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Mercedes Cabello de Carbonera (circa 1875)La comunidad imaginada en El conspirador

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En el presente estudio nos proponemos verificar a través del análisis de El conspirador, de Mercedes Cabello de Carbonera, la evocación de una comunidad imaginada según el enfoque de Anderson Benedict, y explorar las características que presenta ésta.

 

La comunidad imaginada

Para entender la comunidad imaginada primero debemos tener en cuenta el concepto de nación. Benedict parte de la premisa de nación como artefacto cultural de un determinado grupo de personas. Así, nación es “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” (Benedict, 1997: 23). La define como imaginada porque los miembros de una nación, por más pequeña que sea ésta, nunca llegarán a conocerse; sin embargo, en la mente de cada uno está presente la imagen de esa comunión: no se conocen, pero saben de su existencia. La nación es limitada porque a pesar de existir naciones mayores con millones de habitantes, tiene fronteras finitas y se sabe que después de ésta hay otras naciones. Se la imagina también soberana puesto que las naciones sueñan con ser libres. La garantía de esta libertad es el Estado soberano. Finalmente la nación “se imagina como comunidad porque, independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal” (Benedict, 1997: 25). Es el desinterés la esencia de la nación, justamente por esta razón puede pedir sacrificios. El hecho de morir por la patria supone una grandeza moral que no puede tener el hecho de morir por otra causa.

La nacionalidad, señala Benedict, “debe entenderse alineándola, no con ideologías políticas conscientes, sino con los grandes sistemas culturales que lo precedieron, de donde surge por oposición” (Benedict, 1997: 30). Los sistemas a los que alude son las comunidades religiosas y el reino dinástico.

Las comunidades religiosas permitieron imaginar comunidades inmensas a través de una lengua y una escritura sagrada; así surgieron comunidades tales como el Cristianismo o el Islam, entre otros. No obstante, la base en la que se apoyaban no respondió coherentemente a una integración; pues en aquel tiempo sólo un grupo minoritario y privilegiado manejaba la escritura. Por ello, “a pesar de toda la grandeza y el poder de las grandes comunidades imaginadas su coherencia inconsciente se desvanecía a fines de la Edad Media” (Benedict, 1997: 35). El descubrimiento del Nuevo Mundo que abrió nuevos horizontes, nuevas concepciones y la degradación paulatina de la lengua sagrada y la imposición de las lenguas vernáculas fueron decisivos para su fragmentación.

El reino dinástico constituye otro antecedente de las comunidades imaginadas. A través de este sistema se imaginaron los estados alrededor de un centro elevado cuya legitimidad descansaba en la divinidad de sus gobernantes. En este tipo de imaginación “las fronteras eran porosas e indistintas, y las soberanías se fundían imperceptiblemente una con otras” (Benedict, 1997: 39). Este carácter le permitía al reino dinástico “controlar poblaciones inmensamente heterogéneas, y a menudo ni siquiera contiguas, durante largos periodos” (Benedict, 1997: 40). Al igual que las comunidades religiosas los reinos dinásticos cayeron durante el siglo XVII. Un tercer antecedente es la concepción del tiempo que se tenía en aquel entonces, pues se confundía, en uno solo, la cosmología y la historia. Benedict manifiesta que a partir del desmoronamiento de estas tres figuraciones, se abrió una posibilidad de comunión. Ésta vendría a ser la nación en los términos que plantea el autor.

La declinación lenta y desigual de esas certezas interconectadas, (...) introdujeron una cuña dura entre la cosmología y la historia. No es sorprendente así que se haya comenzado a buscar, por decirlo así, una nueva forma de unión de la comunidad, el poder y el tiempo dotada de sentido (Benedict, 1997: 62).

El autor sostiene que el capitalismo impreso jugó un papel importante en esa nueva forma de unión, precipitando su formación. En el siglo XVIII, la novela y el periódico “proveyeron los medios técnicos necesarios para la “representación” de la clase de comunidad imaginada que es la nación” (Benedict, 1997: 47).

