~~~~~~~~~~~~~~~ Año XVII Cagua, Venezuela Nº 280 ~~~~~~~~~~~ ======================================= ~~~~~~~~~~~ LETRALIA, Tierra de Letras ~~~~~~~~~~~ http://www.letralia.com ~~~~~~~~~~~ ======================================= ~~~~~~~~~~~ 18 de marzo de 2013 ~~~~~~~~~~~ ~~~~~~~~~~~ LETRALIA, Tierra de Letras, es ~~~~~~~~~~~ la revista de los escritores ~~~~~~~~~~~ hispanoamericanos en Internet. ~~~~~~~~~~~ Usted puede enviarnos sus ~~~~~~~~~~~ comentarios, críticas o material ~~~~~~~~~~~ literario a info@letralia.com ~~~~~~~~~~~ ~ * ~~~~~~~~~~~ ~~~ JORGE GOMEZ JIMENEZ - Editor ~~~~~~~~~~~ ~~~~ Depósito Legal: pp199602AR26 ~~~~~~~~~~~ ~~~~~ ISSN: 1856-7983 ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ === Sumario =============================================================== | Micronopios, de Susana González Rico, Karen Zambrano y | Breves Daniel Centeno. / Ficcionario argentino (1840-1940), de | Fernando Sorrentino. / Silvia Sánchez Dionis gana | Concurso de Relatos Breves Eurostars Hotels. / Martina, | guerrillera, de Ascensión Badiola Ariztimuño. / Taller | Poesía en la Universidad de Carabobo. / Curso básico de | fotografía digital de José Ramón Briceño. / Curso de | lengua española y cultura hispánica para profesores de | español. | | Murió la escritora española Francesca Forrellad. / | Noticias Haruki Murakami fue el más vendido en la FIL de Minería. | / Muere el escritor senegalés Amadou Ndoye, experto en | letras canarias. / Exhumación de restos de Pablo Neruda | se realizará en abril. / La escritora española Rosa | Regàs gana el Premio Biblioteca Breve. / Juan Gabriel | Vázquez y Andrés Neuman nominados al Independent. / Zoé | Valdés gana el Premio Azorín de Novela con La mujer que | llora. / Premio Miguel Hernández para la española Olalla | Castro Hernández. / Lima es declarada Plaza Mayor de la | Cultura Iberoamericana. / El cubano Alexis Díaz-Pimienta | gana el premio de cuento Cortes de Cádiz. / México, | próxima sede del Congreso de Literatura Infantil y | Juvenil. / Muere en Escocia el escritor español Medardo | Fraile. / Develan una placa en Valladolid en casa natal | de Miguel Delibes. / Celebran en Madrid 25 años de | trayectoria del Premio Loewe de Poesía. / Murió el poeta | español Antonio Pérez Morte. / Publican una historia de | la literatura vasca en inglés. / Nubia Macías renuncia a | la dirección de la FIL Guadalajara. / Jóvenes escritores | venezolanos se reunirán en Falcón. / Festival de | Literatura Fantástica Celsius 232 anuncia participantes. | | “La poesía de bolsillo de Gustavo Pereira”, José Pérez. | Artículos y / “Jairo Varela: el compositor que consolidó la | reportajes identidad de la salsa colombiana y le puso contenido a | la salsa romántica”, Enoin Humanez Blanquicett. / | “Steinway & Sons, de Arístides Vega Chapú”, Marta | Farreras. / “Gabriel Jiménez Emán: la paradoja de un | escritor. Acercamiento a su libro Consuelo para | moribundos”, Rafael Garrido. / “El escape, un síntoma | temático del cine colombiano”, John Harold Giraldo | Herrera. / “La palabra devagar, de Antonio Arroyo | Silva”, Roberto Cabrera. / “Uno que habita en Calle del | Pez”, Alberto José Pérez. / “Diario sin nombre”, Ricardo | Martínez-Conde. | | “El ángel verde de José Agustín Goytisolo”, Efi Cubero. | Entrevistas | “Faulkner: el sentido de la forma”, Sergio G. Colautti. | Sala de ensayo / “Alberto Masferrer. Una voz que clama en el desierto”, | Jorge Castellón. / “La Habana invisible. En la calzada | de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, teología de un | poemario”, Julio Pino Miyar. | | Tres poemas de Freddy Sosa. / “Nuclear”, Nicolás Colla. | Letras / “Detrás de la bruma” (extractos), Camila Charry | Noriega. / “En la otra tierra del sueño” (cuentos), | Róger Vilar. / “Palabra necesaria”, Ernesto Fernando | Iancilevich. / Ocho cuentos breves de Carlos de la Hoz | Albor. / Poemas de Marisol Cabrera Sosa. / “Cuestión de | devoción”, Adriana Medina. / “San Lucas, Ciudad Quesada | 2011 y otros poemas” (extractos), Adriano de San Martín. | / “Primavera”, Mario Damián Uribe Hernández. / Poemas de | Beatriz Iriart. / “El aguacero, Lorca y Benedetti”, | Víctor Manuel Iravedra. | | Paul Auster. | Post Scriptum | =========================================================================== Premio Unicornio 1997 como Evento Cultural del Año http://www.geocities.com/SoHo/8753 =========================================================================== Premio "La Página del Mes" de Internet de México el 3 de mayo de 1998 http://www.internet.com.mx =========================================================================== Premio "Web Destacada del Mes" de MegaSitio en diciembre de 1998 http://www.megasitio.com =========================================================================== Premio Katiuska de El Mundo Diferente de Katiuska, en enero de 1999 http://www.redchilena.cl =========================================================================== Premio Key Site Award, de Fortress Design, en mayo de 1999 http://www.fortressdesign.com =========================================================================== Premio a la Excelencia, de Exodus Ltd., en mayo de 1999 http://www.exodusltd.com =========================================================================== Premio Mejor Página de Poesía, de La Blinda Rosada, en julio de 1999 http://blindarosada.org.ar =========================================================================== Segundo lugar en los premios Lo Mejor de Punto Com, diciembre de 2004 http://www.lomejorde.com =========================================================================== Finalista en los premios Lo Mejor de Punto Com, octubre de 2005 http://www.lomejorde.com =========================================================================== Finalista en los premios Stockholm Challenge 2006, Estocolmo, Suecia http://www.stockholmchallenge.se =========================================================================== Premio Nacional del Libro de Venezuela 2007, Centro Nacional del Libro http://www.cenal.gob.ve =========================================================================== Finalista en los premios Stockholm Challenge 2008, Estocolmo, Suecia http://www.stockholmchallenge.se =========================================================================== Mención de honor en los premios Stockholm Challenge 2010, Estocolmo, Suecia http://www.stockholmchallenge.org =========================================================================== Para suscribirse a Letralia, envíe un mensaje vacío a: letralia-subscribe@gruposyahoo.com Para desuscribirse, envíe un mensaje vacío a: letralia-unsubscribe@gruposyahoo.com También puede formalizar su suscripción o su desuscripción en un formulario visible en nuestro sitio en el Web: http://www.letralia.com/herramientas/listas.htm Ediciones anteriores: http://www.letralia.com/tierradeletras/archivo.htm ||||||||||||||||||||||||||||||| BREVES |||||||||||||||||||||||||||||| *** Micronopios, de Susana González Rico, Karen Zambrano y Daniel Centeno Ya está disponible en el servicio editorial CreateSpace el libro Micronopios, tres autores en breve, que reúne textos de los escritores venezolanos Susana González Rico (Caracas, 1967), Karen Zambrano (Barquisimeto, 1976) y Daniel Centeno (El Palmar, Bolívar, 1993), a razón de quince de cada uno. Una particularidad de estos relatos es que preservan el límite de 140 caracteres que priva en la red social Twitter. Asimismo, el prólogo, de la reconocida escritora venezolana Carolina Espada, tiene tan sólo 23 palabras. El libro, de 42 páginas, ya se puede adquirir en CreateSpace a un precio de 42 dólares. Pronto estará también en Amazon y Kindle Store. http://www.createspace.com/4125958 *** Ficcionario argentino (1840-1940), de Fernando Sorrentino Editorial Losada ha publicado hace unas semanas el libro Ficcionario argentino (1840-1940): cien años de narrativa, de Esteban Echeverría a Roberto Arlt, que en sus 408 páginas repasa lo mejor del género entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX en Argentina, representado en 33 cuentos de autores nacidos entre 1805 y 1900, en una edición del escritor Fernando Sorrentino (http://www.letralia.com/firmas/sorrentinofernando.htm). La selección se inicia con “El matadero”, de Esteban Echeverría, e incluye textos como “Yzur”, de Leopoldo Lugones; “El almohadón de plumas”, de Horacio Quiroga; “El matoncito”, de Evaristo Carriego; “Güelé (Piedad)”, de Ricardo Güiraldes; “Historia sintética de un traje tailleur”, de Alfonsina Storni, y “El resorte secreto”, de Roberto Arlt. Sorrentino nació en Buenos Aires en 1942 y es profesor de lengua y literatura. Tiene una extensa obra narrativa que, comenzada en 1968, continúa hasta el presente. Además de este libro, ha publicado con Losada Siete conversaciones con Jorge Luis Borges (entrevistas, 2007), Siete conversaciones con Adolfo Bioy Casares (entrevistas, 2007), El crimen de san Alberto (cuentos, 2008) y El forajido sentimental. Incursiones por los escritos de Jorge Luis Borges (ensayos, 2011). http://www.fernandosorrentino.com.ar *** Silvia Sánchez Dionis gana Concurso de Relatos Breves Eurostars Hotels La III edición del Concurso de Relatos Breves Eurostars Hotels proclamó el 14 de marzo como vencedora a la madrileña, Silvia Sánchez Dionis, por su obra corta “Una habitación de hotel, así de relativa es la felicidad”. El jurado valoró de su propuesta la buena redacción y, sobre todo, la excelente sintonía con la temática del concurso, ya que en su historia juega un papel importante la habitación de un hotel, como lugar donde trascienden las historias más íntimas y personales. Sánchez Dionis (Madrid, 1991) es estudiante de magisterio en la Universidad Autónoma de Madrid. El jurado también destacó el valor de otras obras como “El cuadernito”, “Con vistas al mar” y “Atrapada”, por la creatividad de las historias y la capacidad de suscitar el interés del lector en tan sólo 1.000 palabras. Eurostars Hotels elaborará un e-book con los ocho relatos finalistas del concurso que regalará entre sus clientes el próximo 23 de abril, coincidiendo con la festividad de Sant Jordi y con el Día Internacional del Libro. En el certamen participaron 195 narraciones de no más de 1.000 palabras. Este concurso, dirigido a los clientes de Eurostars Hotels, está dotado con 3.000 euros. http://www.eurostarshotels.com *** Martina, guerrillera, de Ascensión Badiola Ariztimuño Esta semana llega a las librerías la novela histórica Martina, guerrillera, de la escritora española Ascensión Badiola Ariztimuño (http://www.letralia.com/firmas/badiolaariztimunoascension.htm), que publicada por la editorial Txertoa está basada en el personaje histórico de Martina Ibaibarriaga, una vizcaína que luchó contra Napoleón, primero en la guerrilla y después en el ejército regular español. Una mujer valiente que tuvo que echarse al monte como tantos hombres y mujeres tras la batalla de Ibeni y el saqueo de Bilbao en los días posteriores a la noche del 16 de agosto de 1808. El alter ego literario de Martina narra en primera persona la búsqueda insaciable de Marcel Dupont, el militar francés que mató a su padre, un boticario de las Siete Calles de Bilbao. Esa búsqueda conduce a un desenlace sorprendente, tras pasar por la batalla de Vitoria, que tuvo lugar el 21 de junio de 1813, y en la que se dice que Martina luchó bajo el nombre del teniente coronel Manuel Martínez. En la web de la novela se puede leer el primer capítulo, ver el booktrailer u obtener datos de las fuentes bibliográficas utilizadas. Nacida en Bilbao en 1961, Badiola Ariztimuño es economista e investigadora en temas de historia contemporánea. Es miembro de la Asociación de Escritores de Euskadi y Martina, guerrillera, es su tercera novela. http://www.martinaguerrillera.com *** Taller Poesía en la Universidad de Carabobo Este 21 de marzo se iniciará en Valencia, Carabobo (Venezuela), el Taller Poesía, que tendrá como docentes a varios poetas de la región y de otras partes del país, y será totalmente gratuito. La actividad es organizada por el Departamento de Literatura, adscrito a la Dirección de Cultura de la Universidad de Carabobo, y está ideada para el acercamiento y la reflexión entre sus participantes, que podrán pertenecer o no a la comunidad universitaria. El taller se dividirá en tres módulos, enfocados en la revisión histórica de la poesía y los principios de la escritura poética; postulados estéticos y teoría poética, y poesía comparada y poetas venezolanos. En cada módulo se realizarán ejercicios, lectura y discusión entre los participantes. “El centro donde nace el taller es la revista Poesía”, dijo el reconocido poeta carabobeño y jefe de este departamento, Víctor Manuel Pinto. Esta publicación fue fundada por la Universidad de Carabobo en 1971. El taller se realizará todos los jueves de 3 a 5 de la tarde, hasta alcanzar los nueve meses previstos para su culminación. Los interesados pueden comunicarse por el número telefónico (0426) 1249724. *** Curso básico de fotografía digital de José Ramón Briceño El sábado 6 de abril se inicia en Maracay, Aragua (Venezuela) un curso básico de fotografía digital que será dictado por el reconocido fotógrafo y docente venezolano José Ramón Briceño. “A pesar de existir varias escuelas y grupos fotográficos en la ciudad”, dice Briceño, “igual creo que se necesitan más formas de explorar la mirada que se escapen a la camisa de fuerza que se ha vuelto este asunto técnico, que si bien no debe ser descuidado si toca explorar desde otros ángulos el universo fotografiable”. El curso, cuyo costo es de 600 bolívares, se desarrollará en cinco sesiones teórico-prácticas los sábados de 2 a 5 de la tarde, y las clases incluyen material de apoyo inédito, escrito por Briceño. La sede del curso será la Sala de Teatro Carmen Palma, ubicada en la calle El Samán del Barrio Santa Ana, en Maracay. Posteriormente se dictarán allí mismo otros talleres avanzados como fotografía de teatro, fotografía documental y de desnudos. Los interesados pueden telefonear a los números (0424) 4344163 o (0412) 1310234, o escribir a jbdiwan@gmail.com. http://clasesdefoto.blogspot.com/2013/03/taller-de-inicio-fotografico.html *** Curso de lengua española y cultura hispánica para profesores de español La Fundación Comillas llevará a cabo entre el 24 y el 28 de junio su curso de lengua española y cultura hispánica para profesores de español, cuyos participantes podrán adquirir también conocimientos metodológicos que podrán aplicar directamente en sus clases para mejorar sus estrategias didácticas. Se desarrollarán actividades tanto dentro como fuera del aula y los contenidos de ambas modalidades estarán “perfectamente engarzados y relacionados” y serán tratados “de forma sistemática”. El curso, que tiene un total de 20 horas lectivas, cuesta 380 euros. Los interesados en apuntarse pueden hacerlo dirigiéndose a la jefa de Estudios y Actividades Académicas, Inmaculada Martínez, por el teléfono 942 71 55 00, el fax 942 71 55 19 o la dirección de correo electrónico martinezi@fundacioncomillas.es. http://bit.ly/ZFK8kn ¿Quiere publicar una nota en este espacio? Envíenosla por correo electrónico a breves@letralia.com. === ¿Le interesa estar informado sobre concursos? ========================= Reciba por correo electrónico los anuncios vigentes de concursos literarios y artísticos en general suscribiéndose a nuestra lista de distribución. Todo lo que tiene que hacer es enviar un mensaje vacío a letralia-concursos-subscribe@gruposyahoo.com, o visitar nuestra cartelera de concursos en http://www.letralia.com/herramientas/concursos.htm. Si desea enviarnos las bases de un concurso, escríbanos a info@letralia.com |||||||||||||||||||||||||||||| NOTICIAS ||||||||||||||||||||||||||||| *** Murió la escritora española Francesca Forrellad La escritora catalana Francesca Forrellad, nacida en Sabadell el año 1927 y hermana gemela de la también escritora Lluïsa Forrellad, falleció el sábado 2 de marzo a los 85 años de edad, según informaron sus editores, Angle Editorial. La fallecida es la autora de la novela La vostra sang, en la que recrea la vida de Guifré el Pilós y a la que dedicó diez años de su vida. Francesca Forrellad debutó en la literatura como dramaturga en 1949 con L’esperat, una pieza en verso sobre el misterio de la Navidad. Dos años después escribió Ponç Pilat, una obra de teatro que se representó más de cincuenta veces en cinco años. Según sus editores, igual que su hermana Lluïsa, Francesca escribió sin que su entorno o el mundo literario le afectase, para satisfacer un impulso interno, con una libertad sin condiciones que seguramente pocos escritores actuales experimentan. Para rendirle un último homenaje, el martes 12 de marzo se realizó una lectura dramatizada de su obra Ponç Pilat en la iglesia de la Via Massagué de Sabadell. Fuente: EFE *** Haruki Murakami fue el más vendido en la FIL de Minería El pasado 4 de marzo fue clausurada la XXXIV Feria Internacional del Libro del Palacio de Minería (http://ferialibromineria.mx), en Ciudad de México, que se inició el 20 de febrero y que este año recibió más de 154.000 visitantes y que tuvo al japonés Haruki Murakami como el autor más vendido, con sus novelas Tokyo Blues, y los tres volúmenes de 1Q84, ocupando los tres primeros lugares con 429 ejemplares. Otros títulos en la lista son Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI; El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; Visión de los vencidos, de Miguel León-Portilla; Escultura monumental mexica, de Eduardo Matos y Leonardo López, y Poesía completa, el corpus total de Rubén Bonifaz Nuño. Durante los trece días de la feria se desarrollaron 1.255 eventos, de los cuales hubo 674 presentaciones de libros, 120 lecturas en voz alta y un programa de Jornadas Juveniles. Homenajes luctuosos a Carlos Fuentes y Rubén Bonifaz Nuño también estuvieron entre las actividades. Quintana Roo, el estado invitado, presentó más de 40 actividades. Hubo también presentaciones de libros sobre cine a cargo de la Cineteca Nacional: Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo, compendio de varios autores, y El cine actual: estallidos genéricos, de Jorge Ayala Blanco. Las universidades también estuvieron presentes. La Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) presentó 40 actividades, mientras que la Universidad Nacional Autónoma de México (Unam) 502, de las que destacaron las presentaciones de Antología: México en el siglo XIX, de Álvaro Matute —que formó parte de las Lecturas Universitarias—; La canción del Hada Verde: el ajenjo en la literatura mexicana, 1887-1902, de María Emilia Chávez Lara, y Al siglo XIX: ida y regreso, con la participación de Vicente Quirarte, Guillermo Vega Zaragoza, Pável Granados y María Emilia Chávez. También, críticos literarios de la talla de Geney Beltrán, Christopher Domínguez Michael, Armando González Torres y Alfonso Nava ofrecieron guías de ruta sobre qué buenos libros se han publicado, y sugerencias para los lectores en los días de feria. El director de la FIL de Minería, Fernando Macotela, destacó que 71% de los visitantes dijo haber comprado libros, lo que significa que fueron 109 mil 310 los textos que se vendieron. “Cada comprador gastó en promedio 563 pesos, con lo cual este año tenemos ventas por 61 millones 541 mil 530 pesos, por los 437 mil 240 libros que se comerciaron”. Lo importante, dijo Macotela, es la presencia de familias en la feria. Por eso, añade, tenemos que el 33% de los asistentes lo hicieron en familia, el 20% con amigos, el 7% con novio o novia, el 35% de manera individual y el 5% restante se clasificó en otros. En la jornada de clausura, cerca de cien editoriales —alrededor de la mitad de las que participaron— ofrecieron descuentos de al menos 10%. Macotela anunció que para la próxima edición, que será dedicada al estado mexicano de Morelos, se ampliará el sistema de seguridad con la instalación de 12 cámaras de circuito cerrado adicionales a las 16 existentes. Fuentes: Crónica • El Universal *** Muere el escritor senegalés Amadou Ndoye, experto en letras canarias El profesor de español, experto en literatura canaria y escritor senegalés El Hadj Amadou Ndoye falleció el pasado 4 de marzo a los 66 años en Dakar como consecuencia de una larga enfermedad, informaron fuentes de su familia. Ndoye impartió durante más de tres décadas clases de traducción, gramática histórica y literatura española e hispanoamericana en la Universidad Cheikh Anta Diop de Dakar (Ucad). En 1998 publicó su libro Estudios sobre la narrativa canaria. Su segundo libro en español, A un tiro de piedra, una recopilación de artículos aparecidos entre 1998 y 2000 en el periódico de Gran Canaria La Tribuna, vio la luz en 2006. A lo largo de su dilatada carrera, Ndoye fue profesor invitado de varias universidades españolas y latinoamericanas. Además, participó como ponente en numerosos foros académicos en países de habla hispana, en cuyos medios académicos gozaba de gran respeto y consideración por su trabajo. Fuente: EFE *** Exhumación de restos de Pablo Neruda se realizará en abril La exhumación de los restos del poeta chileno Pablo Neruda, ordenada por el juez que investiga si el Premio Nobel de Literatura 1971 fue asesinado, se realizará el 8 de abril, según confirmó el pasado lunes 4 de marzo el abogado querellante del caso, Eduardo Contreras, quien representa en esta causa al Partido Comunista (PC). En la exhumación participarán un equipo multidisciplinario del Servicio Médico Legal (SML), un equipo forense argentino, peritos españoles y examinadores integrantes del Comité Internacional de la Cruz Roja. Este es el segundo desentierro al que someten los restos del emblemático poeta. En diciembre de 1992, el cuerpo de Neruda fue exhumado del Cementerio General de Santiago para ser velados en el Salón de Honor del antiguo Congreso Nacional y posteriormente fueron trasladados a Isla Negra, como fue su deseo. La investigación judicial se abrió a mediados de 2011 a raíz de una querella presentada por el PC, al que Neruda pertenecía, después de que su antiguo chofer, Manuel Araya, denunciara que el poeta fue asesinado mediante una inyección letal por orden de la dictadura. Hasta entonces, la versión oficial indicaba que la muerte del poeta se debió a un cáncer de próstata que padecía desde hacía años. El autor de Residencia en la Tierra falleció el 23 de septiembre de 1973, doce días después del golpe de estado de Augusto Pinochet, en una clínica privada de Santiago, y en vísperas de un viaje que le llevaría exiliado a México. Se da la circunstancia de que en ese mismo centro falleció en 1982 el ex presidente democristiano Eduardo Frei Montalva, cuya muerte se atribuyó oficialmente a un shock séptico tras una operación por una hernia de hiato, hasta que en 2009 una investigación judicial estableció que fue un homicidio por envenenamiento. En septiembre del año pasado, el juez Marío Carroza encargó nuevos peritajes a expertos de la Universidad de Chile para determinar si era necesario ordenar la exhumación de Neruda para esclarecer la causa de su muerte. El informe de la institución reducía las expectativas de éxito de una eventual exhumación debido a la elevada humedad del terreno en que fue sepultado el poeta. Pablo Neruda está sepultado junto a su tercera esposa, Matilde Urrutia, en el patio de su casa museo de Isla Negra, una localidad del litoral central de Chile, situada a 120 kilómetros de Santiago. Fuente: EFE *** La escritora española Rosa Regàs gana el Premio Biblioteca Breve La escritora Rosa Regàs (Barcelona, 1933) obtuvo el lunes 4 de marzo el Premio Biblioteca Breve 2013 de la editorial Seix Barral, dotado con 30.000 euros, con su novela Música de cámara, la historia de un amor truncado entre una mujer de herencia republicana y un joven de clase alta en la posguerra barcelonesa. Esta novela muestra la ambientación de una “época asfixiante” y recapacita sobre las consecuencias que tuvo para España el paso por la Transición. Regàs se une así a una plantilla de ganadores que incluye firmas de la talla de Juan García Hortelano, José Manuel Caballero Bonald, Adriano González León, Juan Marsé, Mario Vargas Llosa, Elvira Lindo y Clara Usón. Esta edición recibió 1.086 manuscritos, destacando de forma importante la participación de España y Argentina con 504 y 118 originales, respectivamente, seguidos de Chile, con 22 novelas, y Colombia con 58. La autora cuenta con una larga trayectoria literaria con varios premios en su haber como el Nadal por Azul, el Ciudad de Barcelona por Luna Lunera y el Planeta por La canción de Dorotea. Ex directora de la Biblioteca Nacional, abandonó la institución por la “falta de confianza” del entonces ministro de Cultura, César Antonio Molina, tras el robo de dos mapamundis incunables de los fondos de la misma en 2007. Fuente: El Mundo *** Juan Gabriel Vázquez y Andrés Neuman nominados al Independent Las novelas El ruido de las cosas al caer, del colombiano Juan Gabriel Vázquez, y El viajero del siglo, del argentino Andrés Neuman, optan al Independent Foreign Fiction Prize de este año, según se anunció el pasado 6 de marzo. Uno de los galardones más prestigiosos del mundo, The Independent Foreign Fiction Prize es concedido por el diario británico The Independent y el Consejo de las Artes del Reino Unido. La editorial Alfaguara dio a conocer lo anterior ya que ambos han logrado el Premio de Novela que ésta otorga cada año, Vázquez en 2011 y Neuman en 2009. Abril rojo, del peruano Santiago Roncagliolo (Premio Alfaguara 2006), ya lo ganó en 2011 en la categoría de mejor novela traducida publicada en Reino Unido en 2010, imponiéndose a El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk, y Yo maldigo el río del tiempo, de Per Petterson. El ganador de este año del Independent Foreign Fiction Prize se dará a conocer el próximo 20 de mayo en Londres. Fuente: EFE *** Zoé Valdés gana el Premio Azorín de Novela con La mujer que llora La escritora cubana Zoé Valdés se proclamó este 7 de marzo ganadora de la 37ª edición del Premio Azorín de Novela, que convoca la Diputación de Alicante, con su obra La mujer que llora, que fue elegida de forma unánime por el jurado del certamen. La autora se había presentado al concurso bajo el seudónimo “Gloria Julián Cécil” y con el título alternativo “La salvaje inocencia”. El libro narra la historia de Dora Maar, una de las amantes de Picasso. Pintora, fotógrafa y escultora, vivió junto al artista malagueño en una época marcada por la guerra civil española, la ocupación nazi y la Segunda Guerra Mundial. En la novela se cuenta la relación de la mujer con el artista y el momento de aislamiento que vive la protagonista cuando éste viajó a Venecia con dos escritores. Se trata de una novela con tintes biográficos, debido a la investigación que la propia Zoé Valdés realizó sobre el personaje, con el que estuvo en contacto para documentarse. Además, tiene también una vertiente autobiográfica, ya que la escritora aparece también reflejada como uno de los personajes de la trama, presentándose como una investigadora. Tras conocerse el fallo del jurado, Valdés compareció en una rueda de prensa junto a la presidenta de la Diputación de Alicante, Luisa Pastor, y el representante de la editorial Planeta, Patrici Tixis. Para la escritora cubana, Dora Maar fue durante una década el “soporte sentimental y a veces la conciencia social de Picasso”, con quien compartió la creación del Guernica, que fotografió paso a paso. A su juicio, a Maar le tocó una época “que se parece mucho a lo que se vive hoy”, al suponer el fin de un período a partir del cual se encerró en sí misma junto a una ferviente fe que la condujo a recluirse entre su casa y la parisina Notre Dame. El Azorín, dotado con 68.000 euros, no es el primer premio que gana la autora en la provincia española, ya que en 2004 se hizo con el Premio de Novela Ciudad de Torrevieja gracias al libro La eternidad en un instante. Su nueva obra, a la que ha dedicado según dijo varios años, saldrá a la venta el próximo 11 de abril. La 37ª edición del Premio Azorín de Novela se falló en una gala celebrada en la Sala de Cámara del Adda. Un total de 97 novelas de todo el mundo, de las cuales 14 procedían de Alicante, concurrieron al certamen literario que convocan la Diputación de Alicante y Planeta. Fuente: ABC *** Premio Miguel Hernández para la española Olalla Castro Hernández La escritora española Olalla Castro Hernández (Granada, 1979) recibió este 8 de marzo en Orihuela, Alicante, el Premio Nacional de Poesía Miguel Hernández 2013, convocado por la fundación que lleva el nombre del poeta oriolano y dotado con 3.000 euros, por su obra La vida en los ramajes. Castro, licenciada en periodismo por la Universidad de Sevilla y en teoría de la literatura por la Universidad de Granada, es autora y prologuista de la antología Ocho paisajes, nueve poetas, así como ganadora del I Premio Internacional de Poesía Piedra del Molino con su obra El camisón de Emily Dickinson. También es autora del blog literario Soliloquio de la mujer-bala (http://sistercastro.blogspot.com), ha sido columnista del diario La Opinión de Granada durante seis años y también cantante y letrista de varios proyectos musicales, el más reciente de ellos la banda argelino-catalana Nour, con la que ha firmado tres discos y realizado conciertos por varios países. A esta convocatoria se presentó un total de 77 originales, valorados por un jurado integrado por el editor Juan Pastor y los profesores Arcadio López-Casanova (Universidad de Valencia), Joaquín Juan Penalva (Universidad de Alicante) y Juan Carlos Abril (Universidad de Granada), y presidido por el catedrático de la Universidad de Murcia Francisco Javier Díez de Revenga, mientras el director de la fundación, Aitor L. Larrabide, actuó como secretario. Díez de Revenga definió este trabajo como una “serie de propuestas hechas por la autora, fundamentadas en sus propias opiniones”, y también destacó que “revela inquietudes profundas”. “Es muy interesante la reflexión sobre la mujer sin ser un libro feminista”, añadió el presidente del jurado, que valoró la existencia de espacios relacionados con el mundo contemporáneo y la música. Castro Hernández manifestó que en sus composiciones se marca el objetivo de “comunicar sus ideas sobre una serie de problemas contemporáneos”. La edición de este libro, de mil ejemplares, según avanzó el editor, Juan Pastor, estará disponible en octubre en toda España. Fuente: EFE *** Lima es declarada Plaza Mayor de la Cultura Iberoamericana El Comité Sectorial de Cultura de la Unión de Ciudades Capitales de Iberoamérica (UCCI) declaró a la capital del Perú como la Plaza Mayor de la Cultura Iberoamericana 2014 en reconocimiento a los espacios que brinda para promover la cultura y el arte, según se anunció este 8 de marzo. Cultura Viva, Lima Milenaria, Ciudad de Culturas y el Festival de Artes Escénicas de Lima (Fael) fueron los proyectos que permitieron el nombramiento de la comisión sectorial durante una reunión en Cádiz, España. Todos estos programas fomentan las iniciativas artísticas en distintos puntos de Lima. “La ciudad de Lima será la sede de importantes conferencias, exposiciones, publicaciones de libros, entre otras actividades, y se intercambiarán experiencias para mejorar la gestión de proyectos”, expresó el gerente de Cultura de la Municipalidad Metropolitana de Lima, Pablo Alayza. Fuente: La República *** El cubano Alexis Díaz-Pimienta gana el premio de cuento Cortes de Cádiz El Ayuntamiento de Cádiz dio a conocer este 9 de marzo el fallo de la décima edición del Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz, que recayó sobre el escritor cubano Alexis Díaz-Pimienta por la obra “Intercambio de tarjetas”. Según indicó el Consistorio gaditano en un comunicado, el jurado reconoció dicho trabajo de entre 415 obras presentadas, 398 de ellas por vía electrónica a través de la web de los premios. Díaz-Pimienta (La Habana, 1966) es escritor y repentista. Poemas y cuentos suyos han sido traducidos al italiano, francés, inglés, japonés, árabe, farsi, búlgaro y alemán. Ha publicado hasta la fecha 28 libros de diferentes géneros. Con su obra ha obtenido siete premios internacionales de poesía y también dos premios internacionales de novela. Ha publicado, asimismo, diez títulos de literatura infantil, entre los que destacan su versión de Don Quijote en verso y los nueve libros protagonizado por Chamaquili, el niño poeta. El jurado calificador de esta décima edición del Premio Iberoamericano de Relatos Cortes de Cádiz, bajo la presidencia del edil de Cultura del Ayuntamiento de Cádiz, Antonio Castillo, estuvo compuesto por Sara Mesa, Norberto Luis Romero, Jorge Eduardo Benavides, José Manuel García Gil y Miguel Ángel Rodríguez Matellanes, actuando como secretaria Carmen Montes Gómez, de la Fundación Municipal de Cultura. Puestos en marcha por el Ayuntamiento de Cádiz hace más de una década, estos premios constan de 12 modalidades y se distinguen por su marcado carácter iberoamericano. El objetivo es dar a conocer los trabajos de investigadores, creadores y aquellas personas que destaquen en diversos campos como la ciencia, el arte, la política y la empresa. Fuente: La Voz Digital *** México, próxima sede del Congreso de Literatura Infantil y Juvenil El II Congreso Iberoamericano de Lengua y Literatura Infantil y Juvenil (Cilelij, http://www.cilelij.com) fue clausurado en Bogotá este 9 de marzo con la entrega a México de la sede de la próxima edición, en 2016. La declaración final de este segundo congreso, leída por la presidenta del comité académico del encuentro, Beatriz Robledo, resalta que “la literatura y la educación deben estar estrechamente unidas como una forma de procurar salvar las desigualdades de la población”. Aprobado por los más de 600 delegados y 50 escritores presentes en la cita, el texto señala que el libro camina hoy hacia una pluralidad de formatos y necesitará nuevas formas de medición. Los participantes ratificaron su compromiso “con una literatura de naturaleza artística” e insistieron en la necesidad de superar la dependencia que tuvo este género de la doctrina, la moralidad y la pedagogía. También apostaron por una mediación lectora creativa y comprometida con las resonancias de la obra artística en los niños y jóvenes y su entorno. Inaugurado el 5 de marzo, al congreso asistieron destacados autores, editores e ilustradores, entre ellos el argentino Néstor García Canclini, la socióloga y antropóloga francesa Michele Petit, los españoles Gustavo Martín Garzo y Ana Garralón, y la venezolana Maité Dautant. Con el lema “Escribir, ilustrar y leer libros infantiles y juveniles hoy en Iberoamérica”, la cita se centró en tres ejes fundamentales, que abarcaron temas como la familia, el amor, la amistad, la dimensión política, la emigración, el exilio, la violencia y los problemas sociales. Estos encuentros, el primero de ellos realizado en Chile en 2010, se celebran cada tres años. Su comité de honor está presidido por la princesa Letizia, esposa de Felipe de Borbón, príncipe heredero de la Corona española. Fuente: Prensa Latina *** Muere en Escocia el escritor español Medardo Fraile El escritor español Medardo Fraile, maestro del cuento perteneciente a la generación de los 50, falleció en Glasgow (Escocia), lugar donde residía desde 1967, la madrugada del pasado lunes 11 de marzo, según informaron fuentes cercanas a la familia. Nacido en Madrid en 1925, Fraile era uno de los cuentistas más importantes y valorados de las últimas décadas. Aunque se le consideraba un clásico del género, era un autor de culto, no muy conocido entre el gran público, en parte debido a su larga estancia fuera de España. A pesar de su avanzada edad, Fraile gozaba de buena salud, aunque acababa de pasar un resfriado, según Juan Casamayor, director de la editorial Páginas de Espuma, en la que se habían publicado en 2004 la antología Escritura y verdad, cuentos completos, y en 2010 otro libro de relatos, Antes del futuro imperfecto. “Hacía tan sólo 24 horas que habíamos intercambiado correos electrónicos”, señala Casamayor. “Estábamos hablando de un proyecto que teníamos, la publicación de otro libro con sus cuentos. Tenía una voz estupenda, mucha energía, se hallaba muy ilusionado: todo hace pensar que le ha dado un infarto”. Doctor en letras por la Universidad de Madrid en 1968, el escritor se dedicó profesionalmente a la docencia, actividad que compaginó con la de narrador de cuentos y articulista. Desde 1967 vivía en Escocia, y fue profesor de español en la Universidad de Strathclyde (Glasgow), donde llegó a ser catedrático emérito de esta institución desde 1987. Colaboró en infinidad de diarios y revistas, dentro y fuera de España, y publicó más de treinta libros —cuentos literarios y juveniles, novela, colaboraciones de prensa, estudios literarios, teatro, ensayo. Los últimos han sido Contrasombras (1998), Ladrones del Paraíso (1999), La letra con sangre (2001) y Entradas de cine (2008). Fue reconocido con el Premio Nacional de la Crítica en 1965. “El cuento dice algo tan esencial que se convierte en una gota de sangre en el lector”, había dicho Fraile en la entrevista que le hiciera Doménico Chiappe hace algunos años, y que publicáramos en Ciudad Letralia (http://www.letralia.com/ciudad/chiappe/15.htm). Fuente: EFE *** Develan una placa en Valladolid en casa natal de Miguel Delibes La Fundación Miguel Delibes recordó al escritor este martes 12 de marzo, en el tercer aniversario de su fallecimiento, descubriendo un relieve en bronce en la casa en la que naciera, el 17 de octubre de 1920, el autor de Las ratas, en la Acera de Recoletos, en Valladolid. “Es un marco muy delibeano. Mi padre nació aquí y el Campo Grande fue el escenario de casi toda su vida”, celebró su hijo Germán, que asistió al acto junto a sus hermanos Juan, Adolfo y Elisa, presidenta de la institución que custodia el legado literario del Premio Cervantes. Germán Delibes, además, se refirió a la cita que adorna el árbol de membrillo realizado por la artista vallisoletana Belén González, “Soy como un árbol, que crece donde lo plantan”. “Era una frase lapidaria de mi padre. Quería decir que él se sentía muy a gusto viviendo aquí, en Valladolid”, explicó el arqueólogo. La autora del relieve ha querido huir de los caminos otras veces transitados. “Miguel Delibes ha sido muy representado y lo seguirá siendo en el futuro. Me parecía oportuno no reincidir en lo de siempre y utilizar el simbolismo, que era algo que él apreciaba mucho”, explicó Belén González. No es la primera vez que la artista vallisoletana se aproxima a la obra y la figura del autor de El hereje. “Cuando Bolaños era alcalde me encargó un busto suyo y la Universidad de Alcalá de Henares me encargó un relieve cuando le concedieron el Premio Cervantes... Estuvo en mi estudio y posó para mí. Era un hombre cercano, que en seguida se sentía en confianza y te trataba como si le conocieras de toda la vida”, evocó la escultora. Si la obra de Belén González remite a la naturaleza feraz que tanto amaba Miguel Delibes, a través de ese árbol “longevo”, “rudo” y “exquisito”, la del artista madrileño Pablo Capote, que ha cedido un óleo sobre tabla a la fundación, alude a su pasión cinegética. “La caza es un placer de ida y vuelta. Durante seis días de la semana el hombre se carga de razones para abandonar por unas horas los convencionalismos sociales, la rutina cotidiana, lo previsible. Al séptimo día, se satura de oxígeno y libertad, se enfrenta con lo imprevisto, experimenta la ilusión de crear su propia suerte...”, escribió en su día el autor de La caza de la perdiz roja. Y la caza unió al narrador con el artista, que durante años ilustró sus artículos para la revista especializada Trofeo, que dirigió Juan Delibes. “Le gustaba mi trabajo, el color de mi obra... No hay que olvidar que él empezó como dibujante. En este tipo de revistas de caza, los dibujos suelen ser realistas, pero mi trabajo era distinto”, explicó Capote. Fuente: El Mundo *** Celebran en Madrid 25 años de trayectoria del Premio Loewe de Poesía El Premio Loewe de Poesía celebró este 12 de marzo sus 25 años de existencia en el Instituto Cervantes, en acto en el que participaron 24 de los premiados, y la mayoría de los jueces, entre ellos el poeta Francisco Brines y Víctor García de la Concha, quien señaló que este galardón era “un lujo”. “Festejar esta celebración es un lujo en tiempos de miseria”, señaló García de la Concha, presidente del jurado del premio y director del Instituto Cervantes, quien hizo de anfitrión en un acto además de homenaje a Enrique Loewe, presidente de la fundación que lleva el nombre de la firma de objetos artesanales y de lujo, y creador del premio en 1988. A Loewe, que se jubila este año y deja también la fundación, García de la Concha lo tildó de “patrocinador del arte en general, no sólo de la poesía”. “Has honrado a la poesía con un mecenazgo muy particular”, le dijo, preguntándose a continuación: “¿Para qué sirve la poesía en tiempos de miseria?”, a lo que él mismo respondió aduciendo “que nos da equilibro, libertad, emoción; en definitiva, nos hace seres humanos, hombres”. El director del Cervantes también tuvo palabras para uno de los miembros del jurado, para un “patricio”, el poeta Luis Antonio de Villena, quien ayudó a crear este premio por petición de Enrique Loewe. El poeta leonés Antonio Colinas y Jaime Siles, otros de los miembros del jurado actual, también asistieron a este acto, cuyo eje central fue la lectura de poemas por parte de los ganadores que lograron este premio a lo largo de su historia. El Premio Loewe, cuyo primer presidente del jurado fue el mexicano Octavio Paz, quien estuvo en el cargo hasta su muerte en 1988, se ha convertido en uno de los más prestigiosos de este género en lengua española. Está dotado con 20.000 euros (26.000 dólares) a una obra inédita de al menos 300 versos y con la edición del libro en la colección de poesía Visor. Además, tiene contemplado, a través de su fundación, otorgar ocasionalmente un premio a la Creación Joven, dotado con 7.000 euros (9.100 dólares), para autores menores de 30 años, y la publicación del libro también en Visor, cuyo director Jesús Visor también asistió al acto. Jaime Siles, Juan Pablo Zapater, Bernardo Sciavetta, Álvaro Valverde, Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero, Alejandro Duque, Jenaro Talens, José María Álvarez, Vicente Gallego, Carlos Marzal, José Antonio González, Vicente Valero, Javier Vela, José Luis Rey, Joaquín Pérez Azaustre, Álvaro García y el premiado en 2012, Juan Vicente Piqueras, leyeron sus poemas en este acto. La celebración fue clausurada por el poeta valenciano Francisco Brines, único superviviente de la llamada generación de los 50 o de posguerra, junto a José Manuel Caballero Bonald. Fuente: EFE *** Murió el poeta español Antonio Pérez Morte El poeta español Antonio Pérez Morte (Zuera, Zaragoza, 1960) falleció el pasado 13 de marzo, según anunciaron sus amigos a través de la red social Facebook. Poeta autodidacta, publicó varios poemarios y sus textos fueron incluidos en más de una veintena de antologías y libros colectivos, entre ellos Vento / Viento, antología de poesía ibérica (Celya, Salamanca, 2004), o José Antonio Labordeta, creación, compromiso, memoria. Además, publicó con Editorial Origami una antología de su trabajo titulada Escombros (Poemario 1978-2008). Los poetas Manuel Pinillos, Luciano Gracia y Guillerno Gúdel apostaron por su obra cuando comenzaba a escribir, con obras como Arrancado del silencio, en 1979, y, ya en los 80, Sombras incompletas, Un paso más, Huellas y Brotes. Este último poemario fue prologado por el poeta y cantautor aragonés José Antonio Labordeta e ilustrado por el pintor José Luis Lasala. Autor de un gran número de estudios académicos y biografías sobre escritores, músicos, artistas plásticos y científicos, dedicó su tiempo a recuperar la memoria de aquellos nombres de la cultura a quienes entendía que no se les ha hecho justicia. Colaboró además en numerosas publicaciones: Rolde, Trébede, Siete de Aragón, Qriterio Aragonés, Heraldo de Aragón, El Periódico, La Expedición, Poesía por Ejemplo, Cuadernos del Matemático, El Grito, Almiar, Mil y Una Historias o En portada..., entre otras, en las que fue dejando muestras de una obra que recientemente comenzó a ser traducida a otros idiomas y también a ser muy seguida en la red, sobre todo gracias a su magnífico blog, http://aperezmorte.blogia.com. Fuente: El Periódico de Aragón *** Publican una historia de la literatura vasca en inglés El Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, en Estados Unidos, presentó este 13 de marzo la primera historia de la literatura vasca escrita en inglés. Basque Literary History tiene como propósito principal dar a conocer la literatura vasca escrita desde el siglo XVII en los centros académicos de Estados Unidos. La presentación se realizó durante una rueda de prensa con Joseba Zulaika, director del centro, y Mari Jose Olaziregi, encargada de la edición del libro y directora de Promoción y Difusión del Euskera del Instituto Vasco Etxepare, entre otros. En la publicación han colaborado 13 autores, entre los que se cuentan Jesús María Lasagaster, Lourdes Otaegi o Patri Urkizu. Los textos han sido traducidos al inglés por Amaia Gabantxo. Del libro se han editado 580 ejemplares, que serán distribuidos de manera gratuita en los centros y universidades estadounidenses. Zulaika indicaba que “para globalizar la cultura vasca, hay que ponerla en inglés”, pues de esta manera puede optar a ser citada en el ámbito internacional. Este volumen se une a la colección publicada por el centro con el objetivo de ampliar la oferta académica sobre todas las disciplinas y textos de la literatura vasca. Así, autores como Jose Miguel Barandiaran o Koldo Mitxelena podrían servir de ayuda a los investigadores de Estados Unidos centrados en el tema. Zulaika afirmó que su deseo es que los libros tengan “un eco en el mundo académico”. Sus autores pretenden también hacer llegar los ejemplares a críticos y estudiosos para que puedan escribir sus “reseñas en revistas de impacto”. El libro se compone de varios capítulos en los que recoge, en sus primeras dos partes, la literatura oral vasca y el bertsolarismo y la literatura clásica desde el siglo XVII al siglo XIX. En su tercera parte el libro habla sobre la literatura vasca moderna entre los siglos XX y XXI, abarcando la poesía, el ensayo o la literatura infantil y juvenil vasca. Se cierra la tercera parte con las “otras literaturas de los vascos”, de autores que no escriben en euskera como Fernando Aramburu o Gabriel Celaya. El libro no elude el capítulo de la violencia, que toca bajo el título “Politics and Identity: Basque Narrative on Terrorism” (Política e identidad: La narrativa vasca sobre el terrorismo). Fuente: El País *** Nubia Macías renuncia a la dirección de la FIL Guadalajara Después de diez años al frente de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la más importante del mundo editorial de habla hispana, la mexicana Nubia Macías (San José de Gracia, 1966) renunció el pasado 15 de marzo mediante un comunicado. “Formar parte de la FIL y encabezarla durante este tiempo ha sido una experiencia vital y extraordinaria. Ha sido un privilegio y un gozo servirlos”, dice su carta de renuncia. Myriam Vidriales, jefa de prensa de la FIL, aseguró al diario español El País que la renuncia se ha hecho en los mejores términos posibles, que responde a motivos estrictamente personales y que no tiene nada que ver con la institución. “Simplemente se ha acabado un ciclo”, explicó. En la edición de 2012, el evento volvió a batir récords de asistencia y ventas, pero fue enturbiado por la concesión del premio de la Feria al escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, acusado de plagiar varias obras. El escritor no viajó a Guadalajara y el galardón se le entregó en Perú. Bajo la gestión de Macías, la FIL sufrió una profunda transformación hasta convertirse en el referente editorial en español. Unos 500 escritores pasan cada año por la ciudad mexicana para asistir a la feria, que en 2012 recibió más de 700.000 visitantes. Macías es licenciada en sociología por la Universidad de Guadalajara y estudió en 1993 el Máster de Periodismo de El País. Su relación con la feria literaria comenzó en el año 1987 como coordinadora de prensa. Fuente: El País *** Jóvenes escritores venezolanos se reunirán en Falcón Del 15 al 17 de mayo se realizará en Punto Fijo y Coro, en el estado Falcón (Venezuela), el 2º Encuentro Literario de Jóvenes Creadores (http://encuentrodejovenescreadores.com), evento organizado por la Cátedra Libre de Literatura Agustín García y coordinado por Luis Ramones. Tras el éxito de la primera edición, esta nueva convocatoria viene con la novedad de que, a las tradicionales categorías de poesía, narrativa y ensayo, se añade la audiovisual, dejando abierta la puerta a creadores que integren la literatura a la producción de cortometrajes, la fotografía o el dibujo. Para participar se deberá presentar textos y trabajos audiovisuales inéditos, aunque serán admitidos trabajos que sólo hayan sido publicados en blogs personales o redes sociales. Se permite participar en más de una categoría. Los artistas deberán enviar por correo electrónico su nombre completo (o seudónimo, si es el caso), una biografía de hasta 100 palabras, un retrato del autor y el material con el que se desea participar. Éste podrá ser un archivo de Word, si consiste en sólo texto, o en un enlace de YouTube, si se trata de un trabajo audiovisual. Hay, además, algunos criterios específicos de cada categoría que deben ser respetados por los participantes. Por ejemplo, los trabajos audiovisuales no pueden haber recibido premios, deben tener un tiempo máximo de diez minutos y deben publicarse en YouTube. En el correo que el artista enviará a los organizadores a través de la dirección jc.cortos@gmail.com, deberá incluir descripciones técnicas de la obra, así como biofilmografía de los responsables del filme. En fotografía, los trabajos no pueden haber recibido premios; por cada fotógrafo se aceptará una sola serie de hasta cinco fotografías, y éstas deberán tener un tamaño mayor a 5 megapixeles y ser enviadas a la misma dirección electrónica. En dibujo, la obra deberá estar digitalizada en cualquier formato de uso común, no se podrá exceder de 5 dibujos, y el material deberá ser enviado a la misma dirección. En ensayo, la