos dormían al sol en la orilla (...)”. Fayad, nacido en Zacatecas, México, de origen libanés, cubano por adopción y convicción, poeta y pintor, en los años 50 del pasado siglo vivió una larga temporada en Francia. La escritura de un texto de características tan poco frecuentes como Los puentes, contextualizado en París y publicado en La Habana en una fecha tan temprana como 1962, coloca al poeta, y a su poesía, en una peculiar situación, preámbulo, o antecedente literario, quizás de un exilio mucho más definitivo, ya que el poemario posee la maleabilidad que permite una doble interpretación. Si bien en primera instancia, Los puentes en su momento histórico fue una evidente alusión al fin del exilio intelectual, en vías de un compromiso efectivo con la nueva sociedad emergida a partir de la Revolución de 1959, el carácter abiertamente exógeno del poemario brinda una segunda lectura: las visiones de la capital francesa evocan con demasiada fuerza un mundo paralelo al nuestro, a veces transido, pródigo en su inevitable lejanía, promiscuo en su culta naturaleza, tolerante y ameno en sus divagaciones ociosas, disfrutable en sus constantes ejercicios de soledad, aunque no por ello menos inusual: en ese mundo que el poeta nos dibuja se puede vivir asombrosamente solo, sintiéndose sumergido en la marea de los accidentes culturales, encontrarse descifrando hermosos deslizamientos de sentido, porque otros soles y estaciones nos acompañan siempre, dormitando desnudo sobre el puro placer de la expresión. Hay mucho de estas cosas en Los puentes, que, como su nombre lo indica, ponen en riesgo lo preestablecido al tender caminos, puentes entre ambas riveras, entre lo conocido y lo por conocer; Cuba y el resto del mundo: Los puentes es quizás el texto más foráneo de la llamada literatura cubana de la Revolución. A pesar de esto, los fundamentos éticos que permean desde el principio la escritura le imponen a Fayad el retorno y la conciliación con esa sustancia rugosa y medular que está más allá del lenguaje, y para eso no importa que el instante que el poeta le dedica a las palabras abarque toda una vida, singularmente son lo accidental de esa vida, el cultivado hito entre la reflexión y la realidad. Vuelve de nuevo a decirnos Fayad: “Hay que decir la verdad aun cuando en la noche terrible / no sabemos si el amor el olvido o la muerte nos esperan (...) como las velas de los barcos / desgarrándose en la furia del aire”. ¿Pudiera Los puentes ser leído como una experiencia límite de la existencia, acaso de la palabra? Si Jerusalén conserva entre sus anales el Libro de Job no es porque sea el más bello de los textos, sino porque pocos documentos en la historia expresan con tanto vigor el grado de desertificación a que puede llegar la conciencia humana; ese apartamiento insustancial que priva al hombre de naturaleza y omite de paso sus significados. El miedo milenario al desierto —padecido por Job ciego— “es el miedo a quedarse sin imágenes”; cuando el poeta José Lezama quiso hablar del horror vacui lo expresó de esa forma. El Sáhara se vuelve así en la otra “inmensa metáfora” que rodea peligrosamente las ciudades de los hombres, y se refleja en la paradójica historia de un pueblo del desierto —el judío— que se prohibió a sí mismo las imágenes. Por eso, si como exilio se entendiese la des-realización de la conciencia y esa tenaz despersonalización de los afectos que nos obliga a buscar pobres sucedáneos en las cosas más heteróclitas, y donde la vida se fija a un antes y un después cardinal, indiscutiblemente, ese no sería nunca el exilio experimentado por Fayad. Ya que para cada palabra París guardaba una resonancia, pues allí toda expresión encontraba su objeto y cada objeto su poética inevitable. De este modo nos corrobora el poeta, estableciendo la indisoluble unidad entre la Ciudad y el hombre; la imagen y el calor del fuego: “en la ciudad y el corazón arde la misma llama”. “Frente a uno de esos puentes escogeré mi casa / tal vez aquella de la cortina roja en la ventana”. Leyendo esta última línea se podría preguntar, ¿no es acaso la búsqueda de un domicilio definitivo la tarea capital de la poesía? ¿La llegada al hogar después de años de éxodo y desamparo, felizmente dispuesto para una nueva comunión con la palabra? ¿Pudiera significar París el fin del exilio? Responde el poeta: “(...) Yo regresaré a La Habana en una bicicleta / Las mujeres que pasan por la acera / van dejando una estela de fuego blanco”. Lo excepcional es que el retorno que propone Fayad es un retorno lúdico, irreverente, sin concesiones, porque él se ha ido a París a vivir una de las más intensas experiencias poéticas, y el regreso no estaría justificado si no trajese de vuelta las porciones más irreductibles de esa estancia. En los largos paseos por senderos citadinos que reavivaban la experiencia pura de la poesía, la sensibilidad ha descubierto bifurcaciones que alteraban sus visiones, y en cada accidente del paisaje el poeta hallaba los dones siempre en gestación de la insólita subrealidad: “Aquel que no había dormido / porque andaba buscando el delgado cristal / que se extiende como una daga entre el sueño / y la realidad / se detuvo por un instante en la puerta del café (...)”. Fayad, extraviado entre los puentes y los bulevares, supo poner tasa a su lejanía por medio de las palabras. El poeta nos habla de un París donde la irremediable soledad del artista tenía el contenido de una gran misión, y en el que lo asistía un estado de gracia que le permitía ofrecer sosegado testimonio a través de sus más variadas visiones. Mas, ¿es ciertamente el poeta el gran ingenuo de la palabra? Si la vida como la historia fuesen saharizadas, desvirtuadas en sus postulados más intrínsecos, nunca se nos facilitaría una salida inocente, debido a que el ángel que pudo vislumbrar nuestra mirada era el más terrible, aquel que los poetas intuyeron en la inopia de las tardes vacías. “A los asesinos es fácil descubrirlos”, nos recuerda Rilke, como queriendo expresar lo pavoroso e incierto que se oculta, y nos acecha, en los intersticios en sombra de la poesía. (...) De visita en La Habana hace escasos años tuve la ocasión de darle a leer a un amigo un poemario personal, el cual tenía como exergo unos versos de Los puentes. Mi amigo me miró dubitativo y escéptico, y me hizo la observación crítica de que mi experiencia del exilio en nada se asemejaba a la de Fayad. Redactando este ensayo pude constatar la diferencia abismal que separan mis años vividos en los Estados Unidos, del París de las grandes remembranzas y las hondas experiencias poéticas. Entonces, ¿por qué ese empeño en pensar y repasar Los puentes? Hacer o leer poesía es un modo legítimamente humano de luchar contra la alienación, mas, sobre todo, se lee y se escribe para saber que no estamos solos, que hay algo irreductible que busca darle sentido incluso a la más aviesa soledad. El exilio no es sólo el más largo viaje, es un estado de conciencia, a veces una mala conciencia; un prolongado sentimiento de abandono y expiación. Pero las lluvias más inclementes son las que mejor alimentan el pensar metafórico, no importando en qué región del mundo nos encontremos. Vagando ocioso por las calles y los puentes de una de las barriadas más pintorescas y tranquilas de Miami Beach, la callada contemplación del paisaje me hizo evocar algunos de los versos más cercanos de Fayad: “Allá arriba cantan los niños / el viento huele a pan fresco (...)” / “Tú no oirás el último sollozo del mendigo (...)” / “Tú no oirás el ruido de ese tren que se aleja”. Dos (La rosa de Rilke) Resulta verdaderamente llamativo que el notable poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar (Cuba, 1930) hace escasos años escribiera el poema “Alguien me pidió una rosa de Rilke”, el cual contiene unos versos de desasosegado acento autobiográfico: “(...) En La Víbora lejana, mi total cercanía. / Registro viejos papeles amados y escojo estas rosas / Escritas por la mano absoluta del poeta. / Luego sería la rosa final, la de la espina”. ¿Es el mismo poeta de estos versos el absolutamente prendado de una utopía política, para quien el discurso esteticista debía ceder paso al sueño más insurgente y quien aclamara ardientemente el impacto de todas las exenciones de la Revolución de 1959 sobre nuestras letras? Previendo los peligros que acechaban a la poesía a partir de la proclamación de una impositiva cultura popular, el poeta alemán Heinrich Heine, simpatizante de las ideas socialistas, le confesó a su contemporáneo y amigo Carlos Marx, que tenía miedo de que los obreros “terminaran por sembrar patatas en su jardín de rosas”. ¿Fue entonces una reacción eminentemente tardía ante supuestos desmanes cometidos en el territorio de la poesía, lo que hizo a Retamar salir a defender casi al final de su vida su amado jardín de rosas e invocar a Rilke, uno de los supremos representantes de una culta elite europea? ¿Un regreso, acaso un signo de admisión, a esa lejanía esencial, al parecer irreductible, que viene padeciendo desde siglos la poesía, y que es, sin embargo, su “escudo de nobleza”, su privativa e insoslayable condición? La cual alude sin afectaciones a la naturaleza exiliada del poeta y sus palabras; a la escabrosa situación de inmigrante perpetuo para quien, encerrado en su sueño moral, en su arcano utopos político, en su intransferible desasosiego existencial, comprende que ya no es posible el retorno, y su fe asume entonces la anchura de las certezas metafísicas y el regusto amargo y nostálgico que sólo pueden traer las batallas perdidas. La batalla perdida, pues, fue a la que nuestra abstracta existencia nunca asistió. Retamar asume como propia la culpa por esa incapacidad proverbial del poeta para llegar a tiempo a las citas concertadas con la historia, mientras fue otro el que estuvo en su lugar. ¿Dónde estaban en ese momento el poeta y la poesía? En el exilio, en el inxilio; en el exilio indistinto de la geografía o la cultura; en el inxilio equívoco —interior— donde el poeta enumera, como las cuentas de un rosario, el álgebra imposible de su alma. Pero es 1º de enero de 1959 y Retamar saluda la llegada de la joven Revolución con estos versos: “Nosotros, los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida?” / “¿Quién se murió por mí en la ergástula, / Quién recibió la bala mía, / La para mí, en su corazón? (...)”. Es el canto del Jeremías bíblico. Sin embargo, no debería caber duda de que lo dicho en ese momento fue sustancialmente honesto, y que la honestidad es la precondición existencial que nos exige desde siempre la poesía. Si siguiéramos la línea de un pensamiento políticamente comprometido como el de Retamar, e hiciéramos además uso de las alegorías bíblicas, podríamos decir que la poesía había estado en cautiverio en Babilonia por todos los años de la República de 1902, y la Revolución parecía liberarla, haciéndola regresar de un éxodo de lustros, al convocar a los poetas para reconstruir juntos el gran proyecto histórico de la nación. Para Retamar el Deseo —fuerza matérica de la poesía—, eros entretejido en la distancia, se hacía tangible, se objetivaba y dejaba atrás su vocación lúdica para colocarse al alcance de las manos que trabajaban: “(estoy construyendo esta escuela) con las mismas manos de acariciarte”. Era como si hubiésemos llegado al fin de todos los exilios, a la tierra feliz de promisión, levantado nuevamente el Templo y haber hecho resurgir a Jerusalén sobre las antiguas ruinas de la dispersión. Nuestro deseo, largamente alimentado en el destierro, volvía así a su condición fundamental: ser la materia de la creación; la sustancia indivisa para ejecutar la arquitectura del sueño. Pero, ¿qué sucedió en nuestra historia nacional, en la vida del poeta, para que en el ocaso de su poesía volviera a invocar la bienamada rosa de Rilke, su exquisito perfume como una añeja necesidad que buscaba expresar la sensibilidad trasgredida del artista por el paso devastador de los años y las utopías? ¿Por qué entre sus poemas se lee ahora al ambiguo arte conjetural y le hace decir a Jorge Luis Borges lo que pudo muy bien decirse a sí mismo, como tanteando con eso los pequeños resortes metafísicos de la existencia? “Lamenté no haber tenido el valor de mis mayores, (...) / No se olvide que no soy quien escribe estos versos. / No los escribe nadie”. El bibliógrafo cubano Rafael Rojas curiosamente ha sintetizado el peligro que se cierne sobre Cuba a las alturas del siglo XXI, cuando se encuentra singularmente inerme frente al impacto desmedido de la globalización capitalista: “(llegar a ser) una democracia sin nación, un mercado sin república”. Mientras que un devenir personal “inquebrantablemente entrelazado con el destino de la nación”, haría que esos males históricos atenazaran la existencia del artista convirtiendo su arte en un credo sin posibilidad de comunión, y a su propia vida en la memoria abstracta de una antigua raza. ¿Un nuevo exilio nos espera más tenaz y definitivo que el anterior? ¿Un nuevo exilio al que no le ha bastado usufructuar porciones enteras de nuestro pasado, ya que parece erigirse desde el futuro para señalar donde hubo promisión, la tierra yerma y baldía? ¿Qué significado posee en definitiva Jerusalén como metáfora del exilio, del hombre trashumante en la tierra, abandonado de la Ciudad de Dios? El fin del mundo de los significados trasvalorado en la postulación exclusiva de la fe. Y la ausencia de abrigo bajo el rigor último de la intemperie. Tres (Cambiar la vida) “En un rincón de la Plaza Furstenberg en París he dejado una pequeña maleta invisible que acostumbro a mirar a través de un espejo de grano muy unido que encontrara en el sitio en que la maleta reposa. A muy pocos pasos de ese lugar absoluto he vivido algún tiempo (...)”. Nos dice el poeta cubano José Álvarez Baragaño (1932-1962). ¿Bordea el creador los linderos de la estética surrealista? Podría suponerse, en esas ocasiones en que la realidad parece alterarse ante nuestra mirada, yuxtaponerse en planos de diferente origen y difícil ordenamiento, creando raras composiciones y explorando áreas hasta esos momentos poco visitadas del vívido entorno. El surrealismo no es otra cosa que un experimentalismo —ese “lugar absoluto”, esa “maleta invisible”— de fuerte registro existencial. No sabe cómo situarse ante el problema de la tradición y por eso la deja en suspenso, en un gesto enfáticamente romántico de desencanto y rechazo. Cuando el singular personaje de la Maga le afirma a su pareja en un lugar de Rayuela: “Hay ríos metafísicos, Horacio, vos te vas a lanzar un día a uno de esos ríos”, nos está indicando la precondición existencial padecida por esos habitantes metafóricos de París que son los poetas, la Maga, Horacio y el propio Cortázar; sus irrevocables talentos suicidas como buscadores in extremis de significados. Fue en su novela-problema, Rayuela, donde Julio Cortázar describió a París como una “inmensa metáfora”, porque hay un modo marcadamente ficcional de operar de la cultura, y la metáfora alude a ese formidable desplazamiento metonímico, a esa alteración radical de la realidad que la propia cultura provoca. Es decir, la Ciudad del Sena no sólo existe como realidad urbana, como puro conglomerado humano, sino además, como un lugar que se distingue entre las inquietudes más legítimas y soberanas del espíritu. Mas, si nos dedicáramos a la comparación crítica de grandes ciudades metafóricas como París y Jerusalén, las cuales comportan cualidades muy disímiles a la hora de experimentar lo mítico, veríamos que en la primera se vive el agónico cruce entre la realidad y el sueño, mientras, en la segunda, la actitud es de una abstracta actitud de espera —no menos agónica— por algo que no sabemos qué es y sobre lo que no hay asomo alguno de certeza. La imagen que en París percibe nuestra sensibilidad es algo interior, subjetiva, latente. En Jerusalén, en cambio, es externa y se erige al modo de un “enemigo rumor” que desde una distancia infranqueable nos observa. Para ambos casos se proponen la soledad y la fe como únicas verdades alternativas; ese “permanecer tranquilo en la obra” que pedía en sus epístolas Van Gogh, en su doble condición de hombre de arte y de religión. París, en resumen, es aquella Ciudad privilegiada en que la historia moderna situó el profano e irresuelto programa de la liberación; Jerusalén, la Ciudad escogida por la tradición milenaria en la que asistimos a los problemas sagrados de la redención y la inculpación. De esta manera, los dilemas que plantea existencialmente el exilio son como una madeja que se enreda entre la realidad y la ficción, la culpa y la ensoñación. ¿A qué región particular de nuestra sensibilidad apuntan con su existencia los poetas que mueren asombrosamente jóvenes? No el más grande pero sí quizás el más radical de los poetas cubanos, Baragaño escribió a los veinte años el poemario Cambiar la vida. El poeta nos dejó dicho allí que había que aspirar a aquella imagen que poseyera enteramente la realidad de las cosas. Él fue nuestro gran poeta surrealista, aunque al entender la evidente insuficiencia de las palabras al nombrar la realidad como el apartamiento más inicuo experimentado por el hombre, asumió, paradójicamente, un punto de vista teológico. Apartamiento y éxodo, de raíces metafísicas, al que el creador se ve condenado y desde donde clama por la imagen preciada que volviera a expresar, de una vez por todas, la antigua realidad, la copiosa plenitud. Para Baragaño, el poeta se exilia voluntariamente del mundo persiguiendo una intensa visión interior que pudiera devolverlo a su condición originaria, a la plenitud de su experiencia humana. No obstante, es en el miedo a quedarse sin imágenes, en el horror a un mundo carente de significados, donde se produce la revancha de las cosas y por ende, la angustiosa cosificación de la existencia, la cual se nos aparece entonces bajo las formas críticas de la locura y la muerte extrema. Nos abunda sobre eso el poeta en su “Himno a la muerte”, tomado de su poemario, Poesía, revolución del ser (La Habana, 1960): “(...) Morir es caminar por tus abismos / Es consolar la palidez de nuestro rostro / En el único cambio verdadero / (...) En tiempos oscuros de miedo y de locura / (...) No sé qué rectitud ideal me la recuerda / Qué reposo innombrable / Qué peso que no pesa...”. La Ciudad del poeta no es así el París al que canta en sus versos Fayad Jamís, porque la Ciudad que éste evoca en sus poemas tiene un ligero acento de manifiesto cívico, y desde él expresa su hermoso sueño político, el matiz social que le acompaña y delinea, no sólo para brindarle una forma oportuna, sino también, para dejar bien establecidos sus inexcusables límites. La poética de Baragaño, si fuese remitida al escenario y al amplio ámbito cultural donde se inscriben Los puentes, sería el París de las andanzas nocturnas bordeando las ciénagas del Sena, donde el alma es llevada en bandolera, descendiendo con ella a los ínferos de la soledad y la concupiscencia, perdida y recobrada por medio de esos raros contubernios a los que, a veces, suele ser proclive la palabra. Nuestro poeta, muy a diferencia de Fayad, no se encuentra ubicado dentro de los límites convencionalmente preestablecidos de la existencia, su poesía es así mucho más imperfecta, sin embargo, por eso más intensa, sobre todo porque nos recuerda el apotegma que André Breton hiciera de la belleza: “Será convulsa o no será”. Baragaño se ve ubicado en el borde exterior de todos los límites, colocado siempre más allá de cualquier rasgo de prudencia, y, desde ese extrañamiento fundamental, desde ese exilio irreductible, nos habla, mientras recorre sin descanso los peligrosos bordes exteriores de una ciudad amurallada, lo cual se convierte para él en el único modo o gestión humana permisibles. Y esa señalada ineptitud parece establecer el contenido sustancial de su obra y de su extraordinario periclitar. Por tanto, la poemática de Baragaño admite ser leída como una experiencia límite de la existencia y la palabra, pues nace de la mirada en lontananza hacia las planicies indiferenciadas del desierto donde se sitúan las amargas certezas, el gesto iracundo del Job bíblico ante una inhóspita Jerusalén, o frente a un dios que ha negado a los hombres toda bienaventuranza. Indudablemente, José Álvarez Baragaño fue nuestro gran poeta maldito. Su poesía recorre en círculos el camino que va del drama de la existencia individual a la Ciudad de los hombres, a los grandes intereses y necesidades colectivas, aunque percibe que hay en él un golpe irreparable, una herida severa y tangencial que nada ni nadie podrá reparar. La certeza de esa enorme carencia labra su poesía, acaso su razón de ser, y se siente destinado a una Revolución en solitario que, según el primer Octavio Paz, es la revolución del verdadero artista de hoy para luego cargar consigo “el peso desgarrador de la felicidad”. Cuando pensamos en la muerte en 1930 del gran poeta vanguardista ruso, Vladimir Maiakovsky, estamos tocando no sólo un hecho paradigmático, sino una de las regiones más sensibles de la intimidad del artista contemporáneo: ¿por qué se suicidó Maiakovsky? Hay sólo dos opciones, la primera es decir que esa pregunta no tiene respuesta, pues enuncia ese hito de vacío, de absoluta incertidumbre, que se suspende como un misterio sobre la vida de ciertas naturalezas privilegiadas: el poeta se suicidó por la angustia pura de vivir, una suprema insatisfacción que jamás podría resolverse. Sin embargo, la segunda opción nos dice que su muerte pudo ser evitada, que su descenso revela el fracaso de una específica política cultural en tiempos del poder de los soviets. Y supongo es la respuesta verdadera, la que nos deja opciones, la que no se traduce en mera instancia metafísica, ya que parte de la absoluta terrenalidad del artista y de los problemas que, en cada momento particular de la historia, le conciernen. Cuando llegó la Revolución de 1959 se pensó en un mundo nuevo en el que el socialismo resolvería los problemas que para el artista plantea la existencia, y que la propia filosofía del hombre encontraría, en la práctica más vivificante, la respuesta a todas sus preguntas. Hoy sabemos que no fue así. El Che, probablemente en el más conocido de sus textos, El socialismo y el hombre en Cuba, intentó sortear la aguda contradicción que creaba el binomio de un Estado del pueblo y una sociedad asalariada, donde el artista sería un becario estatal y donde, por tanto, su sensibilidad y su inteligencia estarían transadas, de antemano, con todas las bulas que a diario diseña el poder. El socialismo, hasta donde hoy lo conocemos, no ha resuelto los problemas que proyecta desde milenios el tema de la liberación humana —por el contrario, los ha enrarecido—, y el Che fue uno de los escasos líderes revolucionarios mundiales en creer con honestidad en la necesidad real de pensar y resolver ese inobjetable dilema. Si nos atenemos a los Manuscritos económico-filosóficos de 1844 de Carlos Marx, veríamos que el ateísmo filosófico que allí se proclama sólo puede verificarse en la práctica coherente de una filosofía política la cual vindique la soberanía de la autoconciencia no sólo en un plano cósmico, sino en los renglones tanto económicos como políticos de la sociedad. Lo que llamamos angustia metafísica puede ser sólo un modo de cómo encaramos la reflexión sobre nuestro destino individual y el valor que para la vida poseen los significados; mientras la Revolución social que todos esperamos, solamente sería viable si la sentimos cumplirse en cada uno de nosotros; en ese espacio íntimo, discreto pero medular, donde acostumbra a latir la acuciosa sensibilidad del artista y se fragua la soberanía política de la autoconciencia; su antitotalitario ateísmo moral y el fundamento socioeconómico que, sin duda, la sostiene. Cuando André Breton en el México de los años treinta firmó junto a León Trotsky y Diego Rivera el “Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente” estaba intentando tocar las puntas de un triángulo equilátero. ¿Es posible todavía cambiar la vida? Es la pregunta que se hizo Baragaño, es la frase formulada por Rimbaud, es el Rimbaud traducido por Vitier, es el gran proyecto surrealista y las jornadas estudiantiles y obreras del París de Mayo del 68; es el sueño dadaísta de Tristán Tzara en sus interminables partidas de ajedrez con Lenin en el legendario exilio de Zúrich de la segunda década del siglo XX. ¿Por qué, y a pesar de todo, persistimos en apoyar la Revolución de Enero? Porque es nuestra única opción, no hay otras, no habrá otras. Lo que puede haber de carne de mi vida, lo que pude constatar en el corazón de las esencias, es ese sueño postergado, es esa excusa que no acaba (a pesar de la mirada extraviada de los burócratas del mundo, los grises pontificadores de “la verdad revelada”, los adocenados del gesto, el pensamiento y la palabra). Esa teodicea que no llega, esa aventura solar y estos borbotones de sangre jacobina. Ese lejano exilio irremediable —prudente, antiguo, cómodo, burgués— que mi propia mano me deparó un día. Esa vida preterida, ese exilio que no cesa... esa rosa de Rilke deshojada. ** Julio Pino Miyar isla_59_1999@yahoo.com Poeta, ensayista y narrador cubano (Santa Clara, 1959). Radica en Estados Unidos desde 1987. Colabora en calidad de ensayista con prensa escrita de Cuba, Estados Unidos y América Latina. Ha sido prologuista de varios libros de literatura. Escribió las palabras del catálogo del Primer Premio Internacional de Pintura de la Bienal de La Habana de 2001. En 2003 realizó en Tel Aviv una exposición conjunta de fotos bajo el rótulo “El libro de los árboles desnudas”. En 1995 fundó en Miami la revista cultural Los Conjurados. Tiene en La Habana tres libros en proceso editorial. === Dramática de la comunicación humana =================================== === Alfonso Ramírez de Arellano =========================================== ¿Por qué adoptar un enfoque teatral para aproximarnos a la experiencia de la comunicación humana? Cuando los fenómenos que deseamos estudiar son complejos y dependen de muchos factores interdependientes no podemos recurrir a la ciencia tradicional basada en el control experimental de las variables, pero sí podemos recurrir a la “modelización” o a la “simulación” para intentar representar el sistema que deseamos describir. La propuesta consiste en una adaptación del modelo teatral, en su sentido más amplio que abarca desde la dramaturgia hasta la puesta en escena, para representar el fenómeno de la comunicación humana tal y como se da en la práctica. Pero, como dijo Jack el Destripador, vayamos por partes. Antes de hablar de dramática quizá convenga detenernos en la gramática y en la narrativa. Las palabras y las ideas Que el lenguaje estructura el pensamiento es una afirmación que ya nadie pone en duda. No pensamos y después traducimos a nuestro idioma, pensamos en nuestro idioma. La estructura gramatical condiciona nuestro pensamiento y por tanto también la comunicación. Desde este punto de vista podemos considerar al hombre como un “mono gramático”. Ahora bien, los seres humanos articulamos los pensamientos en unidades mayores de significación que la oración gramatical. Desarrollamos textos más o menos largos, historias, discursos con los que describimos, explicamos y damos sentido a la experiencia. En cierto modo podemos considerar que nuestra propia identidad está constituida por la voz del narrador (la voz del que llamamos yo se mantiene a lo largo de la vida) y las historias que (nos) contamos sobre nosotros mismos. Desde esa perspectiva podríamos considerar al ser humano como un “mono narrativo” o un “cuenta cuentos”. Los sentimientos y el cuerpo Por otra parte no sólo comunicamos pensamientos, también transmitimos sentimientos, estados de ánimo, deseos, emociones. La expresión de éstos no depende tanto del contenido del discurso verbal como del corporal. El discurso corporal incluye muchas facetas, unas más voluntarias y conscientes que otras. Abarca manifestaciones involuntarias fisiológicas como el rubor, la palidez, el temblor, la dilatación de las pupilas o su contracción, el erizamiento de cabellos, etc., y, muy probablemente, también determinados cambios hormonales y electromagnéticos que percibimos inconscientemente. Así mismo incluye cambios posturales, movimientos y micromovimientos como los que determinan la expresión facial, además del tono, el volumen, la intensidad y la intención con que expresamos las palabras. Todos esos elementos constituyen un discurso corporal que acompaña al discurso verbal, a veces reforzándolo e ilustrándolo, a veces contradiciéndolo o desmintiéndolo. A través del lenguaje corporal no sólo expresamos las emociones y los sentimientos sino que también establecemos el tipo de relación que entablamos con nuestro interlocutor (amistad, rivalidad, subordinación, bronca, etc.). Con el lenguaje verbal comunicamos contenidos y con el corporal establecemos el marco de relación en el que deben ser entendidos esos contenidos. Además, según lo ha definido el profesor Antonio Marina, los sentimientos pueden ser considerados como proyectos de acción dramática. “Los sustantivos que designan los sentimientos son en realidad planes de acción concentrados, pequeñas historias, dramas con su desencadenante, nudo y desenlace”. Los sentimientos encierran historias potenciales de amor, odio, venganza, celos, etc., cuentan pequeñas historias que nos hablan de nosotros. Conociendo la historia que cuentan es posible que nos conozcamos un poco más a nosotros mismos. Finalmente no cabe ninguna duda de que cuando nos comunicamos en la práctica ingresamos en el terreno de la dramática. El teatro es acción y cualquier acción es comunicación. En el teatro como en la vida es imposible no comunicar, hasta el hecho de mostrar el deseo de no comunicar, por ejemplo mirando para otra parte, emite un mensaje. Cualquier episodio de comunicación es susceptible de ser estudiado como una secuencia o escena desde el punto de vista teatral con la ventaja de que esta perspectiva, al ser más amplia, incluye a todas las demás. Teoría dramática de la comunicación humana La perspectiva dramática permite analizar el fenómeno de la comunicación desde múltiples puntos de vista: desde el punto de vista del texto (lo que se dice) y de la interpretación (como se dice y como interaccionan los personajes); desde el punto de vista del contexto ambiental (el escenario y la escenografía) y de la historia (el conjunto de la obra); desde el punto de vista de quien lo cuenta (narrador-dramaturgo) y de quien lo ve (espectador). Eso sí, hay que tener en cuenta que en la vida real cada persona ejerce simultáneamente varios de estos roles. Somos actores y dramaturgos en interacción dentro de un escenario en una obra en curso. También somos espectadores (interiores y exteriores) de la obra a la que asistimos y en la que participamos. Por su amplitud interdisciplinar la dramática nos permitiría comprender las escenas que se desarrollan en la práctica y las que se desarrollan en el interior, ya que también el discurso autorreferencial y el de los sentimientos, como hemos visto, poseen una estructura dramática. Teniendo en cuenta todos estos niveles podríamos aventurar una definición de ser humano como un “mono dramático” u “homo dramaticus”. Esta teoría permite desarrollar múltiples aplicaciones tanto en el campo de la psicología como del teatro. Veamos algunas de ellas: El actor: atleta de las emociones Gran parte de la complejidad de la comunicación humana procede de la existencia de estos dos tipos de lenguajes, dominado cada uno por leyes diferentes. El lenguaje verbal está sometido a leyes formales muy precisas que codifican su significado y su funcionamiento. Se puede hablar de un uso correcto o incorrecto del mismo y puede llegar a ser tan específico en su significado que prácticamente excluya la posibilidad de malentendidos mediante el uso de un tipo de lenguaje técnico o científico. En el caso del lenguaje corporal también existe un código pero es mucho menos unívoco. A cierto nivel está grabado genéticamente en la especie. Las expresiones de alegría, tristeza, ira, sorpresa, asco, miedo y desprecio son universales e independientes de la cultura a la que se pertenezca y resulta casi imposible mentir sobre ellas (excepto a los actores). Todo lo demás, los gestos con las manos, incluso si reprimimos la expresión de determinadas emociones o no, lo aprendemos de nuestro entorno y varía en función de las personas. El lenguaje verbal está relacionado con el contenido que queremos transmitir voluntariamente (aunque contenga elementos inconscientes como explica el psicoanálisis) y el corporal manda mensajes voluntarios e involuntarios sobre