Paula había nacido en el corazón de Angola quince años atrás, acunada por ráfagas de ametralladora, estampidos secos de balas perdidas y explosiones eventuales de obuses que caían a su alrededor de forma indiscriminada como hechos cotidianos de una guerra civil impenitente que el mundo casi no recordaba cuándo había empezado ni por qué.
Cuando Portugal descolonizó Angola en 1975 y dejó el país a su albur, los dos grupos étnicos mayoritarios, los Ovimbundu y los Mbundu, se enzarzaron en una refriega sin cuartel por hacerse con el poder, coyuntura que aprovecharon los soviéticos para introducir una cuña importante ayudados por los cubanos como fuerza de choque. En medio de este pandemonium ingobernable, aliñado por otras rivalidades entre etnias menores como los Nyaneka y los Chokwe, poco podían hacer los mediadores, fuesen religiosos o laicos.
Poco o nada podían hacer, sobre todo, porque el enfrentamiento político se hallaba solapado con otro nivel mucho más desconocido e inquietante para los occidentales, que hundía sus raíces en el sustrato más profundo del animismo africano. Se trataba del rito “ndoki”, que se podría traducir por “hechicero”, en el sentido de agente del mal, según la mentalidad africana, esto es, poseedor de una serie de fuerzas ocultas y responsable de todo lo que es considerado desgracia, sufrimiento o dolor. El “ndoki” era, pues, una persona muy temida, más difícil de combatir que la propia guerra, las epidemias o las plagas.
Así de complejo era el escenario en el que el azar decidió que Paula abriera los ojos por primera vez. No resulta difícil entender que este origen habría de condicionar toda su vida posterior.
***
El joven Namib, perteneciente al grupo de los Mbundu, se había incorporado a la guerrilla pocos meses antes, partiendo de Huambo, su lugar de procedencia, uno de los enclaves más destacados en el centro del país. Se acercaba ya con sus compañeros de milicia a la plaza de Malanje con la intención de tomarla sin mayores problemas en su imparable avance hacia Luanda, la capital, donde suponían que estaba su destino final si, mientras, las tropas contrarias no los obligaban a retroceder.
Pero las guerras, como todos los demás actos humanos, nada pueden hacer por escapar al azar. Ya se divisaban a lo lejos las siluetas achaparradas de los edificios de Malanje, cuando los guerrilleros fueron a cruzarse con una muchacha tallada en azabache que volvía del pozo con una tinaja llena de agua apoyada en su rotunda cadera, contoneándose con gracia, tal vez con un atisbo de provocación, al ritmo del suave tintineo de los aros de metal que cubrían sus antebrazos desde las muñecas casi hasta los codos. La muchacha era Luana, la hija menor de un pastor de cabras que vivía en las afueras de Malanje.
Cuando los hombres llegaron a su altura, avanzando ufanos por el centro de la carretera polvorienta, ella, que se había retirado hacia la cuneta en un falso gesto de recato, les dirigió una mirada directa, entre traviesa y retadora, con aquel par de ojos como estrellas encendidas en pleno día. Los hombres llevaban días de marcha en los que no se habían cruzado con persona alguna.
—Ven aquí, gacela. Alégranos la mañana —se adelantó uno de ellos. Otros le siguieron la chanza, dispuestos a un desahogo rápido que les aliviase de la inclemencia de un sol abrasador.
—No se os ocurra acercaros a ella. No pertenece a nuestra tribu y podría crearnos problemas —les atajó Namib de inmediato. Pero en contra de lo manifestado, algo había visto él en aquellos ojos negros y brillantes que le impactaron con fuerza, y algo le decía también que el incidente no terminaría allí.
Esa misma noche, mientras los soldados estaban acampados y descansaban, Namib huyó amparado en la oscuridad y no se dio tregua hasta que encontró a Luana entre el laberinto de tiendas que circundaban la destartalada ciudad de Malanje. La halló acostada en el interior de uno de los tenderetes levantados con piel de cabra curtida, mezclado su cuerpo con otros más viejos y más jóvenes en una comunión carnal de hacinamiento inocente. La contemplación de aquella criatura tan bella, dormida y desprevenida, le decidió a Namib a desertar.
