¿Cuál es el color del Perico?
“Los Teponken, los Vestidos, son ignorantes como los bebés”
—¡U-Koko, hay un Vestido con Rui-ko, con el Hermano Mayor del Pueblo!
—¿Un Vestido?
—Ina, u-koko, un Teponken, están hablando en español y él escribe todo lo que le dice Rui-ko...
—¿Tiene una barba y una cruz en el cuello? ¿Es un Padre?
—Ake-nek oh Abuela mía, no, no es un Padre. Este Blanco hace preguntas y nos hace hablar. No nos quiere, huele mal y no sabe caminar en la selva. Todo el tiempo tiene agua sobre la cara como cuando llueve, es un verdadero Teponken, no como los Padres.
—¿Qué está haciendo?
—Es un Teponken, habla como un bebé y pregunta cosas tontas.
—¿Qué pregunta?
—Quiere saber cómo se dicen las cosas. Quiere saberlo todo. Rui-ko-el-Hermano-Mayor se puso a reír cuando le preguntó cómo se decía perico...
—¿¡Kaikay!?
—Ina, Koko, Kaikay-el-Perico.
—¿No sabía eso?
—Ake Koko, no, no lo sabía...
—¿Y qué más preguntó ese Teponken?
—Después preguntó el color de Kaikay...
—¿El qué?
—Menu, u-koko, la pintura del Perico...
—¡Ese Teponken es un Esembosen, un verdadero bebé! ¿Y qué le respondió Rui-ko-el-Hermano-Mayor del Pueblo?
—Rui-ko lo miró sin saber qué decirle y con ganas de reír... Luego miró dentro de su cabeza, ess ess ess, y le preguntó al Teponken ¿cuándo?
—Claro, ¿y entonces?
—El Teponken se puso bravo diciendo “cuándo, cuándo”, se parecía a Pereteku-el-Sapo...
—¿Y entonces?
—Entonces Rui-ko le enseñó un perico que volaba encima del claro de la selva. Y le dijo, “Kaikay es rikutun, negro como la leña quemada de la mañana...”.
—Rui-ko dijo bien. Cuando Wey-el-Sol está encima de nuestras cabezas, Kaikay es negro en el cielo del claro, como la leña quemada de la mañana.
—Pero el Teponken no estaba contento...
—¿No estaba contento?
—No, él decía que Kaikay es como la hierba de la sabana...
—Pero la hierba de la sabana, cuando Kapuy-la-Luna está encima de nuestras cabezas, es como la leña quemada de la mañana, ella también...
—Ina, u-koko, sí oh Abuela mía, es verdad, pero los Teponken no comprenden nada, son ignorantes como los bebés.
—Ina, u-Mu, es verdad Hijo mío, pero hay que ser amable con él como con un bebé.
—Ina, u-koko, hay que ser amable con los Vestidos, pero, ¡qué ignorantes son!
Enkute, el engaño
“El Cuento dice que es por culpa de Okoyima-kuasu que el Pemón encontró Enkute-el-Engaño”.
Muere-daktay, hace mucho tiempo, antes de la llegada de los Teponken, de los Vestidos, a Pata-Pemonton, al País-de-los-Hombres, las arenas de los ríos eran amarillas de Okoyima-kuasu, de la baba de la Gran-Culebra, el polvo de oro.
A los Pemón, después de bañarse en el río, les gustaba acostarse en la arena amarilla. La baba de Okoyima resplandecía sobre las pieles oscuras.
Muere-daktay, en ese tiempo, el cuerpo de los enamorados brillaba a los rayos del Sol.
Entre las piedritas de los ríos, se encontraban también Pia-Yénu-Paru, las Lágrimas de los Antepasados, esos diamantes que los Inkreschi, que los Ingleses de Wayana aman tanto. Son esas Pia-Yenu-Paru, que el Brujo hace hablar en su maraca mágica. Ellas lo ayudan a comprender la Voz de las Cosas y también la de los Espíritus de Pata-muese, de Allí-donde-se-espera.
Tauron Panton, el Cuento dice que fue por culpa de Okoyima-kuasu que el Pemón encontró a Enkute-el-Engaño.
...Muere-daktay, en ese tiempo, los Teponken llegaban a Pata-Pemonton, al País-de-los-Hombres, por la Guayana inglesa.
Numerosos como las hojas de los árboles, eran malos como los Makunaimas burlones. Los Teponken sabían que los ríos de Pata-Pemonton tenían oro y diamantes.
Ellos traían consigo arakabusas, fusiles para cazar Hombres, como se caza hoy Waikin-el-Venado o Kaikuse-el-Jaguar...
Los Teponken no querían el oro para pintarse como hacen los niños y los enamorados, ellos tienen la piel blanca y frágil.
