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Don Quijote (Doré)El Quijote y yo

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¿Qué es locura: ser caballero andante
o seguirlo como escudero?

¿De él o yo, quién es loco verdadero?

¿El que, despierto, sueña insanamente?

¿El que, aunque esté vendado,
sigue el sueño y ve lo real
de un loco por las brujas embrujado?

Heme, tal vez, único demente
y sabiéndome tal, fuera de quicio,
soy —insensato— un loco de juicio

Carlos Drummond de Andrade

Han transcurrido largos cuatrocientos años bajo las aguas del viejo Manzanares desde que vio la luz la edición príncipe de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (Madrid, 1605),1 monumental obra de la refinada pluma de don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616); mucho se ha escrito y se escribirá sobre el mortal Cervantes y su inmortal don Quijote de La Mancha, mas sobre esta materia hay mucho que decir aún; el tema no se agota, al contrario, se enriquece cada vez más con el tiempo y las infinitas relecturas. Ahora bien, con motivo del IV centenario del Quijote, tenía la intención de hacer un ejercicio de carácter retórico sobre este clásico de las letras universales y acometí la empresa con encendido entusiasmo; mientras recogía ideas, tomaba apuntes y elucubraba disquisiciones fue, poco a poco, diluyéndose el pretendido cariz erudito del texto y cobró un tono más íntimo y personal: se abrió paso la memoria más recóndita y afloraron espontáneamente los recuerdos; me convertí en involuntario partícipe y tornó lo que iba a ser un simple escrito en un batiburrillo. En fin. Esto no es sino la crónica de mi aventura personal con el Quijote; he aquí el humilde homenaje de un lector agradecido a un viejo gran amigo.

Estaba ahí, en mis narices, extraviado entre las materias escolares, y no me había dado cuenta. Vaya uno a saber cómo habrá llegado hasta aquel viejo estante de madera ese libro de formato pequeño, insignificante, deslucido, de portada horrenda y grotescas ilustraciones fraguadas por lerdas manos. Uno nunca sabe cómo aparecen en nuestras manos —y lo digocorriendo elriesgo de parecer cursi— esas cosas que nos cambian la vida, pero debo confesar que no fue un caso de amor a primera vista, definitivamente, no lo fue. El ostentoso y largo título, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha y etcétera y etcétera, me dijo poco o nada y me pareció poco divertido: ¿qué es esto? ¿quién es ese tal don Quijote?, debo haber pensado. Su aspecto poco agraciado y basto, a pesar de estar casi nuevo, me produjo desagrado y rechazo espontáneo; era uno de esos libros que te quitan las ganas de leer, un libro de veras feo, muy colorido, amarillo y rojo ¿o era acaso naranja?en la carátula, asaz pobre de factura —las hojas se despegaban sin esfuerzo, los caracteres eran poco legibles, las páginas estaban medio amarillentas y deplorablemente desbarbadas y los dibujos, ya lo mencioné, esperpénticos—, parecía un libro editado por un carpintero (con perdón de los carpinteros y de san José, su santo patrono). Posteriormente caí en la cuenta que era una de esas ediciones populares, resumidas y abreviadas (y por esto último, incompletas) de los clásicos de la literatura universal.

Durante buen tiempo no presté atención alguna a aquel librejo ninguneado y permaneció inerte en su polvoriento retiro. Yo pasaba, a la sazón, mis horas muertas dibujando a mis héroes favoritos de aquella época —El hombre araña, El llanero solitario, Roy Rogers, Mr. Magoo y muchos más— o leyendo textos con primorosas ilustraciones —tengo vivo el recuerdo de un bellísimo libro de cuentos rusos que recibí en mi sexto cumpleaños—, pero del famoso libro, nada. No era, como se dice, digno de mis aprecios. O el Quijote vino a mí o fui yo a él o fue la curiosidad o acaso la atracción de lo repulsivo o qué sé yo; la cosa es que un buen día me encontré con el objeto de marras en las manos y, a falta de otra cosa que hacer, recorrí la primera página, luego la segunda y la tercera y así continué leyendo hasta la treintena, sin embargo presumo que debe haberme aburrido pues me quedé profundamente dormido. Está de más decir que lo dejé a medias y volvió a su rincón solitario. De repente, me atrevo a especular, no estaba preparado aun para descubrir al Quijote. Lo repito, no fue un amor a primera vista.

Años después, ya en la escuela secundaria, por obligación me encomendaron la lectura del antedicho mamotreto, entonces y sólo entonces volví mi atención a aquel libro relegado y lo rescaté del olvido. Lo cogí —debo confesarlo— con un poco de desconfianza y mala gana pero ocurrió, como por azar, una extraordinaria revelación: aquel misérrimo volumen contenía en sus humildes páginas magia, magia de la buena, y lo leí de casi un tirón, completamente arrobado; no podía creer que se trataba de aquel mismo libro que antes había rechazado por prejuicio, no sé cómo me había perdido de leer tantas maravillosas aventuras de aquel anciano medio chiflado y su rechoncho sirviente a través de los caminos de España, “desfaciendo entuertos” por doquier. Era una novela deliciosa, con una trama disparatada y lenguaje exquisito, que daba rienda suelta a la imaginación y fantasía.