el tipo de relación que establecemos con nuestro interlocutor además de sobre nuestro estado psicofisiológico. Ambos operan simultáneamente, a veces se complementan y otras, como hemos dicho, se contradicen. Del lenguaje verbal hay muchos expertos (semiólogos, lingüistas, filólogos, psicólogos, etc.), pero del lenguaje corporal, del lenguaje de las emociones y las relaciones no hay expertos, todos creemos entenderlo de manera natural, sin embargo es el que produce mayores malentendidos (sobre todo en conjunción con el verbal). Quizá el único experto sea el actor, ya que su trabajo consiste en el dominio del lenguaje corporal en su sentido más amplio (que, no lo olvidemos, incluye la forma en que se dicen las palabras). El actor no puede modificar el texto del dramaturgo, sólo puede interpretarlo. La interpretación actoral es el arte o la técnica de la comunicación corporal, llegando los mejores a modificar su propia fisiología durante la representación. Si queremos avanzar en el conocimiento del lenguaje corporal humano deberíamos trabajar con actores y directores de actores. Lo que ocurre es que se trata de un conocimiento experto no codificado. Foucault denominaba conocimiento subyugado a un tipo de saber —erudito o popular— que por diversos motivos no ha alcanzado el estatus de conocimiento científico socialmente reconocido. Con frecuencia el actor no será consciente de hasta qué punto ha adquirido conocimiento sobre el funcionamiento de la comunicación humana a través del desarrollo de su técnica. Por ejemplo, el actor es un virtuoso del uso de los llamados “axiomas de la comunicación humana” desarrollado por Watzlawick en su “Teoría de la comunicación humana”, que hacen referencia a la dificultad de combinar los dos lenguajes, a lo que cada uno transmite, a la imposibilidad de no comunicar, a las relaciones de complementariedad y simetría que se establecen entre los interlocutores, a cómo cada uno de los interlocutores puntúa (interpreta) el texto desde su punto de vista, etc. Pero el actor, aunque las domine, las llamará de otra manera y las utilizará fundamentalmente al servicio de su arte. Hay mucha sabiduría acumulada en el oficio de actor y de director de actores esperando ser rescatada para la psicología, la antropología, la semiología y la psicoterapia. Los géneros teatrales y la dinámica sentimental Los géneros teatrales clásicos: comedia, melodrama, tragedia, farsa, tragedia, etc., poseen una dinámica afectiva propia que Bentley ha sabido describir extraordinariamente en La vida del drama. Según el autor constituyen modos de asumir una posición frente a la experiencia vivida por el autor y por los espectadores. Así resulta que el melodrama se mueve entre la piedad y el temor haciendo referencia en última instancia a la dinámica de la autocompasión. El drama social gira en torno a la injusticia y a la necesidad que todos tenemos de ser inocentes o al menos de justificarnos. El sentimiento vertebrador de este género es la ira. La tragedia gira en torno al destino, al fatum, a la dinámica del sufrimiento y a la capacidad de soportarlo. La tragicomedia suele ser el género de soporte del teatro del absurdo que versa sobre la sinrazón, el nihilismo o la locura. Con la comedia y la farsa podemos burlarnos del poder, ridiculizarlo, y también podemos ser educadamente despiadados o descaradamente vengativos, eso sí, con una sonrisa en los labios. Es imposible resumir en pocas líneas las características técnicas y psicológicas de los géneros, sus dinámicas, sus pasos y sus efectos sobre el espectador. Una aplicación de esta teoría la desarrollé en mi artículo “Drogodrama y dramadependencia”, donde se clasificaban historias de vida de drogodependientes según el género al que pertenecían, el modo en que afectaban al psicoterapeuta (dramavulnerabilidad del espectador) y los procedimientos de los que éste se valía para modificar el drama (codramaturgo/actor/director de puesta en escena). Quedémonos con la idea de que cada género tiene unas características formales y un desarrollo previsible, de tal manera que si podemos identificar el género del drama en el que estamos metidos o al que asistimos podemos contar con cierta ventaja. Sin olvidar que algunas personas viven un drama desde su infancia y que para otras la vida cotidiana tiene mucho que ver con el llamado realismo social, la mayor parte de nuestra vida la pasamos en un tipo de obra que podría catalogarse como de costumbrismo burgués, salpicado aquí o allá por algunas pinceladas épicas o líricas para el recuerdo. Ahora bien, en momentos determinados de nuestras vidas, salimos del costumbrismo y nos embarcamos en dramas románticos —nos enamoramos—, en el género de aventuras o plantamos cara al jefe y a la organización sumergiéndonos en el drama social. En esas ocasiones no solemos darnos cuenta de que seguimos escrupulosamente los pasos marcados por el género en el que estamos inmersos sobre todo por su dinámica afectiva. Este no darnos cuenta puede formar parte de su encanto. Por ejemplo si fuésemos realistas, prudentes y ponderados respecto a esa persona que amamos, sencillamente no estaríamos enamorados. Pero en otras ocasiones sí es un problema porque vivimos la situación con sufrimiento y no sabemos cómo salir de ella o superarla, por ejemplo los casos de mobbing que en vez de concluir con el juicio del acosador (drama social con jurado popular) evoluciona como un thriller psicológico de pesadilla para la víctima. Los géneros teatrales pueden ofrecernos orientación en determinados conflictos personales. Primero sabiendo en qué clase de lío nos hemos metido. Un error muy habitual es confundir la tragedia con el melodrama. Cuando todo sale mal, cuando todos están contra nosotros (trama paranoica), cuando somos los únicos que ponemos de nuestra parte sintiéndonos como auténticos héroes, en general estamos comportándonos como personajes de culebrón que se compadecen de ellos mismos. La prueba la tenemos cuando la tragedia de verdad hace acto de presencia en nuestras vidas convirtiendo en insignificantes todas nuestras quejas anteriores. Y segundo, porque conociendo el tipo de dinámica en el que estamos inmersos (y su previsible desenlace) aumentan las posibilidades de modificarla. A veces un pequeño detalle produce un cambio de género: entre el terror y la risa hay un paso y entre el melodrama y la tragedia también, una broma a destiempo del bufón puede dar con sus huesos en la cárcel. El espectador, el dramaturgo y la dramaterapia Un elemento nada despreciable es la perspectiva del espectador. Cuando el dramaturgo escribe cualquier pieza dramática lo hace pensando en la reacción del espectador. O sea, ante una tragedia el espectador se verá sobrecogido ante el destino del hombre o se identificará con el héroe, ante el melodrama se verá agitado sentimentalmente y conmovido hasta las lágrimas, ante la comedia y la farsa se reirá y quizá se vengará de los poderosos, ante el drama social se despertará su sed de justicia o de venganza o le hará reflexionar sobre su cobardía, etc. Pero en la vida el asunto se complica porque somos espectadores de nuestro drama y del que representan para nosotros involucrándonos. Además practicamos dos niveles, uno exterior como actores y otro interior en el que juzgamos e interpretamos lo que ocurre. El incalculable valor de la teoría de los géneros de Bentley es que nos permite saber en qué clase de género estamos inmersos a través de los sentimientos que moviliza en nosotros como actores y como espectadores. Combinando la mirada y el saber hacer del dramaturgo, del director de escena y del actor, podemos intervenir sobre un drama en curso para intentar modificarlo si es que resulta doloroso o insatisfactorio para su protagonista. Dramaterapia, podríamos llamar a ese procedimiento. A su vez, combinando la mirada y el saber hacer de psicoterapeutas (particularmente los que trabajan con familias que han desarrollado una visión muy teatral) y antropólogos, sería posible mejorar la puesta en escena de las obras dramáticas ayudando a todos sus artífices pero particularmente a los actores, directores de actores y de puesta en escena. ** Alfonso Ramírez de Arellano aramirez@diphuelva.org Psicólogo español, especialista en psicología clínica y psicoterapia de familia. Ha trabajado como actor y director de teatro. Actualmente desempeña sus funciones en el ámbito de las drogodependencias, en el que ha recibido el premio Reina Sofía 1989 y Mención de Honor 2008. Además recibió el premio al mejor artículo de 1996 de la revista europea Ítaca por su trabajo “Drogodrama y dramadependencia” y fue finalista del premio periodístico Enrique Ferrán. Compagina la publicación de relatos en revistas literarias con artículos de divulgación científica en prensa diaria. Es autor de los libros Actuar localmente en (drogo)dependencias (GID), Problemas emergentes en jóvenes y adolescentes (CSZ) y Manual de supervivencia del empleado público o cómo defenderse del político de turno (Almuzara), así como de diversos capítulos y colaboraciones en libros y manuales. Colabora habitualmente con los medios del Grupo Joly (Diario de Sevilla, http://www.diariodesevilla.es). También ha publicado relatos y artículos en las revistas El Ciervo (http://www.elciervo.es), Cuadernos para el Diálogo y El Siglo que Viene. === Carlos Fuentes en el umbral de las certezas =========================== === Los Cuentos sobrenaturales Alejandro José López Cáceres ========== 1 ¿Y qué hacer con lo fantástico? Por lo pronto, prolongarlo; o sea, diluir las certezas todo el tiempo que sea posible. Porque, conviene decirlo explícitamente, tanto las seguridades como las convicciones, lo anulan. En las artes narrativas, el sentido de lo fantástico está ligado a la necesidad de tomar distancia frente a las certidumbres. Pero, ¿respecto de qué? De los acontecimientos, de lo ocurrido; es decir, de lo constitutivo del relato. Sin embargo, antes ha de pasar algo que ponga todo en entredicho: un evento sobrenatural, un hecho que desafíe las lógicas que rigen la verosimilitud realista. Frente a un suceso de esta suerte, los personajes —y con éstos, el lector— incursionarán en la perplejidad: ¿cómo asimilar aquello que escapa al funcionamiento natural del mundo? Esta duda, justamente, es lo fantástico. De allí que cualquier tentativa por salir de ella tienda a suprimirlo. Y son dos las opciones. Si se acepta que el universo narrado está regido por lógicas alternas, por leyes que distan del modo en que funciona la realidad que conocemos, ingresamos al mundo de lo maravilloso, al mejor estilo de los cuentos de hadas, por ejemplo, donde los ratones se vuelven corceles y la calabaza, carroza. El otro camino para derogar lo fantástico es explicar el evento en cuestión. Resulta que no era tan insólito como parecía, sino que obedecía a ciertos procedimientos que no tuvimos en cuenta: la imagen en la pared estaba siendo proyectada por un rayo de sol reflejado en un cuarzo que no habíamos echado de ver; entonces, lo que conjeturamos sobrenatural no es más que un caso extraño. Tales son las orillas cognitivas que circunscriben lo fantástico. En su excelente estudio sobre el tema, Tzvetan Todorov nos dice: (...) lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre. En cuanto se elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño o lo maravilloso (...); lo fantástico no dura más que el tiempo de una vacilación: vacilación común al lector y al personaje, que deben decidir si lo que perciben proviene o no de la “realidad” tal como existe para la opinión corriente (1). Esta caracterización de un género literario está inserta, por supuesto, en un momento histórico; y obedece a dinámicas culturales complejas. Inevitablemente, la literatura dialoga —debate— con la sociedad y el tiempo en que se produce. En este caso, lo fantástico es fruto del siglo XIX, una época fascinada con la idea del progreso, obnubilada por los desarrollos industriales a que fue llevando el proyecto racionalista. Así como la expresión más característica de esta actitud podemos hallarla en el positivismo de Comte —a través de su manifiesta fe en la ciencia como único medio válido para alcanzar el conocimiento—, también desde el ámbito de la literatura hubo una respuesta en sentido contrario: hay fenómenos que no se dejan captar de este modo, eventualidades de difícil definición que obligarían a reconsiderar los alcances absolutos del método científico. El género fantástico corresponde, precisamente, a este tipo de reacción. Un ejemplo narrativo muy preciso de esto podemos hallarlo en “El horla” (1883), de Maupassant. En este relato, tanto la peripecia de su protagonista, como el desenlace, están ligados a la incomprensión surgida de un fenómeno que reclama explicaciones: el vaso de agua que el personaje deja en su nochero amanece cada vez vacío; pero él no tiene consciencia de habérselo bebido. ¿Qué ocurre entonces? Mediante sucesivos experimentos, este hombre procurará esclarecer los hechos. La incertidumbre que proviene del desconcierto constituye la esencia de lo fantástico, del modo como nos ha sido explicado por Todorov. 2 Los alcances de la literatura fantástica se han prolongado también a los siglos posteriores, incorporando las inquietudes de nuevos tiempos y autores. Detengámonos a comentar un libro de aparición más bien reciente, del escritor Carlos Fuentes (1928), muy apropiadamente titulado Cuentos sobrenaturales (2). En este volumen se presenta un buen muestrario de las narraciones fantásticas escritas por el mexicano a lo largo de su vida. Los nueve relatos que lo integran tienen procedencias diferentes, que podríamos señalar en cuatro grupos. El primero de ellos lo conformarían los cuentos que fueron publicados en el libro inicial de Fuentes: Los días enmascarados (1954). Corresponden a dicho origen cuatro cuentos: “Chac Mool” —sin duda, el mejor logrado de aquella colección—, “Tlactocatzine, del jardín de Flandes”, “Por boca de los dioses” y “Letanía de la orquídea”. La segunda raíz la constituye el libro “Cantar de ciegos” (1964), del cual proviene “La muñeca reina”. El tercer orden corresponde a las historias que habían permanecido inéditas hasta ahora: “Pantera de jazz”, “El robot sacramentado” y “Un fantasma tropical”. Finalmente, cierra el tomo una novela corta o nouvelle, considerada ya un clásico de la literatura latinoamericana: Aura (1962). Mirada en la perspectiva de las décadas, resulta curiosa la primera recepción que tuvo el libro de 1954 en México. Aquellos eran años en que la crítica latinoamericana se hallaba inmersa en los dictámenes obtusos del llamado “realismo socialista”, desde el cual se exigía una postura consecuente de parte de los autores; es decir, el drama del escritor comprometido con las grandes transformaciones revolucionarias estaba a la orden del día, así que se exigía de las obras una retórica de denuncia frente a las injusticias sociales —como hoy sabemos, esto derivó en arrumes de libros panfletarios repletos de buenas intenciones y magros en calidad literaria. Un argumento peregrino tomó fuerza en tal contexto: la literatura fantástica es una escritura de evasión. En el puntual estudio que hizo Rafael Olea Franco sobre este tema, aplicado concretamente al caso mexicano de aquellos años, aparecen citados varios de los más enconados detractores de Carlos Fuentes, quienes se ensañaron con su opera prima (3). Retomemos ilustrativamente a uno de ellos, José Luis González, quien escribió un ensayo —publicado en el suplemento de México en la Cultura, el 28 de agosto de 1955— en el cual se lee lo siguiente: La “literatura fantástica” artepurista de que venimos hablando ha surgido en los momentos en que la intelligentzia burguesa ya no puede darse el lujo de mirar de frente a la realidad, porque la realidad sólo puede revelarle que sus días están contados. No se trata, pues, de una manera “distinta” y “superior” de expresar la realidad; se trata lisa y llanamente de no expresar la realidad. La “literatura fantástica” de nuestros días es la literatura del avestruz (4). Estas diatribas simplistas muestran una extraña tergiversación respecto del género, aun en caso de que alguien aceptara hoy el requerimiento aquel que formulan a la literatura. Porque lo fantástico puede proveer un efecto demoledor sobre realidades sociales injustas o anómalas, y esto sí que podía verificarse en el México de la época. Recordemos que la primera edición del Confabulario de Juan José Arreola se publicó en 1952 —en ella se incorporaba ya, por ejemplo, esa obra maestra de la ironía y la parodia titulada El guardagujas. Pero incluso referidas al libro de Fuentes, dichas invectivas evidencian, como mínimo, incomprensión. Difícilmente habría podido él sustraerse a las grandes preocupaciones que regían a los escritores de su país en aquel entonces, cuya principal obsesión estaba referida al tema de la identidad mexicana. De hecho, éste es el asunto que se halla en el fondo de los seis relatos que integran Los días enmascarados. Podríamos decir, sí, que la factura de estos cuentos es desigual; sin embargo, acusarlos de evasivos constituye una calumnia, pues, como anotaba Luis Harss, en ellos hay “una primera reverencia a los mitos perdurables del pasado mexicano que siguen vigentes en la vida moderna” (5). Hechas estas claridades, procedamos a ocuparnos de los cuatro relatos que dicho libro le aporta a la colección Cuentos sobrenaturales. 3 Habíamos destacado ya la calidad literaria de “Chac Mool”. Esta narración debe su título a aquella figura mítica que aparece en las culturas precolombinas mesoamericanas asociada a Tláloc, dios de la lluvia. Se han hallado muchas de estas esculturas con forma de hombre. Su disposición —se le ve acostado, apoyado en los codos y, con las manos, sosteniendo sobre su vientre una especie de plato— ha dado lugar a que se le tome por piedra de sacrificio o por recipiente para los corazones de las víctimas rituales. El cuento de Fuentes nos trae la historia de Filiberto, un burócrata que aparece ahogado en Acapulco, cerca de la pensión alemana donde acostumbraba alojarse en las vacaciones de Semana Santa. El narrador, un compañero de oficina, se dispone a llevar el cadáver de regreso a la ciudad de México. Al recoger sus pertenencias da con un cuaderno en que el difunto llevaba una especie de diario, de modo que durante el viaje acomete la lectura —intenta averiguar, dice, por qué había cambiado Filiberto su conducta y las razones para que fuera despedido recientemente de su trabajo. Así, mediante citas directas del manuscrito, nos damos cuenta de lo ocurrido durante los días anteriores al deceso. Nos enteramos de que, siendo aficionado a coleccionar arte indígena mexicano, este personaje había conseguido un Chac Mool de piedra, en tamaño natural. Una serie de eventos insólitos empiezan a sucederle tras llevar la escultura al sótano de su casa: la tubería se descompone varias veces, con lo cual se inunda el depósito; las aguas lluvias cambian su rumbo habitual y se desvían hacia el subterráneo; se escuchan quejidos en la vivienda; en fin, la paz cotidiana de Filiberto se ha esfumado y su desempeño laboral, desmejorado. Entonces descubre que, al contacto con el agua, la textura del ídolo se ha transformado hasta personificarse: “Tendré que ver a un médico, saber si es imaginación, o delirio, o qué, y deshacerme de ese maldito Chac Mool” (6). Hasta que, poco después, tenemos a la deidad integrada por completo a la vida del protagonista, aunque no armónicamente. Apoderado ahora de la residencia, ejerce una tiranía implacable sobre el anfitrión, quien escribe: “Debo reconocerlo: soy su prisionero” (7). Filiberto es obligado a acarrear agua permanentemente —al quedarse sin trabajo, no pudo pagar más los servicios; así que le fueron cortados. Cansado de atender las demandas inagotables del intruso, consigue huir a su acostumbrada estancia vacacional. Finalmente, cuando el narrador llega a la casa con el cadáver, alguien abre la puerta: “Apareció un indio amarillo, en bata de casa, con bufanda. Su aspecto no podía ser más repulsivo (...)” (8). La criatura lo exime de cualquier explicación y le indica dejar el féretro en el sótano. Además de su entretenida estructura de inversión —los roles de Filiberto y el ídolo terminan trocándose—, este cuento desarrolla, a su manera, el mítico tema del creador y su criatura, cuyo paradigma se encuentra en la historia de Pigmalión y Galatea. En la literatura fantástica del siglo XIX éste fue un motivo recurrente, incluyendo sus variables, y dio lugar a obras maestras como Frankenstein o el moderno Prometeo (1818, 1831), de Mary Shelley. Hemos de aclarar, eso sí, que la figura del creador ha sido reemplazada en el relato de Fuentes —aquí tenemos a un personaje que es coleccionista de obras del pasado. Pero los elementos que nos da el arquetipo pueden ser muy dicientes para efectos de interpretación. Recordemos que la preocupación temática referente a la identidad mexicana está en el trasfondo de “Chac Mool”. Por otra parte, en el entramado del mito, la naturaleza de la criatura siempre obedece a las obsesiones del creador: Galatea, a la búsqueda de la perfección femenina que orientaba a Pigmalión; el monstruo, al empeño del doctor Frankenstein por originar vida. Pues bien, la filiación a los ritos de sacrificio que tiene el ídolo en la narración de Fuentes resulta muy reveladora. El propio autor, al hablar de Los días enmascarados, le dijo a Luis Harss: (...) el pasado pesa terriblemente, porque aunque triunfaron los conquistadores, los españoles, México es el único país que por su secuela política e histórica ha dado el triunfo a los vencidos (...). En México un héroe sólo es héroe si está muerto. Si el señor Francisco Madero, el señor Emiliano Zapata o el señor Pancho Villa viviera hoy y estuviera metido en la mordida haciendo negocios, ya no sería héroe, ¿verdad? Son héroes porque fueron sacrificados. En México el único destino que salva es el destino del sacrificio... (9). Hacia el comienzo del diario que lleva el protagonista se lee el resumen de una conversación que éste sostuvo con un amigo suyo, el “teórico” Pepe, la cual concluye precisamente así: “Y todo en México es eso: hay que matar a los hombres para poder creer en ellos” (10). Esta afirmación calamitosa prefiguraba ya el destino literario del pobre Filiberto. En lo que toca al tema de la incertidumbre en tanto elemento constitutivo de lo fantástico —como estilaban los escritores decimonónicos—, el relato de Carlos Fuentes toma sus previsiones. Como hemos indicado atrás, el coleccionista no da crédito inicialmente a la personificación paulatina de su Chac Mool. Pero incluso cuando ésta ya es un hecho dado en la historia, estamos insertos todavía en una estrategia que relativiza cualquier certeza: dicho fenómeno está siendo contado en un diario; es decir, aún se puede atribuir tal despropósito a un desvarío del personaje. En efecto, así lo hace el narrador hasta último momento: “De ahí a México pretendí dar coherencia al escrito, relacionarlo con exceso de trabajo, con algún motivo psicológico. Cuando a las nueve de la noche llegamos a la Terminal, aún no podía concebir la locura de mi amigo” (11). Con todo, hay que anotar que la indagación de lo fantástico llevada a cabo por Fuentes a lo largo de sus obras dialoga con diferentes paradigmas y modalidades —tanto de la antigüedad como de los siglos XIX y XX—, lo cual puede advertirse en los otros cuentos de este volumen. Por lo pronto, permitámonos destacar dos características de esta ficción que son, al mismo tiempo, constantes en la escritura de su autor. De una parte, el recurso al mito; de otra, la asunción plena de esa doble matriz que constituye la identidad cultural mexicana: la tradición indígena y la europea. 4 Reseñemos lo que sucede con las demás historias procedentes de “Los días enmascarados”. La narración que se titula “Tlactocatzine, del jardín de Flandes” posee muchos elementos del relato gótico, a la manera como fue adoptado durante el Romanticismo; de hecho, transcurre en una “vieja mansión del Puente de Alvarado, suntuosa pero inservible, construida en tiempos de la Intervención Francesa” (12). En esta ficción, también escrita en forma de diario, se presentan otros rasgos de dicho modelo: la aparición de una figura de naturaleza incierta, una anciana espectral; o la fábula de un amor enfermizo, ruinoso, entre la misteriosa mujer y el joven protagonista, quien ha quedado prisionero en aquel caserón (13). Vale la pena apuntar que el argumento aquí contado prefigura claramente el que se desarrollará de modo más profuso y excepcional en Aura, que es la obra maestra de Carlos Fuentes en el género fantástico. Y no es ésta una simple coincidencia. Ambas historias están inspiradas en la trágica figura de Carlota, la esposa de Maximiliano de Habsburgo, cabeza del Segundo Imperio Mexicano (1863-1867), quien fuera fusilado tras el triunfo de Benito Juárez. En este relato, como indicara José Emilio Pacheco, “comienza la fascinación de Fuentes con Carlota de Bélgica, que ya ha durado cerca de medio siglo y todavía está lejos de agotarse. El problema más serio a que se enfrenta el novelista mexicano es tener una historia que la realidad ha dispuesto de la manera más literaria y con una construcción dramática digna de Sófocles” (14). “Por boca de los dioses” es un cuento demasiado experimental; es decir, hasta el punto de dificultarle al lector, en exceso, la reconstrucción de la trama. Quizás podríamos afirmar que se trata de un relato onírico, pues el derrotero que rige su imagen del mundo es la sintaxis del sueño o del delirio. Hay aquí un hálito surrealista muy fuerte, que se evidencia en el discurso y que se anuncia desde el inicio, con la referencia a las obras de Chirico y Dalí. Sara Poot Herrera lo plantea de este modo: “El surrealismo de la pintura ha contagiado la técnica de la narración de este cuento. La representación artística, la pintura, absurdamente, invade la realidad, invadida a su vez por otras presencias” (15). En este cuento se recrea uno de los temas tradicionales de lo fantástico: la autonomía de las partes del cuerpo —la boca, en este caso— hasta la disolución de la identidad del sujeto. Pero es un texto difícil de seguir debido a que la historia, prácticamente, ha sido escamoteada; por eso nos atrevemos a afirmar que es el menos logrado de la colección. También la veta del realismo mágico ha sido explorada por Fuentes. Nos referimos, en este caso, a lo que sucede en “Letanía de la orquídea”, el último relato que el libro de 1954 le aporta al volumen que nos ocupa. Las trazas de este modo de representación literaria —tan cara a la narrativa latinoamericana de mediados del siglo XX— están ligadas a la convivencia, en la realidad, de lo fabuloso y lo natural. Y hablamos de una avenencia plenamente armónica, destinada a poner en entredicho los criterios de verdad con que se ha regido la modernidad occidental, orientada a ensanchar los espectros de lo cierto y lo posible. Para decirlo en palabras del crítico norteamericano Seymour Menton: “El realismo mágico consiste en la introducción en la realidad cotidiana de un toque mágico mediante la aceptación sin emociones de parte de los protagonistas de un suceso extraordinario” (16). En este cuento, Fuentes nos trae las vicisitudes que le sobrevienen a Muriel, un personaje que acaba de despertarse en una Panamá fustigada por la lluvia. Le ha empezado una fuerte comezón en la rabadilla: “Rascarla, la acrecentaba. Era algo más... una bola que parecía cobrar autonomía del resto del cuerpo” (17). Poco después, cuando se asoma al espejo, descubre algo inaudito en su propia anatomía, un fenómeno que le cambiará la vida y determinará sus peripecias ulteriores. Nos dice el narrador: “Ya no era posible rascar sin ultrajes, y al minuto, sin quebrar: los pétalos de amarillo y violeta, el metal informe del polen, el tallo bulboso: había nacido una orquídea, perfecta, de abandonada simetría, lánguida en su indiferencia al terreno de su germinación” (18). 5 Después de una década sin retornar al género cuentístico y luego de incursionar exitosamente en la novela, Carlos Fuentes publicó en 1964 una colección de siete relatos titulada Cantar de ciegos. De allí proviene un texto de excepcional calidad literaria que ha sido integrado a los Cuentos sobrenaturales. Se trata de “La muñeca reina”. Curiosamente, no hay en éste ningún elemento sobrenatural, lo cual haría que su consideración en el género fantástico fuese puesta en entredicho, si seguimos los planteamientos de Todorov al respecto. Aquí estamos más precisamente frente a la historia de una remembranza imaginativa. El narrador, Carlos, a partir de un pequeño papel que halla inserto en un libro, decide revisitar el jardín al cual acudía a leer cuando tenía catorce años, el mismo en que solía presentarse Amilamia, una niña de siete —la autora de la nota infantil—: “Amilamia no olbida a su amiguito y me buscas aquí como te lo divujo” (19). En el presente Carlos tiene ya veintinueve y ha concluido una carrera universitaria. Este detonante de la memoria lo llevará a buscar aquella estancia de su pasado y a descubrir el modo en que no coinciden las cosas cuando se compara lo que se añora con las evidencias que muestra el presente. Y ahora, casi rechazando la imagen que es desacostumbrada sin ser fantástica y por ser real es más dolorosa, regreso a ese parque olvidado y, detenido ante la alameda de pinos y eucaliptos, me doy cuenta de la pequeñez del recinto boscoso, que mi recuerdo se ha empeñado en dibujar con una amplitud que pudiera dar cabida al oleaje de la imaginación (20). El protagonista decide acatar las instrucciones del papel y, pasados tantos años, buscar a Amilamia. A partir de ese momento, la anécdota adoptará los ingenios de una ficción policial, pues los dos ancianos que custodian la casa que corresponde a las indicaciones se comportan de modo hostil con Carlos. Resulta tan amena como notoria la pericia narrativa que despliega el autor en este relato. Con razón Luis Harss, al comentar Cantar de ciegos, dijo que “contiene algunas de las mejores páginas de Fuentes”, y agregó: “El cuento además se presta idealmente a la pirueta brillante que siempre tienta a Fuentes. Es el arte de la baraja y del torniquete, y nadie lo sabe mejor que él, que maneja la forma como si la hubiera inventado” (21). Este es un aserto que aplica muy especialmente para “La muñeca reina”, donde el lector se verá gratificado por la fusión plena del ingenio y la imaginación, donde podrá seguir las pesquisas y fingimientos de Carlos para dar con Amilamia, donde incluso el final —doble— lo sorprenderá una vez y otra. Como si dijéramos: sin renunciar a sus búsquedas más entrañables —el tema de la identidad mexicana, los avatares del tiempo y la aventura formal del lenguaje—, Fuentes opta aquí por divertir, por entretener al lector. Seguramente fue por esto que, en su momento, el novelista chileno José Donoso —a quien le fuera dedicado, junto con su esposa María Pilar, este relato— se refirió a la aparición de aquel volumen en estos términos: Hasta ahora, Carlos Fuentes había trabajado dentro de las más puras tradiciones novelísticas latinoamericanas: barroquismo de estilo y de estructura, ambiciones de definición y de generalización, movimientos épicos y cierta encubierta pedagogía, todo esto en una versión nueva y brillantísima de lo tradicional expresado a través de una interpretación de las enseñanzas formales de los grandes novelistas experimentales contemporáneos. Pero en Cantar de ciegos, su nuevo libro de relatos, Fuentes corta amarras con la tradición en que se injertaba y se rebela contra su prisión en lo histórico y en lo “serio” (22). Nos quedaría aún por resolver el interrogante sobre la inclusión de esta narración en una antología de cuentos fantásticos. La verdad es que, aun cuando todas las acciones contadas corresponden a situaciones perfectamente probables en la realidad, “La muñeca reina” nos introduce en un mundo oscuro y decadente, en un domicilio enfermizo, poblado de personajes más bien repulsivos; es decir, la atmósfera asfixiante nos vincula con los decimonónicos relatos de misterio. También es cierto que la historia está configurada con giros inesperados y hechos extravagantes. En otras palabras, si bien no se dispone aquí de lo sobrenatural, el entorno propicia la sensación de lo tenebroso, al mejor estilo del relato gótico. 