extensión máxima será de 6 cuartillas en tipografía Times New Roman o Arial, tamaño 12 e interlineado 1,5. El tema no estará limitado a la literatura: se aceptará también reflexiones sobre cultura, política, pintura, fotografía, cine y otros. La dirección electrónica para enviar los trabajos será jcensayo2013@gmail.com. En narrativa se aceptará microcuentos y cuentos, que no hayan sido publicados por editoriales y que tengan una extensión máxima de 10 cuartillas en tipografía Times New Roman o Arial, tamaño 12 e interlineado 1,5. La dirección de envío será jovenescreadorescuentos@hotmail.com. Finalmente, en poesía no habrá limitaciones temáticas, y se aceptará prosa poética o lírica. La extensión máxima será de 10 cuartillas en tipografía Times New Roman o Arial, tamaño 12 e interlineado 1,5. Al igual que en la categoría anterior, los poemas enviados no deberán estar publicados por editoriales. La dirección para enviar el material será jcpoesia2013@gmail.com. Los interesados en obtener mayor información pueden llamar al (0416) 3634734 o escribir a jcreadores@gmail.com. El evento, además, tiene perfiles en Facebook (http://on.fb.me/11clBse) y en Twitter (http://twitter.com/jcreadores). Fuente: Web del evento *** Festival de Literatura Fantástica Celsius 232 anuncia participantes El II Festival de Literatura Fantástica y Creaciones Fantásticas “Celsius 232”, que se celebrará del 31 de julio al 3 de agosto en Avilés, Asturias (España), contará con la participación de los escritores Steven Erikson, Joe Abercrombie, Virginia Pérez de la Puente, Jon Courtenay Grimwood y David Monteagudo. Estos cinco se incorporan a otros siete autores previamente confirmados, Robert J. Sawyer, Christopher Priest, Nina Allan, Emilio Bueso, Juan de Dios Garduño, Ismael Martínez Biurrún y Javier Ruescas, según informó el Ayuntamiento avilesino. Celsius 232, en homenaje a la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y en alusión a la temperatura a la que arde un libro, nació en 2012 con el objetivo de presentar en Avilés lo más destacado de la narrativa de estos géneros producida dentro y fuera de España. La iniciativa hace especial hincapié en la creación literaria de fantasía, ciencia ficción y terror, sin dejar de reservar un pequeño espacio a otras disciplinas y otros géneros. El grupo de escritores “Los Hijos de Mary Shelley” volverá a desarrollar su actividad en Celsius 232, liderados por Fernando Marías. Además de conferencias, encuentros con autores y presentación de obras habrá numerosas actividades de calle todo el día. Fuente: EFE ||||||||||||||||||||||| ARTÍCULOS Y REPORTAJES |||||||||||||||||||||| === La poesía de bolsillo de Gustavo Pereira José Pérez ============== Leer y estudiar la poesía de Gustavo Pereira (Isla de Margarita, Venezuela, 1940) durante más de veinticinco años, apoyado en el respeto, la admiración y la amistad, representa un proceso de aprendizajes, de encuentros, de descubrimientos y develaciones que me permiten una mirada a fondo en su poética. Su trabajo creador ha sido intenso. Poesía y ensayo, investigación y análisis de la realidad sociopolítica venezolana y latinoamericana han ocupado su tiempo vital, su pensamiento crítico-reflexivo y sus búsquedas formales. Pereira ha sido catedrático de literatura hispanoamericana y nacional en la Universidad de Oriente hasta su jubilación en 1993. Conoce bien el proceso de formación y desarrollo de las letras del país antes y durante todo el siglo veinte y desde finales de la década del cincuenta incorpora su propia obra de manera evidente. Sus estudios de leyes (1) durante los sesenta en la Universidad Central de Venezuela en Caracas le unen a intelectuales jóvenes y mayores (poetas, narradores, pintores y escultores principalmente) quienes han acudido a la capital bien por estudio o trabajo, bien para ganar mayores espacios para el arte, toda vez que Venezuela inicia apenas en 1958 el proceso democrático vigente luego de diez años de dictadura continua, y las provincias ofrecen pocas oportunidades para el desarrollo personal. La nación tampoco tiene en esa época las grandes ventajas que produce la renta petrolera en las décadas setenta y ochenta. Por el contrario, se establecen luchas políticas e ideológicas extremas entre la derecha gobernante, contra la que se señalan cuestionamientos y protestas en diversos medios impresos, representativos, culturales, de opinión y de acción, y los grupos de oposición izquierdistas, generándose enfrentamientos, encarcelamientos, desapariciones forzadas y rupturas de toda índole. Los partidos políticos no tienen suficiente garantía institucional para salvaguardar el juego democrático naciente. Las guerrillas urbanas y rurales, las protestas formales a través del arte y el pensamiento crítico a la par del espíritu de renovación que recorre el mundo conjugan un escenario de inquietudes y no poca zozobra. Pereira logra plasmar en sus primeros poemarios una visión estremecedora de esa década. Su curso existencial oscila entre los veinte y treinta años de edad, y no sólo lo testimonia sino que se convierte en protagonista de ese proceso histórico desde el ámbito literario. La crítica de entonces advierte rápidamente el impulso creador del joven poeta, quien además gana los más relevantes concursos de poesía del país de esos años ante jurados de comprobada solvencia moral y profesional. En lo sucesivo, entre 1970 y 2010, Pereira consagra cuarenta años de creación a nutrir, enriquecer y sostener su poética personal, individual, así como su irrenunciable convicción política de izquierda. Esto último tiene dos circunstancias determinantes. La primera es de orden estético: logra crear un neologismo que sustentará su poética de manera coherente, novedosa, original, en permanente renovación. Se trata del somari o poema breve, de tipo reflexivo, sentencioso, agudo, de fina armadura en lo formal, en lo estético (2). La segunda es de orden político: tiene protagonismo como legislador durante la Asamblea Nacional Constituyente de 1999, logrando redactar el Preámbulo de la misma (3). La profunda crisis social y económica venezolana posterior a 1983, terminada la bonanza petrolera que se había iniciado en 1974, acentúa las desigualdades colectivas, la crisis fiscal, el endeudamiento externo y la pobreza extrema, básicamente por los cuestionamientos existentes contra la dirigencia política que de manera bipartidista se turna el poder pese a graves y comunes acusaciones de corrupción e ineficiencia administrativa. La cultura en general también se resiente. Valores como la probidad, la honestidad y la humildad resultan esenciales en los intelectuales. Sin embargo, muchos se doblegan a una suerte de derrota moral y se ajustan a instituciones y cargos de conveniencia. El sentido de patriotismo se hace imperioso y el país espera de sus poetas y artistas un aliento razonable de esperanza ante la vida y la historia. Pereira entiende muy bien estos cambios y mantiene con gran sensibilidad la observancia de este contexto. Su lucidez, su irreverencia y su inteligencia producen dos obras de gran interés para el público venezolano: Vivir contra morir, en 1988 y Escrito de salvaje, en 1993. El somari gana de manera definitiva su propio espacio en la literatura nacional. En lo sucesivo tres obras más refuerzan esta huella particular: Oficio de partir (1999), Sentimentario (2004) y Equinoccial (2007). Las nociones de reflexividad, identidad y desidentidad en Pereira devienen de su posición personal ante el curso histórico de los acontecimientos políticos, sociales y culturales del país, los cuales estudia sensiblemente y de algún modo revela en su obra ensayística, entrevistas, artículos y notas. Su compromiso es ante todo moral y ético, y su arte es la vía que expresa ese compromiso. Ni la opresión, el mancillamiento, el miedo, los vejámenes ni la ignominia le son indiferentes, y contrapone a toda fuerza explotadora el sentido de la solidaridad y la justicia. Su yo objetivado es revelador en esas visiones. Su identificación con las luchas sociales le hace protagónico y ejemplar. Su obra es un legado estético para recorrer y reconocer cuánto ha podido expresar en más de cincuenta años de hacer poesía y vivir la historia. Esto permite comprender la recepción crítica de su obra en los años sesenta, con prevalencia del texto poético de compromiso o comprometido, en sintonía con otros poetas comprometidos como José Lira Sosa, Víctor Valera Mora y posteriormente William Osuna. Del setenta a 1999 la recepción crítica en torno a Pereira se centró en el somari y su novedad. Se le celebra y se le trata de explicar. Se lee, se compila y difunde. Pereira se dedica a fortalecer la poética del somari y a ahondar en sus estudios de la poesía japonesa, china, árabe e indígena americana. Culmina su doctorado en letras en La Sorbona de París en 1982 de la mano de Saúl Yurkiévich con un amplio estudio dedicado al Caribe precolombino, titulado Historias del paraíso. Éste revela que el fracaso de los conquistadores en su afán por el oro y el saqueo que se hace en el llamado Nuevo Mundo para satisfacer las apetencias imperiales, no sólo oculta los valores culturales de la América india y cimarrona sino que extermina al ser natal, local, originario, o lo esclaviza y domina mediante el expolio y toda forma imaginable de injusticia y vejámenes. La historia falseada o negada es revelada a partir de documentos y acuciosas lecturas a las que Pereira dedica al menos veinte años. Sin embargo, la publicación orgánica de ese texto también se tarda un par de décadas aunque el poeta fue persistente el revelar su contenido en cátedras de literatura, congresos, conferencias y folletos para darlo a conocer de manera parcial (4). El somari se nutre conceptualmente de ese voluminoso estudio histórico y político, y de toda la formación ganada por Pereira a través de sus lecturas de tankas y haikú, traducción y escritura de cantos y poemas indígenas pemones, kariñas y waraos, entre otras. Por otro lado, su conocimiento de los clásicos occidentales, la poesía escrita en lengua castellana en toda época, los movimientos de vanguardia europea e hispanoamericana del siglo veinte así como su relación inicial con autores predilectos como Huidobro, Vallejo y Neruda, entre otros, sedimentan el proceso formativo que deviene en somari: suma de búsquedas, recurso propio para revelar el poema. El Caribe o la caribeñidad constituyen una constante en la poesía de Pereira. En “Señas de identidad” revela esa pertenencia física, carnal, vital, nostálgica y estética: “Yo nací en una isla a la que el océano dio ternura” (5). Océano éste capaz de transmitir ternura y ser compañero de vigilia y derroteros, como en el poema “Océano”: “Tus asuntos me envuelven desde el amanecer cuando / abro las ventanas” (6), o causar desajustes con su impetuosidad como en “Furia de océano”: “Mientras afuera bate el mar con furia las tablas del corredor / crujen y todo alrededor / parece hecho a la diabla” (7). Este mar y este océano son cuerpo común, son piel y sol propios, génesis y creación, por tanto vida y esperanza. Es “Océano humano”: “Nos creaste de musgo sideral recogido / en tu carne cuando todo / desamparo resplandecía y en tus / orillas agonizaban / los últimos glaciales” (8). Por eso no le es ajeno y la relación mar-hombre, mar-poesía resulta consuetudinaria, como suele ser esta relación en todo el Caribe americano: “Cuanto el mar desprecia lo arroja en mi ventana / Lo deposita / en mi puerta” (9). También la magia de la noche y los placeres están manifiestos en esta íntima relación: “Recostado en la barra frente al mar / mientras apuro una cerveza / veo los antiguos barcos que retornan” (10), a menudo con gran colorido y sugestivas metáforas: “La hermosa noche del puerto con olas como / calles blancas sobre las que andan descalzas monjas” (11). Por eso el mar, el trópico y el Caribe son pasado y presente en la poética de Pereira. El mar de la infancia y los puertos invisibles de la memoria y la utopía encuentran en el somari un medio de expresión. Por ello se trasvierte en una especie de diario poético largamente moldeado, reescrito, proyectado hacia el sentir social y la inteligencia sensible del ser, del hombre contemporáneo, tan sometido a los vaivenes de la modernidad, del desarrollismo, las tecnologías y toda alienación y formas directas e indirectas de dominación. Desde los erizos cercanos en la niñez y los zaguanes de los juegos infinitos de la infancia hasta la voz del indio que en la selva ignota clama se le reconozca su identidad, o la basuratura de la TV que diezma las verdaderas libertades en aras del consumismo y la homogeneización, el poeta Pereira recoge y cincela artesanalmente cada somari dentro de una temática amplia, abierta, universal y actual que lo hace no sólo eficaz sino efectivo. Diversas páginas de la Web dan cuenta de ello, así como las antologías existentes en torno al somari. La base moral, ética y de compromiso con la justicia, el bien común, la paz y la solidaridad entre los pueblos resulta esencial en la comprensión de la poética del somari. Más allá del poema de circunstancia durante la juventud, se revela una nueva forma responsable de hacer poesía. De ahí la riqueza expresiva y temática que le caracteriza. El sedimento sociohistórico, las variantes y particularidades del somari, revelan su aporte a la modernidad literaria venezolana contemporánea. Un nuevo aporte acompaña al somari durante los ochenta y noventa: el elemento indígena expreso. Pereira utiliza símbolos y metáforas de la poesía indígena como un medio de rescate de sus voces y como reafirmación interior de esa otra identidad presente en el proceso de mestizaje americano. Se evidencia un interesante sincretismo mediante una visión cósmica y universal del hombre, también de la poesía como forma superior de expresión (12). El panorama general de la poética de Gustavo Pereira, tanto en su primera etapa del sesenta como la posterior a 1970, revela un extenso canto nutrido de referentes diversos de la cultura universal desde América hasta Europa, de Asia hasta África. A un poema en lengua pemón o warao (“Sobre salvajes”, “Jokoyakore Naruae Anayakore Yarote” y “Canción del Dokotu-guará-tu”) atañe un homenaje a Omar Jayyâm, un epigrama a Catulo, refiere los horrores de la guerra a Zeus y Herodoto o escribe un canto a las colinas de Andalucía o las calles de París, Londres y Rusia. A los Bakuba, Mayongue y Bakongo de Zimbabwe o los Makonde de Bostwana o los Bapende de Ruanda; a los Batelele de Tanzania y los Ibo de Nigeria o los Balubas cameruneses (13), corresponden en igual exaltación el imaginario encuentro con Li Po en un festival de la luna en el mes de octubre, un haikú a las cigarras, o un “retrato” de Tu Fu, una variante de Basho o parodias a los sermones de Ti Pei Ku. Esta visión universal, pensada y singular del somari, es lo que permite a Pereira ser uno de los grandes poetas venezolanos contemporáneos, al lado de Ana Enriqueta Terán (1919), Ramón Palomares (1935), Juan Calzadilla (1930), Eugenio Montejo (1938-2008) y Luis Alberto Crespo (1941) o José Lira Sosa (1930-1995) y Víctor Valera Mora (1935-1984) (14). Su obra lírica ofrece un corpus amplio. Tenemos así siete poemarios durante los años sesenta, doce poemarios más entre 1970 y 2010 con la presencia del somari, nueve antologías en español y una en inglés (15) además del volumen Poesía selecta (2011) de la prestigiosa Biblioteca Ayacucho, con estudio preliminar de José Balza y bibliografía y cronología de José Pérez (16). De igual modo desarrolla Pereira una amplia obra ensayística compuesta por catorce títulos, en la que aparecen sus estudios sobre el Caribe y la cultura prehispánica, reflexiones, artículos de prensa, notas diversas, compilaciones de documentos sobre el Libertador Simón Bolívar, conferencias y discursos. Pereira representa en el panorama de la literatura moderna venezolana contemporánea un autor particular. La actualidad, vigencia y novedad de su somari como instrumento poético original, no sólo renueva la poesía nacional sino que demuestra una fuerza de voluntad creadora basada en sus profundas convicciones éticas y políticas mediante el basamento reflexivo crítico y el sincretismo cultural de valor universal. Bibliografía de Gustavo Pereira • El rumor de la luz (poemas de infancia y adolescencia), Barcelona, Impresos Corito, 1957. • Los tambores de la aurora (poemas de adolescencia), Caracas, Editorial Doric, 1961, ilustraciones de Alirio Palacios. • Preparativos de viaje (poemas), Barcelona, Tipografía Anzoátegui, Ediciones Trópico Uno, 1964, ilustraciones de Carlos Hernández-Guerra. • Bajo la refriega (poemas; coautores: Rita Valdivia, Eduardo Lezama, Luís José Bonilla), Barcelona, Tipografía Anzoátegui, Ediciones Ariosto, 1964, ilustración de Carlos Hernández Guerra, prólogo de Luís Luksic. • En plena estación (poemas), Caracas, Ediciones de la Universidad Central de Venezuela, Colección “Letras de Venezuela”, 1966 (Premio Joven Poesía 1965). • Hasta reventar (poemas), Maracaibo, Ediciones de la Universidad del Zulia, 1966 (Segundo Premio del IV Concurso de Poesía de la Universidad del Zulia). • El interior de las sombras (poemas), Maracaibo, Ediciones de la Universidad del Zulia, Maracaibo, 1968 (Primer Premio del VI Concurso de Poesía de la Universidad del Zulia). • Poesía de qué (poemas), Caracas, Ediciones del Ministerio de Educación, Cuadernos de la Joven Poesía, 1970. • Los cuatro horizontes del cielo (poemas), Caracas, Imagen, Nº 73, 1970; Cumaná, Ediciones de la Universidad de Oriente, 1973 (Premio Único del Primer Concurso Latinoamericano de Poesía de la Revista Imagen del Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, Inciba). • Libro de los somaris (poemas), Caracas, Ediciones del Concejo Municipal del distrito Simón Rodríguez del estado Anzoátegui, 1974 (Premio Alarico Gómez 1973), ilustraciones de Jorge Pizani, diagramación de Manuel Espinosa. • Segundo libro de los somaris (poemas), Caracas, Monte Ávila Editores, 1979. • Poemas de Gustavo Pereira, grabados de Gladys Meneses, Lechería, estado Anzoátegui (edición de lujo fuera de comercio), 1979. • Antología poética, Caracas, Cuadernos “Playas” del Concejo Municipal del Distrito Marcano del Estado Nueva Esparta, 1979, selección y prólogo de Chevige Guayke. • Sumario de somaris (antología de los somaris), Caracas, Fundarte, Colección “Delta” Nº 5, 1980. • Tiempos oscuros, tiempos de sol (poemas), Cumaná, Ediciones de la Universidad de Oriente, 1981 (mención del Concurso Ramos Sucre), portada e ilustraciones de Gladys Meneses. • El diario de a bordo de Colón o la primera proclama del colonialismo en el Caribe (capítulo del libro Historias del paraíso), Puerto La Cruz, Ediciones del Centro de Investigaciones Socio-Humanísticas de la Universidad de Oriente, Núcleo de Anzoátegui, 1987, portada de Pablo Ramírez y Violeta Poyer. • La niebla antigua y amarilla (notas sobre poesía clásica china), Caracas, Ediciones La Espada Rota, 1988. • Vivir contra morir (poemas), Caracas, Fundarte, Colección “Delta” Nº 20, 1988 (Premio Municipal de Poesía de Caracas). • El peor de los oficios (prosa), Caracas, Academia Nacional de la Historia (Colección El Libro Menor), 1991. Segunda edición, Cuba, Editorial Arte y Literatura, Instituto Cubano del Libro, 2004, prólogo de Norberto Codina. • Diario de mar (poemas), Caracas, Ediciones de Fundaconferry, Editorial Arte, 1992, ilustraciones de Ramón Vásquez Brito. • La fiesta sigue (poemas), Caracas, Colección de poesía del PEN Club de Venezuela, Nº 22, 1992. • El pensamiento anticolonialista de los libertadores (ensayo), Ediciones del Centro de Investigaciones Socio-Humanísticas de la Universidad de Oriente, Núcleo de Anzoátegui. Puerto La Cruz, 1992. • Antología compartida (antología poética), Caracas, Ediciones de Fondo Editorial del Caribe, Impresos Omar, 1993, selección de estudios preliminares de Fidel Flores, Ramón Ordaz, José Canache La Rosa y Salvador Tenreiro. • Escrito de salvaje (poemas), Caracas, Fondo Editorial Fundarte, Colección “Delta” Nº 31, 1993 (Mención al Premio Internacional Pérez Bonalde de Poesía. Premio Fundarte de Poesía). • Antología poética (poemas), Caracas, Monte Ávila Editores, 1994, prólogo de Juan Liscano. • Adagio de la desconocida (poemas), Maracay, Ediciones La Liebre Libre, 1994. • Historias del paraíso (prosa), Caracas, Ediciones del Fondo Editorial del Estado Nueva Esparta, Imprenta Municipal, (3 volúmenes), 1997. • Los blancos hijos del cielo (prosa), Cumaná, Ediciones Comisión Regional “Macuro 500 Años”, Gobernación del estado Sucre, Cuaderno Nº 2, 1998. • Dama de niebla (poemas), Valencia, Fondo Editorial Predios, 1999. • Cuaderno terrestre (poemas), Valencia, Ediciones Poesía, 1999. • Oficio de partir (poemas), Caracas, Ediciones de la Casa Ramos Sucre, 1999 (Premio Bienal Ramos Sucre). • Costado indio (prosa), Caracas, Ediciones de la Biblioteca Ayacucho, Colección “Paralelos”, 2001, prólogo de Maritza Jiménez. • Poesía de bolsillo (antología), Caracas, Fondo Editorial del Caribe, Impresos Omar, 2002, prólogo de José Balza. • Sentimentario (poesía), Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2004. • El legado indígena, Caracas, Consejo Nacional de la Cultura, Biblioteca Básica Temática, 2004. • Poesía selecta (antología), Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2004, prólogo de José Balza. • Todos los viajes, todos los faroles (prosa), Caracas, Fundación Provincial, 2005, ilustraciones de Rosana Faría, presentación de Rosario Anzola. • El juramento de Monte Sacro (prosa), Caracas, Fundación Defensoría del Pueblo, 2005, presentación Germán Mundaraín Hernández. • Simón Bolívar, escritos anticolonialistas (prosa), Caracas, Ministerio del Poder Popular para la Cultura Consejo Nacional de la Cultura, 2005, Introducción, notas y selección de Gustavo Pereira, primera reimpresión, 2007. • Los seres invisibles (prosa), Caracas, Editorial El Perro y la Rana, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, 2006. • Somari nuestro de cada día (antología), Barcelona, Fondo Editorial del Consejo Legislativo del estado Anzoátegui, 2007, prólogo de Fidel Flores y notas críticas de Ramón Palomares, Argenis Daza Guevara, Héctor Mujica, José Pérez y otros. • Cuentas (prosa), Caracas, Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2007. • Sobre salvajes (antología), La Habana, Fondo Editorial Casa de Las Américas, 2007, prólogo de Norberto Codina. • Aprender a ser (prosa), Barcelona, Gobernación del estado Anzoátegui, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, 2007 (discurso con motivo de la instalación de las jornadas de formación de los brigadistas del estado Anzoátegui). • Equinoccial (poesía), Caracas, Editorial El Perro y la Rana, Ministerio del Poder Popular para la Cultura, 2007. • The arrival of the Orchestra (Antology), London, Smokestack Books, 2010, traducción de John Green, Michal Boncza y Eduardo Embry. • Derechos culturales y revolución, Caracas, Fondo Editorial Fundarte, 2010. Notas 1. Pereira ejerce de abogado y de juez provisional en la década del sesenta, antes de matricularse como docente universitario. 2. Pereira logra introducir el somari a partir de dos obras fundacionales: Libro de los somaris (1974) y Segundo libro de los somaris (1979). De manera inmediata aparece Sumario de somaris (1980), una muestra antológica de los mismos. 3. El Estado distribuye gratuitamente diez mil ejemplares de la Constitución y en televisión, radio, prensa y foros de toda índole se le reconoce a Pereira la autoría del Preámbulo. Esto despierta el interés por el poeta y numerosas entrevistas surgen en torno a su obra y su pensamiento político. 4. Después de varios intentos fallidos y hasta pérdida de algunas versiones del texto original en imprentas públicas, Historias del paraíso se publica por primera vez en 1997, en tres tomos. En 2007 el Estado venezolano lanza una reedición de cincuenta mil ejemplares de los mismos a través de la Biblioteca Popular para los Consejos Comunales. De esas publicaciones parciales surgen El diario de a bordo de Colón o la primera proclama del colonialismo en el Caribe (1987), El pensamiento anticolonialista de los libertadores (1992) y Los blancos hijos del cielo (1998). De igual modo tienen soporte ideológico en Pereira sus estudios dedicados a Simón Bolívar (documentos, cartas, pensamiento principalmente) a partir de sus siguientes publicaciones: El juramento del Monte Sacro (2005), Simón Bolívar, escritos anticolonialistas (2007) y El joven Bolívar (2007). 5. En Sentimentario, pág. 28. 6. En Vivir contra morir, pág. 95. 7. En Oficio de partir, pág. 157. 8. En Diario de mar, pág.10. También señala: “El mar me da una parroquia dulce para habitarla”. Ibíd., pág. 22. “Suelto mi corazón como vela y navego por entre las islas”. Ibíd., pág. 28. 9. En Tiempos oscuros, tiempos de sol, pág. 75. 10. “Somari con galeones”, en Escrito de salvaje, pág. 18. 11. En En plena estación, pág. 27. 12. Esto lo sustenta además con sus libros de notas y reflexiones Costado indio (2001) y El legado indígena (2004), en los que traduce poesía indígena y escribe textos en esas lenguas, además de escudriñar en sus ancestros guaiqueríes (nativos de la isla de Margarita) las raíces de su propio mestizaje. 13. Su poema “Cenizas del camino” del libro Oficio de partir (1997) es sentido homenaje a todos estos pueblos. 14. Estos dos últimos poetas de marcada tendencia izquierdista, ya fallecidos. 15. The arrival of the Orchestra (Antology), London, Smokestack Books, 2010, traducción de John Green, Michal Boncza y Eduardo Embry. 16. Esta responsabilidad en armar la bibliografía y la cronología de Gustavo Pereira me fue muy útil para la redacción final de esta tesis de doctorado, por cuanto pude trabajar varias horas en casa del poeta actualizando datos. ** José Pérez http://www.letralia.com/firmas/perezjose.htm Escritor venezolano (El Tigre, Anzoátegui, 1966). Reside en la isla de Margarita. Licenciado en letras por la Universidad de los Andes (ULA, http://www.ula.ve; 1990) y doctor en filología hispánica por la Universidad de Oviedo (http://www.uniovi.es), España (2011). Desde 1991 es profesor agregado de la Universidad de Oriente Núcleo de Nueva Esparta (http://www.ne.udo.edu.ve) en el área de lingüística y, además, ha dictado talleres de cuento en diversas localidades de Venezuela. Ha publicado la novela Fombona, rugido de tigre (2007), los libros de cuentos Jardín del tiempo (1991), Callejón con salida (1994), De par en par (1998), No Lisis, No Listesis (2000), Pájaro de mar por tierra (2003) y Caballo que pasa gana (2011), los poemarios Como ojo de pez (2006), En canto de Guanipa (2007) y Páginas de abordo (2008), y los ensayos Por la mar de Luis Castro (1995) y Cosmovisión del somari (2011). Ha ganado el Primer Premio de la II Bienal Literaria de Guayana (1993), el Primer Premio de la II Bienal de Literatura “Antonio Arráiz” (Barquisimeto, 1998), el Certamen Cada Día un Libro (2005), el Primer Premio de Poesía Luis Beltrán Prieto Figueroa de la Bienal de Literatura “Ciudad de La Asunción” (2006), el Primer Lugar del Premio Regional de Literatura “Mercedes de Pérez Freites” mención Poesía (Cantaura, 2006), el Premio Nacional de Novela “Plácido Chacón” (Cantaura, 2006) y el Premio Nacional Gran Explosión Bicentenaria, mención Literatura (2011). === Jairo Varela: el compositor que consolidó ============================= === la identidad de la salsa colombiana =================================== === y le puso contenido a la salsa romántica ============================== === Enoin Humanez Blanquicett ============================================= El miércoles 8 de agosto de 2012 murió, en Cali, Jairo Varela Martínez. Cuando se revisa en su conjunto la obra musical de este músico chocoano, nos encontramos con que Varela es uno de los más talentosos cultores en la historia de la música salsa. Como bien lo resaltó un comentarista del diario bogotano El Tiempo, que escribe bajo el nickname de richard11061 (http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-12109567), con la muerte de Varela “se fue todo un icono de la música” hispana contemporánea, que nos dejó como herencia un monumental legado cultural. En esa misma frecuencia parece estar sintonizada Maryory Astrid Páez Ávila (http://www.youtube.com/channel/UCUIfK2GUdqtLu5n0uI2I9hQ), una comentarista de YouTube, que sentenció en ese canal el día de su muerte: definitivamente el maestro Varela dejó “uno de los legados más importantes de la historia musical colombiana”. Jairo Varela es uno de los dos grandes cultores (el otro es Julio Ernesto Estrada Rincón), que han labrado un sello de identidad para la salsa colombiana. De su mano las agrupaciones de este género musical en el país salieron definitivamente de la segunda fila, para subir a la tarima a ocupar un lugar, al lado de las agrupaciones puertorriqueñas y neoyorquinas. El Grupo Niche, que creó y dirigió Varela, le dio a la salsa colombiana, que ya era conocida internacionalmente, una cédula de ciudadanía que atestaba su mayoría de edad. Esa madurez musical le permitió a nuestra salsa viajar por el mundo sin llevar consigo el permiso de los adultos y la autorizó a entrar a los escenarios de la rumba, con una tarjeta que la acredita como invitada de honor. Ese paso fue posible porque Jairo Varela, como compositor (así lo resaltó otro comentarista de El Tiempo), se destacó siempre por producir piezas musicales de “excelentes letras, ritmo e instrumentación”. Qué Jairo Varela obtuvo un lugar destacado en el salón de las glorias de la música salsa es un asunto en el que coinciden hoy legos y doctos en la materia. Por eso no es extraño de encontrar coincidencias entre los apuntes de los comentaristas desprevenidos, que dejan sus opiniones en las colillas destinadas a las glosas del público por los periódicos y los cronistas especializados, que escriben notas para éstos. Por ejemplo, la crónica póstuma que apareció en El País (http://bit.ly/WXNRYK) de Cali destaca que con Varela se vivieron en Colombia “los años más gloriosos de la salsa”. Ese aspecto es reafirmado desde otro ángulo por Álvaro Gómez, quien fuera el primer mánager de Niche. Gómez dijo a El Colombiano (http://bit.ly/YbdzLJ) de Medellín: “Jairo Varela fue para la música lo que Pambelé fue para el boxeo. Él nos enseñó a ganar, a ser grandes. Marcó un camino para muchos jóvenes que entendieron que se podía vivir de la música”. Para él, Jairo Varela alcanzó un espacio en la música colombiana, porque con su música “miles de colombianos se enamoraron, se enrumbaron, dedicaron y se entusaron”. De su lado Juan Mesa (http://musica.about.com/bio/Juan-Mesa-90109.htm) sostuvo en Musica.about.com (http://bit.ly/ZCCuXE) que “el grupo Niche es el mayor símbolo de la salsa colombiana”. Debo reconocer que nunca antes el deceso de una figura ligada al mundo del espectáculo y la cultura popular me había generado tanta saudade. Mi tribulación deriva su origen en dos razones. La primera tiene que ver con las contribuciones que hizo este músico al desarrollo de mi imaginario personal. Gracias a las composiciones de Varela, a pesar de los múltiples problemas que me tocó afrontar durante esa etapa de mi vida, mi adolescencia fue alegre y feliz. Animado por sus canciones aprendí a bailar, tomando un palo de escoba por el talle. Su música festiva me mostró el sendero amable y grato por el que transita el goce. Las canciones de su álbum de 1988 me permiten evocar con ensoñación el mejor año de mi vida escolar, que quedó grabado en mi memoria a través del rostro de una mulata graciosa, caprichosa y arisca, que fue mi primer amor —con mayúscula— sin haber sido nunca mi novia. Por eso, cuando quiero regresar la máquina del tiempo para situarme en un instante del pasado que quisiera repetir, cierro los ojos y dejo que me invada la voz de Tito Gómez. Con ella mi cabeza se va llenando de música y lo oigo cantando unos versos de una factura poética poco común en las canciones de salsa: “Estoy viviendo un sueño / me siento único dueño del amor / Una mirada bastó, así sucedió / ausentes las palabras mi cuerpo vibró / Cuando su mano tomé / el cielo miré / el brillo de sus ojos / sus labios besé / así como se fue / así vendrá / en alas de dicha que el viento traerá”. Los especialistas en poesía dirán que esa canción es un conjunto de versos elementales, plagados de tropos emotivos, que son lugares comunes en los sonetos de poetas aprendices. De pronto hasta tengan razón. Pero como bien lo sentenció Juan Gossaín en un noticiero matutino de RCN: “Los poetas fracasados son excelentes escritores de letras para boleros”. Si bien es cierto que Jairo Varela como poeta estuvo lejos de alcanzar la talla de Rubén Darío, de Pablo Neruda, de Amado Nervo, de Juan Gelman o de Mario Benedetti, como creador de letras para canciones de salsa fue un individuo que desde el primer momento abandonó el montón, para situarse entre los grandes letristas de ese género musical. El buen tratamiento del lenguaje, la plasticidad de las metáforas que encontramos en muchas de sus canciones y la manera como abordó el tratamiento del amor, son elementos que nos permiten considerar que José Arteaga tiene razón cuando afirma que Varela “implantó en su orquesta un concepto romántico de la interpretación” de la salsa sin ser propiamente un salsero romántico (El Tiempo, http://bit.ly/ZsU3rT). El segundo motivo que me llena de pesadumbre es el hecho de escribir sobre Jairo Varela de manera póstuma. Un poco por pereza o un poco por ocupaciones, que vienen a quitarme parte del tiempo que dedico a mi pasatiempo favorito: escribir crónicas que ningún periódico publicará, la escritura de esta nota se aplazó en varias ocasiones. Desde hace más de dos años la idea de escribir sobre el Grupo Niche y sobre el sitial de Jairo Varela en el firmamento de la salsa me había rondado el espíritu. Hubo momentos en que la nota, de principio a fin, le dio varias vueltas a mi cabeza, pero por razones que sería extenso enumerar, la dejé ir con la soga en los cachos, esperando el momento propicio para tirarla definitivamente del lazo y llevarla a la madrina. Hubo otros momentos en que me senté a escribirla, pero la falta de inspiración o de claridad sobre la materia me obligaron a abandonarla sin concluir siquiera el título. En todo caso el destino ha querido que mi nota sobre el aporte de Jairo Varela al universo de la salsa no sea la nota soleada y colorida que siempre quise escribir, sino una suerte de lamento que para nada rinde homenaje a un hombre que le regaló a mi espíritu un gran porcentaje de sus alegrías pasadas y venideras. Eso es lo que me produce congoja. Quien ha escrito esta crónica sobre Jairo Varela y el Grupo Niche no es el individuo alegre y festivo que se ha divertido con su música, sino el hombre triste que lamenta su muerte. En conclusión, aquí no hay ni sombra de la nota que siempre imaginé y quise escribir sobre un músico que, con su estilo, me hizo apreciar la salsa desde otra perspectiva y le regaló a los colombianos un cuarto de los éxitos que conforman la discoteca salsera nacional. Por eso considero que resulta acertada la postura del diario El País (http://bit.ly/WXNRYK), que sostiene que bajo la conducción de Varela el grupo Niche se convirtió en “el máximo exponente de la salsa” nacional. Una mirada somera a la historia de la salsa para situar el aporte de Jairo Varela Un día, hablando con un educador chileno y dos historiadores quebequenses, afloró el tema de la salsa en medio de una conversación sobre la identidad latinoamericana contemporánea. La cuestión comenzó porque uno de los colegas quebequenses preguntó sobre el país de origen de la salsa. Después de que habíamos explorado los lugares comunes y las generalidades que rodean la historia de dicha música lancé una hipótesis que generó una carcajada sonora que opacó de súbito el ruido del motor del carro. “La salsa es una música folclórica que apareció en la ciudad de Nueva York en los años 60, creada por inmigrantes latinoamericanos, con los mejores fragmentos de las músicas festivas de los países del Caribe hispano”, dije en serio y en broma. El contertulio chileno acotó incrédulo: “Suena un poco rara esa hipótesis que sugieres, pues ninguna música que haya nacido en la Gran Manzana puede ser música folclórica. En cuanto a la salsa, ¿no es ésta acaso una música cuya cuna se disputan hoy con igual ardor cubanos y puertorriqueños, como para que agreguemos ahora un nuevo lugar de origen a la lista?”. Sin perder de vista el meollo de su pregunta le respondí con un argumento que le escuché un día a mi amiga Marcela Navarro, una periodista barranquillera bastante docta en eso de la cultura musical popular hispano-caribeña del último tramo del siglo XX. Recogiendo las palabras de Marcela le dije, en un tono profesoral: “Hombre, si bien es cierto que los primeros intérpretes de salsa son músicos de origen cubano, puertorriqueño, dominicano y en general caribeños, tampoco es menos cierto que los primeros discos de salsa que se produjeron, se grabaron y comercializaron en Nueva York”. Mientras yo exponía mi argumento, uno de los contertulios quebequenses buscaba en su iPhone la entrada de Wikipedia (http://bit.ly/10tmokp) que reseña la historia de la música salsa. Dicha nota recoge una larga controversia sobre esta música, animada por cultores del género, analistas de cultura musical y gente de medios. Cuando terminé de hablar, mi colega quebequense comenzó a leer, con su español atípico, unos apartes de la nota de Wikipedia: “La palabra salsa para designar la música hecha por los latinos en Estados Unidos comenzó a usarse en las calles de Nueva York a finales de los años sesenta y principios de los setenta”. Este género musical resultó “de una síntesis de influencias musicales cubanas con otros elementos de música caribeña, música latinoamericana y jazz, en especial el jazz afrocubano”. Si bien la definición de Wikipedia no me daba toda la razón, tampoco le quitaba piso a mi respuesta. Para tener una idea más amplia sobre el asunto miramos otros sumarios históricos, contenidos en otras páginas electrónicas. Según la página Hotsalsa (http://hotsalsa.tripod.com/historia.html), que se precia de ofrecer —en mayúscula— una “Historia oficial de la salsa”, “lo que llamamos hoy en día música salsa es una mezcla de ritmos afrocaribeños como el son montuno, el mambo, la bomba y la plena. El movimiento que originó esta nueva música comenzó en Nueva York —en El Barrio, y el South Bronx, la llamada “Caldera del Diablo”— cuando un grupo de jóvenes músicos comenzó a mezclar sonidos y ritmos intentando crear un nuevo ritmo que conservara el ‘sabor’ que tenían otros ritmos afrocaribeños”. De acuerdo con dicha página, “la salsa debuta en el hotel Saint-George de Brooklyn, donde los Lebrón Brothers, de origen puertorriqueño, entusiasman al público” con la originalidad de dicho ritmo. Con la idea de ampliar nuestro horizonte miramos el resumen histórico de la página Salsa-in-Cuba (http://www.salsa-in-cuba.com/esp/historia.html). Sin nombrar el lugar donde se originó dicho género musical, en dicha página se afirma que “en los años ‘60, una oleada de ritmos de origen cubano se fusionan con el jazz. Izzy Sanabria, diseñador gráfico en los estudios de Fania, los une a todos bajo una misma denominación para eliminar confusiones y vender el concepto más fácilmente”. Siguiendo la lógica del mercadeo, Sanabria eligió el término salsa para llamar al nuevo género. Paradójicamente Sanabria dice que “todo eso es una mentira y una falacia”, pues “la historia de la salsa tiene tantos y tantos errores y espacios vacíos, que el escritor llena sus vacíos con especulación”. Según él, el término salsa “se usaba en Nueva York cuando las agrupaciones estaban ejecutando sus legendarias descargas, y entonces la gente les gritaba —para azuzarlos—: ‘Salsa, salsa, lo que viene es salsa’, que en nuestra jerga quiere decir ‘que tiene sabor’ y ‘así fue como yo empecé a llamar la música’ “. Según Celia Cruz, así lo resalta Salsa-in-Cuba (http://www.salsa-in-cuba.com/esp/historia.html) en otra de sus entradas, “salsa es una manera diferente de nombrar la música cubana”. Por su parte Tito Puente sostenía que “la salsa, como ritmo o música, no existe. La música que llaman salsa es la que he tocado desde hace muchísimos años: se llama mambo, guaracha, chachachá, guaguancó. Todo es música cubana. La salsa se come; no se oye, no se baila”. Después de revisar —a vuelo de pájaro— varias páginas de Internet consagradas a la historia de la salsa, todos estuvimos de acuerdo en una cosa a la hora de concluir nuestra discusión: la salsa es un producto de origen caribeño, que se ha convertido, con el paso del tiempo, en un sello de identidad para el hispanoamericano contemporáneo. Sin importar de qué país provengan, los hispanos se sienten identificados —si bien es cierto, unos menos que otros— con la música salsa. Ésta, al lado del merengue, son por excelencia los ritmos que animan generalmente una buena fiesta latina. Otro aspecto en el que coincidimos es que después del comienzo de la década de 1980 la salsa dejó de ser un fenómeno asociado con los hispano-caribeños de Nueva York: cubanos y puertorriqueños particularmente, pues desde mediados de la década de 1970 hay suficientes evidencias que nos permiten hablar de salsa panameña, salsa dominicana, salsa venezolana, salsa colombiana y hasta de salsa peruana. Durante el curso de los años 80 y 90, como lo resalta la página Salsita03, el país donde se produjo “la expansión de la salsa con mayor vigor es Colombia, con Joe Arroyo, el grupo Niche y la orquesta Guayacán”. Sé que las conclusiones que evoco son un poco arriesgadas, pues cualquier sociólogo o antropólogo cultural, especialista en cultura musical urbana de la América Latina contemporánea, puede sugerir que esas afirmaciones no están fundamentadas en ningún tipo de sustento empírico y acusarme de estar generalizando a partir de la consulta de notas publicadas en páginas de Internet, que carecen de valor científico. En ese caso estoy dispuesto a exponerme a la crítica, pues una ligera consulta bibliográfica nos mostrará que la salsa como fenómeno cultural de masa es un asunto poco estudiado y sobre este campo, si bien es cierto que hay un buen número de especialistas, ninguno de ellos ha alcanzado el grado aún de autoridad en la materia. En todo caso la revisión documental nos muestra tres cosas. En primera instancia nos permite atisbar la existencia en la América hispana de 6 grandes tradiciones musicales: la tradición cubana, armada alrededor de la herencia hispana y africana; el tango, fuertemente marcado por una tradición europea, que expone la mentalidad de las sociedades urbanas sureñas; la ranchera, una música mestiza que articula el imaginario social de la sociedad mexicana que nace con la revolución, en la que es evidente la nostalgia por lo rural; la cumbia, que se articula alrededor del mestizaje de las tradiciones africanas y amerindias, que subyacen en las capas populares urbanas y rurales del Caribe colombiano; el merengue dominicano, cuyo tronco rítmico no puedo precisar con claridad, y la salsa, que es una fusión de los ritmos del Caribe hispano con los ritmos musicales estadounidenses, particularmente de origen africano. El segundo aspecto que sale a relucir en la documentación consultada nos muestra a la salsa como un género que conduce a la unificación de la identidad hispanoamericana en la costa este de los Estados Unidos. Con la salsa emerge y se consolida el concepto de lo latino como un sello identitario, que comienza a identificar a los hispanos de toda América, que antes de eso se veían a sí mismos —y eran vistos— como un grupo disperso, sin una identidad definida. Eso explica bien por qué la Orquesta Harlow grabó en 1977, bajo la dirección de Larry Harlow, el LP La Raza Latina (http://bit.ly/Y4UNTW), en el que hay una canción cuyo coro canta jubiloso: “La salsa representando la raza latina”. Sobre ese aspecto es diciente el punto de vista de Izzy Sanabria, consignado en una entrevista publicada por la página Herencia Latina (http://www.herencialatina.com/Izzy_Sanabria/Izzy_Sanabria.htm). Según Sanabria, al “documentar sobre la historia de la salsa nos vamos a encontrar que los periodistas de los grandes diarios de Nueva York ignoraron este movimiento artístico, cultural y popular, que estaba llevando a cabo una nueva generación de latinos que básicamente hablaba en inglés. Estos jóvenes fueron los hijos de los primeros puertorriqueños que emigraron a Nueva York para comienzos de los años treinta (...). Es entonces cuando se constituyen los primeros barrios latinos, los cuales a su vez gestaron las grandes concentraciones humanas con una cultura homogénea, con expresiones, aspiraciones y el folclor (...). Para los años sesenta hay un sorprendente ascenso de una generación —podría ser la tercera— de jóvenes latinos totalmente nacidos en los Estados Unidos. Ellos cambian la poesía, el teatro, la moda, la música —latinizan todo”. La apreciación de Sanabria es compatible con la percepción de los responsables de la página Perumusicos Salsa Peruana (http://www.perumusicos.com/salsaperuana.html), que sostienen que la salsa se instauró a partir de la década del 70 como representación latinoamericana en los Estados Unidos, llegando incluso a las más altas esferas y escenarios de Nueva York. El mismo concepto es retomado desde una óptica un poco más elaborada por el investigador Rafael Quintero (1), que sostiene que “la salsa es la expresión musical de los pueblos afrocaribeños y de los latinos en general”. Quintero destaca que por largo tiempo los cubanos quisieron quitarle piso conceptual a la salsa como manifestación musical, “para reclamarla como música del pueblo de Cuba”, ignorando que ésta le había dado “sentido de representación colectiva” a las comunidades hispanas que habitan en las ciudades de la costa este de América del Norte. Con el tiempo los cubanos terminaron admitiendo que “el sonido de la salsa era un salto y una ruptura que llevaba más allá de la música tradicional y del sentir típicamente nacional cubano”. En otras palabras, la salsa “había levantado una corriente sonora que pertenecía a una comunidad globalizada”, que la había adoptado como sello distintivo. Si bien es cierto que la salsa hoy en día es eso: el sello de identidad de una comunidad globalizada, tampoco es menos cierto que ella, como producto cultural, es la suma de una serie de “identidades regionales” que han terminado por dar identidad colectiva a un segmento de la población global. Finalmente, en lo que toca a las figuras cimeras de la salsa hay que decir que si Panamá tiene a Rubén Blades, Venezuela a Oscar de León, República Dominicana a Johnny Pacheco, Puerto Rico a Héctor Lavoe, Nueva York a Willy Colón y Cuba a Celia Cruz, Colombia tiene a Jairo Varela. Sobre el trabajo de Varela, elocuente resulta la apreciación de Walter Germán Magaña en Herencia Latina (http://bit.ly/YbkLHV), la página virtual de mayor rigor en el tratamiento de la cultura salsera. Magaña resalta que “bajo la dirección de Jairo Varela la agrupación, conformada por talentosos músicos (el Grupo Niche), ha logrado consolidarse y mantenerse como una de las mejores orquestas colombianas de salsa, compitiendo con las mejores bandas de Puerto Rico y Nueva York”. Con respecto a la irrupción de la salsa en la sociedad colombiana hay una discusión sobre su punto de entrada. Algunos dicen que fue Cali, otros dicen que fue Buenaventura y otros dicen que fue Barranquilla. En mi opinión definir el lugar de entrada de la salsa al país no es un asunto importante, pues Colombia ha sido un país que se ha destacado después de la década de 1920 por ser un gran consumidor de música del caribe insular hispano. De otra parte, como lo sostiene el profesor de la Universidad del Valle Alejandro Ulloa, la salsa es un ritmo cuyo nacimiento hay que situar 10 o 15 años antes de su popularización en América latina. La declaración del director cubano Machito, quien sostuvo en una entrevista que salsa era, más o menos, lo que él había tocado durante cuarenta años (entre 1930 y 1970) antes de que el género musical se denominara así, es un elemento que apoya la tesis de Ulloa. Si le damos validez a la teoría de Ulloa, la presencia de la salsa en Colombia comenzó pues antes de la presentación, en 1968, de Ricardo Rey y Bobby Cruz en los carnavales de Barranquilla, en el mes de febrero, y en la Caseta Panamericana en diciembre en Cali. En tal sentido se podría sostener, como lo resalta el periodista Ernesto Armenteros (http://www.eluniversal.com.co/blogs/users/earmenteros), en su blog de El Universal (http://bit.ly/WpQFAy), que desde bien temprano en los años 60 “la salsa se definió como un elemento de identidad popular urbana” de sectores sociales marginales de “ciudades como Barranquilla, Cali, Cartagena y Buenaventura”, que la adoptaron como música propia. Cuando el Grupo Niche apareció, al comienzo de la década de 1980, la salsa ya se había implantado en Europa y Japón. En Colombia el movimiento salsero estaba consolidado en algunas ciudades, pero los grupos musicales de corte salsero no tenían mucho vuelo, aunque un considerable número de orquestas habían seguido los pasos de Fruko y sus Tesos y de los Latin Brothers, un par de orquestas que comenzaron a hacer salsa desde el comienzo de los años setenta. Después de ese momento, entre las orquestas que han tratado de consolidar un nombre en el medio salsero nacional están Los Nemus del Pacífico, la Orquesta Guayacán, La Misma Gente, Los Niches, Son de Cali, Los Titanes y el Grupo Galé. Mucho de los entendidos en materia de salsa coinciden en señalar a Julio Ernesto Estrada, el director de Fruko y sus Tesos, como el iniciador de la salsa en Colombia. Al respecto Ernesto Armenteros resalta que “el legado de Fruko y sus Tesos en la salsa colombiana es innegable (...). Fue la primera agrupación en tocar salsa dura, con arreglos agresivos, una sonoridad impecable y unos cantantes de calidad”. El encuentro de Estrada —que había comenzado como mensajero de discos fuentes y tocaba el timbal en Los Corraleros de Majagual— con la salsa se produjo en uno de los viajes de Los Corraleros a los Estados Unidos. Allí “Fruko se percató del nuevo sonido que había aparecido en la ‘Gran Manzana’ y quiso de inmediato ponerlo de moda en Colombia”. Fue así como a su regreso al país “creó la orquesta de Fruko y sus Tesos”. A Fruko se le debe también el lanzamiento al estrellato de tres de las voces históricas de la salsa colombiana: Piper “Pimienta” Díaz, Joe Arroyo y Wilson Saoko. En cuanto a Varela, éste redefinió la personalidad de la salsa en el país, sacó a la salsa romántica del motel, la alejó de la trivialidad lírica y la acercó a la poesía, mostrándonos al mismo tiempo que desde la salsa se podía cantar de manera coherente al amor, sin tomar prestadas las letras de las baladas eróticas y sin asumir posturas pusilánimes. El Grupo Niche y la identidad de la salsa colombiana Antes de la formación del Grupo Niche la salsa en Colombia era una música que no había logrado superar del todo los senderos de la marginalidad. Como lo afirma Magaña, Niche (http://gruponiche.com/home3/?page_id=254) nació como una “alternativa salsera”, en un panorama musical con un desarrollo bastante precario en el plano salsero. Dentro de ese contexto los músicos que hacían salsa lo hacían a contracorriente. Antonio Romero nos muestra, en su nota “La salsa en Colombia corre por las venas del Caribe” (http://bit.ly/WpR2eB), que estos músicos colaban en las grabaciones de sus orquestas uno que otro número de salsa, con el que completaban sus LP, en los que combinaban los ritmos tradicionales de la región caribe de Colombia con otros ritmos provenientes de las Antillas. Como lo señalamos atrás, las orquestas que habían logrado cosechar éxitos indiscutibles cultivando una auténtica identidad salsera, eran Fruko y sus Tesos y los Latin Brothers. Podría decirse —sin correr mucho el riesgo de equivocarse— que antes de Niche los músicos que hacían salsa lo hacían un poco por amor al arte, pues la salsa era vista —en general, como lo precisa Rafael Bassi Labarrera en el artículo “La salsa en el carnaval”— como una música bailada por marihuaneros. De los prejuicios sociales que rodearon la entrada de la salsa en la escena cultural popular nacional da testimonio Mónica Mora (http://www.blogger.com/profile/16726636283483388118), en su nota “La salsa timbalera no es sólo para marihuaneros” (http://bit.ly/XLwpur). Según Mora, cuando la salsa irrumpió en Medellín los sectores dominantes en el campo sociocultural la consideraron “como un género que va dirigido a personas de estratos socioeconómicos bajos, e incluso en el imaginario” social no ha dejado de considerarse que “la ‘salsa brava’ va dirigida a aquellas personas sumergidas en las drogas”, pues “está hecha para ‘marihuaneros’ “. El ingeniero de minas Luis Montiel Petro me contó que cuando su padre llegó a Montería, en los inicios de su juventud, en el barrio La Granja había varias esquinas donde se reunían los salseros a escuchar y a bailar salsa. En el centro de esa cofradía masculina se hallaban los burros, que eran aquellos bailadores que consumían marihuana abiertamente. El consumo de esta hierba (por ello lo de burros) les permitía —según ellos mismos— poder bailar sin parar durante una noche entera, sin sucumbir al cansancio y al sonido bestial del pick-up. La identificación de la salsa durante la década de 1970 como música de los sectores marginales aflora con fuerza en Bomba Cámara, la novela de Umberto Valverde. En los relatos que componen dicha obra el autor nos lleva, de la mano del gusto musical de “los muchachos y muchachas del barrio obrero de Cali”, por los “hechos y las gestas” de la vida cotidiana de dos generaciones de jóvenes, que crecen “gozosos sin advertir que su barrio era feo y sucio”, pues “para ellos, toda su vida se limita a matar el tiempo en las esquinas” y “¡A bailar pachanga!”