Artículos y reportajes
Néstor Díaz de VillegasPor el camino
de la poesía y los riesgos

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La edición bilingüe de Por el camino de Sade, último poemario de Néstor Díaz de Villegas, autor cubano radicado en California, viene a confirmar algunas de nuestras viejas teorías sobre la poesía como comunicación y su eficacia en dependencia de la actitud con que se aborde. En primer lugar, destaca la naturalidad ante la cárcel que resulta un cuaderno compuesto estrictamente por sonetos. Y más aun, por sonetos que se entrelazan sobre un mismo mapa de temas y enunciados. Destacan la Revolución (no esta o aquella en específico, sino la misma de siempre: la que encumbra a la chusma y pretende violentar las relaciones sociales), la peligrosa y libertina figura de Sade, la concupiscencia, la indefinible Égalité, el Arte como “desviación” a lo que el mundo prefiere concretizar: la Realidad.

Es una edición de lujo al traer apareadas la eficaz y madura retórica del autor, y la fiel (no literal) traslación al inglés de David Landau, que conversan desde los extremos siempre con fluidez y un ritmo que ajustan ambos para impedir que los lectores dejen el libro antes del final. Muchos versificadores incurren en esta falta, al no poder superar la monotonía que ellos mismos crean en sus metros, y es algo que casi siempre ocurre al leer colecciones de sonetos. Sin embargo, Díaz de Villegas es implacable: no se preocupa por “versificar” sino en decir lo que prefiere. Teoriza sin amonestar, rima sin caer en lo predecible, resuelve sus estrofas sin tropezar, entrelaza sus piezas como un astuto trebejista. El autor desentraña el casi imposible reto de convocar lo vulgar y no serlo a su vez. Pero sobre todo, deshace en parte la consabida divisa de que no se puede ser cubano y sutil en un mismo espacio.

“Sade”, de Néstor Díaz de VillegasCuando repasamos las páginas de Por el camino de Sade, entrevemos la burla a ese personaje contra quien está encauzado todo nuestro afán de artistas, de desviados, de indeseables invitados que se retrasaron o no llegaron a los festejos: la Turba. Y detrás de la Turba, con sus hilos lucientes, el Poder que hace inventario constante y altisonante de sus propias bondades. Ya ni siquiera pan y circo, sino mendrugos y casas de cultura. Asoma su velado rostro el chivato, quien copia a escondidas listas y versos. Se reúnen en el Marqués las distensiones de las que se apropia la modernidad. Un nutrido coro de vividores se retuerce entre placeres y miedos. Y el poema, el manuscrito transido de soledad puede explicar de forma oblicua que cada hombre posee una máscara, retocada siempre por las ebulliciones y la Historia.

Alguna vez trataron de convencernos de que la poesía iba a tener, sin remedio, que especializarse. De que llegaría el tiempo en que abandonase sus remanentes de antaño: elementos narrativos, rimas, métricas, circunstancias. Pero leyendo libros tales como el de Díaz de Villegas, una vez más nos percatamos de que el poema es concreción particular (la articulación de lo que la racionalidad trata vanamente de definir) y no designación pura. El poema puede ser también actitud y rebasar las palabras. Dichosos aquellos autores que pueden equilibrarse entre la forma y sus respectivos idearios, que pueden deslindarse de una escuela y ser reconocibles en el acto. Y Néstor Díaz de Villegas es uno de ellos.

Pero si nuestras nociones sobre la poesía en general pueden ser desmentidas con un libro semejante, también la creencia de que la poesía cubana se ha masificado viene a confirmarse, al ser Por el camino de Sade una de las excepciones. Quien estudie la literatura contemporánea insular puede percibir que ciertas molduras sustentan a las diversas promociones que han venido publicando al amparo de la euforia oficial y cultural. Si la literatura es un triunfo, tiene que ser a precio de sangre y desolación. Tiene que ser una victoria pírrica. Nunca puede ser “logro” de algún sistema. Basta alejarse y mirar desde la periferia: es un diapasón modesto, que se reduce a uniformidad. El coro ya trasciende a la propia isla, y en la diáspora persiste, siempre inamovible.

La poesía cubana de hoy se ha convertido en una oferta conveniente y que espera retribuciones. Como ya sabemos, toda buena poesía es peligrosa. Y Lezama, Virgilio Piñera, Heberto Padilla y Raúl Rivero sufrieron (sufren aún) las consecuencias. La prosperidad literaria no es traspasable cual virus, de modo que recelamos de tantos y tantos libros triunfales. Para no cegarnos, y para que la pasión no nos aniquile, seguimos escogiendo nuestros propios antídotos: un libro de sonetos sospechosos, un refugio al regocijo que embarga a la muchedumbre. Díaz de Villegas se ha ocupado, muy oportunamente, de reeditar al sujeto Sade, y nos lo aparta del retablo al que siempre hemos preferido confinarle. Pues somos licenciosos cuando tenemos la seguridad de que nuestra osadía no ha de destejer el visaje que ofrecemos en público. Revelar cuánto de él llevamos no es un riesgo poético. El riesgo del autor consiste en socavar esas tres bases en que se asienta la lírica cubana: gravedad, arrogancia y sofística. Es irremediable usar la palabra “frescura” para fijar la disposición de este libro. Porque tal “frescura” lesiona, si acaso subrepticiamente, la oferta y la demanda.