Una de las tesis que manifiesta el autor es que las comunidades criollas fueron las que tempranamente concibieron el concepto de nación, incluso antes que la mayor parte de Europa. El fortalecimiento del control de Madrid y la difusión de ideas liberadoras provenientes de la Ilustración explicaría el temprano concepto de nación en las colonias americanas. Lo lógico hubiese sido que las colonias españolas formaran una sola comunidad imaginada, pero como se sabe cada unidad administrativa del Virreinato constituyó una patria. Una explicación de ello sería la forma cómo los organismos administrativos crearon una significación que adhería a los habitantes a sus respectivas “unidades”. Al respecto, la siguiente cita de Benedict es muy clara:

[E]l criollo mexicano o chileno servía únicamente en los territorios de México o del Chile coloniales: su movimiento lateral estaba constreñido como su ascenso vertical. En esta forma, la cúspide de su ascenso en espiral, el más elevado centro administrativo al que podía ser asignado, era la capital de la unidad administrativa imperial en la que se encontraba. Pero en este peregrinaje obstruido encontraba compañeros de viaje que llegaban a sentir que su camaradería se basaba no sólo en esa peregrinación particular sino en la fatalidad compartida del nacimiento transatlántico... el accidente del nacimiento en las Américas lo condenaban a la subordinación, aunque en términos de lengua, religión, ascendencia o maneras fuese en gran medida indistinguible del español peninsular. No había nada que hacer al respecto: irremediablemente era criollo (Benedict, 1997: 92).

Aquí se resalta otro aspecto que contribuyó a la precocidad de los criollos en la concepción de su propia comunidad imaginada: la marginación por parte de los peninsulares, quienes consideraban inferiores a los descendientes de sus compatriotas por el solo hecho de haber nacido en tierras americanas. El idioma y la cultura no eran factores que los distinguieran, sin embargo, el lugar de su alumbramiento los condenaba. Este argumento encuentra fundamento en las ideas de contaminación biológica que se propagaron por Europa a partir del siglo XVI. Los criollos cada vez iban aumentando y, después de los peninsulares, formaban un grupo privilegiado respecto a otros. No obstante, el sometimiento al que estaba expuesto dio origen a considerarse diferentes de la clase colonizadora y a reivindicar sus derechos como “americanos”. Pero “las peregrinaciones virreinales, llenas de obstáculos, no tuvieron consecuencias decisivas mientras su alcance territorial no pudiera imaginarse como una nación, es decir, mientras no llegara el capitalismo impreso” (Benedict, 1997: 96).

El periódico, como se apuntó líneas arriba, fue un factor que contribuyó en la formación de comunidades imaginadas. En América, estos medios tuvieron un rol fundamental en la fragmentación de las colonias española en varias naciones. Un ejemplo es el periódico de Caracas:

El periódico de Caracas creó, en forma enteramente natural y aún apolítica, una comunidad imaginada entre un conjunto específico de lectores a quienes interesaban estos barcos, bodas, obispos y precios. Con el tiempo, por supuesto, era de esperarse que intervinieran elementos políticos (Benedict, 1997: 97).

Por otro lado, los periódicos tuvieron un carácter provincial, pues las informaciones que contenían sólo se referían a sus respectivas unidades administrativas. Muchas veces las personas se guiaban de ello para formar su imaginación de pertenencia a tal o cual lugar. Un criollo podría leer un periódico de Madrid, pero éste no diría nada de su mundo; contrariamente muchos peninsulares no leían el periódico de Caracas, de Buenos Aires o del lugar donde se encontraban, si podían evitarlo, pues su pertenencia era otra. Este hecho era una situación repetible en todos los contextos coloniales. Otro rasgo de los periódicos fue la pluralidad, ya que “los periódicos hispanoamericanos que surgieron hacia fines del XVIII se escribían con plena conciencia de los provincianos acerca de mundos semejantes al suyo. Los lectores de periódico de la ciudad de México, Buenos Aires y Bogotá, aunque no leyeran los de las otras ciudades, estaban conscientes de su existencia. Así se explica la conocida duplicidad del temprano nacionalismo hispanoamericano, su alternación de gran alcance y su localismo particularista” (Benedict, 1997: 98). Es así que los funcionarios y los impresores criollos tuvieron una actuación trascendente en la formación de la nación.

