Artículos y reportajes
Dos memorias:
trance y hábitat
en la poética
de Carlos Rodríguez

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El poeta Carlos Rodríguez ha dado su registro propio a la literatura urbana que cuenta la otra historia de calles y lugares de la urbe neoyorquina. Carlos Rodríguez vivio 30 años en Nueva York. Sus “pasos” se reafirman en una poesía cuyo ritmo se bate entre el discurso y el lirismo de una tradición literaria dominicana o habitualmente localizable en la literatura que se produce en ese Caribe antillano, del cual República Dominicana es la segunda en tamaño después de Cuba, y las influencias claramente visibles del aliento coloquial del que ha leído o estado en contacto con poesía anglosajona aun escrita en español. Así como algunos tonos estructurales de la holopoética, la hermenéutica y otros elementos que caracterizan la poesía anglo que arranca con nuevas propuestas arrancando de la década del sesenta. Todo ello a pesar de que su literatura la produjera en español.

Su participación en el ambiente cultural de los dominicanos en Nueva York estuvo matizada por las entradas breves y las salidas prolongadas a distintos círculos dominicanos de escritores. Carlos Rodríguez, el poeta emblematico de la comunidad dominicana de NY, cultivó las mejores relaciones entre los poetas de otras comunidades, donde era invitado con frecuencia a leer sus textos.

Escritores y críticos latinamericanos de la talla de Pedro López Adorno, David Cortés Caban, Lizabeth Paravisini Gelbert y otros han expresado su respeto a la poesía de Carlos Rodríguez.

Estas notas acerca del poeta Rodríguez están concebidas como suma de apuntes y de lecturas de sus textos. Apuntes iniciados a la luz de “huidas” con el poeta al bar de su predilección, el West End Bar, ubicado en la calle del mismo nombre.

Se han realizado algunas publicaciones parciales en medios impresos de la isla. El regalo divino que es su poesía hoy me convida a publicar íntegramente y conjuntamente todas estas notas. Dejo claro que más allá de lo que los críticos quieran opinar, este transitar por la poesía de Rodríguez es sólo eso: un tránsito a sus dos memorias, la de allá (RD) y la de aquí (EUA), como disyuntiva de lo urbano en su ser y esencia poética. Hoy entiendo que a su poesía no podía despacharla tan fácilmente, por lo que introducir al poeta, presentarlo o compartir lecturas con él siempre fue una experiencia memorable.

 

Unas notas dejadas en la esquina...

Estos apuntes intentan una posible ubicación de Carlos Rodríguez en la tradicion literaria urbana de la urbe y en la cual se han destacado otros escritores latinos marcados por viviencias de largos y cortos períodos de estadía en Estados Unidos. Estudiosos* de esta literatura ya han establecido pautas sobre estas participaciones. En este caso particular las características novedosas que reconozco en Carlos Rodríguez no puedo desligarlas de su ser inmigrante, en una primera etapa, y de exiliado y desarraigado en la etapa final de su vida. No puedo dejar de lado su vocación de transeúnte, que no esperaba permanecer tanto tiempo en esta urbe, y como a muchos de nosotros, los atrapo el aguacero o la nevada. En su caso viajes esporádicos al país caracterizaron su estadía en la urbe. A Carlos Rodríguez no le tocó la gota dorada del “mainstream literario”, mucho menos el favor de los que en la comunidad dominicana juegan el papel de “salvadores/as” académicos, promoviendo lecturas y eventos que sólo cuentan para las rectorías o los departamentos de español de algunas universidades, pero su importancia como poeta se cifra, se construye y sostiene en un discurso poético, un cuerpo orgánico, una capacidad de desdoblamiento por el que se le conoce como el poeta emblemático, el verdadero poeta del exilio dominicano en Nueva York. Sin proponérselo llamó la atención y el reconocimiento de íntimos amigos, escritores, familiares y unos que otros sectores académicos independientes.

Carlos Rodríguez es uno de nosotros/as con dos memorias. El pugilato de las identidades y las dos memorias es visible, en tanto crisis que toma diversas salidas en quienes eligen una y otra. El irse o quedarse.

