
Como
tantos otros latinoamericanos que deciden emigrar de sus países por una serie
de razones, Julio Llerena (1973) tuvo el valor de dejar su puesto de jefe de
redacción en Lima para trabajar como valet parking y conserje durante sus
primeros meses de difícil adaptación a su nueva vida en la Florida. Como
fruto de esas experiencias surge su primer libro de poesía
Hechos reales,
que se presentó el domingo 9 de noviembre de 2003 en la Feria Internacional
del Libro de Miami. Su currículum de inmigrante se completa con su actual
cargo de editor de la revista
Vogue en esta cosmopolita ciudad, con lo
que retoma su vocación de periodista, después de haber lavado autos y
fungido de portero de damas ricas.
Nada vas a encontrar allá afuera aprende / salvo
el aliento de las calles / y la certeza de que a algún lado / vas a volver, confiesa
Llerena en "Lección", el penúltimo poema de Hechos reales.
El joven peruano, que llega a Miami con muy pocos bártulos, sabía que el
trabajo de portero era sólo temporal y por eso mismo no le atormentaban los
continuos desplantes de algunos residentes. Pero su sentimiento cambió
cuando, habiendo transcurrido ya más de un año, no veía la menor
perspectiva de mejora. Trataba de no preguntarse qué hacía allí, cargando
bolsas de compras en ese edificio de Collins Avenue, porque no encontraba
respuesta. Pero siempre aparecía alguien que lo trataba como un ciudadano de
segunda clase y eso le devolvía la conciencia de ser un periodista disfrazado
de portero, con un uniforme espantoso y unas ganas terribles de largarse de
allí. Cuando empezó a escribir el libro lo hizo con método e imponiéndose
cierta disciplina. Entonces su sensación pasó a ser "la de estar
viviendo bajo una especie de régimen opresor pero con la secreta tranquilidad
de saber que en casa construía el arma que mataría al tirano".
Su decisión de dejar el Perú fue azarosa. "En principio supe que
podía legalizarme fácilmente en Estados Unidos y eso me hizo pensar en Miami
como una posibilidad concreta. Lo demás fue simplemente un asunto optativo.
Había la misma incertidumbre en Lima que en Miami, pero me decidí por Miami.
Cuando se emigra, uno gana más de lo que pierde. Lo que se pierde siempre es
doloroso, porque uno deja amigos, familia, lugares. Pero una vez fuera uno
gana la conciencia de esas cosas que hasta entonces eran parte de un paisaje
difícil de ver desde adentro".
Para Llerena, dejar la patria no fue en sí mismo un hecho traumático.
"Yo no tengo conciencia de patria", revela. "En mi cabeza
habitan olores, sabores, voces y sonidos que coexisten en el Perú, pero a los
cuales sólo yo puedo otorgar armonía, sólo yo puedo organizar. Me siento
muy bien cada vez que visito Lima. Pero mis vivencias en mi país son tan
intransferibles que pensar en una patria me parece un ejercicio retórico
innecesario. Evidentemente, cuando vine a Miami esperaba que me fuera mejor
aquí que en Lima. Ésa fue mi primera motivación. Por lo demás, estaba
curioso de conocer otra realidad y enfrentarme a ella".
Llerena encontró una ciudad muy distinta a la que los medios nos venden.
Llegó al Miami de los inmigrantes, de los ilegales, de los que prefieren
pasar por un shock cultural, por lo menos al principio, a estar en sus
países. South Beach, su carnaval y sus pastillas de éxtasis no formaban
parte de su realidad.
Entro
en tu casa como un objeto invisible
el mal necesario
y me invitas a llevarme las bolsas de basura
abrirte las botellas de licor
cambiarte los bombillos quemados de la sala
y te exhibes sin reparos...
A decir de Luis Fernando Chueca, crítico literario, Julio Llerena sabe —como
se lee en "Portería"— que comparte con sus personajes el espacio,
que puede acceder incluso a ciertos nichos de su intimidad, que les hace los
mandados o los ayuda con las exigencias de los ritos cotidianos. Pero está
seguro de que no pertenece a ese lugar. Es el que guarda sus memorias. El que,
admirado, lleva el registro de sus lentos procesos de descomposición, de sus
decadencias anunciadas, de sus patéticos amores. Pero no es de ahí. Su
espacio es otro.
"Los primeros meses eran de asombro y desconcierto. No entendía el
desarraigo como lo entiendo ahora, en su enorme dimensión, lleno de objetos y
formas de sentir que uno no hace consciente sino por fuerza", afirma
Llerena mientras contempla la foto de su esposa y su hija sobre el escritorio.