 

El siglo XIX

El XIX es el siglo de la Independencia, de la formación de la República, del apogeo del guano, de la Guerra con Chile y del pensamiento positivista. Es el siglo del caudillismo, que va a marcar tensiones en la vida política, económica y social de la joven república peruana. Destacan caudillos como Castilla, Vivanco, Echenique y Piérola, entre otros. Caudillismo que dio lugar al antimilitarismo en la mayor parte de la población y originó protestas y movimientos populares a lo largo del país.

Por otro lado, el XIX es el siglo del surgimiento de la participación de la mujer en la vida intelectual del Perú. Muchas de las veladas literarias fueron organizadas por mujeres. El caso emblemático es el de Juana Manuela Gorriti, quien durante su exilio en el Perú promovió actividades intelectuales y artísticas tanto en Lima como en Arequipa. Alrededor suyo se agruparon muchas mujeres que luchaban contra el estigma la mujer como ser “inferior”. Destacan entre ellas Clorinda Matto, Mercedes Cabello, Teresa González de Fanning, Elvira García, Juana Manuela Lazo de Eléspuru, Manuela Villarán de Plascencia, Manuela Márquez y muchas más. Frasine Masiello manifiesta:

La participación de la mujer en esta discusión no se limita al pedido de derechos respecto a la educación laica, como se ha dicho comúnmente; más bien los planteamientos alcanzan un amplio espectro de propuestas que incluyen una reflexión sobre el acceso femenino a la ciencia, su rol en el debate positivista, un ataque contra la iglesia católica y las represiones del convento y una defensa de la libertad de expresión femenina. (...) Ponen un ojo crítico sobre las prácticas del nuevo estado, denuncian a los políticos corruptos, y especulan sobre posibles formas de inserción de la mujer en el espacio público (Masielo, 1994: 8).

La ideología dominante después de la Guerra con Chile fue la del Positivismo, que predicaba la ciencia como factor de progreso. Pero “aparece también la sospecha; la pregunta por el costo de la secularización de la vida; la pregunta por el vacío que implica el reemplazo de lo sagrado por lo profano, por la muerte de ciertos valores tradicionales, por el costo de lo nuevo” (Foster, 1999:346). Pensamiento que se incorporó en el discurso de lo nacional. En el aspecto social es el ascenso de la clase mesocrática:

La tragedia de un importante sector de las clases medias durante el siglo XIX se derivó de su heroico esfuerzo para acercarse a la aristocracia y diferenciarse de la masa obrera o artesanal. Estuvieron condenados al estilo de vida y a los ritos sociales de aquélla en el vestir y en el presentarse, constantemente superiores a sus posibilidades efectivas. Algunos de los hombres provenientes de dichas clases se encaramaron, generalmente usando los peldaños de la política (...). Fue la suya una vida de íntimas angustias, celosamente ocultadas. Casas donde sólo el salón era accesible a las visitas y podía ser considerado como decoroso en contraste con la miseria de las habitaciones interiores (Basadre, 1970: 302).

Siguiendo a Foster, “este es un siglo paradigmático, ejemplar; en sus formaciones más profundas y significativas podemos ir a buscar nuestra propia realidad” (Foster, 1999: 344). Muchos de los escritores representan ese mundo y asumen una actitud contestataria sobre su realidad y compromiso de conciencia nacional.