En cualquiera de las opciones en la poesía de Carlos, ese cuadro de sociabilidad y conflictos, de mutación y desgarre entramados con el entorno, formó parte de su tono poético. Todo lo que, en el caso de Carlos, recorrió los modos posibles, convirtiéndolo tal vez en el más inédito aun después de su partida en marzo de 2001. Por una jugada de esas que el exilio o el desarraigo ofertan a los que emigran, los restos de Carlos se quedaron aquí, como aquí se quedó su poesía, su familia y sus fotos, los recuerdos de los amigos, los videos de varias de sus lecturas.

El poeta vivía junto a su madre y hermanos en la avenida Riverside Dr, del área de Morning Side Higths del bajo Manhattan. Su vínculo con la vida era la poesía. Asumió su quehacer literario con seriedad y aunque nunca recibió homenajes de la comunidad ni de grupos académicos y/o literarios se mantuvo siempre firme en la lucha por el respeto de los escritores dominicanos de Nueva York. Él no sólo respaldó y fue signatario de documentos a favor de un cambio en las condiciones en que realizan su trabajo los escritores dominicanos, sino que fue un inspirador y un activo defensor del Gran Documento donde los artistas se expresaron por primera vez contra la política cultural del gobierno dominicano de turno (2001). Carlos Rodríguez participó del movimiento que en el pasado luchó para que se reconociera y entregara el Premio Nacional de Literatura a quienes lo ganaran en buena lid.

El único reconocimiento a la obra de Carlos Rodríguez lo obtuvo cuando gano el Premio Pedro Henríquez Ureña de Poesía en 1995, con el libro El ojo y otras clasificaciones de la magia. Sin embargo, al poeta sólo le fueron entregados unos cuantos libros en impresiones deprimentes. Aunque existen varias versiones al respecto, al momento de su muerte Rodríguez negó haber recibido el equivalente en metálico. Siempre afirmó que se le hizo firmar un contrato en donde se establecía que el escritor debía pedir permiso para producir una segunda edición. Todo lo cual marcó profundamente a Carlos Rodríguez en relación a la participación de concursos y eventos literarios en su país natal. Al momento de su muerte dos grandes proyectos le esperaban. La publicación aquí en Nueva York de una antología con sus obras completas, unos cinco libros en total y todos inexplicablemente inéditos y la firma con la editorial argentina Tse Tse.

Carlos Rodríguez fue coeditor de la revista literaria De’Azur, está en numerosas antologías publicadas en Estados Unidos y Latinoamérica. Su obra incluye, además de El ojo y otras clasificaciones de la magia, Volutas de invierno, Jazz, Puerto Gaseoso y El West End Bar y otros poemas, entre otros libros.

Carlos Rodríguez, enigmático y ensimismado como esos grandes poetas, tuvo sus leyendas, tuvo como todo poeta exquisito pequeñas legiones de detractores, muchos de los cuales después de su muerte declararon su arrepentimiento y profundo respeto a la obra del poeta. Y es que las metáforas de Rodríguez son, como los solos de “jazz”, in-con-fun-di-bles.

 

Del Ozama al desgarre... la madera del poeta

Las diversas formas de literatura urbana tienen que ser vistas desde la geografía tormentosa, desde las Polis[metro], mega[ciudades] y el concepto de urbe. Lo exige la globalización que, una vez apuesta a ciudades frecuentadas por transeúntes, turistas, las miradas y consumos ya exigen otros códigos y crea otras crisis de contorno en el poeta.

¡Qué difícil creerle a una ciudad sin grafitis! De ahí que hacer ajustes con la memoria o las memorias se torna traumático para cualquier poeta. Hoy, más que antes, la imaginación juega un papel de control o descontrol en la literatura urbana y en quienes la producen.

Carlos Rodríguez no logra hacer esos ajustes, y por eso el poeta es auténtico hasta el desgarre, nada teórico ni diseñador de movimientos o “cosas” parecidas. No tenía la más mínima idea de promoción de su imagen o de un texto suyo, pero la ciudad estaba llena de él. El poeta se inundó de la ciudad.