"Cuando llegué a Miami descubrí varias cosas que no concordaban con
la imagen carnavalesca que se tiene de esta ciudad. Por ejemplo, en Miami no
existe la costumbre de escuchar orquestas en vivo. Nadie que no conozca Miami
podría sospechar una cosa así. Para quien no gusta de South Beach, ésta
puede llegar a ser una ciudad espantosamente aburrida. Además, me puse a
trabajar en un sitio que era una especie de retiro de ancianos. Y me decía,
¿qué carajo tiene esto que ver con South Beach? Así que me propuse escribir
sobre eso, ofrecer una mirada nueva, imposible de reconocer en medio de ese
carnaval autómata que es Miami para el resto del mundo".
Para remontar la difícil situación en la que se encontró durante dos
años, Llerena encontró un remedio infalible: escribir. "Escribir fue
exorcizar al fantasma, vengarme de los malos ratos, de la frustración de no
ejercer mi oficio, de tener que circular en una ciudad que no conocía, de
tener todo lejos. Después, inconscientemente al principio, comencé a buscar
discos y libros que había oído y leído hasta el hartazgo y que dejé en
Lima porque pensé que no los iba a necesitar. Comencé a comprarlos, a
recuperarlos. Lo curioso es que una vez que los tenía, no quería leerlos o
escucharlos más. Sólo necesitaba su presencia".
A su juicio, no experimentó en carne propia los prejuicios raciales a los
que otros inmigrantes hacen alusión. Más bien, considera que los prejuicios
los ha sentido de parte de otros peruanos que "de pronto hacen gala de un
patriotismo elemental que quieren hacerte compartir y que me parece
sospechoso. Yo prefiero vivir mi nostalgia a solas. Por lo demás, en Miami
hay tantos hispanos que el asunto de mi nacionalidad es irrelevante en la vida
práctica".
El autor de Hechos reales no cree que exista un estereotipo del
peruano como tal. Más bien existe uno del latino o del hispano que borra las
particularidades de cada país. En Miami se hizo consciente, finalmente, de
que es "latino".
"Muchas veces me he preguntado qué hago aquí, pero pocas veces he
querido regresar. No dependo de Lima como abstracción. Dependo, sí, de mis
afectos, y a veces he querido más bien mudar a mis amigos a Miami. Podría
decir que ahora pienso mucho más que antes en la posibilidad de volver pero
ya no por nostalgia sino porque creo que hoy tengo más cosas que ofrecer...
Cada quien tiene una manera distinta de vivir su peruanidad. Pese a que yo
también toco el cajón —un instrumento de percusión típico de nuestra
música criolla—, me caen muy mal las reuniones de peruanos aquí. Por lo
general son de una cursilería insoportable. Tengo amigos limeños, pero
nuestra relación no gira alrededor de la peruanidad. Claro que suelo visitar
restaurantes peruanos porque al fin y al cabo el paladar es insobornable y no
tiene compromisos morales. Pero más allá de la comida, mi contacto con la
comunidad peruana es casi inexistente".
En la segunda sección de su libro, justamente la que lleva como título
"Hechos reales", son varios los poemas que ubican sus acciones en
espacios que podrían ser, sin mayor dificultad, limeños. Pero hay uno,
"Sarmiento", cuya trama y tiempo regresan, casi sin duda, a la gris
ciudad donde el autor volvió a presentar su primer libro de poemas:
Sobre ese asfalto me caí cientos de veces
todavía conservo algunas cicatrices.
En
la Feria Internacional del Libro de Miami, Julio Llerena fue el único poeta
que representó al Perú, al lado de nuestro consagrado Mario Vargas Llosa. En
la presentación de su libro aclaró que Hechos reales tiene bases
concretas en eventos cotidianos y en ciertas vivencias que implican el
desarraigo o la nostalgia; pero que es, sobre todo, un trabajo literario, no
un anecdotario.
"No dependo de la naturaleza de mis experiencias para escribir, sino
de la observación de la realidad y de cómo ésta me golpea y pide
manifestarse en el papel. El hecho de que hoy me vaya mejor o que trabaje en
una revista grande no cambiará la mirada asombrada, compasiva o irónica que
creo tener sobre la realidad".
Después del trabajo caminé ciertos lugares
como esperando encontrar algunas cosas
voces zapatos cabellos anteojos
que atestaron las calles de la Melancolía
nadie nos conoce en estos vecindarios
nadie entre los clientes y meseras de La Palma
pero tenemos un auto y un televisor
y el muchacho que vende gasolina
aprendió a llamarme por mi nombre...
Si lo pensamos bien, concluye Llerena, "un poeta en Miami es algo así
como un verso surrealista, como una imagen de contrarios reunidos al azar: a
Miami le corresponden vendedores, arquitectos, traficantes, pero también le
corresponde un poeta. Si lo ves de cierta forma, una ciudad tan fría, tan
impersonal es, en realidad, carne perfecta para la poesía. ¡Quién necesita
vivir en París!"...