No tuvo reparos en despertar a toda la familia y pactar con el jefe del clan, el padre de Luana, las condiciones de la boda.
—Nunca en mi familia se ha casado nadie con extranjeros; nunca nos hemos separado por cuestiones de matrimonio —demostró el padre de Luana sus reservas.
—No soy extranjero. Vengo de Huambo, donde nací. Soy tan angoleño como tú —se defendió Namib.
—Angola misma es una creación de los extranjeros. Yo pertenezco a la gran familia Ovimbundu. Todos los demás son extranjeros para mí.
—Una mujer debe vivir donde esté su marido. La trataré bien y la respetaré siempre.
Los fastos se celebraron en el campamento de la novia dos días después y asistieron todos los jefes de los clanes vecinos de la zona. Al finalizar éstos, Namib y Luana, junto con un rebaño de cincuenta cabras, como dote de la novia, regresaron a Huambo, la ciudad de Namib, de la que el muchacho había partido pocos meses antes hacia su infructuosa aventura. Ahora regresaba con una esposa.
A Luana le costó adaptarse a su vida de casada. Sin embargo, al año de los esponsales nació Paula, que entró en este mundo con malos augurios. Desde la ciudad costera de Benguela llegaban noticias del recrudecimiento de la guerra. Namib, tal vez enardecido por el confuso destino de su país, empezó a ausentarse de casa durante varios días seguidos y a responder con varapalos cuando, a su regreso, Luana se quejaba por aquellos abandonos inopinados.
—Me siento perdida cuando tú no estás. No me gusta cómo me miran los demás hombres de tu familia —argumentaba ella.
—Pues tú no les mires; no levantes la mirada del suelo. ¿Por qué los miras? —y descargaba sobre ella toda la fuerza de la ira que él mismo ignoraba de dónde procedía.
***
Paula crecía rápido a pesar de la escasa alimentación por los problemas de abastecimiento y a pesar de las continuas grescas de sus padres, pero crecía atemorizada porque no acertaba a entender qué provocaba aquellos estallidos de su padre ni el consiguiente desafecto de su madre, que parecía culparla por su propia inadaptación.
El día que Paula cumplió cuatro años su padre le despertó en la oscuridad con mucho sigilo, le ayudó a vestirse y salieron como dos ladrones sin más pertenencias que lo que llevaban puesto. Viajaron durante toda la noche en una camioneta que daba tumbos a cada rodada por el mal estado del firme. Paula había buscado su rincón para replegarse sobre sí misma e iba con los ojos muy abiertos, intuyendo ya a su temprana edad que nadie merecía su plena confianza.
Al amanecer llegaron a Lobito y se dirigieron sin pérdida de tiempo al puerto. Allí les esperaba un barco cargado de algodón y sisal.
—Aquí está el dinero —le dijo su padre a un blanco de mirada aviesa y gesto poco amable, extendiéndole un fajo de billetes.
—¿Y la mocosa? —se quejó aquél.
—No la dejaré aquí.
—Serán dos mil más.
Namib se resistía, pero el otro le apremió: el barco estaba a punto de zarpar. Namib cedió por fin. Así fue como Paula emprendió, junto con su padre, la primera gran aventura de su vida que no le traería la felicidad.
Las condiciones del carguero no ofrecían garantías de salubridad, menos aun para una niña pequeña, pero aquello no era un viaje de placer, sino una huida incierta. Hicieron pocas escalas: tan solo Dakar y Casablanca, antes de atracar en Bilbao, fin de trayecto para Namib y Paula, según lo pactado con el filibustero, aunque el barco continuaba hasta Amberes.
***
Namib se encontró a la deriva con su hija en una ciudad del todo desconocida que no sabía muy bien por qué había elegido. Tal vez porque estaba lo suficientemente lejos de Angola como para no tener que pensar nunca en volver y porque era también una forma de levantar barreras entre él y Luana, aquella belleza de ébano cuyas constantes quejas habían terminado por colmar la paciencia de Namib y, con un resto de sensatez, había preferido poner tierra por medio antes de terminar por matarla a golpes. Pero tal vez también porque le había parecido oír que acusaban a Paula de ser “ndoki”, la responsable de ciertas calamidades ocurridas en su entorno, incluso de las desavenencias entre Luana y él. Namib sabía muy bien lo que les sucedía a los niños “ndoki” y, al fin y al cabo, Paula era sangre de su sangre: no deseaba ese destino para ella. Aunque esta era una razón inconfesable incluso para sí mismo.
