Mandrágora
Mario se siente solo, completamente solo en su bar con mesas de madera roída y un gran espejo sobre el viejo mostrador cubierto de grasa. Agarra el periódico y lo abre con rabia por la misma página de cada tarde. Saca del armario su tablero de ajedrez amarillento y se dispone, con un cigarrillo en la boca, a jugar contra las instrucciones de la sección de pasatiempos. Él va con blancas.
Al cabo de unos minutos entra un viejo con un jersey arguellado que se abraza a su barriga. Tiene una cicatriz en la mejilla y una mano amorfa con los dedos doblados sobre sí mismos como sarmientos retorcidos. Se sienta frente a Mario y le interrumpe de pronto.
“A mí el ajedrez me arruinó la vida”. Mario levanta la mirada como sin verle. No quiere dar la impresión de que busca conversación.
“Si tienes un tiempito te contaré mi historia, hijo. Te contaré todos los detalles sin revelar el misterio”, dice el viejo con la voz ronca de los excesos.
Mario gira la cabeza y ve que un nuevo cliente ha entrado y se ha sentado al otro extremo de la barra. Va hacia él y le pregunta qué quiere y que si le gusta jugar al ajedrez. El hombre dice que quiere un café, mira hacia la calle como buscando su propia sombra, que jamás aparecerá, y no dice ni una palabra más. Mario se siente incómodo y se calla inmediatamente. Le sirve su café y vuelve a su partida.
“Te estaba contando, joven, que el ajedrez arruinó mi vida. Hace más de treinta años yo frecuentaba un tugurio clandestino en el que se apostaba, se fumaba y se bebía sin descanso. Y el dinero corría por encima y por debajo del tapete con el descaro de un sinvergüenza. Las apuestas eran enormes y cada semana algunos, los más temerarios, se arruinaban quedando en una miseria que se les clavaba en el orgullo como la más cruel de las navajas”.
Mario ni siquiera levanta la cabeza y sigue con el ceño fruncido por la concentración de la partida. Si escucha al viejo, desde luego, no lo parece.
“Una noche ella apareció. Era una jugadora profesional vestida de negro de los pies a la cabeza y con un guante en su mano izquierda del que se decía que jamás se desprendía. Su pasado era un enigma. Quizá le hubieran cortado la mano por hacer trampas o quizá era sólo un amuleto extravagante para atraer a la buena suerte. Sea como fuere, desde que entró no pude apartar la mirada de sus ojos de niña hechizada por el mundo. Esa noche, perdí la partida de ajedrez ante un idiota cualquiera. Ya casi no tenía dinero, pero seguía apostando. Quién sabe, quizá sólo fuera para deslumbrarla”.
Mario levanta la cabeza y ve que el hombre y su sombra han desaparecido. Se han esfumado sin dejar rastro y sin pagar. Fastidiado, va a recoger la taza. El viejo sigue con su historia. Habla solo, conversando con el local.
“Al final de la noche ebrio de misterio abordé a la mujer. Resultó pertenecer a ‘Los Increíbles’, una compañía de espectáculos que iba de pueblo en pueblo con un show de variedades. Se iba a quedar una semana y al preguntarle por su pasado se miró al espejo y sonrió. Ni una sola vez la vi sonreír para sí misma. Y su silencio me susurró que sus secretos siempre serían más importantes que sus historias. La noche siguiente volvió a aparecer de negro. Hablaba con un hilo de voz grave e imperceptible de modo que cualquier cosa que decía corría el riesgo de parecer fruto de la imaginación. Pronto noté que era como si hubiera empezado las frases en otro sitio, quizá en la habitación de la pensión en la que se hospedaba, y las acabara aquí. Siempre me parecía que me había perdido la mitad de la conversación. No la entendía y eso fascinaba a mi mente de ingeniero. Y no quería que se explicase mejor. Ella jugaba con astucia, pero ausente, como si la partida no fuese con ella, como si el ajedrez no le rozase ni el guante. Y siempre ganaba. Yo, en cambio, desde que apareció no pude concentrarme y la lógica de mi cerebro se deshilachó en un ovillo de confusión. Una noche, así de pronto, me dijo muy seria: ‘Va a crecer una mandrágora’. Y yo no sabía qué era una mandrágora, pero no me importaba. Sólo sabía que iba a crecer y eso era suficiente. No pregunté el significado porque deseaba que siguiera significando las cosas inconexas de aquellas noches. Quizá la única opción cuerda en la vida es tomársela como al azar: sin entender nada y arriesgando”.