6 Hay motivos universales —de carácter mítico— que se reiteran en las diversas tradiciones de lo fantástico, como la metamorfosis. En él se sintetizan las contradicciones de la identidad, ese conflicto que se cifra entre el cambio y la permanencia. Pero entre las muchas direcciones posibles de este tránsito, de esta mudanza, quedémonos por lo pronto con aquella que implica degeneración, perversión. En su fascinante estudio sobre el tema, José Jiménez comenta los planteamientos de Hegel en sus “Lecciones sobre estética” y nos recuerda que, para el filósofo alemán, el modo como los modernos conciben la metamorfosis está ligado a una degradación. Y ésta procede, justamente, de la culpa, de la imposibilidad de evitar la culpa; es decir, de la caída, en el sentido cristiano. Nos dice Jiménez que se trata de una “degradación que lleva a perder ‘la libertad de la vida espiritual’ y a la transformación en el ser ‘sólo natural’: animal, roca, flor, fuente..., pero no sin motivo: ‘por una falta, una pasión, un crimen han incurrido en culpa infinita o en dolor infinito’ ” (23). Entonces, sobreviene la metamorfosis. Exactamente esto es lo que le sucede al protagonista de “Pantera en jazz”, el primero de los tres inéditos que aparecen en el libro Cuentos sobrenaturales. Se trata de un hombre que vive solo en un pequeño apartamento, quien “lee el diario al mismo tiempo que escucha un gruñido tras la puerta del baño. Los encabezados anuncian atrevidamente, con tintas oscuras: una pantera negra se ha escapado del zoológico” (24). Los ruidos del animal acompañarán el periplo del personaje, pero él ni se asomará a esa puerta ni le comunicará a nadie aquella insólita presencia que se hará cada vez más fuerte en su vida. Simultáneamente, el protagonista saltará de una trasgresión a otra; o sea, se irá degradando en sus acciones hasta llegar a la comisión de un crimen atroz: “Nada podía ocurrir, sólo que él, el hombre, se tornara en bestia también, bestia capaz de cohabitar con la otra, siempre invisible, bestia en el baño” (25). Ahora bien, aunque en ningún momento esto se diga de manera explícita en el relato de Fuentes, el delito final tiene indudables alusiones simbólicas de carácter sexual. El registro de la ciencia ficción aparece también en la obra cuentística del maestro mexicano. Pero lo encontramos matizado por un tono acusadamente paródico. Así puede leerse en el segundo relato inédito del libro que estamos considerando, el cual se titula “El robot sacramentado”. Aquí una cohorte de estas perfeccionadas máquinas, llamada la generación “Cratilo”, entra en rebelión contra Dios Padre, quien, a todas éstas, ha pasado a ser el administrador de una lucrativa empresa turística cuya razón social es Paraíso Inc. ¿El motivo? Ninguno tiene nombre: la multinacional que los fabricó se ha limitado a rotularlos con un número de serie —el asunto nuclear de la historia está aludido igualmente desde el texto de Platón dispuesto como epígrafe: “¿Qué es primero? ¿El nombre, o la cosa?”. La cuestión se complica, pues estas desarrolladas inteligencias artificiales empiezan a captar diversas sensaciones, especialmente ante estímulos de carácter culinario; de tal suerte, a través del gusto, terminan estableciendo filiaciones de carácter nacional. “De este modo surgió la duda: ¿tenía la nueva generación, producto de la tecnología supranacional anónima, gustos nacionales atávicos?” (26). En esta pintoresca sátira en la que incluso Adán y Eva han sido involucrados, nos topamos además con una divertida y continua caricaturización de las diversas idiosincrasias que participaron en la fabricación de los robots: A los japoneses les interesó sobremanera que esta asimilación del robot a las funciones cerebrales humanas no significase una pérdida de las virtudes propias de las anteriores generaciones de robots; a saber: la exactitud y la velocidad, la repetibilidad y, sobre todo, la resistencia a la fatiga. A los franceses, en cambio, les bastó con asegurar que los nuevos robots cerebrales tuviesen coherencia lógica en el acto racional de reconocer, manipular y clasificar objetos. Fueron los alemanes quienes, al cabo, exigieron y obtuvieron que, además de estas funciones tradicionales, la generación de robots, para serlo, obedeciese a impulsos metafísicos (27). Y como suele suceder en la narrativa de Carlos Fuentes, los distintos elementos del relato contienen referencias, más o menos evidentes, orientadas a ensanchar la significación de lo que se cuenta. Ilustrémoslo: los números de serie no sólo sirven para diferenciar a los robots sino que, además, destacan fechas cruciales en la historia de la nación con la cual se identifican. Así, el francés corresponde a la cifra 04961789 —si la descomponemos, tendremos 0496: año en que el rey Clodoveo se convirtió al catolicismo, con lo cual se transformó el devenir de Francia; y 1789: año de la Revolución Francesa. El alemán tiene el número 15171871 —de una parte, 1517: año en que Martín Lutero clavó en el Castillo de Wittenberg el pergamino con sus 95 declaraciones contra las indulgencias y los gobernantes de la Iglesia Católica Romana, lo que dio lugar a la Reforma Protestante; de otra, 1871: año de la unificación de Alemania como un moderno estado-nación, con Prusia en calidad de constituyente principal. El inglés posee la cifra 10661215 —1066: año en que Guillermo I, normando, conquista Inglaterra; 1215: año en que el rey Juan sin Tierra firma la Carta Magna, con lo cual se establece el principio de legalidad que limita el poder absoluto del gobernante. Finalmente, el robot que hace las veces de líder natural está marcado con el número 14921992 —tenemos, entonces, 1492: Descubrimiento de América; y 1992: quinto centenario del Descubrimiento. Resulta emblemática la función de este personaje, lo que subrayaría la preponderancia histórica de los hechos a que remite. “Un fantasma tropical” es el tercero y último de los inéditos. En este breve cuento reproduce Fuentes las señas del lenguaje oral, estrategia que le confiere al relato mucha agilidad y frescura. Los elementos centrales son caros al imaginario narrativo de su autor: un fantasma, una lujosa casa abandonada, un misterio —el paradero de la anciana propietaria, con todo y sus joyas. El narrador se remontará a los años de su primera adolescencia para contar lo que descubrió cuando entró furtivamente en aquella casa: “Y yo que era un muchachito curioso, pero así, reventando de curiosidad, decidí aclarar el misterio de una vez por todas. Iba a cumplir los trece y pronto mi cuerpo ya no iba a caber entre las rejas que protegían la casa de la madama esta” (28). Además de hacer un explícito homenaje a Poe y a Cortázar, esta deliciosa trama se resolverá con una revelación final propia de la malicia mestiza, tropical. Cabe registrar que aquí —como sucedía en “La muñeca reina”— tampoco se presentan factores sobrenaturales y, por otra parte, que la narración se ha confeccionado con ajustada maestría: nada sobra, nada falta. 7 Al igual que ocurrió con el libro inicial de Fuentes, la aparición de la nouvelle Aura estuvo signada, en un principio, por reparos e incomprensiones. Ya hemos señalado atrás una de las dinámicas culturales relacionadas con esta circunstancia: el tema del compromiso político que se exigía al escritor y la mirada despectiva que esto solía derivar hacia el género fantástico. Pero hubo también otras variables de época que incidieron en ello. Dado que la experimentación radical, heredera de las vanguardias, estaba en boga todavía —de hecho, Fuentes había realizado ya un extraordinario despliegue de esta actitud poética en la escritura de La región más transparente (1958)—, la claridad de la narración era vista como un desliz, como una concesión excesiva hacia el lector. Por eso, incluso críticos tan serios como Luis Harss valoraron negativamente esta obra: La frágil Aura, con todos sus sortilegios, no embruja nunca al lector. El mal es estructural. Para que haya revelación, primero tiene que haber disimulo. Aquí, en cambio, todo el sentido de la pieza es evidente desde el comienzo (...). Hasta el estilo de Fuentes se ha relajado en Aura, volviéndose ameno hasta la banalidad. Todo está demasiado bien hilvanado (29). No dejan de parecer curiosas estas afirmaciones, pues valores literarios que hoy son recibidos positivamente, como la amenidad y la buena construcción del entramado, aparecen estigmatizados con mucha firmeza por el gran crítico chileno-argentino. Y es cierto que la escritura de Aura propone una forma particular de relacionarse con el lector: la prosa es impecablemente clara —muy poética pero sin oscurecer la comprensión de lo dicho—, con lo cual puede seguirse, sin dificultades, el recorrido del protagonista. No obstante, en las percepciones es donde se halla introducido todo el extrañamiento; en otras palabras, la atmósfera cargada de simbolismos impone un ritmo lento de lectura. Diríamos: lo que se haya enrarecido no es el lenguaje sino la percepción del mundo narrado, y esto resulta muy conveniente para producir el efecto de lo fantástico. Pues bien, hacia 1976, transcurridos catorce años desde su publicación, la recepción de Aura seguía siendo menos festiva que la de otras obras de su autor. Así lo registra Gloria Durán, quien atribuye esto a una especie de desconcierto entre la crítica por la obsesión que manifestaba Fuentes ante los temas míticos y fantasmagóricos: “La bibliografía relativa a La región más transparente, La muerte de Artemio Cruz y Las buenas conciencias, es ya muy considerable; en cambio es relativamente mucho menor el número de estudios dedicados a Aura, la primera novela de Fuentes en que la magia desempeña un papel esencial” (30). Durante los primeros años, pocos críticos de prestigio consideraron seriamente esta narración y le reconocieron su verdadero valor literario —entre los que sí lo hicieron aparece la figura de Emir Rodríguez Monegal, quien se destacó siempre por su atinado criterio (31). Hoy, a más de cuatro décadas, el panorama ha cambiado radicalmente. La profusión y variedad de estudios sobre Aura es enorme. Y no sólo es considerada una de las obras más importantes de Carlos Fuentes, sino una de las mejores nouvelles escritas en lengua española. En esta ficción, con la cual se cierra el volumen de los Cuentos sobrenaturales, confluyen las diferentes variantes de lo fantástico que han apasionado siempre al maestro mexicano. Aquí se cuenta lo sucedido a Felipe Montero, antiguo becario de la Sorbona, quien, al leer un anuncio del periódico, acude a aquella vieja mansión donde la anciana Consuelo solicita un secretario bilingüe para que organice las memorias de su difunto esposo, el general Llorente. Una vez más nos topamos con el escenario gótico, con el recurso a la metamorfosis, con el tono paródico, con la imagen de la hechicera, con la figura del doble. Aunque en un comienzo el protagonista propone hacer el trabajo desde su casa —no se encuentra a gusto en ese entorno—, muy pronto la aparición de la joven y bella Aura, sobrina de la anfitriona, lo persuadirá de quedarse. Allí comenzará una extraña, luego fantástica y, finalmente, maravillosa historia de amor. Pero el tema central volverá a ser la irrupción del pasado en el presente. Sí, en esa búsqueda permanente de la identidad mexicana, Fuentes hallará una vez más el peso inexorable de la Historia. Desde el comienzo del relato, cuando Felipe Montero busca la dirección de la casa, se nos plantea el asunto: Caminas con lentitud, tratando de distinguir el número 815 en este conglomerado de viejos palacios coloniales convertidos en talleres de reparación, relojerías, tiendas de zapatos y expendios de aguas frescas. Las nomenclaturas han sido revisadas, superpuestas, confundidas. El 13 junto al 200, el antiguo azulejo numerado —47— encima de la nueva advertencia pintada con tiza: ahora 924 (32). Podemos advertir cómo los distintos componentes de la narración han sido dispuestos con esmero para subrayar el sentido de lo irrevocable: la utilización de la segunda persona o esa permanente oscilación entre el presente y el futuro. Nos encontramos con este tipo de construcción: “Lograrás verla cuando des la espalda a ese firmamento de luces devotas. Tropiezas al pie de la cama; debes rodearla para acercarte a la cabecera” (33). La atmósfera así conseguida prefigura un destino ineludible que se cierne sobre el protagonista. Como bien lo ha anotado Gloria Durán, el narrador “sabe con precisión lo que va a hacer Felipe porque él ya lo hizo en una existencia anterior. Así, aunque el narrador hable frecuentemente en tiempo futuro, cuenta con un sólido elemento del pasado; es un futuro inevitable” (34). Estamos, de este modo, ante aquello que Freud denominó lo siniestro (35). Este sentimiento se genera —explicaba el maestro vienés en su agudo estudio sobre los cuentos de Hoffmann, especialmente sobre “El hombre de arena”— con la irrupción de un elemento familiar que había sido olvidado por obra de la represión psicológica. Y más aun: con la repetición de ese factor inesperado, aparece la sensación de que hay algo ineludible y ante lo cual se está inerme. Carlos Fuentes ha logrado concentrar aquí todos los factores necesarios para crear en el lector, desde el arte de la ficción, esta entrañable vivencia descrita por Freud. Entonces, nos encontramos con la omnipotencia de las ideas, que se manifiesta, por ejemplo, en la aparición permanente de la coneja llamada Saga —el nombre nos lleva a recordar la imposibilidad de Carlota de Bélgica, modelo primigenio de la viuda Consuelo, para procrear—; o con la inmediata realización de los deseos, que se expresa en la posibilidad, por parte de la viuda, de alcanzar la eterna juventud, así sea en intervalos transitorios; o con el regreso de los muertos —en este caso, del general Llorente—; en fin, la coherencia simbólica y psicológica de esta obra es sorprendente. Y es necesario destacar, por otra parte, la pluralidad de formas que confluyen en ella y la manera como se implican orgánicamente. Tal como lo ha señalado Julio Ortega, “Aura es también un pequeño tratado de la forma incierta: cada signo remite a otro, menos verificable, y en ese proceso la novela posee el arrebato de un tableau que se desplegara como una hipótesis barroca, esto es, indemostrable fuera de su arabesco, pliegue y reverberación” (36). Junto a Felipe Montero, habremos de recibir una pasmosa revelación: estamos hechos de tiempo. Con Aura nos ha regalado el maestro mexicano, verdaderamente, un clásico de la literatura fantástica. * * * * * * En la obra de Carlos Fuentes hallamos una permanente búsqueda del mito —como principio de elaboración cultural que rige la literatura y, muy especialmente, el arte de la ficción. No se trata, por supuesto, de una concepción peyorativa de éste, como algo que se oponga a lo racional, sino todo lo contrario: el mito entendido como una racionalidad otra, distinta y distante del método científico; pero no por ello menos rigurosa, ni menos comprensiva, ni menos iluminadora en el ámbito del conocimiento. Ahora bien, su relación con el género fantástico es muy particular. No acude a él como un fin en sí mismo; es decir, no apela a éste como un modelo que oriente de modo unívoco su poética. Por eso nos topamos en sus historias con modalidades diversas, tanto en los temas como en los registros narrativos. En los Cuentos sobrenaturales podemos encontrar dioses precolombinos, personajes metamórficos, fantasmas, robots, mansiones abandonadas, órganos emancipados de su cuerpo, hechiceras. Y aunque sus obsesiones se mantienen —la identidad, el tiempo, el lenguaje—, sus ficciones se juegan en tonos tan disímiles como el surrealismo, el relato gótico, o el realismo mágico. La suya es una disposición siempre abierta a la infinidad de posibilidades que la tradición ofrece. En una carta que le dirigió a Gloria Durán, fechada en París el 8 de diciembre de 1968, el propio Fuentes lo expresaba de esta manera: “Bueno: no hay literatura huérfana, por más que los malos críticos de nuestros países así lo exijan (‘el que lee a Proust se prostituye’, decía un beato chovinista literario en México). Y quizás no hay más novedad que las nuevas y a veces escandalosas combinaciones de la tradición” (37). Notas 1. TODOROV, Tzvetan. Introducción a la literatura fantástica. Editorial Tiempo Contemporáneo. Buenos Aires, 1972. Págs. 34, 53. 2. FUENTES, Carlos. Cuentos sobrenaturales. Editorial Alfaguara. Madrid, 2007. Todas las citas de los relatos provendrán de esta edición. 3. Cfr. OLEA FRANCO, Rafael. “Literatura fantástica y nacionalismo: de Los días enmascarados a Aura”. En: Revista Literatura Mexicana, vol. XVII, Núm. 1. Universidad Nacional Autónoma de México. México, 2006. 4. Ídem. Pág. 114. 5. HARSS, Luis. “Carlos Fuentes, o la nueva herejía”. En: Los nuestros. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1973 (1966). Pág. 348. 6. FUENTES, Carlos. “Chac Mool”. Op. cit. Pág. 17. 7. Ídem. Pág. 21. 8. Ídem. Pág. 24. 9. HARSS, Luis. Op. cit. Pág. 348. 10. FUENTES, Carlos. “Chac Mool”. Op. cit. Pág. 13. 11. Ídem. Pág. 24. 12. FUENTES, Carlos. “Talctocatzine, del jardín de Flandes”. Op. cit. Pág. 39. 13. Cfr. LOVECRAFT, Howard Phillips. El horror en la literatura. Alianza Editorial. Madrid, 1998 (1927). Una meticulosa y erudita caracterización del género gótico puede leerse en los capítulos 3, 4 y 5. 14. PACHECO, José Emilio. “Vieja modernidad, nuevos fantasmas”. En: GARCÍA-GUTIÉRREZ, Georgina (compiladora). Carlos Fuentes. Relectura de su obra: Los días enmascarados y Cantar de ciegos. Universidad de Guanajuato, El Colegio Nacional, Instituto Nacional de Bellas Artes. México, 1995. Pág. 46. 15. POOT HERRERA, Sara. “Tres cuentos de Los días enmascarados de Carlos Fuentes”. Ídem. Págs. 155, 156. 16. MENTON, Seymour. Historia verdadera del Realismo Mágico. Fondo de Cultura Económica. México, 1998. Pág. 114. 17. FUENTES, Carlos. “Letanía de la orquídea”. Op. cit. Págs. 74, 75. 18. Ídem. Pág. 75. 19. FUENTES, Carlos. “La muñeca reina”. Op. cit. Pág. 82. 20. Ídem. Págs. 86, 87. El subrayado no es del original. 21. HARSS, Luis. Op. cit. Pág. 371. 22. DONOSO, José. “¿Por qué Carlos Fuentes en su último libro se suelta el pelo y no se atiene a la vasolina académica tradicional?”. En: La Cultura en México, Nº 153. México, enero 20 de 1965. Pág. 14. 23. JIMÉNEZ, José. Cuerpo y tiempo: la imagen de la metamorfosis. Ediciones Destino. Barcelona, 1993. Pág. 165. 24. FUENTES, Carlos. “Pantera en jazz”. En: Op. cit. Pág. 27. 25. Ídem. Pág. 35. 26. FUENTES, Carlos. “El robot sacramentado”. En: Op. cit. Pág. 112. 27. Ídem. Págs. 110, 111. 28. FUENTES, Carlos. “Un fantasma tropical”. En: Op. cit. Pág. 125. 29. HARSS, Luis. Op. cit. Pág. 370. 30. DURÁN, Gloria. La magia y las brujas en la obra de Carlos Fuentes. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México. México, 1976. Pág. 11. 31. Cfr. RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir. “El mundo mágico de Carlos Fuentes” (1963). En: Obra selecta. Editorial Biblioteca Ayacucho. Caracas, 2003. 32. FUENTES, Carlos. Aura. En: Op. cit. Pág. 133. 33. Ídem. Pág. 135. 34. DURÁN, Gloria. Op. cit. Págs. 68, 69. 35. Cfr. FREUD, Sigmund. “Lo siniestro” (1919). En: Obras completas, Tomo III. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid, 1973. 36. ORTEGA, Julio. Retrato de Carlos Fuentes. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores. Barcelona, 1995. Pág. 43. 37. FUENTES, Carlos. “Apéndice”. En: DURÁN, Gloria. Op. cit. Pág. 210. Bibliografía citada • DURÁN, Gloria (1976): La magia y las brujas en la obra de Carlos Fuentes. Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, México. • FREUD, Sigmund (1973): Obras completas, Tomo III. Editorial Biblioteca Nueva, Madrid. • FUENTES, Carlos (2007): Cuentos sobrenaturales. Editorial Alfaguara, Madrid. • GARCÍA-GUTIÉRREZ, Georgina (compiladora) (1995): Carlos Fuentes. Relectura de su obra: Los días enmascarados y Cantar de ciegos. Universidad de Guanajuato, El Colegio Nacional, Instituto Nacional de Bellas Artes, México. • HARSS, Luis (1973): Los nuestros. Editorial Sudamericana, Buenos Aires. • JIMÉNEZ, José (1993): Cuerpo y tiempo: la imagen de la metamorfosis. Ediciones destino, Barcelona. • LOVECRAFT, Howard Phillips (1998): El horror en la literatura. Alianza Editorial, Madrid. • MENTON, Seymour (1998): Historia verdadera del Realismo Mágico. Fondo de Cultura Económica, México. • ORTEGA, Julio (1995): Retrato de Carlos Fuentes. Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, Barcelona. • RODRÍGUEZ MONEGAL, Emir (2003): Obra selecta. Editorial Biblioteca Ayacucho, Caracas. • TODOROV, Tzvetan (1972): Introducción a la literatura fantástica. Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires. Revistas y otros • DONOSO, José: “¿Por qué Carlos Fuentes en su último libro se suelta el pelo y no se atiene a la vasolina académica tradicional?”, La cultura en México, enero 20 de 1965, número 153. • OLEA FRANCO, Rafael: “Literatura fantástica y nacionalismo: de Los días enmascarados a Aura”, Revista Literatura Mexicana, 2006, vol. XVII, número 1. ** Alejandro José López Cáceres alejolopz@hotmail.com Escritor y realizador audiovisual colombiano (Tuluá, 1969). Ha publicado los libros Tierra posible (crónicas, 1999), Entre la pluma y la pantalla: reflexiones sobre literatura, cine y periodismo (ensayos, 2003), y Dalí violeta (cuentos, 2005). Reside en Cali, donde dirige la Escuela de Estudios Literarios (http://estudiosliterarios.univalle.edu.co) de la Universidad del Valle (http://www.univalle.edu.co). === La noche de las palabras Javier Farto Graña ====================== La noche de las palabras es el título de la primera novela de Luis Pousa, y no ha sido un mal debut: ha recibido el premio Fernando Arenas Quintela 2009. No es su debut literario, ya que anteriormente había publicado el libro de poemas O embigo do mar. Para presentar al autor diremos que Luis Pousa nació en Lugo, en el año 1971. Es una rara avis, en el sentido de ser de “ciencias y letras”, ya que es licenciado en matemáticas y está trabajando actualmente en su tesis doctoral. Profesionalmente está ligado al mundo del periodismo, trabajando para el diario La Voz de Galicia (podemos leer cada sábado sus reseñas en el suplemento de Culturas de este diario). En 2006 recibió el accésit del premio de periodismo Pérez Lugín. Es turno de su novela. La noche de las palabras presenta un accidente de tráfico y, como consecuencia, un desmemoriado: el joven pintor Miguel Andrade Seoane. Andrade tendrá como meta recuperarse de sus heridas, tanto físicas como mentales. De las primeras se realizan menciones fragmentarias, a ratos, centrando la importancia en las segundas: el pintor ha perdido la memoria, recuerda su letra, fragmentos y citas de libros que ha leído (ha estudiado también la carrera de filosofía), pero tiene muchas lagunas respecto a su infancia y su vida corriente. Pocos recuerdos de su actividad como pintor, de su galerista y tampoco de sus dos matrimonios fallidos. A lo largo de la novela (como si se siguiesen los derroteros de las denominadas novelas de aprendizaje, pero en este caso mejor hablaríamos de volver a descubrir), el protagonista se/nos irá mostrando distintas facetas de su vida. Con cierta pesadumbre (incluso para él) llega a ver que ésta se puede reducir en el arte, el coleccionismo y el coito. 1. Miguel Andrade: ¿plano o redondo? No se suele dudar acerca de la importancia de los personajes en una narración, especialmente si ésta es larga (soy de la opinión de que en un cuento o relato corto, la sucesión de ciertos hechos, presentados como inevitables y, a la vez, como ineludibles, es mucho más importante). En mi opinión Miguel Andrade Seoane, el protagonista de La noche de las palabras de Luis Pousa, es un personaje atractivo, con potencial para seguir existiendo en una especie de saga (que algunos lectores y críticos parecen ya pedirle al autor): ¿llegará Andrade a trascender el ámbito de lo literario y convertirse en un elemento de la vida cotidiana (recordemos dantesco, kafkiano, quijotesco...)? Lo que no puede negarse es que lleva dos apellidos muy ilustres: Andrade (familia aristócrata gallega de rancio abolengo) y Seoane (Luis Seoane fue un ilustre pintor y escritor gallego). Pero, ¿es Miguel Andrade Seoane un personaje plano o redondo? Como consecuencia de su amnesia busca sus orígenes, se analiza a sí mismo. En algún momento de la historia sufre cierta repugnancia ante algunas de sus costumbres, lo que constata una cierta evolución. Por otro lado, presenta elementos bohemios muy comunes (quizá excesivamente) con el carácter que se le supone a un artista (aunque ahora es muy corriente que el artista se muestre como el más común de los mortales, quizá en un intento, vano para mí, de igualarlo con el resto de los mortales). Andrade es, en cierta forma, un especialista. No le interesan demasiadas cosas: la pintura, la filosofía, ciertas películas y literaturas, las mujeres (como elemento estrictamente maquinal y sexual; en ese sentido elimina casi hasta la búsqueda donjuanesca del placer de la conquista, de un amor efímero; nada de eso hay). Le interesa además, de una forma compulsiva, el coleccionismo de casi cualquier cosa (hay en este afán un sentido estético por los objetos coleccionados y una enfermedad de acumulación: no deja de ser Andrade un Diógenes, que acumula todo tipo de objetos inservibles en lo práctico). Hay en Andrade un desprecio por lo cotidiano, por lo práctico. Esta dimensión la ha anulado casi de forma completa. No muestra interés intelectual por tecnologías o industria moderna; mucho menos por familia o amigos. Es especialmente notorio su rechazo a esta institución: carece de padres, sus matrimonios fueron totalmente fallidos, no se imagina “paseando un carrito de bebé”. Algo parecido sucede con sus amigos. Lo más parecido a uno es su galerista, un cínico. Sus relaciones de amistad están sustituidas por su fetichismo: hacia las mujeres-objeto, hacia los objetos que también colecciona, hacia libros y artistas que admira. La denominación de personaje redondo es introducida por el escritor Edward Morgan Forster (1879-1970), en su breve libro de crítica literaria titulado Aspectos de la novela. En él, Forster crea esta construcción en contraposición con otra, la del personaje plano o tipo. Cito textualmente: Podemos dividir los personajes en planos y redondos. Los personajes planos fueron llamados “humores” durante el siglo diecisiete y a veces son denominados “tipos”, y otras veces caricaturas. En su forma más pura, están construidos alrededor de una única idea o cualidad. Cuando existe más de un factor en ellos, entonces ya estamos en el comienzo de la curva hacia lo redondo... Más adelante, Forster afirma: Debemos admitir que los personajes planos no constituyen, en sí mismos, un logro tan grande como los personajes redondos, y también que aquéllos son mejores cuando son cómicos. Un personaje plano que sea serio o trágico es candidato a convertirse en un fastidio [...]. Es sólo el personaje redondo el que puede mantenerse siendo trágico a través del tiempo y puede provocar en nosotros una variedad de sentimientos... Forster establece la distinción entre personaje redondo y plano estudiando su efecto en el lector. Esto lo matiza y mejora Todorov: ...según su grado de complejidad, se oponen los personajes chatos [es decir, planos] a los personajes densos [o personajes redondos]. E. M. Forster, que insistió sobre esta oposición, los define así: “El criterio para juzgar si un personaje es denso reside en su actitud para sorprendernos de manera convincente. Si nunca nos sorprende, es chato”. Tal definición se refiere, como vemos, a las opiniones del lector acerca de la psicología humana “normal”; un lector “sofisticado” se dejará sorprender con menos facilidad. Los personajes densos deberían definirse más bien por la coexistencia de atributos contradictorios; en esto se parecen a los personajes “dinámicos” [es decir, los personajes que cambian en el transcurso de la historia], con la diferencia de que en estos últimos tales atributos se dan en el tiempo. A ello, Chatman le añade la indeterminación semántica: Decir que los personajes son capaces de sorprendernos consiste en decir, de otra manera, que son personajes “abiertos”. Anticipamos, en realidad por la demanda que nos hacen, la posibilidad de descubrir en ellos nuevos e insospechados rasgos. De esta manera, los personajes redondos funcionan como construcciones abiertas, susceptibles de ser exploradas siempre más allá... Pero esto no parece tener en cuenta que, por muy abierto que pueda parecer un personaje redondo, nunca podríamos afirmar que esté exento de cierto carácter convencional. Por ello, Casti: La línea que separa al personaje plano del personaje redondo es, obviamente, una línea poco clara. La diferencia es más relativa que absoluta, porque a menudo un personaje plano puede ser adornado con detalles personales realistas que tienden a hacer de él una persona más completa, mientras que el personaje redondo, a pesar de su mayor complejidad, puede consistir en una combinación convencional de rasgos. Cuando se habla en términos relativos el personaje redondo puede interpretarse como un todo complejo, un todo que, particularmente, encierra ciertos rasgos contrastantes, e incluso contradictorios, de personalidad y de carácter. La cuestión central suele desarrollarse alrededor de sus contradicciones internas y de sus conflictos, aun cuando estos conflictos internos pueden mostrarse, en sí mismos, como estereotipos convencionales. Dentro del estilo realista del drama y del film, el personaje redondo, el cual es hasta cierto punto complejo pero mantiene un patrón definido, ha devenido en el paradigma de la caracterización efectiva. Algunos autores, como Linda Seger, realizan un paralelismo con los personajes tridimensionales de Lajos Egri (éste define los personajes tridimensionales como aquellos con rasgos fisiológicos, psicológicos y sociológicos). Según Seger: Todos hemos visto personajes estereotipados, definidos únicamente por su aspecto físico. Son personajes unidimensionales. Los personajes bien definidos son más abiertos, más sustanciales. Conocemos diversos aspectos de ellos. Entendemos su forma de pensar. Los vemos actuar y somos conscientes de su estado emocional a través de sus reacciones. Pensamientos, acciones y emociones pueden ser definidas como las tres dimensiones del personaje. Con cualquier personaje bien definido, alguna de estas categorías será más fuerte, pero todas contribuyen a la creación de un personaje tridimensional. Como esquema, algunos autores entresacan las siguientes líneas básicas de los personajes redondos (se puede consultar la web http://www.lapaginadelguion.org/persredon.htm): 1) El personaje redondo obedece a cierto tipo de diseño, es un tipo de construcción y, por tanto, las reglas que regulan su creación pueden ser enunciadas y transmitidas. 2) El personaje redondo es fundamentalmente medido y reconocido por su efecto (de real) en el espectador. Este efecto no es otro que el de aparecerse frente a un espectador cualquiera (que forzosamente tendremos que suponer nosotros, por lo menos, occidental y contemporáneo) como una persona. 3) El tipo de construcción mental que convoca el personaje redondo en un lector cualquiera es similar al que en él induce una persona verdadera. En este sentido el personaje redondo se inserta en una verosimilitud engastada en el común de los discursos sociales. 4) Una de las dimensiones de mayor importancia en el personaje redondo es la de su investidura psicológica, de cuya complejidad da cuenta su diseño. El personaje redondo permite al lector, por inferencia, percibir y reconstruir el efecto de un verdadero aparato psicológico (tal y como dicho aparato psicológico es concebido en el interior de ese entramado de discursos sociales cuya complejidad apenas nos aventuramos a mencionar). 5) El personaje redondo convida al espectador a la identificación. 