. En ese mundo sin porvenir, donde la ruta que conduce a la exclusión pasa justo por el frente de cada casa, el único plan divertido que hay es beber aguardiente, jugar futbol, enamorar muchachas y bailar el fin de semana al son de “las orquestas chéveres”, que han puesto de moda “un bullicioso y furioso ritmo”, que viene “del otro lado” (2). La idea de la salsa como música ligada a la cultura de los “barrios populares” caleños (http://ntc-musica.blogspot.ca/2012/04/blog-post.html) vuelve a ser ratificada por el movimiento cultural salsero de Cali, en una carta abierta a la Secretaría de Cultura y Turismo de la ciudad, en el marco de un debate público sostenido a comienzo de 2012, sobre el lugar de la salsa en la política cultural caleña. Según los voceros de los salseros caleños, la relación entre la salsa y el ”barrio popular” surge y se afirma cotidianamente “en el proceso de expansión urbana de Cali, ocurrido entre 1940 y 1980, cuando se fundaron en esta ciudad un poco más de 100 barrios populares, construidos por la misma gente en la periferia”. Otro aspecto que hay que señalar tiene que ver con la idea que sostiene que la música salsa es una música hecha por negros y para negros. Esta tesis ha sido propalada por grupos responsables de la reproducción, conservación y difusión de los valores socioculturales dominantes así como por sectores afroamericanistas. Más elocuente no puede ser el músico Julio Ernesto Estrada, cuando dijo en entrevista concedida al diario El País (http://bit.ly/WpTLEH): “Yo creo que colaboro con la felicidad del país sin distingos ni racismos. He sido parte fundamental para que el 20% del país de raza afrocolombiana tenga sus distinciones”. Sobre ese punto abunda también ampliamente el movimiento cultural salsero caleño en la carta ya mencionada. Según dicho movimiento, la salsa se ha identificado con los negros porque la salsa le ha “cantado al negro, al baile y a la música, pero también ha denunciado la esclavitud y sus violencias. En sus relatos se refiere a la plantación esclavista, al azúcar y el barracón, lo mismo que a las resistencias y el cimarronaje de quienes lucharon contra la opresión y el racismo. Y esa historia se conecta con la del barrio urbano de la ciudad moderna, donde la afrodescendencia y la cimarronería continúan vigentes, tanto en Cali como en Cuba, Puerto Rico o Nueva York”. Para los salseros caleños es “a través de la música salsa y su baile” como se ha reivindicado “a las negritudes en la ciudad” (Música, http://ntc-musica.blogspot.ca/2012/04/blog-post.html). Una buena síntesis, que condensa todo ese cumulo de prejuicios que tuvo la “gente de bien” en Colombia acerca de la salsa durante largo tiempo, nos la ofrece el profesor de la Universidad del Valle Alejandro Ulloa en su diálogo con Hernán Toro (3). Según Ulloa, la música salsa en Cali —tal como sucedió también en otras ciudades del país— fue siempre asociada “con negros, con malandros, con marihuaneros, con putas, con bandidos, con ladrones y futbolistas”. Esto se debió al hecho de que la salsa hizo su incursión en la vida nacional a través de las llamadas “zona de tolerancia” y de los bailes populares, amenizados por los pick-up. Dichas circunstancias la convirtieron en el género musical que identificaba al excluido y al marginal, es decir, a esa población que uno de mis profesores de secundaria, docto en la jerga marxista, catalogaba bajo la categoría de lumpen social urbano. Pero vale la pena resaltar aquí una paradoja. A pesar de habérsele concedido a la salsa la etiqueta de música representativa del malevaje y la canalla social, la salsa llamó también la atención de un sector de la clase media formado por literatos, intelectuales y universitarios, que la asumió como su sello de identidad y la usó como caballo de batalla contra aquellas manifestaciones musicales que identificaban como manifestaciones culturales de la clase dominante. Buscaban por esa vía diferenciarse de aquellos sectores de la sociedad que sólo escuchaban los géneros musicales locales: porro, vallenato, cumbia o música tropical y chucuchuco. Ese aspecto sale a relucir en la misiva del periodista Henry Holguín a la psicóloga Tatiana Barrios (http://bit.ly/ZqDcaM) en el debate sobre la salsa en Cali, que mencionamos atrás. Según Holguín, “en los años 70s, cuando la sociedad caleña intentó imponernos a ”los graduados, los black stars y demás cultores de la música paisa” (http://youtu.be/COxtn3mc3wY) (...), tratando de hacernos olvidar nuestras raíces y destino afrocolombiano”, un grupo de personas, entre las que se encontraban los escritores Umberto Valverde y Andrés Caicedo, decidió adoptar como sello identitario “el ritmo sincopado de la salsa”, para oponerse a través de ella a la música de “Rodolfo Aicardi y demás ‘paisas’ llorones, quienes trataban de imponernos su ritmo lamentable”. Ese movimiento de un sector de la intelectualidad caleña contra lo que llamaron chucuchuco y a favor de la salsa, cuyo manifiesto expresa en su encabezado: “¡EL PUEBLO DE CALI RECHAZA! A los Graduados, los Black Star y demás cultores de la música burguesa paisa”, representó en realidad la reacción de un sector de la clase media urbana contra una serie de géneros musicales emergentes —también de origen popular—, que se estaban convirtiendo en la divisa cultural de la clase media urbana en otras regiones del país. Hay un elemento que ayudó a la salsa a convertirse en el ritmo preferido de ese sector de clase media urbana educado: su origen cosmopolita. El epicentro del fenómeno salsero se encontraba en Nueva York; ciudad que se había convertido en el punto neurálgico de lo novedoso y lo in después del fin de la segunda guerra mundial. De la importancia del factor Nueva York en el proceso de masificación de la salsa entre las clases popular y media caleña dan testimonios algunos apartes de la novela de Umberto Valverde que citamos anteriormente. En el capítulo primero, que corresponde a una epístola que envía un combo de amigos de Cali a uno de los suyos que emigró a Nueva York, encontramos estos apartes: “Lo más de película fue el baile de los quince de Marta Díaz, duró como tres días (...), nadie salía de la casa pues el ritmo nos llamaba (...) y sonaba música de cualquier especie, claro que nosotros imponíamos la nuestra, la música del otro lado”. Esa idea es reforzada más adelante cuando los que escriben la carta le piden a su destinatario informaciones sobre varias cosas específicas: “Pásanos la onda de por allá, si es muy chévere ese Nueva York (...); cuéntanos de la música poderosa, ¿ya fuiste a escuchar las orquestas latinas? Mándanos discos si puedes” (4). Para ilustrar ese aspecto quiero traer a colación algunas situaciones de las que fui testigo u oí hablar en Montería. La primera de ellas tiene que ver con unos comentarios que circulaban en el medio profesoral, en el que se reclutaba la mayoría de los miembros de la magra legión de salseros de esa ciudad. Afirmaban algunos de los miembros de esa cofradía que entre ellos había un profesor cuyo equipo de sonido no sonaba cuando le ponían un vinilo en el que no se hubiesen prensado las notas musicales de la salsa. Según los testigos de dicho comportamiento, este profesor afirmaba que él no escuchaba música hecha por grupos musicales que no fueran neoyorkinos o puertorriqueños, porque la salsa que no fuese hecha por ellos era “una burda falsificación del auténtico melao, una grosera imitación del sabor original”. Una vez uno de sus contertulios refirió que cuando salió la canción “Del puente pa’llá”, alguien le preguntó sobre qué pensaba del Grupo Niche y él dijo: “¡Compadre, el Pacífico no es tierra sonera! Niche pasará a la historia como un grupito caleño que produjo salsa con golpe de currulao o al revés, currulao con golpe de salsa”. En cuanto a los eventos de los que fui testigo, uno tiene que ver con dos familiares que llegaron a esa ciudad a comienzos de la década de 1970: un hermano y un primo. Como se convirtieron en objeto de burla de los vagos del barrio Sucre, que les gritaban a toda hora “corronchos, hediondos a monte, compren un jabón de olor para que se bañen, que hieden a maluco”, los dos aprendieron a bailar salsa y llegaron a ser catalogados entre los mejores bailadores de salsa brava por la clientela de los únicos bares especializados en música afroantillana en Montería por esa época: El Gran Café y el Cartagena. En adelante, cuando les gritaban “corronchones, sáquense los cadillos del pelo”, mi hermano y mi primo respondían: “No me vengan con cuentos, que ustedes todavía no bailan bien la música de Puertorro y Nueva York”. El segundo caso que quiero traer a colación tiene que ver con una emisora de radio que dirigió, hasta mediados de la década de 1990, el hijo de una adinerada y tradicional familia monteriana. La emisora Malecón Estero. Los dos programas emblemas de dicha emisora: Malecón Music Show y Buscando América, se transmitían el sábado. El primero era un listado de los 20 éxitos semanales de la música rock y pop y el segundo estaba completamente dedicado a la salsa. Con cierta frecuencia el director de la emisora, que era el conductor de los dos programas, martillaba unas frasecitas, que tenían sabor a eslogan: “Malecón Estero, la emisora diferente en la radio monteriana. En la banda FM somos los únicos que alegramos tu vida con los sonidos que agitan el corazón de la Gran Manzana”. Además del origen neoyorkino de la salsa otro elemento que facilitó su acogida en la población urbana juvenil fue la puesta en escena de un tipo de baile que facilitaba el culto a la individualidad y el hedonismo. Una de las particularidades de la salsa consiste en la posibilidad de bailar solo y robarse el show. Esto popularizó su baile en los sectores masculinos juveniles urbanos, que la usaron para romper las rígidas convenciones sociales que rodeaban ese acto socializador que siempre ha sido el baile. En el comienzo de los años 80, cuando el Grupo Niche apareció, el empoderamiento social de la generación que adoptó la salsa era un hecho consumado. De otro lado la presión social que ejercía la sociedad colombiana frente al consumo de narcóticos se había venido relajando, pues los traficantes de drogas comenzaban a ser admirados abiertamente por amplios sectores de la sociedad como sinónimo de éxito social. Igualmente el país había dejado de ser rural y muchas de las metáforas salseras evocaban con nostalgia la ruralidad: “Echa palante mi buey / que tenemos que avanzar / hoy vamos a dar 20 viajes de caña pa la central”, nos cantan Richie Ray y Bobby Cruz, en “Concierto a la zafra”; evocaban con nostalgia la simpleza de la vida rural o dejaban ver la melancolía por el pueblo querido “que dio luz a la vida”, del “emigrante latino que vive en la lejanía”. De igual modo las letras de las canciones se habían politizado y comprometido con lo social porque, sin perder de vista la idea del goce, los salseros, guiados por Rubén Blades, se habían interesado en los pequeños dramas de la gente común y corriente o habían comenzado a escribir crónicas que describían con crudeza las problemáticas sociales de las ciudades de la región. Sin embargo en ese momento comenzó a hacerse evidente un momento de fatiga creativa en la música salsa. En el panorama se asomaba el movimiento de la salsa romántica, que fue mal recibido por un sector de los salseros tradicionales porque se limitaba a doblar, al formato de salsa, canciones baladas de gran contenido erótico sin ponerle mucha creatividad. Como lo destaca la página Salsita03 (http://salsita03.galeon.com), “el exceso de comercialización a finales de los años 70 convirtió a la salsa en una fórmula que apenas se imitaba a sí misma”, y la gente había comenzado a dejarse de interesar en “una música que no le ofrecía ninguna novedad”. En este momento entra una nueva generación de músicos entre los que sobresalen Frankie Ruiz, Eddie Santiago, Luis Enrique y el Conjunto Chaney de Nicolás Vivas, que cambiaron por un lustro el panorama de esta música. Sin embargo, a finales de la década del 80 “este sonido también está saturando el mercado, porque todas las compañías graban este tipo de música”. En lo que concierne al panorama de la salsa nacional, Joe Arroyo, que se había separado de Fruko y había fundado su orquesta, La Verdad, estaba dedicado más que todo a la creación de cambiones y chandés y a la fusión de los sonidos del Caribe inglés y francés —y algunos sonidos de África— con los sonidos del Caribe colombiano. En la discografía de La Verdad, al lado de “Rebelión”, “La guerra de los callaos”, “En barranquilla me quedo”, “Pa el bailador”, “Echa’o pa’lante”, “My Mary”, “Por ti no moriré” o “Yamulemao”, encontramos un número amplio de cambiones, bullarengues y melodías como “Centurión de la noche”, “Musa original” y “Te quiero más”, en las que es evidente esa fusión entre merengue, soca, compás haitiano y música del Caribe colombiano. No en vano Joe exclama en “Te quiero más”: “¡Champetú! / ¡Champetú!”. Los guiños frecuente que hace Joe Arroyo a otros géneros musicales están ausentes en la discografía del Grupo Niche. Por eso nos atrevemos a decir que, si bien es cierto que el Joe Arroyo es un indiscutible y consumado salsero, La Verdad —para bien de los melómanos— es una orquesta de música tropical. Como se resaltó en un resumen biográfico publicado por El Espectador (http://bit.ly/ZPT9JP), “Joe Arroyo se dedicó con su orquesta a mezclar diversas influencias musicales (...) hasta crear su propio ritmo, el ‘Joesón’, que le caracteriza y le hace único”. Estos aspectos son los que dificultan cualquier tipo de comparaciones entre Joe Arroyo y Jairo Varela y entre La Verdad y el Grupo Niche. Entre los dos cualquier intento comparativo resulta un poco temeraria, por no decir que imposibles, pues es difícil de encontrar puntos de comparación entre una orquesta en la que abunda un gran número de éxitos en los que, como en “A mi Dios todo le debo”, hay evidente presencia de notas de cumbia y porro, y otra orquesta cuya discografía, aparte de la canción “La canoa rancha”, es toda de puro corte salsero. Otro aspecto que vale la pena de ser señalado tiene que ver con el hecho de que cuando el Grupo Niche sale al ruedo y se consolida, Julio Ernesto Estrada se encuentra en proceso de franca retirada del panorama salsero nacional. Estrada, que había sido el gestor de los dos más importantes grupos salseros del país (http://bit.ly/WpTLEH) hasta el momento: Fruko y sus Tesos y The Latin Brothers, así como de otras orquestas como la Sonora Dinamita, La Bocana, Afrosound, Wanda Kenya y Los Líderes, que interpretaban otro tipo de géneros musicales, se instaló en Los Ángeles a partir de 1986. Esto representa la bajada del escenario salsero de una de las principales figuras creativas de la música bailable colombiana. El espacio vacante dejado por Estrada en los géneros tropicales y salsero, lo llenaron poco a poco Joe Arroyo con La Verdad y Jairo Varela con el Grupo Niche. La retirada de Estrada, que se caracterizó por un estilo de salsa brava y que buscó siempre la aproximación de la salsa a los ritmos del Caribe colombiano, le abrió la puerta a Varela, que creó un estilo que se conoce hoy como salsa caleña. Este estilo es, según lo anotado por José Arteaga en El Tiempo (http://bit.ly/ZsU3rT), una mezcla de sones costumbristas, con baladas, currulao y montuno. Al contrario de lo que se sostiene en una de las páginas que rinden tributo a Niche (http://gruponiche.com/home3/?page_id=254), Varela no aprovechó el vacío generado por la salida de Estrada “para introducir un estilo y un sabor más internacional”, sino que fue al encuentro de algunas de las tradiciones musicales vernáculas de la región pacífica, que asociadas a sus habilidades poéticas dieron como resultado una obra musical novedosa. Su habilidad creativa sitúa a Varela entre los grandes de la música salsa y le otorga un puesto en la galería de honor de la música colombiana, al lado de Pacho Galán, José Barros, Rafael Escalona, Jorge Villamil, Estercita Forero y Lucho Bermúdez. En la salsa, Jairo Varela conforma junto con Julio Ernesto Estrada y Joe Arroyo la trilogía de los grandes cultores de este género en el país. En lo que concierne a las agrupaciones musicales, la genialidad de Varela le confirió al Grupo Niche un puesto entre las grandes agrupaciones colombianas: La Orquesta de Lucho Bermúdez, La Orquesta de Pacho Galán, Pedro Laza y sus Pelayeros, Los Gaiteros de San Jacinto, Los Corraleros de Majagual, La Verdad, La Revelación, Fruko y sus Tesos y la Sonora Dinamita. Si bien es exagerado decir, como lo sostiene José Arteaga, que Jairo Varela fue “el maestro que exportó la salsa colombiana”, porque con él la salsa nacional “tuvo la oportunidad (...) de darse a conocer en todo el mundo”, no es equivocado sostener que “Niche fue un concepto, una marca, un sello de identidad ciudadana, una orquesta capaz de (...) competir de igual a igual con cualquiera en cualquier terreno”, ya que —en conclusión— el Grupo Niche definió con su estilo la identidad de la salsa nacional. Con Niche la salsa romántica deja de frecuentar el motel y comienza a frecuentar la poesía Jairo Varela, como lo resaltan José Arteaga y Walter Germán Magaña, fue un innovador en el contexto de la música salsa. Su irrupción en el universo salsero, como ya lo hemos insinuado atrás, se produjo en un gran momento de crisis para dicho género musical. Según la percepción de Sergio Santana (5), la salsa había comenzado al final de la década de 1970 un proceso de declive, que fue disimulado con la entrada en escena de un grupo de nuevas figuras que trataron de apaciguar la dureza instrumental de la salsa tradicional y la virilidad de su lenguaje con su aproximación a las baladas de corte erótico. Esa relación, que despuntó con el álbum Noche caliente, de Louie Ramírez, en 1982, evidenció según Santana una crisis creativa en el universo salsero, que instaló a esta música en el escenario de las melodías monorrítmicas y repetitivas. Esto se dio porque al “fusilar con ritmo” las baladas con “alto contenido erótico”, sin preocuparse por la “variación musical”, los salseros de la nueva generación daban inicio a una nueva época, “donde el buen soneo caribe está ausente”. En ese universo, dominado por unos “ritmo y temática recurrentes”, apareció el Grupo Niche, como una corriente de aire fresco, poniendo en escena una obra musical en la que se evidencia una “especie de revisión de lo que la salsa puertorriqueña y neoyorquina hacían, para invertir el esquema”. Cuando Jairo Varela y su orquesta se consolidan definitivamente en el universo de la salsa, esta música está invadida por cantantes que han labrado su éxito cantando tonadillas plagadas de versos quejumbrosos y carentes de vitalidad. El lugar común son las canciones cantadas en tono de reclamo por individuos que, con una voz adolorida, intentan barnizar con alegría ficticia unas letras que dan cuenta de la traición de la amada y el sentimiento de culpabilidad de un hombre pusilánime, dolido por no haberse portado a la altura. Ese el caso de “Desnúdate, mujer”, el éxito más taquillero de Frankie Ruiz. Allí el solista recrimina y se recrimina una y otra vez con un “Yo no sé por qué me engañas si yo te adoro / Quizás la culpa fue mía / que no supe imponerme desde el principio / Pero no sabía que tú serías capaz de traicionarme”. Después de esa retahíla de recriminaciones deshilvanadas escuchamos a un coro que nos libra unos ruegos medrosos, contenidos en unos versos empacados dentro de la etiqueta de lo romántico, pero carentes de cualquier estética literaria. A través de ellos un hombre vencido y quebrantado por la traición trata de lavar su honor masculino cantando: “Desnúdate, mujer, / yo quiero ver también / el arte que tú tienes cuando haces el amor / Desnúdate, mujer, / que estoy dispuesto a todo / estoy palidecido y un poco asustado de ti / Me engañaste, tu cuerpo me es extraño / eres otra mujer desnuda”. Cuando no nos encontramos frente a las letras que nos notifican de la traición y el engaño, el asunto de los versos gira en torno a las confesiones de los donjuanes arrepentidos, que tratan de recuperar un amor pasado —posiblemente el primer amor— enumerando las frustraciones generadas por los amoríos que lo sucedieron en su larga lista de relaciones efímeras. En todo caso quien entra en escena es el individuo arrepentido de sus pecados posteriores porque en ninguno de ellos encontró el placer que le concedió el pecado original: “He llenado tu tiempo vacío de aventuras / más y mi mente ha parido nostalgias por no verte ya / y haciendo el amor te he nombrado sin quererlo yo / porque en todas busco la nostalgia de tu sexo, amor, / hasta en sueños he creído tenerte devorándome / y he mojado mis sábanas blancas recordándote / y en mi cama nadie es como tú no he podido encontrar la mujer / que dibuje mi cuerpo en cada rincón sin que sobre un pedazo de piel / ay, ven, devórame otra vez / ven, devórame otra vez / ven, castígame con tus deseos / más que mi amor lo guardé para ti”. Frente a los versos mal logrados y las metáforas torpes de la mayoría de las canciones, que se convirtieron en los éxitos proclamados de los intérpretes más sobresalientes de salsa romántica, las metáforas de “Busca por dentro”, una de las mejores canciones de Varela, evidencian una calidad literaria superior, en la que se evoca al mismo tiempo una mayor pureza del idilio amoroso: “No sé decir te quiero, pero me entrego / Pocas palabras al hablar, pero sincero / Uno que otro defecto, eso lo acepto / Quizá no el indicado, pero me ofrezco / No soy el sol que quema, pero caliento / No sé de poesías, pero enternezco / De pronto un poco tosco, pero acaricio / Y quererte a ti así, ese es mi vicio”. Hasta en la descripción de ese placer perverso que debe ser el acto de infidelidad con una mujer ajena, Jairo Varela resulta más fino que las figuras representativas de la salsa romántica y erótica. De ello da testimonio el verso que traemos a colación: “Una aventura es más bonita / si no miramos el tiempo en el reloj / una aventura es más bonita / cuando escapamos solos tú y yo / una aventura es más bonita / si hacemos creer a los demás que no hay amor / una aventura es más bonita / si existen dueños para cada uno de los dos”. Según José Arteaga, Jairo Varela “no hizo salsa romántica, pero sí implantó en su orquesta un concepto romántico de la interpretación”. Lo curioso es que, a pesar de no figurar dentro del catálogo de los salseros románticos, cuando se quiere escuchar la manera correcta como se expresan los sentimientos amorosos en el lenguaje salsero, indiscutiblemente uno tiene que desempolvar los discos del Grupo Niche. Sin jamás haber pretendido ser uno de ellos Jairo Varela compuso por lo menos cinco temas que podrían ser catalogados por los especialistas en literatura amorosa como los principales iconos de la salsa romántica. Pero eso sólo será posible si alguien se ocupa de desmenuzar atentamente —a la luz de la teoría literaria— eso que se ha llamado pomposamente salsa romántica. Si eso llegara a suceder no sería extraño que el 90% de esa discografía sea catalogado como lo que realmente es: una colección de versos vulgares; es decir sin calidad, plagados de metáforas torpes, que gravitan de manera trivial y grosera (o mejor dicho burda) sobre la sexualidad y el amor. Notas 1. QUINTERO, Rafael. 2002. “Salsa y globalización”, Huellas: revista de la Universidad del Norte, Nº 67-68, pp. 95-96. http://bit.ly/XBXrEf. 2. VALVERDE, Humberto. 1982. Bomba Camará. Bogotá: Oveja Negra, pp. 41 y 147. 3. TORO, Hernán, “Hay una discusión en el barrio: Entrevista a Alejandro Ulloa a propósito de su libro La salsa en discusión”, documento consultado en el portal Nexus Comunicación de la Universidad del Valle. http://bit.ly/YbjQXJ. 4. VALVERDE, Humberto, op. cit. pp. 13 y 14. 5. SANTANA, Sergio. 2002. “Hacia dónde va la salsa: ¿salsamuffin? ¿salsadancehall? ¿salsarap?”, Huellas: revista de la Universidad del Norte, Nº 67-68, p. 86. http://bit.ly/12GYdEd. ** Enoin Humanez Blanquicett http://www.letralia.com/firmas/humanezblanquicettenoin.htm Periodista colombiano (vereda La Octavia, corregimiento de Loma Verde, Córdoba). Es licenciado en ciencias sociales con énfasis en investigación. Ha cursado una maestría en historia, perfil contemporáneo, campo América Latina y el Caribe, especialidad historia de las migraciones, en la Universidad de Québec en Montreal (http://www.uqam.ca). Desde los años 80 ha estado vinculado a diferentes medios de comunicación, en los que ha trabajado como locutor de radio y reportero independiente, presentador de noticias y creativo publicitario. Desde 2004 sus análisis sobre la actualidad latinoamericana y norteamericana se han publicado en la revista Semana (http://www.semana.com). También ha publicado en El Magazín (http://blogs.elespectador.com/elmagazin) de El Espectador (http://www.elespectador.com) y en periódicos canadienses. === Steinway & Sons, de Arístides Vega Chapú Marta Farreras ========== Steinway & Sons (http://bit.ly/ZREmOD) Arístides Vega Chapú Novela Atmósfera Literaria Editorial Madrid, 2012 190 páginas Steinway & Sons es la última novela del narrador cubano que vive en la isla Arístides Vega Chapú (Santa Clara, Cuba, 1962). La novela, que he tenido la suerte de poder leer gracias a la recomendación de un amigo, ha sido publicada por la editorial madrileña Atmósfera Literaria; la compré por Internet en el portal de la editorial y realmente el envío fue rápido, tanto como su lectura. La historia empieza a mediados del año 1800 y termina en 1980 en plena revolución cubana. El autor diría que termina cuando el masivo éxodo del Mariel. Son cuatro generaciones narradas en primera persona por la bisnieta de la saga, de nombre Zoila, recordando en sólo 190 páginas las vicisitudes de este clan, lo que no ha vivido directamente y lo que le ha tocado vivir desde su llegada a Cuba y durante el llamado “proceso revolucionario”. Lectura sencilla y muy amena pero, como en cualquier novela, no todo lo que se recuerda es siempre exacto a como sucedió, para Arístides Vega puede ser purificante y le puede servir, al ir recordando y escribiendo, para hacer su catarsis. Todos tenemos en la vida familias que se pueden convertir fácilmente en historias; Steinway & Sons es una historia que bien hubiera podido ser escrita en varios tomos, pero la reduce a estas 190 páginas, y en ellas se recrea poco, pero suficiente en cada personaje. Son historias familiares de una saga que empieza cuando el árabe Petrus Giaburt llega a Nueva York en el vapor La Estrella procedente de tierras orientales, al tiempo que coincidió con la gira americana de la famosa actriz Sarah Bernhardt. Ellos se conocen y establecen relaciones sentimentales, de las cuales Sarah Bernhardt da a luz a su hija de nombre Osmerut Giaburt. La novela va demostrando una ausencia de prejuicios sociales de sus protagonistas, pues lo cierto es que Sarah Bernhardt tuvo una vida sentimental muy agitada con sorprendentes escenas lujuriosas. Es cierto también que Bernhardt poseía un ataúd y que solía dormir dentro de él, también que en Estados Unidos su éxito era tal que le habilitaron un tren con siete vagones de lujo llamado “Sarah Bernhardt Special” y era de uso exclusivo de la actriz. Hay otras escenas de la novela que son invención del autor, leerla, os la recomiendo para poder contrarrestar, no haré un spoiler para que el lector avezado las encuentre. La verdad es que me ha gustado esta novela: los personajes, el estilo sencillo, la longitud de los capítulos la hacen muy ágil. Las fechas me liaron un poco pues la Bernhardt era bastante mayor que Petrus Giaburt, quien murió muy joven de sífilis, con 36 años. Osmerut se casó también con un árabe llamado Selim Kaput y se fueron a Oriente estando allí un par de años, trabajando en el negocio del té; allí Osmerut quedó embarazada de su hijo Ulmar Petrus, quien con el tiempo fue un gran músico, siendo un virtuoso del violín. Al volver a América en 1934, Petrus se convirtió en propietario del conservatorio de música más respetado de Nueva York, aportándole una gran ganancia personal. Un amigo suyo, Alfredo Brito, le presentó a una cantante cubana que fue la madre de la narradora; esta cantante cubana espléndida y muy conocida hace que alrededor de los años 60 se instalen en Santa Clara procedentes de Nueva York. Su padre terminará siendo el primer violín de la Sinfónica de la mano de Ernesto Lecuona. Este apartado de la novela es uno de los que me han causado más interés, por todo lo que aporta sobre la cultura cubana. Nombra a Bola de Nieve, Rita Montaner, Esther Borja, rindiéndoles homenajes a estos grandes artistas de Cuba En Santa Clara, en el conservatorio de música, instalan el Steinway & Sons una joya de la familia de 1903 y que es requisado con el triunfo de la revolución. Arístides Vega Chapú utiliza la marca de este fenomenal piano para dar título a su novela, para mí, símbolo del bienestar y de toda cultura musical. Como anécdota curiosa de la vida real de Sarah Bernhardt, les digo que se casó con un señor de origen árabe llamado Arístides Damala. ** Marta Farreras http://www.letralia.com/firmas/farrerasmarta.htm Periodista cubana. === Gabriel Jiménez Emán: la paradoja de un escritor ====================== === Acercamiento a su libro Consuelo para moribundos ====================== === Rafael Garrido ======================================================== “El niño es padre del hombre” William Wordsworth Dice don Alfonzo Reyes: “La crítica, esa aguafiestas, recibida siempre, como el cobrador de alquileres, recelosamente y con las puertas a medio abrir”. La crítica del siglo XX en general siempre fue muy conservadora: por ejemplo, consideraba prudente, a la hora de un estudio serio de la ficción y la realidad, mantener el criterio de la separación a riesgo de que nos tachen de místicos, y no hay pensamiento más odioso. La crítica convirtió este asunto en un enigma, y pretendió resolverlo, y no resolvió nada; al contrario, enredó más lo que ya estaba mal planteado. Ya sabemos que la flojera es “ganas de no pensar” y la crítica del siglo XX no quería pensar por flojera, les negó la posibilidad —a la realidad y a la ficción— de cruzarse alguna que otra vez en la frontera de la Finojosa como hermanos gemelo o siamés, imaginario, que tomó a Georges Bataille, quien escribió mucho sobre este fenómeno sobre el cual no quiero ahondar para no hacerme pesado ni alarmar a nadie. Sólo quiero llamar la atención sobre un nuevo libro de Gabriel Jiménez Emán (Caracas, 1950) recientemente publicado en San Felipe, Consuelo para moribundos (Ediciones Rótulo, 2012), con portada de Santiago Pol e ilustraciones de Ricardo Domínguez, Hugo Álvarez, Ennio Jiménez, Oscar Pantoja, Francisco Massiani y otros, bajo el cuidado general de Libardo Linares. Para mí, Jiménez Emán cumple con este fenómeno de que nos habla Bataille. Uno no sabe a qué atenerse cuando lee un relato de Jiménez Emán, quien viene haciendo un tipo de ficción pura en Venezuela donde ficción y realidad se parecen tanto que sería preciso un trabajo muy sutil para diferenciarlas, comparable sólo a don Julio Garmendia; cualquier otra referencia sería un equívoco. Nótese que no hago ninguna diferencia (ni temporal ni espacial) entre ambos escritores, de lo mejor de ficción pura en Venezuela, donde la supuesta separación de realidad y ficción ha quedado zanjada gracias a un acuerdo misterioso entre los hermanos gemelos o siameses en la frontera de la Finojosa: la promesa de no inventar nada sin el consentimiento del otro. Ambos escritores se parecen mucho, ambos convalidan esta estética: la de pasar al lector al otro lado del espejo de Alicia. En líneas generales, ambos escritores comparten lo sobrenatural, lo fantástico puro (casi diría lo metafísico o lo patafísico), son las revelaciones de dos niños terribles del otro lado del espejo de Alicia. El misterio consiste en no perder de vista a ese niño y no dejarlo crecer como el niño de El tambor de hojalata. Ambos escritores responden a un propósito clásico, ejemplar: divertir, entretener, burlar el tiempo, el nacimiento y la muerte, y ninguno escribe para una parcialidad, llámese “larense” o “yaracuyana”; ninguno es “naturalista” en el sentido convencional del término; o “nacionalista” o “regionalista”, lo que no significa que sean enemigos de la tradición; del terruño, decía don Alfonso Reyes, “ya es universal”. Decía el difunto don Manuel Caballero que el nacionalismo es una variable del conservadurismo. Borges, en una página inédita que rescató María Kodama, cuestiona así el nacionalismo de los argentinos: “El nacionalismo, esa manía vitoca de los argentinos”. Quien lea pues, se distraiga, se entretenga y goce con estos irracionales relatos de Gabriel, estos nonsense de que Gabriel hace gala con humor, o mejor diría humour para diferenciarlos de la popular “mamadera de gallo” por una cuestión de sentido común que lleva en sí el sentido no común, notará que Gabriel se parodia a sí mismo; es más, estoy convencido que Gabriel es Raquel y los dientes de ésta son los deseos de Gabriel de escribir la gran novela venezolana, la novela total, pero escribe relatos cortos para un lector ávido de relatos cortos propios de un demiurgo o un monje loco medioeval que sigue a la muerte. Con razón dice Homero: “Los dioses tejen dichas para que a las futuras generaciones no les falte qué cantar”. O contar, que es lo mismo, la soledad del hombre, su aislamiento, sus fracasos de pareja. Consuelo para moribundos explora bastante estas situaciones trágicas de la vida contemporánea que luego transforma en relatos paradójicos, absurdos, tragicómicos. Sólo que esta vez, en lugar de morder una manzana, parece morder una daga florentina. Consuelo para moribundos es una extraña mezcla de humor negro surrealista, nonsense inglés, especulación filosófica alemana (la cuestión del ser y la nada en Sartre), las iluminaciones del Rimbaud de Una temporada en el infierno, la gracia de un Fragonard, la bizarría de un español del siglo XVII como Quevedo, el equívoco de un portugués fanático del Magallanes y el embuste criollo. Esta es una de las paradojas de Gabriel y otra es la de soñar con ser un gran escritor cuando ya lo es. Gabriel nos pasa maravillosamente la sospecha de que alguien nos sueña, de que alguien nos escribe y proyecta sobre nosotros un destino que sólo él conoce. El destino, por ejemplo, de alguien que ha sido superado por las redes sociales, pero no por culpa de las redes sociales, sino por no saber usarlas, vale decir, por anacrónico. Penetrado profundamente del tema, me pregunto ahora, la ficción pura, ¿se puede considerar una poética? ¿Se puede considerar una poética del mundo al revés la obra ficcional de Jiménez Emán? Si mal no recuerdo, Ludovico Silva saludó Los dientes de Raquel con asombro, y Luis Britto García les atribuyó un color (el rosado), no sé por qué, y tampoco él explicó. Tal vez, a lo mejor, no sé, Luis Britto estaba pensando en don Gregorio Marañón, quien atribuye y relaciona una teoría de los colores y las edades del hombre (infancia, adolescencia, madurez y vejez) correspondiéndole a la infancia el rosado, es decir, la primavera del mundo, el nacimiento de la cosa cultural, la “aurora de rosados dedos” de Homero, que los niños griegos se aprendían de memoria, el trueque en una cueva de dos hermanos también: Apolo y Hermes. Sin embargo, tal teoría no está demostrada científicamente, pero es cierto que el rosado representa o simboliza aquella tierna y rosada edad en que el niño comienza a despertar a las primeras sensaciones de luces colores, y que el niño guarda en su memoria aproximadamente, más o manos, según Jean Piaget, a los siete u ocho años. Cabe aquí una conjetura borgeana y una confesión a la sordina reyesiana: supongamos que Gabriel haya prolongado su infancia más allá de la adolescencia, y su primera sensación haya sido la de un gallinero y de una gallina en especial que después, mucho tiempo después, se convertiría en uno de los relatos más sorprendentes de Gabriel con el nombre de Finia, la gallina enamorada, que Gabriel dedicaría a Orlando Barreto con mucho celo de mi parte. Por ese gallinero, por ese patio, debe de andar a estas horas (son las cinco de la mañana), don Carlos Emán, abuelo de Gabriel, holandés-judío que echó raíces en San Felipe, oloroso a cambures pasados y longanizas. Indagar las raíces de esta ficción me llevaría muy lejos, tal vez a Esopo, tal vez a La Fontaine, y no quiero alejarme mucho de don Julio, cuya estética de los hermanos siameses es muy parecida a la estética de Jiménez Emán. Observe el lector el relato “Narcy en su mecedora” y comprenderá lo que digo: la gracia de transformar un texto confesional en un conmovedor relato de ficción, ¿realidad o ficción? Se dice que don Julio fue el primero que introdujo, primero que Borges en la Argentina, la ficción pura en Venezuela; se dice también que él mismo era un escritor afantasmado por la rutina: de la redacción de un periódico al Ministerio de Relaciones Exteriores, y de ahí a la plaza La Concordia a darle de comer a las palomas, y de ahí al Hotel Cervantes, a dormir su sueño de escritor: nunca se casó, tampoco se le conoció mujer. Se dice también que don Julio era bastante liberal en su pensar fantástico, y le daba igual de fantástica una cebra o jirafa al natural que un dragón o las mil esposas del Rey David, cuyo miembro viril era tan grande, pero tan grande (casi tocaba el cielo), que una vez (o érase una vez) llovió sobre Jerusalén semen de David y preñó a cien esposas en una sola noche. Es lo que nuestro imaginario colectivo denomina “el polvo del gallo”. Cuento de cuentos que probablemente alimentó a Gabriel en su adolescencia en San Felipe. Gabriel nació en Caracas pero vivió en San Felipe; aquí pasó la mayor parte de su adolescencia, aquí se graduó de bachiller. Todavía recuerdo el día en que Gabriel se asomó al Bar Cocorote con una manzana entre los dientes. Recuerdo que soñaba con fundar una revista literaria que después se llamó Rendija, la cual ayudaron a fundar Orlando Barreto, Ennio Jiménez, Lázaro Álvarez, Adolfredo Brizuela y Rafael Garrido. Ya Gabriel estudiaba letras en Mérida, carrera que no terminó. No haber terminado la carrera de letras es otra de las paradojas de Gabriel, pero aprendió otras cosas muy importantes en la vida de un escritor, como vagar en solitario por Mérida, leer, escribir, bohemiar, conocer amigos como Salvador Garmendia, el chino Valera Mora, Orlando Flores Menessini, Pedro Parayma, Renato Rodríguez y otros que escapan de mi memoria, a quienes preparaba los mejores linguinis del mundo. Otra forma de hablar de la ficción y la realidad es inventar diálogos entre Don Quijote y Sancho Panza, aunque algunos comentaristas aseguran que no es Panza sino Zancas, con las piernas arqueadas como un vaquero y de talle corto, y de la cintura más arriba, una barriga maravillosamente curva, tal y como lo dibujó Doré, como si dijera “barriga llena, corazón contento”. La vida es real y fantástica a la vez, pero en algún momento de nuestra existencia, digamos la madurez de color claro-oscuro, sentimos esa sutil diferencia. Sin embargo, esa diferencia es otra delusión más del “yo”. Yo me pregunto, ¿para qué separar la realidad de la ficción?, ¿con qué objeto?, ¿qué ganamos con eso?, ¿qué derecho tenemos de aguarle la fiesta a nadie? “Somos dos”, dice Rafael Cadenas, “y todavía nos quejamos”. Muchos escritores venezolanos viven esta paradoja de que hablo a propósito de Jiménez Emán: todos esperan escribir la gran novela venezolana, pero por suerte, por azar, por cosas de un destino feliz, o mejor diré alegre, sólo escribe cuentos muy buenos, maravillosos, fantásticos, en los cuales Jiménez Emán es un maestro, un genio escapado de alguna lámpara maravillosa, un escritor venezolano menos novelista que cuentista, echador de cuentos, narrador de relatos breves. Un ejemplo clásico es Rafael Zárraga con “La brasa duerme bajo la ceniza”. Es sorprendente la relación de Jiménez Emán con los libros y su conexión con la fantasía y la realidad a través de ellos, y es allí, en su estudio, en su biblioteca, en la frontera de la Finojosa, en el silencio de la noche, donde se fragua esa conexión de la realidad y la ficción como hermanos gemelos o siameses, pero es Emán quien hace la conexión. Le preguntaron una vez a Henry Miller qué cuáles habían sido los libros que más le gustaron en la vida, y respondió impávido como un bodhisatt: “Los mejores libros que he leído, los que más me gustaron, son los que no tenían pies ni cabeza ni sentido alguno”. El mayor bien en la vida de un hombre, sin duda, son los libros, pero hallar a un hombre que atesora libros como odaliscas en un jardín, podrá parecer increíble o inexplicable, pero humanamente posible (y sólo en lo posible creo). Más aun si este hombre ha recibido la orden de leer para sí como san Ambrosio, o es miembro ilustre de una de las escuelas más importantes que fundaron en Carora don “Chío” Zubillaga Perera y don Elisio Jiménez Sierra, padre de Gabriel: la escuela del chinchorro. La pará bola culmina en Jiménez Emán, que no inventa nada sin el consentimiento de su hermano gemelo o siamés. Léase entonces el lector del relato titulado “Coleccionista”. Como dice Keats: “La fantasía es una dicha para siempre / su hermosura va en aumento / y nunca la abolirá el azar / antes bien, nos dará un dulce cobijo / y un reposo lleno de dulces sueños / bienestar y suave aliento”. ** Rafael Garrido http://www.letralia.com/firmas/garridorafael.htm Escritor venezolano (San Felipe, Yaracuy, 1948). Licenciado en letras por la Universidad Central de Venezuela (UCV, http://www.ucv.ve). Laboró por años en la Biblioteca Nacional de Venezuela, sede San Felipe, y en la imprenta del estado Yaracuy. Perteneció a los grupos literarios “Rendija” y “La Oruga Luminosa”, de San Felipe, y al Centro de Talleres Artísticos de esa ciudad. Participó en diversas actividades literarias nacionales organizadas por el Ministerio de Cultura de Venezuela (http://www.ministeriodelacultura.gob.ve). Es articulista cultural y literario del diario Yaracuy al Día. Sus libros de poesía publicados son Vapores (1978), Telemaquia (1990) y Recado amoroso (2010). === El escape, un síntoma temático del cine colombiano ==================== === John Harold Giraldo Herrera =========================================== Las épocas que vivimos son la materia prima para los creadores de artefactos mediáticos así como para los artistas en general. Al autor le cuesta desprenderse de las circunstancias vividas y plasma sus angustias, incertidumbres, felicidades y reflexiones en aquello creado. El cine colombiano, aunque sus realizaciones son múltiples, nos dan cuenta de un leitmotiv, de un indicio recurrente con el que podemos sugerir varias premisas. Se trata del escape, de la huida, la búsqueda de los personajes de enfrentar un nuevo camino o de querer salir del estado de cosas en el que se encuentran inmersos. Parece como si el lugar donde viven, las condiciones históricas, las presiones, la necesidad de ubicar nuevos rumbos, o la mera búsqueda de un desahogo ubiquen a los personajes en la intención de salir de una cárcel simbólica en la que viven encerrados. Empecemos con varios ejemplos, en particular si la literatura cuenta con múltiples obras donde los personajes se hacen y construyen recorriendo un camino, como don Quijote, Enrique de Oftendirgen de Novalis o el Werther de Goethe, pero en el cine no son personajes iniciáticos con ideas de ascenso; son, en su mayor caso, para impedir no descender más. La Playa DC nos muestra a tres hermanos sacados de su sitio natal, huyeron por fuerza del desplazamiento y en la ciudad siguen escapando de la miseria, el racismo, y cada uno de su propio martirio. La encantadora película La Sirga nos da otro matiz, en lo rural hay también escapes. Alicia huye de la voraz violencia, de haber sido incendiada su casa. Y aunque se le nota estable viviendo en la casita de su tío, lo cierto es que su postura ante el mundo nos da cuenta de una mujer muy frágil, intenta ser y estar en el mundo, no obstante las insolencias y persecuciones la ubican como una mujer que requiere seguir escapando. Un caso asombroso y poético lo coloca Sofía, la protagonista de Sofía y el Terco, del director Andrés Burgos, una mujer que no habla, y pese a estar viviendo en un lugar deslumbrante, parece que nada la afecta, pero decide salir y explorar el mundo sin decirle nada a su esposo y compañero y realiza un viaje que la llevará hasta conocer el mar. Escapa Sofía de su mundo, un mundo en cierto modo acorde, pero la insatisfacción y el carácter de su esposo la hacen salir. Este es un escape con una marca afable, donde el sentimiento de empatía entre personaje y espectador es de aceptación. Una película curiosa, del género de terror, como Resquicio, del director Alfonso Acosta, nos adentra en un drama familiar proporcionado por la muerte de la hija, y entonces deciden escapar de las marcas dolorosas de la ciudad hacia una finca. Lo que se va a desatar, como lo dice su propio eslogan, es que cada quien va a conocer el propio monstruo que lleva dentro. Hay un doble escape, de sí y del mundo. Lo obtenido es una película que causa tensión y nos genera suspenso y horror. Cargar con la muerte de un familiar y convivir seis personas en una casa (incluidos dos niños), la mamá, una tía y dos hermanos adolescentes, causará marcas imborrables. Por otro lado 180 segundos, de Alexander Giraldo, y La lectora, de Ricardo Gabriellí, se asemejan pero, obvio, tienen radicales diferencias. La estudiante de alemán es apresada por dos hermanos para revelar los secretos de un maletín; ella, por supuesto, al ser capturada quiere escapar, pero Karen y Cachorro, una mujer prostituta y un tipo bacán metido en asuntos de delincuencia, dan muestra de un escape hacia una nueva vida. No importa cómo y de dónde provenga el dinero que requieren para cumplir sus sueños, desean escapar hacia otra vida y ser felices. Así, en 180 segundos, los dos hermanos, Zico y Angélica, acostumbrados a cometer robos perfectos, buscan hacer el último con la idea de escapar a Europa y poder estudiar. Todo se les trunca y el robo cometido será la imposibilidad de alcanzar los sueños, como el propio caso de Karen y Cachorro, no logran su cometido. Una película como Sin palabras, de Diego Bustamante y Sofía Osorio, nos da cuenta de un panorama que de lejos se deja leer o escuchar en las noticias: chinos tienen a Latinoamérica como ruta para pasar a Estados Unidos. En esta película vemos el drama de una mujer que escapa de su país en busca del sueño americano; Lian no sabe hablar español y conoce a Raúl, un artista que trabaja en una ferretería. Él le intenta ayudar, el lenguaje los separa, y se ven envueltos en una relación de encuentro y afecto. Raúl se siente con fuerza para quedarse en su país y no hacer lo de su antigua novia, quien se fue para Alemania, pero pronto sus bríos de quedarse se