Artículos y reportajes
Joseph ConradHay otros mundos,
pero están en éste
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Sobre Los mártires, libro de relatos del colombiano Juan Esteban Constain (Editorial Planeta).

Hace algunos años leí en la revista El Malpensante un ensayo, o crónica, en todo caso un entretenido texto del economista e historiador Alejandro Gaviria, en donde contaba algo que para mí era desconocido: la llegada del novelista Joseph Conrad al puerto de Santa Marta en el Caribe colombiano, en tiempos en que el escritor polaco se dedicaba al tráfico y comercio de mercaderías de oscuro origen y dudosa legalidad.

Recuerdo que Conrad, en las cartas y bitácoras citadas por Gaviria, se maravillaba, entre otras cosas, del oficio más peligroso que había visto en su vida, pero que para la gente de Santa Marta y alrededores resultaba de lo más normal: los cazadores de caimanes. Y me imagino a Conrad viendo a estos hombres, como si nada, con un caimán al hombro en el mercado popular esperando al mejor postor, y al lado suyo otro lugareño con un par de gallinas gordas en el mismo plan.

Siempre he creído que ese paso de Conrad por Santa Marta está esperando su contador de historias, ese que se apasione con el tema, de tal manera que sienta que no puede morirse sin haber contado todo lo que la Historia y la imaginación guardan solo para él o ella. No siempre es posible reconocer las oscuras razones por las que un tema, o un libro, llegan a nosotros; aunque a veces es uno quien llega al libro, y en otras ocasiones hay felices coincidencias como las que motivan esta nota.

Fue de la mano de Joseph Conrad que asistí a la cita con: Los mártires, el primer libro de Juan Esteban Constain, recién editado por Editorial Planeta. Digo que Conrad me llevó al libro de Constain, porque llegué distraído a un armario de la vieja librería Lerner del centro de Bogotá, me volé la portada, manipulé con desgano y leí el índice sin apremio, entonces tropecé con una referencia sobre Conrad como tema de uno de los cuentos. Me lancé imantado a buscar la mención de Santa Marta en el cuento, pero no encontré al cazador de caimanes, sin embargo descubrí cosas que borraron de inmediato la insatisfacción, y me hicieron alzar las cejas.

Un aspecto sustancial del proceso creador es la eterna posibilidad del juego, el día que se pierda esa actitud la ficción dejará de encontrar, y se quedará satisfecha, regodeándose con sus hallazgos formales hasta la reiteración, la inmutabilidad, la inmovilidad; esos tres síntomas de los que Calvino huía como un vampiro de los collares de ajo.

Da envidia la artesanía exigente con la que está escrito el prólogo del libro, una declaración de nombradía fundada en la sencillez y en el sentido común, que recuerda a las palabras de Capote en el manifiesto personal de Música para camaleones. Resonancia de antiguos saberes que en la carrera del tiempo se perpetúan en un relevo de voces. Y seguro surgirán las inevitables referencias a Borges, Marcel Schwob, a Roberto Bolaño, a Enrique Serrano: su Marca de España, o con Ramón Cote Baraibar: sus Páginas de en medio. Tantos antecedentes duermen tras cada línea que escribimos, tanta sombra a veces ignorada tras los enfoques, giros y pausas, y tiempo dormido bajo la pulsación que nace en el nuevo orden impuesto a las palabras.

He dicho poco —o, prácticamente nada—, de lo que esconde este libro, escrito por alguien a quien no le dio miedo poner a prueba sus recursos y obsesiones, y que persuade de que creer en un Dios a veces es, ante todo, una obligación estética. Y uno sale agradecido de una lectura así, y entonces uno quiere hacer partícipes a otros del encantamiento. Por eso es hora de que me calle, tal vez la curiosidad confabule a nuevos lectores, y les permita descubrir una de las voces más maduras que se pueden encontrar en la literatura colombiana de hoy.

No se sustraigan de estas páginas, que son —ya descubrirán por qué— un acto de gratitud para con la literatura y un gesto de fe en lo mejor de la naturaleza humana. Gratitud por tantos momentos de compañía, ¿recuerdan ese momento?: ustedes cerraron ese libro cualquiera, y con el ánimo de reflexionar mejor, hicieron a pie todo el camino de vuelta a casa, y olvidaron que estaban sobre la faz de un planeta que gira en torno a una estrella menor, que algún día se apagará.