En relación a lo literario el siglo XIX estuvo marcado por corrientes artísticas contradictorias: el Costumbrismo, Romanticismo y Realismo. En el Costumbrismo resaltan las figuras de Felipe Pardo y Aliaga y Manuel Ascensio Segura; en el Romanticismo, la figura de Ricardo Palma, y en el Realismo, Manuel González Prada, cuyo discurso crítico propugna ideales del Positivismo. La mayoría de los escritores tenían contacto estrecho, pues las veladas literarias de Juana Manuela Gorriti y Clorinda Matto y la conformación de agrupaciones intelectuales como el Círculo Literario lo permitían. Los escritores del XIX, en general, tomaban modelos de la literatura europea, pero ello no significa que los imitaron irrestrictamente. Los escritores tomaban aquéllos que resultaban convenientes a los proyectos nacionales. Benítez Rojo manifiesta que las novelas del siglo XIX “fueron nacionalizadas, entendiendo aquí por ‘nacionalización’ la expropiación de un discurso foráneo por súbditos (escritores) de una nación con la finalidad de transformarlo para que quede al servicio de ésta (la tradición literaria)” (Benítez, 1993:189). Por otro lado, en dicho siglo, si bien los escritores se inclinaron por una u otra tendencia literaria, no había grupos homogéneos que representaran tales movimientos artísticos. Muchas de las obras de éstos reflejaban por ejemplo rezagos del Romanticismo junto con el Realismo.

En efecto, los escritores hispanoamericanos, al tomar estos fragmentos de aquí y allá, de novelas viejas y nuevas, guiadas con frecuencia por utilitarismo donde la cuestión nacional guiaba más que el logro estético, no se ajustaron del todo a los cánones sucesivos que ordena la historia artística de Europa (Neoclasicismo, Romanticismo, Realismo, etc.). De ahí que Fernando Alegría hable de la presencia de un “realismo romántico” y de un “realismo naturalista” en la novela hispanoamericana (Benítez, 1993: 189).

Es así que muchos escritores del XIX no destacan por sus creaciones estéticas, sino por las significaciones sociales y culturales de sus obras. Su preocupación residía en la nación porque, como manifiesta Vera Nikolayevna, “todos concibieron las letras como un arma de lucha, instrumento de creación de sus patrias” (Nikolayevna, 1991: 2).

 

Mercedes Cabello de Carbonera

Mercedes Cabello tenía su propia concepción del quehacer literario, la cual plantea en su ensayo La novela moderna. Frente a la pugna entre el Romanticismo y Realismo, la escritora expresó su punto de vista ecléctico sobre dichas tendencias:

Las dos son igualmente imperfectas, por haberse colocado ambas, en extremos opuestos a donde se halla el hombre; es decir el objeto sobre el cual debe fijar la atención, para estudiarlo y conocerlo. (...) El romanticismo, con aquella superabundancia de vida y calor que le fueron propios, idealizó sus creaciones hasta tocar en la exageración. Hijo de la fantasía de ricas y poderosas imaginaciones, créase un mundo ideal y superior desdeñando mirar el mundo real (...). El naturalismo su antagonista, en el odio a su antecesora, descompletó al hombre, eliminando de él la parte más bella y noble (...) esto es el sentimiento y la pasión (Cabello, 1892: 4-5).

Se inclina más bien por la novela social: “Siempre he creído que la novela social es de tanta o mayor importancia que la novela pasional” (Cabello, 1892: 5), manifiesta. Su inclinación se debe básicamente al carácter moralizante de ésta y porque cree que a través de su lectura se produciría un cambio en los lectores y, por ende, en la sociedad. Ese cambio estaría apuntado a la enmienda de los males sociales que, según la escritora, son susceptibles de corregirse. En el prólogo de la novela Blanca Sol (1894) señala:

En el curso de ciertas pasiones, hay algo tan fatal, tan inconsciente e irresponsable, como en el curso de una enfermedad, en la cual, conocimiento y experiencia no son parte a salvar al que, más dueño de sus impresiones, es casi siempre, víctima de ellas. No sucede así en el desarrollo de ciertos vicios sociales, como el lujo, la adulación, la vanidad, que son susceptibles de refrenarse, de moralizarse, y quizá también de extirparse, y a este fin dirige sus esfuerzos la novela social (Cabello, 1894: II).