resquebrajan. El caso de Lian nos permite ver otro personaje escapando y en busca de un sueño y para ello hace tránsito por Colombia, huye de un mundo mecanizado para otro más caótico donde las esperanzas pueden caerse muy fácil. Más películas gozan de mostrarnos la necesidad de escape. La muy necesaria y valiente película Chocó, de Jhonny Hendrix Hinestroza, nos muestra la vida de la mujer Chocó, acostumbrada al maltrato de su compañero y padre de dos hijos y corroída por la pobreza, está todo el tiempo en la obligatoriedad de cambiar de vida, pero parece no poder. Hasta que decide hacer lo propio y romper los barrotes de la cárcel en la que estaba viviendo. La mujer que tardó mucho en decidirse por otra vida —no sabemos cuál— representa una realidad urgida por las mujeres: escapar del maltrato. Al tiempo que es una oportunidad para hablar de esa geografía olvidada que requiere un escape a la pobreza y el abandono estatal. Cada película nos sitúa en un tipo de escape. Sanandresito, la vida centrada en un policía corrupto, nos mantiene atentos para ver cómo se desenvuelve lo ocurrido al agente Tenorio, quien se ve envuelto en un episodio de una mujer asesinada y que aparece en la camioneta. Tenorio no sólo debe escapar al hecho, huye como delincuente, como también resulta que querrá huir de su propia vida maltrecha. Si citáramos más películas tendríamos más ejemplos. Las anteriores son del 2012, cuando hubo más de 20 estrenos; en el 2011 hubo muchas más, así como en años pasados. El escape seguirá siendo un tema recurrente. La muestra de personajes huyendo, de mujeres y hombres así como de comunidades necesitadas de otros entornos, nos sugieren una idea de cómo están el país y sus gentes. También podemos darnos cuenta de una situación de inestabilidad, ¿por qué escapan? Y cada película tiene una respuesta: el abandono, la idea de mejorar la vida, la persecución, la violencia, las exclusiones sociales, la propia búsqueda de aventurar el mundo nos evidencian una recurrencia del propio ser, salir, huir, tratar de encontrar una solución a un problema, eso es escapar. En el cine colombiano los espectadores deberíamos escaparnos para apreciar lo que se nos evidencia en la pantalla grande, así como lo están haciendo los personajes que nos muestran; escapan para ver con qué se encuentran. ** John Harold Giraldo Herrera http://www.letralia.com/firmas/giraldoherrerajohnharold.htm Docente universitario y periodista cultural colombiano (Colombia- Pereira, 1979). Magister en Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP, http://www.utp.edu.co), donde es docente auxiliar y, además, cursa estudios de posgrado. Ha escrito diversos artículos y ensayos para la revista Semana (http://www.semana.com), y los diarios El Tiempo (http://www.eltiempo.com), La Tarde (http://www.latarde.com) y El Diario del Otún (http://www.eldiario.com.co), entre otros, así como para revistas literarias. Cinéfilo, participa en la película Los asombrosos días de Guillermino, próxima a estrenarse. En la actualidad dirige el grupo de investigación en periodismo investigativo Enfokados. === La palabra devagar, de Antonio Arroyo Silva Roberto Cabrera ====== La palabra devagar Antonio Arroyo Silva Ensayo Editoriales Idea-Aguere Tenerife, España, 2013 Algo así como una divagación lenta y sin detenciones excesivamente largas, que impidan el apalancamiento creativo. Ya ocurrió tiempo atrás que la creación en Canarias daba saltos y trompicones, apareciendo y desapareciendo, en palabras del inolvidable Francisco Pimentel, como unos ojos del Guadiana. Dicen que en Latinoamérica no es así, que la cultura tiene marcha constante, una velocidad de crucero. Todo lo contrario que a este lado del Atlántico. Quizá por esa búsqueda del tiempo perdido que decía Proust hay quienes se arrojan a la pasión creativa con decisión y empuje insospechado, viviendo el día a día de poemas y rosas, de canciones y happenings, resultándoles todo una oportunidad para lanzar al aire su incontenible energía como dardos de inquietud y necesidad que descomprimen un aliento insobornable ya y decisivo. Un ansia de ruptura con los impuestos tempos de silencio. No es momento de considerar si hay o no una línea de continuidad o ruptura con las creaciones del final del siglo ya pasado o de la primera década ya traspasada del siglo XXI. En el caso que nos ocupa, y tratando de ser preciso, me atrevería a formular que se trata de un retorno irrevocable marcando una ruta, un norte, que esperanzados deseamos que sea de innovación, fertilidad y que dé respuesta a cuantas inquietudes la sociedad demanda. Y si la sociedad da la espalda también para eso hay que estar preparado. Vivir en soledad, a veces sin poder compartir, sufrir la animadversión, el ostracismo. La historia de la literatura así lo confirma. Adelantarse a una época se paga caro. La palabra devagar es el pretexto para devanar la madeja que quedó atrás, sin continuidad, perdida en el laberinto, metáfora que tanto gusta a este autor. Es la madeja del olvido de nombres y autores cruciales, verdaderos impulsores del devenir literario de unas ínsulas alejadas en cierta forma, por fortuna, del declive y la decadencia, y abiertas a otros horizontes con los que Antonio Arroyo ha logrado conectarlas. Rumania, México, Chile o Argentina han tenido noticia de lo que se cuece en las Islas Canarias gracias a la paciencia y el buen hacer de escritores como él, que han ido poniendo el acento en ese espacio común que la propia globalización persiste en reservar a los grandes centros culturales “Kulturkreise”. El libro trata de suplir la escasez de crítica que debe conllevar la buena línea de editoriales que, en el paroxismo de la edición, podrían saturar el espectro lector y hacerlo retirarse al limbo de los best-sellers, ediciones escolares deleznables y toda una ristra de novedades imposible de contrastar, degustar, exprimir y valorar. Cuando dejé caer en sus manos el libro que con celo escribió Joaquín Rivero en los cincuenta y que se negara a publicar el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, sabía que Antonio Arroyo iba a reaccionar de una forma inteligente. La literatura canaria, como acertadamente afirma el analista Amadou Ndoye, no empieza con Gaceta de Arte, ni con el parnasianismo, ni con Tomás Morales, ni con Fetasa, ni con la narrativa del boom, tampoco con la generación del silencio, ni ahora con la llamada generación XXI. Es un continuum y como tal zigzaguea como serpiente engullendo corrientes visibles, generaciones y nombres solitarios. Algunos absorbidos para ser presentados en la península como monos de feria, que luego serán enterrados en el olvido, otros abducidos, coronados y más tarde relegados al silencio. Ya esa experiencia la padecieron poetas como Verdugo o Alonso Quesada. Lo intentó nuestro amigo Juan José Delgado con su idea de interacción con las regiones españolas. Pero nada de eso resultó. Porque el escritor insular necesita sólo ser reconocido, leído y valorado por su propio pueblo para ser universal. Hoy se abre un espacio diferente. Makaronesia, Norte de África, América, África Occidental, Europa y la paciente labor de los que van en esa dirección más temprano que tarde tendrán su recompensa si su pueblo los acompaña. Modelos importados, reiteración de fórmulas. No hay modelos ni fórmulas que valgan. La literatura universal está al alcance de cualquiera. No así el imaginario original hecho de raíces, de alambiques históricos, de hablas y jergas, que está en el epicentro del trabajo creativo y tiene que aflorar y aflora ya en mucho de los nuestros. Inmerso en esa fronda Antonio Arroyo recrea sus primeros pasos sobre los adoquines de su bella ciudad, sube a los alminares de La Laguna, se desplaza a la tumba de Miguel Hernández en Orihuela. Vuelve a Las Palmas, ciudad cosmopolita y de poetas que cantan al mar. Oye la música Kabilia, llora con los vencidos de Santiago de Chile, escucha a los mapuches y toma el mate en Buenos Aires. En México se solidariza con las mujeres de Ciudad Juárez. Y hoy regresa a Santa Cruz, la legendaria plaza que soñara conquistar Sir Horace Nelson. La urbe inglesa también, donde se gestó el episodio de una modernidad insoslayable. Y se hace un silencio y se escucha un eco de pasos en callejas y puentes, hasta que el mar de fondo traza una luz azul oscuro y vuelve a oírse la música del puerto. Con la madrugada sale de puntillas como un padre que colocara los reyes magos a sus hijos. A cada uno un recuerdo imborrable, de su niñez, de su infancia, de su madurez, no importa, no es un hurto, es encender la luz de los corazones que enmudecieron por caprichosos designios y que él necesita que sigan irradiando calor y alumbrando un sendero que llegue a Santa Bárbara, a la isla baja, a la Caldera, a los pueblos recónditos de El Hierro. Caminos iluminados por la plata luna y oro literario en los bolsillos. Poco importa que se lleve un noray en su maleta o que amarre tu buey en las estrellas. Tampoco que se bañe con Teresa en un balneario o que vuelva a cometer el crimen de Espinosa. Un arroyo de palabras, un naciente de luces y misterios se enrosca a un bailadero de brujas para sacar a flote la oración inimaginable, la que irrumpe de otra boca certera y durmiente. La bella frase de la desnuda poesía. Aun a sabiendas de que uno puede ser un aventurero de la palabra, de la poesía, ha tenido la certeza natural de poder entender de primera mano los fenómenos de la creación, de la improvisación. Eso que, parece ser, tanto cuesta a los teóricos, a quienes no son actores ni músicos o simplemente creadores. Y si este libro trata de algo, es precisamente de librarse de la pesada losa del racionalismo, del determinismo, para caer en brazos de un azar liberador. En él coexisten, como el propio autor revela en su prólogo, la vida, el amor, el dolor o las anécdotas. Eso sí, el discurso precisa de unos puntos de referencia que aunque aleatorios, quizá hasta arbitrarios, no son desde luego un totum revolutum. Qué hace si no una cita del más controvertido filósofo de la escuela de Frankfurt, Walter Benjamin, u otra de Jorge Rodríguez Padrón tras el epígrafe Le Canarien. Las ideas de este crítico insular acompañarán al autor a través de todas las páginas del libro. No sé si Danielle Sotto apareció muerta en su casa en posición fetal o si se abalanzó desde una azotea al vacío, tampoco afirmaría que el método Fischer fuera una liberación surrealista propiamente dicha, porque creo que esa es otra historia. Quizá algo más que un suicidio en la carretera desolación. La historia de la crítica ha sido en muchos casos la de la incapacidad para la palabra alerta, el sentimiento y el riesgo. La incapacidad de pasear entre las musas; y eso hay que cambiarlo como propone Antonio Arroyo, que en el caso de Manuel Verdugo ha seguido la pista de lo que él llama uranismo, esa corriente clásica de admiración del cuerpo masculino. Cómo renunciar al legado de este poeta nuestro que aparte de que beba en las fuentes mismas del parnasianismo francés, es bohemio, anticlerical y antifranquista. Olvido de raíces coloquiales, pérdida de naturalidad. Toda esta idea se verbaliza en la expresión “hacia el paisaje interiorizado”, que ha movido las últimas tendencias de muchas poéticas latinoamericanas, y que con frecuencia no ha sido escuchada por algunos de nuestros poetas, que todavía hoy pretenden, desde su alminar profesoral, enseñarnos cuál es el verdadero sentido de la poesía. Las influencias devienen en consecuencias, es otra de las formulaciones que emplea en su crítica creativa. La poesía es la habitación del poeta. Lo que interesa es el sentido, no la representación. Buscar en los márgenes. La poesía revoluciona el lenguaje, la realidad, las metáforas, detiene el tiempo. Por ello ataca al crítico funcionario frente al crítico revolucionario. Descomposición, desmantelamiento del sistema estético imperante, diseminando las estructuras y entrecruzándolas tal como propone Derrida. El habla frente a la lengua, la praxis frente a la teoría. En Foucault encontramos esta anticiencia que pone en práctica Antonio Arroyo, y sus consecuencias son “la insurrección de los saberes sometidos” y el acoplamiento de los conocimientos eruditos y las memorias locales. De ahí el carácter genealógico que imprime a este libro. Encontrar tras estos olvidos interesados el cómo se han reforzado las relaciones de poder. Un ataque a aquellos valores triunfantes, de éxito, con el fin de invertir la concreta relación de fuerzas en el actual panorama cultural y social. Es el caracol devagando como poeta con su habitación a cuestas y su estela de palabras. De ahí también su esfuerzo en presentar la poesía más como una herramienta para ser utilizada que como código que habrán de interpretar los expertos. Buscando líneas de fuga que desemboquen, en palabras del filósofo Deleuze, en una “utopía de la inmanencia”. Interés que se despliega hallando relaciones de interdependencia con otros lenguajes como la pintura, la música o el arte culinario en este libro. No puedo obviar, ni escamotear al público que esta obra toca directamente una parte muy sensible de mi memoria personal. Desde la bicicleta adormecida en casa de la poeta Olga Rivero, que espera a los músicos y que abre el texto dedicado a la ciudad de La Laguna, hasta textos como “Maresía del gato”, que fueron precisamente leídos en esta misma sala con motivo de la presentación de un título propio y en la misma colección. “Apuntes para una reflexión etnomusicológica” quizá puso en la ruta a Antonio Arroyo hacia una disciplina cuya relación con la oralidad, y por tanto con el coloquialismo que tanto admiraba nuestro Isaac de Vega, muestra bien a las claras la importancia y la impronta que aporta la música en tantos terrenos artísticos y de tantos territorios relacionados con Canarias: Cuba, Texas, Luisiana, Uruguay, Kabilia y el noroeste de África en su conjunto, donde por suerte tuve ocasión de hacer música, interactuar y dar continuidad, a mi modesta forma de ver, a ese puente y plataforma que, como bien cita, son nuestras islas. Asimismo, y como consecuencia, tengo que nombrar a otro de los músicos que fue protagonista de aquella aventura. La poeta Olga Luis Rivero. El autor le dedica al menos dos textos referidos a dos de sus libros: “Los sentidos de Gran Rojo” y “El Enero”. Del primero de ellos, una antología vertida al alemán, viene a decir que el gran acierto de su expresión está en el dominio de una lengua que acota el ojo para darle rienda suelta y absoluta al resto de los sentidos, después de repasar Las lunas del jaguar, En la ola de zarzas gemas y Verano. En El Enero pasea por las tres partes del poemario: “La encantación”, “La edad del árbol” y “Oído en caracolas”. De su primera parte habla del balbuceo, de la primera caricia materna y de las palabras que no conocen abstracción, esa operación del entendimiento de la que ya Aristóteles habla para diferenciarla de la participación platónica. “Esas palabras con connotaciones animistas”, dice Antonio Arroyo. De “La edad del árbol” muestra un paisaje de sueños concéntricos que viajan y giran en torno a un vórtice donde un buque fantasma transporta a arquitectos de la literatura canaria como Isaac de Vega, Rafael Arozarena o Emeterio Gutiérrez Albelo; “donde el verso transcurre como un río del tiempo”. El Enero desemboca su riada poética en “Oído en caracolas”, nos dice, “como si todo el libro quedara ahí no ya para ser leído si no para ser escuchado como un mar que nos susurra al oído desde un bucio imaginario”. Como digo, todo el volumen que presenta Antonio Arroyo es un cuaderno de bitácoras que en esta navegación creacional nos hace pormenorizar cada uno de los puertos que nuestra literatura insular va visitando, avituallándose de nuevos descubrimientos, de avatares de significativa importancia, como una travesía que llegará sin duda surcando otros mares a archipiélagos lejanos y a continentes, para mostrar lo genuino de unos creadores que han dado forma antes y ahora a un mapa, a una cartografía que se muestra en gran y oportuno momento de forma, inmersos en la aventura de lograr la sonora, indeleble imagen de su genuina identidad plural, entregando para ello sus vidas al manejo del timón y el velamen del arte y la poesía. Desde luego que me siento impelido, me siento como obligado a dar la talla, a estar a la altura. Todo relacionado, por cierto, con la medida, con tocar techo. Pero, ¿cómo trazar este mapa de resonancias, de choques elásticos cuyos vectores o partículas se mueven de un lado a otro, incitándose mutuamente a hacer novela, a filosofar, a crear un lenguaje que confronta la lírica con la ética; que se desmelenan en los textos que tienen a la música como hilo conductor, pero también en otros donde acusa de la desazón por la pérdida de la amistad a la hoguera de las vanidades? En la parte final de esta obra se adereza una mezcla de verduras, se continúa con el mojo, y se termina en los postres con el conocido Príncipe Alberto, donde homenajea a su tía Matilde Arroyo, quien recibiera el premio y la medalla al mérito de la alta repostería del azúcar. Entre estos relatos culinarios aflora un narrador neófito, que surte textos entre las notas de Coltrane y los efluvios digestivos producto de enyesques desatados. Hay una frase de Pedro García Cabrera que ha resultado crucial en esta etapa ensayística de nuestro autor: “sin bien saberlo haciéndolo bien”. Se trata de esa inconsciencia creacional, ese desenvolvimiento del lado derecho del cerebro, ese dejar libre el fluido y sobre todo los complejos ante estros adocenados y cátedros domadores de la lengua viva. Los que pretender mirar por encima del hombro a quienes de forma liberal no han querido saber de prebendas académicas, ni de beneficios militantes. Los que han tratado de ahogar el libre albedrío, zancadillear, olvidar intencionadamente, acuartelar acólitos, empapelar con oropeles, a los que en realidad no necesitaban sus elogios. Los honores y la fama no dependen de nosotros, sino de quienes los otorgan. Conviene no olvidar que la felicidad verdadera radica más en esta actividad poética que en otros equívocos bocados de la vida. ** Roberto Cabrera http://www.letralia.com/firmas/cabreraroberto.htm Escritor y músico español (Santa Cruz de Tenerife, 1954). Licenciado en filosofía y ciencias de la educación por la Universidad de La Laguna (ULL, http://www.ull.es). Textos suyos han aparecido en la Revista Semanal de las Artes del vespertino tinerfeño La Tarde; y en las publicaciones Nuevos Caminos, Poesía, Liminar, Lúnula, Nexo, El Taller, Fetasa y Cuadernos del Ateneo, entre otras. Ha fundado las revistas literarias Menstrua Alba, Teresa en el Balneario, El Buey de las Estrellas, El Viejo Noray y El Vigía. Actualmente dirige la revista Acorde y la editora El Vigía. Figura en varias antologías insulares e internacionales en poesía y narrativa. Ha participado en destacados eventos como músico de jazz y compositor (más de 100 conciertos y 12 ediciones fonográficas: Gato Gótico, jazz & world music; La Comercial, blues, o, como cantautor, Puñetazo al silencio, blues & rumba), o como ensayista (Algunos casos de brujería isleña en Cuba y Puerto Rico; I Encuentro de Escritores Canarios; Batea policromada de México, en Mapa Poético de México 2011; La poesía canaria ante el fin de siglo, Valencia, Venezuela; “Argot y graffittis en Santa Cruz de Tenerife”, en El habla del escritor marginal, El Vigía Editora). Ha publicado las novelas Ídolos de bruma (1979), La nube especular (1989), La yerba negra (1995) y Los lunares del césped (1999/2010); los libros de relatos Suicidio en Desolación Road (1980), Amor Mora Roma (1986), Viaje a Hero (1988) y XXV Relatos (2007); los poemarios Desangre libelular (1981) y Pie de rumbas (2006); y los ensayos Reflejos (2008) y Drumbass canario: ritmos canarios de música contemporánea (El Vigía, 2011). === Uno que habita en Calle del Pez Alberto José Pérez =============== El hombre nunca se va de los lugares que habita, algo se lleva consigo para conservar el aire y el olor de esos lugares; en Madrid hay una Calle del Pez, no la he pisado aunque otras calles de esa ciudad recuerdo. Douglas Bohórquez, el poeta nacido en Maracaibo en 1951, puso en mis manos un hermoso conjunto de poemas titulado Calle del Pez (Monte Ávila Editores, Caracas, 2004); por eso hube de consultar su existencia con el mismísimo Douglas Bohórquez. Calle del Pez es el canto del lugar donde el poeta es pregunta y respuesta en la resonancia del retorno del vacío, no del abismo, el abismo es el infierno y en Calle del Pez no lo hay. Pero sí los tiempos de la infancia, la desnudez de las edades del poeta que denotan una personalidad poética interesante y digna de celebrar: Calle del Pez I Yo vivía en el aire como pez en su nube como árbol en su rama ensimismado sobre el pie del horizonte II Yo era el pájaro escapado del aire sobrevolando apenas alrededor del pensamiento Reconociéndose en la distancia que los tiempos de la vida le marcan, Douglas Bohórquez se erige en un hombre de memorias que lo abordan y se hacen palabras que resplandecen como el mejor de los cultivos que el alma de un hombre puede sostener: Caballo Como un caballo rojo me vi anoche. Volaba. Brillaba adentro, en el interior. Sentía un fulgor que me alumbraba. Era una fuerza ciega, dentro de mí, una visión. Entre arcos y [columpios galopaba el caballo que amé, en mi infancia, volando por encima de todas las casas. Y estás confesiones van haciendo un discurso donde el tema del amor, como templo que debe ser lugar de oración, va tomando cuerpo, el poeta va dejando sus cantos de amor en el sonido, en la música de sus palabras, los cantos mágicos que esa palabra, dolorosa en su belleza, causa: Pongo árbol en la vida Pongo árbol en la vida pongo tierra fuerza de adentro para resistir contra todos los demonios y como un colibrí quiero saltar amor sobre tu ventana. Es, pues, Calle del Pez, lugar de retratos encantados que van siendo dejados en cada página, con su tiempo, como cartas marcadas para no traicionar la memoria, la dulzura con que han sido cantados. ** Alberto José Pérez http://www.letralia.com/firmas/perezalbertojose.htm Poeta, editor y comentarista literario venezolano (El Samán, Apure, 1951). Ha obtenido reconocimientos por su obra poética entre los cuales vale mencionar el Premio Único de Poesía de la Bienal de Literatura de la Universidad Central de Venezuela (UCV, http://www.ucv.ve) por su libro Homenajes (1991), y el Premio de Poesía de la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Ezequiel Zamora (Unellez, http://www.unellez.edu.ve), por el poemario El espejo y la memoria (1987). También ha publicado los poemarios Los gestos tardíos (1975), El libro de Barinía (1985), Marca (1984), Olor de amor (1995), Como si valiera un siglo (1996), Retrato de memoria del corazón de una mujer (1997), Un poeta como yo (2006) y la antología poética El poeta de quien les hablo (1999). === Diario sin nombre Ricardo Martínez-Conde ========================= En el autobús, en ese eventual microcosmos, asienta lo cotidiano (ahí se afirma) y con ello los más grandes misterios de esas gentes atareadas por dentro y por fuera. Ahí no existe la pureza; la vida gravita llena de intereses y, con el movimiento, todo va decayendo y amoldándose hacia el silencio o la locura. * Ha escrito Oscar Wilde, “ningún artista tiene simpatías éticas”. La simpatía, la elección, ya la ha hecho la vida: la Unidad o la Nada. La ética sería elección, pero fragmentar equivaldría a desmembramiento, de lo que se seguiría la pérdida de equilibrio y, por extensión, una forma de noche sin retorno. Es el artista, en realidad, quien ha sido elegido por la ética, que es Unidad y, a la vez entidad abstracta, universal e infinita como la Nada. * Hasta ahora no se ha asociado de una manera definitiva, tal como resulta en la desnuda realidad, la condición de ser y la condición de soledad. Se han escrito innumerables páginas digresivas en torno a ello, pero ¿una verdad tan explícita no estaría necesitada de una mayor sobriedad de palabras, algo más claro y directo al corazón? * La madre significa (y ocupa en la memoria) el hueco cálido que se necesita. De ahí la desventura. * Lo pasajero llama a la muerte. Lo misterioso es hasta qué punto ese pensamiento de consumición se asemeja a un pensamiento de consumación. La tristeza como belleza. No es todo, pues, tragedia y derrota. Algo hay de una épica soñadora que seduce. ¿Será esa parte de la muerte de la que ha derivado la Religión? * La repetición constituye un verdadero clamor: se repite la vida paso a paso, de uno a otro, de una generación a otra. Se repite cien veces el mismo gesto a lo largo del día y se repite lo ya contado con nueva fruición. Se repite el instinto de amor e incluso lo amado. Se repite la muerte y pocos parecen advertirlo como el argumento principal. * El que piensa propicia la existencia del mundo; y su propio ser. Equivale a un ejercicio de identificación, pues exhibe la consciencia de existir, el reconocimiento de un grado de participación con la vida. Y aún guarda un secreto: su capacidad para dotar de significado a cuanto, de un modo u otro, existe; lo que, al menos para él, ya es; como el que piensa. * El culto es la manifestación de aquella parte del hombre que queda en la sombra. Es magnífico su dominio una vez ha expuesto su protagonismo, hasta el punto de anular cualquier planteamiento racional ya asumido. El poder de la sombra equivale, así, a la verdadera pasión, una fuerza inaudita más allá de la comprensión. Tal como es el interior del hombre. * ¿La no aceptación de la muerte no añade tragedia a la muerte? Es como reivindicar la esencia de su significado. Y, si el alejamiento y la ignorancia de ella no caben sino como actitud herida, ¿será que se propicia a sabiendas la terrible sombra de su significado a fin de obtener la belleza inexplicable de toda destrucción? A veces pareciera como que la Nada y su atracción silenciosa “vivieran” hoy más que nunca. * ¿La verdad? ¿Quién la ha querido deliberadamente? ¿Quién la ha suscrito con fe? ¡La verdad ha semejado tantas veces ser ese accidente geográfico cuya solidez y hermosura constituyen un referente para ser señalado pero cuyo acceso —es fácil derivarlo del propio discurso— resulta inalcanzable! Tal vez, con el tiempo, algún loco lo alcance, mas habrá sido la tarea de un loco, aislado. En cuanto al argumento del asentamiento propio en la verdad, ¿cómo encastrar la vida real en ello? * El tiempo mimético de cuanto sucede al otro lado del cristal una tarde de lluvia provoca la sedación propia del desasimiento; de ahí su filosofía casi redentora. * Lo común apenas suscita deliberación, sin embargo en las labores elementales es donde se guarda la fundación de todo amor, de toda argumentación: de la soledad, de la filosofía, de la tragedia... La tarea del hombre, por muy simple que resulte en apariencia, contribuye a la historia de la Formación, a la Continuidad desde la Construcción Originaria. Sólo es simple aquello que se juzga con simpleza. Ha de entenderse de una vez que lo cotidiano forma parte de la Armonía. La lluvia parece que se haya quedado dormida mientras sigue cayendo sobre los tejados. ¡Qué cómoda parece vivir la melancolía en esta vieja ciudad! ** Ricardo Martínez-Conde http://www.letralia.com/firmas/martinez-condericardo.htm Escritor español (Sanxenxo, 1949). Cursó los estudios de filosofía y letras y el doctorado en la Universidad Complutense de Madrid (http://www.ucm.es). Textos suyos han aparecido en la Revista de Occidente, el Boletín Galego de Literatura y las revistas Clarín, Claves y Extramundi. Además ha sido colaborador en diversos periódicos. Ha publicado los poemarios en gallego Lento esvaece o tempo (Milladoiro, 1990), Orballo nas camelias (Sotelo Blanco, 1993), O silencio das árbores (Espiral Maior, 1995), A núa lentitude (Follas Novas, 2001) y Compostela, vella memoria (3C3, 2003); y, en castellano, Los argumentos de la tarde (A.G., 1991), Sombras del agua (Endymión, 1993), Evoë (Calambur, 1997) y Los días sin nombre (Calima, 2000, premio Benasque de Poesía). En prosa ha publicado, en gallego, Os simbolos de Galicia (Cª Cultura, 1993) y Debullar (Galaxia, 1998) y, en castellano, Cuentas del tiempo (Pre-textos, 1994), La figura del Rey según Quevedo (Una lectura de la "Política de Dios") Ed. Endymión-Mº Cultura, Madrid, 1996, Alusión al paisaje (Calima, 2002). Ha recibido diploma de honor en el Concurso Internacional de Relatos Breves "Jorge Luis Borges" (California, 1992) y el premio Reimóndez Portela de Xornalismo (A Estrada, 1997). |||||||||||||||||||||||||||| ENTREVISTAS |||||||||||||||||||||||||||| === El ángel verde de José Agustín Goytisolo Efi Cubero ============== No me dijo la autoría de los mismos y yo no le pregunté, pero la voz de Goytisolo declamando estos versos en una mañana de sol alegre, tiene cuando la escucho un matiz metálico y lejano, como una enigmática y honda melancolía que aún profundamente me impresiona. Hermano Calibán. Me voy de caza. A trizar alas. A romper el vuelo Del pájaro que pasa. Mi enemigo allá arriba, Junto al cielo. Porque no puedo alzarme De este suelo Donde tengo mis hijos y mi casa. Hermano Calibán. Detengo el vuelo Del pájaro que pasa. Después como es sabido se bajó el telón para siempre y ya no hay ni habrá penumbras de abatidas persianas. Lejos de las rendijas del vacío nos queda la impresión de una soledad íntima, solidaria, generosamente abarcadora. Certezas, dudas y versos aventados al mundo; temblor, como una forma de intemperie que desea ser continuamente arropada, que desde niño persiguió sin conseguirlo del todo pese al amor recibido de su mujer, Asunción, de su hija Julia, de Víctor, su nieto, de tantísimos amigos y, sobre todo, esa inabarcable fuerza de su poética a veces también como silbante trallazo a las conciencias agitando los fondos dormidos en una época difícil para tantos. —Yo, Efi, necesito escribir. Lo necesito... —José Agustín: ¿por qué, y aquí hablaría Aristóteles, los seres humanos de excepción tienden a ser tan melancólicos..? —(Rápido) Melancolía, no. Melanos alude a lo negro, melancolía significa atado a lo negro, y yo —hizo un gesto de abarcar la luz— amo lo blanco. La luz del mediodía iluminaba el tiempo en aquella hora propicia a confidencias donde el tráfico incesante importaba bien poco. Ajenos a transeúntes o a integrantes de las mesas vecinas del café, en plena calle, José Agustín Goytisolo y quien esto suscribe hablábamos de vida y de poesía prendidos de la magia del vuelo claro de la palabra en libertad. Me parece mentira que hayan pasado años desde su marcha y que sin embargo siga aún convocándonos a recordarlo, leyéndolo con la misma fuerza cómplice, tan actual, tan frescamente viva. Que continúe escribiendo para sus lectores con la misma pasión que en sus inicios. Remarco con toda intención ese “continúe escribiendo” porque, como sucede con un paisaje o un pueblo al que amamos especialmente, o con las ciudades sorpresivas y cambiantes que a veces nos desconciertan, siempre un poema de Goytisolo poseerá esa íntima cualidad mutable en la que cada vez que nos aproximemos a una nueva lectura nos parece distinto o renovado, focalizado bajo luz diferente entre contradictorias perspectivas, sin que deje por ello de ser la misma y unitaria obra. De ahí su incuestionable y perenne actualidad. Mi amistad con José Agustín se fraguó en pocos años. Más o menos en los últimos cuatro años de su vida, donde ambos fuimos jurado de algún premio de poesía. También tuve el honor de presentarlo en alguna de sus conferencias, y a su muerte, cuando se creó en su memoria un premio de poesía que llevaba su nombre. Durante los años en que se celebró dicho certamen fui miembro del jurado junto a Carmen Riera, José Manuel Bermudo o Ferrán Gallego, entre otros. El poeta me fue casualmente presentado por dos de mis mejores amigos, Rufino Mesa y Assumpta Rosés (Assumpta es sobrina de Asunción Carandell, mujer de Goytisolo), aunque la estrecha vinculación con su poesía venía ya, por mi parte, desde bastantes años atrás, en que por azar leí El retorno siendo yo muy joven, mientras estudiaba al principio de los 70. Aquellos versos supieron acercarme a una voz pura y distinta, atormentada voz bajo una poderosa fuerza elegíaca, la del poeta y la del hombre que, sabiamente articulada, conservaba intacta la pulsión y la hondura del niño que un día fue y que aún seguía golpeando las paredes del tiempo con su grito de angustia, soledad y desamparo, a la vez que esa misma palabra trascendía todo lo que evocaba, dejando paso libre a la luz de los espacios donde la claridad del recuerdo emanaba frescura frente a la intimidad de lo más inmediato o cotidiano. Después de este inicio yo busqué más libros suyos, y también lo escuché reclamar libertad junto a la voz de tierra sin fronteras de Paco Ibáñez y expandir sus poemas con esa gravedad profunda y sobria que articulaba el tiempo midiendo los silencios. También, sin él sospecharlo, me enseñó, en esos años donde aquí en Cataluña era foránea, a conocer y amar la poesía de los grandes poetas catalanes contemporáneos. A través de aquella primera antología que José Agustín preparó y tradujo, yo recibí, en esa dualidad de lenguaje, una lección de belleza y profundidad. En sus sorprendentes giros y metáforas, en la rica versatilidad de una lengua que aún desconocía y que me fue ofrecida en una traducción que sólo se pudo acometer como él lo hizo: con el rigor y la sensibilidad de un gran poeta como fue José Agustín Goytisolo. Así mismo, y a través de sus versos transeúntes, aprendí a mirar a esta ciudad en la que vivo bajo otra perspectiva. Imágenes que él, y otros poetas de su generación o grupo, como Gil de Biedma, Barral o Ferrater, supieron acercarnos con la razón y pasión de sus metáforas o de su conocimiento. Porque no hay duda alguna de que desde esa fuga, desde esa agudeza testimonial y libertaria donde enmarca su época Goytisolo, e incluso enlazando otros tiempos más lejanos con ese guiño múltiple de complicidad y sin arqueologías, seguimos observando este tiempo de ahora; cualquier ciudad también, con esa manera universalizada de desbrozar caminos al futuro improbable. De pronto surge el matiz autobiográfico presente en ese fondo filial reconocible. La claridad de la expresiva forma, la autenticidad que lo anima y alienta, no impide que nos deje en sus poemas un aire de extrañeza. Sus versos, que nos acercan a realidades concretas, siempre mantienen la esencia del misterio. El lector parece atrapar una imagen real pero ésta se desvanece o diluye apartándose de lo anecdótico para penetrar sutilmente en la ambigüedad de lo inefable. Figura clave para entender buena parte de su obra y de su vida, fue Julia Gay, la madre permanentemente recordada. Una luz dolorosa que cruza su verbo sin que haga falta pronunciar su nombre para saber que es arte y parte indisoluble de muchos de sus poemas, tan reveladamente claros, tan luminosamente oscuros... Dolor que persiguió al poeta desde que la perdiera en un bombardeo un diecisiete de marzo de 1938, precisamente cuando se acercaba la festividad de San José y ella decidió comprar unos regalos para él y para su padre. Una tragedia que marcaría a esta familia de grandes escritores, y muy especialmente a José Agustín. —Un día —me dijo— ella fue a comprar juguetes para mi santo, aquí en Barcelona, y nunca más la vi... Ni muerta. Y a mí me cuesta aún reconocer mi horror en ese grito del niño infortunado que era yo... Toda poética de José Agustín parece, de alguna forma, transitar por la vida en libertad, salirse de los límites. De márgenes marcados por libros o auditorios, expandirse múltiple en cualquier lugar del mundo o albergarse de pronto cobijada bajo el reducto insomne de la complicidad del lector entregado. Ya sabemos que el poema para él —como para Borges y tantos otros autores— era lo importante. (Mira, Efi —decía siempre— entre el poema y el autor, la primacía es siempre del poema.) Sabemos también que la poesía era su vida: Es mi vida, como me dijo rotundo y grave, alzándola, cierto día de verano en una de las variadas e intensas conversaciones que sostuvimos ambos; esta vez bajo la sombra de los árboles en una terraza del café Santaló en una calle del mismo nombre cercana a su domicilio. —Porque el artista, José Agustín, ¿nace o se hace? —Mira Efi, yo creo que nadie nace artista. —Pues yo estoy convencida de que irremediablemente se nace poeta... ¿Por qué, entonces, muchos intentan serlo y sólo construyen un armazón de palabras sin chispa o sin alma? Yo creo que algo ajeno a nosotros alienta desde el fondo la poesía. La auténtica poesía. —Tú crees eso y yo te digo: la poesía es arte y artificio. Arte de saber buscar y decir las cosas que otros han dicho, pero de forma o modo diferente. Porque —pensativo— todo está dicho ya en poesía... La manera de decirlo es lo diferente. Y el artificio es, de pronto, saber levantar a una persona de la cama o del asiento con un cambio de verbo o con un adjetivo que no se esperaba. Yo he roto centenares de poemas. No guardo nada, poema que no me gusta, ¡fuera! —Sigo discrepando, se nace así... Luego uno termina de cuajar o completarse; pero reconoce al menos que es muy extraño este desasosiego que al fin y al cabo es algo que no conduce a nada material... —Yo nací niño, Efi. Me hice escritor en la biblioteca de mi madre; me hice poeta leyendo los libros que leía mi madre... ¡Dilo! Yo recuerdo tus ojos cuando hablabas del aire porque el cielo venteaba en tus pupilas. Yo recuerdo tus manos —hace frío— arropándome al lecho como copos de nieve enamorada. (JAG) —José Agustín —le dije—, Cernuda nos recuerda que la poesía fija la belleza efímera: ¿se busca tal vez en el poema eternizar el instante? —No —me respondió—. Se busca en el poema eternizar lo eterno, que es lo efímero continuado. —Entonces, y parafraseando a Quevedo, ¿sólo lo fugitivo permanece y dura? —Exacto, Efi. Sólo lo fugitivo permanece y dura atrapado en un poema. Atrapado en un poema —subrayó convencido. Pese a la singular polifonía de voces y de mundos, de la extraordinaria variedad temática de personajes y ritmos diferentes que pueblan una de las obras suyas que a mí más me seducen, El rey mendigo, parecen resonar sobre el silencio de una sola voz; la del propio Goytisolo. Llevan el sello desgarrado y sereno del poeta, del exquisito artífice que fue, que es y que siempre será José Agustín. Esa aguja imantada apunta al corazón y a la esencial materia del lenguaje que se adueña del tiempo y los olvidos. Cuando aludí hacia sus supuestos enmascaramientos él no lo desmintió, me dejó simplemente un quizás... mientras que su mirada pareció confirmarlo. —¿Poliédrico, José Agustín? (Y, con un ligero toque de amargura) —Bipolar. Soy bipolar. —Simbolismo en tu obra. —No hay ninguno. —Claves, entonces... —Claves muchas. Muchas. —¿Tu libro preferido? —Como tú, prefiero El rey mendigo... Lo que confiere a Goytisolo su autoridad incuestionable, ese lugar que merecidamente ocupa en la historia de la poesía, es ese punto heteróclito híbrido y personal entre unos poemas que a menudo se oponen pero con una sólida y sutil urdimbre donde no hay nada dejado al azar. Esa despreocupación, sólidamente engarzada por el preciso dominio del oficio y la poderosa intuición que prevalece intacta. Lo que tiene apariencia de espontáneo está concebido de la forma más perfecta posible; la trabazón que dispersa o agrupa el engranaje de las palabras conformando una red de precisión certera. Al borde del naufragio en apariencia, pero amarrado al mástil como Ulises, José Agustín crea para el lector el juego inteligente del poema —o la idea— dejando que éste deguste su significado rescatando de paso el matiz omitido que llevará a la clave de lo que previamente ha sido de alguna forma escamoteado. Que Goytisolo es un poeta esencialmente urbano, amante, transeúnte eterno de su hermosa ciudad, ya lo sabemos. Por su poética, atenta al laberinto cosmopolita y a los que como él mismo deambulan por los dédalos inteligentes, por supuesto, pero también, cuando la mirada de Goytisolo focaliza el paisaje, sobre todo con ese poso y ese paso único en Los pasos del cazador, la naturaleza es percibida siempre casi como su propio estado de ánimo. Esa inquietud larvada (incluso esgrime allí la cívica denuncia) sacude la soledad de los entornos. Porque el poeta no permanece pasivamente aislado ni siquiera en la contemplación, vive inmerso en el vértigo del mundo y en sus complejidades; no mitifica nada, ni al poeta, ni al ser humano ni al terreno que pisa, todo para él es susceptible de cambiar, de mejorarse, de perfeccionarse; empezando por él mismo —su crítico más duro— sin lograrlo jamás; de ahí que prevalezca, absolutamente viva y en pie, su permanente contemporaneidad. La irreductible vigencia de una modernidad absoluta. Siguiendo esa particular pisada, finalizados los 70 vuelve José Agustín a acercarme, mediante la lectura, a un universo familiar, al de mi origen. El aroma de jaras y de encinas del territorio de mi nacimiento me es devuelto desde la distancia a través de la mirada de ese cazador de imágenes entretejidas con “metáforas más brillantes que una cuchillada” como él mismo proclama al referirse al castellano que se habla en Extremadura. Camino por los pasos del cazador, frente a esos versos y matorrales, como en una travesía hacia mi propia identidad puesto que yo desciendo también, como perdiz herida, de ese vuelo truncado de sueño y permanencia; de esas tierras por las que Goytisolo camina y donde deja su huella y su mirada en una época de emigraciones salvajes y de desgajamientos puesto que el libro, aunque fue publicado en los ochenta casi, arranca treinta años antes de la fecha de su publicación. ¿Son muy altos los montes en Cataluña? Al tren al tren que sale al amanecer. ¿Son muy altas las torres en Cataluña? Al tren al tren que sale al amanecer. ...Treinta años visitando Extremadura, dejándose anegar por su intacto paisaje y por sus voces. Al principio, allá por el 54 —según me contó muchos años después—, se acercó allí acompañado de Sánchez Ferlosio, a cazar. Resultó ser un cazador cazado. Él me confesaría lo que por otra parte dejó escrito: que Extremadura empezó a apasionarle de muy distinta forma y que empezó a sentirse muy a gusto entre los extremeños. “Lo que me atraía de aquellas ricas y distintas hablas”, me dijo y a su vez corrobora en el prólogo de Los pasos del cazador, “no era su aspecto costumbrista, por supuesto, ni tampoco el estudio de localismos, y menos todavía el trabajo de catalogar sus variadas pronunciaciones. Me interesó, en cambio, y de qué manera, su substrato común, y la posibilidad de ahondar en el conocimiento de un idioma en el que pensaba y quería escribir; y creía que eso podía conseguirlo con sólo dejarme empapar por las voces y expresiones que caían como una lluvia tenue en las conversaciones o cantos que escuchaba en mis caminos”. —Lo que yo realicé aquellos años fue algo mucho más profundo que el estudio de una lengua a través de lecturas, ensayos críticos o lecciones magistrales. Fue —nos dice— un juego apasionante y hermoso como debiera ser siempre el oficio de escribir. Además —dice refiriéndose a la tierra extremeña— yo era allí forastero, pero no extraño; resultaba exótico, pero no ajeno; me sabían recién llegado, pero no intruso. Los poemas variados del libro Los pasos del cazador entroncan de alguna forma con el cancionero popular de Extremadura; José Agustín me aseguró que no lo conocía; que él, de pueblo en pueblo, y durante muchos años, fue anotando canciones en trozos de papel, en servilletas, en libretas, cantares de muchachas, de campesinos, conversaciones de camioneros, etc… Y que de ahí surgió este libro. Orillando ese tema lo cierto es que son los romances tradicionales sometidos al fluir del tiempo que Goytisolo como otros muchos recoge de forma oral y nos los devuelve enriquecidos desde sus afiladas estilizaciones o sus sobrias metáforas cargadas de contenidos y soterradas claves. El paisaje, como también el paisanaje, se abre ante nosotros y nos descubre bajo su apariencia en paralelo a la antigua lírica de los juglares o los trovadores, su exquisita levedad, el misterio de una tierra bajo su aparente sencillez clara y profunda. A Guadalupe a cazar pero Zurbarán. A Guadalupe a sanar pero Zurbarán. A Guadalupe a rezar pero Zurbarán. A Guadalupe a soñar pero Zurbarán. Frente a la luminosidad de un paisaje que pese a lo abierto y ancho de sus múltiples perspectivas, jamás es apresado, el estilete reivindicativo que el cazador de Goytisolo dirige a las conciencias subyace con una esencial fuerza. Poco nos importa el gongorismo de determinados versos; Gil Vicente pasado a su vez por Alberti, Lorca al fondo, etc. Todo arranca desde la tradición hacia la evolución y la renovación hasta la innovación y pónganse los “iones” que se quieran, si se aplica el oído se escucharán corrientes de frescura remontadas por siglos... Forastera en Trujillo entró la dama como alocada. Y al pasar por el Arco de San Andrés un traspiés. En la iglesia que llaman Santa María una torcida. Y en la Plaza Mayor bajo los soportales el sofocón. En este juego de analogías o correspondencias, un poema levanta el vuelo como una hermosa alegoría cuyo simbolismo nos introduce en una visión totalizadora y unitaria de determinada época de nuestra historia. Se trata del poema “Los momentos de la perdiz”, que transcribo: En lo blanco blanco de la flor de jara sobre los jarales la perdiz escapa. Cantó al alba la perdiz más le valiera dormir. En lo verde verde de la verde encina por los encinares la perdiz herida. Cantó al alba la perdiz más le valiera dormir. En lo negro negro de la negra estepa hallarán los perros a la perdiz muerta. Cantó al alba la perdiz más le valiera dormir. Goytisolo en este poema subraya en tres tiempos tres conceptos: libertad, herida, muerte. Divididos a su vez en tres colores que para los extremeños son especialmente cercanos: verde, blanco, negro. Justamente los colores de la bandera de Extremadura, aunque resulte casual este significado. Al leer el poema, con el vuelo de la perdiz identificamos una tierra desangrada en años especialmente duros y difíciles. Son nuestros colores, sí, sólo que en el poema el blanco del alba es el primero y el que señala el inicio del vuelo de la perdiz confiada, sigue después el verde de los encinares y olivos, ya la perdiz tocada sobre la esperanza de ese verde; y finalmente, sobre el negro telón de la negra estepa del luto del olvido yace la libertad. El vuelo claro ha sido cercenado por el disparo del cazador de turno... El poema enlaza justo con este otro que alude a la emigración. Todo señala ya el cierre y no sólo las torcaces que van del Sur al Noreste. Mira el color de la jara mira el cerezo vistiéndose el matorral y el sembrado: todo señalando el cierre. El tiempo nuevo que viene sube como las torcaces desde el Sur hacia el Noreste. Nada es casual en unos versos que saben decir o sugerir con una voz cambiante y selectiva de múltiples ritmos marcados por la sobriedad y la esencialidad en el tono flexible de las escogidas imágenes. La penetrante mirada del poeta sintetiza en unos versos —estamos en los cincuenta— toda la corriente migratoria que desangraría cauces de difícil retorno. Las torcaces del poema anuncian un tiempo nuevo y avanzan desde el Sur hasta el Noreste donde casualmente se halla la Cataluña de Goytisolo. —¿Y qué es para ti la caza, José Agustín? —le dije—. ¿Deporte o evasión? —La caza no es deporte ni evasión. Es una pasión. Una pasión que devuelve al hombre a los orígenes. A lo que fue. Cuando el hombre era cazador y la mujer recolectora de frutos; y desde entonces, el machismo se reservó la caza como una actividad de reyes. Pero después pasó al pueblo y el pueblo ha hecho de la caza una actividad seria. Porque no sólo quita el hambre, sino que quita la angustia. El odio de Caín y Abel es porque uno era el agricultor y el otro era el cazador. Libre; siempre al aire de su voluntad. Y siempre la gente sedentaria ha odiado la libertad del nómada. —Puesto que hablas de ese concepto, tú has afirmado que “cuando se percibe de pronto un viento de libertad, es porque esa libertad no se tiene...”