Mario suspira como si hubiera oído esa historia mil veces. Pero el viejo no se desanima y continúa.
“Otro día me dijo que ‘siempre ganan las profundidades’. Y esa frase me atravesó el pecho. Y la amé profundamente. Mi corazón se paró como si un latido demasiado grande lo hubiese sobresaltado de pronto. Le pedí que dejase a ‘Los Increíbles’ y se casara conmigo. ‘Pero si no sabes nada de mi pasado’, me dijo. Pero le respondí que no importaba. No sabía por qué pero de veras no me importaba. Me respondió que nos lo jugaríamos a una partida de ajedrez. Yo con blancas y ella con negras y los ojos con signos de interrogación. Me concentré y mis jugadas fueron lentas y torpes. Ella ganó con facilidad, se levantó y con una lágrima corriéndole el rímel negro se marchó. Me pareció que me dijo adiós, pero no estoy seguro. Bebí hasta desmayarme sobre el tablero y los cuadrados me atravesaron el alma. Al día siguiente con los ojos inyectados por el alcohol y la tristeza intenté buscarla, pero se había esfumado. Nunca volví a verla. Y, desde entonces, jamás he ganado una partida. Pero no he podido dejar de jugar porque es la única forma de recordarla. Me arruiné. Quizá si hubiese conseguido ganar alguna vez hubiera vuelto a verla. Quizá esa partida nuestra fue una de sus frases a medias que debían acabar en otro lugar. Quizá, quizá... Pero desde entonces, no he vuelto a amar a nadie”. Y se tapó la cara con su mano tullida, buscando un recuerdo en su cabeza desordenada de anciano. Después añadió en un susurro, “porque la gente, como el amor, llega en su momento oportuno, ni antes ni después y si te pilla desprevenido, has perdido por siempre jamás. No se puede apostar dos veces en la misma partida...”.
Había pasado una hora y afuera ya estaba oscuro. Mario acaba de terminar su partida y se dispone a cerrar.
“Y a ti, ¿quién te enseñó a jugar?”, le pregunta el viejo a Mario mientras se dirige hacia la puerta.
“Mi padre”, le contesta Mario con la voz cortada por la amargura.
El anciano sale del local arrastrando lentamente los pies. Mario pasa un paño sobre el mármol de la barra, aclara un par de vasos de cerveza y deja el resto de la limpieza para la mañana siguiente. Ve que el viejo ha olvidado su abrigo de piel vuelta sobre la banqueta. Va hacia el teléfono, espera que tenga línea y marca despacio, con infinita paciencia.
“¿Sí?”, oye al otro lado de la línea.
“Se ha dejado el abrigo aquí. Ya pasará mañana a buscarlo”, dice Mario.
“Este hombre cada día está más chocho. Gracias, Mario”, contesta la mujer.
“En fin, buenas noches, mamá. Nos vemos el fin de semana”. Cuelga el auricular y apaga las luces pensando en una mandrágora que quizá esté creciendo para él en algún lugar desconocido.
Una vez más
La Torre Sur nos invita. Nos controla. Los reclamos publicitarios no le hacen justicia y todos vamos en masa a por nuestra inyección de energía. Todos queremos más. Siempre. Enganchados hasta la médula de su yugo venenoso. Vengo de allí. De la Torre Sur. Pero esta vez será la última. No la necesito. Quiero bailar un vals en solitario. Lejos de la artificial mentira. Lejos de ti.