Tan poderosa es la impronta de la pareja inmortal de don Quijote y Sancho Panza que ésta tiene una existencia metaliteraria, es decir, independiente de la novela y de su creador: son, ante todo, íconos culturales; todos sabemos quiénes son, cómo son, a qué universo pertenecen. Podemos encontrar, incluso, en el diccionario las palabras quijote, quijotesco, quijotería y quijotada,2 que están incorporadas a nuestro universo referencial. ¿Cuántas veces habrán aparecido don Quijote y Sancho Panza en las diversas manifestaciones del arte? Puedo recordar, por ejemplo, algunas de las versiones cinematográficas de Don Quijote —El hombre de La Mancha, con Peter O’Toole y Sophia Loren; la adaptación inacabada de Orson Welles; Don Quijote cabalga de nuevo, con la formidable pareja Fernando Fernán Gómez & Cantinflas; aquella con Fernando Rey y Alfredo Landa o esa otra con Rex Harrison o la heterodoxa versión con John Lithgow como nuestro héroe, entre muchísimas otras— y, por supuesto, cómo no, en dibujos animados y en historietas. Asimismo, sobran las representaciones pictóricas y plásticas de la inmortal dupla cervantina: basta observar, apenas, una figura alargada y escuálida y otra bajita y regordeta para que reconozcamos, sin ápice de duda, al hidalgo caballero andante y su zafio escudero. Quizá muchos conozcan o vislumbren vagamente el argumento y el carácter de la novela; otros, con un poco de memoria, recordaran haber leído o escuchado estas inolvidables líneas: “En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. [...] Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de ‘Quijada’, o ‘Quesada’, que en esto hay alguna diferencia en los autores que de este caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba ‘Quijana’...”; sin embargo, pocos, en realidad muy pocos, son los que hemos recorrido sus páginas añejas y suculentas de lances y aventuras. Al fin de cuentas, todo el mundo conoce, sabe y habla del Quijote sin haberlo leído siquiera, lo que revela hasta qué punto forma parte de nuestro aprendizaje básico y el imaginario colectivo.

Pero no nos distraigamos un punto y volvamos a lo que viene a cuento. Años van, años vienen, pasé por las aulas universitarias, me marché al otro lado del mundo y al cabo de una larga temporada regresé a mi país y a mi añorada alma máter. Entonces, con mucho amor, formé una nueva biblioteca y, entre los primeros volúmenes, adquirí una sobria versión de El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha y pude solazarme otra vez con su lectura. Algún tiempo después, curioseando en una librería de viejo en el centro de la ciudad, encontré una verdadera joya bibliográfica: un hermoso ejemplar de nuestro famoso libro, editado en el Madrid de preguerra; era un magnífico espécimen forrado de cuero rojo brillante, de formato grande y cuerpo ancho, más de 1.500 páginas, profusamente adornado, con hermosas letras capitales al inicio de los capítulos, e ilustrada por el famoso artista francés Gustave Doré —quien hizo lo mismo con la Divina Commedia—,pero la cereza del postreera un maravilloso mapa gigante a doble página que describía el derrotero seguido por don Quijote y Sancho Panza durante todas sus andanzas. A veces deslizaba el dedo índice por el áspero papel y palpaba las líneas que señalaban los caminos trajinados por aquella singular pareja; si por ventura cerraba los ojos reverberaban en mi mente los pasajes que correspondían a los lugares señalados y me complacía en imaginar a los personajes y sus diálogos. Podía incluso olvidarme de todo y dejar pasar las horas contemplando los magníficos grabados de Doré: su trazo fino, minucioso al límite, de artesano eximio —¡qué manjar para los sentidos!—, y no me cansaba de estudiarlos con esmero y delectatio. De vez en cuando llevaba mi Quijote a las clases de literatura del Siglo de Oro y casi no cabía en mi mochila, pero aun así iba radiante con mi tesoro a cuestas. Para los que, en ese entonces, éramos simples estudiantes de literatura —y los más con vocación de escritores, como era mi caso— Cervantes era nuestro respetado abuelo, el preclaro ejemplo del escritor esforzado a pesar de una vida llena de vicisitudes y penurias harto conocidas, que trascendió la España del XVII y representa, en suma, la perseverancia en el oficio del escritor, del hombre que vive para la literatura, eso a que todos los aprendices de escribidores aspiran.