. José Agustín Goytisolo, tan libre, no tiene esa libertad? —La he tenido. Me ha costado muchísimo pero la he encontrado. Incluso en un calabozo. He sido libre siempre. (Rotundo) Siempre he sido libre. Nunca he seguido los dictados de ningún partido, ni comunista, ni socialista ni nada de nada. Libre. Como un pájaro cantando. —Hablas también de que siempre existirán en la tierra seres angustiados que, en lo más hondo del intricado bosque de su memoria, seguirán escuchando Los pasos del cazador. ¿Qué simbolismo tienen esos pasos..? —Los pasos del cazador son como los pasos de una Pasión. Tienen una simbología casi, casi religiosa. Son los pasos del ser libre, del que va hacia la libertad... Como Primera Estación, Segunda Estación, Tercera Estación... En Los pasos del cazador, José Agustín es a la vez el acosador y el acosado, representa el cazador pero también la presa frente a ese desdoblamiento de espejos desde donde percibe la realidad como la flecha y el arquero de los griegos marca así, ya sea en la naturaleza (de la que era un defensor acérrimo, un ecologista convencido), en la propia ciudad o en la poesía, la particular defensa de un territorio que es suyo y es de todos. Subrayando su impronta libertaria, nada a contracorriente, sigue todos los vientos, y al mismo tiempo ahonda en la sabiduría de quienes lo preceden. Y puede ser muy cáustico cuando esgrime su voz contra las injusticias, y muy tierno también. Tan de cristal, que mantiene encendida su personal linterna para que alumbre a otros. —¿Cuánto de fantasía y realidad cabe en un poema, José Agustín? —Pues mira, Efi, casi todo es realidad modificado por la fantasía. —¿Y, cuándo deja un poema de ser creación para convertirse en dogma..? —Cuidado... La mayor ambición, según Antonio Machado, es ser un poeta anónimo, pero en vida. Yo a veces lo he conseguido. Por Centro y Suramérica están cantando “Palabras para Julia” o “El lobito bueno” y no saben que las escribí yo. Y no hay nada que me produzca más orgullo que eso. Si fuera al revés sería vanidad. Mira, Efi, entre el poema y el autor, la primacía es siempre del poema. Aparte de ser autor de un buen número de libros, Goytisolo tradujo a poetas italianos como Montale, Ungaretti, Pavese, Quasimodo o Pasolini. —José Agustín —le dije—, ¿te interesas por i Ermétici en poesía u opinas igual que yo, que todo etiquetaje poético, llámese como se llame, es algo absurdo..? —A mí me interesaban los mejores poetas que había en Italia y eran ellos: para mí, por orden, el mejor de todos es Eugenio Montale. El segundo, Salvatore Cuasimodo, y el tercero Ungaretti. —“M’ilumino d’inmenso”. ¡Qué lacónico aquí, Ungaretti! ¡Qué parquedad! —le digo. —A mí este verso no me va. Yo no me ilumino de inmenso. Yo me ilumino de luz. De la vida. Conocí a Passolini y traduje tres guiones de sus películas: Accatone, Mamma Roma y Edipo Rey. Los dos primeros están escritos en romanesco, un dialecto italiano. No tuve más remedio que ir a Roma y la Campania para aprenderlo. Los tres guiones están producidos para Carlos Barral, a quien yo quería muchísimo, como a Jaime Gil de Biedma. Ellos fueron dos de mis mejores amigos. —Casi todos los componentes de esa ya mítica “Generación del 50” de la que tú formas parte esencial, erais amigos. Fuisteis los primeros también de aquel importante homenaje a Antonio Machado en Colliure al cumplirse el vigésimo aniversario de su muerte. —Sí, fue un acto político además de poético. Una reivindicación nuestra. De ahí surgió mi libro Claridad, que es un homenaje, no todo a Machado, como a veces se ha dicho, sino a todo mi grupo de excelentes poetas y amigos. A veces miro las fotografías que realizó Asunción Carandell a los miembros de su generación. En Colliure, en Formentor, en tantos sitios, allí están tantos poetas desaparecidos, Ángel González, Gil de Biedma, Blas de Otero, Carlos Rodríguez, Costafreda, Carlos Barral, Valente, Ferrater... Y también, el felizmente entre nosotros, José Manuel Caballero Bonald. Las sonrisas de los personajes captados por la cámara se impregnan de una luz mediterránea que fija tantos sueños. Tienen la alegría del sol y una esperanza de futuro que parece iluminarlos por dentro... El tiempo, como las olas, se lleva muchas cosas pero no estas miradas transparentes y cercanas que parecen eternizarse como sus versos. Actitudes y gestos, reservas y aperturas, deseos, dolor, reivindicaciones, sonrisas y miradas; cómplices, vivas, francas, abiertas, fugitivas, huidizas, inconformistas, “condenadas a ser libres o extranjeras en un mundo sin sentido” —como Sartre diría—, que aún nos contagian su deseo de luchar por un mundo más humano y habitable y seguir batallando con las armas incruentas para que todo cambie, agrupadas bajo un mismo objetivo, bajo idénticos conceptos de paz y tolerancia, de solidaridad frente al dolor ajeno, que también es el propio. Focalizadas bajo su combativa indefensión; reveladas en su creador inconformismo; reflejadas en su acompañada soledad, su alegría, su angustia, su pasión de vivir y de ayudar creando. Detenidas un instante bajo el flash que no asfixia ninguna perspectiva, en las hojas del álbum del corazón quedan como un latido, como una bocanada fresca de sal y libertad. Como una manera de eternizar lo eterno que, como él nos dijo, no es más, pero tampoco menos, que lo efímero continuado. —Anterior a Claridad —le digo— saldría a la luz Salmos al viento. Siempre me ha llamado la atención que ese libro, de solemnidad sálmica para la sátira más corrosiva, pudo estar en las librerías sin que los censores de aquel tiempo difícil se percataran... ¿No te leían? —No. Ellos veían una cita de la Biblia y lo dejaban pasar. ¡Y mira que el “Tríptico del soldadito” era una llamada a la deserción! Los censores leían Salmos y pensaban que eran cosas algo religiosas. Ni se molestaron en leerlo. —Aunque te licenciaste en derecho, tienes una especial relación con la arquitectura. Colaboraste en el Taller de Arquitectura de Barcelona, ¿no? —Sí. En esa época estuve como cooperante varios meses en Argelia para hacer unos anteproyectos de arquitectura y urbanismo. En el Gran Sur, en Tamanraset, a unos tres mil kilómetros de la costa, surgió la idea de El rey mendigo. Me la dio un jefe de los tuaregs. Se llamaba Lajine. Un día le dije: tú lo tienes todo, dinero, mujeres, todo. Y él me respondió: “Sí, pero me he convertido en un rey mendigo...”. Él era descendiente de los Siete Reyes del Imperio Tuareg, de ahí salió el libro. Yo también, Efi, me he convertido en un rey mendigo... A ojos cerrados el verde oscuro y terso de las hojas sigue brillando sobre el tiempo ido. —Has viajado por casi todo el mundo y algunos de esos viajes han influido poderosamente en tu obra... ¿Y en tu vida? —Sí, en América Latina he estado doce veces. Estuve en Argentina antes de Videla y después de Videla, allí asesinaron a amigos míos como Francisco Urondo, publicado en Ocnos, y Enrique Wolf, y al hijo de Juan Gelman... —Y allí conociste a Alejandra Pizarnik... —¡Ay, pobrecita, era un amor..! Se suicidó. Nadie sabe por qué lo hizo. A ella no la perseguía nadie políticamente... Tenía algo que me recordaba a Ana María Moix, pero con problemas que Ana María no tiene... Otro amor. —Y a Borges. También conociste a Borges. —¡El gran Borges! Yo siempre dije que de Borges lo más importante es su poesía. En poesía es donde Borges es realmente sincero. Donde más se desnuda. La primera antología de la poesía de Borges la preparé yo. Estuvimos tres días en su casa de Buenos Aires, leyendo y grabando. Vivía entonces en la calle Alvear, con su madre, y su casa estaba siempre en penumbra, al ser él ciego... Caminaba sin tropezar por la casa como si viera en realidad. Mi mujer, Asunción, registró todas las conversaciones. Borges es un apellido catalán, o portugués, pero judío. Él casi siempre habla de la familia inglesa de la madre... Era de ascendencia sefardí. Los dos poemas judíos, uno que se llama “Israel” y otro, “El león al mediodía”, se los hice poner en la antología que preparamos. El Sur, para él —me dice— terminaba en la esquina de su casa. Toda Buenos Aires para abajo, hasta la Patagonia y Tierra del Fuego, era el Sur para él. Quedó muy contento de aquella antología... —Tú llevas sangre cubana, José Agustín, ¿no? —Hombre, ¡por Dios! Algunos cubanos son los que llevan sangre de mi gente. —¿Y Lezama, José Agustín..? Háblame de Lezama. —¡Ah!, Lezama. Tan fuerte, un ballenato como él decía. Amigo mío muy querido. He publicado tres escritos sobre Lezama: Posible imagen de José Lezama Lima, el prólogo de la edición castellana en España de Fragmentos a su imán y Vida de Lezama, que es un poema larguísimo. Lo conocí en el 66. Sin moverse de Cuba, de La Habana Vieja, en Trocadero, 152, sabía perfectamente cómo estaba organizado, por ejemplo, el Museo del Prado, o el del Louvre; todo, por salas. Era un caso increíble. Sabía todo. Todo lo sabía... (Cuando murió Lezama, José Agustín Goytisolo le dedicó las palabras más hondas y generosas que un gran poeta puede escribir sobre otro poeta grande). —Tengo entendido que en Cuba conociste a Salvador Allende... ¡Y en calzoncillos largos! —Sí (divertido), se había estropeado el aire acondicionado del Hotel Habana Riviera, hacía un calor tremendo y Salvador Allende estaba en calzoncillos que le llegaban a las rodillas, leyendo el periódico tranquilamente en la puerta de su habitación. A mí me recordaba a mi tío Leopoldo, se parecían muchísimo físicamente. Yo le mandé un telegrama cuando ganó las elecciones y él me envió un billete para ir a Chile, luego volví con mi mujer en el 72, poco antes de lo de Pinochet... (Poco después de la muerte de José Agustín, en una de las conversaciones que mantuve con su viuda, Asunción Carandell, amiga mía muy querida, me relató una anécdota divertida y simpática que yo desconocía y que no me resisto a compartir). Asunción me contaba que poco antes de ir a Chile, José Agustín fue a París a visitar a Pablo Neruda que, como es sabido, era allí embajador. Fue a verle para pedirle una carta de recomendación para Salvador Allende porque se iba a realizar un proyecto social en Chile, de casas, digamos que económicas. José Agustín, aunque conoció a Allende en Cuba, necesitaba esa carta de Neruda como apoyo para presentar todo el proyecto. Pablo Neruda lo recibió y acogió muy bien la propuesta y escribió enseguida la carta que Goytisolo le pedía. Antes de despedirse él preguntó a Pablo Neruda que cómo le gustaría que se llamase el barrio. Neruda le respondió: “Villa Lunaria. Ha de llamarse Villa Lunaria”. Y así lo escribió en la carta. José Agustín había quedado esa noche para cenar con su amigo Paco Ibáñez, y con el hermano de Paco, Rogelio, en una tasca cercana al hotel Namur donde se alojaba. Al parecer, en el transcurso de la cena se habló del proyecto y él les enseñó la carta que le acababa de dar Neruda. Conversaron, cenaron tranquilamente y al regresar al hotel José Agustín busca la carta y no la encuentra. Ni él la tenía y sus amigos tampoco, entonces, descalzo como estaba, volvió corriendo a donde habían cenado poco antes. Podemos imaginarnos su angustia cuando comprobó que, al ser de papel los manteles, una vez utilizados los habían arrojado a la basura y nadie sabía nada de otro papel que no fuera el desechable. Con la lógica desesperación los tres amigos se pusieron a buscar por los contenedores y por suerte, arrugada y maltrecha, la carta apareció, y así llegó a las manos de Allende, el cual se quedaría muy extrañado de que Pablo Neruda y José Agustín Goytisolo fueran tan poco cuidadosos con los documentos y que los arrugaran de esa manera. —Luego estuvimos un mes en Chile, justo antes de la muerte de Allende. —¿Y el proyecto, cuajó..? —No —dijo Asunción—. Poco tiempo más tarde se desencadenó la tragedia que todos conocemos. (Transcribo uno de los poemas; el dedicado, sin nombrarlo, a Salvador Allende, de su libro El rey mendigo). Se quedó en el palacio ¿Cuál fue su error sino el de imaginaros distintos de como erais? En los días desesperados cuando el país era igual que una cueva de oscuridad y espanto quieto le elegisteis a él para hallar una senda hacia la luz que muchos de vosotros siquiera conocíais. ¿Cuál fue su culpa sino desearos una vida más digna? Cuando nadie podía hacerlo él propuso una meta y diseñó un espacio de concordia y asentimiento al que un día llegar sin que el rencor ni la sangre pudieran entrar y derramarse por la casa de todos. ¿Cuál fue su suerte sino suplantaros a la hora de morir? Frente al terror y a las traiciones cuando muchos huyeron él cumplía un compromiso con vosotros. No le importó su vida sino todas; aunque su muerte no evitaba el rencor y la sangre y el retorno a la cueva. (JAG) —Tu lector ideal, José Agustín. —Una mujer. —¿Por qué? —No lo sé. Pero siempre una mujer entiende mejor mi poesía. —Tus aficiones. —Escribir, cazar, y pasear con mi nieto Víctor para ver “El ángel verde”. —¿Y quién es el ángel verde, José Agustín? (Miró entonces hacia los árboles y su voz pareció confundirse con las hojas, y con los pájaros, y entonces recitó...). El ángel verde El ángel era extraordinario y tenía las plumas verdes. Se sentó junto a mí en un banco del Turó Park. No dijo nada pero sopló sobre mi frente. Yo creí que era un ser alado que se ocupaba solamente de vigilar el colorido de los olmos y los laureles. ¿Quién eres? dije ¿un ángel puro? ¿Te pintó Rafael Alberti? Una sombra se acercó al punto: Era el guarda. ¿Qué le sucede? A mí nada. ¿Por qué lo dice? Porque habla solo. No señor: Yo preguntaba al ángel éste. Mejor se vuelva usted a la casa La insolación es mala siempre. Me levanté y salí del parque. Conmigo vive el ángel verde. ** Efi Cubero http://www.letralia.com/firmas/cuberoefi.htm Escritora española (Granja de Torrehermosa, Badajoz, 1949). Estudió historia del arte, lengua y literatura en Barcelona, donde reside. Ha publicado los poemarios Fragmentos de exilio (1992), Altano (1995), Borrando márgenes (2004) y La mirada en el limo (2005). Poemas y relatos suyos han formado parte de las antologías Kylix (1992), Estrechando círculos. Antología de escritores extremeños y colombianos (1999), La narración corta en Extremadura. Siglos XIX y XX, T. III (2000), Ficciones ERE (2001), Antología de poetas extremeñas (Mérida, 2002), Compilación de relatos y Cuentos ilustrados (2004), entre otras. Es corresponsal de la revista Frontera en Barcelona y colaboradora habitual de Revistart (Revista de las Artes) y Ventana Abierta, entre otras publicaciones. Ha publicado también numerosos artículos, prólogos y extensas entrevistas (Javier Cercas, J. A. Goytisolo, Joan Brossa, Arnau Puig, José María Valverde, Rafael Moneo, Rufino Mesa y otros). Parte de su obra ha sido traducida al francés —Peut ce vent, por Alain R. Vadillo—, al braille y al inglés —sobre la obra de Doménech, Chiaroscuro y Meditations, editado por Washington Green Fine Art Publishers (Birmingham; http://www.washingtongreen.co.uk). También ha participado en varias exposiciones de arte contemporáneo con la revista objeto Lalata, con poemas visuales: Efigrafías, Strangers in the night, Pinzamientos, Ónfalos, presentes en Estampa, Arco, Euskal Erico Poesía Esperimentalaren i. Jardunaldiak, Sin.Con.Texto (Espacio Contemporáneo Arte Toledo), o ArtistaAlbacete en el Palazzo Magnani (Reggio Emilia, Italia), en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Complutense de Madrid (UCM, http://www.ucm.es), entre otras. ||||||||||||||||||||||||||| SALA DE ENSAYO |||||||||||||||||||||||||| === Faulkner: el sentido de la forma Sergio G. Colautti ============== “Como nuestros ríos, como nuestras tierras: opacas, lentas, violentas, moldean y crean la vida del hombre a su ensimismada e implacable imagen”. I. Sangre, tierra, palabras En el capítulo central de Mientras agonizo (1), Addie Bundren deja escuchar su voz por única vez. La centralidad de su discurso se constituye desde lo que dice, desde el lugar y la circunstancia de su decir y desde la articulación que propone con los cincuenta y ocho capítulos en los que otros textos tejen la pluralidad del sentido global de la novela. Mientras agoniza, la madre de los Bundren, rústicos campesinos del sur norteamericano, de Yoknapatawpha, un condado de invención faulkneriana, asiste a los cruces de relatos de quienes la rodean, entre ellos sus hijos y su esposo Anse. En ese texto central, Addie despliega los sentidos que signan su vida: la sangre, la tierra, las palabras: Recordaba que mi padre solía decir que la razón para vivir era prepararse para estar muerto durante mucho tiempo... mi único modo de prepararme para estar muerta era odiar a mi padre por haberme engendrado (pág. 158). La sangre aparece aquí asociada a la tierra como destino cruel e implacable, como sitio fatal e inexorable. Encuentra en las palabras el modo de ser y transmitir el ser moldeado en la experiencia ruda de la pobreza campesina, la lucha con la naturaleza y la tensión de la relación humana, expuesta de un modo visceral en el conflicto familiar a veces evidente y otras veces sórdido y opaco. La sangre, entonces, como problematización de la naturaleza humana; la tierra, terco obstáculo en el combate para sobrevivir y la palabra para poner en signos cotidianos y metafísicos esas tensiones primarias. El segundo acto constitutivo del discurso de Addie Bundren es el sitio de la enunciación: habla desde su ataúd, laboriosamente construido por su primer hijo, Cash, mientras agonizaba. Desde esa caja que lleva sus restos hacia Jefferson para cumplir la promesa de enterrarla allí, la mujer dice sobre la palabra de la sangre en la tierra y el encuentro sexual, el “pecado”, que aparece como instancia original del deber de la procreación —mandato primario de la tierra y la sangre— y el designio sagrado que establece un destino: prepararse para estar muerto. Así, tierra y sangre (como una misma sustancia: naturaleza y humanidad: “la terrible sangre, la roja y amarga riada que fluye hirviente por la tierra”) son la fuerza verdadera del existir, para Addie, y reemplazan a las palabras, que inventa el hombre para cubrir la ausencia de la experiencia directa: Yo yacía junto a él en la oscuridad, oyendo cómo la tierra oscura hablaba del amor de Dios y de Su belleza y de Su pecado; oyendo esa oscura ausencia de la voz en la que las palabras son los actos... (pág. 162). El vitalismo de Addie conmueve aun más cuando se entiende que habla desde su ataúd, construido por Cash pieza por pieza, clavo por clavo, desde el cuarto contiguo a su dormitorio de moribunda. Los días de espera, el sonido del martillo y el ronquido del serrucho acompañando la agonía de la madre componen un ideologema, una figura envolvente y definitiva que profundiza la indagación sobre la condición humana, hace coherente la oscura mirada de Addie sobre su destino y se vincula, invisible, con la perspectiva heideggeriana del ser para muerte y la convicción de la tierra como pasado que se presentiza (el pasado es aún, decía el filósofo alemán) que influirá en todo el pensamiento existencialista del siglo XX. Los otros textos que completan la novela (58) despliegan, de modo directo, las palabras de sus hijos Darl (19 veces), Vardaman (10), Cash (5), Dewey Dell (4), Jewel (1) y su esposo Anse (3), entre otros discursos. Con esas voces, diversas y contrastantes, se articula el monólogo de Addie, dejando ver y entender recovecos, opacidades y matices que su desgarrado sentir no formula, como la paternidad de Jewel, el embarazo de Dewey Dell, la relación entre Darl y Dewey Dell o los celos entre Jewel y Darl. La postulación caleidoscópica del relato es la que posibilita y expande los temas familiares, la relación entre los personajes y el paisaje casi siempre desafiante y salvaje, los hombres rudos del sur, y también las referencias simbólicas que laten en cada una de las vicisitudes por las que atraviesan los Bundren, reiteradamente referidas al destino, a la muerte y sus sentidos, al deber moral, a la lucha contra la adversidad cotidiana e infinita. Ese universo simbólico se construye transversalmente en el relato desde las múltiples voces: las referencias religiosas en la palabra de Cora, Tull o los mismos Addie o Anse, van entretejiendo esa especie de relato bíblico. A su vez, la tragedia como género, que domina la primera parte (la figura de Addie muriendo mientras Cash termina su ataúd) se entremezcla con esas referencias para otorgar una dimensión metafísica al texto general. La estructura del relato, dividida en esos 59 textos que se entrelazan alrededor de la palabra seca y desesperanzada de Addie, es la que en verdad habla, es la forma del relato la que dice, en el contraste de los discursos, la pluralidad del sentido narrativo. En esa formulación polifacética del lenguaje está la luminosa lección de Faulkner: el modo de contar también dice, la forma del relato también se hace cargo de la significación de la novela. Pero también está allí, en esa concepción del lenguaje narrativo como flujo interminable de la conciencia, leído seguramente por Faulkner en el Ulises de Joyce y en los trabajos de William James, aquello que Javier Marías describió como “los textos tensos y de largo aliento, las frases como torrentes llenas de misterio y de ambigüedad y mezcla, los inacabables párrafos o borbotones” (2) que son la esencia de El sonido y la furia (1929), publicada un año antes de la aparición de Mientras yo agonizo. El juego y la vacilación entre algunos monólogos en aquella novela se expandirán en una veintena de voces que componen la formidable plurinarración. II. El desgajamiento La primera parte de la novela expone los perfiles de la tragedia familiar de los Bundren alrededor de la agonía de Addie y las formas genéricas en las que Faulkner instala ese hecho altamente simbólico reposan, como está dicho, en el relato bíblico y la concepción de la tragedia clásica. La segunda parte parece aflorar cuando Darl intuye que su madre ha muerto, Vardaman cuenta que la caja de Cash está lista para ella y especialmente cuando Anse habla —por primera vez— del “Maldito camino. Y encima va a llover” (pág. 40). Es entonces cuando el relato transforma la espera en partida. Ahora deben llevar el cadáver a Jefferson y los Bundren inician una marcha que los enfrentará a una enorme crecida del río que destruyó un puente, un incendio provocado por Darl y el accidente de Cash con su pierna rota, es decir, una denodada pugna contra la fatalidad. Los Bundren, aun sorteando esas porfiadas adversidades, llegan y entierran a su madre, pero desgajados: Cash sin su pierna, Darl detenido por la acción del incendio, Jewel con sus odios desnudos, Vardaman destruido en su pesar, Dewey Dell sin Darl y Anse en la extenuación de sus viejas fuerzas. Como Addie, perseguida desde hace días por círculos de buitres, los Bundren se pudren y resisten como pueden, sabiendo que el sentido oscuro es siempre el mismo: la lenta y porfiada piedra de Sísifo debe ser arrastrada otra vez; el viaje de Ulises, su odisea colosal, tendrá esta vez un final tan previsible como inevitable, como el final de Addie, preparándose para morir y odiando a quienes la engendraron para cumplir ese destino. Los Bundren se desgajan para decir la fatalidad de esa odisea familiar. En ella se lee el fracaso como supremo fin (3) pero también se vislumbra una poética de la lucha humana contra ese supremo fin, una pugna heroica y poética, quizás inextricable, a sabiendas del resultado final. Otros síntomas de ese desgajamiento individual, familiar y metafísico (son hombres finalmente solos subordinados al infinito universo de la adversidad) se ponen en circulación desde la locura inocente de Vardaman y el delirio esquizofrénico de Darl. En el primer caso, el pez que muestra el pobre Vardaman adquiere ribetes simbólicos: Mi madre es un pez (pág. 82). Cuando acuchilla al pez para prepararlo como almuerzo, salpica con sangre casi todo su cuerpo y el símbolo adquiere otras connotaciones: la sangre de la “madre” en el cuerpo del más inocente de los Bundren, la incomprensión de la muerte y su sentido. Con Darl la locura propone otros recorridos. Desde los 19 capítulos en los que habla domina por acumulación la construcción del relato, que tiene —como señalamos— un centro gravitacional en el único discurso de Addie. Con el discurrir de la palabra de Darl la novela despliega sus mejores momentos poéticos: Está mirando aquella cara rígida, en paz, que se va desdibujando en el crepúsculo, como si la oscuridad fuera precursora de la tierra última, y que al final parece flotar, ya despegada de la cama, ligera como el reflejo de una hoja muerta (pág. 54). También el registro filosófico atraviesa las intervenciones de Darl, siempre focalizando el pensar en las cuestiones del destino, la fatalidad, las marcas del espacio vital en las maneras de vivir y también las disquisiciones sobre el tiempo: Esa uniforme monotonía de desolación que se inclina ligera y aterradoramente de derecha a izquierda, como si hubiéramos alcanzado el lugar donde el movimiento del mundo devastado acelerase justo antes del precipicio final. Y sin embargo se los ve empequeñecidos. Es como si el espacio entre ellos y nosotros fuera tiempo (pág. 136). Sobre la locura como destino inexorable, Harold Bloom dice: Poeta y metafísico intuitivo, Darl se encuentra peligrosamente cerca de un precipicio al cual debe caer. Las heridas psíquicas que lleva son el legado de la frialdad de Addie y el egoísmo de Anse; está destinado a la demencia. Para él no hay salida, sólo siente deseo sexual por su hermana y la familia es su condena (4). Darl, finalmente, es también quien desnuda las intrigas familiares, los oscuros secretos que laten en el interior de la relación, aquello que difícilmente se conocería desde un discurso unidireccional: Y a veces, cuando entraba en el cuarto para meterme en la cama, la encontraba allí sentada en la oscuridad, junto a Jewel dormido. Y yo sabía que ella se odiaba a sí misma por tener que engañarnos, y que odiaba a Jewel por quererle tanto como para llegar al engaño (pág. 119). Esos tres registros, oscilantes y entretejidos en los discursos de Darl, componen progresivamente una argamasa, un compacto, una mixtura que dice todas esas perspectivas a la vez. Y las dice desde la locura en avance de Darl, no desde el prolijo sitial de la cordura, que ya no le pertenece. Por eso su esquizofrenia, además, se expresa magistralmente en uno de los capítulos finales, cuando Darl habla de sí en tercera persona, escindiendo narrador y personaje narrado. Otra vez, la lección de Faulkner: la novela habla también desde su estructura, el texto es también desde el sentido de su forma... DARL: Darl se ha ido a Jackson. Lo metieron en el tren riéndose a carcajadas; recorrió todo el largo del vagón sin parar de reírse... (pág. 231). El discurso disociado y el lenguaje como representación del deslizamiento de su equilibrio inicial hacia este desgajamiento psicológico que culmina en el episodio del incendio y del distanciamiento de sí (en el capítulo citado) complementan la noción faulkneriana de la mirada plural, resbaladiza e incompleta sobre los hechos que se narran, es decir, sobre el objeto narrativo y también sobre los hombres y mujeres que multiplican el punto de vista, es decir, sobre los sujetos narrativos. Gisele Amaya Dal Bó analiza esta tensión entre identidad y locura en los episodios que involucran a Darl y Vardaman entendiendo que A lo largo del libro, tanto Darl como Vardaman son considerados “locos” por estos cuestionamientos del “yo” y el “ser”, pero acaban de manera distinta. Vardaman, que queda traumado luego de la muerte de la madre y despliega a causa de esto, a lo largo del relato, una lógica que es considerada por todos absurda pero mayormente inofensiva, permanece con la familia porque, podría conjeturarse, en su supuesta “locura” afirma constantemente su ser y posicionamiento en el mundo y con respecto a los que lo rodean, como en un intento de alcanzar seguridad. Darl, en cambio, se inclina a pensarse a sí mismo como múltiple, y a pensar en la familia como algo desgarrado y absurdo (de allí, sus cuestionamientos sobre sus hermanos, especialmente Jewel y Dewey Dell, o su intento de dar fin al viaje a través de un incendio), y esto determina el que sea declarado mentalmente “insano” y enviado a la reclusión en un manicomio de Jackson. El capítulo cincuenta y siete, el último relatado por él, en el que habla con hipérbaton de su travesía hacia Jackson refiriéndose a su ser en tercera persona, representa la enajenación completa que este veterano de la Primera Guerra Mundial ha alcanzado, y la destrucción del “yo”: “Darl es nuestro hermano, nuestro hermano Darl. Nuestro hermano Darl en una jaula en Jackson donde, sus manos sucias yaciendo ligeras en los intersticios tranquilos de los barrotes, mirando hacia fuera él echa espuma por la boca” (5). Un concepto de Darl sobre esta vacilación entre cordura/locura se resuelve en la figura de un “otro” (la escritura misma) que las comprende y cobija, para formular el texto que, corriéndose de la razón conclusa, se proponga como escritura de la incompletud, allí, en el resbaladizo territorio entre cordura y locura: Pero no estoy muy seguro de que alguien pueda decir lo que es locura y lo que no lo es. Es como si en cada hombre hubiera otro que estuviera más allá de la cordura y la locura, y que mirara los actos cuerdos y locos de ese hombre con el mismo horror y el mismo asombro (pág. 220). La novela, finalmente, se construye a partir de ese fragmentarismo que convierte a la obra conclusa en texto produciéndose, en espacio donde la verdad no se alcanza sino que apenas sucede, inasible; quizás el modo más moderno de entender los sentidos de la existencia en el siglo que le tocó escribir al granjero William Faulkner. El antecedente más lejano y más significativo de esta concepción narrativa puede rastrearse en el Quijote de Cervantes, reconocida lectura sistemática de Faulkner (“leo el Quijote como quien lee la Biblia”). En la formulación estructural de la novela cervantina hay anclajes visibles, pero también en el manejo de la multiplicación de narradores, espacios y modos genéricos. Hacia adelante, la influencia de Faulkner es decisiva no solamente en la articulación de la nueva novela del siglo XX (Joyce, Woolf, Proust, Kafka, Musil) sino también en escritores claves de la literatura latinoamericana: García Márquez, Rulfo, Roa Bastos, Juan C. Onetti, Julio Cortázar, Juan José Saer, entre muchos más. De este último escritor recogemos un concepto que nos permite poner en evidencia esa significativa admiración: Cuando leí por primera vez a Faulkner descubrí cosas de mí mismo. Uno, en la obra de un gran escritor, se descubre a sí mismo. Lo que una obra aporta de extraño, de extranjero, de exótico, es secundario. Es importante lo que despierta como evocación de la propia experiencia. Tras leer Mientras agonizo, el mundo, y mi manera de entender el mundo, se habían transformado (6). En las novelas de Faulkner sigue latiendo, como en las obras esenciales de la literatura universal, esa capacidad de transformar el mundo desde el texto y sus signos porque el mismo texto se construye en dinámica transformación. Multiplicación de voces, fragmentarismo, deslizamiento de los personajes, corrimiento de la noción de linealidad o continuidad narrativa son, entre otras cuestiones, concepciones a las que se integra la idea de estructura narrativa y formulación genérica para que la forma despliegue los sentidos definitivos del texto. Notas 1. FAULKNER, William: Mientras agonizo, Anagrama, Barcelona, 2000. 2. MARÍAS, Javier: “El influjo de W. Faulkner”. En: El jinete insomne, agosto de 2012. 3. GILLIO, M. E., y C. M. DOMÍNGUEZ: Construcción de la noche. La vida de Juan Carlos Onetti. Planeta, Buenos Aires, 1993. Onetti es uno de los escritores latinoamericanos con más nítida influencia de Faulkner, y esa concepción del “fracaso como supremo fin”, tan faulkneriana, es centro de su brillante narrativa. 4. BLOOM, Harold: William Faulkner, Mientras agonizo. Biblioteca Ignoria. Trad. de Marcelo Cohen. 5. AMAYA DAL BÓ, Gisele: “La fragmentación en Mientras agonizo, de W. Faulkner”. Revista Gato Blanco, Buenos Aires, octubre de 2011. 6. SAER, Juan José: Diálogo con Ricardo Piglia. Centro de Publicaciones de la Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe, 1990. ** Sergio G. Colautti http://www.letralia.com/firmas/colauttisergiog.htm Docente y escritor argentino (Río Tercero, Córdoba, 1960). Autor de Apuntes sobre la narrativa argentina (1992), El revés del crimen (cuento, 1995) y La mirada insomne (ensayos, 2006), entre otros. === Alberto Masferrer ===================================================== === Una voz que clama en el desierto Jorge Castellón ================= Lo esencial es creer. Alberto Masferrer Sólo una cosa no hay, es el olvido. Jorge Luis Borges El olvido que se hace de un hombre o de una mujer que dedica años de su vida a pensar y escribir sobre los problemas humanos, es decir, de una persona que dedica su existencia a la constante observación y reflexión sobre las principales preocupaciones del mundo que le rodea, y sobre el futuro hacia donde ese mundo debiera tender en su devenir; el olvido que sobre él o ella priva en su propio pueblo, sólo puede significar dos cosas: la injusticia de una frágil memoria y el olvido que viene de la incomprensión e infravaloración de su obra. Se ha repetido hasta el exceso que un pueblo sin memoria repite contumazmente sus errores. Pero es que tampoco la memoria por sí sola es garantía de la corrección de los propios desaciertos, ya que la memoria puede sólo registrar las mismas incomprensiones y confusiones del pasado. Sólo una clara apreciación, sólo una justa valoración de los hechos del pasado, sobre un criterio ético relativo, dinámicamente enmarcado en nuestro propio devenir histórico, nos puede tal vez permitir la capacidad de una menos errónea —porque decir correcta es imposible— valoración del presente, y nos puede conducir a una menos riesgosa imaginación del futuro. Y esto las más de las veces requiere ser al mismo tiempo capaces de —dicho con las palabras de Carlos Fuentes—, “imaginar el pasado y recordar el futuro”. Precisamente por eso, imaginar y recordar son los preciosos instrumentos que, al encuentro con un propósito, un lenguaje y una dedicación, han creado la mejor escritura. La obra de Alberto Masferrer sigue siendo una obra esencialmente desconocida en El Salvador, particularmente en aquellos círculos intelectuales y culturales más llamados a su estudio y divulgación, a su valoración y a su profundización. Las inquietudes marcadas en su trabajo son las mismas inquietudes y preocupaciones que hoy por hoy debieran ocupar la reflexión y la discusión de diferentes sectores sociales, intelectuales y artísticos salvadoreños. A casi 80 años de la publicación de sus principales obras, el pensamiento masferreriano pudiera tal vez aportarnos elementos valiosos no sólo para conocer nuestra historia, sino que, en un primer momento, sus más importantes ideas nos pudiesen ayudar a mejorar nuestro atormentado presente y a dar luz a ese sombrío horizonte del futuro que vemos adelante. I He ahí a ese hombre, he ahí al pensador —que ha alcanzado ya la edad de 57 años—, en un día de 1925 (a siete años de su muerte), sentado en la banca de un céntrico parque de San Salvador. Precisamente aquel lugar que una vez fuera arbolado y vistoso: el hoy llamado parque Barrios. He ahí a ese hombre en medio de la primera tarde de un fresco diciembre. Imaginémosle vistiendo un traje gris y una sobria corbata, haciendo descansar sobre su pierna derecha un cuadernillo en el que escribe. De repente se le ve observar al cielo, las ramas cercanas de los árboles, ese lugar desde donde pequeñas aves, bulliciosas e inquietas, han formado ya un nervioso ir y venir de sus faenas. El hombre de cabellos grises se inclina y vuelve a escribir algo sobre aquel papel amarillento: Aquí vine con ansia de encontrar mi palabra. Ha de haber para cada hombre una palabra que sea la llave de su destino; la que —haciendo girar de cierta manera la cerradura de la vida— le abra las puertas a la paz... (i). Al oír los cantos de las aves animarse cuando el anaranjado aviso del crepúsculo se asomaba en el poniente, el hombre vuelve a anotar: (...) son un remedo de alborozo de la mañana; pero, en verdad, lo que traducen es la tristeza del que dice adiós... (...). ¿No es hora de que yo cante así también? ¿Por ventura habré encontrado mi palabra en ese canto del pájaro, que se cree solitario y abandonado para siempre? ¿Entonces mi palabra será Soledad, Silencio, Obscuridad? (ii). Fija de nuevo su mirada en el ramaje, se incorpora, se recompone su chaqueta gris sobre sus hombros, y con su carpeta bajo el brazo se pierde entre la gente y entre aquellas primeras sombras que anteceden a la noche... Pese a este tono fatal de su escritura, en los cinco años que han de seguir ha de publicar sus más importantes libros, que por ese momento aún corrige en su escritorio, y que ha venido escribiendo a lo largo de incontables años. Y pese a aquella fatiga que sus pasos figuran, aún ha de participar con ánimo incansable de uno de las más importantes momentos políticos que la historia de El Salvador recuerda, y que a él le agotará por completo, arrojándolo al final en la profundidad misma de aquellas palabras que una tarde encontrara como suyas... Soledad, silencio, obscuridad. Nace, ya lo sabemos, en 1868; precisamente el mismo año en que nace el escritor ruso Máximo Gorki, y coincidentemente, ambos han de seguir una ruta de vida que en más de un aspecto se asemeja: son hombres con un alto valor por la educación, por la autoformación, y por el conocimiento del mundo, de las personas, de su grandeza y su miseria. Ambos abandonan muy pronto sus familias de origen y comienzan una vida trashumante que les permite, antes de sus 20 años de vida, atesorar una experiencia vital nutrida a través del contacto permanente con los desposeídos, los desesperanzados; con las familias campesinas pobres que laboran en tierras ajenas de prósperos latifundios; con obreros de los nuevos asentamientos urbanos que han de ir surgiendo en el último cuarto de un siglo (siglo XIX) que ha de ver ya el apogeo y el inhumano esplendor del capitalismo adolescente. Son los mismos años en que Vincent van Gogh nos regala Los comedores de patatas, El telar, La noche estrellada y El dormitorio... Son los mismos años en los que Federico Engels publica las últimas partes de El capital, aquellos manuscritos que dejara su fallecido amigo... Carlos Marx. Ambos autores, Gorki y Masferrer, en breve, comparten un rasgo de carácter común: son anárquicos, en el sentido más puro que esta palabra pudiese guardar hasta hoy, no como pedrusco de la riña política, sino como diamante del esfuerzo creativo individual. ¡Y qué poeta, qué escritor, qué artista no es anárquico! Con toda la bondad que ello aporta a la personalidad y a la vida de aquel o aquella que ha de consagrarse, por virtud de ese anarquismo, a dirigir su propia vida, a rechazar toda autoridad opresiva y a orientarse por su amplio deseo de libertad personal... con todo el dolor y la punzante soledad que ello arrastra tras de sí, en contrapeso. Y es que aquel que quiere saberlo todo no quiere ser enseñado: quiere aprender de las fuentes originales, tocadas por vez primera por sus propias manos, vistas originalmente por sus propios ojos. Y ese sentimiento de anarquía, es decir, el rechazo ante todo poder, les lleva a buscar infatigablemente, más allá de los dogmas, de las escuelas, de las ideas ya establecidas, hasta encontrar, ¡no!, hasta formar su propia amalgama de verdades, y en el caso de Masferrer, su profundo eclecticismo de ideas. El aula, para este tipo de persona, es una cárcel; la tradición, una cadena; la localidad, una fatalidad. Por ello el mundo resulta pequeño a sus pasos incansables, a su mirada escrutadora: quieren verlo todo, hablar todas las lenguas y beber de los prístinos manantiales para encontrar el más dulce, el más genuino, el más verdadero de todos, aun a costa de cualquier sacrificio personal. Quizás por ello, anarquismo y eclecticismo son hermanos espirituales. Uno como actitud, como rasgo de carácter, y el otro como forma de esplendor del pensamiento libre, como aceptación de lo diverso, como dinámico formato de una obra única en el plano intelectual y espiritual. ¡Que más ejemplo contemporáneo hemos tenido con Octavio Paz! ¡Cuánta apoteosis poética y filosófica hay en El arco y la lira, en La llama doble, en El laberinto de la soledad! Y es que sólo ese eclecticismo ha de producir en quien escribe la riqueza de pensamientos, de opiniones, de ambigüedades, de perspectivas, de dudas y posturas que el mundo y las personas requieren para ser no interpretadas, sino descritas, siendo tal y como son: aquél, un mundo incognoscible, racional e irracional; y éste un complejo ser que no sólo piensa y trabaja, sino “que pregunta y que sonríe”. Pero a este eclecticismo y a este anarquismo no les son ajenas las virtudes morales universales. No es más moral el dogmático y el sumiso al poder que el anárquico que busca libertad y el ecléctico que ansía verdad. Después de Tolstoi, Gorki es la figura literaria más admirada de la nueva Rusia; y no hubo en la Centroamérica del nuevo siglo XX escritor más cercano al problema moral y a la regeneración social de su tiempo, más firme en su convicción ética, que Alberto Masferrer. Y acá una última coincidencia: Gorki muere aborrecido por los trotskistas y su nombre es convertido en símbolo de la cultura y la educación estalinista. Masferrer muere después de estar autoexiliado; regresa acusado de comunista por la más terrible dictadura de este su pequeño país, y al mismo tiempo acusado de reformista servil por los revolucionarios contemporáneos y posteriores. Y aun más, tras su muerte, su nombre es utilizado para aglutinar a la mejor intelectualidad que le precede y ejecutar con ellos un movimiento cultural y educativo patrocinado por su más acérrimo enemigo político: Maximiliano Hernández Martínez. Este pensador no va a escapar —ni quiere hacerlo— a las contradicciones de su tiempo ni a las suyas propias, y ha de buscar a lo largo de su vida, afuera y dentro de sí mismo, para encontrar las verdades necesarias de la fe, del crecimiento espiritual y del bien social. Parece hacer suyas de forma absoluta las palabras de un contemporáneo al que nunca citó: José Ortega y Gasset, que en junio de 1932 escribe: La vida es quehacer y la verdad de la vida, es decir, la vida auténtica de cada cual consistirá en hacer lo que hay que hacer y evitar el hacer cualquier cosa (...). Se vive siempre en una circunstancia única e ineludible. Ella es quien nos marca con un ideal perfil lo que hay que hacer (iii). Precisamente, el momento en que esas palabras fueron dichas coincide con ese otro momento de la vida de Masferrer en que éste parece haber realizado ya ese quehacer que ha definido la autenticidad de su propia existencia. Para esa fecha ya se halla fuera de su país, ha decidido alejarse de aquella circunstancia donde invirtió toda su energía como humanista e intelectual: ha hecho lo que estaba llamado a hacer. Luego de tres meses, anegado de tristeza, ha de regresar a morir al seno de aquella su ensangrentada tierra. Al observar los retratos que tenemos de él, vemos un rostro ya maduro. Se denota a un hombre esencialmente sereno, probablemente tuvo una voz pausada y breve... que ha elogiado el silencio. El ceño se frunce sobre una frente clara libre de arrugas, es decir, que ahí donde ha habido cavilación constante, no ha abundado la ira. Sus ojos se iluminan con una luz donde se junta una incierta melancolía, una tristeza que no acaba de ser consolada y el empeño de una terca esperanza. Son ojos francos y escrutadores, limpios y tímidos, quizás ya volcados más sobre sí mismo que sobre el mundo. La boca se sugiere sobre un bigote espeso, sin comisuras que delaten sorna o manía de sarcasmo. Ya en el momento finisecular, Masferrer tiene 32 años de edad, y a la mitad de su vida sabe muy bien de los misterios que en el espíritu humano crean la edad, el tiempo mismo y el conocimiento; esas transformaciones interiores que se suscitan a través de los puentes que la persona va construyendo con el mundo: ha observado atentamente, ha leído, ha entablado amistades duraderas, ha conversado y, sobre todo... ha viajado. Para este hombre, viajar ha sido consustancial a su llamado inquieto por conocer el mundo. Aquel horizonte que, desde los cerros cercanos a su casa, el futuro escritor observara impotente limitado allá a lo lejos por el inmenso río Lempa —que una vez marcara una diferencia geográfica entre los de acá y los “del otro lado”—, se ha de convertir a lo largo de su vida en su particular empeño de recorrer distancias, de saltar muros, tapiales, hasta atravesar océanos, cordilleras, y alcanzar a conocer qué hay de ese otro lado de las más remotas fronteras. Es que ese recorrer que aquel delgado joven hace a través del istmo centroamericano, a pie, a caballo o al paso de carreta; ese peregrinar lento de sus mocedades, de Guatemala a Honduras, de Honduras a Nicaragua y de Nicaragua a El Salvador, cruzando las fronteras como quien cruza cercas que dividen solares y jardines; sintiendo con sus pasos las piedras y las inclinaciones del camino; rozando con sus manos las cortezas de las ceibas, de los madrecacaos, de los mangos o los conacastes; refugiándose a la sombra de los cedros blancos; escondiéndose de la fatiga en los crepúsculos quietos de los enormes lagos, le permiten entender que Centroamérica es un solo territorio por el que fluye la misma savia de una común historia. Más aun, la comunidad de rostros bronceados que encuentra a su paso, de siluetas encorvadas a las veras de los mismos caminos, le dan la convicción, siendo testigo de su común pobreza, de que Centroamérica es una, y uno su destino y su futuro. Muchos años más tarde, aquel joven se ha de convertir en un férreo líder, defensor de la unidad regional, y en el entusiasta redactor de las Cuartillas Unionistas (iv), en las que se define la ética del ciudadano centroamericano. No es este un deseo de unidad que nace de un romántico bucolismo, sino una aspiración que surge desde una fina comprensión y una compartida visión política-social, frente a la triste existencia de un conglomerado absurdo de pequeñas naciones. Se sabe que escribía despacio, que dejaba madurar las ideas con el tiempo, con el tiempo de su propia vida, y en esa depuradísima obra suya, Estudios y figuraciones de la vida de Jesús —que ve la luz en 1927, y fuera reseñada al breve tiempo por el prolífero Ramón J. Sender en El Sol de Madrid, diario fundado por José Ortega y Gasset—, encontramos un conjunto de significativas reflexiones que nos dejan entrever, entre otras cosas, una de las principales inquietudes de la vida y el pensamiento masferreriano: la de llegar a ser universal. “Que Jesús viajó largamente”, escribe, “fuera de su país, lo confirma una característica de su doctrina y de sus hechos, y es la ausencia total de localismos, en oposición manifiesta a la característica de su nación”. Y luego anota: Viajando aprendió que en todas partes, ayer como ahora, la vida es dolor, y que son bienaventurados los vientres que no concibieron. Viajando aprendió que la viuda era en todas partes oprimida, y el huérfano despojado; que los pobres se debatían y corrompían en la necesidad, y los ricos en la opulencia; que la justicia tenía una tarifa, y la religión una máscara (v). De ahí se comprende su deseo de peregrinaje, de ir allende de los horizontes posibles, en un proceso de conocimiento y de formación personal, cumpliendo con su vida y su pensamiento ese llamado que en su día lanzara Alfonso Reyes a la generación que crecía con el nuevo siglo: ¡ser localmente universal y universalmente local! Porque el estudio minucioso de la figura de Jesús, Buda y Krishnamurti le ha acompañado desde la adolescencia, así como lo ha hecho una lectura incansable de la mejor literatura universal. Y sobre estas influencias literarias, la gran ensayista y experta en la obra masferreriana Matilde Elena López dijo: Han dejado profunda influencia en su espíritu los libros de Tolstoi, Gorki, Kropolkine, Henry George, la Biblia, Budha, Confucio, Pitágoras, Cristo, Gandhi, Krisnamurti. Estos últimos son sus héroes (vi). El más grande de todos fue para él Pitágoras, porque además era matemático” (vii). Aun más, en su ensayo La cultura por medio del libro, fechado en 1922, el autor sugiere un conjunto de 100 obras básicas que como mínimo las bibliotecas públicas —cuya difusión promueve en ese texto— debieran poseer para la diversión y la cultura de la población salvadoreña. Ahí encontramos obras de Schiller, Cervantes, Shakespeare, Tolstoi, Dumas, Wilde, Wells, Homero, Verne, Quevedo; y por supuesto de aquellos egregios compatriotas del pensador: Francisco Gavidia y Artuto Ambrogi. Por supuesto, el escritor conoce la obra y el trabajo de esos dos extraordinarios contemporáneos suyos, quizás los primeros universales de la literatura salvadoreña, y se deduce a partir de lo que se conoce de la vida del cosmopolita y cronista Arturo Ambrogi, que desde su admiración por Masferrer, aquél le debió colaborar —por medio de sus amplias relaciones y contactos personales— en el decisivo paso de este último por tierras extranjeras. Es precisamente de sus viajes y de aquellas lecturas que se puede deducir que el futuro ensayista salvadoreño hablaba, escribía y leía con fluidez la lengua inglesa y francesa. Pues es a esta segunda lengua a la que ha de ser traducida primero la gran literatura rusa —Gorki, Tolstoi, Dostoievski y Chejov— a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, y es en esa lengua en la que han de ser leídos, probablemente, en ese momento, Víctor Hugo —que muere en 1885— y Alejandro Dumas —quien muere en 1870—, dos de los autores más queridos del joven escritor. El pensamiento de Henry George le es muy afín. Conoce al filósofo neoyorquino personalmente, al parecer le visita en sus viajes a Nueva York, donde George ejerce su carrera política. De igual manera, establece contacto personal con Anatole France, Henry Barbusee y Waldo Frank. También establece amistad con los pensadores —y en su momento ministros de Instrucción Pública de México y Costa Rica— José Vasconcelos y Javier García Monge, respectivamente. Con ellos se crea un diálogo de infinitas ideas e iniciativas para el desarrollo de la educación y la cultura, que se van plasmando sistemáticamente en sus obras. Ya a sus 26 años —como es sabido— viaja a Costa Rica; es el año de 1894, es decir, un año antes de que el primer ferrocarril se inaugurara en El Salvador. Masferrer llega a ese amable país cuando Javier García Monge apenas cuenta con 13 años de edad. Probablemente cruza sus pasos con el precoz adolescente que se ha de convertir en escritor e insigne editor, y con el cual, como ya se ha anotado, ha de establecer una estrecha relación de amistad y colaboración intelectual, hasta la muerte del salvadoreño. Porque es con García Monge con quien ha de coincidir en 1901, cuando a Masferrer lo hemos de hallar radicando en la lejana y extensa tierra chilena. Ambos centroamericanos ingresan entusiastas en las aulas universitarias de aquel país. Les deparan más de 30 años de una amistad de mutuo enriquecimiento en beneficio de la cultura centroamericana. La inmensa obra de Javier García Monge al frente de la revista quincenal Repertorio Americano es un hito en la cultura regional y latinoamericana que este quijote —como le llamara Alfonso Reyes— empuja por cerca de 40 años. A este esfuerzo se suman el salvadoreño y otros intelectuales del continente americano y europeo, con sus aportes literarios, científicos y filosóficos. La revista aparece en 1919 e ininterrumpidamente se publica hasta 1958. De alguna forma la revista es un estandarte e inaugura lo que quien escribe considera como La década de las luces del istmo centroamericano, década que va a permitir, entre otras cosas, que salgan a luz las obras fundamentales del autor que nos ocupa. La más prestigiosa ensayista salvadoreña, en la que ya nos hemos apoyado, Matilde Elena López, en su famoso trabajo sobre el autor, anota a su vez que para Masferrer “Chile determina el rumbo de toda su existencia”. Y es que, en tierra austral, el ensayista se reúne y establece amistad con poetas como Samuel Lillo e Isaías Gamboa, que junto a Pedro Antonio González, Antonio Bohórquez Solar, Manuel Magallanes y Antonio Orrego Barros conforman un círculo literario que ha sido más que importante en la historia cultural chilena. Inclusive, en el libro El rosal deshojado, escrito en su mayor parte en 1925, hay un hermosísimo cuento dedicado a la hija de Samuel Lillo, titulado “A una niña que quiere ser poeta”, que recuerda su estancia en el país de Neruda y Mistral. Durante este tiempo escribe para importantes periódicos —como en el caso de El Mercurio— y es absorbido por esa energía intelectual y literaria que aquella tierra siempre ha emanado, y que ha marcado para siempre la vida de escritores y pensadores latinoamericanos como Carlos Fuentes, Paulo Freire o Roque Dalton, entre otros. Es en Chile donde Masferrer recibe al naciente siglo XX. Ese momento finisecular tan particular e importante para comprender cómo se nutre y se impregna un espíritu tan inquieto a partir de unas circunstancias sociales tan cambiantes y vertiginosas como las de precisamente ese período histórico. Es aquel el momento en que el mundo amanece con el advenimiento del bombillo eléctrico, el vuelo del primer avión, el invento del automóvil, el nacimiento del cine mudo y la radio; pero también con el florecimiento de los nuevos imperios colonialistas y la hegemonía del pensamiento positivista. Es acá, recordemos, en la madrugada que va de un siglo a otro, donde se dan las últimas luchas anticoloniales —Cuba y Puerto Rico— y, con ellas, el brillo del pensamiento independentista de José Martí; es acá donde se produce la separación de Panamá de la original República de Colombia en el marco político de la lucha por la construcción de un canal interoceánico por parte de los Estados Unidos de Norteamérica; y —a nivel global— se consolida este país como potencia económica mundial y como agente de poderosa injerencia política sobre las jóvenes naciones latinoamericanas. Y en breves años será Nicaragua la que ha de sufrir la constante agresión del país norteamericano a través de sucesivas invasiones militares, circunstancia política de la que ha de surgir la figura y el pensamiento de Augusto César Sandino, con el que el pensador salvadoreño ha de compartir los valores de su lucha por la soberanía nacional (viii). Se produce de igual forma, en este momento inigualable, un suceso que ha de repercutir sobre la cultura continental de esta recién nacida centuria: la publicación de Ariel por parte del uruguayo José Enrique Rodó (1901) y, con ello, la divulgación de una revolucionaria perspectiva para el arte y la cultura latinoamericanos. Bajo este contexto son Martí y Rodó los pensadores más importantes en el amanecer de las ideas culturales y políticas del siglo XX latinoamericano. Pero fundamentalmente nos hallamos con el más que importante arribo del Modernismo como corriente estética-intelectual, que de la mano de Rubén Darío abanderan también otros escritores centroamericanos entre los que destaca el prolífero guatemalteco Enrique Gómez Carillo. Es en 1896 cuando se publica la obra quizás más representativa del Modernismo naciente: Prosas profanas, y que va de la mano con el llamamiento que en su momento hará el “Arielismo” de Rodó. Con ello se inaugura no sólo un lenguaje propio de la literatura y la poesía del istmo, sino una visión de renovación y universalismo cultural. Masferrer no es ajeno a estas revoluciones culturales ni a aquellos sucesos político-sociales. La incansable historiadora y estudiosa de las redes intelectuales centroamericanas que se desarrollaron en las primeras décadas del siglo XX, la guatemalteca Marta Casaús Arzú —y quien, junto a sus colaboradores, nos han permitido develar el papel protagónico del pensador salvadoreño en ellas—, ha anotado que si bien la obra de Rodó es clave en esta revolución cultural continental, “no menos importancia tuvo —a nuestro juicio— la influencia intelectual de Nuestra América de José Martí, Las fuerzas morales y El hombre mediocre de José Ingenieros, La raza cósmica de José Vasconcelos, La misión de América y El mínimum vital de Alberto Masferrer”. A su regreso de Chile, y a lo largo de los primeros diez años del siglo XX, es testigo de la violación de las soberanías nacionales, de la fe fanática en la ciencia y la tecnología, es decir, en el abuso del pensamiento positivista sobre la manera de enfocar los problemas de la persona humana. Es testigo de la cada vez más agudizada y acelerada pauperización de la población campesina, y de la floreciente riqueza de los latifundistas nacionales y extranjeros... Una ciudad y un país van prefigurando una desigualdad sin precedentes en la historia salvadoreña, y se termina de configurar esa estructura económica-social que la caracterizará prácticamente a lo largo de todo el siglo XX. En 1911, viaja a Bélgica, específicamente a Amberes. Estudia educación y queda sorprendido del nivel cultural y el desarrollo de los servicios sociales del norte europeo. Sabemos que viaja por los países escandinavos y —¡claro!