La razón por la que supuestamente se había llevado a Paula con él era algo confusa. Luana había amenazado más de una vez con regresar al clan de su padre con la niña. Namib sospechaba que lo decía en serio. Él no quería que su hija se criase en Malanje, entre cabras y tiendas de pieles, lejos de las costumbres Mbundu. Para eso era preferible escapar. Por eso huía de Angola con ella, huía de la guerra y de la miseria, de la aculturación de su hija y del “ndoki”. Pensaba, tal vez, que un ancho espacio sería una barrera suficiente para evitar lo inevitable.
***
Pero, al llegar a su destino, descubrió una serie de inconvenientes que no había previsto y que acabaron de contrariarle. El clima era mucho más riguroso que en su país, donde para subsistir casi era suficiente dejarse llevar; aquí, en cambio, no quedaba otro remedio que buscar un trabajo formalizado y hacer méritos para mantenerlo. Aunque eso resultaba casi imposible siendo negro, indocumentado y con una niña de cuatro años bajo su responsabilidad. Por añadidura, tampoco dominaba el idioma.
Fueron unos comienzos duros, cuando más que el hambre acomete la terrible duda de si uno no se habrá equivocado desde el principio. Hasta que la Policía Municipal los descubrió abrazados, fundidos en un solo cuerpo, ateridos de frío y en pleno estado de inanición bajo el Puente Euskalduna. Trasladaron a la niña a un hogar de los Servicios Sociales y a Namib a un albergue.
Paula, desde el comienzo, manifestó una agresividad defensiva que utilizaba como una poderosa coraza tras la que parapetarse, respondiendo con una violencia desproporcionada a todo aquel que se dirigía a ella sin reparar en la actitud que adoptase al hacerlo. Ni siquiera otros niños conseguían salvar la barrera de su desconfianza y temor. Nada podía neutralizar el sobresalto y la turbación que desprendían sus ojos, aquellos ojos tan parecidos a los de Luana, su madre. La comunicación con Paula llegó a hacerse casi imposible mientras permanecía aislada en aquel lugar al que no pertenecía y que nada tenía en común con su tierra de origen.
Nada importaba que quienes se ocupaban de ella derrochasen paciencia y comprensión. Paula parecía contener en su cuerpecillo de cuatro años recién estrenados una bestia ingobernable que le impelía a romper y destruir cuanto se hallaba a su alcance. El nombre de la bestia era miedo. Miedo a lo desconocido, a la dejación, a sentirse abandonada en un paraíso no deseado y en el que ella no había solicitado ingresar.
***
Entretanto, Namib, su padre, ensayó trabajos temporales. Fue contratado como descargador en el mercado de abastos y, más tarde, entró a formar parte de una subcontrata para las obras de gasificación del Gran Bilbao por parte de una empresa que no seguía un sistema demasiado riguroso en cuanto a la situación legal de sus empleados. Ahí aprendió también, poco a poco, a manejarse con el idioma.
Veía a veces a su hija, pero sus encuentros se iban espaciando porque detectaba en Paula un comportamiento hostil hacia el mundo y hacia él, que le había traído a un lugar tan ajeno al suyo. No tenían nada que decirse: no podían hacerlo. A Namib le asaltaba a veces, cuando la tenía delante, el fantasma del “ndoki”, pero lo apartaba de su mente de inmediato, en la seguridad de que se hallaban lo bastante lejos para poder evitarlo. No quería reconocer que África se lleva en el corazón y en la sangre aunque se ponga mucha tierra por medio.
—Mi hija sigue comportándose como una salvaje.
—No se preocupe, Namib —le respondía la asistente social—. Sólo necesita tiempo. Es muy brusco para ella el cambio.