Una mañana lluviosa en Broadway a la altura de la 113 no tiene sentido sin los textos que integran su libro inédito El West End Bar y otros poemas. Sus poemas en perspectiva crítica bien podrían ser el otro mapa que sustente la existencia de esta área de la ciudad en los años setenta poblada o visitada por artistas, arquitectos, cantantes, poetas... Carlos amaba la poesía, y estar entre sus ejecutantes, vivir y resucitar hasta el agotamiento corporal y de éxtasis en aquellos sitios y ambientes donde algún artista posó o desposó a la musa...

 

Carlos, su poesía y su entorno: la posibilidad de un mapa

Por ello la poesía de Carlos Rodríguez llega segmentada, de calles, casas, traspatios, vecindad, apartamentos, cargada de dos aromas; las márgenes del río Ozama en RD, donde transcurrió gran parte de su vida y ese atormentado Hudson de los inmigrantes y los poetas. Upper West Side, ese Tiemann Place con su gloria e infierno urbano, le pertenece a Carlos Rodríguez. Allí, junto a su familia residentes por casi 40 años, tal vez la edad de la comunidad dominicana, aún permanece su espíritu. El poeta, aunque no tan conectado a ambientes comunitarios del Alto Manhattan, o lo que hoy de acuerdo a la zonificación de la ciudad se llama Distrito 10, con un concejal dominicano y bajo la denominación barrial de Washington Heights, tiene, sí, hijo que lo conecta: el hilo del cosmos, el de Whitman por la isla de Manhattan.

No es casual la mayoría de los dominicanos que emigran desde la media isla (RD), hacen su morada y fijan como residencia a esa otra isla que es Manhattan. Aunque el distrito de los dominicanos se inicia en la 150 y Saint Nicholas, lo territorial específico no da aquí el color, sino las vivencias culturales de los habitantes de estos vecindarios colinderos y que entrelazan a un Instituto de Estudios Dominicanos no lejos del Upper Manhattan, del Tiemann Place donde nuestro poeta vivió junto a sus familiares, con clubes regionales de las provincias geográficas de República Dominicana como la Asociación de Santiagueros, y más arriba la Asociación de Dominicanos Progresistas. Por esta mezcolanza hay en la poesía de Carlos una exquisitez que no requirió agotar las esquinas ni el comunitarismo por doquier en física y presencia, en cambio quedó en sus metáforas como un gran puente urbano inter y extraterritorial.

“El profesor que llega al río llega de las multitudes
de saliva
Toma el pulso sentándose a la orilla
del vacío
es el viejo profesor del paria antiguo
el alborotador de incendios”
[fragmento del poema XVII].

Ese cruce de dualidades territoriales también viaja en otros márgenes entre lo perfecto y lo sereno. Lo que es el pase activo del lenguaje de Carlos Rodríguez a la hora de dejar constancia en sus textos. Donde aparece el delineamiento y los cambios. Hijo de padre ebanista, tal vez allí se consumó la iniciación de su ojo lustrosísimo, atípico y clasificador. Nadie como Carlos Rodríguez nos obliga a retornar una y otra vez a las diferencias abismales entre diáspora, exilio, transnacionalidad y desarraigo. En el poeta, tal vez sin proponérselo, tantas memorias se debatían. Carlos, el poeta solitario, salía a tomar aire con la multitud colectiva de su sombra. Con la indumentaria mental de lo que dejó allá en la media isla y con lo que su rastreo emocional coleccionaba de este Nueva York, vitral de sus angustias y soledades.

Con una visión fuera de Italo Calvino, y más allá de la ciudad como dotación de emociones colectivas del Alex de Borges, el poeta tenía una ciudad grande que era el lenguaje. La media isla dominicana y la isla completa de Manhattan eran sus dos auroras. Son varias décadas y generaciones literarias que hablan de la ciudad y hasta quieren describirla. Sus autores tratan incansablemente de traspasar los marcos, no sólo de la ciudad como tema, sino intersección de ciudad misma, protagónica, acuciante y en donde el escritor se comporta o se asume o simplemente como testigo articulador.

Surge siempre la interrogante de cómo una literatura y sus oficiantes puede organizar una nueva lectura de la ciudad, sus lugares y sus iconos.

