Artículos y reportajes
“La tempestad”, Arthur Rackham
Arrastrados por la magia de Próspero
La tempestad
de los sentimientos

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Conocida como la última obra escrita por Shakespeare y la representación del propio autor a través del ingenioso Próspero que mueve los hilos de este romance, La tempestad, siglos después, nos sigue asombrando mucho más allá del cotejo de personalidades o del descubrimiento de un “nuevo mundo” que han sido, desde siempre, los tópicos centrales de cierta crítica.

Nos interesa, en cambio, sobremanera y en particular, ese arte de Próspero, aquella dimensión mágica de este duque de Milán despojado de su título: cómo él es capaz, como el propio autor de una obra teatral, y a la vez como un director de escena, de introducir, desarrollar y solucionar los elementos de conflicto y sorpresa que hacen de La tempestad —precisamente en esos aspectos, muy ligados a lo que ahora se conoce como metateatralidad— una obra seductora, emocionante y nostálgica. Obra que termina por reunir a los aislados, que bebe de la fuente, sí, de un nuevo mundo pero también de un nuevo orden, al que subyace el espíritu romántico y entusiasta del Próspero hacedor de milagros, como la relación que establece para su adorada Miranda con Fernando; sus mandatos, no necesariamente siempre virtuosos, para Ariel; el espíritu espontáneo y liberal; o el castigo a Calibán, el “mal salvaje” que es, a un tiempo, representación de lo desconocido, lo maligno y hasta de la ignorancia si lo enfocamos sólo desde la perspectiva de los habitantes del mundo del XVII, aún no conscientes, por completo, de los nuevos territorios y realidades descubiertos y por descubrir.

En Próspero se ha querido hallar al adalid de un proyecto monárquico, posterior al reinado isabelino, como parte de una misión shakesperiana en el campo político, pero, en lo puramente literario (aunque nada es puro en su totalidad) analizamos, más bien, a un astuto creador, inventor y reinventor. Todo lo que pasa en La tempestad ocurre por deseos de Próspero. Y él da las razones de sus actos. Entonces, no es sólo libertad, antojo o deseo ciego. Cada paso está justificado. El hecho de que él, en lugar de una venganza sangrienta o insana, sólo quiera dar una lección a los náufragos, confundirlos o burlarse sanamente de ellos, a pesar de que algunos han sido sus propios traidores, revela la dimensión humana, sentimental, de este Próspero que, también como un actor, se despide del público, con unas palabras de agradecimiento pero por igual pide disculpas. Porque quiere divertir y no ofender. Porque la vida es grata para él, a pesar de su largo aislamiento, porque Miranda y sus libros han sido su mejor compañía en el exilio involuntario, que ha sido también un exilio interior, largo, y cuyo final coincide con la partida hacia el lugar de origen.

Los versos de despedida, por encima del recelo y la nostalgia, encierran un mensaje de esperanza y aguardan una absolución, son un canto al arte sin límites y los verdaderos amantes de las historias, las ficciones, de universos como los de La tempestad, constatamos, muchas veces y un tanto ambiguamente, que ellos semejan juegos de espejos o laberintos en que, por último, aflora la verdad.

Una obra cercana a la explosión de la comedia o comedia misma, donde todo “termina bien”, donde el mundo se desata y asoma el éxtasis de la alegría. Y, con ello, un adiós de Shakespeare que será largamente rememorado y reivindicado. En ese contexto, pues, es que Próspero asume varios roles y sus versos de despedida sintetizan esos papeles, resumen el tránsito de la obra, el propio camino y sentir de una vida y su afán por quedar bien. Los versos finales dicen: “Y así como sus pecados se han de perdonar, que su indulgencia me dé a mí la libertad”. Es cierto, Shakespeare se oculta detrás de Próspero, se enmascara a través de él, pero no es por protegerse sino por la necesidad de un aporte consistente, definitivo, a una obra completa que le ha dado triunfos en vida, también sinsabores, pero sobre la cual sigue brillando la esperanza.

René Girard sostiene que “esta tempestad tiene un solo y único efecto, el de llevar a todos los enemigos de Próspero bajo su férula, al único lugar donde todos sus deseos son inmediatamente ejecutados, su isla, su propio universo, el de la creación literaria” (448).

La “tempestad” que da título a la obra ocurre al principio y amaina para dar paso a una “puesta en escena”, a la vez, de tempestades interpersonales o enfrentadas. Durante la tempestad misma, los viajeros y la tripulación del barco —un buen grupo de los personajes— a la deriva en el mar, claman una dirección, pero sobre todo una salvación. De allí las importantes palabras del contramaestre ante los urgentes requerimientos de Gonzalo: “Cuando la tenga el mar. ¡Fuera! ¿Qué les importa un título de rey a estas olas que rugen? ¡A los camarotes! ¡Silencio! No nos fastidien” (primer acto, escena I). Es la comprobación, en el recio contramaestre, de que las fuerzas de la naturaleza, instigadas por lo divino (en este caso sabemos que por el travieso Próspero) son mucho más fuertes y no ceden ante un poder real, monárquico, empequeñecido en su estructura y dimensión ante situaciones límites y probablemente de consecuencias trágicas como ésta.