No se bañan nunca y huelen mal como Samanta-la-Rigidez, Samanta-la-Muerte.
El Cuento dice que las camisas que llevaban tenían adentro Enek-la-Enfermedad. Ellas mataban más Pemón que las Arakabusas. Los Teponken venían a buscar Okoyima-kuasu, pero el oro los había vuelto locos, e Iwon-el-Hambre caminaba con ellos.
Tauron Panton, el Cuento dice que un día Urupere, el Rui-ko de los Pemón de aquel tiempo, un Hombre lleno de sabiduría, fue a consultar a su Piasan para hablar con las Cosas, como Pia-Daktay, como en los Tiempos Antiguos. Con el Brujo, con el té Ayu, con el humo de Kavay-el-Tabaco, con los Taren mágicos, Urupere logró oír la Voz-de-las-Cosas de los Tiempos Antiguos. Pero el Cuento dice también que fue así que descubrió Enkute-el-Engaño.
He aquí lo que dijeron las Voces de los Tiempos Antiguos a Urupere...
Anda Oh Tú, Hermano-Mayor de los Pemón...
Teponken etama, háblale a los Vestidos.
Pero que de tu boca no salga nunca más Dayre-lo-Verdadero, sino siempre Kaima-lo-Falso.
¡Engáñalos hasta la muerte, cánsalos, confúndelos, esconde, enreda las pistas, que sean adawepan, que estén extraviados como los locos, que estén enkurutun como los ciegos, que no sepan dónde se encuentra el principio del camino, ni su fin!
Hazlos amar por Iwon-el-Hambre. Que todos los que él no devore, se vayan a Paru-Ratoy-po, del Otro-lado-de-la-Gran-Agua, de allí de donde vinieron, guiados por Kanaima-el-Diablo.
¡Anda Oh Tú, Urupere, conduce esos Enek, esas Enfermedades, fuera de nuestra madre la selva!
Urupere, el Hermano-Mayor tan hábil, hizo tal como le habían ordenado las Voces de las Cosas. Y los Teponken que no habían podrido al borde de un río, se volvieron Pata-Teponken, al País-de-los-Vestidos.
Por culpa de los Vestidos, de los Blancos, los Pemón descubrieron Enkute-el-Engaño. Y su vida no fue nunca más igual.
Sereware, ahora, ellos son titiipan, silenciosos como la serpiente.
Wapute-el-Disimulo está en su corazón. Kachima-la-Mentira es su amiga.
Tauron Panton, el Cuento dice que fue gracias a Urupere que los Teponken, que los Blancos, perdieron la pista de El Dorado.
Pero es también desde ese tiempo, que los Pemón son callao, son Mo-re, son Los-que-se-callan, no aman a Enkute-el-Engaño.
Tauron Panton, así dice el Cuento.
Los Piai-Ma, los Come-hombre
“Los Españoles no sabían que nosotros éramos Hombres”.
...Kowama ha llegado, la tarde está cayendo sobre el pueblo. Tureta-la-Selva está silenciosa. Los rumores de la noche no han reemplazado todavía los ruidos del día. Koko la Abuela no se atreve a caminar cuando el sol se ha ido, es la hora en que las serpientes salen a cazar. Sus ojos que han visto tantas y tantas lunas pasar por encima del claro del pueblo, ya no tienen la fuerza de mostrarle el Mundo en las sombras de la noche.
Entonces, se refugia en su karimi, en su hamaca, a soñar con el tiempo de su juventud, cuando su vientre era todavía cálido, en ese tiempo en que sus espaldas soportaban tan bien Akay, el pesado morral hecho de lianas tejidas, cargado de gruesas raíces de yuca. El camino era largo pero luminoso, desde la casa de Payún su esposo, hasta el Konuko.
Ahora, otras mujeres trabajan en su lugar. Sus nietas, el cuerpo todavía lleno de la Alegría de las Cosas, preparan sin cansancio el pan de Kasabe y la cerveza Kachiri. Son ellas ahora quienes alimentan a los Pemón, los Hombres de la tribu.
Payún está ahora Pata-muese, Allí-donde-se-espera. Koko está sola y vieja, ya no sirve para gran cosa, ella no puede ni siquiera tejer las fibras de palmas de Moriche para hacer chinchorros. No le quedan sino los recuerdos. Ella no sirve sinon a eso, ella, la mujer más anciana de la aldea, ella, Enaru-Pemonton, la Hermana-Mayor-de-los-Hombres. Ella no sirve sino para recordarse, para contar...
¿Pero qué sería de la vida de un Pemón, de un Hombre del Roraima, si no tuviera la Memoria de Pia-Daktay, la Memoria de Aquel-Tiempo?