El Quijote es una novela que, a pesar del tiempo, no ha perdido vigencia —como el buen vino mejora con los años—, podrá estar, eso sí, descontextualizada(no han pasado en vano cuatro siglos)pero no ha menguado en frescura y riqueza; es lo que cabalmente llamamos un “clásico”: una obra literaria que por su valía resiste al tiempo y es una fuente inagotable. Baste señalar que sin el Quijote la novela moderna no sería lo que hoy en día es; Cervantes innovó las técnicas narrativas transformando el arte de narrar en un poderoso artefacto de sugestión. Sin ahondar mucho en el tema podemos anotar que en el nivel profundo de la novela podemos encontrar, entre otros tópicos, relatividad y distorsión del tiempo narrativo, egos narrativos superpuestos —¿quién narra el Quijote? Acaso un supuesto narrador en tercera persona, que recoge el supuesto relato del nebuloso Cide Hamete Benengeli, pero hay también otras voces, verbigracia, las de los mismos personajes—, disolución de las fronteras entre realidad y fantasía, intrincados juegos intertextuales —por ejemplo,muchos de los personajes han leído la primera parte del Quijotey están al tanto de las aventuras de éste, e incluso el mismo Alonso Quijano encuentra una imprenta donde están imprimiendo ejemplares de la novela—, etc. Por último, el tema central del Quijote es un tema moderno, actual. ¿Cuál es, entonces, el tema del Quijote? No la caballería trashumante ni las novelas de aventuras ni la locura o demencia senil como tampoco el refranero español ni mucho menos la España de ese entonces o la geografía de La Mancha constituyen el motivo principal de la obra maestra cervantina. Por toda respuesta cito a Mario Vargas Llosa: “El gran tema de Don Quijote de La Mancha es la ficción, su razón de ser, y la manera como ella, al infiltrarse en la vida, la va modelando y transformando. Así, lo que parece a muchos lectores modernos el tema ‘borgiano’ por antonomasia [...] es, en verdad, un tema cervantino que, siglos después, Borges resucitó...”.3¿Y no es, acaso también, el gran tema, o mejor dicho, el tema por excelencia de la literatura misma? Es decir, la ficción como un fin en sí mismo y no como un medio; la literatura como supremo artificio y simulacro de realidad, universo ficticio coherente que responde a sus propias reglas y sólo a ellas; dicho en buen cristiano, la literatura vista como un gran juego de ilusión y en el que el escritor es el gran artífice, demiurgo, ilusionista o titiritero. Y para que no queden dudas, el texto literario no tiene, necesariamente, que ser “verídico” o tener un referente real, como tampoco ha de converger en un colofón moralizante, ejemplificador o didáctico. Ese no es el fin de lo literario. En cambio sí lo es la creación mediante palabras de mundos virtuales, un modelo para armar sentidos múltiples. No olvidemos que la literatura es por sobre todas las cosas un hecho estético, artístico, y el resto es adventicio.

Ahora volvamos otra vez al Quijote, ¿dónde está el límite entre la realidad y la fantasía? ¿Quién está loco, Alonso Quijano o su alter ego don Quijote, o Sancho Panza, o ambos o ninguno? ¿Y los demás personajes? Si al iniciar la novela Alonso Quijano delira y desvaría, poco a poco ese aire de “locura” invade el mundo representado, lo transforma todo en un universo que escapa a las leyes de la naturaleza y responde únicamente a las leyes de la ficción y la arbitrariedad. Cuando al final de la novela nuestro don Quijote, es decir Alonso Quijano, recupera la cordura, muere, literalmente hablando, de “un ataque de realidad”.4 En este complicado juego de contrastes, entre el “ser” y el “parecer”, don Quijote-Alonso Quijano se mueve dentro de la diégesis como el personaje de “Neo” en la futurista película The Matrix, subvirtiendo el orden establecido y moviéndose alternativamente entre la realidad y la apariencia, creando una “banda ancha” de indefinición entre mundos paralelos; además, acompañan a nuestro donQuijote-Alonso Quijano-Neo una troupé de personajes instalados en el mundo “real” (Sancho Panza, el barbero, el cura, el ventero, el bachiller Sansón Carrasco, etc.), desde el cual observan a un “irreal” don Quijote, y sin darse cuenta serán introducidos a una región liminal donde se confunde lo existente y lo ficticio. Es un mundo donde todo es posible.

Si algún día aún lejano se cumpliese la aterradora profecía de Fahrenheit 451 —un mundo en el que los libros están proscritos ya que son considerados objetos peligrosos y por tanto eliminados mediante el fuego purificador—, dedicaría, con toda seguridad, mis días y mis fuerzas a convertirme en un “hombre-libro” y memorizar cada signo, cada exclamación, cada adjetivo, cada aliento y cada matiz de nuestro buen señor don Quijote de La Mancha y salvarlos del olvido —amén—, que no es sino una de las formas más abominables de la muerte.