— visita Roma y Florencia. Es acá donde escribe el ensayo Leer y escribir, fechado entre diciembre de 1913 y enero de 1914. Durante la Primera Guerra Mundial se encuentra ya en El Salvador... Masferrer se ha de referir una y otra vez, en sus principales obras sociales y educativas, a reflexionar sobre las diferencias y las razones de la disimilitud en el modo de vida, la cultura y los servicios sociales de los países europeos con los de su país de origen. Textualmente escribe en aquel breve ensayo, entre muchísimas ideas: No es corazón e inteligencia lo que nos falta [al pueblo salvadoreño], no es capacidad de trabajo ni de sacrificio, sino método, orientación, sistema. Nosotros podemos, debemos (...): formar un pueblo de cultura homogénea, con aspiraciones comunes; forjar una nación en que los vínculos únicos no sea los recuerdos, la raza o el clima, sino la vida espiritual, el designio sistemado de elevarse por el esfuerzo de todos para todos (ix). Es ese contraste social entre nación y nación lo que va confirmando en él una idea básica, una convicción: primero, la imperiosa necesidad de la educación de la persona para promover el bienestar personal y social y un deseo común de bienestar y desarrollo; pero, fundamentalmente, la urgente necesidad de la vigencia de los derechos humanos básicos, por parte del Estado, para la existencia de una sociedad justa y humana. En suma, el pensador va asumiendo —como se percibirá más nítidamente en su última obra— que una trasformación social es posible por el camino de la educación y la buena voluntad del Estado y de las personas que acaparan la riqueza, al dar vigencia a los derechos humanos de las grandes mayorías pobres. II Pero, ¿cómo se caracteriza el pensamiento masferreriano? ¿Qué marcos conceptuales definen —a lo largo de los años— esa compleja red de ideas de este pensador? Un acercamiento importante sobre el autor lo ofrece Karol Racine, una audaz historiadora que ocupa su capacidad y su tiempo en dar a conocer, de una forma pormenorizada, a aquellas personalidades extraordinarias e históricamente significativas del continente americano, como se puede evidenciar en su trabajo sobre el universal venezolano Francisco de Miranda. Al inicio de su más que excelente ensayo sobre la vida y el pensamiento de Masferrer, escribe: (...) It remain no easy task to categorize the cranky journalist’s thought for, indeed, he does not fit neatly into any single ideology. Masferrer the humanist gave primary importance to the betterment of social and economic conditions for those living on the material plane, while Masferrer as a Christian stressed the otherworldly values of humility, hard work, patience and charity. Masferrer the communist called for a return to the ejidal land-holding system of the traditional Indian communities and a guaranteed standard of living for all Salvadorans, but Masferrer the corporatist recognized the existence of a natural state of hierarchy and felt that harmony would prevail if each remained true to his pre-ordained vocation. Masferrer the aesthetic arielista venerated language and culture, but Masferrer the criollista could not be restrained to the world of pure art and consistently returned to earth to criticize uneven social conditions. Masferrer the hispano-falangist idealized a strong and vigorous nation, yet Masferrer the pacifist abhorred violence and aggressiveness (x). No es fácil, parece decir Racine, categorizar ese... (podría traducirse) “irritante” pensamiento masferreriano, puesto que no se ajusta a una ideología en particular. Porque, al mismo tiempo que se manifiesta humanista y aboga por el mejoramiento social de los sectores marginados —continúa diciendo la historiadora—, se presenta como un cristiano que prioriza los valores celestiales de la humildad, la paciencia y la caridad como formas de mejoramiento social. Luego prosigue: si en un momento ha de parecer un comunista que clama por la propiedad comunal de la tierra y por el justo nivel de vida de los salvadoreños, en otro momento parece, desde una posición de privilegio social, reconocer la existencia natural de las jerarquías sociales y la armonía que se sigue en el apego a ellas. Y en otra idea subraya: como esteta, venera el lenguaje y la cultura, pero al mismo tiempo, no parece restringirse al arte por el arte, y reitera su crítica a las desigualdades sociales desde su quehacer artístico. Como lo hiciera un falangista, valora la energía de un fuerte nacionalismo, pero al mismo tiempo lo atempera con su desdén por la violencia y la agresividad. Es este un complejo marco de pensamiento que hace difícil su categorización en una dirección u escuela precisa. Este pensamiento tiene su origen en la particular posición social del escritor, y en las muy diversas fuentes de influencia intelectual, espiritual, religiosa y política que recibe a lo largo de toda su vida; como en su experiencia como ciudadano y pensador preocupado por su tiempo, un tiempo de profundas e inusitadas transformaciones. Otra perspectiva importante añade a su vez Casaús Arzú en una parte de su minucioso trabajo, “Las redes intelectuales centroamericanas y sus imaginarios de nación (1890- 1945)”, en el apartado que ella titula “Alberto Masferrer y la formulación de la nación étnico-cultural y social”, donde anota: Alberto Masferrer [era un] gran conocedor del socialismo utópico, del socialismo fabiano, inspirado en las doctrinas de Henry George, en el vitalismo de Tolstoi y en el anarquismo de Kropotkin (...), uno de los pensadores más singulares y fecundos de la época y el único autor centroamericano, a juicio de sus biógrafos, influido por las enseñanzas orientalistas y la teosofía. Era también un seguidor de Montalvo, de su estilo literario, y se encontraba muy cercano a pensadores como Anatole France, Chejov, Krishnamurti o Azorín (xi). Es indudable, pues, que el ensayista que nos ocupa fue un prolífero pensador que se nutre de diversas fuentes, que reflexiona —con las herramientas de pensamiento que su momento histórico le permite— sobre las múltiples importancias —para hablar con las categorías orteguianas— de su circunstancia vital, de su realidad inmediata, que en última instancia es la vida misma de las personas y de los grupos humanos desposeídos que a su paso encuentra en su caminar por todo el istmo centroamericano. Sí, no es tarea fácil categorizar su pensamiento, pero probablemente sí es posible develar sus principales preocupaciones, sus prioridades fundamentales en relación a la persona humana concreta, en un momento preciso de la historia salvadoreña. Su perfil intelectual ha quedado, a la vez, más que perfectamente esbozado por la tristemente ya fallecida autora Elena López (xii) en su obra cumbre Interpretación social del arte. Y qué mejor que una ensayista para darnos una imagen rigurosamente intelectual y espiritual del quehacer literario de Masferrer, en ese género que él hace nacer en suelo salvadoreño: En el ensayo Masferrer se define como estilo y como concepción del universo (...). Pero se define no sólo por esa cosmogonía parecida a las de las religiones primitivas [sino más bien] como por su manera de sentir y entender el lenguaje, problema central del autentico ensayista... (...) el problema esencial del ensayo es justamente eso: el estilo” (xiii). Pero hay otro punto fundamental que contribuye a justipreciar la labor ensayística, pues para Matilde Elena López “América es también la cuna del ensayo social como búsqueda de las raíces de nuestros problemas. Es decir, el ensayo como contenido, como respuesta, como interpretación de la realidad social” (xiv). Y es en este marco en que la autora estudia y coloca la producción ensayística masferreriana. Es, de esta forma, no sólo el fundador del ensayo social en El Salvador, sino, sin lugar a dudas, el mejor prosista que ese país ha conocido. Así pues, el ensayo como búsqueda, como inquietud generadora de nuevas inquietudes, es un aspecto fundamental de la obra de Masferrer: haber elaborado, haber desarrollado un sistema de ideas inquietantes, que a casi un siglo de su publicación siguen promoviendo no indiferencia, sino reflexión, dudas, contradicciones. ¿A qué más puede un pensador aspirar después de su muerte? De igual forma, la autora a la que nos avocamos destaca con claridad que, “si la función del ensayista parece conciliar la poesía y la filosofía, y tender un puente entre el mundo de las imágenes y el mundo de los conceptos, Masferrer establece ese puente extraño y de prodigioso lirismo” (xv). Y he ahí otra veta masferreriana por descubrir, la sutil distancia entre la verdad y la poesía, entre la palabra y el concepto. Hacer del ensayo un estilo, y del estilo una forma de divulgación de la verdad, y más aun, hacer de la escritura un destino de la sensibilidad y del pensamiento. Escribir es para él la tarea más grata. Crear mundos de belleza, elaborar pensamientos sobre la vida que observa todos los días y vestir las ideas que le llegan, después de largas meditaciones, en frases pulidas y claras. Pensar en un hecho al parecer simple, y después tamizarlo a través de su experiencia personal, hasta que se vuelva creación artística, obra de arte. Y sobre todo, observar, observar lo que ocurre a las gentes, comprenderlas, amarlas (xvi). No se puede evitar pensar en eso que María Zambrano nombrara como “la razón poética”... Pero volvamos brevemente a ese momento social que constituye la circunstancia donde el pensamiento de este ensayista se desarrolla y se expresa con mayor fuerza. De forma general coincide con el período que va de 1918 a 1927, es decir, durante el gobierno de la dinastía Meléndez-Quiñónez que, como se sabe, ejerció una dictadura que abonó fácilmente el descontento popular. Y coincide con el período que en el gobierno va a ocupar Pío Romero Bosque de 1927 a 1931. Se ha de destacar, por su parte, que la década de los años 20 ha de permitir la aparición de una clase media letrada que se adhiere a una corriente de ideas progresistas (xvii). Masferrer mismo proviene de una familia de clase media, a diferencia —plantea Roque Valdovinos— de Arturo Ambrogi y de José María Peralta Lagos, ambos de una extracción elitista y con una educación esmerada (xviii). Nos encontramos entonces en un país en el que se inicia el arribo de escritores y lectores de un sector medio escolarizado en un marco político restrictivo y antidemocrático. Es este sector medio, incipiente, el que va a ser el receptor inicial de las ideas masferrerianas. Así, observamos que a la entrada de la tercera década del siglo XX Masferrer es el intelectual más prestigioso de El Salvador y punto de referencia importante en Centroamérica, formando parte protagónica de ese movimiento social reformista-utópico que se desarrolla a finales de esa década y que “culmina” políticamente con el derrocamiento del laborista Enrique Araujo en diciembre de 1931. Pero a la vez, de manera general, Masferrer coincide en sus alcances utópicos con ese otro movimiento generacional de estudiantes, intelectuales y campesinos que se comienzan a organizar a mitad de esa década, y que se oponen a la desigualdad social y a la pauperización de la población salvadoreña como ágiles fuerzas sociales, pero en este caso, revolucionarias, y cuyo impulso es frenado con la matanza de enero de 1932 y el fusilamiento de sus dirigentes, entre ellos Farabundo Martí y Feliciano Ama. Ambos movimientos, el vitalistas-reformistas y el occidentalistas-marxistas, forman pues una generación que desde sus propias perspectivas coinciden por primera vez en la historia salvadoreña para manifestar su inconformidad y su deseo de cambio y transformación social, frente a una realidad de injusticia y deshumanización que el nuevo siglo comenzaba a derramar sobre las mayorías pobres salvadoreñas (xix). Por otra parte, hay que destacar al Masferrer de ese momento en su papel protagónico dentro del Movimiento Unionista Centroamericano, junto al guatemalteco Salvador Mendieta, líderes ambos de una amplia red de intelectuales centroamericanos “en torno a los cuales giraron varias redes de intelectuales, vinculadas a través de espacios de sociabilidad como las sociedades teosóficas, los clubes unionistas y los círculos vitalistas (...), y lucharon por imponer el proyecto unionista, federalista y regenerador” (xx). En sus ideas políticas, Masferrer concibe la nación de tres maneras: como república, como región centroamericana y como una entidad supranacional. Mas que nación él prefiere el concepto patria, como ente nacional y continental (xxi). Para Masferrer la Patria representaba la vida de los salvadoreños que luchaban por la prosperidad, la cultura, la libertad y la paz. (...), “el escudo, la bandera, los próceres y los antepasados (...), la mitología y todo lo demás forma parte del ayer”. Negaba todos aquellos rasgos simbólicos del liberalismo como referentes apropiados para la construcción de la nación, porque consideraba que no beneficiaban a los grupos más excluidos en su acceso a los derechos mínimos, como eran la tierra, el trabajo, la salud, etc.” (xxii). La obra El mínimum vital, su ensayo “más conocido” y discutido, es precisamente ese reflexionar de un humanista, de una persona preocupada por su realidad social, que se ocupa de la denuncia de una situación política y social excluyente. La obra, publicada en 1929 pero elaborada a través de varios años, aparece precisamente en un momento de la historia mundial en donde el mercado y la economía internacional, por su parte, sufren una profunda recesión que golpea salvajemente —en una cadena ya conocida de consecuencias de mercado— la ya pauperizada vida del campesinado salvadoreño. Momento este en el que se agudiza esa brecha histórica entre el rico y el pobre, entre un rico venido de la sociedad y economía colonial centroamericana y un pobre paulatinamente más empobrecido a lo largo de esa misma historia colonial. Porque no se puede comprender esa realidad de 1929 sin considerar la previa estructura económico-social centroamericana que definió al hacendado y al colono, en una relación de dominio y explotación humana. Pero todavía más, El mínimum vital nace en un momento en que las ideas más progresistas de la humanidad lanzaban luces sobre el mundo, transformando, aglutinando o impulsando a una creación más intrépida del pensamiento social y a una acción de transformación social cada vez más ambiciosa. Latinoamérica era, en esos momentos durante los cuales la obra se escribe, un ir y venir de robustas ideas que desde diversos puntos enriquecían la vida intelectual y espiritual de aquellos nuevos sectores intelectuales de las capitales centroamericanas. Ideas que cuestionaban la vida social y política; que ofrecían por su parte una renovada utopía a nuestros pueblos, desde cuatro preocupaciones generales: el antimodernismo y el panamericanismo; la renovación moral y la justicia social. Obra poco conocida en un país que lee poco, El mínimum vital guarda una inquietud y una propuesta social que, vista a la luz de la historia salvadoreña en los posteriores 80 años de su publicación, todavía muestra su vigencia si se le coteja con el presente de vida del 60 por ciento de pobres de esos ocho millones de salvadoreños del siglo XXI, y a dos décadas de unos acuerdos de paz que terminaron con una espantosa guerra civil, pero que no cambiaron la calidad de vida de las mayorías poblacionales. La obra debiera verse como un esfuerzo humanista, importante en su reformismo, en su utopismo, con una preocupación ética y progresista frente a las condiciones de vida de una población secularmente discriminada. Dentro de sus ideas reformistas-utópicas, Masferrer está a favor de que el Estado promueva la vigencia concreta de derechos básicos. Desde su visión vitalista, sólo esa vigencia devolvería o restauraría la dignidad de persona a ese inmenso grupo de seres humanos que sobrevivían en la indigencia de sus necesidades de vivienda, alimento, salud, trabajo y educación. Masferrer no aboga por derechos políticos y civiles como ahora los reconocemos. Su alcance son necesidades más perentorias para la vida humana —alimento, aire, habitación, vestido. Retrospectivamente, con las experiencias históricas del continente en el pasado siglo y con las herramientas de pensamiento que ese siglo nos lega en el campo de la política y la sociología, es fácil calificar las soluciones planteadas por Masferrer de ingenuas y de excesivamente conservadoras. Ya Roque Dalton arremetió enérgicamente contra las posiciones reformistas de este autor —como lo hiciera en su momento por diversas razones contra Miguel Ángel Asturias y Jorge Luis Borges—, en un texto famoso que lleva el título “Viejohijuemierda”. Pero es imposible imaginar otro apelativo y otra posición hacia Masferrer venida de aquel férreo revolucionario, el poeta más importante de la nación salvadoreña, en ese momento de la historia de El Salvador. Dice Álvaro Rivera Larios —agudo ensayista salvadoreño—: “Roque Dalton le ahorró [así] a la izquierda una lectura profunda de Alberto Masferrer”. Y por su parte Álvaro Darío Lara, otro estudioso de la obra de Masferrer, comenta: “(...) cierta intelectualidad de izquierda, sobre todo a partir de los años 50, satanizó al maestro y a su obra bajo epítetos francamente insultantes y bajo muy pobres y superficiales argumentos; tal es el caso del poeta Roque Dalton, cuyo famoso texto contra Masferrer contribuyó a su descalificación a priori por parte de muchos jóvenes de las siguientes generaciones” (xxiii). Dicho de otra forma: desde las concepciones marxistas-leninistas de la izquierda salvadoreña a principios de las años setenta, es claro que no se puede justipreciar la obra de un autor que basa sus observaciones en un amplio eclecticismo de referencias filosóficas-sociales y en su experiencia de vida en sociedades del norte europeo; que tiene como antecedentes ideológicos inmediatos la teosófica, el cristianismo, el socialismo utópico, y un entusiasmo por los logros culturales de la Revolución Mexicana. No se puede calificar una obra utópica desde los conceptos provenientes del materialismo dialéctico e histórico. Esa actitud, que lleva a descontextualizar la obra de Masferrer, le ha hecho daño. Le ha restado valor a la obra como un producto genuino y de valor en la historia del pensamiento social nacional. Su mérito es habernos legado una idea del bienestar social y haberla desarrollado con honestidad intelectual. Más aun, quizás el mérito principal de la obra radica en haber reconocido la existencia de lo que hoy conocemos como derechos humanos básicos de una población a la que se le veía como carente de tales derechos, 20 años antes de la formulación misma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El mérito es haber descrito una utopía cuya validez indiscutible, es cierto, se coteja con las formas diferentes —discutibles— de la forma de alcanzarla. No obstante, es una utopía para un pueblo que sufre. No obstante, es una utopía a la que se ha querido llegar por diferente caminos, pero a la cual aún no se ha llegado. Y reitera el autor que..: Mínimum vital significa la satisfacción constante de nuestras necesidades primordiales (...), aquellas que, si no se satisfacen, acarrean la degeneración, la ruina, la muerte del individuo. La salud, la alegría, la capacidad de trabajar, la voluntad de hacer lo bueno, el espíritu de abnegación, la fuerza, en fin, en todas sus manifestaciones, están vinculadas a la satisfacción constante, segura, íntegra, de tales necesidades. Para el pensador, esas necesidades primordiales se anuncian de la siguiente manera: trabajo higiénico, perenne, honesto y remunerado en justicia; alimentación suficiente, variada, nutritiva y saludable; habitación amplia seca, soleada y aireada; agua buena y bastante; vestido limpio, correcto y buen abrigo; asistencia médica y sanitaria; justicia pronta, fácil e igualmente accesible a todos; educación primaria y complementaria eficaz, que forme hombres cordiales, trabajadores expertos y jefes de familia conscientes; descanso y recreo de vida, adecuados para restaurar las fuerzas del cuerpo y del ánimo. “Su punto de arranque era el individuo en concreto”, insiste Casaús Arzú, “más que el concepto abstracto de ciudadano y los grupos más excluidos, como sujetos inalienables, sobre los que conformaba la nueva Patria”. ¡Quién no podría estar de acuerdo con esa utopía, con esas condiciones de vida para un pueblo que en la primera década del siglo XXI, a 80 años de haber sido publicada aquella obra, no alcanza ni mucho menos todavía, un mínimo de ese mínimum vital! Por ello, el uso oportunista y demagógico que de la doctrina vitalista y del legado masferreriano se hiciera posterior a la muerte de Masferrer, es prueba del peso de esa utopía sobre una realidad que siempre ha estado en su situación límite y a la que aquel pensamiento responde como una esperanza que anuncia y denuncia. El estudioso escritor, lingüista e historiador Rafael Lara-Martínez nos muestra en diversos trabajos (xxiv) cómo el martinato utiliza el legado del pensamiento masferreriano para arropar una política social donde se pretende concretar, a través de una política educativa y social, aquellos aspectos por los que aboga Masferrer en su vitalismo, y cómo la comunidad intelectual de ese momento —el llamado Grupo Masferrer— apoya ese esfuerzo (xxv). Es decir, Lara-Martínez muestra cómo se produce esa instrumentalización que hace el gobierno de Maximiliano Hernández Martínez, con el apoyo de las mejores fuerzas espirituales e intelectuales de ese momento, para la construcción de un (supuesto) nuevo y renovador marco de nación, de cultura y de educación en el país. En este marco social y político —anota a su vez Valdovinos—, esas visiones de futuro como la masferreriana y la salarrueriana, en “(...) este movimiento de renovación [terminaron] aportando —sin proponérselo— las bases doctrinarias de legitimización del proyecto nacional autoritario, instrumental a los intereses de un grupo social reducido, pero con un vocabulario populista que echaba mano de las nuevas concepciones de cultura y de nación que en años anteriores se estaban vertiendo por primera vez en nuestro país” (xxvi). Por otro lado, en el insuperable ensayo de Karen Racine (xxvii), la autora alude a la influencia del vitalismo —a su vez— en la plataforma política del Partido Demócrata Cristiano de El Salvador. En el documento se señala: “There is an undeniable similarity between Masferrer’s vital minimum and the Salvadoran Christian Democrat Party’s platform set forth three decades later at their 1962 discussion session (...). The Salvadoran Christian Democrats resurrected Masferrer’s popular program” (xxviii). Este uso del pensamiento masferreriano sintetizado en los elementos claves de su Mínimum vital, tanto por la dictadura de Maximiliano Martínez —como lo comprueba Rafael Lara-Martínez—, como posteriormente por el Partido Demócrata Cristiano —como lo descubre Racine—, deja claro algo, a saber: el vitalismo, como utopía social, se convierte —o es convertida—, por su naturaleza, en una ideología política que es en su esencia portadora de valores que subyacen a la vigencia de los derechos humanos fundamentales. Esta particularidad lo puede llegar a convertir en presa de la manipulación cínica o en base filosófica de una acción política que pretenda ser responsablemente ética. En otras palabras, con lo anteriormente dicho se muestra o se demuestra lo poco que se ha estudiado la influencia del pensamiento masferreriano, no sólo en los programas políticos y sociales del martinato, sino en la historia política y cultural del país y de Centroamérica. Pero Masferrer es no sólo el reformista más importante en la historia del pensamiento social de las primeras décadas del siglo XX, ni mucho menos. Su trabajo no se agota con El mínimum vital. III En el trabajo ensayístico de Masferrer no es posible separar al pensador social y al religioso; al hombre preocupado por la educación y la cultura de un pueblo, y al mismo tiempo, por la fortaleza y pureza espiritual de las personas. Lo uno influye en lo otro: su ética en su estética; su razón en su fe. Se podría decir que en su pensamiento convergen, como en ningún otro, el espíritu de Atenas y la gloria de Jerusalén. Una de sus grandes preocupaciones es —ya sabemos— la justicia social, pero igualmente lo es el destino humano, personal, y el autor las comprende, abarca y resume diciendo en su Ensayo sobre el destino: (...) el Universo obedece a una Suprema Ley de Armonía en virtud de la cual toda disonancia ha de ser necesariamente corregida. Esta necesidad de restablecer el equilibrio, de corregir la desarmonía, en el plano moral se llama Justicia, y (...) en la vida particular (...) se llama Destino (xxix). Esta idea es fundamental para comprender la profundidad de la obra de este pensador. Justicia y destino recorren su obra toda. El bienestar social, la justicia al seno de la sociedad, la justa compensación del trabajo, la vida digna de la persona, es en sí un acto de justicia, no de caridad. Por su parte, la búsqueda del bien, el comportamiento moral, la rectitud ética, es el camino hacia un armónico destino que hará que la persona humana trascienda en su espiritualidad, hacia una forma de ser en continuo perfeccionamiento. Justicia y destino se juntan en su profundo simbolismo, en el pensamiento masferreriano, alrededor de la figura de Jesucristo. Precisamente es en Estudio y figuraciones de la vida de Jesús donde encontramos una profunda reflexión de cómo ese destino (de un hombre) se vincula a la justicia (del mundo). Ahí, Masferrer escribe: A ti es a quien yo venero, adoro y reverencio; a ti a quien yo compadezco desde lo íntimo de mi alma y con toda la ternura de mi corazón: no por la cruz, ni por los azotes, ni por los clavos desgarrando tus pies, ni por la lanzada en el costado..., sino por el otro calvario..., el otro, largo, callado, tremendo, pavoroso, que recorriste desde que comenzaste a tener conciencia de la vida y el dolor, hasta el día en que aceptaste beber en el cáliz de ser tú el que nos redimiera (xxx). La vida de Jesús, parece decir el escritor, nos devela el sufrimiento de un hombre que asume su destino en aras de la redención del mundo. Un destino, propugna así, por la justicia del universo. Este libro, al leerlo llevados por su amenidad y perfección, parece hablarnos de un Jesús humano que en mucho se acerca a aquel que 50 años más tarde nos presentará José Saramago en su controversial libro El evangelio según Jesucristo. Y, por qué no, ese mismo Jesús cada vez más humano e histórico que hemos de encontrar en lo que se ha de conocer medio siglo más tarde como la Teología de la Liberación. En sus propias palabras, ese Jesús es más real cuando es pensado “como un hombre que vive y lucha”. Pero más aun, en otro momento, en el libro La misión de América, dirá que “el Reino de Dios [es] la Sociedad Humana viviendo del trabajo, de la equidad y de la concordia” (xxxi). La historicidad del reino de Dios y la humanización de Jesucristo es ya consustancial pues, en el pensamiento masferreriano, pero hay otra esfera fundamental en su obra. En ese otro su breve y hermoso libro Helios, con cristalino lenguaje nos expone lo que para él resulta fundamental en el marco de la esfera religiosa del ser humano, es decir, en la capacidad de creer: Toda creencia nueva, si realmente viene del corazón, será legitima. Si nos mueve el bien; si nos infunde valor, serenidad y confianza; si nos enseña a perdonar; si aumenta, en suma, nuestra capacidad de amar, será una fe sagrada, y bien podemos acogerla como una flor divina, abierta para nosotros en el mismo jardín donde nacieron las otras religiones que un día fueron sostén y guía de los hombres (xxxii). Y más adelante sentencia: Lo esencial es creer. (...) si habéis dado la vuelta al mundo de las creencias religiosas y ya ninguna de ellas satisface a vuestro corazón hasta el punto de ser para vosotros el motor de la vida, pedid entonces a vuestra propia alma que os muestre el rosal de donde brotan perennemente rosas nuevas; cortad una que haga latir vuestro corazón, y haced de ella una fe, una religión, una creencia viva (...) (xxxiii). Este escritor es un hombre que permanentemente hace un llamado de fe, pero lo hace desde una perspectiva que aboga por una libre religiosidad, por una consciente vivencia del creer, sin arrinconarse en una estrecha y particular acción proselitista o propagandista de una definida secta, religión o grupo de creyentes. Quiere ser universal, quiere abarcar todas las perspectivas posibles y encauzarlas en una dirección: el que cada persona forme una creencia viva y personalmente construida. Si se pudiera definir tajantemente cada vivencia religiosa, se diría que Masferrer es un panteísta, lo que es decir nada cuando sabemos que, en la vivencia de la fe, de cualquier fe, es el panteísmo una expresión del derroche de la creencia misma, en un Dios que lo ha creado todo. “Y (...) comprenderás que el Universo entero”, dice el ensayista, “es un templo (...), tu corazón es un santuario (...), tu espíritu es un sacerdote y (...) el incienso para el altar (...), tu pensamiento”. Su libro Las siete cuerdas de la lira (1926) es, al parecer, su obra más querida, y la que considera más acabada. Quizás la más ambiciosa, no sólo del autor sino de la creación intelectual salvadoreña. Es decir, no existe en la historia del pensamiento de ese país una obra que, desde una perspectiva filosófica, intente explicar la esencia del mundo todo. Puede parecer a veces que carece de respaldo científico, y más apela a la intuición y a la figuración; que, en el plano de la realidad social y humana, hace uso de un determinismo naturalista y extrapola leyes físicas hacia leyes sociales; sí, pero le sobra fundamento teórico, coherencia, síntesis, orden y, sobre todo, unicidad. Y, dicho otra vez, viendo en retrospectiva, es el intento filosófico más completo que ese país centroamericano ha creado como hipótesis de explicar la naturaleza del mundo material y espiritual. En el libro se integran la antigua filosofía materialista griega, las antiguas filosofías orientales y las observaciones de las ciencias naturales alcanzadas a principios de aquella centuria. Todo integrado de tal forma que llega a constituir un cuerpo muy sintético de postulados con un objetivo común: demostrar la unicidad del mundo, su movimiento y sus trasformaciones. Partiendo de la existencia de siete elementos básicos, a saber: tierra, agua, aire, fuego, energía, atracción y luz, Masferrer describe cómo se relacionan a través de tres fuerzas fundamentales: “lo Uno, que tiende a ser vario; lo Vario, que tiende a ser uno; lo que Es, que tiende a persistir”, y así, dar “vida” a las diferentes esencias del mundo, a la existencia misma. Describe, de esta forma, las fuerzas fundamentales que dominan la esencia de las cosas y que les permite su unicidad y movimiento, sus trasformaciones eternas. Pero va más allá: en su escrito penetra en aquellos asuntos que han desvelado el pensamiento de la humanidad a través de los siglos, inclusive nos habla de lo que considera es la esencia y el sentido de la vida misma, de la muerte y de las fuerzas espirituales que configuran al ser humano. “¿Hay, pues, infierno?”, se pregunta en este libro para contestarse luego: “Sí, se encuentra en todas partes donde el hombre, violando ásperamente el orden, atrae sobre sus entrañas el duro, tenaz e insaciable pico de aquel buitre que se llama Dolor”. Pero... ese infierno... ¿dónde está? ¿En qué lugar remoto del universo se aloja?, pudiera cuestionar el lector. Y él nos aclara: “(...) ahí, en nuestra mente, en el mundo creado y renovado por nuestros pensamientos, donde se forman los estados de sufrimiento que llamamos infierno”. Su idea de la esencia del infierno es, muy probablemente, una de las más profundas y hermosas figuraciones que se pueden leer jamás en la literatura filosófica o religiosa. Y, así, el filósofo nos lleva —otra vez con su deliciosa prosa—, mejor, nos invita a entender ese mítico mundo que imaginamos en tinieblas y dolores como el producto mismo de nuestra propia vida, como un “sedimento de nuestras vidas que el Ether confina y reconcentra, para que un día (...) tengamos a dónde ir (...)” (pág. 123). La metáfora en Masferrer es no sólo justa sino inolvidable. Los adjetivos, precisos, y, las más de las veces, suficientes para hacer, de aquello a lo que alude, comprensible al que lee. En el plano de la ética, las reflexiones de este pensador quedan abiertas siempre al alegre consentimiento, a la refutación enérgica, a la emoción o al desaliento, pero no a que puedan ser ignoradas u olvidadas. Sólo una lectura ligera les quita su robusto andamiaje, su profunda base espiritual y ética... Hay un orden, escribe, “un orden absoluto e inalterable”, al que el espíritu se ha de someter... Podemos, sin merecimiento ninguno, tomar o arrebatar el don que anhelamos; podemos defraudar, robar, saquear y malversar (...); no solamente puedo arrebatar el trabajo de mi prójimo y manchar su fama; fatigar a mi criado y a mi buey (...); usurpar el cargo o la reputación que no merezco; quitarles a los demás la libertad, el pan, el descanso, el sosiego y la paz (...); hasta puedo asesinar a mi prójimo (...); provocar una guerra para conquistar gloria y dominio (...). Sin duda puedo hacerlo (...). Solamente que lo haré de pagar (pág. 127). En algún momento el gran Jorge Luis Borges se refiere al cristianismo como esa creencia que “nos ha legado una forma de anular el pasado”. Se refiere a la capacidad humana del perdón, tema que ha separado por completo a los salvadoreños en las últimas décadas. Y volviendo al sentido moral de este punto, Masferrer busca interpretar la esencia misma de esa capacidad o virtud espiritual, las formas en que ese perdón ocurre o puede ocurrir... y es contundente: No, no hay perdón ni favor en el Orden Universal, sino que todo habemos de pagarlo. ¿A qué precio? A precio de Talión: ojo por ojo, diente por diente (...). Es decir (...), que la pena será proporcionada al pecado (xxxiv). Transgredir ese orden universal es, pues, generar una reacción insoslayable, es acarrear una consecuencia inevitable... No hay olvido en el universo para los actos humanos que atentan contra el bien, contra la justicia, parece sentenciar el humanista. Porque de la misma manera podemos afirmar que Masferrer es un gran humanista, en el mismo sentido que Stefan Zweig le otorga a Erasmo de Róterdam: Humanista puede llegar a serlo sólo aquel que sienta aspiraciones hacia la educación y la cultura; todo ser humano de cualquier categoría social, hombre o mujer, caballero o sacerdote, rey o mercader, laico o fraile, tiene acceso a esta libre comunidad, a nadie se le pregunta por sus orígenes, su raza y clase social, por su idioma y nación. Es esa preocupación por la educación y la cultura lo que se ha de expresar como una de las preciadas preocupaciones y pasiones del ensayista en el contenido de muchas de sus obras, principalmente las primeras. En Leer y escribir (1913-1914) y Cartas a un obrero (1915) hay una preocupación por la educación de la persona, por su formación moral y, en general, por la universalización de la cultura y de la responsabilidad social. Inquietudes que tienen en su centro a la persona humana como miembro de una familia y de una comunidad; persona a la que Masferrer intenta orientar, sugerir o denunciar, si ese es el caso, alguna debilidad moral que conlleve a la irresponsabilidad por las futuras generaciones y, con ello, a perpetuar la desgracia o injusticia social. Así, escribe en El dinero maldito (publicado en 1925): Aun sin un sentimiento vivo y constante de una fe religiosa, podemos orientar nuestra vida sin grave daño para los demás con sólo abstraernos del mal. No ser yo el que pervierta; no ser yo el que envenene; no ser yo el que arruine... (xxxv). De esta suerte, concibe la educación no sólo en su dimensión instructiva, es decir, en el desarrollo de habilidades de lectoescritura, por ejemplo, sino en su plano moral, mejor, en la esfera de la educación del carácter y la orientación social de la personalidad. Su ideal pedagógico concibe a esa persona que se educa como un hombre y una mujer con alta responsabilidad social. Una responsabilidad que se decanta primero en su familia, y luego en su comunidad y en la sociedad toda. Tienes que hacer, hombre, una obra trascendental: la más seria, difícil e importante; fecunda en bienes o en males, digna de todo encomio o de vituperio indecible, según la trabajes con yerro o con acierto. (...) No hallarás (...) otra empresa de mayor responsabilidad (...). Tienes que hacer a tu hijo (xxxvi). Pero, en su conjunto, se infiere que hay algo más distintivo en el pensamiento de este hombre, y quizás sea su mayor virtud: su preocupación por el destino, por la entelequia vital, por el sino o el destino del ser humano en su más íntimo y fatal sentido. Si bien se diferencia y distancia de esa filosofía que sobre la vida plantea José Ortega y Gasset, sí que hay una coincidencia fundamental. Pues, si en uno la vida es sólo nuestra en su total radicalidad, y en el otro la vida es una con el universo en su transcurrir hacia otras formas, en esa transformación dentro de la cual nunca deja de ser lo más importante, en ambas, su clara coincidencia, es siempre el acto mismo, la acción de la persona en su justo presente. Ya Ortega ha escrito: “El destino del hombre es (...) primariamente acción” (xxxvii). Y amplía: Porque lo más extraño y azorante de esa circunstancia o mundo en que tenemos que vivir consiste en que nos presenta siempre (...) una variedad de posibilidades para nuestra acción, variante ante la cual no tenemos más remedio que elegir (...) y nos deja (...) entregados a nuestra iniciativa e inspiración; por tanto, a nuestra responsabilidad (xxxviii). Es el acto una responsabilidad, la ejecución de esa responsabilidad será al final nuestra propia fatalidad, salvación, infierno o gloria. Al “yo soy yo y mi circunstancia” le sigue, el “yo soy yo y lo que hago con mis actos en esa circunstancia”. Así que el Destino tiene un doble carácter: necesario, fatal, implacable (...). Modificable, sujeto a ser atenuado y extinguido finalmente (...) orientando (...) mis acciones en el sentido del bien (...). En suma, el Destino (...) no es sino una fuerza que nosotros mismos creamos; que, ya creada, reacciona sobre nosotros mismos (...) (xxxix). En este laberinto que es la vida —parecen decirnos ambos—, nuestro mayor reto es escoger la ruta correcta; pero la vida, semejante a aquel “jardín de los senderos que se bifurcan” que Borges describe, y donde a cada paso se abren mil caminos, nos urge a encontrar una luz, una guía que nos permita cometer los menos errores posibles, y así construir nuestro destino..., “y si además”, escribe Elena López, “el ensayista quiere prevenir al hombre entre las oscuras vueltas del Dédalo y mostrarle la salida, Masferrer lo logra en El ensayo sobre el destino, El libro de la vida y El mínimum vital” (xl). Su única novela, Una vida en el cine, publicada originalmente en 1922, es un texto breve escrito con finura, que si bien por momentos delata al ensayista, no le resta calidad al narrador. En ella se aborda el tema menos comentado de los motivos masferrerianos: la situación de la mujer, los obstáculos que en una sociedad dominada por el poder masculino enfrenta la mujer para decidir sobre su propia vida, sobre su propio destino. El personaje es una mujer que intenta vivir una vida independiente, que a despecho de las convenciones sociales pueda ser ella misma en la medida de sus propias decisiones. En la narración, los diálogos son claros y profundos... Hace tres años vivo sola con mi hija, aislada, perseguida, excomulgada. Todo ello porque, habiendo comprendido, quise vivir en la verdad. Dígame ahora (...) si todavía cree que es una dicha pensar y comprender. —Sí, Julia; la dicha más grande; no cuando la verdad se conoce, simplemente; sino cuando se vive (xli). Hay que recordar que Masferrer es el fundador de la Liga Femenina salvadoreña y colaborador de los esfuerzos de Gabriela Mistral en la organización de grupos feministas en Guatemala. Sin duda alguna es un pionero en estudiar la problemática de género en El Salvador y en promover espacios democráticos para la mujer centroamericana. Es este un punto en la obra del pensador que merece atención y estudio, dada la relevancia que esa situación socioeconómica y cultural sigue requiriendo actualmente en nuestro país. Llegados a este punto, surge una inquietud: ¿intenta Masferrer responder a las preguntas fundamentales de la vida? Si la respuesta es afirmativa estamos entonces ante un genuino filósofo, entendiendo la filosofía como ese incesante quehacer de preguntarse, que no lleva a ninguna segura respuesta sino siempre a nuevas preguntas... pero que permite dar un paso en el conocimiento de la verdad. O, dicho de otro modo, que parte de la duda y llega, con sus preguntas, a dudas nuevas. ¿Y cuáles son esas preguntas o esas dudas que este hombre intenta responder o aclarar? Primero, sobre el sentido de la vida y el origen mismo de esa vida; luego, la pregunta sobre la esencia de la persona humana: lo que necesita el ser humano (hombre y mujer) para ser eso que está llamado a ser: un ente pleno y feliz. A su vez, sobre las cosas que pueden hacer a las personas y a la sociedad éticamente mejores de lo que en un momento dado son: la manera y los medios en que los seres humanos podemos llegar a transformarnos hacia la dimensión ética que se define con el bien y la bondad. Pero también se pregunta sobre el significado mismo de la muerte, su esencia como transformación y como término de una forma del ser que nunca deja de ser. Nos habla sobre la naturaleza de Dios, del sentido de la fe y la significación de la experiencia religiosa. Por otro lado, urgido por la manifestación concreta de esas mismas ideas del bien social, Masferrer intenta vincular algo de suyo contradictorio en aquella circunstancia: ética y política. Con ello —siguiendo las ideas de Fernando Savater— quiso acercar la filosofía al marco que la vio nacer: la democracia. Concretar el bien y la libertad del pensamiento sobre ese bien a través de la acción política. Pero ésta es siempre ajena a la buena voluntad de las personas... y el final de ese entusiasta emprendimiento es ya conocido en la historia social salvadoreña. ¡He ahí su utopismo, he ahí su grandeza! Porque a veces el sentido de la derrota es ajeno al sentido de la ingenuidad o la estulticia, y está más cerca del emprendimiento sincero por realizar las ideas y de la valentía incalificable por ensayar lo no conocido. Y es ese coraje espiritual e intelectual de Alberto Masferrer lo que hace que en el devenir de la historia su soledad sea reemplazada por la compañía de los heroicos hechos sociales de tantos hombres y mujeres salvadoreños; su silencio, por el eco ininterrumpido de las voces de justicia de esas mismas personas, y su obscuridad, por la luz de esa antorcha que entre ellos y ellas van portando, en el camino que lleva a los nuevos amaneceres. Y es en aquel buscar incesante, en ese valiente recorrido de caminos nuevos —porque “las mayores cosas de este mundo las hicieron los caballeros andantes—, que se produce el maravilloso relevo que permitió una vez, y seguirá propiciando, que el amor por la bondad, la belleza y la justicia, brille, aunque sea lejana, en esa pequeña tierra tan sembrada de violentos molinos, pero también, de frondosas utopías. Notas i. Alberto MASFERRER. El rosal deshojado. San Salvador. Dirección de Publicaciones. 1973: 15. ii. Alberto MASFERRER. 1973: 16. iii. José ORTEGA Y GASSET. Obras completas. Tomo IV. Ver también: “El hombre y la gente”. Revista de Occidente. Madrid, 1967: 70. iv. Marta CASAÚS ARZÚ, “El vitalismo filosófico como discurso alternativo de las elites intelectuales centroamericanas de 1920 a 1930. Principales difusores: Porfirio Barba Jacob, Carlos Wyld Ospina y Alberto Masferrer”. Revista de Estudios Históricos de la Masonería Latinoamericana y Caribeña. San José, Costa Rica. Vol. 3. Nº 1. Mayo 2011-noviembre 2011: 82-120. v. Alberto MASFERRER. Estudios y configuraciones de la vida de Jesús, San Salvador, 1972: 85. vi. El subrayado es del autor de este artículo. vii. Matilde Elena LÓPEZ. Interpretación social del arte. Dirección de Publicaciones del Ministerio de Educación. San Salvador, El Salvador. Segunda edición. 1974: 615. viii. Carlos Gregorio LÓPEZ BERNAL. “Alberto Masferrer, Augusto César Sandino: antiimperialismo, espiritualismo y utopía en la década de 1920”. Revista Complutense de Historia de América. Volumen 35. Madrid. 2009: 87-108. ix. Alberto MASFERRER. Ensayos. Leer y escribir. San Salvador, 1996:37. x. Racine, KAREN. 1997. “Alberto Masferrer and the Vital Minimum: The Life and Thought of a Salvadoran Journalist, 1868-1932”: The Americas, Vol. 54, Nº 2. Published by: Catholic University of America Press on behalf of Academy of American Franciscan History, p. 210. http://www.jstor.org/stable/1007742. xi. Marta CASAÚS ARZÚ. “Las redes intelectuales centroamericanas y sus imaginarios de nación (1890-1945)”. Circunstancia. Año III. Numero 9. Enero 2006. Sitio de internet de la Fundación Ortega y Gasset. http://bit.ly/ZsGZV2. xii. Matilde Elena LÓPEZ. 1974: 611-701. xiii. Matilde Elena LÓPEZ. 1974: 636-637. xiv. El subrayado es del autor de este artículo. xv. Matilde Elena LÓPEZ. 1974: 642. xvi. Matilde Elena LÓPEZ. 1974: 616. xvii. Ricardo ROQUE VALDOVINOS. “Reinventando la nación: cultura estética y política en los albores del 32”. Revista Cultura, número 77. San Salvador, septiembre-diciembre 1996: 31-52. xviii. Ricardo ROQUE VALDOVINOS. 