Esayuka, su bisnieta vino a acostarse con ella en su hamaca.
Los ojos pelados, Esayuka mira el vaivén del techo de la Tapuy...
Ella se calla, ella siente que Koko su abuela va a hablar. Es ella, Esayuka, quien un día, dentro de muchas lunas, dentro de muchas Konok-daktay, dentro de muchas Estaciones de Lluvias, contará Panton-Pia-Daktay, la Historia del Aquel-Tiempo.
—Kamake chiti-koko, cuéntame, Abuelita, una vez más la Historia de los Hombres...
—Tauron Panton... Hija mía, el Cuento dice...
Pia-Daktay, en Aquel-Tiempo, los Pemón no eran los únicos a caminar sobre Non-San, la Tierra, nuestra Madre. El Cuento dice que en los Tiempos Antiguos vivían los Piai-Ma, los Gigantes. Moraban en los Tepuys, en los Cerros, y los Pemón los temían.
Los gigantes eran muy fuertes y muy malos. No hacían Tapuy, pero se escondían de noche en huecos bajo tierra, como Kaikuse-el-Jaguar y como Avare-el-Rabipelado.
Cuando llegaba Konok-daktay, cuando llegaban las lluvias y que hacía demasiado frío en los cerros, los Piai-Ma bajaban a la selva. Una vez allí, comían todo lo que encontraban... ¡Hasta a los Pemón, a los Hombres! La cabeza de los Piai-Ma era como una totuma vacía, ellos no tenían nada que decir a nadie, sólo buscaban comer sin sembrar, cazar sin pedir perdón a Karmo-la-Presa, no sabían decir como un Hombre, ¡Achika Waikin, ven Venado! ¡Pakira, Waira, Váquiro, Danto... ¡Achica, achica, vengan, vengan! No conocían los Taren de la caza y del perdón.
Tureta-la-Selva no los quería y los Pemón tenían miedo de esos gigantes que estaban ya en el Roraima cuando los padres de los padres de los primeros Pemón del Roraima habían llegado, viniendo de Allí-donde-sale-el-Sol...
Cuando los primeros Teponken, los primeros Vestidos, bajaron de sus grandes curiaras que los traían desde Paru-Ratoi-po, del Otro-Lado-de-la-Gran-Agua, tuvieron que pelearse con los Piai-Ma de la costa y de las selvas de la Wayana, del otro lado del Roraima, en Guayana...
¡Y los Piai-Ma de la costa comieron carne de Inkrechi, comieron Inglés! Cuando los Spañoro llegaron en sus grandes curiaras por el gran río Karoni, de Allí-donde-se-acuesta-el-Sol, creyeron que nosotros, los Pemón, éramos también Piai-Ma-Come-Hombre. Entonces, por culpa de los Piai-Ma, las Arakabusa, los fusiles y los largos machetes de los Vestidos mataron muchos Pemón, allá, en las riberas del Caroní y del Orinoco.
Los Españoles no sabían que nosotros no éramos Piai-Ma, ellos no sabían que nosotros éramos Hombres...
Eso era Muere-daktay, hace mucho tiempo.
Kumarwa, el Curare
“Fueron los Toron, los Pájaros, que nos encontraron Kumarwa-el-Curare”.
—Dime, U-chiti-koko, dime, Oh Abuelita mía, ¿Dónde está mi mamá?
—U-Mu... tú lo sabes, Oh Hijo mío... está en el Konuko, se fue a buscar Kanari y Kesera, Yuca de cocinar y Yuca del pan de Kasabe y Yuca de la cerveza Kachiri, Aveku la yuca dulce y May, la amarga.
—Dime Koko y los Pemón y los Hombres, ¿adónde se fueron?
—Tú lo sabes Oh Hijo mío... se fueron a cazar o a pescar...
—¿Se fueron con Kurak-Titiipan?
—Sí, claro... con Kurak-Titiipan la Cerbatana-Silenciosa, para traernos Maruk la Gallinita de monte...
—¿Y se llevaron flechas con Kumarwa?
—¡Pero claro que sí, Hijo, con curare... Pero anda a jugar con tu hermanita, tengo que terminar esta cesta para tu padre, los peces pronto van a remontar el río. ¡Deja a tu vieja Koko, ella puede todavía trabajar!
—U-koko, Oh Abuela mía, ¿Es verdad que fueron los pájaros quienes trajeron el curare a los hombres?
—Sí u-Mu, sí Hijo mío, tú ya lo sabes, ya te conté la historia de Mochima-la-Harpía y de Ayiten-el-Pájaro-Carpintero que quiso morir por los Hombres...
—¡Kamake, kamake, u-chiti-koko, cuénta, cuéntalo otra vez, Oh Abuelita mía!
—Bueno pues...