La producción literaria de Mercedes Cabello fue abundante si consideramos que en aquel tiempo el discurso masculino era hegemónico y la mujer estaba muy limitada en el campo intelectual. Esta escritora nació en Moquegua en 1842 y emigró a Lima cuando tenía veinte años de edad. Su participación en esta ciudad fue muy activa. No sólo participa en las famosas veladas literarias de Manuela Gorriti y luego en las de Clorinda Matto, sino que colaboró asiduamente en periódicos y revistas. Pero su voz no era considerada “autorizada”. Incomprensión que la condujo a un ostracismo social que terminando en locura.

Muchos críticos cuestionan su calidad artística pero reconocen su aporte a la literatura, como es el caso de Washington Delgado:

La obra de Mercedes Cabello es importante en el desarrollo de la literatura porque contribuyó al enterramiento de un romanticismo, que nunca fue cualitativamente muy fecundo, y también porque abrió nuevos caminos de aproximación a la realidad y estuvo sembrada de buenas intenciones sociales, políticas y morales. Lamentablemente, en relación a la coordenada que hemos denominado estética, su aporte fue nulo o francamente negativo (Delgado, 1984: 87).

En suma, fue una mujer de vida intelectual intensa que contribuyó mucho en la discusión cultural y social de aquel entonces. Sus obras prácticamente no han vuelto a ser editadas en el siglo XX. Es lamentable que esta figura haya sido olvidada por la crítica literaria, su revalorización hoy en día contribuiría significativamente a la discusión de la literatura peruana.

 

La comunidad imaginada en El conspirador

El análisis de la comunidad imaginada en El conspirador está organizado a partir de cuatro temas: patria, política, prensa y la mujer. Temas que permiten la caracterización de la comunidad imaginada que se presenta en la obra.

Patria

Como señala Benedict, la nación está asociada a la patria. Patriotismo es sinónimo de identificación con la nación y el patriota es capaz de dar la vida por ella sin el menor interés. Esta idea se percibe claramente en El conspirador, cuando el protagonista-narrador Jorge Bello hace alusión a los amigos de su tío, quien también fue un conspirador, aunque en la época independentista:

Los viejos amigos de mi tío y contertulios de mis tíos, habían sido también revolucionarios, de aquel tiempo en que este título simbolizaba patriotismo, valor y grandeza de miras; cuando se conspiraba para conquistar la independencia de la patria, dando fin con la dominación española (Cabello, 1892: 22).

No obstante, refiere estos hechos a un pasado, lo cual significa que en el hoy del personaje el patriotismo ha dejado de ser ese lazo afectuoso y desinteresado que está implicado en el concepto de nación. Por otro lado, la referencia a la independencia de la patria permite observar que a la nación se la concibe como soberana y que se lucha por erradicar cualquier dominación.

En El conspirador se percibe que la identificación patria-amor que primó en la Independencia ha sufrido una seria transformación en algunos “revolucionarios”. La revolución, que antes se concebía en términos patriotas, ahora se la usa para escalar posiciones sociales y obtener poder en favor de intereses personales y no nacionales:

Principiaba apenas mi razón a discernir, y ya escuchaba las interminables narraciones referentes a ponderar las aventuras encantadoras y alucinantes de cuantos revolucionarios habían subido por arte de encantamiento, a ocupar altísimos puestos, labrándose la más brillante y segura posición social. Y estos afortunados mortales, salidos de entre los más arrancados de la clase media, la clase revolucionaria, no descollaba más tarde ni por su talento ni por su patriotismo (Cabello, 1892: 18).