Namib prefirió entonces matar su tiempo libre en otros ambientes, siempre marginales. En uno de esos antros conoció a una joven subsahariana, Randa, que malvivía como él, mercadeando con su cuerpo porque era el único bien que poseía. Mantuvieron algunos escarceos irregulares, hasta que Randa, para bien o para mal, le hizo saber que esperaba un hijo suyo.
—¿Sí? ¿Mío?
—¡Pues claro! ¡De quién si no!
El joven angoleño que acababa de conseguir un permiso de residencia provisional, aparcó su orgullo Mbundu y evaluó la situación con la frialdad de un poblador ártico.
Fundar una familia podía convertirse en su aval para afincarse. Su historia con Luana había quedado atrás, a pesar de la presencia incuestionable de Paula. Se había casado con su primera esposa en medio de un campamento en el centro de un país olvidado del mundo, sin más constancia que la palabra dada. No encontraría obstáculos para volver a hacerlo, esta vez de manera formalizada y por escrito, como les gustaba a los extranjeros.
Así fue como una mañana húmeda y gris, desapacible y triste, acudieron al juzgado y, tras un breve protocolo de diez minutos escasos, salieron del edificio con un libro de familia en el bolsillo.
El cálculo de Namib resultó ser correcto: con el certificado matrimonial obtuvieron el acceso a una vivienda social y el niño que esperaban vino al mundo dentro del orden occidental. Quizá las cosas empezasen a ir mejor ahora.
***
Paula tenía ya siete años y apenas había variado su actitud. Dadas las circunstancias, crecía a ritmo rápido dentro de su piel abetunada de negro tiniebla, lo que le suponía quizá su primer obstáculo de relación con los demás niños. Porque no es cierto que los pequeños carezcan de prejuicios. Todo el género humano nace con ciertos estigmas impresos en el alma. Uno de ellos es la curiosidad por lo distinto, pero todo indica que el rechazo a lo diferente dentro de la propia especie es un instinto demasiado arraigado que, luego, la civilización se encargará de reconducir en el mejor de los casos.
Paula se sentía rechazada por el color de su piel, separada de todo lo que alguna vez pudo sentir como propio, dominada por un miedo irracional a todo lo exterior, privada de voz, desubicada... Así las cosas, de su garganta sólo podía brotar un grito desgarrado de desvalimiento, una protesta airada por lo injusta que había llegado a ser la vida para ella. Pero Paula no contaba con los mecanismos básicos para ordenar sus pensamientos y expresar su queja. Nadie le había enseñado. Por eso pegaba, rompía y agredía. Era la única forma de vomitar su sufrimiento. Paula jamás había sido capaz de pronunciar una frase entera con sentido. Los monosílabos constituían su segunda barrera, después del color de su piel, que convertían en infranqueable su contacto con el mundo.
Quienes se ocupaban de ella podían intuir su dolor, pero la conducta antisocial que manifestaba suponía un obstáculo insalvable para su continuidad en el hogar de acogida. Los demás niños se resentían y, de forma inconsciente, asimilaban su mala influencia.
Tras su última crisis de histeria indiscriminada, se plantearon su internamiento temporal y avisaron a Namib, quien había perdido su custodia, pero continuaba siendo consultado.
—Paula no se adapta, altera el orden y nos tememos que acabe por autolesionarse. Vamos a enviarla por un tiempo a la unidad de psiquiatría infantil.
—¿Creen que está loca?
—No, pero padece un fuerte trastorno de personalidad.
Paula se resistió. Se negaba a ser reducida, pero su impulso fue breve. Igual que una bebida que pierde gas en cuanto se destapa, cuando llegó al hospital se hallaba tranquila en apariencia. La mantuvieron en observación durante dos días, le sedaron de forma preventiva y la reenviaron al hogar. Unos y otros sabían que no habían hecho más que enmascarar el problema, que éste surgiría de nuevo en cualquier momento.
***
Los Servicios Sociales, viendo que Namib había organizado su vida, aunque de forma precaria, propusieron que la niña se integrase a la familia con vistas a normalizar de paso la existencia de la pequeña. Namib aceptó con cierta prevención, contando con la hostilidad abierta de Randa.