—Muere-daktay, en ese tiempo, los Hombres y los animales hablaban y trabajaban juntos, pero ya no podían casarse... Muere-daktay, en ese tiempo, Mochima-el-Águila-Harpía arrasaba con toda la selva. Iba en los nidos, le caía encima a los pueblos, reventaba los huevos de los pájaros, reventaba los ojos de los Hombres, ¡chirik, chirik, chirik!
Nosotros los Indios, nosotros los Hombres, estábamos muy tristes. Los Pájaros, amigos nuestros en ese tiempo, estaban también muy tristes. Los Hombres ya no podían cazar y se morían de hambre, los Pájaros ya no tenían hijitos... La vida de la selva era muy dura por culpa de Mochima-el-Águila-Harpía.
Un día, los Hombres y los Pájaros estaban juntos trabajando en la construcción de una nueva Tapuy.
Kurachire el ruiseñor de la selva cantaba. Hacía bastante tiempo que Mochima no había pasado por allí. Ayiten-el-Carpintero traía las lianas de los árboles, los otros pájaros buscaban las palmas del techo. Todo el mundo trabajaba hablando, es decir cantando. Maruk-la-Gallina, que no sabe volar ni cantar, miraba a todo el mundo y de vez en cuando, se iba a la selva a buscar piñas salvajes para la sed de los Hombres.
Pero Mochima llegó. Y Mochima lo destrozó todo. Y Mochima-el-Águila-Harpía, sacó los ojos al hombre que amarraba las palmas en lo alto del techo de la Tapuy.
Entonces todo el mundo lloraba. Hombres y Pájaros juntos.
Entonces Maruk que no sabe cantar, se puso a hablar.
Hay que matar a Mochima, es demasiado mala con los Hombres y los Pájaros, dijo ella. Pero Hombres y Pájaros se pusieron a gemir...
¡Oh Maruk, es imposible. Kurak-Titiipan, la Cerbatana-Silenciosa tiene las flechas tan débiles y el cuero de Mochima es tan duro!
Pero Maruk-la-Gallina seguía con su idea.
Yo conozco un árbol. Cuando me paseo cerca de él, me da ganas de dormir para siempre. La sangre de este árbol da ganas de dormir para siempre. Vamos a hablar con él, dijo ella.
Todos los Pájaros y todos los Hombres se pusieron en fila detrás de Maruk y caminaron, sen sen sen, son son son, caminaron, caminaron hasta el Árbol-que-hace-dormir-para-siempre.
Pero cuando Maruk se paró, todo el mundo se paró también. Veían muy bien el Árbol, pero ninguno quería acercarse para hablarle.
Nadie deseaba dormir para siempre.
Fue Ayiten quién se decidió.
Voló hasta el Árbol. Y como un pájaro-carpintero cuando encuentra un árbol siempre lo picotea, picoteó El-Árbol-que-hace-dormir-para-siempre.
¡Aytuuu!
Se cayó para atrás. Pero Wandanwan-el-Comején, que come madera como el pájaro carpintero, le hizo un remedio con Kavay-el-Tabaco y Ayiten pudo levantarse. Pero enseguida quiso ensayar de nuevo. Voló hasta el árbol y ¡Aytuuu! Se cayó otra vez. Pero como los comejenes lo querían, volvieron a darle el gusto de vivir.
Los Pájaros y los Indios sabían ahora que la sangre de ese Árbol hacía realmente dormir para siempre.
Entonces, con totumitas, ayudados por los comejenes que no temían al Árbol, se llevaron la sangre negra del Árbol-que-hace-dormir-para-siempre.
Cuando Mochima volvió, estaba esperado. Y como los pájaros tenían miedo de mojarse los picos con la sangre del Árbol, los Hombres la pusieron en las flechas de las cerbatanas.
Cuando Mochima recibió la primera flecha, se puso a reír. Se burlaba de los Hombres y de los Pájaros... Pero, ¡Aytuuu! Dejó de reír. No veía más nada, sus alas estaban tiesas, el frío le agarraba el corazón.
Se durmió para siempre.
—¿Etikasak, Koko?
—Ina, etikasak, Mochima-el-Águila-Harpía había muerto. Y los Hombres y los Pájaros eran por fin libres.
—Dime, Abuela, ¿Cómo es? ¿Cómo se llama el-Árbol-que-hace-dormir-para-siempre?
—¡U-Mu! ¡Wapute! ¡Es un secreto, Hijo mío! Es asunto del Piache, secreto del Brujo. Un secreto terrible. Sólo para los Piaches. ¡Hombres malos podrían tener ganas de hacerse Kuadu-la-Guerra con Kumarwa-el-Curare! ¡Pemonton-Etikasak! ¡Sería la Muerte-de-los-Hombres!