Acaricio el suave lomo de la reciente edición conmemorativa del IV centenario del Quijote; huele a papel nuevo y tinta fresca. Es una edición popular muy bien cuidada, con el auspicio de la Real Academia Española e incluye estudios de renombrados académicos. Cumple cabalmente con las tres B: bueno, bonito y barato. Ortega y Gasset acuñó la famosa frase: “Yo soy yo y mis circunstancias”. En este sentido, ni el Quijote ni yo somos los mismos, hemos cambiado (bueno, al menos yo); han pasado muchos Quijotes por mis manos, propios y ajenos, sin embargo a pesar de todo el tiempo transcurrido, recuerdo aquel librito horrible y amado que guardaba un tesoro entre sus líneas y del que aprendí a desconfiar de las meras apariencias y que no todo lo que brilla es oro y viceversa. ¿Qué habrá sido de él? Pues no lo sé, simplemente le perdí el rastro. Con ése, mi primer Quijote, se fue mi infancia, la edad de la inocencia y el descubrimiento de las cosas, sin duda, mis mejores años.

Abramos donde abramos la novela, encontraremos a don Quijote siempre en guardia, vigilante, fraguando alguna absurda e inaudita aventura y a nuestro Sancho, las más de las veces famélico pero con el sentido aguzado y con un refrán a flor de labios. ¿Cómo olvidar el famoso episodio de los molinos de viento? ¿Quién no recuerda la jocosa manteada de Sancho o el incidente con los odres de vino o quizá el inverosímil yelmo de Mambrino o Clavileño, el caballo volador, como también la misteriosa aventura en la cueva de Montesinos? ¿Y el hermoso discurso de las armas y de las letras o la posesión de la ínsula Barataria por el gobernador don Sancho Panza o conmovedora la historia del Cautivo de Argel? En fin, tantas maravillosas historias contenidas en un solo volumen.

¿Qué es el Quijote? Es una novela hermosa y extraordinaria, portentosa obra de la artesanía de la palabra y del ingenio humano, imperfecta pero tan llena de vida y nervio que cautiva sin más. Es la novela que cambió el mundo, es la novela por excelencia o lo que es lo mismo la novela de las novelas. Pero también es un caleidoscopio de la inefable condición humana, con todas sus imperfecciones y maravillas, eso es lo que lo hace realmente universal. El Quijote es producto de la fecunda materia de la que están hechos los sueños. ¿Y es que acaso son menos ciertos nuestros sueños que nuestra existencia real? Y, asimismo, el Quijote es la persistencia en el loco oficio de vivir, que es también soñar que unos molinos de vientos son gigantes que nos atormentan, que hay una Dulcinea a la vuelta de la esquina y que las empresas imposibles, esas que están condenadas al fracaso, son las únicas que valen la pena luchar.

Si pensamos que el tiempo es circular y cíclico, que todo se repite hasta el infinito, quizá mientras anoto estas líneas encontremos a don Miguel de Cervantes riéndose de su miseria mientras moja su pluma en tinta espesa y escribe en toscos folios la trama de lo que sería —megusta imaginar que él lointuía— la novela más famosa de todas las que se han escrito.

Los tiempos han cambiado pero el mundo sigue siendo el mismo. Las ventas son ahora supermercados, los castillos son edificios y las sendas, autopistas. Me acerco a la ventana y desde ahí atisbo la ciudad y sus fantasmas. Muchos dicen que de tanto leer el Quijote me volví chiflado pero yo no lo creo así; en realidad, aunque vuestras mercedes no lo crean, el cuerdo soy yo. Me coloco un bacín en la cabeza y lo que veo ahora no es otra cosa que sierras coronadas y caminos polvorientos. Allá en lontananza la ignota tierra de la Mancha pinta el paisaje con sus colores ocres. Nada ha de detenerme ya, lléveme el destino y la fortuna donde pluguiese. No soy más que un instrumento de mi creador, Cervantes, no soy más que un personaje en esta historia.

 

Notas

  1. La continuación del Quijote, titulada Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de La Mancha, fue publicada en el año de 1615, diez años después de la primera parte y un año antes de la muerte del autor. Dato curioso es que la primera parte consigna en el título el ingenioso hidalgo, mientras que en la segunda figura como el ingenioso caballero.
  2. Estas palabras constan en el Diccionario de la Real Academia Española.
  3. Mario Vargas Llosa. “Una novela para el siglo XXI”, Don Quijote de La Mancha,edición del IV centenario, p. XV. Real Academia Española, Asociación de Academias de la Lengua Española, Madrid, 2004, 1249 pp.
  4. Nótese que sólo cuando Alonso Quijano recobra el juicio, es decir se reinstala en el mundo real, es que cae enfermo y posteriormente muere.