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Dino Campana. Ilustración: Nelson Jovandaric
Dino Campana. Ilustración: Nelson Jovandaric.
Dino Campana (1885-1932)
Cantos órficos
“La noche”

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Prefacio

A Dino Campana a menudo se le compara con Arthur Rimbaud y se le representa como el “hombre salvaje” de la poesía italiana. Sus Cantos órficos, escritos en 1914, parece ser una “romantizada” e idealizada visión que fustigaba a la burguesía y a las actitudes contemporáneas de los italianos.

Nacido en Marradi, una aldea montañosa en los Apeninos, Dino Campana pasó una feliz niñez, aunque sus padres fueron frecuentemente severos en su disciplina. Su padre fue director de una escuela primaria, un insistente patriota y un ardiente miembro de la comunidad conservadora. Su madre, Fanny Luti, fue básicamente excéntrica y se mantuvo a distancia de sus vecinos, ordinariamente dedicada a sus meditaciones religiosas. El conflicto entre el deseo sexual y las prohibiciones morales de su padre y la salud de su madre y sus ensimismamientos mentales finalmente guiaron el resentimiento y la violencia del joven Dino. Fue enviado a un asilo mental para tratamiento médico.

Habiéndose recobrado, se preparó para la universidad, estudió griego y latín y llegó a tener fluidez también en alemán, inglés y francés. Bajo la influencia de un farmaceuta local, Dino ingresó como un estudiante de química en la Universidad de Boloña. Pero su alterada condición mental le apartó de sus compañeros de estudio y usó su laboratorio casi como un alquimista. Durante este periodo adquirió gran conocimiento de la metafísica alemana, la poesía francesa y española y las doctrinas de los misterios órficos.

A los veintidós años comenzó a viajar. Se embarcó para América del Sur; trabajó en Argentina en varios oficios tales como gaucho, minero, bombero y policía, así como tocó el piano en un club nocturno. Incapaz de mantenerse de esta manera, se ocultó en un buque de carga que iba a zarpar. En la mitad del viaje descubrió que el buque se dirigía a Odessa. Allí se unió a una tribu de gitanos que trabajaba en el mercado local. Finalmente, se embarcó para Génova y viajó a través de Anvers, Rótterdam, París y Basel antes de retornar a su hogar.

De regreso en Marradi continuó su vida de vagabundo, yendo de excursión a través de varios pasos de montaña, antes de, por último, regresar a la Universidad de Boloña y al instituto en Florencia donde recibió su grado en poesía.

En el otoño de 1914 escribió Cantos órficos; completó la obra en pocas semanas. Buscó casas editoriales de Florencia. Viajó de Marradi a aquella ciudad y por un tiempo se alojó en la sociedad que funcionaba en el café local, donde se encontró al pintor futurista Soffici y al escritor y editor Giovanni Papini. En el encuentro con Papini, editor de La Voce, le entregó su manuscrito con la esperanza de la publicación o, al menos, referencias de otros editores. Después de varias semanas sin oír nada y cuando Papini abandonó su labor editorial, Campana le rogó que lo atendiera. Su carta nunca obtuvo respuesta. Apeló también a Soffici para que le devolviera el manuscrito y le explicó que sólo poseía una copia. La respuesta de Soffici fue devastadora: el manuscrito se le había perdido en una mudanza. Al borde del colapso nervioso, Campana furiosamente reescribió los Cantos órficos de memoria y lo autoeditó en una imprenta local de Marradi, ubicada encima de la farmacia.

Soffici descubrió la obra en una librería de Florencia, compró una copia y la leyó. Quedó impresionado por su profundidad y sus oscuras imágenes. Envió una carta para alabar a Campana, quien también había recibido una reseña del poeta y crítico Emilio Cecchi. Estos sucesos indujeron a Campana a regresar a Florencia, donde permaneció al margen de los círculos literarios, vendiendo copias de su libro para sobrevivir. Cuando alguien dudaba del valor de su libro, Campana mostraba la carta de Soffici y la reseña de Cecchi, leyéndoselas a los periodistas. Observando su pomposidad y comportamiento frecuentemente absurdo, comenzaron los rumores acerca de su locura. El solitario y abandonado Campana sintió durante este periodo postrero que marchaba hacia una inestabilidad. Cuando se le convocó al servicio militar fue declarado mentalmente discapacitado y fue clasificado como un insano sin esperanza y recluido en el castillo Pulci, un hospital siquiátrico, donde continuó teniendo correspondencia con Soffici, Cecchi y otros por el resto de su vida.

Dino Campana fue enterrado en la iglesia de Badia a Settimo, la cual sería bombardeada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Al momento de su muerte, apenas tenía treinta y tres años de edad.

 

Campana y su periplo

Campana lleva en su viaje, real e imaginario, su eros tumultuoso, su ámbar, su legado carnal, su delirio... Campana va echado en la noche, en el silencio, se asoma a alguna ventana de claridad indefinida. Vuela al abandono y a la dedicación. Es exigente hasta el exceso.

Toda su vida había sido un estar afuera, un no querer ser, una fuga del existir, un grande enamoramiento. Su larga y profunda noche, su locura silenciosa, ¿no ha sido un efecto de guardarse demasiado adentro?

Los Cantos órficos son en el fondo la ingente metáfora de la humilde y solemne omnipresencia de la vida. Al leerlos, Campana acoge en su nave, como se acoge a un desafortunado compañero de viaje.

