Sobre Los mártires, libro de relatos del
colombiano Juan Esteban Constain (Editorial Planeta).
Hace algunos años leí en la revista El
Malpensante un ensayo, o crónica, en todo caso un entretenido texto del
economista e historiador Alejandro Gaviria, en donde contaba algo que para mí
era desconocido: la llegada del novelista Joseph Conrad al puerto de Santa Marta
en el Caribe colombiano, en tiempos en que el escritor polaco se dedicaba al
tráfico y comercio de mercaderías de oscuro origen y dudosa legalidad.
Recuerdo que Conrad, en las cartas y bitácoras
citadas por Gaviria, se maravillaba, entre otras cosas, del oficio más
peligroso que había visto en su vida, pero que para la gente de Santa Marta y
alrededores resultaba de lo más normal: los cazadores de caimanes. Y me imagino
a Conrad viendo a estos hombres, como si nada, con un caimán al hombro en el
mercado popular esperando al mejor postor, y al lado suyo otro lugareño con un
par de gallinas gordas en el mismo plan.
Siempre he creído que ese paso de Conrad por Santa
Marta está esperando su contador de historias, ese que se apasione con el tema,
de tal manera que sienta que no puede morirse sin haber contado todo lo que la
Historia y la imaginación guardan solo para él o ella. No siempre es posible
reconocer las oscuras razones por las que un tema, o un libro, llegan a
nosotros; aunque a veces es uno quien llega al libro, y en otras ocasiones hay
felices coincidencias como las que motivan esta nota.
Fue de la mano de Joseph Conrad que asistí a la
cita con: Los mártires, el primer libro de Juan Esteban Constain,
recién editado por Editorial Planeta. Digo que Conrad me llevó al libro de
Constain, porque llegué distraído a un armario de la vieja librería Lerner
del centro de Bogotá, me volé la portada, manipulé con desgano y leí el
índice sin apremio, entonces tropecé con una referencia sobre Conrad como tema
de uno de los cuentos. Me lancé imantado a buscar la mención de Santa Marta en
el cuento, pero no encontré al cazador de caimanes, sin embargo descubrí cosas
que borraron de inmediato la insatisfacción, y me hicieron alzar las cejas.
Un aspecto sustancial del proceso creador es la
eterna posibilidad del juego, el día que se pierda esa actitud la ficción
dejará de encontrar, y se quedará satisfecha, regodeándose con sus hallazgos
formales hasta la reiteración, la inmutabilidad, la inmovilidad; esos tres
síntomas de los que Calvino huía como un vampiro de los collares de ajo.
Da envidia la artesanía exigente con la que está
escrito el prólogo del libro, una declaración de nombradía fundada en la
sencillez y en el sentido común, que recuerda a las palabras de Capote en el
manifiesto personal de Música para camaleones. Resonancia de antiguos
saberes que en la carrera del tiempo se perpetúan en un relevo de voces. Y
seguro surgirán las inevitables referencias a Borges, Marcel Schwob, a Roberto
Bolaño, a Enrique Serrano: su Marca de España, o con Ramón Cote
Baraibar: sus Páginas de en medio. Tantos antecedentes duermen tras cada
línea que escribimos, tanta sombra a veces ignorada tras los enfoques, giros y
pausas, y tiempo dormido bajo la pulsación que nace en el nuevo orden impuesto
a las palabras.
He dicho poco —o, prácticamente nada—, de lo
que esconde este libro, escrito por alguien a quien no le dio miedo poner a
prueba sus recursos y obsesiones, y que persuade de que creer en un Dios a veces
es, ante todo, una obligación estética. Y uno sale agradecido de una lectura
así, y entonces uno quiere hacer partícipes a otros del encantamiento. Por eso
es hora de que me calle, tal vez la curiosidad confabule a nuevos lectores, y
les permita descubrir una de las voces más maduras que se pueden encontrar en
la literatura colombiana de hoy.
No se sustraigan de estas páginas, que son —ya
descubrirán por qué— un acto de gratitud para con la literatura y un gesto
de fe en lo mejor de la naturaleza humana. Gratitud por tantos momentos de
compañía, ¿recuerdan ese momento?: ustedes cerraron ese libro cualquiera, y
con el ánimo de reflexionar mejor, hicieron a pie todo el camino de vuelta a
casa, y olvidaron que estaban sobre la faz de un planeta que gira en torno a una
estrella menor, que algún día se apagará.