6) Un personaje redondo es, para muchos autores, un personaje bien hecho. Existe una valoración generalizada de su aparición como elemento primordial de cualquier historia realista estructurada en forma clásica. Podemos comprobar cómo, en resumen, estas líneas maestras del personaje redondo se centran en su construcción como una persona y en su efecto como tal en el lector. La prueba parece ser semejante a ese simulacro clásico de la inteligencia artificial, el test de Turing, donde el sujeto experimental tiene que averiguar si lo que tiene al otro lado es una máquina o una persona. En mi opinión personal, estas líneas maestras padecen un enfoque excesivamente influenciado por el realismo (mejor díría naturalismo) literario. Es cierto que este elemento es importante, pero también lo es la idea de Forster sobre la sorpresa: muchos personajes nos gustan porque nos sorprenden, porque son originales; también importantísima es la aportación de Todorov: un personaje debe ser dinámico y presentar contradicciones y conflictos. El realismo, en sí mismo, no constituye un esencial valor artístico (esa idea de los filósofos griegos del arte como imitación, mímesis de la naturaleza, debería ser inviable a estas alturas). Imaginemos que reproducimos con total exactitud a la persona más aburrida que conozcamos. ¿Tenemos garantías de que el personaje así creado, a pesar de que su correspondencia sea exacta, vaya a ser un personaje memorable? No, no la tenemos. Austin Warren y Rene Wellek afirman claramente que la psicología es un elemento de fondo más en la literatura, pero en sí misma no es un valor artístico. No obstante, sí que puede, adecuadamente utilizada, ayudar a crear una sensación de cohesión y verosimilitud en el personaje. Sencillamente, no creo que Don Quijote, Gregor Samsa, Funes el memorioso, Madame Bovary, Marlowe, Prometeo, Sísifo, Hans Castorp o el protagonista de Diario de un ladrón de Jean Genet (por citar algunos), sean extraordinarios por su aproximación sin mácula a modelos psicológicos reales. De hecho, Warren y Wellek recogen (cito textualmente): Cabe, por supuesto, plantear la cuestión de si el autor ha logrado realmente incorporar la psicología en sus personajes y en las relaciones entre ellos. No cuenta la simple exposición de su saber o de sus teorías. Estas son “materia” o “fondo”, como cualquier otra clase de información que se encuentra en la literatura, verbigracia, datos tomados de la navegación, de la astronomía o de la historia... Los intentos de encuadrar a Hamlet o a Jaques en algún esquema de psicología isabelina inglesa resultan equivocados, ya que la psicología isabelina era contradictoria, confusa y confundente, y Hamlet y Jaques son algo más que tipos. Aunque Raskólnikov y Sorel encajan en ciertas teorías psicológicas, sólo encajan en ellas de un modo incompleto o discontinuo... Estas obras no son, fundamentalmente, estudios psicológicos o exposiciones de teorías sino dramas o melodramas, en los cuales son más importantes las situaciones notables que la motivación psicológica realista. Si se examinan las novelas de “corriente de conciencia”, no se tarda en advertir que no hay reproducción “real” de los procesos anímicos reales del sujeto, que la corriente de conciencia es más bien un artificio para dramatizar el espíritu. Y esto me da para aportar otro elemento a la discusión, un elemento relacionado con el carácter mortal de lo humano. Muchos personajes son grandes por la convivencia en ellos de lo divino y de lo demoníaco, por la lucha entre estos elementos, por ser casi dioses, héroes, condenados o incluso todo a la vez. Los hombres no dejamos (ni parece que lo vayamos a hacer en el futuro) de aspirar a lo eterno, a lo perfecto; nos gusta contemplar este acercamiento a la perfección y, si no puede ser en nosotros mismos, que al menos sea en otros. La gran literatura siempre ha mostrado a personajes inmersos en esta problemática, bien como afirmación (héroes, dioses) o bien como negación (antihéroes, malvados demoníacos) o mixturas (el inolvidable Jekyll y Hyde de Stevenson). 2. Formas en La noche de las palabras A vista de pájaro (gran programa de TV, permítaseme la broma) lo primero que podemos ver en la novela La noche de las palabras es que se encuentra dividida en tres grandes partes: “El río del olvido”, “El coleccionista” y “La noche de las palabras” (comparte título con el libro). Cada una de ellas comienza con una cita, sugerente con lo que encontraremos después. Así nos encontramos con una cita de Historia de Galicia de Risco para la primera parte, con Diarios de Kafka en la segunda y con una cita de Louis Aragon en la última: “Aquí comienza la gran noche de las palabras”. Fue Ralph Waldo Emerson quien, en su día, afirmó que la literatura del futuro será autobiográfica; hoy no podemos manifestar, ni mucho menos, que esto se haya cumplido, pero sí indicar claramente cómo la influencia de un yo subjetivo ha ido haciéndose más y más presente: un yo particular que introduce su particular idea del mundo en su narración (dudas y puntos oscuros incluidos). Otros autores, como Ortega y Gasset, hablaron del triunfo de la novela psicológica, de la desaparición de las tramas, de lo anecdótico (a esto Jorge Luis Borges se opuso frontalmente). No obstante han surgido grandes obras en las que la trama o la acción está diluida, es casi inexistente o es meramente trivial (no es ahí, por tanto, donde tengamos que buscar la grandeza). Se ha hablado repetidamente también de la literatura actual como algo en lo que los distintos géneros aparecen mezclados, integrados o diluidos, así como el narrador o los posibles tonos. Ya Gertrude Stein insistía en la inmediatez de la experiencia, con el objetivo de adecuarse a (su) tiempo presente, además de la elección de palabras cortas, sintaxis deshilvanada y eliminar parte de la puntuación. Presentar como primordiales las sensaciones, los prejuicios, los pensamientos instantáneos o las intuiciones, en sustitución de pensamientos más elaborados y racionales, es algo que aparece claramente en el monólogo interior, magistralmente usado por Joyce o Faulkner. Un autor es hijo de su tiempo, y Pousa también parece serlo. Esta novela suya es fragmentaria en lo más puramente físico (cada una de las tres partes que hemos nombrado está subdividida en capítulos muy cortos) pero además se rompe la continuidad espacial y temporal en numerosas ocasiones entre estos capítulos. Dentro de cada uno de ellos sí que se mantiene una cierta unidad de lugar y una secuencia lineal en lo temporal. No obstante tendremos capítulos en tercera persona, otros narrados en primera usando monólogo interior directo, indirecto en otros, inclusión de fragmentos periodísticos, diarios. En general la oración tenderá a ser breve, casi adueñándose Andrade del mundo y presentando la parte física de forma breve y explícita en elementos muy significativos (por ejemplo en lo referido a las descripciones del hospital y de enfermos). Priman las sensaciones y elementos instintivos (referidos al sexo, por ejemplo) o cognitivos (referidos al arte) muy breves, mucho más que la presentación de pensamientos largos y elaborados. En esta tendencia contemporánea, los mundos y las obsesiones del protagonista suelen adueñarse de la narración, llenándose ésta de lo que muchos denominan elementos “metaliterarios” (al no pertenecer a la realidad “física”). En Pousa aparecen muchos elementos de este estilo, referidos a escritores y pintores, muchos de ellos actuales. En algunos círculos se fomenta que esto es esnob o pedante, ya que “no es real” y aleja de su comprensión a múltiples lectores. Permítaseme discrepar y añadir que la ficción es un elemento cultural y la cultura es real (tanto como pueda serlo la tan “seria” historia, reconociéndose en la actualidad los elementos comunes de la historia con lo narrativo). Por edad, Pousa está próximo a muchos de los que en la actualidad se conocen como generación “mutante” entre los que podemos destacar a Vicente Luis Mora, Agustín Fernández Mallo, Javier Fernández, Germán Sierra, Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta o Manuel Vilas. A pesar de ciertas reticencias con la inclusión de todos estos autores en la misma generación, sí que es cierto que comparten algunos elementos que todavía no he visto en esta obra de Pousa. Entre ellos una mayor inclusión de elementos tecnológicos propios de esta época, así como un cierto intento de inclusión de esta tecnología con otras artes o ciencias, con el objetivo de dar una especie de cosmogonía a través de ellas. 3. La metaliteratura en la obra Miguel Andrade Seoane es un pintor. Su vida es el coleccionismo, las relaciones sexuales, sus libros. Andrade deambula de mujer-objeto en mujer-objeto, de libro en libro, de exposición en exposición. Los amantes de las referencias pueden estar contentos. Por las páginas de La noche de las palabras pasan, entre otros, Juan Rulfo, Cunqueiro, Pere Gimferrer, Fole, Lugris, Joyce, Aristóteles, Ortega, Miró, Genet, Picasso, Fellini, Kafka, Gaudí, Braque, Gris, Picasso, Mallarmé, Strindberg, Voltaire, Velázquez, Virgilio, Séneca, Tucídides, Catulo, Shakespeare, Quevedo, Dante, Sterne, Montaigne, Rabelais, Goethe, Aragón, Vicente Risco y hasta se permite una pequeña broma filosófica con los peripatéticos (seguidores de la filosofía de Aristóteles). Estas referencias no son gratuitas, no son un ejercicio de pedantería. Se describe un mundo de exposiciones, de libros, de arte; un mundo alejado de lo práctico, donde los elementos cotidianos resultan ser un tema casi tabú. Situémonos en esta iluminación: todas esas referencias encajan perfectamente. Enrique Vila-Matas, ante la recurrente pregunta ¿De dónde le viene tanta afición por la metaliteratura? (nos imaginamos que debido al desfile de numerosos escritores o personajes en sus obras), responde que la literatura no tiene ninguna relación con la realidad, y como decía Manganelli la realidad es una palabra que encubre una intimidación moral del lenguaje. La literatura es una realidad en sí misma, con su sentido, su coherencia. Según Ricardo Piglia, la metaliteratura no existe. Se trata tan sólo de un cliché crítico que confronta una tradición compleja de narración de historias (que usa mucho la referencia, la construcción sobre otros elementos ya hechos) con una “narrativa normal” de fácil acceso “a todo el mundo”. Es decir tenemos un neopopulismo antiintelectual de la cultura de masas, con un elenco de escritores que quieren ser admitidos como personas sencillas, nunca intelectuales. En algunos de estos escritores o lectores hay una adoración perversa hacia la Novedad, entendida como una perversión de la Originalidad, buscando en cualquier cambio diminuto la diferencia que justifique la obra. Frente a ellos hay una trinchera, la de aquellos que buscan nuevas formas, escritores que conversan sobre libros y sobre las nuevas realidades literarias, y que entiendo por originalidad, aparte de lo nuevo, la acepción que nos remite al origen. ** Javier Farto Graña jfartogra@gmail.com Escritor español (A Coruña, 1976). Es ingeniero en informática y tiene un diploma de estudios avanzados en matemática aplicada para finanzas. En la actualidad trabaja como desarrollador de software. Ha publicado textos en medios como Revista Almiar - Margen Cero (http://www.margencero.com), Liceus (http://www.liceus.com), Palabras Diversas (http://www.palabrasdiversas.com), ArteComunicarte (http://www.artecomunicarte.com) y Yareah Magazine (http://www.yareah.com). Además, ha sido seleccionado para integrar antologías de la revista La Barca de la Cultura (http://www.labarcadelacultura.com) y Yareah Magazine. ||||||||||||||||||||||||||||||| LETRAS |||||||||||||||||||||||||||||| *** Clarisa Perdomo María Mercedes Jiménez *** Poemas Daniela Wallffiguer Belmar *** Domingo sin Francisco Delfina Acosta *** Cuerpos en perspectiva (extractos) Josefina Calles *** Nadie asesinará la alegría del pueblo John Javier Acosta Rodríguez *** Poemas Pedro Javier Martínez *** Alighieri Pedro Enrique Rodríguez *** Poemas Antonio Mayo *** Tlakaelel el niño tlaloke 1.0 Odilón Moreno Rangel *** Dos poemas Raúl Allain *** El programa Milly Epstein Jannai *** Poemas Guillermo Sepúlveda Sepúlveda *** Lo pasado se guarda en bolsas Forceflex Arianna Corredor *** Tres poemas Adriana Lamela *** Dos relatos David Martínez Garrido *** Tres poemas Manuel Barreto === Clarisa Perdomo María Mercedes Jiménez =========================== Los ojos verdes inquietos tras varios días de un sueño caprichoso, que se niega a venir cuando es preciso, o necesario. Se acomoda mejor en la cama que ya no siente como suya y mira con atención las paredes adornadas con las pinturas de la hija mayor, con las fotografías de los nietos, con los tapetes tejidos por las manos laboriosas de su madre, muerta hace ya tanto tiempo. Se da vuelta en la cama y chasqueando la lengua, fastidiada por el insomnio obligado, se dedica entonces a observar al marido, que como muerto, yace a su lado en una posición fetal que sin duda recrea tiempos mejores, menos angustiantes que los actuales, en los que permanece indefenso ante el ataque indetenible de una enfermedad que lo consume sin dejarle tregua alguna. Clarisa decide entonces levantarse de la cama, pues prefiere hacer algo útil que permanecer en las fauces de la preocupación que altera sus patrones de sueño. Toma entre sus manos la masa que ha estado trabajando desde la noche anterior y, como una artista de otros tiempos, va moldeando la inspiración que no ha quedado atrapada bajo los miedos, las desesperanzas o las angustias de sentirse envejecida pero aún con la necesidad de sostener la familia desde todos los puntos de vista posibles. Este oficio, el mejor que ha calzado a sus manos incansables, es el más propicio para la meditación y la concentración de las fuerzas profundas que la mueven desde que recuerda, probablemente desde vidas anteriores, y que la sostienen, empujándola hacia la acción diaria que nunca termina: limpiar, cocinar, planchar, trabajar para traer el dinero a una casa que nunca lo ha tenido a niveles suficientes para garantizar la tranquilidad, la suya, la de una madre que completa su existencia realizando puros actos de amor, aquí y allá, con una generosidad solo digna de aquellos que han elegido vivir en el sacrificio. La lengua no se enrolla fácilmente para pronunciar con soltura los nombres de la pastelería francesa que realiza con verdadera devoción y que procurará el pago de la renta de la casa de su hija, los medicamentos del esposo y el colegio de los nietos más pequeños, pues los grandes, con su ayuda, se han ido a estudiar becados al exterior. Sonriendo, amando lo que hace, vigila el horno mientras se hace el poderoso café cuyo olor rebasa las paredes de su memoria y hasta las distancias físicas, alcanzándola en su exilio, cuando está sola y toda la existencia se consume en cocinar. De pie junto a la ventana, observa la ciudad desgastada por el uso inclemente de personas cada vez más volcadas en los propios intereses, y asiendo con fuerza la taza, se recuerda a sí misma que su existencia está condenada a cumplirse dentro de los límites de una cocina, con el único alivio de una siempre pequeña rendija que le muestra aquello que los otros viven, inmunes a su mirada que lo congela todo, salvados de la gracia de su liviana presencia, de su gruesa humanidad capaz de superar lo imposible. Clarisa se arregla el cabello mientras se mira al pequeño espejo colgado cerca del refrigerador. Respirando profundamente, se recrimina no haber hecho la cita en la peluquería, y ahora encontrarse en este estado, los cabellos grises brotados a brochazos, mostrando irresponsablemente los temibles golpes de la edad. Entonces se pasa las manos por el rostro aun más cansado que cuando está en Barcelona, trabajando durante más de 14 horas diarias, y siente que esta vez la visita a sus familiares está lejos de significar unas vacaciones, un merecido descanso, y más bien la ha envejecido en una forma que puede considerar aterradora. Sin duda se ha acostumbrado a vivir sin ellos, y la cercanía de sus presencias siempre mendicantes la ha colocado en una postura distinta a la nostalgia que experimenta cuando no está con ellos. El timbre del horno la saca de la nube confusa de sus afectos y, sin poder evitarlo, mira con desdén la casa que tanto esfuerzo les costó construir, a ella y al esposo, y ahora abandonada por su ausencia, por su constante cuidado y atención. Aún sin sacar el delicado pastel del horno, se dedica minuciosamente a seguir las huellas del desgaste, esas que sus hijas han tratado de ocultar por su visita, pero que la pintura reciente o las nuevas cortinas no pueden ocultar. La casa se cae a pedazos. Ella lo entiende y lo acepta. El marido enfermo, todo el tiempo en cama, las hijas intentando sobrellevar su cuidado y el de sus propias familias y ella tan lejos, viviendo una existencia que nunca soñó, separada de sí misma, en solitario por primera vez desde que recuerda, dueña de su tiempo y totalmente libre para hacer cosas distintas a criar niños, lavar la ropa, limpiar, cocinar. Mirando con atención los signos de su ausencia, comienza por empezar a despedirse de aquello que ha sido toda la vida y que está segura murió una vez que salió de esta casa con una maleta y el corazón lleno de las expectativas propias de los jóvenes o de aquellos que tienen el espíritu de emigrar, algo hasta el momento impensable para ella. Ahora se siente diferente, una persona nueva que nació en el largo trayecto a la lejana ciudad que se ha convertido en su hogar, en su fuente de felicidad. Clarisa no puede olvidar a sus abuelos, venidos a estas tierras para mejorar una vida cuya descripción está limitada a difusos detalles que ni ella ni sus hermanos pueden reproducir con exactitud y piensa, no sin un dejo de religiosidad, que su destino la ha hecho regresar al lugar donde ellos nacieron, para culminar aquello que fue iniciado por esos hombres y mujeres fuertes, valientes que se aventuraron a emigrar al insondable universo de lo desconocido. Suspendida en el tiempo por el recuerdo de momentos que ignora y que sólo puede imaginar, la anciana coloca el pastel recién horneado sobre la mesa, esperando con paciencia a que se enfríe para iniciar el largo proceso de adornarlo. Extraña entonces a sus ayudantes, muchachos jóvenes que la admiran por su fuerza, por su amplio conocimiento obtenido en épocas distintas a las presentes, en las que se aprendía trabajando, bajo la pericia de sabios maestros, sin necesidad de acudir a elegantes escuelas de cocina. Cada uno de ellos le recuerda a sí misma y ella los unifica a todos, resultando que la calidad del restaurante ha aumentado considerablemente desde que ella está al frente, con su estilo sincero y exquisito. Clarisa va usando sus extraordinarias herramientas, que ha traído en su maletín especialmente elaborado para este fin y, con sutileza, inicia el proceso decorativo que le consumirá las próximas dos horas. Disfrutando el silencio de la ciudad que aún no despierta y el fuerte sabor del café que se toma en ayunas, va recordando los días previos a su partida apresurada, empujada siempre por el deber de atender a su familia, de salvarla de la siempre posible pérdida de lo luchado sin tregua durante toda una vida. Ya la enfermedad del esposo daba los signos definitivos de un futuro poco prometedor y ella, angustiada por no poder mantener sola su imperio de hijos sin voluntad, se estrujaba las laboriosas manos, buscando una salida. Pronto sus rezos fueron escuchados, pero de una forma extraña, como suelen resolverse los asuntos puestos en las manos de Dios. Uno de los dueños del restaurante había decidido volverse a España, cansado como muchos otros de las desidias gubernamentales, del tráfico y, últimamente, de la delincuencia. Mirándola a los ojos, le dijo: Vente conmigo, Clarisa. Ella lo había observado desde el fondo de su creciente preocupación y le había pedido tiempo para pensarlo, abrumada por su edad y la posibilidad de no resistir un cambio tan violento en su vida. Sin mediaciones, le había preguntado el sueldo al meditabundo muchacho y al escuchar la cifra, hizo un cálculo mental de todos los problemas que podría resolver si aceptara. Si me voy, le preguntó, tú me protegerás. Mirándola largamente, le había contestado francamente: No te puedo llevar a vivir conmigo, en mi casa; pero tu sueldo cubriría tus necesidades básicas y las de tu familia. La palabra familia dio infinitas vueltas en su cabeza con atronadora fuerza y el vértigo de la responsabilidad la hizo cerrar los ojos y asirse a la mesa, pues tuvo la certera impresión de ser sacudida por el huracán de la responsabilidad. No te sientas mal, Clarisa. Piénsalo bien y evalúa tus opciones. De regreso a su mesa de trabajo, buscó el azúcar para compensar el mareo fatal que amargó su jornada de trabajo y sin dudarlo, echó en su boca temblorosa una cucharada de la salvadora dulzura. Clarisa se sube al avión en silencio, con la atención desenfocada por el ineludible pensamiento que la lleva a los suyos, a aquellas pobres almas que la han mirado con la tristeza de saberla perdida para siempre. Durante el despegue, se lleva la mano dominante a la frente, pues ha olvidado decirle al marido que se tome la pastilla para la tensión y arrepentida, sintiendo las mejillas enrojecidas por el vapor de la culpabilidad, se recrimina haber tomado la temible decisión de emigrar a los 68 años, para iniciar una vida de soledad únicamente sostenida por la eterna necesidad de su familia. Se sabe distinta, desde ya empieza a darse cuenta de que aquella mujer que ha sido durante tanto tiempo, acaba de morir cuando se subió al inmenso aparato que habría de separarla de sí misma, dejándola con el infinito vacío que se apodera de los estómagos destinados a sufrir la acidez de la inmadurez emocional. Apretándose el pecho socavado por el tiempo, la anciana llora lamentando su suerte. Al principio, repitió el mismo acto todas las noches. Cansada, aturdida por la novedad, abría la puerta de la pequeña habitación alquilada a una pareja joven y cercana al restaurant, para darse cuenta de que estaba sola en esta inmensa ciudad y llorar inconsolablemente, arrepentida por haber dejado a su familia. Un par de veces dijo al comprensivo patrón que se quería regresar, y él, quien realizaba el mismo viaje existencial que ella, la miraba con lágrimas en los ojos, confesándole que a pesar de haber vuelto a la patria con los suyos, se sentía tan abandonado como ella. Entonces terminaba abrazándolo y sintiéndose reconfortada en el hecho de no ser la única desgraciada en esta situación descabellada, mudada a otro país para trabajar y ganar mejor dinero, cuando debía estar jubilada y regando las matas del pequeño jardín que había sembrado en la ventana de su cocina. Extrañaba el olor a romero de su hermosa planta, grande y bella, demostrando su felicidad dando orgullosas flores que Clarisa pedía permiso para tomar, echándolas en sus exquisitas recetas. Extrañaba el ruido, el tráfico, la vida misma de su ciudad natal, menoscabada por el humo espeso de los autobuses. Pero el mejor regalo es el tiempo. Pronto la anciana dejó de llorar, encontrándose a salvo en estas nuevas calles plenas de una realidad diferente a la suya. Se dedicó entonces a conocer, y en esta tarea se tropezó con una nueva actitud hacia la vida que la sorprendió desprevenida, dándole una bofetada de felicidad que jamás soñó poseer, ni siquiera en los más tiernos pensamientos de su infancia, planeando cocinar y tener muchos hijos. Clarisa fue independiente por primera vez en su existencia, moviéndose libremente en un paraíso cultural de dimensiones infinitas y sin resistirse, se dejó abrazar por esta y las muchas ciudades europeas que se dedicó a visitar con su patrón, quien transformado en un hijo menos inútil que los suyos, decidió acompañarla felizmente desencadenado de la nostalgia como forma de vida. La amable abuela llenó sus ojos con los intensos colores del Mediterráneo y, lentamente, se fue dando la mano con esta nueva persona que dejó de extrañar su pasado y que se encontró iniciando una vida nueva en el viejo continente. El sol ilumina con fuerza reveladora la cocina de su casa y ella, ya escuchando la tos matutina del marido, se apresura a preparar el desayuno para llevárselo a la cama junto con el jugo de naranja y las muchas pastillas para sus interminables dolencias. Regocijado por tenerla en casa, se atreve en un arranque de emoción a pedirle que se quede, y ella, mirándolo con verdadera compasión, admitiendo la terrible pena de amarlo más en la distancia, le contesta sinceramente que no, que debe partir a continuar con su trabajo porque todos lo necesitan y cuentan con el dinero mensual que resuelve los problemas cotidianos. Salvado de la conciencia por la aterradora enfermedad, el pobre hombre no puede adivinar la verdadera razón que se esconde tras el amable gesto de la mujer amada y cerrando los ojos, le dice: Ya tendremos tiempo para estar juntos. Esto algún día tiene que terminarse. Clarisa entiende el valor profético de estas palabras y abrumada por el ventarrón de la inmensa verdad, cierra los ojos para imaginarse en la muerte, la única situación en la que descansarían ambos de las penitencias de esta vida que poco disfrutaron por tanta adversidad. Otra vez la despedida desgarradora y sin embargo, el alivio por saberse pronto liberada de la angustia familiar. Caminando asida del brazo del patrón que ha venido con ella, siente de pronto que una intensa oscuridad se ha cernido sobre su corazón y, debilitada, ha tenido que ser sostenida por el brazo joven del muchacho, que confundiendo su desfallecimiento con la tristeza del adiós, la ha mirado con lágrimas en los ojos, admirado de la fuerza de esta viejecita emprendedora que, sin importar el sacrificio, se aleja de los suyos para cumplir con las necesidades de cada quien. Adivinando el gesto, Clarisa le contesta: No, hijo, no te angusties. Y sin dejar de llorar, se apresura a aclararle que su amargura es motivada por la profunda culpa de saberse feliz por primera vez en su vida, en solitario, lejos de aquello que siempre ha sido, sinceramente suya, generosamente dueña de su destino. Yo no soy quien estás pensando, soy el más simple de los seres humanos, egoístamente replegado sobre sus deseos, viviendo para sí misma en la espiral de la individualidad. Por fin, soy sólo yo. ** María Mercedes Jiménez aleph.urbina@gmail.com Escritora venezolana (Caracas, 1974). Reside en Abilene, Texas (EUA), junto con su esposo y su hijo. Es egresada en filosofía de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab, http://www.ucab.ve) y posee estudios de Maestría en Filosofía de la Universidad Central de Venezuela (UCV, http://www.ucv.ve). Su carrera profesional se ha desarrollado en los ámbitos educativo y editorial, desempeñándose como profesora de bachillerato en filosofía y como redactora y editora de diversas publicaciones y editoriales de su país. Mantiene una bitácora en http://sophiadesdeladistancia.blogspot.com. === Poemas Daniela Wallffiguer Belmar ================================ *** Oda al Partido Comunista de Chile Vetustos, añejos, anquilosados, aniquilados olvidados. Empolvados, petrificados y nostálgicos. Luchadores por la nueva era. Grandes ilusionistas víctimas de una guerra sucia, jugando al soldado de un juego entremedio de un gran campo de batalla [desigual. Fueron apresados, la boca del lobo fue su guarida temporal y el lecho marino su destino final. Jugaban a ser héroes y el mundo no necesita salvadores. La crucifixión es de por vida si se te ocurre cambiar las reglas del juego. ¿Quién les dijo que todos necesitaban un mundo como el vuestro? La utopía está en los ojos de quien no se hace un lugar a codazos, en este caldero de la fácil promesa. Este hervidero pareciera ser soportable para quienes trepan y encuentran un lugar mejor que el hollín de una [chimenea. (Arrepiéntete, Charles Dickens) la igualdad y la locura son sinónimos. La verdadera lucha es alcanzar el brillo egocéntrico de tu propio diamante en bruto. Esa es la falsa promesa del mágico caldero, que destruye almas, desprecia la unidad convierte en caricatura a una estructura, que se fundió en el nuevo milenio y son clichés de los señores alternativos desconformes ávidos de poder. *** El loco Después de esta vida no hay otra. Si tuviera que pedir un deseo, elegiría amar, amar infinitamente hasta fundirme con el universo. ¿Por qué no hacerlo ya en vez de esperar a que suceda? No soy de las que miran detrás de un árbol esperando una mirada luminosa que me diga: ¡mi fantasía es completa! En vez de eso, me he lanzado al vacío como el loco niño del tarot. ¿Es peligroso lanzarse hacia el abismo de tus sentimientos? Cuando te veo, soy como babosa en sal, reprimiéndose, frente a ese impulso, intenso, vivo, inocente, libre de todo prejuicio, pulcro sin mancha lascivia. Hay que ir en busca de lo que se cree es amar. La respuesta a este deseo no fue correspondido. Fue un lanzamiento al vacío de punta a las filudas e hirientes rocas, que se rieron un poco. Su respuesta era una copia fiel de la inmundicia del mundo corrompido, ese que desconfía de todo y de todos, que crea mundos perfeccionistas, [moralistas, castradores, prejuiciosos, altaneros, ególatras y [solitarios. La respuesta se transformó en un vil congelamiento y reemplazó el cálido [saludo a una pálida sonrisa, a una descortesía penetrante, sólo por el miedo a recibir este deseo gratuito sin pedir nada a cambio. Quien vive como un caballo de feria no puede valorar una entrega de amor [tan viva, puesto que está sumido en una realidad sesgada, oscura, minúscula se conforma con los posibles paraísos estables e inertes. ¿Aventurémonos a nuevos mundos? El único compromiso es sólo dejarse querer [sin nada a cambio. ¿Conversemos de nuevas alegrías, dolores pasajeros, sabiduría popular, [medicina alternativa o un viaje a las estrellas? ¿Hay algo malo de eso? Huiste como un hombre despavorido frente a un sinfín de posibilidades. No sé qué es peor: el salto al abismo y hallar un desierto o vivir en un desierto, esquivando tormentas, que aparecerán una y otra vez, una y otra vez. Yo el loco te digo que volverá la tentación y tú no podrás con aquella [locura. Déjate seducir y nada malo te pasará, si es que vuelvo a lanzarme. *** Rezo al padre Rezo al hijo, Rezo al espíritu y a la madre negada que me salven de este lugar del cual siempre huyo desde la primera vez que lo conocí. ¿Cuánto tiempo he de estar en el abismo? Quizás ya salí, pero de tanta costumbre No veo que ya no estoy allí. O ya le temo al sol, Cálido y afectuoso como un roce íntimo, Que no me di cuenta que el castigo terminó. O quizás no aguanto en la plenitud de los verdaderos colores, Y, como un alma masoquista, me lanzo de punta al abismo Que tanto odio, Porque me quedo en la queja Y mi voz resuena como palabras en tiempos equivocados: ¡no debiste hacerlo! Quedo tumbada como una estatua mortuoria A ver si el tiempo repara las heridas, Inmóvil como una piedra, Sin llanto permitido Porque no hay agua que merezca esta pena. Asumo los dolores de un quiebre inevitable. Inmóvil e impávida espero que pasen las cicatrices, Que se abren de vez en cuando porque todo me recuerda a todo. Y anhelo aunque sea un instante, una dosis de nada Para que, como anestesia, me sirva vivir mientras busco Otro lugar donde me hará sangrar Una vez entregado mi corazón Recién recuperado de la demolición. Pero vale la pena otro salto. ** Daniela Wallffiguer Belmar danielawallffiguer@gmail.com Escritora chilena. Licenciada y profesora de estado en historia y ciencias sociales, magíster en historia de América de la Universidad de Santiago de Chile (http://www.usach.cl). Ha publicado artículos referentes al género sobre el matriarcado, historia y otros temas en el portal La Revelación (http://www.larevelacion.com). Además escribe ensayos, crítica literaria y cinematográfica, cuentos de ciencia ficción y poesía. Actualmente trabaja como profesora y realiza investigaciones referentes al género y sexualidad. === Domingo sin Francisco Delfina Acosta ============================= Vea usted: yo he amado mucho. Cuánta noción de firmamento, de estrellas cayendo en silencio mientras la gente dormía, de lucero parpadeando sobre el rocío del pasto, empecé a tener desde que conocí a Francisco. Se me vino encima toda la constelación. Él me hablaba muy por debajo de su edad (ya tenía cincuenta y cuatro años) pues no le gustaba ponerse serio ni portarse como gente mayor conmigo; no se quejaba de la artritis, que comía diariamente la semilla de su salud, ni mencionaba las molestias en el pecho, que le hacían toser un color azul oscuro, pues era de fumar mucho. Me amaba. A veces se ponía a tono con la duración del noviazgo: dos años. Entonces me decía, mientras observábamos partir un barco de bandera azulada de aquel muelle de Buenos Aires donde venían a confinarse los amantes de los atardeceres, que ya conversaría con su madre, la señora Ester. A mí, que era feliz con verlo solamente, que hablara o no de mi existencia a ella, me tenía sin cuidado. Vea usted: a su madre le habían vuelto chocha sus ochenta y siete años, y yo sabía, por confesión de él, que en la entrevista la señora sólo me confundiría con la primera novia, Margarita Escalante, reclamándome que ya era tiempo de casarme con su niño. Cada tarde lo aguardaba sentada frente al piano inglés de tres pedales. Pero él era demasiado inquieto para un Beethoven denso, sordo, revolviéndose en su silencio hasta que salieran aquellas notas musicales liadas con los ruidos de cascos de los caballos en tropel. Así que se quedaba escuchándome un rato y luego me contaba aquellas cosas que se acostumbra contar cuando se habla de casos que ocurren a los otros, sólo