Carlos invalida la falsa moral de los lugares, se reúne e intercambia roles con sustitutos, pre y pos-sombras:

El West End Bar es un espacio para el sueño
Los estudiantes de Columbia
irrumpen en parejas, a medio brazo
surcando el aire que se ondula, arremolina
y forma transparencias nubes musicales
el jazz [un blue tristísimo de saxo]
O mi yo sentado y mi cerveza.
Aquí probablemente estuvo Lorca
Monumental y oscuro
Nueva York es una historia clausurada
Nueva York es una espuma adormecida.

Ciertamente, este establecimiento, el área y sus alrededores ha sido el lugar frecuentado y vivido por músicos, actores y celebridades. John Lennon vivió y permaneció en el área hasta su muerte.

Pero la pregunta anterior aún inquieta a los escritores y estudiosos del tema. En países como México, Inglaterra o Estados Unidos, la tarea de encontrarle una respuesta ha sido difícil, pues no siempre hay acuerdos. Néstor García Canclini y Edward W. Soja desestiman descripciones totalizantes para definir la relación y el nivel de “captación” de las experiencias, las emociones y las viviencias de una literatura y sus ejecutantes, quienes a veces desfallecen tratando de dar lecturas no planas de la ciudad. El tema es casi un mapa.

Tan inmenso y complejo como las ciudades sui generis donde convergen distintas lenguas, donde la condición de inmigrante no es el origen del fenómeno multilingüístico, ya que sus hijos comparten una misma territoriedad. A éstas y a las ciudades mosaicos, se ha dado por denominar “pool of culture”. Sin embargo, también para los escritores que hoy pueden ser considerados fundadores de la literatura urbana, la posibilidad de juntar relatos, superponer historias, confluir los símbolos y los caracteres, así como la yuxtaposición de tiempos históricos, hacer confluir sus distintas memorias, en fin buscar una lógica temporal de la ciudad, es un reto. [Calvino, Borges, Ricardo Piglia, Macedonio Fernández, Carlos Fuentes].

No niego que otros poetas dominicanos trasciendan este reto, pero Carlos Rodríguez no sólo se inscribe en la corriente de poetas urbanos, desafía y articula con una lectura prístina la ciudad donde los inmigrantes nuevos, los exiliados asentados desde una perspectiva de comunidad, deambulan, sino que su contemporaneidad avisa también su asombro desde antes de partir.

Constatemos directamente la nueva geografía de Carlos Rodríguez, de sus lugares habitados no sólo desde el principio que arranca en el río Ozama, desde donde llegan amores y memorias que se dilatan inconclusas y le atormentaban el poema. Por ese ojo clasificador del poeta, hoy sabemos que:

“En las vidrieras de los boulevares
Sólo hay dos y sólo cien silbatos...”
[fragmento]

Y es que en ese Riverside Dr, la esquina que le dobla al 550 de Tiemann Place es el Nacional Memorial General Grant, el mausoleo más largo del mundo. Y los rituales de sus cien silbatos copaban no sólo la siembra de tulipanes que da a la ventana de su casa sino hasta las interioridades del poeta y de sus gatos, Manolete y Miosotis.

En esta literatura urbana que ya tiene sus divisiones y subdivisiones, para ubicar lo dicho en un contexto cercano, recordemos al poeta dominicano Rene del Risco con sus vitrinas —objeto emblemático que ofrecía lo visto y oído por Del Risco de una patria todavía un tanto candorosa, a punto de perderse en el mundo de las publicitarias, la política y el consumo. Y como referencias posteriores a Del Risco están los textos de Raúl Bartolomé, René Rodríguez Soriano y otros más que ya penetraban al tremendismo literario y de consumo para narrarnos lo urbano que en Miguel de Mena era, en los ‘80, poesía de “la crisis”.

En este contexto, los poemas de Carlos Rodríguez ya clasifican para una magia permanente. La crisis del espacio geográfico habitado por Carlos Rodríguez no le pertenece sólo a él.

Se trata de un modus vivendi urbano sin mayores opciones que la abundancia del car wash, los espacios desiertos, elevados de trenes y salidas de la autopista, un Riverside Park levantado sobre un viejo depósito de desechos, la iglesia del mismo nombre sin denominación religiosa alguna, alguna se levanta majestuosa en la Teología Negra de la Liberación, la Escuela de Música de Manhattan y el Seminario Teológico Protestante de mayor prestigio en Estados Unidos, así como la Catedral San Juan El Divino, la quinta en tamaño después de la Catedral San Pedro en Roma. Y como síntesis urbana junto a lo clásico sacro, están los KFChicken, los McDonald’s y un Taco Bell para variar.