Cuando aparecieron los Cantos órficos en 1914 llevaba la obra la siguiente dedicatoria: a Guglielmo secondo imperatore dei Germani, l’autore dedica. Campana, probablemente en 1910, había escrito: Me ofrezco voluntariamente para pasar un poco de joven sangre a las venas de esta vieja Italia. Su único libro publicado en vida evidenció que era un receptáculo de una miríada de secretos y devino en la mayor metáfora literaria del siglo XX. Esa obra ocupa una posición singular en el panorama literario de la época, ya que resultó ser el primer escrito que en Italia propuso, de modo original, la gran tradición de la poesía simbolista francesa, enriquecida con la nueva experiencia, en particular el orfismo, y atravesado por una constante relación intertextual con los poetas del otro lado de los Alpes.

En Campana todo deviene en símbolo, bien los aspectos de su vida, bien las características de su obra. Ésta manifiesta la influencia recibida y la existencia de un imaginario poético que se ha consolidado, junto a la tradición literaria italiana (Dante, Leopardo, Carducci) y un clasicismo del país que toma de nuevo la imagen típica de Italia (Firenze, Bologna, Faenza), mediante una transitoria inclinación hacia la corriente francesa. Campana instaura, en el mundo provincial de la poesía italiana de la época, una poesía que arriesga e introduce el sentido de los colores y de la música en el misterio de la palabra poética, más allá de comunicar sensaciones primigenias y nocturnas, propias de la poesía simbolista.

El fondo trágico de la poesía de Campana unido al estilo de sus cantos le han conferido al poeta la imagen del poeta maldito del siglo XIX francés, con particular referencia a Rimbaud, a causa de lo cual ha recibido el epíteto de “Rimbaud romano”, más allá de aquellos últimos bohemios y muchos otros que hicieron referencia directamente a la figura del poeta simbolista, visionario y maldito al mismo tiempo. Así, una atmósfera de maldición ha envuelto la figura de Campana y también ha envuelto a su obra.

En los Cantos órficos, un conjunto de potencia visionaria, arquitectura musical y sugestiones cromáticas, donde los sonidos y las imágenes se funden íntimamente, se puede entrever la consagración del símbolo: sea en la mirada enigmática de la quimera y en el rostro pálido de Ofelia; sea en el innombrado Orfeo, “ausente” en todos los cantos como un misterio a la espera de una revelación; sea en los lugares devenidos “campanianos” por excelencia: Marradi, Faenza, Verna, Génova y tantos otros sitios, aldeas y callejones.

De todas las leyendas sagradas de los misterios órficos difundidas en la antigua Grecia, el silencio, que sigue un primer iniciático oyente, representa el misterio supremo, el cual retiene el origen primario, o sea, los mitos antiguos de un pasado que pueden revelarse con otra visión. Así el secreto viene destinado solamente a los iniciados en la doctrina de los misterios. El orfismo, movimiento religioso-filosófico de tipo iniciático, floreció en la antigua Grecia en torno a los siglos VII y V a.C.

En la lírica de comienzos del siglo XX, el valor evocativo, mágico y alusivo del orfismo adquiere una nueva representación con la comparsa de los Cantos órficos, libro que retoma la tradición del legendario hierofante.

La definición de “órfica” que Campana dio a su propia poesía hace referencia a la naturaleza simbólica y cognoscitiva que la palabra poética lleva consigo: como en los antiguos ritos religiosos en honor a Orfeo, el poeta deviene en un profeta, en un depositario de la verdad secreta destinada a pocos elegidos y se deja sumergir en el inconsciente mediante la transfiguración de lo real. El orfismo de Campana es más dionisiaco que apolíneo, más atormentado que sereno, más creación que contemplación, más recuerdo fantástico que memoria y está intensamente poblado de objetos y de símbolos. Por cuanto preserva el primer término del título de la obra campaniana, él se vuelve a unir a la tradición de los cantos de Giacomo Leopardi, del cual el poeta de Marradi se siente heredero directo. La lectura de los Cantos órficos de Campana sugiere la promesa de un viaje, un viaje pleno de visiones y de transfiguraciones de la realidad. Un viaje a través de los lugares que más han impresionado al poeta.

Los Cantos órficos se abren con “La noche”, poema en prosa, órfico por excelencia, de vigorosa descripción: el recuerdo evoca e inmediatamente transfigura las imágenes de las visiones. El mundo viene manifestado a través de un panorama emblemático para individualizar y simbolizar cada presencia y el tiempo es diferido, pero fijado de una vez para siempre en la eternidad.

El orfismo, el vértigo de las imágenes, el testimonio de quien ha sabido narrar un viaje repentino hacia las zonas más distantes que el conocimiento aún no ha domado, coherente con la vida del poeta y perseguida en su misterio, hizo de Campana un punto de relación que se recorta con vitalidad en el panorama poético de su tiempo.

La introducción del orfismo, de una poesía visionaria, iniciática, reavivó la idea originaria del simbolismo, de la poesía destinada a un selecto grupo de escogidos, del lector ideal y de la obra rara, plena de símbolos visuales y, por eso, incomprensibles a primera vista. Prácticamente único en la historia de la poesía italiana es el empleo del poema en prosa del cual el mismo poeta deviene en precursor y es por el uso de la prosa poética, por el carácter visionario de muchos de sus versos, por la capacidad de expresar una correspondencia entre las sensaciones y los sentidos es que, a menudo, Campana ha estado cerca de Verlaine, Baudelaire y Rimbaud, en otras palabras, de los grandes simbolistas franceses.

Dino Campana fue un garante y receptor de una poesía propia que lo torna en no clasificable en ninguna corriente o en una tradición. Pero como en los simbolistas, la diversificación de su poesía se manifiesta sobre todo en la musicalidad, en el sentido de una estrecha integración de la imaginación verbal con su función simbólica que no ha hecho de Campana un simbolista en el sentido estricto.