Es cierto, Próspero atrae a sus enemigos y les va a dar una lección. Y qué mejor que empezar con una implacable tempestad, qué hay más dramático que eso mientras se navega, es enfrentar al hombre, en definitiva, a su destino, contrastar caracteres, generar miedos, despertar fobias. Próspero es malicioso pero no perverso y esta tempestad inicial es sólo el principio de un apasionante juego de emociones. Aquel proyecto en el que Ariel es un servicial colaborador, capaz de ocuparse de cada recado, porque las órdenes que recibe de Próspero parecen más que todo encargos. Se encarga, entonces, Ariel, de consumar el amor idílico entre Miranda y Fernando, de crear confusiones entre los náufragos de la isla, de hilar muchas tramas, aun más, es el propio Ariel quien directamente provoca la tempestad. Sin Ariel, poco podría hacer Próspero, en realidad. Y si éste vive conflictuado con Calibán, pese a un pasado más llevadero entre ambos, con Ariel se asocia hasta festivamente.

Jan Kott titula a su estudio sobre La tempestad, “La varita mágica de Próspero”. En efecto, mucho de magia y de aprendiz de brujo hay en el Próspero que refulge como el sol con un poder inusitado. Antes de retomar el orden —volver a Milán, recuperar su ducado— se ha presentado ante sus “huéspedes” (Alonso, Gonzalo, el contramaestre) que han transitado confundidos durante toda la obra, hasta escuchando murmuraciones o creyendo que oían cosas sin certeza (producto de la magia de Ariel). Es el reconocimiento, ese momento de la “anagnórisis” aristotélica, que, fiel a la tradición occidental, Shakespeare sabe necesaria e irremplazable.

En esta parte final, Próspero aparece vestido de mago, lo que confirma cuál ha sido su función y labor a lo largo de la trama. Quizá ese vestido no necesariamente es un disfraz, es un atuendo que corresponde, efectivamente, al carácter “sobrenatural” que es capaz de manejar Próspero, de imponer sus deseos, hacer bromas, jugar malas pasadas, asustar un poco siquiera. Próspero vestido de mago es el Shakespeare con su mejor atuendo que culmina su larga carrera, nunca opacada pero sí llena de dificultades, como un sabio.

Se sabe que luego de La tempestad el escritor se trasladó a Stratford con su hija y su nieta y sólo colaboró con algunas obras. Pero él mismo se convirtió en un mago. El lenguaje, las situaciones dramáticas o cómicas, las tragedias impredecibles, los diálogos más imaginativos y emocionantes, los parlamentos más inspirados y también los más crueles, todo está en las 36 obras de Shakespeare antes de La tempestad. Él merecía representarse como Próspero, ser su propio adalid, descubrirse, por fin, como el mago, que antes sólo dio vida a muchos personajes y situaciones pero se mantuvo detrás de la escena.

Ahora se quita la careta, se ríe, juega con sus personajes, los engríe, nunca los maltrata, crea una tempestad, como un aluvión, como una tormenta de ideas. Cuando ésta amaina, Shakespeare nos vuelve a sorprender: recapitula los hechos del pasado más o menos lejano por testimonio directo de diversos personajes. El romance adquiere, ya, un ritmo rápido, dinámico, como en todas sus obras nunca agota, sí exaspera por lo profundo y brillante y trasmite una emoción digna de su mayor pluma e imaginación.

Es ésta, pues, una “tempestad” de los sentimientos, de una traición (la que sufre Próspero y por eso está ahora en la isla y ha aprendido a vivir y convivir en ella), del amor (Miranda y Fernando), del terror (el naufragio durante toda la tormenta y los tripulantes que luchan por su vida), de lo espiritual como mágico (Ariel), de lo mitológico (la presencia, evanescente, de Iris, Ceres y Juno). Es, como se ve, un universo lleno de complejidades sostenido por un discurso poético y una trama que no ceden un ápice, que cuestiona órdenes y parámetros, rangos y grados, y, también, se autocuestiona.

Y Próspero, bonachón y padre amoroso, decide el matrimonio de Miranda, en medio de esta tempestad de sentimientos, y ese amor que surge previo al compromiso, guiado por Ariel, ese trabajo de recoger leños por parte de Fernando, todo ello le imprime el sello del eros más rotundo, de una ceremonia del amor calculada al milímetro. Porque, ya se sabe, Próspero planea al dedillo cada acto importante que ocurre en la obra. Y ese amor, esa fraternidad, ese espíritu por lo común, el afán por lo colectivo y la amistad, esas “buenas intenciones” implican, por último, a casi todos los que participan de la obra.

Y es que, creemos, Shakespeare necesitaba, muy aparte de la indulgencia final, una despedida feliz, como una fiesta de los sentidos, una celebración que no se intuye de inmediato porque sólo tras la violencia de la tempestad inicial comenzamos a conocer la “verdad de los hechos” que sostiene el romance. Entonces, Próspero, el hacedor, se descubre imaginativo pero también manipulador.

Son los aspectos mencionados en estas líneas los que nos llevan a concluir que, como anuncia nuestro título, todos los involucrados son arrastrados por la magia de Próspero. Es ese truco, a la vez, la clave que guía la obra y nos permite entenderla en su superficie más plana y directa, amén de interpretaciones políticas, históricas, antropológicas o sociológicas. Es Shakespeare, por último y desde el comienzo. Y por ello, quizá, lo disfrutamos más. La delectación basada en la tradición, a su vez encadenada con la última genialidad de un creador inmortal.

 

Bibliografía

  • Bloom, Harold. El canon occidental. Barcelona: Anagrama, 2002.
  • Clemen, Wolfgang. The development of Shakespeare’s imagery. Londres: Methuen & Co., 1967.
  • Girard, René. Shakespeare. Los fuegos de la envidia. Barcelona: Anagrama, 1995.
  • Kott, Jan. Apuntes sobre Shakespeare. Barcelona: Seix Barral, 1969.
  • Shakespeare, William. La tempestad. Traducción de Marcelo Cohen y Graciela Speranza. Buenos Aires: Norma, 2000.