No es sólo escribir sobre la ciudad, sino imaginarla, recrearla y replantearse la esfera vital en la cual el escritor/a va a situar su estado anímico y de expectación. De los diversos modos de narrar la ciudad, del uso que demos a las memorias vitales, de los pasos como breviario de regresos y del uso de la imaginación para percibirla, conectarse y mantenerse como objeto vivo de la ciudad, dependerá la actitud y el espejismo de lo descrito, pues francamente la ciudad tal vez no es como los escritores la describen, pero el paradigma es que, al menos gracias a la imaginación de los escritores, éstas sobreviven.

 

La memoria propia de sus poemas

Conocidas la memoria del área donde vivió el poeta, la que se percibe por un entorno, la decadencia o no del mismo, su fisicalidad, alcancemos la otra memoria, la que los poemas de Carlos Rodríguez develan, la que muestra sus angustias y aislamientos, cuya disyuntiva entre edificios aislados, de alturas y un hábitat doméstico a punto de desaparecer, van a parar envueltos en una mirada lejana hacia el Hudson o el dilema del regreso.

En Carlos, todo ello tenía y hacía sentido, pero pocos entendieron su lenguaje —aparentemente complejo, elitista, caótico— pero evidente de su lucha con el lenguaje para no perder no sólo la memoria sino las huellas, el contacto, el paso:

“Vuelve lentamente el personaje central
a su lugar
La Casa, ahora un poco más amplia se filtra en la anterior,
la que orientó y orinó los pasos [véanse sus cuadernos]
Vuelve, y esto ya lo he dicho, el paseante reposado
Habría de pensarse en el término “inacción”
para referirse a tal espacio redundadamente amplio,
con un pasillo largo, un sofá y unas figuras o un variado
espécimen,
además del personaje por supuesto,
o del poeta mal dispuesto, por supuesto”.

En un torbellino de retroalimentación se sobreviven la una (ciudad) y el otro (escritor). La influencia de lo urbano en la subjetividad del escritor. Las memorias complementadas primero en los tiempos (tradicionales, de sentidos y de especialidad) y ese cambio, versión o percepción que se opera y operan en el sujeto urbano y su hábitat va de lo horizontal a lo vertical, de acuerdo a las políticas de planeamiento urbano que en las grandes ciudades, han sumergido las edificaciones (chozas, viviendas, casas, edificios de apartamentos, multifamiliares, unidades vecinales, barrios, células urbanas, proyectos, condominios).

Este discurrir, sin embargo, estas condiciones que no restan calidad a la literatura urbana, aunque la crisis y la ansiedad se interpongan en el plano de la creatividad del poeta, creo entender más, su saber de ellas, aun sea para su interior, aun cuando profundizan los poemas de Carlos Rodríguez el ahogo y el conflicto, sin recurrir al spanglish, un desemboque natural, o al típico “slam”, no restan calidad a la obra. Cierto que pudo ser tal vez menos clásica, menos seria con el uso de los recursos citados y tan usados por los poetas contemporáneos, pero igualmente los poemas de Carlos Rodríguez tienen el calibre urbano y citadino.

Las últimas lecturas públicas fueron en la galería Mixta del Barrio, Quisqueya Higths Culture Center en la avenida Lexington, en Washington Heights, y en Bohemia Arte Vivo, en el marco de la Gran Semana de la Cultura Dominicana en coordinación con grupos de teatro bajo la dirección de Waddys Jaquez.

* Le Corbusier, plan de estructuración de los vecindarios

 

Notas

  • Néstor García Canclini: Conflictos multiculturales de la globalización: consumidores y ciudadanos.
  • Edward W. Soja. Postmodern Geographie.
  • Marc Augé: Los no lugares, espacios del anonimato.
  • Referencias a: Calvino, Borges, Ricardo Piglia, Macedonio Fernández, Carlos Fuentes. Estudiosos: Canclini, Marc Augé, Néstor E. Rodríguez, Eduardo Nivó, Ángela Giglia, Anahí Ballen, Dionisio Cañas.