a los otros, y lejos. Francisco se instalaba en el sofá de respaldo ortopédico, fumaba un pucho, de los más buscados, y me besaba las manos mordiendo cariñosamente mi dedo meñique en señal de apetito. Era un seductor. En sus ojos azules me veía pequeña y aniñada. Cómo no iba a desear morir cuando me vinieron a contar que había muerto. El domingo se lo llevó, mientras los enamorados del parque tendían manteles a cuadros sobre el pasto para servirse filetes de carne empanados y vino; ah... ellos siempre tan locuaces y contentos a pesar de la insistencia de alguna abeja y dos o tres moscas que suelen ir de las hierbas a la boca de la botella y de la boca de la botella al aliento alcohólico. Se sabe que todas las historias de amor son únicas. Pero comprenda usted que nuestro amor era la razón de mi vida. Y si era la razón de mi vida, ¿cómo no voy a estar ahora fuera de mi juicio? El piano inglés, con su tapa levantada, no me dice absolutamente nada. La brisa fresca de la tarde, que antes me inspiraba un café caliente con tostadas, para tomarlo en compañía de Francisco, mi Francisco (él soplaba por mí el vapor), hoy me arrastra hasta la cama, donde me hundo bajo dos pesados edredones. No hago otra cosa que vivir de costado, y atrás, siempre atrás, pues soy la última, pareciera, en la fila del gentío. Cómo dejar de estar triste, si a esta hora ya solía hallarse él conmigo, mostrándome una variedad de piedras y de guijarros que juntaba avanzando por el camino de los cipreses para mí; ah... arrastraría una montaña hasta mis pies si fuera necesario. Su mejor presente fue una desdichada mariposa blanca con el ala lastimada que salvó de un pabellón de hormigas rojas que ya cruzaban la calle para arrastrarla a su nido. La arrullamos como si fuera la criatura de nuestra buena suerte. Solíamos ir al bar chino de la esquina. Me contaba chistes divertidos; sobrepasada de alegría, yo sentía correr las lágrimas por mis mejillas, y él, contento de darme la felicidad necesaria para que lo amara y lo adorara todavía más, pedía al mozo otra botella de champán de la más selecta cosecha. Y ahora usted me dice que la vida continúa. Y claro que sigue, pero en sentido contrario. Cada día retorno al pasado, por ejemplo a aquella carrera que hicimos hasta llegar a la cima de la loma, desde donde se veía el campanario de la iglesia. Y me dice usted que tome vitaminas, con un vaso de agua mineral. Y tomo la medicina que viene en un envase de color verde, un verde de esperanza comercial; sin embargo el recuerdo de su rostro observándome mientras me maquillaba frente al espejo me persigue, y se repite, se multiplica en el espejo de cuerpo entero de la sala cuando paso frente a él. Querría enojarme con Francisco por perseguirme. Quiere volverme loca. Si miro el patio oscurecido de la casa, mientras me siento en el sillón, yo, madre de mi gato, siento que una música triste, como de violín perdido por su dueño y tocado por manos extrañas, como de viento arrastrado por las hojas de las veredas, viene a marcar el compás de esto que hago para no fatigar mi cansado corazón: mecerme. Y me dice usted que no debo caer en exageraciones nerviosas, pero lo que me pasa, lo que me ocurre es una tristeza profunda, de las que le vienen a uno cuando observa caer el agua de la canaleta sobre el aljibe sin fondo. ¿Vio qué tristona suele ser la lluvia al resbalar por las ramas de la higuera? Y me explica usted que esta píldora de color azul me ayudará a tener la memoria encendida. Qué me importa a mí recordar dónde dejé los anteojos, o la cajetilla de fósforos, o el nombre de mis amigas que me llaman de vez en cuando para reprocharme por no llamarlas, o mi mismo nombre, que a veces se me antoja fuera de lugar y excesivo para mi situación actual: Aurora. Qué me importa olvidar si no puedo dejar de recordar aquel paseo con Francisco bajo la sombra de los eucaliptos, a las cinco de la tarde. Entonces nuestro enamoramiento nos hacía aspirar y exhalar el aire para llenarnos de ese querer que parecía oler a una esencia aromática. Nos queríamos tanto, y era un dolor, a veces, querernos, sobre todo cuando nos despedíamos. Cuando nos despedíamos nos queríamos demasiado. Usted sabe, doctor, que el domingo tiene un no sé qué de melancolía. Y también de desgracia. Él ya no está a mi lado. Ayer, junto a la glorieta del paseo de las mariposas, vi a una joven de rostro claro, con unas pequeñas venas azules que eran como vetas en su triste rostro de piedra; a su lado estaba un muchacho, parecido a mi Francisco, que le tomaba cariñosamente de las manos y le decía cosas tibias en el oído. Me puse tan mal. El amor de los demás prende en mí un dolor que es como un fósforo encendido; estoy devorada por dentro. Nadie puede hacer ya nada por mí. Ni usted ni yo tendremos culpa alguna si mañana amanezco muerta en la cama. “Sobredosis de barbitúricos”, dirá el médico forense. La culpa la tendrá esta tristeza horrible y espantosa como una tarántula de la que ya no puedo hacerme cargo. ** Delfina Acosta delfina@abc.com.py Poeta paraguaya (Asunción, Paraguay, 1956). Su primer poemario, Todas las voces, mujer..., obtuvo el Primer Premio “Amigos del Arte”. Integró el Taller de Poesía “Manuel Ortiz Guerrero”, dando a conocer algunas obras en publicaciones colectivas. Publicó el poemario La cruz del colibrí, con prólogo de la poeta Gladys Carmagnola; reunió en el libro El viaje sus cuentos que obtuvieron premios y menciones en concursos literarios. Su obra Romancero de mi pueblo mereció el segundo premio “Federico García Lorca” y su poemario Versos esenciales, dedicado a Pablo Neruda, obtuvo el Premio Pen Club del Paraguay. Su libro Querido mío obtuvo el premio “Roque Gaona” (2004). También ha publicado Versos de amor y de locura en 2007. Sus obras (cuentos y poemas) están incluidas dentro de numerosas antologías nacionales y extranjeras. Es columnista del diario ABC Color (http://www.abc.com.py). Dirige el Taller de Poesía de la Manzana de la Rivera. === Cuerpos en perspectiva (extractos) Josefina Calles =============== *** Laguna cuerpo de cristal Aquí está la laguna tremenda, verde... cerrada a los reflejos fieles, voluptuosa en su lento burbujeo. Enriqueta Arvelo Larriva Aquella mañana, el frío agonizaba tras la montaña La laguna divisó el cuerpo de cristal Dibujó la tristeza de dos seres encarcelados en el desconcierto de la soledad Abatida, incolora en la espesura del susurro silente yace la laguna burbujeante las palabras entrecortadas por la desolación de aquellos transeúntes del [momento dos fieles amigos solitarios quisieron disipar sus penas en la quietud [friolenta de la laguna inmóvil como cuerpo de cristal *** He vuelto a anidarme en tu cuerpo Bésame, bésame mucho, Como si fuera esta noche la última vez... Consuelo Velázquez Tu mirada silente me desnuda los temores se desbocan Angustias silenciadas por la palabra se disipan Entre el aroma de la noche húmeda, hemos levantado las copas para celebrar el encuentro esperado Sopla el viento y se enreda con la tibieza de las manos La música enajena los besos He vuelto a anidarme en tu cuerpo A sentir el olor de tu piel Atormentarme con tu silencio *** Me confieso carcelaria El muro de las sombras, cárcel de las noches. Vladimir Maiakovsky Me encuentro en la prisión de mi cuerpo, sin que el viento me alcance El susurro del mar me transporta a otras latitudes Lo perpetuo sigue en lo profundo tratando de penetrar el arco iris He sido prisionera de una búsqueda inútil voy por caminos polvorientos Imágenes, palabras conforman el cuerpo de esta noche silente Atardeceres lentos, amaneceres celestes se desdibujan en mi celda Sigo en la prisión de mi cuerpo, me voy a encarcelar en lo onírico sólo allí está mi plenitud. ¡Me confieso carcelaria! ** Josefina Calles josefinacalles@gmail.com Escritora e investigadora venezolana (Barquisimeto, Lara). Doctora en ciencias de la educación. Es profesora de literatura, ensayista y poeta. Coordina el Núcleo de Investigación Lingüística y Literaria “Profesor Trino Borges” de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (Upel, http://www.upel.edu.ve), casa de estudios en la que se desempeña como docente. Es autora de los poemarios Azul profundo, Agua dulce y Una gota se esparce entre los dedos (inédito), así como de los libros Discurso en cuatro dimensiones, Cuatro voces femeninas en la literatura venezolana y Semiótica de la imagen. === Nadie asesinará la alegría del pueblo ================================= === John Javier Acosta Rodríguez ========================================== Rosa Elvira se desmayó cuando los dos disparos de fusil hirieron de muerte al silencio de la madrugada. “¡Dios mío: la mataron!”, alcanzó a gritar antes de caer al piso. Desde que se llevaron a su hija, media hora antes, se había aferrado a la esperanza de que no le harían nada: sólo la reprenderían y la obligarían a que no tuviera esa clase de relaciones amorosas. Sin embargo, tuvo la precaución de ponerse a rezar en medio de sus sollozos para que Dios le ayudara a conservar viva a su hija. Pero los dos tiros que retumbaron en el ambiente frío de esa hora le truncaron de un sólo tajo sus esperanzas. Cuando la vio caer desvanecida por la tristeza, su nieto de cuatro años volvió a soltar el llanto: había despertado con el escándalo que se armó cuando vinieron por su tía y había llorado a todo pulmón hasta que Toño, su papá, lo consoló en sus brazos. Entonces, el niño se metió el dedo pulgar a la boca, que era su forma de calmar sus requiebros desenfrenados, y se quedó tranquilo en los brazos redentores de su padre. El viejo Antonio, aturdido por la impotencia y la rabia, recogió a su mujer del suelo y la llevó hasta la cama matrimonial, que desde hacía muchos años no la usaban ya los dos. Exhaló la bocanada de humo del cuarto cigarrillo que se fumaba en 30 minutos de angustia y le pidió a Toño que le buscara el alcohol. El joven, que estaba más atolondrado que su padre, fue hasta el baúl con el niño en sus brazos, buscó entre los trapos la botella de ron que Rosa Elvira preparaba con bruscos medicinales para bañarse el cuerpo en caso de dolores, y se la entregó a su viejo. El niño y Toño miraban en silencio cómo el viejo ungía el cuerpo de su vieja. “A mi tía no la mataron, ¿verdad?”, preguntó el pequeño. Antonio respiró profundo: “Venga, hijo, siéntese aquí y ayúdame a sobar a su abuela”, le respondió al niño, haciendo un esfuerzo para que el llanto no delatara su tristeza y señalando una orilla de la cama con su mano derecha. Afuera, la calle estaba vacía. No quedaba un sólo borracho impertinente después de la verbena. Los perros habían cesado de ladrar y salieron corriendo a esconderse cuando se sintieron los dos disparos de fusil. Sólo se escuchaba el canto lejano de algún gallo que le contestaba tardíamente a otro. “¿Y ahora, papá, qué vamos a hacer?”. Toño pudo al fin lanzar la pregunta que le estaba taladrando el alma: el viejo escondió su sorpresa detrás de los nubarrones de su desvarío. En realidad, no había pensado en eso todavía. “Nada: salir a buscar el cadáver ahora que su mamá vuelva en sí”, respondió. Esa noche, el viejo Antonio había llegado a su casa antes de las doce. Rosa Elvira, que cuando sintió que empujaron la puerta interrumpió su orinada en la bacinilla de peltre que ponía en un rincón del cuarto, encima de unos cartones para que no hiciera ruido al contacto con el piso, se acostó afanada en su hamaca y se hizo la dormida, tragándose su propia rabia, para no reclamarle todavía nada a su marido: si lo hacía se despertaba Toñito, su nieto de cuatro años. Decidió entonces esperar hasta el día siguiente. Antonio sabía que ella estaba fingiendo dormir y se lo agradeció en silencio: no estaba para dar explicaciones a esa hora. Cerró la puerta sin ponerle la tranca para que sus dos hijos pudieran entrar como él: la ajustó con el asiento de cuero. Destapó uno de los tres platos que estaba sobre la mesa de la sala, guiado apenas por la luz del bombillo de afuera que se filtraba por la solera del techo de paja. Le dio un mordisco al pedazo de yuca y otro al de queso. Tomó un sorbo de café con leche y se erizó porque no podía pasar la comida fría. Sonrió nervioso cuando vio sobre la mesa la canasta con víveres y el fajo de billetes de dos mil pesos. Entró al único aposento de la casa y se agachó para no tropezar con la hamaca de su mujer. Alzó un poco la hamaca del nieto y llegó por fin a la suya. Colocó la camisa y el pantalón sobre el asiento que Rosa Elvira acostumbraba a poner ahí para ese propósito. Y se acostó con la satisfacción de haber hecho el menor ruido posible para ayudarle a su mujer a que fingiera su sueño. Ella lo sabía y le dio más ira aun, pero sintió a Toñito dormir plácidamente y se volvió a atragantar con su agonía. La música de la verbena inundaba la atmósfera del pueblo y se metía por todas partes. Era domingo, el último día de las festividades patronales que iniciaron el jueves en medio del temor de todos y la gente había perdido ya el miedo y la incertidumbre que antecedieron los festejos. Resulta que a las ocho de la noche del lunes anterior, los motores de dos camiones desconocidos rompieron la pasividad del pueblo, que a esa hora se recogía para sucumbir al encanto de una telenovela nacional. Los únicos vestigios de vida humana que quedaban en las calles eran los muchachos de siempre, que trataban de apaciguar en el parque sus requerimientos juveniles alrededor de una botella de aguardiente, cuyos tragos se hacían cada vez más pausados y pequeños para demorar el deleite de una noche interminable. Ahí se detuvo el primer camión: el otro fue conducido hasta las casas que quedaban al otro lado del río. Los jóvenes del parque se asustaron cuando vieron descender a ocho hombres armados con fusiles. “Mierda, maricas, son los paracos”, alcanzó a decir uno de los muchachos, antes de que los desconocidos llegaran hasta ellos. En la región llamaban paracos a los grupos de paramilitares que la gente del pueblo empezó a ver como una realidad lejana mostrada por los noticieros de televisión en las sucesivas masacres que ocurrían en otras regiones del país. Pero que los sorprendió a todos en la noche tranquila de ese lunes. Se les apareció de súbito, como una pesadilla, en los primeros minutos de la telenovela. En el pueblo tenían la certeza de que nunca aparecerían porque los fundadores del caserío habían tenido la brillante idea de levantar la aldea, dos siglos y medio atrás, en las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta, a una hora en carro de la cabecera municipal, por una carretera destapada y zigzagueante, que podría ofrecer el peligro de una emboscada guerrillera a cualquier grupo militar de derecha que osara transitar por ella, y, más aun, en medio de la oscuridad de la noche. De modo que los pobladores habían acariciado la determinación ilusa de que sólo sabrían de los paramilitares por las versiones de terror que contaban los moradores de otras poblaciones de la provincia, más cercanas a la civilización. Esa noche les tocó vivir en carne propia las escenas de miedo que ya conocían de memoria por testimonios de otros. “Venimos a protegerlos de la guerrilla”, decían los recién llegados, mientras requisaban a los muchachos del parque. Toño sentía las manos escrutadoras del hombre que lo empujó contra una de las sillas de cemento, y ahí, con el corazón atorado dentro del pecho, se arrepentía mil veces de no haber acatado las advertencias de su madre, cuando le rogó hasta la saciedad que no saliera a la calle de noche. No les hicieron nada, afortunadamente. Uno de los paracos sacó una botella de aguardiente del carro y se la entregó a Alfredo, amigo de Toño desde la infancia. “Tomen porque la que tienen ya se les acabó”, dijo el paramilitar. Ninguno de los muchachos quiso seguir bebiendo. Alfredo convidó a los que, como él, vivían al otro lado del río y se fueron. Ya las casas estaban cerradas. La gente había apagado los televisores y las luces para mirar, muertos de miedo, las calles desiertas a través de las ventanas entreabiertas: todos se ruborizaban al sorprenderse como protagonistas de un libreto que conocían de sobra por las imágenes constantes que mostraban los noticieros. Alfredo y sus tres acompañantes habían cruzado el río. El otro camión regresaba de su recorrido inútil porque la única casa que visitaron la encontraron sola y con las puertas abiertas: alguien avisó a tiempo al padre de Alfredo y salió despavorido con su familia al monte oscuro. Entonces, los paramilitares, enfurecidos porque no encontraron a nadie, batieron contra el piso el televisor encendido que contaba a todo volumen los últimos episodios de la telenovela, buscaron debajo de las camas, dentro de la nevera, en el armario, se embolsillaron el dinero que encontraron debajo del colchón y se marcharon enceguecidos por la ira. Detuvieron el camión en la loma que lleva al río porque se encontraron con los cuatro muchachos que regresaban del parque que estaba del otro lado del torrente. Alfredo no se imaginó que esa sería su última noche. Se había salvado del primer camión porque el hombre que servía de guía, el sapo, no viajaba en él. “¡Ese es uno de ellos!”, gritó ahora, con su voz fingida y señalando a Alfredo, el que se tapaba el rostro con una peluca rubia. “¡Súbase!”, ordenó el que parecía ser el jefe del grupo. Alfredo miró a sus amigos y alzó sus hombros en señal de extrañeza: fue la última vez que lo vieron vivo. Tres días después empezaron las fiestas patronales del pueblo, en medio del dolor y la tensión. Nadie daba nada por el éxito del festejo hasta que el jueves en la tarde llegó la primera candidata con su comitiva alegre y su jolgorio sin reservas. Después, se sintió el ruido de la otra aspirante y los pitos y las sirenas de la siguiente: cuatro municipios de la provincia habían mandado a su joven para que se disputara el honor de ser la reina del fique. “¡Carajo, se salvó el festival!”, dijo, emocionada, Rosa Elvira, desde la puerta de su casa, cuando vio la caravana de carros en el desfile inaugural. Hasta el viejo Antonio, su marido, se rindió al éxtasis de aquella explosión de alegría. “Bueno: ahora sí”, dijo. Él había recibido la noticia de la incursión paramilitar en la madrugada del martes, en Creación, la pequeña finca que heredó de su padre. Estaba en el corral, ordeñando las vacas bajo el frío de las cinco, cuando sintió el vozarrón de Enrique Zuleta que se impuso ante los ladridos de los perros. Enrique subía todos los días al pueblo hacia su parcela a sacar la yuca del desayuno. Y cuando pasaba por Creación a tomarse su tercer tinto del día, informaba al viejo Antonio la novedad de la noche, que era casi siempre un nacimiento. “¡Los paracos mataron a dos y se salvaron cinco de chiripa!”, fue el saludo de esa mañana. El viejo Antonio no pudo evitarlo: de inmediato pensó en Toño, su hijo, que tenía 22 años, era separado y sin empleo: ideal para acusarlo de guerrillero camuflado entre civiles. “¿A quiénes?”, preguntó con ansiedad. El otro muerto era un andino que había llegado al pueblo con su sobrino, hacía siete meses. Montó un depósito de víveres que desde el primer día fue la sensación de todos, porque conseguían lo que necesitaban. Los paracos se apoderaron de todo lo que encontraron en la estantería, sacaron al dueño del negocio, que estaba mirando la telenovela cuando llegaron por él, y le dieron dos disparos de fusil en la cabeza, delante de su pariente de sólo nueve años: quedó sentado en el sardinel, con las manos atadas a la espalda. Lo acusaron de venderle víveres a la guerrilla. A las diez de la noche, después de que los paramilitares se habían marchado y la gente salió de su encierro a hacer el inventario de desgracias, los muchachos del parque supieron que la botella de aguardiente que les regalaron había sido robada en el depósito de los andinos. “Mierda, Kike, se nos jodió el festival”, fue lo único que se le ocurrió decir al viejo Antonio, después de escuchar el relato del recién llegado a su finca y repuesto ya de su miedo inicial: ya tenía la certeza de que su hijo estaba vivo. No había sido, sin embargo, un comentario indolente. Llevaba más de una década participando en el concurso de canción inédita del festival, sin haber ganado nunca ni siquiera el tercer puesto. Lo único que le quedaba de aquellas batallas folclóricas era una mención de honor que le dieron por casualidad seis años atrás, escrita a mano en papel pergamino y que él lucía orgulloso, amarillenta ya por el polvo, colgada en la pared de la sala. “Nojoda, mira cómo son las vainas: esta vez sí me lo iba a ganar”, remató esa mañana. Por eso no pudo evitar contagiarse de la alegría que los invadió a todos, la tarde del jueves en que llegaron las cuatro candidatas. Nunca antes la gente había sentido aquel festival más suyo. Todos los miraban con ansias de devolverle la esperanza a las ganas de vivir. Los pitos, las sirenas, los muchachos detrás de las reinas tratando de coger el último confite del puñado que acaba de lanzarle a la multitud la hermosa jovencita que, desde el capó del carro, movía sus hombros al ritmo de los tambores: sí, era el Festival Folklórico del Fique. Había regresado después de tres años de ausencia, cuando se hizo, también contra todo pronóstico, ocho días más tarde de que la guerrilla entrara a la fuerza al caserío en una noche en que la oscuridad permitía ver con nitidez todas las estrellas titilantes del cielo. Cinco años atrás, la guerrilla había sido un concepto vago y lejano, del que sólo se oía hablar en los noticieros de televisión. Hasta que en las parcelas cercanas fueron apareciendo hombres de melenas alborotadas y barbas descuidadas con su discurso de tranquilos-hombre-que-no-le-vamos-hacer-nada-porque-somos-el-ejército-de-ustedes-los-pobres-y-explotados-por-los-ricos-que-también-tienen-su-ejército-oficial-para-someterlos-a-ustedes-y-es-por-eso-que-estamos-aquí-para-defenderlos. Y dormían cerca de las casas, se chanceaban con los parceleros, limpiaban sus armas delante de los campesinos, enseñaban a los muchachos a disparar, hasta que un día, dos años después de su aparición por aquellos parajes, le llegó la sentencia al atemorizado viejo Antonio. “Lo hemos elegido a usted para honrarlo con una misión importante”, le dijo el jefe. “¿Y como qué sería?”, alcanzó a preguntar el viejo, mientras Rosa Elvira, su mujer, le sacaba los piojos. Era un atardecer de junio en que las gallinas empezaban a subir al palo de totumo en donde pasarían la noche. Rosa Elvira le enterró las uñas a su marido en el cuello cabelludo, como advirtiéndole que rechazara cualquier oferta. El jefe le explicó que habían decido tomarse el pueblo. “Para eso necesitamos conocer detalles acerca del puesto de Policía”. Le dijo que aprovecharían la llegada a pasar vacaciones por esos días de la hija del viejo Antonio, que hacía un curso de inglés en la capital de la provincia. “Una combatiente nuestra se hará pasar por compañera de estudio de su hija y vivirá unos días con ustedes en la casa que tienen allá, en el pueblo”. La guerrillera haría creer que se enamoraba de un policía. “Así visitará el puesto con su hija y hará el trabajo de inteligencia que necesitamos. Eso es todo. Nosotros les pagamos los gastos de alojamiento y alimentación de nuestra combatiente. Sencillo, ¿cierto?”. De modo que eso era. El viejo Antonio se apartó del regazo de su mujer. Escupió porque creía que era saliva lo que se le atragantaba en la garganta. Caminó como estaba, a pies descalzos y sin camisa, se asomó por encima de la cerca del corral de terneros y los vio rumiando, acostados sobre sus propias boñigas secas. Regresó sin mirar al jefe y a los veinte guerrilleros. “Ustedes dijeron hace tiempo que a los civiles no nos meterían en su guerra”, dijo. “Vea, hermano, en primer lugar, esta no es sólo nuestra guerra, sino que es de todos; en segundo lugar, son órdenes de arriba, y, en tercer lugar, hay que cumplirlas”, sentenció otra vez el jefe. Miró la cara de angustia de Rosa Elvira y el rostro del viejo Antonio, desencajado por la impotencia. “Nosotros les garantizamos que a ustedes no les va a pasar nada”, repuso. “Pueden estar seguros que no lo hago por gusto y pueden quedarse con los gastos porque mi casa no es hotel”, aceptó el viejo Antonio, en un momento de valentía. La toma fue el fin de semana antes del festival de ese año. Apenas sintió los primeros disparos, Rosa Elvira se sentó en su hamaca a pedirle a Dios que no le pasara nada a la guerrillera que vivió en su casa: había sido la sensación de los jóvenes del pueblo, que apostaban todas las noches en el parque a quién la conquistaba primero. “Si a esa mujer la matan y la dejan tirada, pobre de nosotros”, balbuceó Rosa Elvira, en medio del crepitar de las balas que se escuchaban por todas partes. Toñito, que apenas tenía un año de nacido, despertó asustado y corrió a llorar sobre el pecho de su abuela. Los seis policías se rindieron cuando ya no tenían más municiones para repeler el ataque. Entonces, ocho guerrilleros fueron a las casas de los cinco dueños de camionetas y los obligaron a que los llevaran, con los agentes de policía como rehenes, por la trocha que lleva a la sierra. Fueron los mismos cinco hombres que se salvarían tres años más tarde, cuando los paracos fueron a buscarlos a sus casas y no los encontraron. Hasta seis días después de la toma, la gente se burlaba todavía de los paisanos pueblerinos que alcanzaron a robar cámara y salieron en los noticieros que llegaron a cubrir el hecho: les parecía increíble, después de todo, verse ellos mismos en la televisión. La junta organizadora del festival del año de la toma guerrillera recolectó plata para tapar las vergüenzas del ataque. Los huecos de las balas y granadas desaparecieron de las paredes, pero el miedo no le permitió a los foráneos ir hasta el pueblo a disfrutar de las fiestas. Ni siquiera las reinas, aunque se hicieron las festividades en la fecha prevista. Esa vez, sin embargo, no hubo orgullo más grande para la gente del caserío que el haber podido cumplir con la responsabilidad de un festival que se había anunciado a los cuatro vientos. Ese esfuerzo, quizás, fue el que minó el espíritu parrandero de la gente porque al año siguiente no hubo festival. Ni el otro. Sino tres más adelante, que tampoco fue suspendido por la incursión paramilitar. Fue el mismo año en que la guerrilla se metió a la casa del viejo Antonio para sacar a su hija. Ese domingo, el viejo Antonio había empezado a tomar desde temprano. Era el último día del festival y su canción inédita había quedado entre las cinco finalistas. Su timidez visceral no le permitía nunca subirse a la tarima en plenos cabales. Decidió, entonces, vender el ternero que tenía pensado dejar como el torete de su potrero para poder tener el dinero de los tragos. Inició a tomar cervezas, bajo la canícula de las diez de la mañana, en medio de las rechiflas y gritos de alegría de los que presenciaban el desfile de candidatas en traje de baño, desde las enormes piedras del río. Siguió con brandy en el balneario El Salto, donde fue jurado del concurso de extracción artesanal de la fibra de fique. Bebió aguardiente en el mismo sitio, cuando las hilanderas más cotizadas del pueblo se disputaban el título de la mejor en su oficio. Siguió con ron de caña en los quioscos patrocinados por las empresas cerveceras, al lado de la tarima central, mientras trataba de sostener su mirada dislocada sobre las tres tejedoras de mochilas que hacían sus puntadas perfectas con una rapidez impresionante para ganar el concurso. Cuando le hicieron el primer llamado, el viejo Antonio se llevó a la boca el trago de güisqui que le ofrecieron sus compañeros de parranda. Esperó hasta el segundo llamado para incorporarse. Se sintió como quería: tranquilo, sereno, sin miedo. Había tomado unas pastillas desde tres días antes del festival para tratar de limpiar el hígado y evitar que el alcohol lo traicionara. Caminó seguro hasta la tarima. Antes de subir el primer peldaño de la escalera vio una mueca de pánico en la cara del animador y sintió el silencio sepulcral cuando los dueños de los quioscos le bajaron el volumen a sus estridentes equipos de sonido. Volteó hacia atrás y los enfocó: cuarenta guerrilleros caminaban en fila india. Cruzaron el parque con sus botas pantaneras, sus uniformes de fatiga y sus fusiles amenazantes. Pasaron al lado de la tarima, se metieron por el callejón que da al monte y se perdieron entre las lomas. Eran más de las cinco de la tarde. Alguien le pasó un trago al viejo Antonio antes de que terminara de subir. Los tres músicos que lo acompañarían ya estaban arriba. El acordeonista empezó a sacarle las notas gloriosas a su instrumento europeo, el cajero lo secundó con sus manos de ordeñador golpeando fuerte el cuero tensionado de su tambor africano y el guacharaquero rastillaba con armonía el trinche sobre las ranuras de su artefacto indígena. El viejo Antonio cogió el micrófono con las dos manos, abrió sus dos piernas, cerró los ojos y soltó al mundo las cuatro estrofas de su canción sentida. Rosa Elvira la escuchó toda desde su casa. Hablaba sobre una muchachita morena que había llegado de Valledupar a causarle un remezón espiritual en su alma cansada de hombre viejo; añoraba los momentos felices vividos con ella en los potreros de Creación, mientras su mujer recibía las visitas de las comadres del pueblo. Cada frase era como un latigazo sobre el orgullo mancillado de Rosa Elvira. Lo que más le irritó fue el descarado estribillo que el viejo Antonio repetía desde la tarima: “Vení, negrita, vení, que sin ti me puedo morir”. Fue una canción aplaudida. El viejo Antonio pudo acariciar al fin el placer del triunfo. Iban a ser la siete de la noche cuando el animador leyó los resultados. El viejo Antonio le mandó el premio a su mujer: los cien mil pesos en billetes de dos mil y la canasta del mercado. Él sabía de sobra que ella debía de estar quemándose viva en el fuego de su propia ira: el viejo Antonio se imaginaba la cantidad de carboneros imprevistos que pasaban por su casa sólo para atizar el fogón que ardía en el alma de la esposa. “Ajá, Rosa Elvira, y que te cambiaron por una negrita mucho más joven que tú”, le dirían. De modo que esperaba calmarla un poco dedicándole en especie el resultado de su inspiración. Fue peor. Rosa Elvira se sintió más ofendida al ver que su marido todavía tenía el descaro de mandar a su hogar los trofeos de su infidelidad. “Póngalo ahí”, le dijo al que se lo llevó, señalando la mesa. “Es como si mandara un santo robado”. Cuando el viejo Antonio llegó a acostarse, antes de las doce, Rosa Elvira tenía razones suficientes para estar enfadada. Y si prefirió hacerse la dormida fue para no despertar a Toñito, su nieto de cuatro años. No pudo pegar los ojos porque nunca podía conciliar el sueño hasta que no llegara a dormir el último de los parranderos a la casa. Los ronquidos de su esposo, al otro extremo del cuarto, y el vaho del alcohol que invadió el ambiente desde que él apareció en el aposento, le perturbaba aun más la poca tranquilidad que le quedaba. Desde su hamaca escuchaba las pisadas secas, sobre la calle sin pavimento, de quienes regresaban de la verbena y los perros ladrándoles hasta el cansancio; oyó las respuestas de las candidatas a las preguntas del jurado, se burló en silencio de la voz ronca del animador al anunciar que la reina de ese año era la linda representante del municipio de Maicao, y se sonrió cuando dijeron que la señorita Valledupar se había retirado disgustada con la decisión del jurado. Sin embargo, no percibió, como sí lo hacía muchas veces, que algo malo sucedería esa madrugada. Se incorporó al sentir los quejidos de su marido. Lo vio sentado en su hamaca, con la cabeza entre sus manos. “¿Qué te pasa?”, le preguntó con mal disimulada indiferencia. “Un tremendo dolor de cabeza que me está matando”, escuchó como respuesta. “Llama a tu negrita para que te atienda”, le espetó. Se volvió a acostar satisfecha. El viejo Antonio siguió sentado, rabiando de dolor. Rosa Elvira sacó la mano para buscar sus chanclas que siempre colocaba debajo de la hamaca. “Carajo, vas a despertar al muchachito”, dijo. Fue hasta el baúl y buscó un analgésico, cruzó el aposento, llegó a la sala, vertió agua de la jarra que estaba sobre la mesa en un vaso y vio la hora en el reloj de pared que estaba al lado del cuadro del Sagrado Corazón de Jesús. Eran las cuatro. Regresó hasta donde su marido: “Coge”, le dijo. En ese momento se abrió la puerta que va a la calle. Rosa Elvira conoció las pisadas de su hijo Toño, que volvió a cerrar otra vez con el asiento. “¿Y Rosa Antonia?”, preguntó la madre por su hija. “Ahí viene”, dijo Toño. El muchacho entró al aposento sin destapar su plato de comida que estaba en la mesa. “¿Y ese milagro que no vas a comer?”, le comentó su madre en forma de pregunta. “No tengo hambre”, miró a su papá con el vaso de agua en la mano. “¿Y ese qué tiene?”, agregó. “El ron, carajo, que los va a matar”, respondió la vieja. Toño se acostó con todo y ropa en la cama doble que estaba debajo de los colgaderos de hamaca. Era la única de la casa, que Rosa Elvira y el viejo Antonio dejaron de usar juntos desde que Rosa Antonia había cumplido los cinco años, y que ahora usaban sus hijos. Toño no tenía hambre porque estaba muerto de susto. Desde que estaba en la verbena se le acercaron dos o tres amigos a la mesa donde él estaba para insistirle que le dijera a su hermana que se fuera a acostar. “Dicen que la guerrilla vino por ella para ajusticiarla”, le decían. Cuando Toño le comentó a su hermana, en medio de los aplausos por el desfile de las candidatas en vestidos de fantasía, ella le respondió, muerta de la risa, que no se preocupara porque a la que menos mataría la guerrilla era a ella. “Y tú sabes por qué”, le dijo. A Toño no lo convencían del todo las razones de su hermana. Ella pensaba que la guerrilla más bien tenía una deuda de gratitud con ella por la contribución que hizo al presentar como compañera de estudios a la combatiente que se hospedó en su casa. Pero las cosas habían cambiado mucho después de la toma guerrillera de hacía tres años. Desde que fueron secuestrados los seis agentes de esa noche desafortunada, en el pueblo no hubo más ni un policía. Sólo llegaban patrullas esporádicas del Ejército Nacional que pasaban de largo. Hasta que unos ocho meses antes del festival se estableció una base militar en la que antes era la casa indígena. Los soldados recorrían el pueblo todos los días, bajo la imponencia del sol tropical. Y, aunque la mayoría del pueblo se sentía segura con ellos, nadie se les acercaba por miedo a que la guerrilla tomara represalia una vez los soldados partieran. Rosa Antonia los veía pasar desde la puerta de su casa, donde se sentaba a arreglarse las uñas recostada en un asiento de cuero. Uno de los soldados le sonreía siempre y la miraba con sus ojos verdes. Lo que más le impresionaba a ella era las mejillas rosadas de la gente de los páramos. “Pobrecito, debe darle duro el calor de estas tierras”, pensaba. Sólo se enteró que las uñas eran una excusa para poder sentarse afuera y verlos pasar, cuando un día lo buscó con su mirada ansiosa entre todos y no lo encontró. Esperó que regresaran, ya en la tarde, y fue hasta la mitad de la calle a preguntar por él. Le dijeron que estaba de permiso visitando a sus familiares en el interior del país. Esa determinación heroica le costó tremendo regaño de su madre, pero le abrió las puertas al romance más comentado del pueblo. Ella iba a visitarlo a la base y él se iba a su casa, en las noches, vestido de civil y acompañado de diez compañeros. Fue un amor intenso que duró hasta que levantaron la base militar una semana antes de que se metieran los paracos. Rosa Antonia supo llevar sin temores esa llama encendida en la mitad de su alma, convencida de que por acunar ese sentimiento nadie podía condenarla. Se equivocó. Esa noche, Toño se tranquilizó un poco al escuchar el taconear de su hermana después de que ella le pasara la tranca a la puerta. Rosa Antonia destapó unos de los platos y se comió la yuca con el queso. Sonrió cuando vio la canasta de mercado y el fajo de billetes de dos mil pesos. “Ajo, la tal negrita hace milagros”, bromeó. “Cállate, que vas a despertar al muchachito”, le respondió su mamá. Entró agachada al cuarto para no tropezar con las tres hamacas y sacó su pijama del escaparate. “Échate para allá”, le dijo a Toño, “tú sabes que no me gusta dormir del lado de la pared”. Entonces, se sintieron los toques violentos en la ventana. El viejo Antonio, que no había podido recuperar el sueño, se incorporó enseguida. “¿Quién es?”, preguntó. “¡Abra la puerta!”, escuchó que gritaron desde afuera. “Sí, pero, ¿quién es?”