Locura
Ahora, cuando los días son cada vez más oscuros, le he pedido a mi sombra que haga de lazarillo. Ella,
compasiva, extiende un puente infinito sobre el abismo incierto del futuro y me invita a cruzarlo
arrimándome el bastón de los recuerdos. Le pide al sol de otoño un rayo para iluminar mi esquina
preferida del jardín. Esa que antes estuvo llena con la luz de la infancia, perfumada con las flores de la
juventud y en la que ahora habita tan sólo la vieja tapia que aprisiona los fantasmas de lo que fui.
Mi sombra intenta animarme. Se vuelve banco, árbol, columpio, estrella, gaviota en pleno vuelo. La
atrapo con la red de mis manos. La convierto en martillo, en pala, en espada; arremeto contra el muro,
escarbo, le abro el vientre, le pido que me traiga de vuelta la inocencia y la risa de mis primeros años.
Escupe un amasijo de temores y dudas. Siento de nuevo el vaho de la melancolía, el olor fétido del
engaño, el aséptico aroma de la hipocresía, la acidez profunda del desencanto. Memoria descarada, ¿por
qué te has llevado mis héroes para dejarme solamente espantapájaros?
Primavera de piel, invierno de palabras
Palpa el aire que reposa a su lado en el lecho. Cierra los ojos y su mente dibuja unos trazos hasta hoy
desconocidos. El deseo le dicta al oído un mensaje que aún es dulce tortura: "qué no daría por
sentir ahora tu cuerpo junto al mío". Las palabras se agolpan en su mente como gotas de miel, van
calentando su vientre al compás de recuerdos sin voz. Deja que el edredón resbale sobre su torso desnudo,
lo empuja entre sus piernas, lo siente mutar en la amorosa prisión del peso deseado y una respiración
jadeante, a lo lejos, emborracha sus oídos. El temblor se cuela en sus caderas y sube hasta sus pechos. Se
abandona, arco de piel, lluvia, grito. Abre los ojos con pereza y se abraza a una almohada. Sonríe entre
aliviada y jubilosa. —El invierno terminó. Mañana será primavera.
Principio y fin
Demasiado tiempo había postergado la limpieza del desván...
La obligó la lluvia que anunciaba el invierno y el temor impuesto por terceros —a tu edad cualquier
resfriado es pulmonía, solía alertar la hija— que le impidieron seguir su diaria rutina de caminata
matinal en el parque.
Lo encontró envuelto en el vestido de novia amarillento, que tiró al olvido el mismo día que él
salió de su vida... Esbozó una mueca que quiso ser sonrisa haciendo esfuerzos por recordar. Hacía tanto
tiempo de eso que ya había olvidado los "por qué". Sin embargo, esa sensación de náusea que
subía desde la boca del estómago le hacía sospechar que aquel era un recuerdo para seguir guardando bajo
llave.
Abrió la tapa con ilusión...
El olor del papel envejecido le trajo de pronto un lejano aroma a pastel de piña recién horneado que
celebraba los ardores de su piel adolescente. Luego se colaría el del vino, embriagador y pecaminoso, en la
rebosante copa de su pubis de la que sólo él bebió... Y ahora, sólo este olor a vinagre intenso y
ácido, que intenta fecundar sin éxito los áridos caminos de su piel.
Recordaba de memoria el comienzo:
"Eran los primeros días de primavera y ella, igual que los narcisos, se abría en flor".
Suspiró y se calzó los anteojos para leer: "En esos días el otoño daba paso al invierno. Caían los
pétalos como copos de nieve sobre los muslos marchitos, anticipando la helada final".
Lo que faltaba
Aquella mañana despertó y se supo incompleto. Salió a la calle y encontró el inventario de sus
primeros pasos jugueteando en el patio de tierra de su infancia. Recuperó la inquietud y la ansiedad que se
besaban con torpeza en una esquina de la adolescencia. Rescató una mirada luminosa perdida en el parque de
la primera cita. Cosechó la generosidad sembrada en el campo de la juventud; y la seguridad de la
incipiente madurez. Aún sentía que algo faltaba. Pero caía la tarde. Aquel aroma a café recién colado
endulzaba el ambiente y no lo dejaba pensar con claridad. Siguió su huella a través del aire... y
encontró por fin ese pedazo extraviado desde siempre, en una hogaza de pan sobre la mesa, en una taza
humeante, de café con leche, en unos ojos que le regalaban su reflejo, en unos brazos que encerraban el
mundo, en unos muslos que escondían la entrada al Paraíso.