De inmediato notó Paula que no era querida, que en aquella casa tampoco había lugar para ella y, desde el principio también, reaccionó como cada vez que sentía miedo y desafecto: rompiendo, mordiendo, pegando, para defender su mínima parcela de intimidad que, ella lo ignoraba, ya había perdido hacía mucho en algún punto inconcreto entre Angola y Bilbao.
La convivencia en la casa se convirtió en poco tiempo en algo semejante a caminar sobre un lecho de cristales rotos. Los gritos desacompasados y los improperios cruzados de forma destemplada pasaron a constituir la forma habitual de comunicación entre ellos.
Mientras, Randa tuvo dos hijos más. Al mismo tiempo, Paula iba creciendo. Entró en la adolescencia sin brújula y sin sextante, perdida en el interior de la solidez de su cuerpo ingobernable y en las torrenteras de su carácter indómito, arremetiendo con la fuerza de un ciclón contra todo en cuanto creía detectar la más leve oposición a sus propósitos.
—Tiene que salir de aquí —decidió Randa tras una batalla campal cuando Paula estaba a punto de cumplir doce años—. Ya no nos queda nada en pie y temo por la seguridad de nuestros hijos.
—Es mi hija —replicó Namib sin mucha convicción, pero con un último resto de instinto.
—Tiene que irse —repitió Randa imperturbable, plantada en medio de la cocina, con los brazos en jarras y toda la vajilla hecha añicos a su alrededor.
Namib se encontró sin fuerzas para insistir. Esa misma tarde llevó a Paula de nuevo a un centro de acogida.
Paula iba tranquila, tras descargar toda su energía sobrante y su ira contra la vida. Daba la impresión de navegar en un mar de niebla sin poder ver lo que sucedía a un palmo de distancia. Su tránsito por el mundo continuaba siendo un tanteo ciego.
Mientras la acompañaba, Namib volvió a sentir el temblor íntimo del “ndoki” como una amenaza. Hacía tiempo que no pensaba en ello, pero ante el comportamiento de su hija, las dudas le asaltaban otra vez. No quería creer todo lo que se contaba en su país sobre los niños “ndoki”. Era demasiado terrible, sobre todo su posible final. Pero si Paula no estaba poseída, ¿cuál era, entonces, la explicación?
***
Paula cumplió quince años entre idas y venidas al Departamento de Psiquiatría Infantil. Su elevada estatura y sus ochenta kilos de peso se convirtieron en un problema serio a la hora de reducirla en sus momentos de crisis, cada vez más frecuentes. Ahora vivía en un colegio regentado por unas monjas pertenecientes a una orden de advocación extraña. En cuanto se presentaban los primeros síntomas, el protocolo se ponía en marcha: se avisaba a las fuerzas del orden y a la ambulancia. Los primeros controlaban su fuerza; los segundos la trasladaban al hospital, donde recibía de inmediato la dosis de fármacos que necesitaba su alterado sistema nervioso.
Con el paso del tiempo, Paula había ido adquiriendo una extraña belleza. Tenía una especie de atractivo sin pulir, una fuerza interior devastadora que llamaba la atención en una futura mujer. Cuando no se hallaba afectada por sus ataques y sus músculos adquirían cierto grado de relajación, la contemplación de su persona sugería el esplendor y la magnificencia de un gran baobab africano. De alguna forma, llevaba impreso en el cuerpo la fuerza, el vigor y las inmensas virtualidades del continente que le había visto nacer.
Durante uno de sus ingresos en el hospital, coincidió en la habitación vecina con Abelardo, un adolescente de su edad, hijo de una familia testigo de Jehová, aquejado de epilepsia. Al principio, se ignoraron de forma mutua cuando coincidieron al cruzarse en los pasillos. Pero una mañana, las hormonas de Paula parecieron despertar de un largo letargo y de manera repentina para dulcificar su carácter. Cuando encontró a Abelardo frente al puesto de enfermería, lo tomó con suavidad de la mano y lo condujo al jardín. Eligió un banco al abrigo de un sauce viejo y generoso, y lo hizo sentar a su lado. Permaneció acariciando su mano sin interrupción hasta la hora de comer, momento en que un celador, que llevaba tiempo buscándolos, los halló en tan idílica situación.
