En el mundo de Juan Claudio el pecado era una idea, una advertencia apenas, contenida en el Libro Sagrado. ¡Amén!
Los locos —esos honestos suicidas— estaban prohibidos, el deseo era una cosa de películas, los vicios un recurso para la escritura; de otros lados, por supuesto.
En el mundo de Juan Claudio había un solo prototipo humano: el de la falsificación institucionalizada.
Las primeras medidas eliminatorias de la naturaleza humana que Juan Claudio dio a conocer con un cartelón pegado a las puertas del que consideraba su mundo, fueron recibidas con cierta molestia, acompañada de una incomodidad destinada a ser susurrada en los espacios “seguros”, tomadas, por cierto, las precauciones necesarias.
Pronto, en el mundo de Juan Claudio todos se dieron cuenta de que la supervivencia pendía de dos hilos: el refinamiento de las apariencias y la paciencia ante la espera; estaba claro que en el mundo de Juan Claudio nada era eterno. Había que esperar, eso era todo. Y mientras, bailar con maestría al son de la tonada descolorida de Juan Claudio, quien no podía siquiera imaginar el sublime misterio de una danza colectiva que marca con exquisito detalle la sincronización de razones particulares sobre un mismo suelo.
De modo que del mundo de Juan Claudio se fueron los colores, los contrastes y huyó sin aviso la hermosísima metáfora de la luz transformada en mil destellos espontáneos, irrepetibles.
Todos, capitanes, generales y soldados rasos aparecían en el mundo de Juan Claudio con el uniforme gris de la mediocridad, como marcaba el reglamento 5347-Bis, “el traje de la estandarización sin conflictos”, se ufanaba Juan Claudio en decir a quien debiera escucharlo la tarde en turno.
Afuera, en el mundo que no era el de Juan Claudio, las cosas eran bien distintas; y sólo fuera de su perímetro era posible la vida. Esa que corre riesgos, que comete errores y tonterías, que vibra de emoción y arrojo ante los retos cotidianos, a veces buscados, otros sorpresivos; unos bienvenidos, otros maldecidos. Retos ínfimos, no artificiales, acordes con la sinfonía universal, atemporal: normal.
Palabra ésta, “normal”, que Juan Claudio creía dominar con un don venido de Lo Alto, de lo perfecto, de lo correcto y lo conveniente.
Desconocía Juan Claudio que pudiera haber otro tipo de normalidad, de estética o de ética (palabras que de haber escuchado alguna vez, hubieran sonado a sus oídos a blasfemia condenatoria). Fuera de su mundo sin errores, por lo tanto, Juan Claudio no podía imaginar realidades otras, placeres otros, vida otra.
Para Juan Claudio, cualquier desbordamiento, la más mínima irregularidad amorfa, representaban un peligro, un tumor que había que extirpar; públicamente, a poder ser. No fuera a suceder que esto fuera un cáncer que inexplicablemente trasmutara a virus incontrolable que hiciera perder el equilibrio perfecto de su tablero de ajedrez; que tanto trabajo, tanto empeño, y tanto liderazgo le había costado construir. La mano dura no era algo que se diera en árboles frutales, ¡no, señor! Había que ejercitarla, hacer de ella una máquina sin margen de error. La mano dura desgastaba, ¡cómo no! y Juan Claudio no iba a permitir que nada ni nadie estropeara su desvelo obsesivo de tantos años.
Así es que el mundo perfecto de Juan Claudio funcionaba de ocho de la mañana a seis de la tarde. Sin retrasos ni caídas en el sistema. Y los habitantes de ese mundo aprendieron a fingir, a resignarse a ser habitantes del juanclaudismo durante ocho horas al día, hechos los recesos que el cronómetro marcaba. Y a vivir, respirar y vibrar en libertad fuera de él, con toda puntualidad, después de las seis y de lunes a viernes.
Los habitantes del mundo de Juan Claudio crearon los más fascinantes mundos alternos; lejos, muy lejos del radio de ese otro universo de porcelana que se instalaba con esmero e insultante visibilidad en medio de la ciudad.
Esos universos incluían uno que otro pecadillo inofensivo, una que otra palabra “maldita”, uno que otro acto de subversión inocente. Fuera del perímetro juanclaudista existían los circos, los bares, las reuniones musicales o poéticas, las tertulias intelectuales, los paseos en helicóptero... los deslices, incluso. Y todos ellos orquestados en la más sublime y perfecta de las clandestinidades. Juan Claudio nunca atisbó el más mínimo indicio de sus participantes, de los protagonistas de “esos otros mundos, que sucedían en otros espacios, ¡que no en el suyo!”.
Al mundo de Juan Claudio llegó un día un mensaje venido, efectivamente, de Lo Alto: “Cambio de rumbo. Se notifica al Señor Juan Claudio YZ que su posición al frente de tan importante función estratégica ya no será necesaria. Se le urge a presentarse de forma inmediata en la Central XÑ para recibir nueva misión”.
Juan Claudio guardó parsimonioso el papel oficial de la notificación. Mandó llamar a sus subalternos más próximos y con toda la solemnidad que creyó que la situación ameritaba, les dio a conocer la noticia.
Los subalternos lloraron —lágrimas artificiales, por supuesto; en el mundo de Juan Claudio, recordemos, nada era natural—, luego organizaron con gran esmero la ceremonia de despedida. Así es que lo que fue primero un rumor susurrado en los pasillos se convirtió al día siguiente en noticia oficial dada a conocer, como a Juan Claudio le gustaba, con cartelones en las paredes.
La ceremonia de despedida incluyó el consabido “no es un adiós, sino un hasta pronto”, así como el nunca bien apreciado “podrán cambiar los nombres y las personas, pero no los procesos implantados” que correspondían a tan relevante ocasión.
Juan Claudio dejó el mundo que había instalado con gran empeño durante largos años. Durante un par de semanas, el lugar que ocupara Juan Claudio quedó vacante, y al unísono, sus habitantes soltaron al fin la respiración contenida durante tanto tiempo.
Luego pasaron unas semanas más, y otras, y otras, en las que cupieron guiños de complicidad entre sus habitantes, palabras compartidas en clave que en pocos días se convirtieron en alegre saludo cotidiano: “al fin libres, ¿no te lo dije? Dios aprieta, pero no ahorca”.
El silencio que había sido la atmósfera constante durante el juanclaudismo cedió de pronto a la conversación en voz alta, en cualquier lugar, a todas horas. La cafetería rebosaba del intercambio de experiencias, de las anécdotas de supervivencia, de aquella ocasión en que “por poco, Juan Claudio descubre mis actividades fuera de aquí”. Tal era el bullicio en todos lados y a todas horas que, naturalmente, la pregunta tenía que aparecer.
Y así lo hizo, aunque nadie se atrevía a formularla con todas sus letras. Era como si el espectro de otra época, la estela de un pasado que todos se esforzaban por dejar atrás insistiese en permanecer entre ellos, acechando en cada rincón de la casa.
Así fue como volvió el silencio al mundo de Juan Claudio. Un silencio que, todos sabían, era ahora más pesado y más aterrador... porque ese silencio ya no era una orden, ni ese mundo era el otrora feudo de Juan Claudio.