36. xix. Jorge CASTELLÓN. “Ortega y Gasset, el tema de nuestro tiempo y las generaciones salvadoreñas”. Suplemento Cultural Tresmil. San Salvador, 2010. xx. Marta CASAÚS ARZÚ. 2006. xxi. Marta CASAÚS ARZÚ. 2006. xxii. Marta CASAÚS ARZÚ. 2006. xxiii. Álvaro Darío LARA. “El esoterismo de don Alberto Masferrer”. Diario Colatino. Septiembre de 2011. http://bit.ly/13ZsDBd. xxiv. Rafael LARA-MARTÍNEZ. “Masferrer = Martínez = Sandino”. Diario Digital Contrapunto. Febrero de 2010. http://bit.ly/10OyK6R. xxv. Rafael LARA-MARTÍNEZ. “Reforma educativa masferreriana del martinato, 1933”. Diario Digital Contrapunto. Enero de 2010. http://bit.ly/XCmDNf. xxvi. ROQUE VALDOVINOS. 1996: 51-52. xxvii. Karen RACINE. “Alberto Masferrer and the Vital Minimum: The Life and Thought of a Salvadoran Journalist, 1868-1932”. The Americas, Vol. 54, Nº 2 (Oct., 1997), pp. 209-237. Published by: Catholic University of America Press on behalf of Academy of American Franciscan History Stable. xxviii. Karen RACINE. 1997: 226. xxix. Alberto MASFERRER. Páginas escogidas. Ensayo sobre el destino. San Salvador. 2002: 7. xxx. Alberto MASFERRER. 1972: 54. xxxi. Alberto MASFERRER. Páginas escogidas. La misión de América. San Salvador. 2002: 101. xxxii. Alberto MASFERRER. Helios. Dirección de Publicaciones de San Salvador. 1976: 19. xxxiii. Alberto MASFERRER. 1976: 19. xxxiv. Alberto MASFERRER. 1972: 129. xxxv. Alberto MASFERRER. El dinero maldito. Sin fecha: 24. xxxvi. Alberto MASFERRER. Ensayos. ¿Qué debemos saber? Cartas a un obrero. Biblioteca Básica de Literatura Salvadoreña. 1996: 17. xxxvii. José ORTEGA Y GASSET. “El hombre y la gente”. Revista de Occidente. Madrid. 1967: 41. xxxviii. José ORTEGA Y GASSET. 1967: 67. xxxix. Alberto MASFERRER. 2002: 11. xl. Matilde Elena LÓPEZ, 1974: 642. xli. Alberto MASFERRER. Una vida en el cine. San Salvador. Sin fecha: 60. ** Jorge Castellón http://www.letralia.com/firmas/castellonjorge.htm Psicólogo y docente salvadoreño (1967). Graduado en psicología en la Universidad de El Salvador (UES, http://www.ues.edu.sv). Se desempeña como maestro de educación primaria en la ciudad de Houston, Texas (EUA), donde actualmente reside. Emigra a Estados Unidos en 2000, y en 2003 comienza a ocuparse en la promoción de la literatura universal y la historia de El Salvador. Ha publicado artículos sobre literatura, emigración e historia de su país en revistas electrónicas locales (El Faro, http://www.elfaro.net; Contrapunto, http://www.contrapunto.com.sv) y en el periódico Co-latino (http://www.diariocolatino.com) de El Salvador. También ha publicado poesía, narrativa, artículos y ensayos de crítica literaria en las revistas Hontanar (http://www.cervantespublishing.com/hontanar.html), de Australia; Amsterdamsur (http://www.amsterdamsur.nl), de Holanda; Artenet, de Florida (EUA), y Resonancias (http://www.resonancias.org), de Francia. Mantiene dos blogs personales en http://jorgeecastellon.blogspot.com y http://escribirliteratura.blogspot.com. === La Habana invisible =================================================== === En la calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego, ==================== === teología de un poemario Julio Pino Miyar ========================= Para María M Snæfell, con pasión “En la Calzada más bien enorme de Jesús del / Monte / donde la demasiada luz forma otras paredes con / el polvo / cansa mi principal costumbre de recordar un / nombre / y ya voy figurándome que soy algún portón / insomne / que fijamente mira el ruido suave de las sombras / alrededor de las columnas distraídas y grandes / en su calma”. “Cuánto abruma mi suerte, que barajan mis días / estos dedos de piedra / en el rincón oculto que orea de prisa la nostalgia / como un soplo que nombra el espacio dichoso de / la fiesta”. Eliseo Diego (La Habana, 1949) Con estas líneas, el poeta Eliseo Diego (Cuba, 1920; México, 1994) inició un poemario que se convertiría, con el tiempo, en una de las vértebras de la lírica cubana del siglo XX. Curiosamente, lo que dice el poeta que pesa en estos versos no es el juego de los días, sino el nombre, como si en la totalidad maciza de su nombre se consumara un destino y, a la vez, la forma presentida del poema. Entretanto, la extensísima calzada habanera de Jesús del Monte devino símbolo de algo que aún no sabemos con certeza qué es, como si en ella lo que se dibujara fuera el alma atribulada del poeta. Tal vez porque sólo la inmersión en las aguas más hondas de la existencia pudiera acercarnos a las razones del artista, quien recorriera cotidianamente esas calles ruidosas y polvorientas, esos portales contiguos y soleadas aceras plagadas de comercios y cafetines, todavía sin saber que lo que buscaba era una paráfrasis fundamental de la vida. No debe ser cierto lo que alguna vez imaginé sobre los maestros origenistas, que la existencia del selecto grupo —al que Eliseo estuviera tan ligado intelectual y existencialmente—, en la cuarta y quinta década de la República de 1902, fuese un vivir teorético, a la manera de los antiguos pensadores pitagóricos. Sin embargo, prefiero creer que habitó entre ellos un motivo espiritual que no sólo hizo posible esa poesía, sino que les condujo a experimentar esa arcadia mítica a la que sólo se llega a través de raros estados de conciencia. Porque Orígenes no fue, en la historia nacional de la poesía, sino una especie de rarísima comunión, nunca vivida desde los años decimonónicos de José Luz y Caballero y José Martí. Explicando las razones que nos conducen a escribir los libros, Eliseo expuso la singular humorada de un libro, el cual por más que lo buscase jamás encontró, y por ello se dispuso a escribirlo. Todos en algún momento de nuestras vidas hemos revisado los anaqueles en busca de ese libro esencial, que quizás nos revele nuestro rostro intemporal, mas muy pocos tenemos el valor de disponernos a escribirlo. Y todo parece indicar que En la calzada de Jesús del Monte fue el resultado feliz de una búsqueda implacable fatigando los memoriales de la poesía y la imaginación. Se podría además repetir la vieja certeza, de que se escribe en rigor de ausencias, para llenar el vacío al que una pérdida fundamental arrojó nuestra vida. Y es entonces cuando esa escritura alcanza el sentido que aproximaría lo esencial estético a lo primordial ético. ¿Es este poemario de Eliseo un libro simbólico? ¿Lo es la propia calzada? ¿Símbolo del espíritu tal vez? Se ha hablado de la visión teleológica de Orígenes, como ese postulado filosófico que este grupo de creadores hiciera suyo, para desde él asumir una doctrina de la finalidad e intencionalidad de sus quehaceres que permeaba sus literaturas, frente al marasmo histórico que entorpecía y menguaba cualquier forma de vida en la isla. No obstante, no puede haber una teleología eficiente sin teología, y toda teología —dejando por un momento a un lado a su hermana la filosofía— es un acto de fe. Que el libro que nos ocupa haya sido un acto de fe implica varias cosas. La primera de ellas, que si bien es cierto que, en última instancia, no es posible un arte profano, ya que todo poema, a la larga, nos conduce a su teología, así como todo canto esconde el motivo de una Beatriz, haber hecho de la fe y la religiosidad subyacentes en esas páginas un estandarte no exime al poemario de ser también un canto civil. Si con ello distinguimos ese tipo de civilidad que sabe construir tan bien la poesía, que en este caso sólo es política en cuanto es relativa a Polis, como ciudad inmediata para los sentidos y, a la vez, detenida conceptualmente en el tiempo, alejada de nosotros de la manera más irremediable, pero que nos fue mostrada, la palabra mediante, para que llegásemos a amarla. Esas ciudades eminentemente conceptuales, que portan un nombre cual un emblema —a saber, Buenos Aires, New York o Jerusalén—, son aquellas que nos descubren un día unos versos, sin que por ello la pura sensoriedad de la vida, como expresión más vital, tenga que ser relegada. Porque es justamente en ese espacio primordialmente físico, tan inmediato como cotidiano, cálidamente fruitivo, que toma formas nada desdeñables como familia, colonia, amistad, y que puede brotar de sensaciones protoplasmáticas, como de las que hablaba Joyce en las páginas iniciales de Retrato del artista adolescente, donde se hilvanan y nacen las mejores razones para algo que ya no es simplemente una poesía sino una poética, con la cual el artista hará entonces lo que quiera, incluso novelar. Obviamente, En la calzada de Jesús del Monte es un canto a La Habana. A La Habana inmediata de los sentidos, a una polvorienta calzada, aunque también a una ciudad que no es ya el simple objeto del poema, sino una ciudad transfigurada, convertida a la propia forma del texto por el poeta, como si hubiéramos asistido junto a él a una singular metamorfosis; la de la palabra. La Habana sentida de las tardes bochornosas, plagada de esos sitios enfáticamente fruitivos “en que tan bien se está”; en que ta(m)bién se estuvo. Una ciudad ahora hecha concepto, apercibida mediante el milagro del lenguaje, y donde tanta luz nos deja ciegos. ¿Cuál es La Habana a la que le canta Eliseo? ¿La de la soledad? ¿La de los amigos que son siempre una suerte de lenta devoración y un pretexto mejor para esa soledad? ¿No es acaso la poesía en estos tiempos una forma distinta de orfandad, y no es para el poeta el mundo indistinto una inclusa? ¿La soledad cósmica de la isla distinta, arrojada en el océano indistinto que la abraza en perennidad; colocándola, paradójicamente, más cerca de la gracia de sus ángeles festivos que de Dios? Si esto es así, ¿dónde es que se encuentra el ministerio civil de un poema? Acaso en el simple hecho de que ninguna soledad, por aviesa que sea, es concluyente, y que cuando el poeta canta lo hace siempre para que lo escuchen. Existe un significado insobornablemente gregario en la secreta intención de un verdadero poeta, virtualmente cuando se ha visto por su vida arrojado a las elucubraciones más espantosas: Orfeo, cuando le canta a su Eurídice infernal, lo hace en nombre de las próximas festividades agrarias; cuando Fausto se dispone a viajar al infierno clásico, lo hace por su patria, Alemania; cuando Poe nos relata “Un descenso al Maelström”, no lo ha hecho sin antes advertirnos que ese atroz descenso es uno de los caminos de la Providencia. Luego, ¿cuál es el punto de apoyo para una poesía como la que nos ocupa, la cual, siendo una poesía para una ciudad, parte de la preeminencia de los espacios físicos donde la vida del poeta se desenvuelve, y es, por tanto, el campo abierto de sus jornadas existenciales? Creo, contradictoriamente, que el punto de apoyo de la poesía de Eliseo no radica en esos espacios por él recorridos, del mismo modo que una poética, por sensoria que sea, si no se resuelve en la dimensión de las emociones nada espaciales del poeta, no se resuelve. Por ello, digámoslo así: no son los espacios transitados sino el tiempo vivido lo que importa en una vida y para una poesía. Sería interesante que el lector comprobara que un poemario que nos dice, desde sus primeras instancias, situarse al pie de una ciudad en toda su inmediatez abrumadora, apenas reporta descripciones detalladas del entorno, y pocas veces menciona pasajes de la vida en la calzada. No es tampoco casual que Eliseo nos haga notar, desde las primeras líneas, que la luz y el polvo de esas calles lo enceguecen. Para el poeta, la calzada sólo existe en cuanto posibilidad que lo conduce al poema. Por lo que no es la calzada que contempla, es la calzada que significa. Y comenzando por ser la calzada sentida, intensamente vivida, terminará por ser la calzada como imagen. Porque no es ella, existencialmente hablando, un sendero físico, es un constante decursar en el tiempo indefinible. Y esa imagen, mucho más que posibilitarle una expresión —que es en realidad lo que finalmente hará—, le brinda al poeta el acceso a un conocimiento. Nada sabemos en realidad sobre las verdades que esconden los intersticios en sombras de Jesús del Monte, al menos de una manera directa, ya que pertenecen por entero a la vida interior del artista, aunque él las hará sin dudas translucir en su obra. Por ello, cuando se ha dicho que la calzada reaparece ante nosotros transfigurada por la palabra, es para afirmar que sus significados hay que buscarlos en la propia tradición de la poesía, y, es desde ese plano, prominentemente lingüístico, en el que la belleza del texto no sólo configura en ella la noción del sentido, sino que le entrega el valor de un significado. Una calzada que ya nunca más podrá ser desandada ignorando que su sentido reposa en la belleza de un poema. Me atrevería a sugerir que el mismo título, En la calzada de Jesús del Monte, esconde una trampa para el lector; un Trompe-l’esprit. Porque es ahí donde de una manera esencial el poeta jamás estuvo, porque esos lugares “donde tan bien se está”, y que tanto han hecho hablar, no son otros que los del alma y la imaginación. Y es en esa curiosa ubicuidad espacial, que presupone la absoluta temporalidad, donde se realiza la mirada del artista sobre la calzada y es, además, nuestra mirada. Ya que de algún modo nos condujo a ella, como especie de Hermes psicopompo, y armados como él de la materia abstracta del tiempo y el lenguaje. Este poemario no nos señala un lugar más en la geografía física del universo; es un nombre que se mueve y transforma con el tiempo: Movimento nel tempo. Un bellísimo nombre cubano que invita, en su inmediata formulación, al nacimiento de una poética. Al centro de la noche, centro también de la / provincia / he sentido los astros como espuma de oro / deshacerse / si en el silencio delgado penetraba. / Redondas naves despaciosas lanudas de celestes / algas / daban ganas de irse por la bahía en sosiego / más allá de las finas rompientes estrelladas. / Y en la ciudad las casas eran altas murallas para / que las tinieblas quiebren. / ¡Oh el hervor callado de la luna que sitia las / tapias blancas / y el ruido de las aguas que hacia el origen se / apresuran! / y daban miedo las tablas frágiles del sueño / lamidas por la noche vasta. Quiero pedirle al lector que me permita repetir algunos de los versos de esta estrofa: “¡Oh el hervor callado de la luna que sitia las / tapias blancas / y el ruido de las aguas que hacia el origen se / apresuran!”. ¿Meditaciones metafísicas insertas en el cuerpo poemático? Muy probable, pero algo más: lo anterior fue sugerido teniendo como ámbito de expresión a La Habana. Porque es la Ciudad la que le provoca al poeta ese coqueteo permanente con lo abstracto, como si no le bastara hacernos sentir en sus versos lo fundamental teleológico, para hacernos notar además lo primordial teológico. ¿Qué quiero decir con esto? La teleología, como doctrina del sentido y la finalidad del arte y de la vida del artista, fue el gran credo de los origenistas, por tanto, mucho más vinculada a los grandes temas de la fe —el tiempo lineal que propugna el Cristianismo desde San Pablo— que a un problema propiamente epistemológico. Y sobre todo, significó una respuesta existencial frente a la cruel evanescencia de la vida, que era una de las formas más exacerbadas de presentarse ante ellos lo cubano de manera negativa, como levedad, como “insoportable levedad del ser”. De lo que se desprende que aquellas dubitaciones a que nos acostumbra Eliseo poseen una raíz teológica, si como tal entendemos al corpus mismo de la fe, en este caso no sólo convertida en razón poética y en resolución existencial, sino en fundamento cultural de algo mucho más vasto. Pero volvamos a la estrofa citada: “Al centro de la noche, centro también de la / provincia / he sentido los astros como espuma de oro / deshacerse...”. En la calzada de Jesús del Monte es también un canto eminentemente provincial, si como provincia concebimos lo que nos hiciera comprender un pensador como Kant, con su vida retirada en Konigsberg: todas las metrópolis del mundo se comunican entre sí, compartiendo un saber común; un saber mundano. Mientras las pequeñas ciudades de provincia tienen un modo tan especial de relacionarse con el conocimiento, que puede oscilar entre el infierno y la fe. Hay así grandes ciudades universales y villorrios capitales. La gran ciudad nos muestra a ratos un compendio del mundo en el que no tiene que estar ausente alguna forma de soledad. El villorrio, en cambio, es más cercano a los problemas más recónditos de la condición humana, por una sencilla razón: lo permite allí la infinita morosidad y el tiempo padecido como una maldición. Son en fin soledades distintas en la que suele habitar indistintamente la poesía. Kant, en Konigsberg, atinó a construir una gran metafísica; a los origenistas en Cuba les fue dado acceder a la posibilidad de una poética. Y esta poética implicaba la remisión a una fe y a una teleología. Aunque no era en la dimensión conceptualmente teológica del problema, sino en el complejo territorio de la expresión, donde la doctrina de la finalidad encontraba en ellos su albergue más natural y su sosiego, ahora como razón poética completamente inscrita en lo cubano. Esto quizás explicaría por qué lo esencial origenista no fue nunca ajeno a una preocupación por la historia nacional, pues era en la historia donde debía consumarse el sentido teológico de aquella fe. Si se mira con detenimiento, se entenderá también toda la distancia que les separa de los místicos: San Juan, en el Siglo de Oro, se propone la ascensión al Monte Carmelo para alcanzar la fe —la Teología. Mientras los origenistas proponen la precondición de la fe para después resolver, en un plano estético, su reticente relación con lo histórico. De ahí se entiende que haya sido siempre más correcto que se hablase de una teleología origenista, que de una teología estética solamente alcanzada por un místico, que nos deja los extensos catálogos de sus contemplaciones. Para los poetas de Orígenes, la fe era el alimento de una literatura a contrapelo, que convertía el ideal de lo bello en supremo significado del arte. No obstante, no deberíamos dejarnos confundir en exceso con el formalismo de Orígenes, pues su abstracto ideal suponía también un motivo, una paciente actitud de espera de naturaleza moral que, al revelarse en el plano de la creación, era capaz de comunicarnos cosas esenciales. Jamás fue de otra forma. Cuando Eliseo le canta a La Habana, no sólo nos la devuelve envuelta en un orden formal cargado de sentido, sino que nos ha develado su concepto. Cuando el joven Lezama escribe Muerte de Narciso, no sólo invoca la belleza del mito, nos muestra también una relación en particular con el mito y con la belleza. La Habana de los años 40 —fecha en que se inscribe el poemario de Eliseo— se nos presenta como una ciudad que se mueve entre los difusos límites que van de lo universal concreto —libresco, conversacional, fruitivo— a lo aldeano abstracto, sin llegar todavía a configurar una forma definitiva. Hay mucho en La Habana de estos poemas de aires provincianos, aun reconociendo que en ella se gestaban maneras más cosmopolitas, que lo que hacían, en la práctica, era encerrar en un paréntesis la ciudad, como en un grado muy amplio de indeterminación. Así el cosmopolitismo que rebullía hacia los centros era rechazado por los márgenes, mientras los barrios eran una réplica urbana de la vida provinciana. En la calzada de Jesús del Monte es, por antonomasia, el poema de una barriada, aunque los aires que allí soplan sean universales. Por ello es que digo que la provincia, como condición irrecusable del espíritu, domina aquí el discurso poemático, si como provincia asumimos lo que nos ha dicho el poeta que siente desde ella sin osar jamás definirla: la lasitud del tiempo infinito donde se alojan sus perplejidades. Sólo en esos taciturnos ambientes provinciales, experimentados como cansinos lugares de la atroz costumbre, que desdibujan sus más acusados rasgos en vías de lo abstracto, es que se puede llegar a vivir la noche más metafísica, patrimonio exclusivo de los poetas, la noche presentida, la noche remota y solitaria en la que las brujas regresan a la tierra, y en la que dan “ganas de irse por la bahía en sosiego / más allá de las finas rompientes estrelladas”. No sé por qué debo decir que hay ciertos recuerdos de una infancia menesterosa, que hablan de una marcha nocturna hacia las aguas lustrales de una bahía, que evocan viejas historias y consejas, lejanas visiones del mar y de los puertos y de barcos luminosos anclados a orillas de la noche. Y toda esa relación milenaria del hombre con el mar, donde las cronologías y los viajes nos tientan sólo para dejar paso a la fábula, parecen reaparecer por un momento en unos versos de Eliseo dedicados a La Habana, puramente presentidos, como si lo hubiese hecho para dejarnos expedito el camino para otro conocimiento y otra aventura, cual una imagen que fijara para siempre en nosotros nuestra relación con lo estelar. Mas permítanme volver a paladear el último de los versos: “y daban miedo las tablas frágiles del sueño / lamidas por la noche vasta”. Es justamente en esa noche vasta y temerosa donde el poeta termina por intuir una forma, una forma posible que dar a su Habana imposible. Una finalidad, una razón y una Beatriz. Si bien es cierto que los temas de la calzada parecen oscilar entre las quimeras que le suscitan al poeta la visión de una muchacha, a la que apenas dibuja su hermosa figura, los portales, que son mucho más que azarosos refugios de la lluvia y el sol, “una iglesia”, “una quinta”, “la casa...”, también es cierto que el poeta ha perseguido encontrar, en la adrede fugacidad que el tiempo y el mundo le ofrecen, algo más substantivo. Por ello, esto es lo que realmente provoca en su sensibilidad el Portal habanero, consabido lugar de refugio y, a la vez, esencia misteriosa que se transfigura en el verso en umbral metafísico, antesala de la ociosa inquietud: Entre la tarde caldeados, desiertos fijamente / a solas / esparcían su ociosa figuración de la penumbra / los portales profundos, que nunca fueron el / umbral venturoso de la siesta / la que rocía con dedos suaves los sonidos y / ahonda las estancias / sino que arden hacia dentro como los ojos blancos / de los ángeles / en sus nichos de piedra que la lluvia rural va / desgastando. / También la lluvia los oprime, también roe sus / columnas como vejez la lluvia / rodando sordamente por los aleros, son del / tiempo, vasta como el canto. Es verdad que la lluvia los desgasta (“son del tiempo, vasta como el canto”), es verdad que nunca fueron portal para nada venturoso, y es verdad que los ojos de los ángeles son blancos porque están ciegos. Y es cierto, corresponde esta vez a mi imaginario personal, que hay un modo de ser en La Habana que une nuestra existencia a verdades muy profundas. Como si no se hubiera estado jamás más cerca de los valores primordiales de la vida que cuando se estuvo allí medrando por sus portales vacíos, extraviados entre sus espacios luminosos, carente de amistad, sosiego y abrigo. Siempre me ha llamado la atención ese ilustre profesor que fue el filósofo alemán Martín Heidegger, devanándose, en sus estudios catedráticos de Friburgo, por localizar al ser —piedra angular de la ontología— en un vocablo, hurgando en los orígenes eruditos del Nombre, ignorando que el ser se nos aparece siempre suspendido sobre un rayo de luz, y que hay pocos lugares en el mundo que nos provocan todavía esa rara vocación por el ser como La Habana, porque es allí donde es cualquier cosa menos una nostalgia filosófica o una referencia bibliográfica. La poesía de Orígenes fue testimonio y recurso de esas raras experiencias, de esos comercios clandestinos con algo que, por su propia naturaleza, pertenece a la vida, y a lo que no se llega mediante cátedras ni silogismos. Entre las diferentes poemáticas de Orígenes es quizás el volumen que nos ocupa el que más resalta esa relación primigenia que existe entre la ciudad y el ser, entre La Habana, el poeta y el hombre. Ya que ha sido este cuerpo poemático donde mejor se ha comprendido que es en lo efímero y circunstancial que prolifera en los espacios citadinos, donde puede incubarse la conspicua posibilidad de la palabra. Es un hecho aceptado que fue Baudelaire el primer gran poeta de la ciudad moderna, con su culto al olor de lo podrido y la reinvención del prosema, aunque han sido poemarios como los de Eliseo los que le han devuelto a la ciudad su gracia perdida, su viejo aliento metafísico y su fe abrumadora. Hay incluso un verso, el cual, a la manera de una sentencia, consagra la visión de la muchacha de la calzada, que corrobora que el poeta nos ha hablado desde los peligrosos portales de la existencia a la hora de cantarle a ella y a La Habana: “Mientras la iglesia en imagen te aquieta / dulce aroma del tiempo, hija del hombre / mirarte es un orgullo melancólico”. Y es que la ciudad es eso además, la gracia inmaculada de una joven; un orgullo melancólico. Veamos también estas líneas: Y aquel oro tan suave, que ilumina el arrugado / rostro de los muros / como un fuego lejano que dibuja en el cristal / las amorosas nuevas del pan y la familia / su pensamiento secreto nos ofrece como el oculto / corazón de Dios. Y estas otras: El que tenía costumbre de poner las manos / sobre la mesa blanca junto al pan y el agua / traje rugoso de fervor y alpaca / y aquella su esperanza filial en los domingos (...). Es llamativo cómo Eliseo recurre constantemente a las nociones de lo abstracto e invisible para aproximarnos al tema cardinal de su poemario. ¿Cuál es ese tema? La dualidad de la vida doblada entre lo sensitivo y la fe; “el oculto corazón de Dios”, que se nos revela por medio de “las amorosas nuevas del pan y la familia”. Este libro no sólo es un camino en el tiempo, es el tránsito terrenal de una acuciosa sensibilidad que nos ha remitido su concepto; el de una Habana invisible, no apta del todo para los sentidos; una Habana presentida e interrogada por el artista, apercibida como oficio de la subjetivad y de su gnosis. Y si nos preguntásemos, ¿cuál ha sido la relación del poemario con el universo de símbolos que propone desde milenios el Cristianismo? Encontraríamos en los últimos versos una posible respuesta. Ahí aparecen mencionadas unidades simbólicas como “pan”, “domingo”, “corazón de Dios...”. De alguna manera, todas se corresponden en un orden y una visión del mundo, anclados por igual en la subjetividad del poeta y del creyente. Aunque para el cristiano estas unidades simbólicas no son meras representaciones figurativas de un credo, son dones que nos hacen entender, y practicar, otro papel de la metáfora. Para el poeta cristiano, la metáfora no es la mera alteración del significado, o de la forma de la palabra, en aras de otra gestión lingüística, es el proceso de transformaciones que sufre nuestra relación existencial con lo real para ponernos en contacto con temas básicos: el perdón, la fe... la caridad. Es decir, lo simbólico no opera aquí como lo haría un signo, con una sustitución convencional de la realidad, sino como una gracia capaz de mostrarnos a plenitud la copiosa e intransferible verdad que posee lo real. No obstante, ¿cuál es esa esperanza filial de los domingos a que se ha hecho alusión? Podría responderse, la de la familia, aunque más aun: el valor gregario y colectivo que posee también la fe, y el sentimiento que nos lleva a comprender toda forma verdadera de comunidad como comunión. Desde esta perspectiva se podría de nuevo preguntar, ¿es luego el poemario de marras un canto civil, o al menos admite esa lectura? Quizás, sobre todo si se ahonda en la pretensión del poeta de hacer de ese domingo filial el núcleo gestor de una forma muy depurada de civilidad y la manera más destilada en que puede ser concebida el alma nacional. Un alma y un destino nacional avocados a una relación conflictiva con la historia, lo cual nos sirve para enunciar con relativa claridad un problema; el problema histórico, en este caso, en estrecha relación con el movimiento estético que representó Orígenes, entre los años 40 y 50 de la pasada centuria. En las premisas teleológicas de esta poesía habitó una meridiana contradicción, ya que si por una parte estos poetas esperaban ver resueltos, en un punto futuro de la historia nacional, los nudos que la propia historia ataba, la interpretación de esa historia carecía de un juicio objetivo. Por tanto, lo único que podía nacer de ahí era una estética y una poética, enderezadas como un puro foco de resistencia frente a lo inmediato factual. Y esto último fue lo que sucedió. De esta manera, los origenistas investigaron en nuestra historia nacional, no para encontrar un sentido, y sí para hacer de la noción abstracta del sentido una razón histórica. Y del mismo modo que en Eliseo se unifican razón y sensibilidad, en Eliseo se oponen dicotómicamente naturaleza y verdad. Con la verdad, los poetas de Orígenes enunciaron una finalidad más alta, aunque sometida al rigor de una naturaleza de lo cubano degradada. Hay mucho en esta ciudad translucida en los poemas de la calzada, que me evocan Cementerio marino de Paul Valery. Pero donde radica la similitud radican además las diferencias. Valery trazó sin dudas un camino en el destino de la poesía occidental, y la aproximación entre los dos textos es posible por la inusual capacidad que tienen ambos poetas para poder contemplar lo invisible y cantarle a naturalezas sumergidas. Mas el poeta francés construye su poética para una ciudad arqueológica, totalmente sepultada en los orígenes mediterráneos de la civilización occidental. Mientras no hay arqueología alguna en La Habana del poeta cubano, quien, desde su lugar, lo que ha hecho es levantar el manifiesto civil de la fe y la sensibilidad. Quisiera mostrarle al lector enteramente uno de los poemas de la calzada que bien podría ilustrar lo que digo: la aguda conciencia del límite que atenazó el alma histórica de estos poetas y la esperanza que termina por rebosar todos los lindes. Sobre la desolada perfección de lo pétreo / sin caridad elevan una muralla que no conoce / término / para que la costumbre dulcemente bestial / que dimos al cansancio se rompa por la cuesta / con la sentencia insobornable de la cuesta / que deberán subir los ojos ensombrecidos por el / macizo fuego / en penitencia del espíritu / que deberá cansarse cuando se cansa nuestro / cuerpo. Concluye Eliseo en su poema “La iglesia”: Pero sobre los lomos de la roca que nadie / supo quién hizo por piedad gigantesca / como sobre la mano cuidadosa de nuestro padre / santificada por la noche purpúrea de los magos / hay una iglesia, unos álamos, unos bancos muy / viejos / y una penumbra bondadosa que siempre / se ha prestado grave a los recuerdos. Eliseo, acomodado en sus certezas, y teniendo por intermediaria a una ciudad que le prestaba calor y abrigo, nos habla de esos gratos lugares a los que lo condujo siempre la costumbre: “unos álamos, unos bancos muy viejos”, y una bondadosa penumbra que se presta a los recuerdos, que nos trasladan, oblicuamente, a ese juego pícaro que es también la literatura, que al poeta origenista le atrajo tanto practicar, como otra manera de hacer reír a los amigos y de sentarse a ver el tiempo pasar. A mediados del siglo XX se notaba de manera incontestable que en la República fundada en 1902 se vivía un agotamiento progresivo de sus fuentes espirituales, las cuales habían tenido su impulso principal en el ministerio civil de José Martí. Por lo que en Eliseo se comprueba la aguda conciencia de esa dicotomía que desangrará lo nacional a través de todo el siglo XX, que, comenzando por oponer la verdad abstracta a la simple inmanencia del mundo, obliga a que el artista nos remita a un cuerpo de verdades invisibles a la hora de poetizar sobre su ciudad. Porque es también la ciudad que ha terminado por apartar su abrumadora realidad factual de toda forma de abstracción posible, y donde las esencias se han desplomado como si fueran las ruinas de viejos edificios. El tema de la República se hace patente en los siguientes versos, donde la frase que da título a esta parte del poemario, “Ese sitio en que tan bien se está”, contiene visos de mordaz ironía: (...) y hablando y trabajando / en estos alegatos de socavar miserias / giro por giro hasta ganar la pompa / contra el vacío el oro y las volutas / la elocuencia embistiendo los miedos / contra la lluvia la República / contra el paludismo quién si no la República / a favor de las viudas / y la Rural contra toda suerte de fantasmas: / no tenga miedo, señor, somos nosotros, duerma / no tenga miedo de morirse / contra la nada estará la República / en tanto el café como la noche nos acoja / con todo eso, señor, con todo eso / trabajoso levanto a través de la lluvia / con el terror y mi pobreza / giro por giro hasta ganar la pompa / la Divina Comedia, mi Comedia. La referencia final a la Divina Comedia trae a colación varias cosas; una de ellas, que para el artista ese cuerpo teológico medieval nunca fue un texto ajeno. Como el Quijote de Pierre Menard que nos propone Borges, la obra de Dante nos pide que la reescribamos y la hagamos nuestra, con su Beatriz, su Comedia y su ironía. Si con respecto a la magna obra de Cervantes, los escritores en lengua castellana compartimos la pasión por su escritura, con Dante nos involucra su concepto. Pues todo acto de fe ha tenido siempre a su comediante, como toda razón a su Beatriz. Para los origenistas, la República había que atravesarla como quienes viven un acto de fe y experimentan una comedia, con la creencia de que solamente una hipertelia de los acontecimientos le pondría feliz término. Estos acontecimientos “hipertélicos” nunca llegaron, la República se desintegró, poniendo en entredicho la fe y a Beatriz, dejándonos tan sólo la ironía. Por ello impresiona que esa mención a la Beatriz de sus poemas, el poeta la realice de manera tan temprana mediante una evocación y dos nostalgias; la de Bella y la de la tarde. No es por tanto casual que el poema a quien sería para siempre su esposa comience subrayando la atmósfera inmaterial y evanescente que rodeaba aquellas citas. Se nos dice así en “Nostalgia de por la tarde”: Y el taciturno banco entre los álamos dormido / y aquel campito hirsuto a quien las lluvias / respetaban. / Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos / que no los cruza nunca la bendición de unas / palomas / que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio / como quien sueña un grave color que nunca / viera / como quien sueña un sueño y eso es todo (...). Los poemas de la calzada son el relato de una ensoñación que contiene acentos de añejas romanzas y una expresión prominentemente lírica, que nos cuenta sobre una relación privilegiada con un tiempo y una ciudad que ya no existen. Aunque, si nos fijáramos con atención, veríamos en ella también un exordio y una reiterativa cadencia, que comienzan por comunicarnos un estado del alma dispuesta a la ascensión de una dolorosa cuesta, pero que no es la cima que nos llama a un sentimiento de bienaventuranza. Por el contrario, es un bregar por las interminables llanuras de una República estereotipada, terciada por la extrañeza de lo ajeno y la ajenidad ante lo propio. A esta República insubstancial, el artista oponía la belleza de su canto y de su ciudad, como si hubiera allí aún un resquicio donde encontrar refugio; una amistad, una verdad y una misión. De ese tiempo, que Eliseo poetizara, se nos dejó dicho además que era bello, acaso venturoso y, a la vez, dominado por una cruel finitud que haría de la ciudad uno de los últimos dones de la nostalgia. Es eso realmente lo que pasa con este poemario, devino a la larga la crónica de un tiempo perdido, de una naturaleza negada. De ahí que la ciudad de las que nos habla Eliseo tenga hoy ensueños de ciudad sumergida, de cementerio marino frecuentado por hipocampos, en el que se bañan los animales más finos, los antílopes y serpientes de pasos breves, a los que les cantara Lezama; esa pasmosa arqueología de lo que fuimos o no pudimos ser. Y tú, gran alma, ¿un sueño acaso esperas libre ya de colores del engaño que al ojo carnal fingen onda y oro? ¿Cuando seas vapor tendrás el canto? Paul Valery. No puede ser finalmente casual, en el gran poeta que sin lugar a dudas fue Eliseo, la pasión literaria que sintiera por el Orlando, que es, básicamente, una poética del tiempo. La gran novela de Virginia Woolf y En la calzada de Jesús del Monte comparten de maneras distintas una misma relación con el tiempo, que, en el caso del poemario, sólo se ha podido valorar correctamente con el pasar de los años, cuando la finitud a que fue sometido se abriera a los espacios definitivos de la intemporalidad. Pero La Habana invisible existe, del mismo modo en que existen la Cuba secreta de María Zambrano y los jardines invisibles de Lezama. No tenemos que sumergirnos en las obscuras aguas de los orígenes para contemplarla. Nos fue un día mostrada, alzada por la gracia, sostenida por la palabra, acariciada por nuestra sensualidad, justamente donde el paganismo debió ceder paso a la espiritualidad cristiana. Porque hay dos formas básicas de invisibilidad: cuando la patente oscuridad que rodea a las cosas las hace refractarias a nuestro escrutinio; o cuando la luz que las envuelve es tal que permite, en su líquida transparencia, que nuestra mirada las traspase. A ese segundo orden de invisibilidad pertenecen los lugares emotivamente secretos de La Habana, a la manera de jardines invisibles y sonoras soledades donde se oculta la rosa gnóstica de nuestra perplejidad. Porque quién vio jamás / pasar al viejecillo / de cándido sombrero bajo el puente / ni al orador sagrado en la colina (...). Pero quién vio jamás / el ruedo misterioso de tu falda / mientras cortas las rosas en la tarde / ni el roce y la tristeza de la lluvia / como un ajeno llanto por mi cara. / Porque quién vio jamás las cosas que yo amo. Esa Habana secreta que nos coloca en los portales de la palabra y el misterio, y aquellas tardes dichosas de las barriadas, que eran las tardes universales de la poesía, con su ángelus de Millet y Juan Ramón, donde las cosas van cambiando de color y la ciudad se apresta, como una vasta coreografía, a un nuevo desfile de personajes y figuras. Y esa noche tibia de los magos (¡!), porque ¿quién vio allí jamás las cosas que yo amo? ** Julio Pino Miyar http://www.letralia.com/firmas/pinomiyarjulio.htm Poeta, ensayista y narrador cubano (Santa Clara, 1959). Radica en Estados Unidos desde 1987. Colabora en calidad de ensayista con prensa escrita de Cuba, Estados Unidos y América Latina. Ha sido prologuista de varios libros de literatura. Escribió las palabras del catálogo del Primer Premio Internacional de Pintura de la Bienal de La Habana de 2001. En 2003 realizó en Tel Aviv una exposición conjunta de fotos bajo el rótulo “El libro de los árboles desnudas”. En 1995 fundó en Miami la revista cultural Los Conjurados. Tiene en La Habana tres libros en proceso editorial. ||||||||||||||||||||||||||||||| LETRAS |||||||||||||||||||||||||||||| *** Tres poemas Freddy Sosa *** Nuclear Nicolás Colla *** Detrás de la bruma (extractos) Camila Charry Noriega *** En la otra tierra del sueño (cuentos) Róger Vilar *** Palabra necesaria Ernesto Fernando Iancilevich *** Ocho cuentos breves Carlos de la Hoz Albor *** Poemas Marisol Cabrera Sosa *** Cuestión de devoción Adriana Medina *** San Lucas, Ciudad Quesada 2011 y otros poemas (extractos) Adriano de San Martín *** Primavera Mario Damián Uribe Hernández *** Poemas Beatriz Iriart *** El aguacero, Lorca y Benedetti Víctor Manuel Iravedra === Tres poemas Freddy Sosa ========================================== *** De soledad perfecta De soledad perfecta. De impecables errores. Sin gritos y sin lemas. Sin glorias ni consignas. Avariento de lluvias. Señor de la neblina. Desconocido y triste. Equivocado y torpe. Expulsado y herido. Incómodo y silvestre. Desconocido y ebrio. Hostil, lejano y pobre. Así te hice, amor, Así te quise. Así seguí tus pasos. Así cuidé tus noches. Pasto que pisa el pasto. Materia del olvido. Tela urdida de gotas. Una canción, tres hijos. *** Con detalle recuerdo Con detalle recuerdo uno por uno los besos que no nos dimos nunca, y recorro las citas en los tristes cafés donde nunca estuvimos. Que todo lo recuerdo: el roce de tu falda, tu pelo entre mis manos, el primer sol despertando en tu cara, el olor de la lluvia apagando la hoguera. Y la calle que jamás caminamos, y la puerta cerrada que ninguno ha visto, y tu sombra en el parque donde caían las hojas; y tu miedo a mis manos y el silencio. Y un tranvía amarillo donde nunca estuvimos. Y un domingo imposible en un jardín de una casa pequeña. Y una niña que nunca ha sido nuestra corriendo en una plaza detrás de unas palomas. *** Temo septiembre Temo septiembre. ¿Es digno esto o legal o está mal visto? Tengo miedo a septiembre. Temo todo después y todo adverbio. Temo caer. Me pesa el lado izquierdo. Estoy solo en agosto y tengo miedo. Si caigo con mi peso caeré sobre mí mismo y vendrá el tiempo a mirarme caído hundido entre las hojas de septiembre. Caeré. De soledad y miedo. El próximo septiembre. Caeré probablemente. Hoja inútil de otoño entre la gente. ** Freddy Sosa http://www.letralia.com/firmas/sosafreddy.htm Escritor venezolano (Guaraque, Mérida, 1955). Licenciado en letras y profesor de la Universidad de Los Andes (ULA, http://www.ula.ve). === Nuclear Nicolás Colla ============================================ 1 Tus dedos tamborilean sin cesar sobre la mesa, generando una melodía insoportable. Hace mucho que el clima distendido y solemne de la sala ha desaparecido sin dejar rastro: hay demasiado en juego. —¿Y qué podemos hacer? —Nada, Amadeo. Absolutamente nada. —¿Podríamos defendernos? —¡Por Dios, tienen armas nucleares! ¡Claro que no! Mateo se tapa la cara en un gesto de cansancio, el pelo rubio lloviéndole por la mano. A su lado, el ministro de defensa está sentado rígido, impotente ante la situación. —¿Y aceptaría alguna concesión? —¿Concesiones? ¡Es un loco! ¡Se ha propuesto acabar con el mundo, y lo está haciendo, Amadeo! —y con un suspiro ahogado en desesperación—. Sólo quedamos nosotros. El teléfono suena y tu mano se precipita sobre él. Tras escuchar unas pocas palabras, tu mirada vacía se cruza con la de Mateo, y murmuras: —Nos han declarado la guerra. Y te fijas en la cara del ministro, inclinada hacia adelante. Sabes que, dentro de ese uniforme militar plagado de medallas, hay un alma que llora. ¿Para qué han servido todas las condecoraciones? Para sentirse más fuerte, infinitamente más poderoso, pero no para poder evitar la tragedia que se dirige, lentamente, hacia vosotros. Pensabais que jamás iba a ocurrir, y creíais firmemente en la larga existencia de vuestro país como un pequeño jardín del Edén en medio de un planeta destrozado por las bombas. Pensabais que jamás iba a ocurrir, pero está ocurriendo y no hay esperanzas de solucionarlo, a pesar de que habríais podido prevenirlo hace mucho tiempo. De haber imaginado que esto iba a pasar como pasó con Inglaterra, con Ucrania, con Rusia y con Finlandia, con Estados Unidos, con China, con Sudáfrica, con Japón, con Canadá y con el noventa por ciento del mapa, habríais agotado vuestras fuerzas ingeniando un mecanismo que os permitiera defenderos. Pero no fuisteis capaces de admitir la situación y de comprender las pequeñas advertencias que os llegaban desde un país lejano que no tenía nada en vuestra contra. Creíais que os estabais enfrentando a un agresivo dictador, cuando, en realidad, se trata de un hombre irracional, un enano mugriento que disfruta manchándose con la sangre de los millones de cadáveres que carga sobre sus espaldas. Ahora es tarde y las concesiones futuras, como las pasadas, no tendrían ningún efecto. En un intento de lamerle las botas para libraros del desastre, os habéis empobrecido de una forma descomunal, y habéis retrocedido más en unos años de lo que habíais avanzado en cincuenta. Y eso era lo que él quería, pero no fue suficiente. Nada sería suficiente. 2 Mateo, tu mejor amigo, tu vicepresidente, camina de aquí para allá, víctima de un ataque de nervios. El ministro de defensa, ausente, ensimismado como de costumbre, contempla fijamente la bandera del rincón, a la que todos habéis jurado protección. Tú estás sentado en uno de los sillones, meditando, abstraído del mundo. Para ordenar tus pensamientos, abres la puerta blanca del despacho y paseas lentamente por el largo pasillo. El silencio absoluto te llena los oídos, hasta que percibes un sonido, como de pasos, cada vez más fuerte y nítido. Es la muerte, triste, inevitable, que se acerca. 