Letralia, Tierra de Letras - Edición Nº 8, del 2 de septiembre de 1996

Las letras de la Tierra de Letras

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El Jovato

Alberto Torchinsky

Había nacido hacía tantos ayeres que él y los alrededor suyo habían perdido la cuenta. Esos ayeres habían creado una sucesión infinita de sensaciones y de recuerdos, pero él no hablaba de ellos.

"Prefiero que la vida me visite aquí", decía mientras tomaba un tinto, "y que me enseñe las facetas del diamante...".

Y callaba, mientras los otros en la mesa del café discutían acaloradamente el tema del día. Y cuando alguien notaba que el vaso estaba vacío, gritaba: "¡Mozo, otro para el Jovato!". Las conversaciones en su mesa eran siempre las más animadas, porque todos querían ser quienes proveyeran esa nueva faceta.

A veces, mientras sus dedos acariciaban las ásperas aristas del diamante que siempre llevaba en el bolsillo del chaleco, recordaba cosas simples. Como la vieja contándole historias de su nacimiento.

"Cuando naciste", le decía, el cigarrillo bailándole en los labios, "estabas tan arrugado que la comadrona no sabía si lo que había salido primero era el culo o la jeta".

Y se reía a carcajadas mientras las cenizas del faso se desparramaban por la blusa.

También recordaba cuando los pibes del barrio repartieron apodos y a él, que seguía tan arrugado como siempre, le dieron primero Pasa de Uva y después Jovato. Ahora todos habían muerto, pero él seguía siendo el mismo Jovato de entonces.

Cuando caía algún punto nuevo al café el ritual exigía que él contase la historia del diamante. A los veinte años había salido a hacer fortuna. Con la mochila al hombro había recorrido largos caminos en su búsqueda. Una noche, en una estación de trenes en la selva peruana, agotado, decidió descansar mientras esperaba el próximo tren. Se sacó los zapatos, gastadísimos —"Necesito un par nuevo", pensó en voz alta—, e hizo una almohada con ellos. Se metió dentro de la bolsa de dormir, cerrándola hasta la barbilla. Durmió, sin moverse, como un tronco. Lo despertó un murmullo alrededor suyo, y al abrir los ojos notó que los indígenas del lugar, acaso confundiendo la bolsa de dormir con una mortaja, habían prendido velas alrededor suyo y rezaban una letanía inca y cristiana por el alma del difunto, la suya.

Al levantarse leyó en ellos algo que comprendía decepción y respeto, pero no sorpresa. Al día siguiente, en un rincón olvidado por todos, encontró el diamante incrustado en la piedra, refulgente como el sol. Con la fortuna ya asegurada, camino a la estación, se encontró con un inca tan arrugado como él, que le ofreció un pisco. Conversaron un rato. El inca le mostró un diamante, aún más grande que el suyo, que también había encontrado por ahí.

"Lo guardo", le dijo, "para dárselo al que cuida las puertas del cielo. Un día me muero, y quiero estar listo para pasar por esas puertas...".

"Pero", continuó el viejo con una chispa en los ojos, "no será pronto ya que como tú he sobrevivido la plegaria de la muerte".

De ahí en más, al volver de cada viaje acariciaba el diamante y su alma volaba a esa selva. Recuperaba ese murmullo, ese chamuyo de muerte y de vida, y sentía una paz interior muy profunda. Y cada faceta del diamante elucidaba una nueva faceta de vida. Mientras tanto los años se habían acumulado y ahora sí, era jovato. Ya había enterrado a sus seres queridos y a sus enemigos. También se le habían caído los dientes y había sorprendido a todos cuando unos dientes naturales nuevos reemplazaron a los viejos. Por un tiempo lo llamaron Tiburón pero pronto volvieron al apodo que le caía tan bien: Jovato.

Ese día estaba más callado que nunca, como ido. Al tercer vaso de tinto la expresión de su cara, repentinamente serena y sorprendida, inquietó a los que estaban cerca suyo. Su mano fue hacia el bolsillo del chaleco y con una familiaridad gastada, sacó el diamante. Y ahí mismo, sin despedirse de nadie, se murió.

Lo acostaron en el suelo sobre una frazada y sollozando —si era tan viejo, ¿por qué lloraban?—, rezaron por el alma del Jovato. Mientras decidían qué hacer con ese cuerpo tan liviano, notaron que la expresión del Jovato era ahora una de divertida expectativa. Un brillo primitivo había retornado a sus ojos y el diamante había vuelto al bolsillo del chaleco. En medio de la sorpresa general se levantó del suelo, se limpió los pantalones y antes de que alguien pudiese reaccionar gritó con voz jovial: "¡Mozo, otro para el Jovato!"

Le trajeron una caña doble. Tomó un trago. Pidió y encendió un faso.

"La vida", dijo finalmente, "me trajo aquí, al café, otra faceta del diamante. Hace un rato me morí. No tuve miedo. Después de todo me vengo preparando, bah, si es que uno se puede preparar, desde hace tiempo. Caminé a través de un túnel iluminado con una luz brillantísima, cálida y acogedora. Volví a vivir mi vida a torbellinos, las pocas cosas buenas que hice y las muchas macanas que me mandé. El inventario me dejó un poco preocupado, pero, en fin, ya todo está escrito ahí arriba, en alguna parte. Finalmente me encontré con el guardián del cielo y le di el diamante, que refulgía como un sol. Mientras lo examinaba con apreciación —había visto solamente uno como ese, me dijo—, apareció el guardián del infierno, que también lo quería. Empezaron a discutir acaloradamente. Yo recorrí caminos y recovecos en el túnel que no había explorado antes. Visité a Carlitos en Niuyor, ¿allá por los 30? Che, qué presencia. Estuve en la Plaza de Mayo con la muchachada, en los 40, con la rubia incitándolos a vivir. Qué emoción. Y ese gol de Boyé, ese está en el cielo... Hice muchas cosas más, pero ya hablé demasiado y estoy cansado, después de todo uno no se muere todos los días. Finalmente me acerqué a los tipos, que seguían discutiendo y pasándose el diamante. Cuando me vieron me lo devolvieron con un suspiro y me mandaron de vuelta...".

"Y", concluyó en medio de una carcajada mientras volaban las cenizas del cigarrillo, "es que ahí no se toleran errores. Al cielo se entra de cara y al infierno de culo, y mirándome no pudieron decidir cuál era cuál...".


       


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Depósito Legal: pp199602AR26 • ISSN: 1856-7983