Política

La política en la comunidad imaginada de El conspirador se presenta como corrupta y los que la integran destacan no por sus dotes de futuros “administradores” de la nación, sino por su inmoralidad a la hora de ejercer la dirección de ésta. La política es el camino que se toma con la intención de “apropiársela”. De ahí que política-Estado estén asociados estrechamente. El Estado que se presenta está abarrotado por la burocracia, lo opuesto al proceso de modernidad. Jorge Bello, en sus digresiones mientras está encarcelado, lo retrata:

¿Qué es la autoridad para la industria? Es el fantasma temido que siempre la amenaza y jamás la protege: es el gigantesco pulpo, que se le enrosca, la estruja, la comprime entre sus largas y chupadoras manos, hasta extraerle una parte del producto de su trabajo (...). ¿Qué es la autoridad para el oficinista o empleado público? Es el padre tolerante y mimoso, que le perdona todas sus faltas, aun las más graves, eximiéndolo de impuestos, contribuciones y de cuanto pudiera modificarlo (Cabello, 1892: 36).

La oposición Estado-modernidad se refleja aun más en la siguiente reflexión del protagonista:

En el Perú no existe como en Europa la lucha del capital y el trabajo; pero sí existe la lucha del trabajo de unos, contra la holganza de otros (Cabello, 1892: 36).

Los que trabajan para el Estado son vistos como corruptos e ineptos y que han llegado a ocupar puestos, no por sus méritos sino por conveniencias. El protagonista rememora su cargo de ministro de Hacienda y reconoce que fue uno ellos.

Firmé más de un contrato ruinoso para el país, sin tener en cuenta más que la utilidad que a mí me reportaba (Cabello, 1892: 81).

Pues como señala él mismo:

Haré constar solamente que, ni mis méritos personales, ni mi lealtad de político, ni aun aquel supuesto valor de guerrero, fueron tomando en cuenta por los que me honraron elevándome hasta el Ministerio de Hacienda (Cabello, 1892: 78).

Una de las motivaciones por las que los hombres participan en la vida política es precisamente usufructuar ese “Estado paternalista” que les da todo a cambio de nada. Tanto el líder como los que lo apoyan actúan interesadamente:

Un jefe de partido es algo así como un comerciante; necesita dar para que le den, y antes que la justicia la conveniencia (Cabello, 1892: 83).

En El conspirador el prototipo político que se imagina está proyectado en la imagen del conspirador representado por un militar. La existencia de este personaje da cuenta de que en la comunidad imaginada de la novela se vive un ambiente de anarquía promovido por el militarismo propio del siglo XIX que Mercedes Cabello recoge y refleja en su obra. El conspirador que tipifica la novelista tendría su correlato en Piérola, no obstante, como señala Edmundo Bendezú siguiendo a Basadre, “el modelo histórico del protagonista de la novela, ha quedado muy lejos de la imitación como una figura muy grande y compleja para poder ser atrapada por la ficción de Cabello” (Bendezú, 1992: 82).

El papel de conspirador será asumido por Jorge Bello y por otro personaje anónimo a quien Bello seguirá de cerca en sus inicios de aspirante. A lo largo del relato se conoce la figura del conspirador por boca del mismo personaje. Así se observa que, en el caso del protagonista, la condición de conspirador ha sufrido una transformación: de un querer pasa a un no querer. Se podría decir que éste último punto es el que prima en la descripción del conspirador. De ahí la imagen negativa con la que se lo (y se) retrata y el carácter moralizante que adquiere su discurso. En un primer momento, el máximo anhelo de Jorge Bello es seguir los pasos de conspirador. Aquí estaríamos frente a un primer estado. Es probable que este ideal haya primado en los jóvenes de aquel entonces.

Llegar a ser un caudillo como él, adulado por los hombres y mimado por las mujeres, era la ambición más vehemente de mi alma (Cabello, 1892: 62).