—Abelardo, te quiero —consiguió articular Paula.
—Yo también te quiero, Paula —respondió el epiléptico, un poco trastornado por los sedantes y por la novedad de la tesitura.
A partir de ese momento, la declaración se convirtió en un conjuro que destensaba a los dos enfermos y los tonificaba de forma natural, hasta el extremo de hacer posible reducir su medicación. Nunca intercambiaron otra clase de mensaje, nunca hicieron otra cosa que acariciarse mutuamente las manos, pero su estado general mejoró a ojos vista. Tal vez establecieron alguna clase de pacto secreto sin palabras que sólo ellos llegaron a conocer.
—Paula, estás mucho mejor —le dijo el psiquiatra—. Mañana te extenderé el alta y volverás al colegio.
—No.
—Aquí no podemos hacer nada más por ti. Debes empezar a hacer tu vida normal.
—No, no quiero irme.
—El hecho de que seas capaz de expresar tu voluntad con tanta claridad indica que te encuentras bien. Debes regresar.
—¡No! ¡No! —y escapó corriendo.
A pesar de ella misma, al día siguiente Paula fue reintegrada al colegio. En cuanto llegó, dio inicio a su fase destructora. Su fuerza física era ahora enorme. La misma ambulancia volvió a trasladarla de vuelta al hospital. Paula llegó nerviosa, alterada, pero en cuanto descubrió a Abelardo esperándola bajo el sauce, su actitud cambió, su gesto se apaciguó y la serenidad tomó cuerpo en ella.
Esta maniobra se convirtió en un arma para Paula. Provocaba los incidentes a voluntad para forzar su ingreso y encontrarse con Abelardo. El ardid funcionaba a nivel personal, pero no estaba contemplado por el sistema que, a su vez, buscaba una estratagema para escapar de aquel callejón sin salida.
Mientras, Paula y Abelardo disfrutaban a su modo de aquel remanso.
***
Entonces llegó Namib con la noticia que desconcertó a todos.
—Me llevo a Paula de vuelta a Angola.
—Eso no puede ser —le dijeron—. Paula necesita asistencia médica continua. Su sistema nervioso se halla muy desestabilizado. ¿Quién se ocupará de ella allí?
—Mi padre es psiquiatra —reveló.
—Tendrá usted que demostrarlo.
—Lo haré.
—Además, la custodia de Paula está en manos del Estado.
—Me han dicho que eso se puede arreglar.
—Sólo si existen garantías fiables.
—Se las presentaré.
Aquello cambiaba las cosas de forma radical. Se iniciaron los trámites sin comunicar nada a Paula, que sólo se mantenía estable mientras se encontraba en el hospital, en compañía de Abelardo.
Namib, tal como había prometido, presentó unos certificados en los que constaba que el doctor KipoKengoka, padre de NamibKengoka, ejercía en efecto la psiquiatría en el Hospital General de Huambo desde hacía muchos años. Los documentos parecían legales. Entonces, se levantó la custodia de Paula y se le devolvió a su padre.
El viaje de regreso a Angola se presentaba como un hecho inminente. Había que decírselo a Paula. Su reacción fue desesperada, mucho más doliente y angustiosa que agresiva.
—Angola no. Sin Abelardo, no.
—Allí está tu madre, Luana, que te quiere más que Abelardo.
—¡No, no, no! ¡Sin Abelardo, no!
Los últimos días de Paula en Bilbao supusieron para ella una agonía. Dentro de su confusión, era muy consciente de que su traslado era algo irremediable, que ella no podía hacer nada por evitar. Volvió a ella su antiguo afán destructivo con una fuerza creciente. Tuvieron que sedarla, pero ya no la ingresaron más. Llegó el día de la partida y Namib pasó al colegio a recogerla. Paula dejaba Bilbao sin la oportunidad siquiera de despedirse de Abelardo. Iba narcotizada, sin expresión en el rostro, ajena a su propio cuerpo y a la realidad de su entorno.