3 Con la rabia amontonándose en cada centímetro de tu ser, aprietas el auricular contra tu oreja hasta hacerte daño. —¿Qué quieres de nosotros, tirano? Pero él, al que imaginas acurrucado en su mansión, con su habitual sonrisa de títere pegada al rostro, no te responde. —¿Qué quieres de nosotros? ¡No podemos darte más! —En ese caso —dice él, con una voz que parece salida de las puertas mismas del infierno— os quedan cinco horas. Tu cara comienza a enrojecer, y tus puños comienzan a apretarse. Casi sin darte cuenta golpeas la mesa, y el eco resuena entre las cuatro paredes de tu despacho. Es un sádico, y nada podrá hacerle cambiar de opinión. —¿Por qué haces esto? —gritas—. ¿Es que te produce placer? Como antes, él se queda callado, y todo comienza a dar vueltas a tu alrededor. Tu esposa entra y saluda a los dos que te acompañan. En este momento eres consciente de que no podrás volver a sentir el gozo de una de sus caricias. Jamás podrás volver a reírte con ella, a disfrutar por el mero hecho de su presencia. Es el fin. —¿Vienes a almorzar, cariño? —te pregunta, fijando sobre ti sus eternos ojos de niña. Cuelgas el teléfono, presa del miedo y de la angustia. Procurando que la voz no te falle, le respondes, todo lo amablemente que puedes: —No, cariño. Estoy demasiado ocupado. Cuando ella se marcha las piernas te comienzan a flaquear y caes redondo al suelo. Al rebotar sobre la moqueta, tu cabeza produce un sonido espeluznante. Al despertar, verás unas piernas colgando a un metro del suelo. Será el ministro, y no le culpas. A su lado, verás el cuerpo de Mateo encima de un charco de sangre. A través de la ventana observarás un rato la calle desierta, sin nada más que hacer, y escucharás el aullido desesperado de una mujer. Como a ti, a esa mujer le quedará poco tiempo. Mirarás el reloj: habrás estado inconsciente cuatro horas. Sesenta minutos después de haber abierto los ojos, un hongo atómico se verá desde el espacio, y todo aquello que alguna vez amaste será destruido. En una hora, no serás más que un cadáver desfigurado por la radiación. Ya nada importará, así que, en un último esfuerzo, descolgarás el cadáver del ministro e introducirás en la cuerda tu propio cuello. ** Nicolás Colla http://www.letralia.com/firmas/collanicolas.htm Escritor uruguayo (Montevideo, 1997). Mantiene un blog personal en http://desvarioshistoricos.blogspot.com.es. === Detrás de la bruma (extractos) Camila Charry Noriega ============= Detrás de la bruma (http://bit.ly/ZDewun) Camila Charry Noriega Poesía Editorial Común Presencia Colección Los Conjurados ISBN 978-958-9233-12-2 *** Ruido Ruido no silencio henchido de torpeza vacío de secretos; no el silencio que pretende inteligencia sí la imagen que se deja caer sobre sí misma y revienta fractal hasta el último laberinto de deseo; ruido que me invade ruido que me anuncia que en el centro de la tarde siempre arde un volcán que hemos olvidado. No el silencio su deseo perdido sí el estrépito, como trueno que rebota dentro de las campanas eco entre eco. Sí el movimiento de la sangre que se abandona al estremecimiento de la carne tajo que revela el hueso de la espina voces que el corazón espera en mitad de las hogueras que crepitan y alejan el amor. *** Tempestad El deseo íntima batalla de insectos radiantes que se alzan como una tempestad en medio de mi noche. *** Olvido Estarás lejos cuando en las tardes el aguacero de siempre esconda golondrinas y gusanos. Sabrás al fin que olvidar es sólo esquivar entre las calles fantasmas que la luz de los faroles imagina. === Padre, hay un poema que pone fin a la noche, una insólita geometría verbal que recita nuestra sangre sin decirnos… Adalber Salas Hernández Eso que recibía era el áspero deseo de una caricia de una palabra aunque lejana. La voz del padre que recorre con su canción todas las medias noches de la infancia. Mi cuerpo carga la raíz de su espíritu que brilla desde la patria más oscura mi padre ha hecho en mí ese silencio pesado que cae allá en la montaña y la necesidad de mirar las estrellas para confirmar que todo sigue en orden. Mi padre guarda para mí todas las nostalgias que en el último momento mojarán su frente y sabremos siempre que todo lo que no llegó es lo que duele. Padre, ahora que el tiempo nos alcanza confirmamos que no es tan terrible la extraña lejanía que nos ató terrible la que vendrá; mis culpas, mis malcriadas palabras relevando el lugar del silencio esas noches tristes que ya amenazan calcinarán mis ojos cuando tu cuerpo se canse al fin de soportar tanto afán por tocar con los labios otras constelaciones. === Hemos bebido, Señor La sangre y la imagen que había en la sangre, Señor. Paul Celán Señor te arrojo el brillo de mis lágrimas las tripas del sacrificio y la cabeza muda del buey. Te arrojo la semilla que crece apretada en este lado de mi noche. A ti debo estas pesadillas y la respiración ausente del corazón. === Dentro de ti sólo festejé lo perdido. Renové mi muerte y sentí al tiempo partir Gonzalo Márquez Cristo Somos los desterrados los que se miran desde la desgracia que habita todos los finales. Somos los que rasguñan la entraña de esa fiera que llaman Dios para que sangre y llore porque no podemos retener el tiempo y su vértigo en mitad del cuerpo. ** Camila Charry Noriega http://www.letralia.com/firmas/charrynoriegacamila.htm Escritora y docente colombiana (Bogotá). Profesional en estudios literarios de la Pontificia Universidad Javeriana (http://www.javeriana.edu.co). Trabaja como profesora de arte y literatura. Creó y dirigió durante 3 años un taller de poesía y creación literaria para jóvenes. En 2011 organizó y coordinó un concurso de poesía intercolegiado que convocó a varias instituciones educativas de Bogotá. Ha dictado conferencias en colegios y universidades alrededor del tema de la poesía y el arte. Relatos y poemas de su autoría han aparecido en diferentes medios de comunicación nacionales e internacionales. Detrás de la bruma (http://bit.ly/ZDewun; 2006), publicado en la colección “Los Conjurados” de Común Presencia Editores (http://coleccionlosconjurados.blogspot.com), es su primer libro de poesía. === En la otra tierra del sueño =========================================== === Cuentos Róger Vilar ============================================== *** El reflejo de Mister Raven Nevermore La lluvia con su aliento frío une piedras y almas. Mister Raven Nevermore, con gabardina negra y paraguas, llega a la puerta de su casa. Gorgonas talladas en las planchas de roble y grandes clavos herrumbrosos reciben la sombra de una llave. Entra. El vendaval bate las ventanas. Una vela parpadeante ilumina los muebles isabelinos. En un sillón un escritor compone un poema a Leonor. Musita su nombre y llora. “Ha de ser Poe”, se dice Mister Raven Nevermore. Se despoja de la gabardina, cuelga el paraguas, y chasquea su afilado pico de ave. Abre la mano, salen las afiladas garras. Ya tiene a Edgar a su alcance. Escucha sus meditaciones. “The death of a beutiful woman is, unquestionablly, the most poetical topic in the world”. Raven disfruta la frase. Quisiera escuchar más. Algo que hiera de belleza su alma. Mira la madera con volutas oscuras. La talla de algún maestro perdido en el pasado. Clava sus garras en los brazos de Poe y le da un picotazo en la nuca. Siente cómo se quiebra una de sus vértebras. Edgar profiere un bellísimo verso. “...dreaming dreams no mortals ever dared to dream before”. Mister Raven cree morir dulcemente en esas líneas. Quiere escuchar más. Pero el poeta calla. Entonces destroza a picotazos su cuello y su cabeza. Un gran silencio se extiende sobre la alcoba. Las sombras se alargan en el suelo. Mister Raven da la vuelta, quiere contemplar la cara de Poe para averiguar su mudez. Pero no hay nada del otro lado. Tan sólo un espejo en el que Mister Raven ve su faz de cuervo antiguo y majestuoso. *** La seducción de Don Rodrigo Don Rodrigo se marchó al Monte de las Ánimas esta noche. Allí dejé mi collar de perlas. Si lo encuentra seré de él. Dicen que los fantasmas de los monjes templarios vagan allí y decapitan al que se atreva a perturbar su descanso. Pero el hombre que me quiera tener ha de ser diferente a todos. Quizás Rodrigo lo sea. No sé, pero salió al galope bajo la tormenta. Candelabro en mano me dirijo a mi alcoba. No rezo. La piedad no es mi fuerte. Sólo me gusta ver cómo los hombres me aman hasta la locura. Quizás eso mismo hicieron mis antepasadas. Hijas de un noble Califa de Córdova y de lo que quedaba de la nobleza visigótica: aquellos que presumían la sangre azul de las montañas. Miro mis brazos pálidos. Tomo las sábanas. Me cubro. Afuera cae granizo. Las campanas de conventos sumergidos en la niebla suenan. Escuchó una jauría, caballos, ruidos de acero. Quizás una batalla. Parecen bajar esos ruidos del Monte de las Ánimas. Luego hay un gran silencio. Un caballo llega al castillo. Las herraduras rompen maderas viejas. El viento silba entre las almenas. Murmura entre las cortinas. Los pasos de un hombre con armadura recorren la antesala. Una mano de hierro abre mi puerta. Ha de ser Don Rodrigo. Siento un aliento frío en la mejilla. Escucho su voz. “Aquí está el collar de perlas, ahora eres mía”. Su mano me toma por el cuello. El cuerpo baja para besarme. La escasa luz de las velas ahora lo ilumina completo. Le falta la cabeza. Ahora una pasión sin boca ni labios pretende besarme. Seré la esposa de un muerto. *** El rey del bosque Soy el rey del bosque. Asesiné a mi predecesor para ocupar su trono, pero en el centro de la floresta el castillo está vacío. No hay súbditos ni perros de caza. En los techos infatigables arañas miden el aburrimiento con sus hilos. Cometí el crimen para hacer mía a la Dama del Bosque. A veces la veo reflejada en los espejos. Sobre el lago flota el eco de sus cantos, pronunciados en otro tiempo y para otro amante. Nunca he podido tocarla ni verla de cuerpo completo. Me acuesto junto a los ríos y descubro pedazos de vestidos blancos. He llegado a recomponerla juntando los dibujos del sol cuando pasa entre las hojas y las piedras. Afuera de este bosque me suponen rey de la dicha y del todo. Un hombre se ha introducido en mis dominios para matarme y ocupar mi lugar. No le he dicho la verdad sobre el castillo. Cuando salgo de paseo él vigila mi sueño y mis pisadas. Por eso nunca abandono mi espada, cualquier momento puede ser el último. Ignora el mísero que este reino sólo tiene como sustancia la fábula y la leyenda. Afuera, lo sé, hablan de banquetes inacabables, de bufones con siete cabezas, de un ejército de dragones, y una caballería de faunos. Es mentira, pero no me atrevo a marcharme del bosque y revelar la verdad. Pensando en la gloria que me atribuyen en otros países, cumplo con mi reinado de esperar la muerte a manos del que pretende mi trono. Conservo una mentira que sólo le será revelada al que me acecha cuando logre matarme. *** En la otra tierra del sueño Busco un lugar del sueño donde he tenido una sensación jamás vivida en la vigilia. Floté sobre un bosque, una carretera y una muralla al mismo tiempo. Yo era ligero. Podía repartirme entre los tres lugares. Ahora, cuando me acuesto, trato de evocar ese sitio del sueño donde fui feliz. Doy vueltas. Regulo mi respiración. Intento recoger en mi mente cada molécula de mi cuerpo para imaginar que, licuado, se filtra a esa dimensión que nunca he vivido. Lo traslado al atisbo del muro. Sólo logro recrear unos centímetros. Junto a éste hay agua. Un agua que contemplé de niño en el río de mi ciudad. La corriente se transfiguró en un sueño que soñé también hace varias noches. En este yo había matado a varias mujeres, pero nadie me descubría porque asesiné a desconocidas sin relación conmigo, en un paraje desierto. Y las eché al río de mi infancia. Ahora yo visitaba a mi madre con la sensación de ser un homicida buscado. El sueño con los bosques, las murallas y la carretera tiene una extraña relación con el de los homicidios. De alguna manera el río de mi infancia une todos los ámbitos pasando por tubos invisibles, bisagras que la conciencia no logra clarificar. Me dormiré sin encontrar las llaves de ese laberinto que une la muerte con los ríos y el paso de un tiempo irrecuperable. *** La expedición Desde hacía diez días no teníamos noticias de los exploradores que pretendían escalar el monte Otorten, en los Urales. Salimos a buscarlos. La nieve parece borrar al mundo. Hemos avanzado durante meses, pero nuestra vida sólo abarca el instante blanco y frío en el que intentamos existir. Al fin otro color interrumpe este infinito. Las tiendas de campaña de la expedición de Carlos Fadrique Iker destrozadas. Sus aperos dispersos a la redonda. Algo obligó a huir a los 15 exploradores. Buscamos y buscamos en círculos concéntricos. Pasamos por rocas, zanjas, el inicio de un bosque de coníferas... Entonces vemos los cadáveres. Quitamos la nieve de sus rostros. Eran jóvenes cuando partieron hace menos de un año. Carlos Fadrique, el más viejo, no llegaba a los cuarenta. Ahora son ancianos. Sus cuerpos transitaron por más de medio siglo en unos pocos meses. ¿Por dónde caminaron? ¿Qué lugar es este que comprime los años y los extiende a través de unos pocos segundos? Empezamos a envolver los cuerpos, debemos devolverlos a sus familiares. No podremos solos. Con nuestros radios nos intentamos comunicar a la ciudad de Magnitogorsk, nos responden en un idioma que no es el ruso. Suena más bien a graznidos y gruñidos. ¿Quién la habita ahora? No sabemos, pero cada vez tenemos menos fuerzas, nuestras manos muestran los estragos de la artritis, el cuello se nos ha llenado de arrugas y pliegues, hasta los vellos de nuestros brazos encanecieron. Carlos Fadrique nunca llegó a la cima del Otorten, pero sus pasos lo condujeron a un túnel del que ningún humano regresa. *** La tumba viva El recorrido siempre es el mismo. Un museo donde hay una catacumba que baja muchos metros. La escalera es estrecha. No recuerdo de qué modo desemboca en el subterráneo. Allí hay una tumba, pero no presiento ningún peligro. Los huesos, dentro de ella, están muertos. Entonces comienzo a dar indicaciones a alguien. Mis palabras delinean una gran mansión a unos cien metros. Durante años la gente ha visto esa casa, pero no imaginan lo que hay adentro. Otra tumba, pero ésta alberga a un muerto vivo. Me manda señales todas las noches. En una de ellas aparece un hombre canoso, algo gordo, que viste una vieja casaca gris. Es un habitante del siglo XVIII o XIX, creo yo. En su amplia biblioteca están las claves de mantenerse vivo dentro de la tumba. Eso era casi cada noche que lo veía. Una vez, sólo una, estaba yo sentado en mi cuarto. A continuación, después de una pared, estaba el hombre canoso. Leía invocaciones. De la tumba (es una tumba ambulante, lo mismo está en la gran mansión que en mi barrio) se levantó un ser verdoso que tiene aproximadamente 5 mil años de antigüedad. Se separa sólo unos 30 centímetros de su ataúd. Creo que sus fuerzas irán aumentando poco a poco y un día el cadáver viviente me mirará a los ojos y me tocará el rostro. *** Julio Ruelas muere en París El buche de sangre cayó sonoro en la escupidera. Tal vez se deslizaban allí pedazos de pulmones, de hígado... Hacía días que no se levantaba de la cama en aquel hotel de París gris y frío. Venían a verlo amigos, pero la fiebre y el delirio le impedían saber de quiénes se trataba. Sólo notaba con claridad un ser que revoloteaba en las esquinas del cuarto. Era rechoncho, con alas de mosca, tetas de mujer, obesas, usaba gafas, tenía orejas de murciélago, y un pico largo y afilado. El ente parecía habitar tanto el sueño como la vigilia. Se dormía Julio Ruelas y veía la gran catedral de Zacatecas, de cantera rosa, barroca, con los dos campanarios, y en el de la derecha el abejorro regordete volaba entre las campanas. En esta ocasión portaba un largo rosario para sus rezos y un velo de mujer, semitransparente, cubría su rostro. Ruelas, entonces, era un niño de 7 años, y fue el único habitante de Zacatecas que vio al extraño feligrés. Pasaron los años, olvidó al gran moscardón andrógino. Ahora echaba un nuevo buche de sangre, los dientes se aflojaban, y también caían tintineantes. Entonces el abejorro se acercó, se plantó en el pecho de Ruelas, y dirigió su afilado pico a la garganta. Empezó a destrozarle la tráquea, luego picó la columna vertebral, rompió huesos y nervios... El alma de Ruelas salía quejumbrosa. El ser alado la absorbió lentamente a través del pico y se la llevó volando sobre los tejados de París. *** Thomas de Quincey busca a Ann Thomas de Quincey vio la silueta de una mujer vestida con velos oscuros en una esquina de Oxford Street. Pensó que era Ann, la prostituta que meses atrás le había salvado la vida. ¿Los millones de posibilidades de que nunca la encontrara habían declinado su fuerza a la única posibilidad de coincidir en el universo? Tocó el hombro de la mujer, ella se volvió y mostró su rostro de criada de provincias. No, no era Ann, la dulce prostituta de 16 años que consumía su carne luminosa entre los rufianes. La había buscado incesantemente desde que regresó de aquel viaje al País de Gales. Habían acordado que en aquella esquina, a las 6 de la tarde, se verían. “No sé qué día regrese, Ann, pero luego de una semana ven aquí todas las tardes, yo también vendré y te encontraré”. Thomas de Quincey había cumplido la promesa. Arribaba diariamente a la esquina. Esperaba a que el bulto de alguna mujer surgiera del crepúsculo. La abordaba. Ninguna había sido Ann. Lamentó no haberle preguntado dónde vivía, o por lo menos su apellido. Una vasta oscuridad hecha de casualidades se extendía entre él y ella. Intentaba imaginar los diversos tipos de azares que pudieron alejarlo de la muchacha. Ya había contabilizado 234 posibles causas para no encontrarla. Podría llegar al infinito. Mientras tanto seguía viniendo a aquella esquina. Cada mujer que se detenía allí tenía una razón para hacerlo, mientras que en el otro extremo de la lógica o del absurdo Ann tenía un motivo para ausentarse. ** Róger Vilar http://www.letralia.com/firmas/vilarroger.htm Escritor cubano (Holguín, 1968). Reside en México. Licenciado en educación artística por el Instituto Superior Pedagógico E. J. Varona (La Habana). Tiene además un diplomado en creación literaria por la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de México. Ha publicado los libros de cuentos Corceles en la pradera (Holguín, 1986) y Aguas de la noche (Holguín, 1987), ambos editados por el Ministerio de Cultura de Cuba, y La era del dragón (Edamex, 1998). Cuentos suyos aparecen en las antologías Los últimos serán los primeros (1993) y Anuario de narrativa 1994 (1994), ambas de la Editorial Letras Cubanas. Ha publicado material ensayístico en revistas y medios mexicanos. En 2004 fue finalista del premio internacional de cuento "Almafuerte", convocado por la editorial argentina Bellvigraf, con "Asterius", por lo que este cuento apareció en la antología Escritores hispanoamericanos en el mundo. En México ha trabajado como reportero, guionista y asesor de producción y ha ocupado cargos gerenciales en medios de comunicación. === Palabra necesaria Ernesto Fernando Iancilevich =================== 1. he buscado en todo la parte de misterio que me toca y lo he buscado en secreto silencio y soledad 2. ¿qué palabra detrás de las palabras que las sostenga en el vacío y las abrigue en la intemperie y no las abandone en medio de la noche? ¿qué decir debajo de los nombres y dentro de la voz que clama en el desierto como el pan del hambriento en la boca de su alma? ¿qué soledad esencial que redima soledades y les brote en los labios como una sangre que celebre la vida? ¿dónde la palabra necesaria? 3. escribo a los astros a las constelaciones de estrellas fugitivas a los márgenes corridos del universo que se escapa a la antigua luna de los acantilados al estanque brillante de los soles del verano te escribo a ti del otro lado me escribo a mí también del otro lado de ese otro lado donde ambos nos hacemos compañía 4. estábamos desnudos y vinieron a vestirnos con la trama de las cosas con la red de las palabras de tan libres que llegamos nos fueron construyendo aldabas para llamar a la voz encarcelada y en la sangre esclusas éste es el mundo: un largo rodeo al corazón un sembradío de pasos descalzos a la tierra primigenia al humus intacto del comienzo pero no le temas: él también está perdido se le ha hecho de noche y tiene frío 5. era la luz que envolvía el cuerpo y era el cuerpo la luz que daba vuelta al espacio y desplegaba en lo abierto un cáliz de promesas fue ayer nomás en ese ayer tantas veces repetido en cada uno en el primer Adán en la primera Eva que cada uno de nosotros somos en el día de la vida de los mundos por donde Dios nos sueña nos crea y nos descrea como una luz que se enciende y finalmente se apaga para volver a encenderse en otro lado 6. uno sólo comprende las palabras que se resbalan de su inocencia perdida las otras las antiguas ésas que forman una sola palabra necesaria no las hemos oído sino en sueños que luego olvidamos 7. huir de la flecha para maravillar el aire nuestro centro es el olvido 8. bañarse en el mismo río todas las veces que sea necesario hasta fundar en el agua la ausencia como presencia líquida ** Ernesto Fernando Iancilevich http://www.letralia.com/firmas/iancilevichernestofernando.htm Poeta y ensayista argentino nacido en Buenos Aires en la década de 1950. Licenciado en bibliotecología y documentación por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, donde cursó estudios avanzados de filosofía. Estudió arquitectura en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la misma universidad. Coordinó durante diez años el Taller de Creatividad Literaria Aletheia. Integra el equipo editor de la revista literaria Palabras Diversas (http://www.palabrasdiversas.com), editada en España. Colaborador de prestigiosas publicaciones nacionales e internacionales en los campos del pensamiento y la creación. Ha recibido el 1r. Premio de Poesía de la Fundación El Libro-Edenor (1996), el 1r. Premio de Poesía de la Dirección de Cultura de la Municipalidad de Avellaneda (1999), el 1r. Premio de Poesía del Encuentro de Escritores de Avellaneda-SADE filial Sur (2001-02), y el 1r. Premio de Poesía de la Universidad Nacional de Córdoba (2005), entre otros. Publicó Primeros poemas: antología de poetas argentinos noveles (Buenos Aires: Fundación El Libro, 1996). === Ocho cuentos breves Carlos de la Hoz Albor ======================= *** Final del capítulo 13 Con la frente apoyada en el tronco del castaño del patio de la casa primera levantada en Macondo, yace inmóvil el coronel Aureliano Buendía. Había ido hasta allí a orinar y con la mente puesta en el recuerdo del circo que acababa de contemplar por la calle del frente de su casa, tras cuyo paso volvió a ver la cara a su soledad miserable. Es una madrugada de febrero del año mil novecientos sesenta y seis. García Márquez sube a su dormitorio, se deja caer en la cama y llora sin consuelo por el hecho que acaba de consumar. A su lado, Mercedes duerme profundamente. *** Fragmento de las fallidas memorias de un cuentista de los albores del siglo XXI Cuando despertó —después de haber escrito un libro de historias corrientes sobre la vida de personajes sombríos, otro más de poemas panfletarios del que no se conserva ningún ejemplar, algunos ensayos más bien deshilvanados, recibido un premio literario e innumerables palmadas en los hombros; ser incluido en una antología, fotografiado, entrevistado y puesto como ejemplo para sus allegados—, Augusto Monterroso todavía estaba allí. *** El hombre que se levantaba con el pie izquierdo El hombre que se levantaba con el pie izquierdo no creía en agüeros ni hacía caso de lugares comunes y, además, se ufanaba de su pragmatismo. Pero un día, tras soportar la cantinela sostenida de un amigo que conjeturaba que quizás en ese hecho estaba la causa de sus adversidades reiteradas, decidió, y se lo hizo saber con énfasis a su interlocutor, que desde el día siguiente mismo empezaría a levantarse con el pie derecho. Y así fue: después de oír varias veces el gallo cantar y ver el sol asomarse con timidez por su ventana, dio una, dos, tres vueltas en la cama hasta quedar bocarriba, justo del lado contrario al que siempre se levantaba. Entonces se sentó, estiró sus brazos cuan largo eran y se solazó en un bostezo prolongado a semejanza de un león avejentado al que no le afanan ya las lides de la caza. Pero cuando se disponía a poner el pie derecho en el suelo, corrió con la mala fortuna de que las piernas se le enredaron entre la sabana florida que la noche anterior le había servido como cielo lleno de estrellas a sus sueños. Intentó en este preciso punto del hecho una cabriola desesperada, mas sus manos sólo encontraron el vacío. Y cayó de bruces sobre el piso ajedrezado, donde primero un ratón y luego una lagartija salieron despavoridas ante la presencia del inusual visitante. *** Última visita a Praga Érase un hipersensible lector que, tras llegar al punto final de La metamorfosis, quedó tan conmovido que nunca más en su vida volvió a pisar una cucaracha. —No fuera a ser —decía para sí con grave convicción— que se tratara de Gregorio Samsa. En verdad que podía serlo, nunca se sabe. *** Un trompo que da vueltas Un trompo que da vueltas es sólo eso: un trompo que da vueltas. Nada más. Este sencillo y minúsculo artefacto (así lo habría llamado Julito Cortázar, un vecino de esta cuadra en la que habito) no podría alterar ninguna existencia ni trastocar ningún mundo. Bastaría con contemplar cada uno de los actos que preceden su girar para comprobarlo: una cuerda que se enrolla a su alrededor, una mano que lo lanza y... ¡zas! se inicia su armónica danza. Lo dicho: un trompo que da vueltas es sólo eso... ¿De dónde provienen, entonces, la ansiedad y el extravío que se apoderan de mí con cada nuevo giro? *** Metamorfosis Con no poca frecuencia, la mano suele convertirse en puño. Deja de intentar una caricia o no ofrece como antes una dádiva y se convierte en puño. Es una metamorfosis breve y exacta: bastan sólo unos instantes para que se olvide de su habitual calidez y vaya a estrellarse contra el rostro de ése que ha hecho enfadar a su dueño. ¡Ahí va la mano! A esta altura ya resultan vanos los intentos del sujeto para disuadirla: va y viene con exacerbado encono. Derriba cuerpos, magulla rostros que al tiempo la injurian y le temen. En esos momentos en que alguien la saca de quicio y se torna agresiva, quienes padecen las consecuencias de su transformación suelen echar de menos su primera y natural condición de instrumento para expresar ternura y cariño. Y no falta incluso el que, queriendo hacerse el trascendental, se le dé por parodiar a don Antonio Machado y decir: “La mano que ves ahora no es mano porque la estreches, sino porque te puede golpear”. *** Miedo Un hombre cualquiera le señala en la calle. Es apenas un gesto, tal vez fortuito, pero lo cierto es que no puede evitar cierto temor. Visiblemente preocupado, regresa en seguida a casa, y allí se encierra sin atender a nadie. Asegura puertas, ventanas, descuelga el auricular. Por las noches, la imagen del hombre que le señala se hace más nítida, lo obsesiona, no le permite conciliar el sueño. El miedo se apodera de él, y lo lleva a una desesperación tan insoportable que toma, entonces, la decisión de quitarse la vida. Otro día, en medio del espeso rumor de cuerpos que van y vienen por la calle, el hombre vuelve a señalar a alguien, que le responde con una sonrisa. Mientras camina, este último piensa: “Aún queda gente simpática por estos lados de la ciudad”. *** La escoba nueva He aquí la historia, un poco triste, de una escoba nueva que, desvirtuando lo que sentencia la trillada frase, barría mal. En realidad, “muy mal”. No realizaba con eficacia la labor para la cual la había inventado la humanidad. De manera que aquellas superficies que intentaba limpiar —por muy diestra y diligente que fuera la mano que la dirigiera— quedaban, inevitablemente, con la misma cantidad de basura acumulada. Y como si ello no bastara para contrariar a la sufrida ama de casa que la utilizaba, parecía haber renunciado a su postura erguida y con frecuencia había que levantarla del suelo. Decepcionada, la mujer no dejaba de renegar y maldecía la hora en que se le había ocurrido comprar esa escoba inútil. Hasta que un buen día no soportó más y decidió arrojarla a la calle. Un niño que pasaba por ahí la recogió, la llevó a casa y le dio la forma de un alado caballo de madera, con el que comenzó a pasearse, mañana y tarde, galopando —¡clac, clac, clac!— por las vastas praderas de la imaginación. Ésta es, en apenas unas pocas palabras, y con la ayuda de una mujer y un niño casuales, la que podría tomarse como el acercamiento a una nueva teoría sobre por qué algunas personas han llegado a aborrecer de manera definitiva los lugares comunes. ** Carlos de la Hoz Albor http://www.letralia.com/firmas/delahozalborcarlos.htm Escritor y educador colombiano (Barranquilla, 1966). Ha publicado el libro de cuentos Una mosca que no deja dormir (Letra por Letra, 2006). Trabajos suyos han aparecido en revistas y diarios de su ciudad y de Colombia, así como en portales literarios. Mantiene un blog en http://carlosdelahoz.blogspot.com. === Poemas Marisol Cabrera Sosa ====================================== *** Ad astra El declive es el camino y el infinito azar es apenas vislumbrar el asombro de lo que se viene. Silencio, el poema es un rumor que ronronea en el vuelo: Ad astra. El sueño contiene el continente de la esperanza y el azar viaja al espacio del relámpago. *** Carpe diem Difícil matar la rosa Y a la hoja, Sin súplica llama La pared y el farol. Se desliza por la piedra la belleza. Sin súplica cierra La presencia Colma la pérdida Y piensa: Carpe diem. *** Espejos al alma Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte, Muerta parezco. Safo ¿Podremos exigir espejos al alma? La mirada Y la palabra La mano y la piel Aquella caminata Y ese poema malparido Que quiso bañarse De luna y verdad. ¿Cuánto vende una palabra? ¿Cuánto una sonrisa? Sólo queda una fotografía Del dolor abandonado A su suerte, sin espejo Y sin alma. *** Piedrita Préstame un ratito La piedrita que quiero tirarla al río Hoy está calmo Y no necesito reglas Que cuenten números Tan sólo, la piedrita Tan sólo, la partida... Préstame un ratito La voz del que calla Que acá en la garganta Las palabras son llamas Préstame un ratito, Y no me preguntes Que el que calla, habla. *** Precario Precarios Los amores Los trabajos Precario El dolor La tristeza y la sonrisa Y el suelo que pisas. Flores y aromas Conocimiento e ignorancia Frágil, frágil Corazón Empedrado dolor Y esa precaria Sensación de no tener Ninguna respuesta. *** Panis Panis, panal, Panis Primigenio y plano Fermenta tu sabor Y transcurre ajet, peret y shemu Para que te devoren Inundación Siembra Recolección Y la boca del trabajador Te espera Y toma la cerveza. Panis, panal, Panis Ajet, peret y shemu Primigenio leva Y el grano Corre por las manos Del esclavo y la mujer bonum panem fert ** Marisol Cabrera Sosa http://www.letralia.com/firmas/cabrerasosamarisol.htm Docente uruguaya. Licenciada en ciencias de la educación egresada de la Universidad de la República (Udelar, http://www.universidad.edu.uy). Es profesora de educación media de historia del Uruguay. Integra equipos de investigación en humanidades y es colaboradora de la Unidad Opción Docencia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Udelar. Tiene varios trabajos publicados. Mantiene un blog sobre educación en http://marisolcabrerasosa.blogspot.com. === Cuestión de devoción Adriana Medina ============================== —Arrepiéntete de ese sentimiento, hija, es un pecado grave. Reza cinco Ave Marías. —¿Sólo cinco, padre? —Si los rezas con devoción y te arrepientes, sólo cinco. “La penitencia”. Octavio Escobar Giraldo Altagracia entró de repente. Atravesó la casa sin mirar, a la carrera. Sin reparar en muebles ni mascotas. Se llevó por delante a la gata que maulló iracunda, tropezó con la mecedora y siguió directo a la cocina, donde sabía que encontraría a su mamá: —¡Hija! ¿Y tú por qué llegas así? —dijo la madre al ver la forma estrepitosa en la que aparecía la joven. Altagracia tenía los ojos muy abiertos, brillaban de modo extraño y respiraba con dificultad. Su cara tenía una expresión inexplicable. No parpadeaba, estaba pálida, los labios le temblaban. Altagracia presentaba un rostro que su propia madre desconocía. Tomó aire profundo, con la mano en el pecho esperó que el corazón se calmara y con voz abatida dijo: —Mataron a José Luis. —¿A qué José Luis? —preguntó su mamá, casi a gritos. —A mi... —Altagracia bajó la cara y calló. —¿Cuándo? ¿Quién te lo dijo? ¿Cómo supiste? ¿Estás segura? —interrogó atropellando las preguntas, mientras se secaba las manos con el delantal que traía puesto, para luego persignarse. Separó una silla del comedorcito que estaba en la cocina y se sentó. La noticia le había hecho temblar las piernas. —Me llamó su hermana, ella me avisó. Aún lo tienen en la morgue —hizo una pausa y continuó—: ella me dijo que le habían dado unos tiros, por ahí, cerca de su casa, por detrás del Hospital de los Magallanes. Que allí mismo quedó, en una cuneta, como un perro. Que ni siquiera lo llevaron al hospital, lo recogió el CICPC. No sé más, no quise preguntar más. —Ay, hija... —dijo la madre. Quiso levantarse para abrazarla, pero Altagracia se acercó antes y cabizbaja le tomó las manos, aún húmedas. —Mamá —levantó la mirada—, lo peor es que no estoy triste. Lo que me asusta es que me alegré al enterarme. —¡Altagracia! —exclamó con sorpresa la madre. Retiró sus manos, volvió a persignarse y miró a la muchacha directo a los ojos—. Hija, la gente buena no se contenta con la muerte de nadie. Mucho menos una muerte como esa. —Lo sé, mamá, lo sé —hizo una pausa y continuó decidida—. Voy a ir a la capilla, voy a hablar con el padre Francisco. Con él hablé cuando quería casarme. Mejor voy a confesarme, mamá. Necesito sacarme esta cosa horrible que siento. —Ve, mi niña. Habla con él. Eso que sientes no está bien, no es de cristianos sentir regocijo con la muerte de otra persona —dijo cariñosa, pero enfática. La muchacha acarició uno de los brazos de su madre. Se acercó a la nevera, se sirvió un vaso con agua y lo bebió sin respirar, como buscando limpiarse por dentro. Lo puso en el fregadero y salió rumbo a la capilla del barrio, justo al lado de la casa parroquial. Donde, estaba segura, encontraría al sacerdote. La mamá la miró sin decir nada, observó con detalle cada uno de los movimientos de su hija. Mientras Altagracia salía de la casa, su madre comenzó a repasar en la memoria todo lo que sufrió su niña a causa de aquel hombre. Y es que Altagracia se había enamorado de José Luis a los diecisiete años. Menos consternada, se levantó y puso a hervir agua para preparar una manzanilla que endulzó más que de costumbre. Entonces recordó todas las mañanas en las que su hija se levantaba con los ojos hinchados de dolor. Aquellas mañanas en las que se iba a la universidad con sólo tristeza en el estómago cada vez que terminaba con aquel novio. Y aunque Altagracia nunca le contó nada y lloraba en silencio, sus ojos siempre fueron los grandes delatores de esa relación. Se sentó de nuevo en una silla del pantry. La gata se acercó lenta, misteriosa, y saltó de golpe al regazo de su dueña, quien, perdida en recuerdos, dejó escapar un grito nervioso. De un manotazo se quitó a la gata de encima y, alzando la taza con manos temblorosas, dio el primer sorbo al té. Ceño fruncido y en la boca una mueca amarga, padeció una vez más la tarde en que su hija le confesó, con ojos ahogados, que estaba embarazada. Que había hablado con José Luis, que él había dicho que el niño no era suyo. Así como la noche en que el hoy difunto regresó suplicando perdón a su muchacha. Jurándole amor a ella y al niño para, tres semanas más tarde, volver a negarlo. Aún con el entrecejo amarrado, sopló varias veces el té caliente, fijando su mirada al vacío. Allí le pareció verse en una película, esa tarde en que ella misma fue a confrontarlo. Esa tarde en la que en un arranque de ira y hastío le gritó a la cara: —Yo no crié una hija para que cualquier donjuán de barrio me la haga sufrir. —¡No joda, doñita! Debe ser que usted vive entre millonarios —y con burlas le dijo:—. Mire, señora, no se meta en peos que no son suyos, que su hija está bien grandecita. De verdad, no se meta. —¡Te advierto, desgraciado! Te me alejas de Altagracia. —¡Mire, señora! Agradezca que mi mamá me enseñó a respetar viejas, ¿oyó? ¡Ah! Y por eso no se preocupe, que ahora es que más lejos quiero a esa mujer. —¡Claro, si ya había preñado a mi muchacha! —dijo en voz alta, sacudiendo la cabeza, queriendo desaparecer los recuerdos. Sintió náuseas. Dejó la taza en la mesa y fue a su cuarto. Allí, sobre el copete de la cama matrimonial, donde hace ya bastantes años dormía sola, colgaba de la pared un rosario de madera al que se quedó mirando con ojos perdidos y piadosos. Entonces acudió a su mente la triste noche en que, durante el cuarto mes de embarazo, Altagracia, de tanta pena, debilitada de tragar tan sólo angustias y lágrimas, no pudo sostener más al bebé. Al hijo de aquel galán de barrio que le desgració la vida. Una vez más la indignación le bullía por dentro. Apretó los puños con rabia y respiró profundo. Por un breve instante esbozó una sonrisa, pero de forma inmediata su rostro se oscureció y de nuevo se hizo la señal de la cruz. Escuchó la puerta y se sobresaltó. Salió apurada de su habitación. Era Altagracia que había regresado de la capilla. —¿Hablaste con el padre Francisco? —preguntó en lugar de saludar. —Sí, y estoy más tranquila, mamá. Mucho más tranquila —dijo con ojos calmos—. Hablamos, también me confesé. Me dijo que rezara. Que rezara con devoción todas las noches. Me dijo también que rogara por la paz de su alma. —Eso es, mi amor. Rezar con devoción, como te dijo el padre. Porque el señor perdona nuestras ofensas, como debemos perdonar a quienes nos han ofendido. Le acarició el cabello a Altagracia y, cambiando el tema, le preguntó: —¿Tienes hambre? ¿Quieres comerte algo? —No, ahora no me provoca nada. Quiero acostarme un rato. Más tardecita puede ser —respondió Altagracia, ahora con voz serena. —Bueno, yo voy un momento a la panadería a comprar pan y leche. Altagracia le sonrió, tenía los ojos claros, tranquilos. Le envió un beso con la mano y se dirigió en silencio a su cuarto. La mamá la miró preñada de cariño. También fue a su habitación, cogió un suéter y salió de prisa. Caminaba con pasos cortos pero acelerados. Subió apresurada por aquella calle ligeramente empinada, comenzó a sentir frío a causa de la neblina que bajaba, a pesar de que sudaba por el esfuerzo. Cerró su abrigo y cruzó los brazos al frente, abrazándose a sí misma. Apuró aun más el paso mientras rezaba el Padre Nuestro y el Ave María. Corrió y entre cada oración repetía “rezar con devoción”. Corrió con la intención desesperada de alcanzar al padre Francisco. Con la urgencia de poder también llegar a la capilla. ** Adriana Medina http://www.letralia.com/firmas/medinaadriana.htm Escritora venezolana (San Felipe, Yaracuy). Licenciada en administración financiera por la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez (UNESR, http://www.unesr.edu.ve) con estudios de postgrado en desarrollo organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello (Ucab, http://www.ucab.edu.ve). Ha realizado diplomados de escritura creativa, competencias especializadas en la escritura y escritura narrativa en la Universidad Metropolitana (Unimet, http://www.unimet.edu.ve), y participado en talleres de narrativa y cuentos en el Instituto de Creatividad y Comunicación (Icrea, http://www.icrea.org.ve). Obtuvo mención de honor en el I Concurso de Cuentos Breves Voz Hispanoamericana, por lo que su cuento fue publicado en la antología Voz Hispana (México, 2010). Ha colaborado con la blog-revista Los Hermanos Chang (http://hermanoschang.blogspot.com). === San Lucas, Ciudad Quesada 2011 y otros poemas (extractos) ============= === Adriano de San Martín ================================================= San Lucas, Ciudad Quesada 2011 y otros poemas Adriano de San Martín Poesía San José, Costa Rica, 2012 BBB Producciones ISBN: 978-9930-9418-1-2 *** La Trinidad / Diciembre 22 / 1857 Aquí fue la batalla orilla derecha del caudal 9 filibusteros muertos 65 desaparecidos (se los tragó literalmente el río) de nuestra parte solamente dos heridos Los sorprendimos mientras jugaban y charlaban alrededor de una enorme mesa saltamos como fieras a pesar de entrar con hambre y sueño casi desnudos y entumidos Caminamos desde San José bajamos La Laguna pasando por las maneas y cuchillas de Los Mancos El Peje pura selva y desvarío En El Muelle construimos balsas y botes de burío así navegamos los tablazos oscuros del gran río San Carlos y remontamos el San Juan hasta el estero de Copalchí Aquí fue la batalla y pareciera mentira que en estos fangales se decidiera en mucho la primera derrota del naciente imperio en el continente americano *** Verde olivo Luciano se llamaba el miliciano que enterramos en Sapoá o en Peñas Blancas bien no lo recuerdo Así se llamaba el guerrillero de mirada clara y ardiente alto delgado recio proleta tierno inteligente Lo recuerdo internándose en el parque de La Sabana con su novia porque entonces para el amor no se consideraba el dinero Llegaremos a Managua juntos tomaremos el infierno por asalto pronosticó como si nada dos días atrás Había fatigado San José y Heredia Ciudad Quesada Terrón Colorado donde laborara con refugiados Cruzamos el río Ostallo con el enorme cadáver hasta el Gran Lago donde como velas blancas se hermanaban los compas en una camioneta azul Ciertamente lo asaltamos Infierno Irato de otra Managua enardecida como enorme supermercado Tu muerte no fue en vano compañero del alma tan temprano la piñata, sin embargo, ha sido el corolario *** Adiós, María Te recuerdo a mis 15 años calentado Por tu insolente desnudez y el vigor del cabrón Marlon Que te sodomizaba con mantequilla Recuerdo tus lágrimas que fueron reales Fuera del script y del director Recuerdo muy bien la furia El encabronamiento con Brando Es decir los celos Te recuerdo María Schneider Ahora que te fuiste de manera discreta Luego de un largo descenso Por eso continuás teniendo los veinte años descocados Que exhibías y que fueron el puerto de salvación Y al mismo tiempo la condena de Paul El boxeador ex guerrillero ex marido ex rebelde y ex trabajador Una pérdida enorme Dicen las escasas noticias Para quienes todavía creen en el nudo erótico Porque allí pueden estar las señales De una evasiva o extraviada redención ** Adriano de San Martín http://www.letralia.com/firmas/desanmartinadriano.htm Escritor costarricense (1958). Poeta, narrador y ensayista. Ha publicado siete libros de poesía, dos novelas, un libro de cuentos y dos volúmenes de ensayo. Radica en San José, Costa Rica, donde labora como profesor e investigador del Tecnológico de Costa Rica (http://www.tec.ac.cr), Campus Metropolitano de San José. === Primavera Mario Damián Uribe Hernández =========================== Cuando desperté sentí el frío de la mañana. Creí que había llovido durante la noche. Todavía me dolía el cuello y a propósito de eso el resto de mi flanco izquierdo estaba rígido. Era como si esa parte de mi cuerpo hubiera estado atada con una cuerda toda la noche. Miré hacia la ventana buscando la luz del sol, pero ésta era muy tenue y además se veía nublado. Hice a un lado las sábanas e intenté incorporarme, pero la punzada en mi cuello me regresó hacia la almohada otra vez y llevé mi mano izquierda hacia él y la dejé ahí por unos momentos en tanto pasaba el dolor. Después me incorporé. A la mitad del camino el dolor apareció otra vez, pero en esa ocasión no me detuve y realicé fuerza con el abdomen para terminar de incorporarme. Cuando estuve sentado sobre la cama y pude observar bien por la ventana descubrí que no había llovido. La noche había sido fría y eso era todo. Esa primavera estaba resultando ser totalmente distinta a las anteriores. No habíamos tenido días calurosos ni nada por el estilo, sólo podía decírsele primavera por la fecha, pero nada más. Salí al jardín. La casa estaba en silencio. Estaba solo. Eso era todo. Ya no había risas ni personas hablando, nadie de ellos estaba ya cerca ni había meseros que se acercaran a ofrecer más bebidas ni platillos. Todo eso se había ido. Comencé a recordar lo ocurrido durante la noche; el frío en la cara cuando dejé el lugar, la brisa moviendo el cuello de mi camisa y los ojos cerrándoseme por ese ligero viento que levantaba polvo a su paso. Frío, eso es lo que recuerdo más de aquella noche. Vi a las personas que salían junto conmigo de ese lugar. Todas se cubrían. Algunas mujeres llevaban sobre sus hombros algunas chaquetas e incluso suéteres prestados de sus acompañantes. Todos iban cubriéndose porque quizá no esperaban ese viento ni tampoco ese frío. Me apresuré a llegar a mi auto para guarecerme. Una vez dentro soplé dentro del cuenco que había formado entre mis manos para calentarlas. Después encendí el motor y comencé a conducir. II Aún a esa hora encontré gente en las calles. Había también muchos autos esperando el paso en las esquinas. Ahí justamente fue que observé a una familia entera trabajando. Mientras un hombre hacía algunas suertes con un bastón de madera encendido con fuego en los extremos, los más pequeños se movían con rapidez entre los autos detenidos para pedir unas monedas. Algunos seguían de largo sin detenerse a ver si es que alguno de los conductores alargaba la mano hacia ellos. Dos de ellos sostenían incluso a dos bebés que dormitaban sobre sus brazos, y sus piernas y sus manos colgaban sin fuerza, abandonados ya de toda resistencia. Algunos otros llegaban directo a las ventanillas y tocaban con sus nudillos para llamar la atención de los conductores, justo como lo hizo la niña que llegó junto a mi puerta. No la vi venir. Yo observaba a los demás realizando la recolección del dinero e hice cuentas sobre cuánto estarían recibiendo en ese momento. Multipliqué con rapidez los minutos que duraba el alto en el semáforo. Calculé la cantidad de veces que la luz roja aparecía en el espacio de una hora y estimé cuántos autos podrían detenerse y más aun, a cuántos autos los niños podrían acercarse y cuánto dinero recibirían por cada conductor que sacara su mano por la ventanilla. Hacía los cálculos cuando me sorprendieron los dedos apremiantes de la pequeña. No puedo negarlo; su rostro me asustó, no porque estuviera deforme ni fuera fea, no, era un rostro como el que no me esperaba, como si toda la definición enciclopédica de un limosnero hubiera estado errada desde siempre. Era una niña casi rubia, sucia de la cara sí, así como de todas sus ropas, pero no era una niña que pareciera engendrada, amamantada, criada en la calle. Era una niña que no pertenecía a ese sitio simplemente. Escuché su voz pidiendo una moneda. Estaba ahí, de pie, afuera sin una chaqueta que la protegiera del frío. Casi siempre había sido renuente a dar dinero a los vagabundos y los limosneros, pero esa noche mi mano se movió por automático y de mi bolsillo saqué todas las monedas que tenía y las puse en sus manos. Eran varias monedas. Ella quizá sólo esperaba una o dos, de manera que cuando recibió todas las monedas que deposité en sus manos algunas cayeron al suelo. En ese momento la luz verde apareció y los autos comenzaron a moverse. La última vez que la vi ella estaba agachada levantando las monedas caídas. Las ruedas de los autos pasaban cerca de ella, pero ella no terminaba de recoger toda su cosecha. Cuando todos los autos terminaron de pasar ella se introdujo a los carriles en busca de la última de las monedas que había rodado debajo de mi auto. III Cuando ya no pude verla por el retrovisor volví la vista al asfalto delante de mí. Los niños volvían al sitio de donde habían partido y se acercaban al hombre que había estaba haciendo suertes con el bastón en llamas. Una mujer estaba sentada dentro del camellón. Algunos niños también se aproximaban a ella y entregaban el dinero recolectado. Si al principio había pensado que se trataba de una familia ahora me desengañaba. Había niños morenos y algunos más altos que otros y me di cuenta de que en todos las facciones eran distintas. Casi ninguno llevaba protección para el frío. Después ya no pude ver más. No puedo explicar lo que sentí al ver todo aquello. Es fácil decir que sentí rabia e indignación, pero lo que experimenté era más allá. Después todo se olvidó, es decir, olvidé el frío y las monedas que ya no estaban en mi bolsillo, eso es lo que olvidé, pero no olvidaba el rostro de esa niña ni la hora. La hora y el frío. IV Busqué el camino de regreso a esa misma calle. Me sentí ya un criminal y eso que aún no había ocurrido nada. Incluso llegué a bajar la velocidad cuando descubrí a una patrulla que venía de frente a mí y evité mirar a los oficiales cuando pasaron junto a mí. Me sentí un criminal. Debo decir que es una mentira el haber mencionado que olvidé las monedas que ya no estaban en mi bolsillo, al contrario, las recordaba, recordaba su peso, no su cantidad ni su valor, sino su peso. Cuando encontré la calle me detuve con suficiente distancia del semáforo. Los vi nuevamente a lo lejos. Se repetía lo mismo. El hombre girando el bastón encendido, luego los niños corriendo a los autos, los cuales para mi fortuna ya eran muchos menos. Luego los niños regresando con la mujer para entregarle los frutos de su cosecha. Esperé. No fue por mucho. Cuando vi la luz verde me acerqué con lentitud, dejando espacio suficiente para que el hombre comenzara a prepararse para su siguiente acto. Delante de mí sólo estaba un auto pero lo dejé adelantarse. El hombre con el bastón puso un pie sobre el asfalto para comenzar con su rutina. Entonces llegó la luz roja, sólo había un par de autos incluyendo el mío. Y lo hice. Aceleré todo lo que el motor me permitió y embestí al hombre. Su cuerpo rebotó de la defensa y golpeó el cofre y todavía alcanzó a tocar un poco el parabrisas y luego cayó. Pude ver por los espejos que los niños corrían a su lado y que la mujer salía de su letargo. Lo único que temía era que el conductor del otro auto se decidiera a perseguirme pero la fortuna estuvo de mi lado y alcancé a ver cómo salía del auto para dar auxilio al caído. El bastón encendido del hombre estaba en el suelo, a unos dos metros de las manos que tantas veces lo habían sostenido y girado, encendido y sofocado. Sonreí. No supe por qué mi cuello quedó adolorido al día siguiente, quizá es sólo porque dormí en una mala postura. No lo sé. A mi auto apenas le quedó una pequeña marca del choque con las piernas del hombre. No he vuelto a pasar por esa calle. No sé qué es lo que haya ocurrido con los niños ni con la mujer ni tampoco con la niña que una noche fría tocó a mi ventanilla pidiendo unas monedas. Eso es verdad, no lo sé. Eso sucedió en una noche cuando volvía a casa, cuando ya era primavera pero aún no lo parecía. ** Mario Damián Uribe Hernández http://www.letralia.com/firmas/uribehernandezmariodamian.htm Escritor mexicano (Distrito Federal, 1978). Está incluido en la antología de cuentos Voces de los arcanos (Ediciones Minimalia, México, 2003). === Poemas Beatriz Iriart ============================================ *** Gaviotas Carecemos de memoria. Las gaviotas que desplegaron sus alas cayeron torpemente bajo el áspero y cruel sonar de armas. Carecemos de memoria. Y afirmamos que era la única música para esas aves. *** Idus de mayo Busco en el silencio de este antro la tarde ausente de la infancia, la respuesta tenue de los libros, el despertar del mortal letargo para intentar poetizar entre gritos y espantos milenariamente predestinados. *** Leyenda Nosotros, indefinidos, con pasos sigilosos, vamos al encuentro de un dios legendario de una leyenda absurda y de una pitonisa que decrete nuestro olvido. *** Sucesivos ciclos A la memoria de Ana Iriart, mi mamá (25/1/1925-16/8/2008). Añoro en los albores del año las caricias que beatificaban el hueco de tus manos la clorofila que emanaba de tus dedos tu andar sereno de pitonisa errante con destellos y umbrías afirmando su reinado lunar y eterno. Es noche de poemas aldabas y leones alados. Otro es el ciclo otro el desasosiego. Idéntico el clamor de la agonía que no cesa de diferir en naturaleza y forma. ** Beatriz Iriart http://www.letralia.com/firmas/iriartbeatriz.htm Poeta argentina (La Plata, 1954). Textos suyos han sido publicados en Archivos del Sur, Escritoras Unidas y Compañía (http://escritorasunidas.blogspot.com), Literatura del Mañana (http://literaturadart.blogspot.com), Proyecto Editorial Banda Hispánica (http://www.jornaldepoesia.jor.br/BHBHportal.htm), La Prensa-The Press (http://www.laprensathepress.com) y Letras Uruguayas. === El aguacero, Lorca y Benedetti Víctor Manuel Iravedra ============ Para Carmen y Zo-Guiomar, dos continentes. (Por llorar juntas el mismo día a las cinco de la tarde) No eran tan malos los tiempos en los que una metáfora nos alcanzaba para toda la semana (sin contar los lunes). La más perdurable fue la voz de la soprano virgen, aquella que mientras fumaba un habano deshilachaba su himen con majador de sándalo y orinaba un arcoíris antes de suicidarse. Digamos que te descubro todos o casi todos los signos que dejó incrustados la lluvia, me aferro a la hoja de salvia en mi bolsillo y comienzo por las gotas perezosas acampadas en tu pezón izquierdo —a veces fatuo e inarmónico como jazz prematuro— aunque, tal vez por ventura, una recién nacida alegoría salpique de llaneza sus motivos de ascendencia. Un pezón nacido y coronado en el lado izquierdo de tu pecho podría volar equivocado como la paloma de Serrat, creer que es la pradera del corazón y acarrear estragos tardíos al vicio de alucinar. ¡Ven! Fecundemos a Yerma, caminemos descalzos susurrando el nombre de Lorca mientras nuestras plantas indagan en el lodo, caracoles somnolientos en tu frente, capullos rotos entre tus piernas. Ahora deja que beba esas gotas demoradas en tu cintura, exhala conmigo la porfía de nuestra sanguijuela fugada de la sangre. Muéstrame esa cresta renegada de tu diminuta ubre, voy a escucharla... Le escucho... Se mece en el último verso de Benedetti que leíste, dice que tu despedida es la voz del agua descendiendo por tus estrías, que el rastro del aguacero se convierte en semilla, beberá de tu sangre y la mudará en corolas con labios que sonrían, ordena que mis manos sean centinelas del nicho cálido apostado entre tus piernas. Te empapo de embeleso mientras mi saeta dorada infiltra espasmos a tus labios que derriten la cera de mis alas. Eres pedestal, te convido a convertirte en mi altar y sonámbulos procreamos peldaño a peldaño el templo de Faetón. ** Víctor Manuel Iravedra http://www.letralia.com/firmas/iravedravictormanuel.htm Escritor cubano (1976). Reside en Nueva York (EUA). Es licenciado en historia del arte, literatura hispanoamericana y teatrología de la Universidad de La Habana (http://www.uh.cu). A finales de los noventa trabajó como crítico teatral para la directiva del Gran Teatro de La Habana y como director asociado del Museo Nacional de Bellas Artes (http://www.museonacional.cult.cu). Ha presentado tres monólogos de teatro experimental en el Festival Internacional de Teatro de La Habana (http://www.fth.cult.cu). A sazón del conflicto castrista abandona el país en 2003 y marcha a Estados Unidos. Ingresa en la Escuela de Artes Visuales (SVA, http://www.schoolofvisualarts.edu) de Nueva York y obtiene un título asociado en fotografía de moda e iluminación en estudio. La mayoría de sus textos son inéditos. Trabaja como encargado de un estudio de fotografía comercial y de modas en el barrio de Chelsea, Nueva York. ||||||||||||||||||||||||||| POST SCRIPTUM ||||||||||||||||||||||||||| “Ignorar lo que dice la gente es beneficioso para la salud mental de un escritor”. Paul Auster, Diario de invierno (2012). === Cómo publicar en Letralia, Tierra de Letras =========================== Antes de enviarnos algún texto para publicar en Letralia, le agradecemos leer nuestras condiciones de publicación. Usted puede verlas en el Web en http://www.letralia.com/tierradeletras/publicar.htm. 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