. “¡Abra, carajo, que necesitamos hablar con su hija!”. Rosa Antonia, que aún estaba sentada en la orilla de la cama, se paró y se abrazó a su padre. “Me van a matar, papá”. Rosa Elvira corrió llorando a abrazar a su hija. Toñito despertó con la bulla y se agarró de las piernas de su abuela. El viejo Antonio agarró a Rosa Antonia de un brazo y trató de quitar el pasador de la puerta del patio. “¡Pilas, que se nos vuela por detrás!”, dijeron de afuera. Echaron abajo la puerta de la calle y entraron. Zafaron como pudieron a Rosa Antonia de los brazos de sus padres, le dieron un culatazo a Toño y lo tiraron sobre la cama. “Acompáñenos allí un momentico”, le dijo una de las mujeres encapuchadas a la muchacha. Todos conocieron la voz de la misma mujer que vivió con ellos, tres años atrás, la que se hizo pasar por compañera de estudios de Rosa Antonia ante los ojos del pueblo. “Mamá, papá, Toño, no me dejen ir sola, vamos todos para que no me hagan nada”, suplicaba la muchacha a todo pulmón, mientras la arrastraban por la sala. Toñito se abrazó de las piernas de su tía y pedía a gritos que no se la fueran a matar. “Tranquilo, hijo, nosotros se la devolvemos más tarde”, volvió a decir la misma mujer. “Por qué no le dice a su soldadito que venga a defenderla”, dijo uno de los hombres. “Ustedes esperen aquí”, atajó el jefe a los viejos y a Toño. Rosa Antonia alcanzó a ver la cucaracha que se comía los rabitos de yuca que ella había dejado en el plato, miró el viejo pergamino que le dieron a su papá como mención de honor seis años atrás y que colgaba en una pared de la sala, recibió el aire fresco de la madrugada cuando la sacaron a la calle, lloró más al tropezarse tres cuadras más allá con la fritanguera que venía de la verbena con sus motetes en una carretilla. “Ay, señora Carmen, me van a matar”, le dijo. Fue la última frase de su vida. Tuvieron que velarla con el ataúd cerrado para evitar que la gente le viera el pedazo de cuero cabelludo vacío que le dejaron por cabeza. ** John Javier Acosta Rodríguez jhon.acosta@uautonoma.edu.co Escritor y periodista colombiano (Casacará, César, 1965). Es egresado de la Universidad de La Sabana (http://www.unisabana.edu.co; Bogotá) y especialista en Comunicación para el Desarrollo Regional, de la Universidad Autónoma del Caribe (http://www.uac.edu.co; Barranquilla). Trabajó como redactor político de los diarios El Heraldo (http://www.elheraldo.com.co), de Barranquilla, y La Tarde (http://www.latarde.com), de Pereira. Ha publicado el libro de cuentos Un corazón dentro del fusil (1990) y el libro de crónicas Puntadas de la vida (1999), así como numerosos ensayos, crónicas y reportajes en medios impresos. Actualmente se desempeña como catedrático en el programa de Comunicación Social y Periodismo de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe. === Poemas Pedro Javier Martínez ===================================== *** De Alborada del gozo 21 Esta estampida de golondrinas. Este batir de alas en la tarde urgiéndole a tu pecho primaveras y orillando el amor de terciopelos. Vuelven a tu balcón, regocijadas, hambrientas de tus nidos, que rezuman las mieles del otoño. Vuelven a tu calor, recuperando las tibias oquedades de tu cuerpo. 29 Esperé a que escampara y abandoné mi boca a tus caprichos. 35 No me quiero morir sin que comprendas que para ti corté todas las rosas de mi jardín. Y que las mariposas de mi humano desvelo, son ofrendas con que orillé de besos esas sendas de tus carnes maduras y gozosas. No me quiero morir en tu memoria sin escribir a fuego lo que ha sido para este corazón el estallido del amor que vivimos y su gloria. Quiero seguir ungido por tu noria ayuntados en un mismo latido y que los brunos vientos del olvido no entierren de un plumazo nuestra historia. *** De Jinetes de lo impuro No aprendí a ser feliz en ningún libro. No hay catones que enseñen los firmes rudimentos de la dicha. No aprendí a ser feliz, y en el camino tuve que diseñarme la alegría y airearla en el mástil de mi boca para espantar los cuervos, codiciosos de mis tiernas espigas más cuajadas. Es pesado y difícil, concedédmelo, tener que soportar este aleluya ficticio frente al luto de los monstruos alados, sin desfallecimientos, impidiendo que al fin truequen en mueca tragicómica la máscara de barro que me oculta. No aprendí a ser feliz, pero dispongo de una aleve sonrisa multiusos. ***** Cada mañana tengo que repetirme que la muerte es este sol que alumbra los rincones, que rebulle el espíritu y me desnuda el corazón de harapos. Cada mañana sacudo las alfombras de la angustia, pinto de azul los miedos de la noche y abro de par en par las puertas a la vida... ***** De pronto te das cuenta de que las piernas fallan y que cada micción es un golpe de pelvis, porque lo que fue géiser es ahora goteo miserable. Bien lo sabe el de arriba, que me siento un brillante rockero cuando orino. Son cosas de la edad, pero que joden. *** De Canciones para las tardes de lluvia El mayoral de una finca de un pueblo murciano, mata a tiros de escopeta a unos maletillas que tentaban un toro a la luz de la luna. De los periódicos El maletilla bajaba nervioso por el atajo: ojos de aceituna verde, piel de lucero quebrado, sueño y gloria en la mirada y sobre el hombro, su hato. —Ay, maletilla, ¿qué sabes tú de cornás y de espanto? Mira que allá en la dehesa un utrero está esperando y ha medido tu cintura, y ha olfateado tu rastro mientras patea la tierra inquieto ya y resabiado. Márchate a trenzar el mimbre y a trabajar el esparto, que los ríos de tus venas perfumarán el sembrado, con su amapola de sangre, en un cuajarón morado. Maletilla, espera al alba para despegar el trapo con sus luces, que la noche conspira con el amago donde acecha el enemigo con su escope emboscado. Si has de temer a algún toro, no temas a ese morlaco que danza ante tu capote noble el gesto y bien plantado. Témele a la luna, niño, y a su brillar acerado. Témele a esa luna lívida que, en su luz, agazapado, un toro de angustia y muerte habrá de cortarte el paso y acuchillar la hermosura de tu perfil de gitano. Maletilla, vuelve al mimbre, a tu gente y a tu esparto. Que no pisará el albero tu cuerpo de junco y nardo; pues dos cuernos te persiguen desde la sombra, temblando, llenos de pólvora y fuego. Y han de matarte, gitano. Hallan flotando en una playa de un pueblo valenciano, el cadáver de un bebé con señales de violencia en su cuerpo. De los periódicos A veces las olas traen niños ciegos a la orilla amortajados de espuma, con las alas retorcidas como ángeles perdidos en cielos de sal y espinas. ¿Quién los sembrará en la mar, si la mar nunca cobija hijos de madres ajenas sin entrañas y homicidas? ¿En qué jardín han cortado el corazón de esta niña que llega como un barquito sin velas y malherida? ¿Qué puño desventurado la segó cual una espiga aventándola en lo azul y haciendo del mar su cripta? A veces las olas traen niños rotos a la orilla. ** Pedro Javier Martínez hipocampoed@hotmail.com Periodista y escritor español (Dolores, Alicante). Reside en Águilas (Murcia). Estudió periodismo y arte dramático en Barcelona. Tiene trece libros publicados y ha obtenido, entre otros, el Premio Ciudad de Lepe, el Ciudad de Jumilla y el 8º Ciudad de Torrevieja. Sus cuentos y poemas se hallan dispersos en múltiples revistas. Ha publicado los poemarios Negro: Poemas a una novia muerta (1959), Tú, en mi mano derecha (1965), Hay una paz que espera (1971) y Las luces del crepúsculo (1972), A la sombra del sauce (1975), Padre, enséñame a ser corrupto (1996), Poeta en la cocina (2000), La obscena irrealidad de los espejos (2002), Jinetes de lo impuro (2003; 8º Premio Ciudad de Torrevieja), El lugar hallado (2005), Canciones para las tardes de lluvia (XXIX Premio Ciudad de Jumilla; 2009) y Alborada del gozo (XI Premio Ciudad de Lepe; 2009), así como la novela Una dulce manera de morir (2006). === Alighieri Pedro Enrique Rodríguez ================================ “Y la blanca nieve caía sin viento”. Cavalcanti Él no veía el cristal junto a las cortinas de cenefas de espigas, pero en su superficie, flotaba el reflejo de su rostro. Sus ojos grandes y expresivos, sus orejas bulbosas, su cabello negro cortado casi al rape. Al fondo, más allá de su imagen reflejada en el ventanal, la tarde caía con el ímpetu de un telón de amarillo crudo en el que flotaban los últimos pájaros. Ahora, estaba sentado en un amplio sofá de cuero, con la mirada perdida en un punto impreciso de la sala. Pensaba en Beatrice, en la última tarde en la que estuvieron juntos. Hoy, de nuevo, la esperaba. Detuvo la mirada en el portarretrato que escoltaba una pequeña mesa de nogal, en un rincón de la sala. La foto incluía la imagen de Beatrice, todavía casi una niña y, a un lado, sin tocarla, la actitud impasible y altiva de su hermana Flavia, quien ahora mismo debía estar en algún lugar, internada en un centro de desintoxicación, escapando del vértigo de sí misma. Miraba las fotos. Sintió algo parecido a una descarga eléctrica en su columna. Un principio de agonía. Sabía por qué. ¿Y cómo estuvo el coloquio?, preguntó arrastrando las palabras el papá de Beatrice, al tiempo que se abanicaba con el periódico en un mueble contiguo. Supe que estuviste en uno. Seguía atado a la imagen de esa foto. No escuchó. ¿Ah? El coloquio, que cómo estuvo el coloquio, repitió el otro, mirándole por encima de los lentes de doble foco. Asintió con un automatismo y después hizo un gesto de indiferencia apenas perceptible que, luego, corrigió con un movimiento de hombros. Se trataba de un congreso de helenistas y poetas latinos. Estuvo bien. Aburrido, en todo caso. El papá de Beatrice asintió en un gesto triste y significativo. Me imagino. Había sido el director del instituto de investigaciones donde trabajaba desde su época de estudiante becario. En una forma confusa, exasperante, incómoda, había sido su mentor. Un maestro frío, elegante, muchas veces displicente. En la práctica, ahora tenía el legado de sus investigaciones que, en un virtuoso anonimato, habían significado algo importante en el reducido medio de los estudios humanistas. Se suponía que acabaría por casarse con su hija Beatrice. Los dos permanecieron callados. Una paloma pasó junto al ventanal y ambos la vieron. El hombre simuló una tos breve, espasmódica, y después consultó con seriedad su reloj. Marcaba las seis y diez. Él recordó el último encuentro con Beatrice, en el carro, la tarde anterior. Era la misma sensación de crispación y desencuentro, el mismo aliento de derrota. Beatrice, con la mirada fija en el interior de su cartera. Su gesto inexpresivo. Le preguntó en qué pensaba. En nada, respondió ella, encogiéndose de hombros, dejando caer el peso de su mirada en un breve silencio. Algo tienes que estar pensando, insistió él, sabiendo que dibujaba una sonrisa falsamente benévola. Beatrice dejó el bolso y miró fijo al horizonte. Pensaba en la nada, respondió, con la mueca de una sonrisa. El papá de Beatrice siguió con atención el movimiento del hombre. ¿Seguro que no te quieres tomar algo?, insistió, de buena fe. El hombre lo miró, con extrañeza. No había escuchado. Su rostro reflejaba exactamente el rostro de quien no ha escuchado. No deseaba estar allí. Imágenes cada vez más confusas, inconexas, se juntaban en un lugar de su cerebro donde latía blandamente un órgano tierno y confuso. Un objeto rojo y viscoso. Te pregunté, dijo el papá de Beatrice, en un tono de voz más alto, con aburrimiento, si no te quieres tomar algo. El hombre negó con la cabeza. Pues yo sí, comentó el viejo, levantándose con un pesado movimiento de su sillón. Me pienso servir un whisky. En tu lugar, también me tomaría uno: Beatrice es lenta. Todavía va a tardar. Él pensaba en ello todo el tiempo. Casi a diario. Él lo supo, ¿verdad?, recordó que decía, que preguntaba la tarde anterior, con la mirada fija en el camino. No la veía en ese momento, pero sentía el modo como Beatrice se agitaba en un gesto de intensa reprobación, de un violento rechazo. Déjalo así, ¿quieres?, respondió ella, con fingida pereza. Entonces ella había estirado su mano hasta la consola del carro y tomó un cigarrillo al tiempo que hacía presión sobre el encendedor del tablero. Él miró sus manos y constató una vez más que ya no eran las mismas. El tiempo transcurría, el tiempo era una máquina repetitiva. Sus manos eran manos de mujer joven que ya comenzaba a estar marchita. Algo en ellas hacía pensar que también estaban tristes. Está bien, había dicho él, retractándose. No, no está bien, respondía ella, al tiempo que le miraba con un intenso gesto de reproche. Nunca va a estar bien. Él comprendió. Pero ya era tarde. Venía algo. Entonces dijo: pasó, eso pasó. Lo que pasó no se puede cambiar nunca más, ¿sabes? El encendedor del carro hizo un sonido seco, en señal de estar listo. Ella lo tomó y, con movimientos nerviosos, encendió el cigarrillo. Ahora, sentado en la sala, recordaba. El rostro del hombre se congestionó. Sus ojos se hicieron más grandes, sus labios dibujaron un gesto de contrariedad. Siempre es así, continuó el papá de Beatrice, ya de pie, hablándose a sí mismo, se demora una eternidad. Es el acicalamiento, pienso yo. Un vestigio de remotos hábitos de especie. Peinarse el cabello, corregir un mechón. Repasar el contorno de la pintura de labios. Ni siquiera es su culpa. Es culpa de las aves, de la herencia que nos dejaron las aves en esa escalera que es la evolución natural. El hombre sonrió. Era un comentario típico del papá de Beatrice. Típico de una época en la que había sido otro, un hombre brillante, antes de tener que ver su cerebro caído en la desgracia de la decadencia. Dio una mirada a la sala: miró un pequeño adorno de porcelana sobre la mesa, después, un cuadro de inspiración gótica. Sin propósito, sin ánimo, detalló la mesa telefonera que soportaba la figura de un teléfono de disco, con una bocina cuyo mango era de falso marfil y que, en conjunto, parecía imitar una campana. Un leve pero definido latido de pudor le hacía sentir que existía algo desequilibrado en esa escena en la que él se convertía en un observador impasible, arrellanado en un mueble de la sala de esa casa. Pensó que a su manera él era un sátiro, un seductor alimentado por la cómplice obscenidad de algún demiurgo alado, rojo, de rostro caprino. Dedujo que los dioses sórdidos de un infierno complaciente y hecho a la medida le sonreían en un gesto de ostentosa camaradería. Observó una de las paredes donde colgaba una imitación de Claudel enmarcado entre volutas de falso esplendor y lo reconoció vagamente en la distancia del tiempo, en los artificios de la memoria. Era la misma casa que conoció años atrás, cuando comenzó a recorrer la biblioteca del papá de Beatrice, en una época en la que todo era, todavía, un descubrimiento. La casa que siguió frecuentando después, cuando siendo parte del instituto se reunían noches enteras y hablaban de Dante Alighieri, de Horacio, de los temas que traía una remota nostalgia de papeles antiguos y, juntos, compilaban un libro de poetas latinos en edición anotada que ahora debía ser una reliquia en los estantes de una que otra biblioteca vacía, una carta de felicitación de parte de un oscuro profesor de la Universidad de Uppsala. Un tiempo en el que todo brillaba, en el que Beatrice comenzó a aparecer en los pasillos umbríos y el comprendió que era natural que comenzase una historia a su lado, en el que el papá de Beatrice no había sucumbido a un derrame cerebral que menguó para siempre algo del fulgor de sus pensamientos, en el que comenzó a ser parte de la familia de un modo que no habría podido imaginar. Ese tiempo, ahora, era sólo un artículo escrito en pasado. No puedes parar, ¿verdad?, había dicho ella. Siempre tienes que estar pegado en todo eso. Revolcándote en eso, había dicho, todavía con la boca llena de la primera bocanada de humo tórpido. Él había intentado replicar. La voz de ella se superpuso. Habló. Le dijo lo que, de todos modos, él ya sabía. Él cerró un poco los ojos. Sintió un salto de aire en la mitad del pecho. Claro que lo supo. Todo el mundo lo supo. Papá lo supo. ¿Cómo esperabas tú que nadie se enterara? Dime, había insistido ella, girándose en su asiento hasta quedar de cara a él, dime cómo esperabas que nadie lo supiese. Por supuesto que lo supieron. Por supuesto que se me jodió la vida. Estalló en llanto. Había intentado decir algo. Había escuchado su propia voz haciéndolo. Cuando volteó a verla, descubrió que ella se perdía en una mueca de dolor y rabia que transformó su rostro en una máscara brutal. Sintió que debía parar. Desaceleró lentamente. A unos cuantos metros distinguió un pequeño recodo entre la planicie. A lo lejos, un camión de cerveza que avanzaba en sentido contrario les hizo un cambio de luces que parecieron los movimientos de un pestañear cansado, un paquidermo exhausto. Él estacionó por completo, llevó la palanca a parking y se derrumbó pesadamente sobre el volante. Al levantar la mirada, el camión de cerveza pasó junto a ellos con su pereza de animal retórico y les tocó un largo, lastimero cornetazo. A los lados llevaba estampado el cuerpo flexible de tres o cuatro rubias de senos poderosos y apuntalados. Ahora, recordando ese episodio, sentado en esa sala que comenzaba a oscurecer, sintió que el rol en esa comedia de confusiones en la que se había convertido todo era, apenas, una parodia insulsa que no valía representar ni un momento más. Tuvo la necesidad de hablar, de romper con todo. En su lugar, se decidió por un comentario circunstancial. ¿Y qué pasó con el retrato de Beatrice?, preguntó, como el primer recurso por salirle al paso a la pesada sensación de malestar. Estaba seguro de que había visto ese retrato en una esquina, un poco más allá de la telefonera, junto a la imagen de pose de su hermana mayor. Ella misma lo quitó. Decía que no le gustaba, respondió el otro, sirviéndose un trago, ¿seguro que no gustas? No. ¿Y por qué lo quitó? El papá de Beatrice se encogió de hombros y ese gesto, pensó el hombre, con dolor, le hacía parecer mucho más indefenso, le hacía verse mucho más desgastado por los años. En cierta forma, era como si vestir con la misma sobriedad de otras épocas llevase implícito un remedo paródico de lo que alguna vez fue. Zapatos de suela pulidos, camisa de manga larga. La camisa, sin embargo, dejaba ver una mancha, posiblemente del almuerzo, en la que nadie (ni él mismo, antes tan pulcro) había podido reparar. Como la casa, una antigua mansión descascarada, todo comenzaba a verse abrazado por la desidia y el polvo. Un día cercano, tal vez, todo sería arrasado por una nube mortecina de polvo y olvido. Afuera, más allá de la ventana de la sala, una sombrilla de metal con franjas blancas y azul pálido hacía una inclinación desfallecida que le daba una cierta propiedad de palmera. Atrás, podía observarse el borde de la piscina, el desplazamiento monótono de las hojas en el agua rancia. Pensó, en un mero acto comparativo, una pirueta estética, que esa piscina fue años atrás el lugar más encantador de esa casa. Pudo recordar su espectro, vestido con un traje de baño de colores intensos, con una barba profusa, sentado en el borde, conversando con otros invitados en una época en la que el papá de Beatrice se divertía siendo el anfitrión de fiestas refinadas y pomposas a la orilla del agua. El papá de Beatrice le siguió la mirada. Está sucia, dijo. Tengo que hacer que la limpien. Sí. Lo está. Él buscó los ojos del viejo. Por un instante, sintió el deseo de preguntarle, honesta, francamente: ¿No me vas a decir nada? ¿No me vas a preguntar por qué hice esta locura, esta estupidez? Lenta, fatigadamente, sintió un deseo profundo de pedirle perdón, de rogarle que disculpase toda esa comedia absurda repleta de confusiones y paroxismos; un campo surcado por lo que tal vez podrían ser los descalabros de la locura. Deseó con fuerza poder decirle a ese hombre que ahora estaba de pie frente a él que lo sentía, aunque seguramente no existiese ya nada que él pudiese remediar. Pero sintió que una densa prohibición se asentaba sobre sus pensamientos con el mismo moroso abandono de las hojas sobre el agua de la piscina. Esa prohibición era algo mucho peor que el miedo, o la vergüenza; superaba todo definido porque se soportaba sobre la constatación pavorosa de la inutilidad de las frases hechas. Ahora, él sabía que existen momentos en los que lo imposible se revela como una posibilidad absoluta, cierta, ante los que apenas es preciso realizar un leve movimiento de posesión y conquista. Uno de esos momentos ocurrió junto a Flavia, la hermana de Beatrice, años atrás, durante una fiesta junto a la piscina. Fue así: él miraba las ondas concéntricas del agua y pensó que estaba mareado. Se levantó, caminó hasta el ventanal de la casa, recorrió el pasillo interno, se reflejó contra el vidrio de enmarcado rococó del pasillo (barba profusa, traje de baño verde) y abrió la puerta del baño. Allí estaba Flavia, de pie frente al espejo, pintándose los labios. Miró sus ojos grises reflejados en el espejo. Captó un brillo. Entonces ocurrió un aletazo y todo se hizo negro. Él tomó la fragilidad de su muñeca y la guió hasta el latido que mantenía su sexo bajo el traje de baño. Cerró los ojos. Un instante después, sintió sus labios recién pintados en una succión púdica y discontinua. Un arrebato. La imagen del cabello de ella estrellándose contra la pared, un gemido ahogado, la sensación milenaria, el grito de las cavernas. Volvió en sí minutos después, cuando regresó a la piscina y pudo ver, entre las palmeras y los helechos, la llegada de otros invitados de la facultad. Alguien comentó del calor. Vio salir a Flavia por la puerta del jardín, imperturbable, rumbo a un mustang color naranja que la esperaba. Volvió a poseerla tres, veinte veces en una rotación vertiginosa de habitaciones alquiladas, en el silencio cómplice de la misma sala donde justo ahora miraba al papá de Beatrice hacer el esfuerzo de servirse un trago de whisky sin derramarlo. Era sólo ahora, después de su última sobredosis, que ella había decidido contarlo todo. El papá de Beatrice caminó hasta una poltrona en la que reposaba un gato adormilado. Hablaba, no había dejado de hablar. Intentó escuchar. Entonces pensé que posiblemente tú podrías ayudarme. Ese soneto de Cavalcanti, ¿lo recuerdas? ¿Cuál? Biltà di donna... recitó, dubitativamente. Él recordó y con un tono mecánico recitó dos versos completos: Biltà di donna e di saccente core E cavalieri armati che sien genti; Cantar d’augelli e ragionar d’amore; Adorni legni’n mar forte correnti; Aria serena quand’appar l’albore E bianca neve scender senza venti; Rivera d’acqua e prato d’ogni fiore; Oro, argento, azzuro ‘n ornamenti El papá de Beatrice escuchó serena, acompasadamente la secuencia del soneto, siguiendo las frases con el movimiento de su gordo y sonrosado dedo índice. Después, con un gesto de puro deleite, repitió: “E bianca neve scender senza venti”. Hermoso, ¿no? Sí, es hermoso. ¿Y cómo es la variante de Alighieri? “Come di neve in alpe sanza vento”, citó de memoria, casi sin pensarlo. Exacto, comentó emocionado el papá de Beatrice. Déjame recordar. Sí. Eso. Infierno, ¿no? Él le concedió una sonrisa. Era correcto: Infierno, XIV, 30. Alighieri (pensó con un cuidado sentido del dramatismo), ¿qué Virgilio te acompaña más allá de la negra Estigia? Antes, años atrás, solía imaginar su propia vida como una sucesión de imágenes, de rápidos trazos que se articulaban en un lienzo y que por un azar incomprensible, todos esos trazos guardaban una precisa simetría, un alucinado principio de orden y continuidad. Ahora, desde hacía unos meses, comenzaba a sospechar que esa imaginación era un recurso falso, una maroma con la que intentaba ocultar un desorden más esencial, un vacío desganado y bochornoso que jamás había dejado de latir en su interior. La tarde anterior lo había comprendido así cuando triste, agotado, fijó sus ojos sobre Beatrice. Detalló el contorno de su rostro, la palidez de sus brazos, la seriedad de sus manos pálidas, el desencanto de su figura que poco a poco comenzaría a diluirse también en el desgaste inexorable del tiempo, en la cálida amargura de las renuncias, de las postergaciones. Sintió que difícilmente podría existir un Dios. Sintió que apenas una delgada capa de cinismo y desidia podía preservar el peso de las almas. Ah, aquellos tiempos, dijo el papá de Beatrice, acariciando con un temblor el frío vórtice de su vaso. Alerta, desolado, él escuchó un taconeo discontinuo. La puerta de la sala se abrió, pero un instante antes de ver aparecer otra vez su cuerpo, de mirarla, de sentir esa sensación agobiante de remordimiento, de desolación y tormento, le alcanzó el tiempo para preguntarse por qué estaba allí, por qué repetía una vez más ese ceremonial viciado por el absurdo, por el desaliento. La respuesta también estaba escondida en la conversación del día anterior. Él la había mirado y había notado algo en ella. Había notado que Beatrice volteaba y le miraba con un lento, un fascinante batir de sus pestañas. Ahora, sentado en el sofá de esa sala, recordaba lo que había pensando. Pensó que la respiración de Beatrice crecía con la fuerza de un objeto vivo. Sintió, precisamente, que ella era algo vivo, lo único vivo que podría rescatar de una vida que poco a poco se extinguía en la vacuidad de un ardor detrás del cual no existía nada más que un rastro de cenizas. Era justo lo que creía entender la tarde anterior, cuando después de sus gritos, de sus reproches, ella terminó dejándose caer a su lado y despacio, casi en un susurro, le pidió que le sacara de allí, que la llevase a un hotel, que le hiciese olvidarlo todo. Ahora, la imagen de Beatrice apareció, completa, estrellándose una y otra vez contra la infinidad de reflejos que producían los espejos de la sala. Bien, se acabó. A salir, dijo, a la vez que caminaba hasta la puerta, mal humorada, ajustado el peso de su bolso sobre el hombro. Él se levantó. Creyó hacerlo. El papá de Beatrice seguía con la mirada perdida, pensando en una estrofa que, quizá, ya no significaría casi nada. Pensó por un instante que su cuerpo cargaba sobre sí todo el peso del mundo. Beatrice permanecía junto a la puerta, en el acto de mirar sus uñas. El gesto de levantarse del sofá se prolongaba. No parecía acabar nunca. Fascinado, lúcido, se preguntó cuánto podría durar tanta irrealidad. (el cuento “Alighieri” forma parte del libro El silencioso vuelo de los peces; Equinoccio, 2009). ** Pedro Enrique Rodríguez perr_email@yahoo.com Escritor venezolano (Maracay, 1974). Psicólogo clínico. Profesor de las cátedras de psicología de la personalidad, psicopatología y asesoramiento psicológico de la Escuela de Psicología (http://www.ucab.edu.ve/escuela-de-psicologa.html) de la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab, http://www.ucab.edu.ve), Caracas. Participó en el Taller de Narrativa del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (Celarg, http://www.celarg.gob.ve) del año 2000-2001, a cargo de Ángel Gustavo Infante, del cual fue coautor del libro Voces nuevas 2000-2001. También formó parte de la I Semana de la Nueva Narrativa Urbana, de la cual es coautor del libro De la urbe para el orbe (Alfadil, http://www.editorial-alfa.com; 2006). Recibió mención honorífica en la Bienal de Literatura “Augusto Padrón” (Maracay, 2003). En 2007 fue uno de los 15 finalistas (entre más de 5.000 cuentos) del concurso de cuentos de Radio France Internacional (RFI, http://www.rfi.fr). Fue ganador de la edición 2008 del Concurso Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana (FCU, http://www.fundacionculturaurbana.org) con su libro Oficio de lectores (FCU, 2008). Su libro El silencioso vuelo de los peces fue editado en 2009 por la editorial Equinoccio (http://www.equinoccio.cultura.usb.ve). === Poemas Antonio Mayo ============================================== *** He olvidado ser poeta El tiempo se ha revolcado con la infelicidad. Los rumores han surcado desde lejos se me han negado las migajas para venderme las grosuras del recuerdo ajeno. Mientras el eco de los suspiros Que inundan mis páginas Me invitan a inclinar mi rostro a encorvar mi postura y someterme a un nuevo arpegio torcido Me elevo a las fuentes dulces de un amanecer me acuesto en las veredas pasivas de la noche Para ver de frente mi pasado Presente en mi futuro desconcertado. Se me ha olvidado ser poeta, mis verbos renuncian a esa vida vana Sufre de amnesia la tradición Se ha perdido la perfecta stanza hoy yacen mis dedos en carne viva fiebre secuestrando mi sien el viento en mis deseos, palabras que sanan, almas heridas. libertad He olvidado ser poeta Para bordar faldas en versos Susurrar verdades de carbón en gotas dispuestas a inundar el más soberbio caudal. dormir sueños cansados de despertar Hoy bebo del trago