Namib se mostraba inseguro. Este traslado era, en realidad, una imposición de Randa, para quien Paula nunca había sido más que una intrusa, una interferencia constante que cada cierto tiempo exigía la intervención de su marido.
***
Llegaron en avión al aeropuerto de Luanda en un atardecer que encendía el horizonte inflamando las nubes y la sabana en un rojo sangre. Allí tomaron un tren para cubrir los quinientos kilómetros largos hasta Huambo. Nadie les esperaba en la estación. Paula, saturada de barbitúricos para no crear problemas durante el viaje, se movía a cámara lenta y sin pronunciar palabra. Su espíritu parecía hallarse muy lejos de allí.
Namib la condujo sin dificultad hasta el barrio en que vivía su padre con el resto de la familia, donde todos habían vivido juntos años atrás y de donde Luana había escapado para volver a Malanje cuando una noche Namib desapareció con Paula.
—KipoKengoka, aquí tienes a tu nieta —le presentó Namib.
—Veremos qué se puede hacer —dictaminó el anciano tras una mirada evaluadora.
Namib, una vez cumplida su misión, se marchó al día siguiente para reunirse con Randa y sus otros hijos lo antes posible, dejando a Paula en manos de Kipo.
KipoKengoka, a pesar de las certificaciones presentadas en Bilbao, había sido durante toda su vida el adivino del clan dentro del mundo animista que regía la vida de la mayoría de los habitantes de Huambo y de todo el país. Su misión consistía en contrarrestar los poderes del hechicero o “ndoki”, descubrir el origen de las enfermedades o desgracias y limpiar el poder destructor que encierran los cuerpos, maltratándolos incluso para obligarle a que los abandone.
Cuando a Paula, después de la primera noche, se le fue pasando el efecto de los sedantes que le mantenían desconectada del mundo exterior y percibió en qué se había convertido su medio, sintió un pánico que de momento la dejó paralizada. Luego, reaccionó como estaba acostumbrada, de forma muy violenta. La pesadilla volvía a comenzar. No entendía el idioma en que le hablaban más que como ecos sueltos de su niñez y con ello tenía la impresión de que la música de estas palabras no le traía recuerdos felices.
KipoKengoka quedó impresionado por la virulencia y la intensidad del comportamiento de Paula. Hacía muchos años que no veía nada semejante.
—Esta niña está poseída por el “ndoki” —tuvo que reconocer a su pesar.
A Kipo no le gustaba lo que tenía delante. Si el caso se hacía de dominio público, Paula corría el peligro de ser linchada. En los últimos tiempos, a lo largo y ancho de Angola, se había difundido la creencia de que eran los niños y las niñas quienes encarnaban la brujería o el “ndoki”. Como primera medida, se intentaba limpiar su espíritu, librarlo del mal. Ese era el trabajo del adivino. Pero si no funcionaba, a menudo se torturaba a las víctimas hasta la muerte o se les sometía al suplicio del collar, es decir, se les ponía en el cuello un neumático y se prendía fuego a este. Los pequeños se convertían en auténticas piras humanas.
Existía una solución intermedia, que no era mejor: si se sospechaba que un hijo era “ndoki”, se le expulsaba de casa. Por eso cada vez eran más los llamados “niños de la calle”, que habían sido arrojados del hogar y vivían abandonados, convencidos de sus poderes, pero también expuestos a una lapidación o ahorcamiento indiscriminado.
KipoKengoka sopesó la situación y consultó el caso con Tshimanga, otro adivino a quien consideraba más sabio que él. De mutuo acuerdo, decidieron encerrar a Paula en el corral de las cabras, atada de pies y manos, mientras procedían a la ceremonia de la purificación, al rito del exorcismo que tal vez librase a Paula del “ndoki” bajo cuyo dominio había caído.
La primera noche que Paula pasó en el corral, aterrorizada por completo y sin entender qué pretendían de ella, murieron tras cabras del rebaño que estaban listas para parir.
—Esta es la señal —aseguró Tshimanga—. Tu nieta es “ndoki”. Tiene en su espíritu el poder del mal.