Noto el efecto. Te busco. Mojo mis pies en el mar y el cognac quema mi garganta. Sueño con luces viejas y rotas, que creía extinguidas. Una lágrima caliente resbala por entre el latir de mis mejillas. Y soy feliz. Cierro los ojos y me desplomo sobre mi sofá... contigo. Máscaras bobas me hacen guiños desde la pared. Pordioseros y poetas juegan a la oca. Una cometa desafía el viento. Mi madre nos saluda desde su tumba. Nos sonríe. La televisión está apagada y la Torre Sur ya no puede controlarnos. El agua nos arrastra lejos. Y te cojo fuerte de la mano. Somos invencibles. Una explosión nos une y ya no estoy sola. Te quiero más que nunca. Violeta, todo es de un violeta rabioso. Asesinamos el sol y las estrellas nos observan cómplices desde el cielo. Te beso. Mariposas de colores revolotean a nuestro alrededor. Nos tiran flores amarillas. Un lagarto perezoso nos mira asombrado y nos saca la lengua. Un avión vuela sobre nuestras cabezas y lloramos por los pasajeros que van a morir. Sólo nosotros podremos conseguirlo. Quisiera estar siempre contigo. Me gusta tu cuerpo, tu espíritu y tu ropa.
Nos sorprendemos de nuevo en mi sofá, temblando y sudorosos. Cansados del largo viaje. Nos abrazamos asustados. Quizá algo vaya mal. Quiero volver a empezar. Pero tengo un ladrillo en el corazón que no me deja moverme. Me pesa y tenemos que conquistar nuevas esperanzas. Siento que mi cerebro tiene forma de patata. Me besas. Ya no me estremezco. Veo pájaros que nos picotean el rostro. Me duele el alma. Me arranco las ropas y bailo desnuda sobre tu cuerpo. Te pisoteo. No me gusta la forma en que me miras. Te arranco un ojo. Quizá me haya equivocado contigo. Pero quiero quererte. El cielo está encerrado en una jaula de enormes barrotes. Compro tabaco. Fumo y el aire se torna irrespirable. Compro coca-cola y mi garganta se queja con un enorme eructo. Compro ropa y mi cuerpo me recuerda que no es como yo lo imaginé. La Torre Sur me grita. Sacudo mis pensamientos, como si fueran una mosca molesta. Me dueles. Me asfixias.
Has desaparecido y estoy sola. Lloro. Subo inmensas escaleras, buscando mi angustia para asesinarla. Prefiero no volver a verte nunca. Bajo cadenas sin raíces y siento vértigo. No puedo conciliar el sueño. Un muro de hormigón me nubla la vista. El vacío tiene tus manos. Te odio. La Torre Sur me llama.
Me arrodillo frente al cristal, que se burla de mi reflejo. Soy invisible. Un infinito cansancio se apodera de mi esperanza. La última flecha de tu recuerdo me abate mortalmente. Me ahogo. Paso la mano por mi pelo, lleno de polvo y telarañas.
La Torre Sur aplaude. Sé que está orgullosa de mi desdicha. Satisfecha porque la siento. Me agarro a las cosas para no perderme. No quiero pensar. Necesito poseer para recordarme. Compro sellos. Compro patos. Compro casas. Compro pilas. Compro una raqueta. Compro sexo. Compro una cuerda. Compro música. Compro alcohol. Compro una alcantarilla. Compro basura. Compro más basura. Cáscaras de todo encierran la nada. Me descubro hueca. Un sollozo entrecortado me parte el alma en dos. Y me hundo en la oscuridad. El camino se desdibuja y remolinos de sucia espuma me empujan hacia el abismo.
La Torre Sur tiene lo que necesito. Compro un suspiro de vida. Sólo una vez más. Hasta que vuelva a encontrarte. Seas quien seas. Estés dónde estés.