eterno de la discordia Angustia, nostalgia, melancolía “Salud” Tantos años vestidos de días y meses de espera fingiendo ser minutos en vez de horas De maldecir a mi memoria por haberme traicionado Porque ya no hay más rimas, las he buscado pero sólo redunda mi vieja absolución. Ser poeta, lo he olvidado sólo resta Comenzar a escribir... *** Balas de oro Las mentes del pueblo se habían torcido Buscaban reposo en lo que antes locura Unas viejas cajas obscuras, Guardaban polvo, un secreto y un milagro. “Tres veces al pecho” por si una no funciona “Dos veces a la cara para buena fortuna”. Fueron las palabras que cerraron el trato Hace bastantes años, pero muy pocas lunas Cuando el peón besó a la doncella, y la ramera conquistó al soldado. Balas bendecidas de lo alto, Más fuertes que dagas, más útil que dardos lo necesario para callar las bestias que fuego y quebranto nos vienen a regalar. Pero no es gracia, pues, bien merecido Ni misericordia pues ninguno ha tenido Tal vez deseo, a poco es locura Sin duda es instinto, no contra-natura. Mucho fue esperado ese momento, En que leyenda fuese realidad Que en carne propia viviría sintiendo garras de mentiras perforando mi paz. Balas de oro, silencio de plata, Todos listos para luchar Su falsa munición, Mi boca cerrada. conoceríamos nuestro propio animal. El silencio y la mentira son hermanos, pero uno son el silencio y la verdad. *** Dos amantes ...pasó las horas cantándole a paredes Declamando en burdeles, escondía su dolor. Cartas sin remitente, textos sin receptor Y en algún lugar del mundo se encontraba su amada, esperándole. No sabía su nombre, sólo su apellido Pues sería el mismo que su padre a él le dio. No veía el sol pues estaba deprimido Ni sentía la noche por tanto quererla ver. Cegado por una visión que nunca vio Los besos que no encallaron en sus labios abrazos que no conocieron su puerto. Solo tenía la extraña alegría que sentía Al pensar en ella, pensando en él. ...en algún lugar del mundo se encontraba su amada, amándole Hoy se pregunta en dónde se esperan, dónde se aman, tal vez no miró en cierta esquina, no la divisó entre la multitud o quizás algo desvió sus pasos de los brazos de su dulce doncella “Tal vez fue ella quien no quiso caminar la yarda extra Que la llevaría a tropezarse conmigo”. Dos amantes muriendo de amor, ignorando que los dos siempre se amaron. Para bien o para mal, cada cual escogió su rumbo Enterraron en dolor su difunto amor abortivo Cortando de raíz los árboles en donde tallaron sus nombres, junto a interrogantes. Y un incierto por siempre les tomó por sorpresa Hasta que un día cualquiera, sin gritos ni ferias, cayeron, como el fruto niega la rama para pudrirse al suelo así descubrieron que simplemente su amor era demasiado grande para la tierra que regaban sus lágrimas. *** Falsas alarmas, a la espera de un encuentro. La noche ha secuestrado mis párpados reclama dejarlos ir, al ver la luz del día noctámbulos escupen alegría por la vía en que tragó el desencanto El viento es incapaz de llevarse mis palabras, la lluvia, sucumbe ante charcos de sal lágrimas que por mera gravedad surcan al sur en donde mueren los sueños, escapándole al solsticio El silencio entierra mi libertad el fango ha limpiado mis zapatos mi mente testifica desde el anonimato aparentando ser defensa de cautivos Son muchos besos que ya se han ido y otros que pronto se irán, hoy mis memorias juegan conmigo abriendo la puerta para saludar ¿Cuándo encontraré mi destino? Porque cada paso que hasta ahora he dado Se ha borrado del camino Tengo ansias de pisar en tierra firme Tengo ganas de no tener que despedirme Y sed de escuchar, ese hola inexistente Cuando un hasta luego, me ve llegar... (Para luego irse) Un amor en el que pueda anclar Echar al mar mis deseos fruncidos Encontrar mi vocación entre unas dunas. Junto al propósito que decidió desertar. Quién escondería la pluma del escritor Los lentes del que le lee Taponaría los oídos a quien le escucha. Y rebanaría las manos de quien intentase tocar. La noche más corta, en medio del verano El día más largo, la luz sea conmigo Cansado de ver a ambos lados al cruzar Está decidido, hoy camino, amo y vivo sin mirar... ¿...aun tus ojos siguen cerrados? *** Mejor estar solo El insumo de lo que aprendí contigo Se disipa con cada luna que mataste Cada risa, mutilada por los mares acciones secuestradas por tus emociones No quiero ser víctima de tu indiferencia No me interesa ser tu dócil animal Lo que fuimos, lo que somos; no somos más que una prenda de vestir que no te queda Porque peor que amar así por largo tiempo, es sufrir por tiempo indefinido Voy a olvidarme que te olvido, para acostumbrarme a estar sin ti Aunque tenga que sacrificar mi propia paz Y estando en guerra destrozar cada segundo que vivimos No volveré a sufrir jamás en mi vida, Al menos por ti. ** Antonio Mayo antonio.mayo@hotmail.com Escritor puertorriqueño (San Juan, 1984). Cantautor, diseñador y artista gráfico. Ganador del primer lugar en poesía en el certamen literario Olga Nolla de la Universidad Metropolitana (http://www.suagm.edu/umet; 2009). Textos suyos aparecen en una antología del sello The Poets Passage. Actualmente trabaja como empresario en la industria de la publicidad. === Tlakaelel el niño tlaloke 1.0 Odilón Moreno Rangel =============== ¿Sabes mi niño hermoso que hay un tlaloke muy especial, que desde la antigüedad labora para nuestro gran señor Tlalok? Te pregunto a sabiendas que lo sabes bien a bien. Sonríes dulcemente y con tu voz de nube me dices que no. Aunque sé que estás mintiendo sigo con mi cuento. ¿No?, te digo sorprendido, entonces te voy a contar. Este tlaloke es uno de los niños de la lluvia más inquietos que se pueda recordar. Tiene los ojos redondos y la piel blanca, así como tú. En uno de los libros de nuestros abuelos hay varias ilustraciones de él. Se le ve rompiendo jarros de agua al por mayor. Ríe cuando lo hace. Es un tlaloke juguetón. Las mejores lluvias de todos los tiempos, han sido cuando él anda brincando entre las nubes. Es el preferido de Tlalok, siempre lo manda llamar cuando hay necesidad de una buena lluvia. Según el libro de los abuelos, este tlaloke, un día por estar jugando, ¿qué crees?, te pregunto en tono misterioso. Haces una expresión divertida de fingir no saber. Pues se cayó del cielo, te digo, y por ventura de nuestros corazones vino a caer con nosotros, sus padres de la tierra. Abrazo cariñosamente a tu madre y te digo: o sea nosotros, Salamandra y Mogo, a nosotros nos tocó tenerlo, y tú mi niño maravilloso, eres ese tlaloke. Pero no creas que te caíste del cielo no más porque sí, sino por algo en especial. Ya sabes por qué, ¿no? Sonríes pícaramente, y otra vez me dices que no. ¿No, mi niño?, te digo fingiendo sorpresa. Pues te voy a contar toda la historia: Desde hacía tiempo atrás, tu madre y yo habíamos deseado, con todo nuestro ser, concebir un niño. Por muchos días le anduvimos suplicando a nuestro señor Tlalok que nos diera la bendición de uno, y no nos llegaba la hora. La verdad, pequeñito nuestro, es que casi habíamos perdido la ilusión. Pero un buen día supimos que nuestro dios nos había escuchado porque nos enteramos que ya estabas en el vientre de tu madre. La alegría nos salía a chorros de nuestros labios, y desde ese momento decidimos ponerte por nombre Tlakaelel, así como el Cihuacoátl que llevó a los mexicas a edificar su imperio. Te nombramos así porque intuíamos que ibas a venir a la tierra a hacer algo importante para nosotros los de México, y creo que no nos vamos a equivocar. Saco de la mochila nuestro álbum de fotografías, y te digo: ve mi niño lo que te voy a seguir contando. Te asomas curioso al cuadernillo. Desde tiempo atrás, desde antes que llegaras con nosotros, nos ha venido atormentando una terrible sequía. Te muestro algunas imágenes que hemos tomado tu madre y yo de cómo ha quedado devastado el campo mexicano. Durante esta escasez de agua, te digo de manera desoladora, los mexicanos hemos padecido porque todo se marchita y no hay suficientes alimentos para vivir. El libro de los abuelos dice que el agua se escondió porque la gente de México le hacíamos majaderías, le arrojábamos basura, desperdicios, y nuestros excrementos. Ahora estamos en peligro de muerte. Te miro cariñosamente y te menciono que viniste a México para hacer que reverdeciera nuestro camino, y así podernos salvar. Cuando naciste pensábamos que eras un niño común y corriente, como cualquier otro chamaco de la colonia. Jamás nos pasó por aquí, me doy unos golpecitos en la frente con el dedo índice de la mano derecha, que fueras un tlaloke. Hago una pausa para reacomodar mis ideas. Desde muy pequeño, casi de recién nacido, nos fuiste dando indicios de quién eras, pero no entendíamos. Recuerdo que nosotros continuamente jugábamos contigo porque sabíamos que de esa manera crecerías sano. Un día, sorprendentemente, así de pequeño, reíste a carcajada abierta, y te pusiste colorado, colorado como un chinicuil. Tus risas nos llenaron de felicidad, así que de ese día en adelante no perdíamos oportunidad para jugar. Pero una tarde de juegos y risas, luego de hacerte colorado, te pusiste oscuro, oscuro y nos espantamos. ¡Susto que nos acomodaste! Inmediatamente dejamos de jugar contigo, y volviste a tu color natural. Te muestro dos fotografías de ese día, una tuya donde apareces de color negro; y otra donde estamos los tres, pero nosotros tenemos la cara desencajada. Nos alarmamos, pensábamos que tenías algo grave. Te llevamos con una infinidad de médicos para que nos dijeran por qué te ponías así y si eso era algo malo. Te hicieron miles de cientos de millones de sofisticados estudios. Al principio los médicos pensaban que era un desorden de la pigmentación de la piel, pero se pudo comprobar que no había algo anormal en tu cuerpo. Sin embargo nadie nos pudo explicar qué te pasaba en realidad, hasta que al paso de unos meses llegamos con el doctor G. Valdivia. Abro una hoja del álbum y te enseño varias imágenes de recuerdo que tomamos tu madre y yo. Estamos los tres parados junto a una pila descomunal de papeles: radiografías, electroencefalogramas, químicas de sangre, entre otros estudios. El cambio de color no era lo que más nos preocupaba, había otra cosa que no le habíamos dicho a ninguno de los médicos que consultamos por temor a que nos tildaran de locos. Ya sabes qué es, ¿no? Te digo socarronamente mientras te alzo en vilo sobre mi cara. Sonríes, en tanto mueves negativamente tu cabeza. No te hagas, te digo divertido de tu “ignorancia”, sí sabes, pero de todas maneras te lo voy a decir. Pues resulta, pequeño, que como no había doctor que diera con lo que tenías, decidimos seguir jugando contigo, no importando si te ponías oscuro. Las carcajadas de los tres continuaron, así como tu cambio de color, pero algo diferente sucedió. En otra tarde de juegos y risas, luego que cambiaste al color negro, la casa empezó a llenarse de vapor de agua, paredes y techo se humedecieron y comenzó a escurrir agua. Como no sabíamos que tú eras el causante de ese tiradero de agua, pensábamos que había una fuga de agua. La verdad es que quisimos solucionar ese “problema” porque por la situación de la sequía, no estábamos como para permitir que se desperdiciara una sola gota de agua. Así que llamamos al plomero para que revisara la casa de arriba abajo para ponerle remedio a la situación, pero no encontró desperfecto alguno. Nos dijo que tal vez era agua que estaba escurriendo del cerro y se filtraba a la casa. Pero no lo creímos así. El cerro de la ciudad estaba totalmente seco, así como los demás cerros de México. Luego vemos la fotografía del plomero trabajando en casa. Entonces mi niño, nosotros seguimos jugando, y las fugas también, así como las sorpresas. Otro día que jugamos y que las risas abarrotaban nuestro hogar, sucedió otra cosa rara: a medida que la casa se llenaba de vapor de agua, ¡ibas desapareciendo! Dejamos de verte por horas, en tanto una suave y cristalina llovizna nos anegó toda la tarde. Como te imaginarás, te digo sonriendo, nuestras risas se esfumaron, quedamos desencajados y congelados. Sólo hasta que regresaste, volvimos a la vida. Cuando retornaste caíste del techo de la casa en forma de gotitas de agua, y poco a poco te volviste a formar como niño. Después sabríamos que una vez transformado en agua podías hacer llover el tiempo y la cantidad de agua que quisieras. Luego te muestro una fotografía donde estamos tu madre y yo portando una sombrilla para protegernos de las lloviznas que hacías. Me río y te digo: entonces nos quedó claro que tú eras el causante de todo el tiradero del agua, y que no tenías enfermedad alguna, sino que había algo mágico en ti. Pero de cualquier manera necesitábamos una explicación, que alguien nos dijera por qué tenías ese don y qué debíamos hacer. El doctor G. Valdivia fue el que nos llevó a la verdad. Este doctor te empezó a revisar cuando tenías seis meses de nacido. Te atendió de enfermedades comunes: gripa, diarrea, entre otras. Desde un inicio nos inspiró confianza, ya sabes, es un tipo afable, sensible y piadoso. Buenas tardes. ¿Cómo están? A ver, díganme en qué les puedo ayudar, te digo tratando de imitar el característico tono de voz de G. Valdivia que evoca la corteza de un prodigioso árbol. Después te comento que con esas palabras nos recibió en su consultorio el día que decidimos decirle la verdad. Pues otra vez dando lata doctor, te digo, pero ahora intento remedar la nerviosa voz de tu mamá Salamandra. Antes de que continuara hablando le dije el médico: Lo que pasa es que cuando Tlakaelel se carcajea, se le pone la piel negra, negra y eso nos preocupa. A ver, Tlakaelel, pásale para acá amigo, te indicó el doctor sin inmutarse por lo que había dicho. Luego te revisó minuciosamente. Respiró hondamente y nos dijo: Así revisándolo, aparentemente, no tiene algo de preocupación. Lo mejor es hacerle unos estudios. Pero ya otros doctores le han hecho estudios y ninguno da pistas de lo que pueda tener Tlakaelel, intervino angustiada tu mamá Salamandra. Después preguntó: ¿Qué hacemos si se pone oscuro otra vez? Necesito ver cómo se hace negro el niño porque así como lo he revisado no encuentro algo fuera de lo normal, contestó G. Valdivia con su característica chicha calma. O sea ¿necesita verlo reír?, dije saboreando de antemano la cara de susto que iría a poner el doctor al verte. Pues sí, contestó G. Valdivia con una exasperante tranquilidad. Doctor, pero además de que el niño se pone negro, pasa otra cosa que nos preocupa más que el cambio de color, agregué. Cómo qué, inquirió el médico. Ahora verá, dije. En ese tiempo ya tenías controlado tu proceso de transformación a agua, incluso algunas tardes nos dedicábamos a jugar a la llovizna, y la casa siempre terminaba inundada. Así que para mostrarle al doctor tus habilidades, nos pusimos a jugar. Inmediatamente, el consultorio se empezó a llenar de vapor de agua, mientras ibas despareciendo, luego se empezaron a formar gotitas de agua en el techo y comenzó una llovizna tenue. Luego te enseño la foto de ese día. Estamos tu mamá, yo y el doctor, cubriéndonos del agua con una sombrilla verde. Es suficiente, dijo el doctor, sin mostrar signo alguno de haberse sorprendido. Me río y te digo que yo me quedé con las ganas de reírme en ese momento porque el doctor no se espantó ni tantito. Nosotros te explicamos que el juego había finalizado. Paulatinamente la llovizna despareció, así como la humedad de las paredes y de los muebles. No todo lo resuelve y explica la medicina o la ciencia convencional, nos comentó el médico. ¿Por qué no van con un curandero? Por otra parte, agregó, si su niño se hace lluvia, quizá él pueda hacer que acabe todo este sufrimiento que estamos padeciendo los mexicanos por esta tormentosa sequía. Nosotros no supimos qué decir, no esperábamos que G. Valdivia nos dijera algo así. Enseguida el galeno se levantó de su asiento y se dirigió a una gaveta que tiene al fondo del consultorio. Empezó a buscar algo. Luego regresó con nosotros. Traía en la mano una caja de madera. Puso la caja sobre el escritorio, metió la mano derecha y luego la extendió hacia nosotros. Les voy a dar esta tarjeta, nos dijo seriamente. Es de un curandero. Leímos la tarjeta y decía: “Curandero Val G. Divia. Solución inmediata a males de ojo, susto de comido de agua, enlechamiento, y cualquier otro tipo de padecimiento que el doctor común y corriente no puede curar”. Es usted muy amable, doctor, respondimos un tanto perplejos por la propuesta del doctor. Nos despedimos y salimos aprisa del lugar. En el trayecto a casa acordamos llevarte con el curandero porque queríamos saber qué debíamos hacer con tu don. Sin más sacamos una consulta y llegado el día fuimos al consultorio del curandero Val G. Divia. Ese día hacía demasiado calor. Durante el trayecto jugamos a la lluvia. Aunque te decíamos que no porque ibas a empapar el auto, tus risas cristalinas nos convencieron y jugamos sin importar que la vestidura se pudiera echar a perder. Además el agua nos cayó de perlas porque nos refrescó. Después vemos la foto donde aparecemos, nadando dentro del carro. Cuando tu mamá y yo vimos por vez primera al curandero, nos llamó la atención su enorme parecido con el doctor G. Valdivia, pero no nos detuvimos mucho en ese asunto. A grandes rasgos le contamos qué te pasaba. Podrá el niño hacerlo en este momento, te digo que nos preguntó el curandero. No me cuesta trabajo imitar la voz del curandero, porque es idéntica a la del doctor G. Valdivia. Si, por supuesto, contesté. A ver, dijo el Val G. Divia. Tlakaelel, vamos a seguir jugando, te dije, y jugando, jugando te transformaste en agua. Dentro del local empezó a lloviznar. El curandero no hizo aspaviento alguno. Se metió a un cuarto que estaba detrás de él. Luego de unos minutos salió con unos papeles. Parecía un códice al estilo prehispánico. Te dije que era suficiente y dejó de caer agua. Este es un libro de los abuelos. Este no más se nos dejó a unos, nos dijo solemnemente el médico tradicional. Se nos ha ido pasando de generación en generación, agregó asomándose por sus gruesos lentes. Luego buscó en el libro. ¡Ajá! Dijo de pronto. ¿Cómo dicen que se llama el niño? Tlakaelel, contestamos al unísono tu mamá y yo. ¡Ajá! Se trata de un tlaloke. Su hijo es un tlaloke, dijo fastuosamente el curandero. Efectivamente como bien dicen, el niño no tiene algo anormal o maligno, al contrario, nos viene a salvar. Luego observamos la imagen donde el curandero nos muestra el libro de los abuelos, un códice facturado en piel de venado. ¿Cómo? Dijimos sorprendidos. El curandero Val G. Divia nos explicó que en el libro de los abuelos hay una profecía que hablaba de un niño tlaloke que iba a venir a México para salvar a la gente de una catastrófica sequía. Desde luego que tú eres ese niño tlaloke, te digo alegremente. Según dice el libro de los abuelos, tu misión en México es hacer que la gente vuelva a respetar el agua, que ya no le arrojen basura y la desperdicien, y conforme la gente vaya creyendo en lo sagrado del agua la sequía se irá yendo paulatinamente. ¿Y qué debemos hacer? Le preguntamos al curandero. Costumbre, nos respondió. Nos dijo que debíamos hacer, periódicamente, adoración al agua en una cueva que está cerca de la cima del Cerro de la Olla. Para ello debíamos de invitar a personas de la colonia, de otras colonias de la ciudad, de otras ciudades y pueblos de México, y explicarles la necesidad de respetar el agua. Es por eso pequeño mío que toda esta gente viene con nosotros, por eso vamos encumbrando en el Cerro de la Olla para que tú les demuestres el milagro. Dejo de hablar con mi hijo, me concentro en lo que estamos haciendo. El aire, como siempre, está seco. Cargo a Tlakaelel en la espalda. Curiosamente durante el trayecto no se ha transformado en lluvia. Quizá esté esperando el momento adecuado para hacerlo. Llegamos a la boca de la cueva. Salamandra sahúma con copal. Nos detenemos un momento. Una de las señoras que vienen con nosotros, una vieja de carnes gelatinosas y mirada vacía, hace una oración y pide permiso para que pasemos al lugar sagrado. Avanzamos poco a poco, sin prisa. Sabemos que vamos a dar con el sitio apropiado en el momento adecuado. La oscuridad nos devora, algunas personas activan la luz de sus lámparas. Bajo a Tlakaelel de mi espalda. Lo sujeto de su mano izquierda, se mantiene en silencio, sólo sonríe. Seguimos caminando. Después de unos minutos Salamandra dice que encontró el lugar: se trata de una formación pétrea que asemeja una olla. Todos sonreímos. Iniciamos a hacer el altar al agua y colocar las ofrendas: ciento veinte ramilletes de flores blancas y azules; cuatro cazuelas de caldo de pollo con doce piezas de pollo cada cazuela, chocolate hecho en casa, papeles de colores, y cuarenta velas. Una vez que terminamos de acomodar la ofrenda, iniciamos los rezos. Uno a uno vamos pasando frente al altar, hacemos peticiones de salud y bienestar para nuestros seres queridos, para los habitantes de los pueblos y las ciudades; rogamos porque vuelva el agua y pedimos perdón por las faltas cometidas al vital líquido; pero también mencionamos nuestro compromiso para cuidar el agua y hacerle su fiesta. Mientras pasan las personas a rezar, le digo a Tlakaelel que vaya a jugar, me sonríe y se marcha corriendo. Luego pasan más personas a hacer sus promesas al agua. Se escucha el murmullo de las oraciones. Pero también se comienzan a escuchar risas de niños. Salamandra y yo sabemos que son los tlalokes, Tlakaelel y los demás tlalokes. La cueva se empieza a llenar de vapor de agua, después comienza una llovizna ligera que pronto se transforma en un chaparrón. Salamandra y yo nos dirigimos a la entrada de la cueva. Atrás de nosotros suena el susurro de los rezos y las risas de los niños tlaloke. Llegamos a la boca de la cueva, delante se aprecia el valle ensombrecido por nubarrones que chorrean agua a raudales. Es la primera lluvia desde hace doce años. Pienso que no va a tardar en reverdecer México. Habrá de nuevo maíz, frijoles, calabazas, chile, jitomate, y toda clase de fruta para que podamos seguir adelante. Salamandra y yo sonreímos de gusto porque esta es la muestra de que en México estamos volviendo a respetar el agua. Nuevamente damos gracias a nuestro gran señor Tlalok por habernos dado la dicha de tener como hijo a Tlakaelel, el niño de la lluvia más risueño y juguetón que se pueda recordar. ** Odilón Moreno Rangel ueuetezca72@hotmail.com Escritor mexicano (Pachuca, Hidalgo, 1972). Es psicólogo educativo. Actualmente es profesor del Centro de Educación Superior del Magisterio (Cesum). Es miembro del Comité Estatal de Investigación Educativa de las Escuelas Normales del Estado de Hidalgo. Realiza el posgrado “La práctica de los valores en contextos educativos” que convoca la Organización de Estados Iberoamericanos (OEI, http://www.oei.es), por formación virtual con la coordinación académica de la Universidad de Barcelona (http://www.ub.edu). Textos suyos han aparecido en diversas revistas digitales, como La Zorra y el Cuervo (http://www.lazorrayelcuervo.com) y Remolinos (http://revistaremolinos.blogspot.com). === Dos poemas Raúl Allain =========================================== *** Esferas azules Se revuelcan brumosas y tangentes abarcables en la condensación de su camino gaseoso, que emerge de nuestras venas obstruidas. Todo se confunde, el vapor desfigura las ideas atan cabos en sus taras y el caos cunde. Mi camino es un vano silogismo que, encerado por su rubor, coligió en flores azules. La amistad es una circunferencia, la alegría cromógena de ésta se maquilla pero su amor, a diferencia, sólo está en una manecilla. Deseos imposibles se hurtan de la razón, y se esconden pastosos ante repentina desazón. Esa luz sonrosada que emana mi ternura halada sería camino aurífero para tu aflato, que de este modo nos arrastraría hacia la perpetua bicromía. El horizonte celeste precipita, el borde del cristal cruje como gota de sudor en su hoguera, calmando mi sed; su copa aún es caliciforme, pero sus vellos hirsutos ya no son sagrados. Los cerebros se arrebozan en orines y polvos fantásticos, que con un gemido de púberes estrellas extingue las ráfagas-ideas y sus futuros epitafios. Condena: Nunca morirán. *** Flotar es precipitar Al tratar de conjeturar el amor, vi en el camino su encandilado cuerpecillo encaminar, y entre sangre y amor, hacia el poseedor de cabello cano avanzar, parecía flotar y sus movimientos sinuosos predecían su futuro engañar. Mis ojos gélidos de conmoción vieron que sobre círculos se regocijaba entre las barbas de aquel provecto ser, y al girar descubrí que no hay sangre ni amor porque aunque pueda flotar, su pasión nunca se acercaría a mi amor. Esa pasión que la convirtió en animal, sediento de carne experimentada, putrefacta, también degolló y cercenó mi amor en trozos exquisitos del mal, llenos de su olor. Mis lágrimas inundaron el ámbito fatal y la despertaron de su éxtasis, de su clímax bestial, mi sangre y su saliva crearon un elixir y contra la naturaleza la envenené, trayéndola a mi sufrir. Reclamé del abismo del sufrimiento y al sendero de su lujuria y envolvimiento, me ahogué en mi propia sangre, sintiendo su sabor dulcemente amargo, catándome irónicamente en letargo. Su perdón dejó de ser ironía y sus pupilas mostraban sinceridad, percibí su alma como la mía, sollozando ante un golpe brutal de traición, moribundo y mi pecho destrozado, lleno de golpes mortales, no cedió, condenándose a la tortura infinita, digna de simples obtusos mortales. No es traición, vociferó, desgarrando las últimas cuerdas vocales que no habían sido violentadas al momento de flotar y agotada de llorar arrepentimientos, dijo con goteante sequedad, cuando tu corazón vomite su verdad sabrás por qué me revuelco en el fango que forman tus lágrimas yo siendo la tierra que pisas. Entiendo las palabras que escupes sobre mí, por eso divagaré sembrando en la orilla y al regresar mi lengua afilada sabrá podar lo falso, tu dolor falso. Mis sentimientos se volcaron inexpugnablemente, la culpa me abarcó, siendo yo el victimado y a la faz de la traición y lo saciado desterré la sexualidad de mi edad lozana, jugando con la verdad de mi mañana. Y juré siempre entender que la única forma de flotar es precipitar. ** Raúl Allain raulallave1189@hotmail.com Escritor peruano (Lima, 1989). Es estudiante de sociología. Dirige el blog-revista Suicidas (http://2suicidas.blogspot.com). Textos suyos han sido incluidos en las antologías Abofeteando a un cadáver y Antología Suicidas Sub-21, editada y compilada esta última por el autor. Además ha publicado textos en la Revista Literaria Remolinos (http://revistaremolinos.blogspot.com), en la revista portuguesa Incomunidade (http://incomunidade.blogspot.com), en la revista Almiar-Margencero (http://www.margencero.com), en el portal de humanidades Liceus (http://www.liceus.com) y en otros medios. === El programa Milly Epstein Jannai ================================= El gigante Arnobrás comía niños porque sí: nunca se le hubiera ocurrido comer otra cosa. La carne blanda y levemente dulzona, sin otro aderezo que jugo de limón, era un manjar al que no pensaba renunciar. Los niños llegaban a él porque se habían perdido en algún bosque, o porque se habían olvidado de hacer los deberes y huían de la escuela, o bien porque, como todos los niños, eran desobedientes y mentirosos, y en las fauces de Arnobrás recibían su castigo. Sin embargo, había otros niños que llegaban a él porque iban en su busca: querían vencerlo en el arte de inventar historias y cuentos sin fin. Entre estos últimos llegué yo. No porque supusiera que podría vencerlo, sino para huir de mis padres y sus palizas. La aventura me sedujo, y me arrancó de la conocida rutina. Mis padres componen una pareja amantísima y devota, preocupados siempre por el bien del prójimo. Papá se dedica a contrahacer el cuerpecillo de los niños que estorban a sus padres, de modo tal que después de sus servicios estas criaturas puedan resultar útiles a sus progenitores, que los exhiben en circos como “curiosidades” o los emplean para recibir limosnas, despertando la piedad ajena. (Los métodos, por supuesto, son de su absoluta y secreta invención). Mamá, por el contrario, y en todo acorde con su alma caritativa, ayuda a las mujeres que a ella acuden a librarse de los fetos que cargan, por sumas módicas que nunca cubren sus muchos trajines. Como era de esperar, estas dos profesiones tan dispares solían provocar peleas entre mis padres. Yo, con frecuencia, sufría en mi pellejo las consecuencias de esta situación. Y así, sin demasiados remordimientos y movido por el amor filial que me debo a mí mismo, decidí hacerme a una nueva vida de aventuras, y convertirme en padre y madre de mi propia personita. Supe de inmediato que las aventuras que podría vivir eran escasas en su variedad —porque soy un niño, y nadie me admitirá como caballero, conquistador o lobo. Hube de recurrir a aquélla que se me presentaba como más adecuada: un gigante-come-niños. De él, de Arnobrás, sabía poco, casi nada. Sólo lo que había oído contar a los clientes de mis padres, o a alguno que otro vagabundo. Una vez en marcha, fueron las dos viejas desdentadas que atendían una taberna las que reindicaron el camino: —Sigue por ahí —me dijeron, mientras me ofrecían un plato de sopa de zapallo y un pan. Fue mi deseo, ante todo, el que me guió. Llegué a un día gris, iluminado como a través de un tul por un resplandor intenso y cálido, corpóreo. Supe que había llegado. Dejé de mirar hacia delante: levanté la vista y lo vi. No era como lo había imaginado. Era más grande. Sin embargo, supe que estaba ante él. Como estaba almorzando, decidí esperar a que terminase antes de presentarme. El glu-glu de su panza era atronador. Recuerdo que pensé que ese glu-glu estaba en desacuerdo con la grisácea luminosidad que allí reinaba; todo debería haber estado en silencio. El miedo se acurrucó en mi pecho y dejé de sentir. Todo parecía desarrollarse en un escenario, lejos de mí, en otra parte: yo era un espectador de mí mismo. No sentía nada, sino un vago desprendimiento. Arnobrás inclinó —por fin— su cabeza y me vio. Me sonrió, entre divertido y curioso, y no supe si esa sonrisa se debía al buen ánimo que en él despertaba la comida, o a las expectativas que mi presencia alimentaba. No hubo palabras preliminares: adivinó los motivos que hasta él me habían conducido, e inmediatamente empezó a relatarme la historia de un príncipe chino que se retiró del mundo para construir un laberinto. Cuando hubo concluido, calló, y ese silencio fue una invitación para que yo comenzara. Le conté cómo el caballero Floreal liberó a la hija de Golgón, el de las siete cabezas. Arnobrás contaba sus historias con una voz maravillosa, capaz de todos los matices. Era una voz que no parecía venir de su cuerpo gigantesco y repulsivo, sino del aire, de los pliegues de esa velada luminosidad. No había palabras innecesarias: entre nosotros, todo era cuento y una maraña de suposiciones. Yo intuía que no habría más juez que él en ese torneo tácito que habíamos emprendido. Sin embargo, no podía concebir ningún plan para vencerlo o evadirlo: lo escuchaba como encantado, con la boca abierta. Mi plan surgió entero y sin fisuras cuando me di cuenta de lo que estaba ocurriendo: yo me estaba comiendo sus historias, palabra a palabra, con un apetito que nunca había sospechado en mí. Supe de inmediato que así lo vencería. Mi cuerpo crecía al ritmo de su narrar, y yo sólo esperaba superarlo en talla, para engullirme a Arnobrás de un bocado. El canibalismo no me asustaba. El fin de su relato podía ser, quizá, su propio fin. Me sentí animado. De pronto, Arnobrás se interrumpió. Me miró de arriba abajo, y se percató de mi cambio. Una mueca mínima traicionó su transparente indiferencia. Supuse que por una casualidad, arrastrado por el envolvente fluir de sus oraciones, yo había descubierto algo que nos unía, algo que no debía saber. Arnobrás calló, y me sonrió con una sonrisa de esfinge. Astuto, comprendió mi estratagema. Cerró los ojos, como si quisiera hurgar en su mente algo que no fuese el final de ese cuento interrumpido. Necesitaba otro final. Sin abrir los ojos, me susurró: —¡Cuéntame una última historia! Comprendió su sentencia, y volví a admirar su increíble voz. El aire titiló. Mientras deshacía una violeta entre mis dedos, le pedí lápiz y papel. Volvió a sonreír con dulzura infinita, ya que ése era el fin, y no tenía sentido negarme nada, ¡después de todo, él era un gigante y yo sólo un niño! Así fue, pues, como esta historia acerca de Arnobrás, el gigante que aún come niños, fue escrita. ** Milly Epstein Jannai milly@etnahta.co.il Escritora argentina. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA, http://www.uba.ar) y luego finalizó un doctorado interdisciplinario en teoría literaria y educación en la Universidad Hebrea de Jerusalem (http://www.huji.ac.il/huji/eng). Actualmente se desempeña como jefa de la Comisión para la Enseñanza del Español en el Ministerio de Educación de Israel (http://www.education.gov.il/moe/english/ind.htm). Además, enseña en un programa de M.A. de enseñanza de la lengua, es editora científica de libros y conduce talleres de escritura. Publica artículos teóricos en hebreo y en inglés sobre temas vinculados con la escritura, la lectura y la educación. Ganadora del Primer Premio para Autores Inéditos en Argentina. Cuentos suyos han sido publicados en revistas y antologías. Tiene una página personal en http://www.etnahta.co.il. === Poemas Guillermo Sepúlveda Sepúlveda ============================= *** El amor solamente Yo nací para amar y amando vivo. Yo nací para amar y muero amando. El amor, con su amor, me está matando y del amor, constante, soy cautivo. Buscando mas amor yo me desvivo y siempre a mí el amor me está faltando. con más amor, más muerto voy estando, con menos voy viviendo menos vivo. Con el amor, en fuego estoy ardiendo, sin él, me voy de frio consumiendo y vivo entre dos muertes colocado. Y, como fiel amante, siempre muero: dulce tormento del amor, prefiero morir entre tus brazos abrasado. *** Mis demonios Demonios que renacen con el fuego, desalados, flamígeros, sombríos, así son todos los demonios míos: flores del mal que con mi azufre riego. Demonios para un lúbrico sosiego, alcahuetes, domésticos, baldíos, así son todos los demonios míos: evangélicos frutos de mi ruego. Son demonios de mística pureza y en el delirio de su amor empieza mi corazón su exilio jubiloso. Son demonios de angélica hermosura, mosto del vicio que el placer madura: ¡aparceros de un mundo milagroso! *** Erótica En tu breve cintura me reclino y soy de tu cintura el sembrador, de tus muslos ardientes, peregrino, de tu pubis de seda, cardador. De tus uvas maduras soy el vino, de tu trigo dorado, trigador, de tu huella viajera soy camino, de tu entrega amorosa soy temblor. Cuando duermes tendida junto al fuego es tu espalda desnuda tibio ruego: territorio de lúbrico esplendor. Con mis besos tu savia se prodiga y me entrego anhelante a la fatiga lujuriosa y violenta de tu amor. *** Clarines sordos De nuevo estás conmigo, siempre en vela, oliendo a carne tibia. Por tu pecho duermen clarines sordos al acecho de las caricias que tu cuerpo anhela. En tu espalda, la trémula gacela de mi lujuria azul tiene su lecho: allí reposo bajo alero y techo y tu ardiente amenaza me desvela. En tu sexo mi amor se compromete. Alondra de la duda: quiero verte herida en el suplicio que me has dado. Me deslumbran tus dulces resplandores y en la lengua me crecen ruiseñores para decir lo mucho que te he amado. *** Biografía del mar ¡Y pensar que el mar es un cadáver de ríos que se ahogaron..! *** ¡Ay amor! ¡Ay! Amor, como dueles en mi herida, bandera blanca, palomar al viento, refugio inútil para el fiel tormento de haberte amado sin perder la vida. Amor de mis angustias, preferida soledad, desalado entendimiento, molinero trigal del pensamiento, lamento de mi voz estremecida. Cuando ardientes tus labios se me ofrecen mis manos aradoras se estremecen buscando el surco de tu sexo ansiado. Y así, los dos, amantes milagrosos, miraremos pasar los jubilosos recuerdos de este amor desesperado. *** Poema Nº 24 Hasta Dios, que fue lucero, rueda por el polvo Y todas las torres se mueren a la hora del crepúsculo. El sonido de una flauta distante convoca los anhelos y aquellas que fueron voces de alegría son pesados silencios. Su nombre, que yo escribí en la arena, tiene vocales de cemento Y el amor, que tuvo anillos de oro, escondidos temblores de mi aliento, es una tibia fatiga en mi recuerdo Ya no corre el fuego por mis venas: simples gusanos caminan por mis huesos, sin la fuerza del toro que tuvo hierba dócil en mi pecho. Hasta Dios, que tuvo lucero. ** Guillermo Sepúlveda Sepúlveda latardeyella@hotmail.com Periodista y escritor colombiano. Ha publicado los poemarios La tarde y ella, Sonetos, Poemas y sonetos y Selección poética. Muestras de su obra pueden leerse en su página, http://guillermosepulveda.com. === Lo pasado se guarda en bolsas Forceflex Arianna Corredor ========= La casa se dibuja intransigente a todo esto que cuento y que no tiene otro propósito que el de llenar de negro los espacios blancos, disimular lo absurdo de una historia que ya ha sido desdibujada. La casa se queda estancada en un lugar hecho de ruinas, y como si se tratase de la Roma de Petrarca, tangente a lo presente, tangente a lo que pasa, es una casa hecha de anhelo, una sombra clara y precisa de alguna realidad previa a este segundo en que respiro. Como todas las ruinas imaginarias ésta es una que no puedo tocar, y que al querer atravesarle el dedo, para saber si lleva muros de cemento o guayaba, se me diluye entre millones de capas de fieltro. Tal vez mi casa sea tan utópica como la de Salvador Garmendia, pero qué importa, si da lo mismo que esté o no, que sea o no; y es que sólo puedo ver esa casa, esta casa, aquella casa, a partir de un conglomerado de imágenes que se confunden y en el que no logro descifrar en qué tiempo exactamente es que habita una pared o la siguiente. La casa se ha ido elaborando como un anhelo caprichoso en el que una capa de casa puede negar la capa consecutiva y luego, tal vez a un mismo tiempo, confirmar que ambas existen en ese instante en que ya se habían tachado, desglosado, borrado. No es coherente, no quiere serlo. La memoria no parece tener principio ni fin tampoco el recuerdo de la casa. No hubo un “antes” ni un “después" porque la casa había existido desde siempre, desde ese instante en que alguien la creyó hecha de bordes y pasillos. A veces resulta que la misma casa parece tener sólo dos esquinas y no cuarenta y dos, entonces esa imagen, la de una línea continua, es la que nadie cree que sea en realidad una casa con puertas y ventanas. Mi casa, que no es mía, es tan etérea como el planeta Plutón, que no es planeta. Es una casa hecha de puertas cerradas —para que nadie entre, para que nadie se asome y descubra los milímetros de casa que gritan mi nombre. Sólo se entra a ella para incendiar las formas del sentimentalismo, hacerlas crecer en una llama incalculable de autodesolación. * La casa no es más que una historia contada que deja de existir en el momento en que se quiere recordar exacta e igual a cuando se vivió en ella. Casa contada Marta trataba de escribir la historia de la casa pero las voces quisquillosas del tiempo le gritaban una y otra vez frases de todo aquello que debía evitar. Le parecía que escribir así perdía todo el sentido, que no valía la pena hacer el esfuerzo porque el resultado sería enteramente el mismo de antes, nulo. Llevaba más de seis casas contadas y ninguna le complacía. Viajaba de una página a otra con la desesperación de quien no encuentra dónde pasar la noche un día de lluvia helada. Alguna vez había escuchado la historia del hombre que vomitaba casas y había querido transcribirla, pero la historia carecía de todos los sentidos posibles, y una inmensa duda escrita en líneas de miedo se le inflamaba en los senos del cráneo y le dolían los pómulos de tanto fluctuar entre una idea y otra. Se resignó a contar la historia que no había querido escribir. Aquel hombre al que sólo llamaremos hombre —porque desconocemos detalles de su vida— caminaba sin esfuerzo, contaba cien exactos y era entonces cuando nacía de su boca alguna casa. Ya no sentía horror, se había acostumbrado a la bilis, al estómago vacío, así que seguía caminando a largo paso para concluir alguna diligencia importante, tal vez el pago de la electricidad o el del servicio de teléfono, y cuando volvía a contar los cien pasos vomitaba de nuevo. No sabía de dónde le nacían tantos muros ni tantos techos y preguntárselo a sí mismo era tan absurdo como tratar de imaginar el punto donde termina el infinito. No podía negarlo, detrás de él se superponían casas de todos los tamaños, se acumulaban unas encima de las otras y aunque no las había contado le parecía que el número acumulado a sus espaldas era semejante al número de estrellas que se desplegaban en el cielo, quería ser romántico al respecto, después de todo ya había creado una ciudad entera y podía darse el lujo del cliché una y otra vez. * Marta se detuvo, no quiso seguir pensando en las casas vomitadas, le asustaba la idea de creer que un hombre alguna vez hubiese vomitado aquella casa pequeña en la que había crecido y prefirió incurrir al recuerdo, a la memoria del lugar que alguna vez habitó. Pensaba en la casa como un objeto que crecía entre sus dedos, y que se iba ensanchando y alargando en la medida en que el recuerdo adquiría volumen. Recordar una casa era tan igual a inflar un globo de agua y por lo tanto no muy distinto a meterla en una bolsa Forceflex. Dejó olvidado al hombre que vomitaba y recurrió a aquel que huía de la memoria absurda. La casa no había nacido en donde está, alguien la había movido, la había trasladado desde la frondosidad de la selva hacía algún páramo seco y frío. No recordaba si el nombre de aquel desafortunado sería Jairo o Isidro, eso sería lo de menos, lo importante era entender que la casa se había movido y como Jairo le resultó un nombre más común al pueblo, decidió que su protagonista se llamaría así. * A Jairo le pareció escuchar el ruido de un temblor, se asomó por la ventana del cuarto y observó que las calles vacías se habían inundando de mujeres y hombres a caballo y la palabra anacronismo se le dibujó en medio de los labios. ¿De cuándo a acá se ha visto una avalancha de hombres gritando un “gloria” nauseabundo? —se preguntó mientras el ruido se hacía eco del presente. Miró de nuevo con cuidado para tratar de encontrar una cámara de video en algún punto de la calle, o tal vez a un miembro de algún equipo técnico; le parecía natural que se tratase de una de esas tantas películas post-coloniales que en este nuevo siglo se producían en el país, pero sus ojos no conseguían nada ni nadie que respondiese a tal lógica y mientras su mirada se esforzaba por encontrar a un otro que respondiese a los hechos, el mundo se le iba haciendo más y más silente. La calle se había despoblado para entonces, y ya ni los caballos relinchaban a lo lejos. Los vecinos a quienes esperaba encontrar asomados por alguna ventana no eran sino una prueba más de ausencia, y comenzó a imaginarlos a todos y a cada uno de ellos pegados con tirro blanco a las puertas de cada casa abandonada —tal vez con los dedos y brazos en forma de antena parabólica. Sintió el horror de lo imaginado y corrió en dirección a sus pertenencias, decidió recoger todas y cada una de ellas y empacarlas en la maleta de ruedas que lo había acompañado en el último viaje hacia la capital. Se detuvo dos segundos antes para ubicar el celular y no llegó a percatarse de la lucecita que prendía indicando la llamada perdida. El miedo se había apoderado de sus actos, le impedía responder a lógicas modernas. Ya no pensaba que era extraño haber visto hombres cabalgando como si se pasearan por la guerra. Su instinto de supervivencia lo había obligado a la huida y era esa palabra: huida, la que le iba dibujando los bordes rectangulares del espacio en que había vivido tranquilamente desde el día en que firmó el contrato de compra. Tenía que escapar de lo que fuese que estaba ocurriendo y no sin antes recoger lo que era suyo, lo que llevaba años enteros recolectando entre muros. Pasaron pocos minutos y cuando ya nada más parecía caber comenzó a desesperar, no quería dejar todos los libros con los que había convivido por más de quince años, temía perder las notas que había hecho al margen de la Ilíada para poder recordar los tantos nombres que se multiplicaban como roedores a lo largo del poema de Homero, tampoco quería perder la mesa de madera del rincón, ni la litografía del cuadro de Reverón que recién había mandado a enmarcar, después de todo, le había costado unos cuantos miles de bolívares ponerle el marco de bambú. Intentó empujar un balón de fútbol —por si luego se encontraba con quién jugar alguna caimanera— pero cuando vio que no estaba empacando los guayos sintió la rabia reventarle en el pecho. Sabía cuál era el destino de una casa abandonada, sabía que en pocos minutos pasarían los últimos, los que saquean y dejan las casas vacías de objetos, y temió perder las notas de la Ilíada, los guayos, la mesa y por supuesto el marco del Reverón. Fue en medio de esa rabia cuando por fin el pensamiento se le empapó de una sola idea: lo mejor sería llevarse la casa entera. Buscó una bolsa blanca Forceflex y sin más ni menos comenzó a arrancar las raíces de la casa, la desprendió con cuidado de artesano para no dañarle la pintura del frente y la acomodó adentro con ese mismo espíritu de creador. Se aseguró de que las hojas del helecho, el que guindaba al lado de la puerta principal, no se desprendieran, y lamentó dejar las trinitarias, porque sabía que éstas no soportarían el paso del tiempo y que terminarían dejando una enorme alfombra morada que dañaría el piso de ladrillo que apenas dos días antes había terminado de instalar. Lo importante era llevar la casa consigo, no sabía a dónde pero llevarla al fin a algún lugar en el que las goteras de agua no se corrieran hacia adentro ni inundaran las habitaciones en las que reposaban las camas. Llevarla para que nadie más entrara en ella, para que nadie pudiese robar la foto de Luisa que reposaba encima de la consola, para que nadie abriese el refrigerador y lo desocupase de huevos, leche o verduras. Pensó que una vez que todo se calmase sería buena idea llevársela al pintor, había notado las grietas en las paredes roídas, había notado también que las columnas del corredor interno estaban un poco desbalanceadas y que sería necesario enderezarlas, le parecía un buen plan hacer una lista de todos los detalles reparables y por lo tanto de todos los lugares a los que tendría que ir para restaurar ese lugar al que muchos sabiamente denominaban “templo sagrado del espíritu”, quería pensarse a sí mismo a partir de la casa y por eso no podía dejarla olvidada como lo habrían hecho el resto de los vecinos, la casa se venía con él pesara lo que pesara. Se ilusionó pensando en visitar al plomero, luego al electricista, más tarde al albañil y decidió dejar para el final la visita al pintor. Sólo había un detalle que debía resolver y era cómo hacer cada vez que llegase a tales lugares para dejar la casa metida en la Forceflex en medio de la calle, no quería que le robasen ni las vigas que soportaban la estructura, tendría que hacer algo, tal vez buscarse un candado MUL-T-LOCK para asegurar que nadie abriese la bolsa, que nadie supiese que con él viajaba una casa llena de objetos. Sus objetos. * Marta pensaba en su casa como una casa que había sido trasladada en una Forceflex, le parecía lógico y es que no era posible traer los troncos uno tras otro con tal facilidad desde el Amazonas, no, la única explicación debía ser que la casa había sido trasladada en su totalidad. Pero la historia de Jairo no era una historia culminada, venía cubierta de dudas y por lo tanto no respondía a su pregunta de cómo una casa era capaz de viajar de un lugar a otro. Recordó que así como Jairo llevaba una casa a cuestas había visto alguna vez a una mujer caminando por la Plaza Bolívar mientras recogía palabras que la gente dejaba tiradas en las esquinas. * La mujer arrastraba con esfuerzo la Forceflex y no era para menos, porque ésta pesaba lo que pesan las palabras acumuladas a lo largo de siglos y siglos de escritura, Marta imaginaba que en verdad cargar las palabras no podía ser algo fácil. Si con tan sólo cargar un par de libros una cuadra ya sentía las venas de los brazos dilatarse, no podía imaginarse lo que sentiría si le tocase arrastrar aquel cúmulo de palabras, le parecía que incluso llevarse una casa a cuestas como Jairo sería mucho más simple, después de todo, la casa al menos era finita, podía tocarse, en cambio las palabras... Sólo aquella mujer estaba destinada a cargar la Forceflex llena de un mundo hecho de signos. En esa bolsa se acumulaban historias, se descomponían y luego se volvían a formar como nuevas frases. Todos los verbos, adjetivos, adverbios, pronombres, sustantivos, artículos y demás formulaciones lexicales cabían en ese espacio tan efímero, tan absurdo. Y aunque nadie más sabía de dónde venían las palabras, ella podía presentir cuando alguien estaba a punto de robarle una para usarla en el camino. Como si se tratase de latas recogía palabras que la gente botaba en los basureros, las recogía sin la esperanza de recibir algún dinero extra, y es que quién iba a pagar por todo un caos comprimido en una bolsa blanca. * La mujer que arrastraba palabras, arrastraba con ellas la descripción de una ciudad, seguramente la de un país entero, y por qué no, alguna definición extensa de los miles y miles de universos que se extienden más allá de este cielo. Se paseaba de una esquina a la otra recogiendo recuerdos ajenos. En uno encontró el de un loro que adivinaba la suerte o mejor dicho el de una mujer a la que el loro le adivinó la muerte. El rostro del hombre que cargaba al loro era tan indescifrable como los caracteres árabes de la tienda turca y ella que recogía palabras no podía saber del árabe ni del coreano, porque ese oficio le competía solamente a un nativo del idioma. Mientras aquella otra mujer —a la que llamaremos Delia para no confundir la una con la otra— se inclinaba y decía loriiito, loriiito, lorito, simulando ternura en la voz, el loro le respondía: muerta, muerta, muerta y Delia con una expresión que apuntaba al desconcierto se alejaba sin pagar los cinco bolívares que costaría la predicción auténtica del suicidio, tres días más tarde se habría lanzado por el viaducto como tantas otras mujeres y hombres a los que el loro les había adivinado la misma suerte. El loro no era sino un farsante, o mejor dicho una especie de alumno freudiano que generaba el futuro, lo disparaba, en dirección a su antojo. Ahora bien, no era el loro el culpable, sino el hombre que halaba una pluma u otra según su propio antojo y quien escogía la predicción más indicada según el interés caprichoso de su ego. El loro era una marioneta, y sí, un farsante al fin. Ventrilocuismo absurdo. La mujer había recogido la historia del mismo modo como minutos antes había recogido la palabra anhelo y ahora llevaba ambas, historia y palabra, arrastradas en ese enorme bulto que le servía de cama algunas veces. * A Marta le parecía que el progreso no era sino un señor mal interpretado, que la casa desaparecía antes de haber nacido, y que por eso no había forma de quedarse en una sola casa o de escribir aquella que tanto recordaba con anhelo y que sentía estaba en el lugar equivocado, en la ciudad equivocada, en el país equivocado. No se podía contar la historia de una única casa, porque cada casa era en verdad millones de casas, una encima de la otra, como las casas vomitadas, como las casas acumuladas en la Forceflex. La casa se perdía en el recuerdo no de uno sólo sino de todos aquellos que alguna vez la hubiesen atravesado, y más aun en la formulación de la idea de la casa, es decir que cada vez que un alguien describía una casa había que pensar que esa casa ya era una casa perdida y que en el futuro si se le volvía a preguntar a esa misma persona por esa misma casa empezaría a contar la historia de una nueva casa, distinta a la que años, meses o días antes había descrito con cuidado. Marta pensaba que incluso cuando se describe una casa de igual manera dos veces la casa agarra otro color, porque depende de los tonos del día o de la hora o el segundo en que ha sido contada, es por eso que decidió olvidarse de la casa para no sufrir como siempre la pérdida inevitable de un espacio que nunca le ha pertenecido. ** Arianna Corredor ariannacm@gmail.com Escritora venezolana (Mérida). Reside en Nueva York (EUA). Culmina sus estudios de maestría en escritura creativa, literatura y lenguas romance en la Universidad de Nueva York (NYU, http://www.nyu.edu). === Tres poemas Adriana Lamela ======================================= *** Entre otras cosas Me descubriste a hora avanzada, cuando mis labios asumían el gusto acre del polvo, a tientas apenas. Me descubriste cuando la firmeza trastornada y sombría (alucinada, caída) nacía impasible en mis ojos, vacíos del sol del universo; hostigados por un sol ilegítimo, un sol oculto que yo juzgaba estaba fuera de su centro infiltrándose en mí (Cuando tal vez creía que jamás disfruté el sol) y peregrinaba fisgoneándome, obsesionada por precipitarme en cada ronda entre espantajos que lastimaban como espinos. Me descubriste cuando ya el fastidio me encadenaba y dominaba mis manos; cuando ya no sabía imaginar los abrazos y resguardarlos luego tal como una almeja de coraza tierna que se escudase en su secreto, su pecho, su misterio; cuando ya no sabía prestar oídos a la ternura de un roce o de un cosquilleo (toque íntimo empañado en el aire rígido) ni cobijar el pezón entre inciensos que se identifiquen con un tú, ni rendirme a unos besos desde el matiz intenso de una boca Me descubriste a última hora y tropezaste (entre otras cosas) con el fulgor tropical de una ilusión. *** Unos pocos versos impresentables Después quién sabe, por cualquier abril desvanecido, conciba algo más que unos pocos versos impresentables: sólo soy capaz de subsistir; otras vidas me rasgaron la piel, y no obstante, mis dedos escupen letras. Me cristalizo; ignoro las palabras disecadas, la abundancia y la insolencia desordenadas (derroché ciertos poemas inmorales; palpé superficies dudosas, predichas en mi destino; un hombre escarbó —debajo de las sienes— otro mundo) y no obstante, mis dedos chorrean letras y las suelto en raras incertidumbres, con la desesperanza en las manos. Regurgito; las palabras brotan como una lluvia de abecedarios ácidos Por mi mundo voy, aspirando circunstancias semillas de probabilidades sales minerales: junto al vuelo de los años, absurdamente, por delante de las nubes —por encima de la luz— he sido bendecida a cambio de nada. Cada verso impresentable, cada escrito —me repito— perecerá apenas por ser impresentable y sostenerlo es como dialogar con fantasmas mano a mano, obsequiarles alguno que otro chisme. Sobre la raíz de una palabra flota un verso —acá, circunstancial, apenas, casi impredecible— ahora, hasta siempre, en una línea imaginaria por cada uno de las luchas diarias. La razón de mi náusea es el puro amor, una línea que incluye mis desvelos: una línea compuesta de palabras mordientes que me sangra en los dedos. Fui mendigo, —para qué negarlo— y además, Le robé demasiadas horas al sueño, en conceptos difusos que ardieron en mis lagrimales con la honestidad de un loco constipado y de todo, dejo huellas homicidas —herí cada vacío hasta desangrarlo— y la luz de cada poema me redime de culpas. Escupo; persisto a resguardo del verdugo a salvo infiernos sin resignarme ante la evidencia del mortal no me escondo entre bastidores indiferente a la imagen del hambriento sorda ante la soberbia No están entre santos mis colegas no soy amante sólo ante la ley de Dios no levanto banderas de impiedad no me desvelo por venganza Regurgito; doy la vida por mis versos y los guardo en lo profundo de mi escote. *** Seico de versos hipotéticos “...Así las sensaciones de este mundo; los cantos subjuntivos...” César Vallejo I Tal vez fagocite el espejo la cotidiana sed de lo prohibido y exploten inusitados los cristales. Dónde fueres, sin reflejos, sin sombras pletórico de ausencias / inmune... II Es posible que expelan estrellas las entrañas sobre un desierto de alegrías sonámbulas; que un dromedario sediento/ ¿un demiurgo? rasguñe la placenta de los átomos hasta que se haga la luz de otro principio. III Y allí donde pernoctaren las nostalgias, un hueco abierto al alba / pretérita expresión de razones imperfectas, abisme el llanto de los ciegos. Y las lombrices quizás repten cristalinas. IV Se prohíbe en el reino de los cielos colgarse en las ramas de un paraíso/ ¿y qué si Adán y Eva no hubieran comido la manzana? Un absurdo sofisma como absurdo es el mundo. Absurdas las preguntas y responderlas absurdo. V Entramos y no entramos. Somos pero tampoco; aguas arriba, vidas abajo / un murmullo impertérrito. Piedras en la orilla y en el fondo piedras; sobre la turbulenta calma el tiempo se demora. VI Sus dedos escarban la corriente y entretanto, es probable que las benditas sirenas / allí donde estuvieren, hayan mutado de ángeles caídos. Sin arpas; sin apéndices. Sólo un concierto de escamas rutilantes. ** Adriana Lamela lameladriana@gmail.com Escritora argentina (Neuquén Capital, 1961). Trabaja como secretaria técnica en una oficina del Estado provincial. Ha participado en el taller literario en línea de Laura Calvo (Bariloche, 1998) y en el taller literario presencial de la Dirección de Cultura de Neuquén, a cargo de Roberto Giglione (1999-2000). Ha obtenido mención especial en el V Concurso de Poesía y Cuento del Río de la Plata, en Buenos Aires (1998) y varios trabajos suyos han sido premiados en juegos florales realizados en la provincia de Neuquén, como el Primer Premio en cuento y Primer Premio en Poesía y los Juegos Florales de Verano en la Ciudad de Centenario (1999). Un poema suyo fue escogido para la muestra internacional de poetas editada en 2005 por Editorial Dunken (Buenos Aires). === Dos relatos David Martínez Garrido =============================== *** Claroscuro Ya he vuelto a casa caminando como un tigre cansado. Y me inquieta tu recuerdo, que se revuelve violentamente en mi cabeza, y siento como si estuviera encerrado en una extraña catacumba. Entierro mi cabeza bajo la almohada y bajo la persiana, pero se cuela un poco de luz, una luz anaranjada, una luz que llega a través de alguna vidriera, formando un claroscuro. Cuando recuerdo tu cuerpo, siento ganas de llorar. De llorar y de arañar con los dedos. Ganas de llorar al recordar tu pelo cayendo en cascada sobre tu espalda, al recordarlo también como una cortina de seda alrededor de mi cara, formando una especie de mosquitera. Ganas de llorar al recordar tu celulitis, perfectamente diseñada bajo tu piel. Tan femenina, tan imperfecta, tan musical. Y realmente siento las lágrimas con las yemas de los dedos, mientras estoy apoyado en el borde de la cama. El aire acondicionado no funcionaba bien del todo, y emitía un sonido grave. Sentía el aire frío y áspero secándome la boca y la garganta, penetrando en mi columna vertebral y en mis costillas, mientras me clavabas tus dientes en la cara y tus uñas en la espalda. Y me asomaba al balcón de tu boca. Una boca que luchaba por ser más grande y se estiraba como un chicle. Y tú me susurrabas mentiras al oído. Mentiras que entraban para no salir, mentiras que suplicaban en voz baja. Mentiras con aroma a chicle mezclado con saliva; un aroma empalagoso que te persigue a todas partes. No quiero olvidar la idea de que soy tu combustible, y tú, una máquina de vapor. Una máquina inmortal. Una máquina en cuyas tripas prendo como carbón para transformarme en una energía superior. Donde emerjo evaporado para fusionarme con el aire, y vuelo como un pájaro, y de ahí caigo nuevamente a tus manos para sentir el olor a crema. Una crema pegajosa que, entremezclada con tu sudor, forma un cóctel irresistible. Y yo intento zafarme inútilmente, hasta que me canso y permanezco inmóvil, prisionero en tus manos para siempre. Quisiera pensar que abro mi armario y encuentro aquel vestido que parecía una sábana de fuego azul, y acaricio su seda fría con mi cara. Tus zapatos de nuevo tirados por ahí, con la suela gastada, marfileña. Tus pintalabios y tus huellas de carmín impregnándolo todo de brillo. Tus interminables pelos negros que se quedaban pegados en el asiento del coche. Tus constantes caprichos y devaneos, que sin duda eran mayores que los míos. *** Dentro del matadero Vuelvo al matadero de nuevo y las sensaciones son siempre las mismas. Ha pasado algún tiempo desde la última vez y algunas cosas han cambiado, pero sigo percibiendo ese aire tenebroso que flota en el aire. El mismo frío metálico, los mismos charcos de sangre pegajosa en el suelo, el olor a carne y a muerte que lo impregna todo. Un olor que te persigue a todas partes. La nueva legislación nos obliga a colocarnos antes de entrar una especie de impermeable de plástico transparente y un gorro, que ahora es estrictamente necesario para evitar cualquier posible contaminación. Casi sin darme cuenta, me encuentro dentro de la sala de sacrificio. Las terneras luchan y se agitan mientras cuelgan de una pata. Una especie de cinta transportadora se encarga de moverlas. Un tipo con una camisa blanca salpicada por todos lados de sangre, y con la cara visiblemente triturada por el acné juvenil, coge su pistola de aire comprimido y las dispara en la cabeza con determinación. Es un asesinato en toda regla. Inmediatamente después, son abiertas en canal y vaciadas por el matarife con ayuda de su cuchillo de la forma más silenciosa posible, mientras siguen agonizando. El cuchillo para el matarife es como el loro para el pirata. Es una prolongación de su mano y lo maneja de forma absolutamente magistral. Un escalofrío me atraviesa como un rayo y, con la barbilla clavada en el pecho y las manos en los bolsillos, cruzo esta sala a toda prisa para introducirme en la siguiente. La siguiente cámara contiene terneras casi completamente limpias de vísceras y piel, pero sin embargo algunos músculos se siguen contrayendo. Un tipo con ropa azul celeste se encarga de inspeccionar de manera muy sobria todas las piezas mientras escribe las anotaciones necesarias en un cuaderno. El proceso es realmente más complejo y más serio de lo que se pueda pensar. A pesar del lógico malestar que produce el matadero inicialmente, se respira una serenidad desconcertante, muy propicia para la reflexión. Es paradójico que en un lugar de sacrificio, uno encuentre una calma tan profunda y tan pura. Pero aquí todo parece ir a cámara lenta. Estamos en una especie de burbuja helada. Somos personas frías en cámaras frías haciendo o viendo actos con gran frialdad. Y eso nos hace distanciarnos del mundo y mantenernos contrarios al ritmo de todas las cosas. Los trabajadores del matadero, a pesar de su aparente aspecto gris, rebosan una tranquilidad y optimismo admirable. Normalmente jamás pierden la concentración y se encuentran absortos en su labor. Muy pocas conversaciones, muy pocas distracciones, muy pocas sonrisas, muy pocas bromas. Este trabajo es realmente serio. ** David Martínez Garrido dmgarri@hotmail.com Escritor español (1981). Es farmacéutico de profesión. Ganador del primer concurso de relatos cortos Stilnox. === Tres poemas Manuel Barreto ======================================= *** Poesía Y si me preguntan por la poesía seguro que cerraré los ojos y no meditaré ni responderé con el silencio y si me vuelven a preguntar simplemente cerraré los ojos a lo mejor diré es todo cuanto vive o diría como ahora la poesía es una hormiga devorando un caramelo en el fondo del mar. *** Tiempo Supe de la eternidad del pasado de Dios y su padre Supe que en mí nada queda sólo los ojos para verme en otros tiempos. *** Este papel No hay nadie las paredes de la tarde mi cuerpo un libro de poemas sobre mi pecho bajo mi lengua un desorden No hay nadie un sonido de campana anunciando la noche No hay nadie un pedazo de mi yo y este papel con ganas de abandonarme. ** Manuel Barreto manuelbarreto_27@hotmail.com Escritor venezolano (San Felipe, Yaracuy). Estudió en la Universidad Central de Venezuela (UCV, http://www.ucv.ve). Dirige el Centro Experimental de Talleres Artísticos (Ceta). Ha publicado el poemario Hozare o la mujer azul (1998) y una plaquette de poesía (1990). Ha sido columnista por más de veinte años en el diario Yaracuy al Día. Ha ganado varios premios de poesía. ||||||||||||||||||||||||||| POST SCRIPTUM ||||||||||||||||||||||||||| “Se suele pensar que la poesía puede muy poco frente a la barbarie porque sólo le interesa a una ínfima minoría, pero ésta es una legión del espíritu y a través de ella actúa la poesía llegando así a ámbitos más amplios”. Rafael Cadenas, en “Contra la barbarie de la propia estimación”, entrevista con Claudia Posadas (Espéculo, Nº 23, junio de 2003; http://www.ucm.es/info/especulo/numero23/rcadenas.html). === Cómo publicar en Letralia, Tierra de Letras =========================== Antes de enviarnos algún texto para publicar en Letralia, le agradecemos leer nuestras condiciones de publicación. 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