—Tenemos que limpiarla cuanto antes —apremió KipoKengoka y se apresuró a iniciar el rito. Los dos adivinos se esforzaron durante dos días seguidos, sin parar para comer ni para dormir, agotando el repertorio de sus conjuros.
Paula, por su parte, aquejada de hambre y de sueño, iba acrecentando al paso de las horas su índice de violencia y agresividad. Luchaba por desasirse de los lazos que la aprisionaban, lanzaba al aire aullidos inhumanos que erizaban la piel y los pelos de la nuca.
—No avanzamos —apuntó Tshimanga—. Cada vez está peor. Su poder es más fuerte que el nuestro.
—Una vez más, hagamos un último intento —propuso el abuelo.
—No servirá de nada. Corremos el terrible riesgo de que nos contagie.
—No puedo arrojarla a la calle. La destrozarán.
Los dos sabios adivinos aguardaron la noche y, amparados en las sombras, en un último arranque de piedad, condujeron a Paula, todavía atada de pies y manos, hasta las orillas del río Kubango, en las estribaciones del monte Moco, la cima más elevada de Angola, donde la sabana crece y se va haciendo selva tropical de manera imperceptible.
Hicieron ingerir a la muchacha un bebedizo que le llevó a un sopor profundo. Sólo entonces retiraron las ligaduras de sus pies y manos y la dejaron recostada contra el tronco de un baobab centenario. Cuando despertase, carecería de puntos de referencia. Con toda certeza, se iría perdiendo en la frondosidad de la vegetación y quizá eso la salvara. Tal vez consiguiera sobrevivir en medio de la naturaleza. Sus posibilidades en la ciudad eran mucho menores.
***
Nunca más se volvió a saber nada de Paula. No volvieron a mencionarla jamás KipoKengoka y Tshimanga, por temor a que las palabras resucitasen aquel “ndoki” poderoso contra el que nada habían podido hacer.
Dice la leyenda de la región que, en el interior de la selva, los “ndoki” se alían con los “ngando”. Los “ngando” son los cocodrilos, animales dañinos que se prestan siempre al servicio del hombre contra el hombre, sirviendo de vehículo submarino a los que recurren a esos oficios homicidas. A veces, los “ngando” secuestran a seres humanos para llevárselos a los “ndoki”. La víctima elegida es embrujada a distancia por sortilegios cuyo secreto sólo es conocido por los “ndoki”. Entonces, la víctima siente un irresistible deseo de tomar un baño en una corriente de agua determinada. El cocodrilo, escondido entre las plantas acuáticas, se acerca sin ser visto y, de un vigoroso golpe con la cola en plena cara, aturde a la víctima y la traslada al punto en que esperan los “ndoki”.
Para que la alianza con los “ngando” sea completa, los “ndoki” se comprometen con estas bestias mediante lazos de sangre que consagran misteriosas ceremonias, siempre secretas y cuyas consecuencias son tales que, si estos animales fueran matados, su compañero moriría de la misma forma, en el mismo momento.
Hay voces en Huambo que murmuran con temor y en voz muy queda que el “ndoki” de Paula ha pactado con un “ngando” tan poderoso como ella y que en las noches equinocciales africanas, en las que el cielo se cuaja de estrellas, han visto navegar a la muchacha, montada a lomos de un cocodrilo, recorriendo el curso del río Kubango y conjurando la presencia de Abelardo, a quien sigue echando de menos a pesar de todas sus facultades y poderes.
Dicen también esas mismas voces que el mundo se ha fragmentado en mil pedazos desde que separaron a Paula de Abelardo y que sus piezas no se recompondrán hasta que los amantes vuelvan a estar juntos.
Eso se sabrá porque, cuando suceda, los disparos y las bombas apagarán sus voces en toda Angola y ese día habrá pan de mandioca para todos y el “ndoki” perderá su poder maléfico. Cuando el reino de la noche extienda su manto, Paula y Abelardo se mostrarán transmutados en las dos constelaciones más bellas del cielo africano y bañarán con su luz diáfana a los habitantes de la tierra más castigada del mundo.
Es un prodigio que África entera espera con expectación.