Letras
La bahiana

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La basura tiene su encanto. El aroma de la colonia calvin klein a la que estaba acostumbrado, ahora le había sido sustituido por el olor de los desechos. Cada noche, desde aquella otra, revuelve las bolsas en busca de comida, sobras que alguien despreció, cartón o algún objeto inservible de metal que pueda venderse por unos pesos.

Conoció a la bahiana en una orgía cuando le sobraba el dinero. Harto de su vida, por qué no, alguna fiesta —se dijo—, y empezó a salir con ella. A la bahiana le gustaba errar por el mundo, y si bien no le fue fácil desprenderse de la consultora y poner punto final al departamento con vista al río, ella parecía valer la pena. Por lo demás, la gente cada vez le importaba menos, y si volvió a viajar, esta vez de la mano de la bahiana, fue porque entonces era menos escéptico.

Remató todo. A decir verdad, a él y a la bahiana les llevó tiempo malgastar el dinero, pero tiempo es precisamente lo que les sobraba.

 

La borrachera le tapa ahora su hambre de mendigo. Y para su vista resignada, siempre aparece una rata, o —entre los restos de las cajas de lexotanil— vasos de plástico del yogurt que alguien desechó por agobio de alguna dieta, botellas de coñac vaciadas quién sabe durante qué sinsabor o buena noticia y filtros de cigarrillos.

Los restos de un día porteño, en el barrio de Belgrano, se refugian, apretujados, en esas bolsas de basura. Allí, en lo que se dilapida, se ocultan las sobras de la abundancia que alimentan a los cartoneros —y a él— que busca entre todo. Los cartoneros lo conocen, es un mendigo, y nadie los mira (ni a los cartoneros ni al mendigo).

 

La bahiana sabía hacer de amante y, de vez en cuando, hasta se acordaba de él fuera de la cama. Si después se hundieron en la pasión de lo que se derrumba sin remedio fue por las deudas contraídas durante tanto viaje. Revuelve: oleada de perfume barato. Un pedazo de carne, otro de verdura, puré de calabaza, en fin, basura; tal vez, la razón por la que se mueve y los piojos por entre su pelo se divierten en el Pasaje Olleros. Continúa revolviendo la porquería que se descarta, lo mismo que trata de olvidar el trabajo sucio que hacía la bahiana antes de conocerla en esas fiestas y, a veces, después también cuando él se aburría y buscaba cosas nuevas.

 

Por entonces, la vida normal para el ahora mendigo se reducía a esas mañanas que separaban el mundo-de-sol del mundo-de-noche. Tal vez por no soportar tanta normalidad se fue con ella, o porque cada vez estaba un poco más harto de la luz.

Pero lo de la bahiana duró hasta que apareció un tipo con más dinero. Cuando se enteró, le hizo el amor sin descanso a la bahiana, su forma de vengarse. Llevaron tiempo largo haciéndolo, y antes de perder la noche —lo recuerda bien— la obligó a cubrirse la cabeza con una bolsa. Sentirían más —eso le dijo. (Y ella obedeció, desprevenida.)

 

Revuelve más basura, hasta encuentra unos apuntes de publicidad, tal vez de algún alumno del pasaje Olleros que desaprobó la materia en la Facultad (o que la aprobó y prefiere olvidarse de ésta). Qué más da, todo el mundo seguiría tomando coca cola y comprando gillettes después de que hubiera liquidado la consultora, y también a la bahiana, pero la mató sin darse cuenta y estaba desolado por ello. Como siempre, lo irremediable trascurre en segundos y, en segundos, todo se desvanece.

Los cristales de un espejo de mano desportillado le lastiman la mano, y el papel metalizado de un envoltorio de chocolate lo trasporta a una niñez que no va a recuperar.

Mete la mano en otra bolsa hasta que, por entre los dedos, observa una mancha, primero colorada, después roja, luego morada. La mancha se agranda y se deshace en gotas de sangre que caen al suelo. Mira el fondo de la bolsa y ve a la bahiana. Es su cabeza que salta como una pelota de ping pong y lo salpica de sangre en la ropa. El mendigo gira con terror su cabeza para no ver a la bahiana. Pero los ojos muertos de ella le lanzan una mirada difícil de comprender.

Ve la lengua y los dientes blancos de la boca, que todavía le sonríen, probablemente a punto de algún juego sexual que guarda en su memoria.

La cabeza de la bahiana, sin cuerpo que la siga, no tiene más huella de aquella noche que la muerte. El mendigo se pregunta cómo llegó a esa bolsa de basura. No por sus manos, cree recordar. Asco, miedo, no sabe lo que siente, pero se anima y le acaricia el pelo. La bahiana continúa en su juego de ping pong y de vez en cuando abre, grande, la boca para mostrarle la garganta, como si hubiera quedado detenida en aquella última noche, deseosa de él, y encerrada en la bolsa.

Sostiene aquella cabeza y recuerda juergas y alcohol; después de todo —piensa— ella lo quiso. Se mira y observa la cabeza. La cabeza vuelve a abrir la boca como si buscara lo de siempre. Él querría lo de siempre (cómo no quererlo, si por mendigo ya nada queda para el goce).

Sin embargo, sabe que la bahiana murió de placer. Muerta ella, su cabeza pretende ahora lo mismo.

 

La cabeza salta y se inquieta. La boca vuelve a abrirse, se asoman unos dientes como aquellos de antes, esmeradamente blancos. La bahiana está deseosa de él. Le salta alrededor, ya no salpica sangre. Él se acuerda del tipo que tenía más dinero. Por qué tanta rabia, por qué ese instante perdido en la historia, al que no puede retroceder. Todo por competir, eso lo había aprendido bien en la consultora (sólo eso).

 

La bahiana, reducida a su propia cabeza, parece pedirle perdón y él llora. Los cartoneros no lo ven, nadie lo ve.