La transformación a un segundo estado, el no querer, se da paulatinamente conforme va describiendo la imagen del conspirador. Bello nos presenta al conspirador que lo antecedió como un hombre de poco seso y hasta risible, con el disfraz de la valentía y habilidad del revolucionario verdadero.

Para dar ideas de los desaciertos del Conspirador, bastará decir que, estando frente al enemigo, y en vísperas de una gran batalla, se ocupaba, ¿en qué creen ustedes? ...pues se ocupaba en cambiar los vivos rojos de los vestidos de los oficiales por vivos azules. Y esto cuando faltaba el dinero para forjar balas y vestir a la tropa (Cabello, 1892: 64).

En base al análisis de la imagen del conspirador, el protagonista comienza a reflexionar sobre su propio rol de caudillo:

Con mi experiencia juvenil, no supe darme cuenta de que el Conspirador era el hombre menos apropiado para tomarlo por modelo, ni como militar ni menos como político; y si bien él hubiera sido un buen artista, no fue jamás ni estadista ni político de mérito (Cabello, 1892: 62).

Por eso manifiesta:

Toda la admiración y afecto que antes le tributé, trocáronse en desprecio desdén por ese vulgar caudillo (Cabello, 1892: 74).

Sus digresiones le sirven finalmente para extraer una lección que no sólo le sirviera a él, sino también a los otros miembros de su comunidad imaginada a través de su confesión y arrepentimiento.

Quiero publicar estas memorias. Quizá sean de alguna utilidad para mis contemporáneos; quizá puedan servir de ejemplo a aquellos que fascinados por las riquezas adquiridas fácilmente impulsadas por los especuladores que rodean a los hombres públicos, y extraviados por sus propias pasiones, crean como yo creía, que el camino seguro es el de los fraudes y las especulaciones, lleno de encrucijadas y peligros, y no el camino ancho y luminoso expuesto a todas las miradas, y asegurado contra todas las caídas (Cabello, 1892: 286).

Asimismo, se puede observar que el rol mismo de caudillo ha cambiado respecto al caudillo que luchó en la independencia. El conspirador del hoy es un político, pero corrupto y muy distante de la causa que le dio origen.

También el tono apelativo de su confesión hace que se produzca un “diálogo” entre el narrador-protagonista y el lector virtual. Diálogo cuyo propósito es la finalidad moral de su discurso.

—Si quieres y aspiras a llegar a la verdadera grandeza y prosperidad, sé leal y honrado en la vida pública, franco y honrado en la vida íntima (Cabello, 1892: 28).

En general, en la comunidad imaginada que se representa, la política no está bien dirigida y esta forma implica atentar contra los lazos fraternos y la soberanía de la nación. Por eso se acude al lector (obviamente del siglo XIX) para que viva la política en su real dimensión: servir a la sociedad. La autora creía firmemente que este tipo de novelas podrían cambiar las conductas sociales impropias.

—¡La política! ...¿Has aprendido al fin a conocer lo que es la política? ...¿Sabes acaso que sin ser más que el arte de gobernar, y dar leyes y decretos para la seguridad pública, puede ser también una lucha noble, sublime, si es que se defiende un ideal o un principio; así como es ruin infame si sólo simboliza la ambición de un conspirador? (Cabello, 1892: 281).

La prensa

En El conspirador se retrata el papel de la prensa lo cual permite caracterizar mejor la comunidad imaginada que se plasma en la obra. El periódico es uno de los medios efectivos que hacen posible la comunidad imaginada; a través de éste las personas pueden tener conciencia de la existencia de los otros miembros de su comunidad y saber incluso qué les ocurre, tener juicios similares sobre determinados sucesos sin haber intercambiando ideas, etc. Por ejemplo, Jorge Bello narra el efecto positivo que le causó la noticia de un periódico. Esa noticia que recibió con agrado será compartida con otro miembro de la comunidad imaginada al que el protagonista nunca conocerá:

Yo, que era uno de los que aguardaban esas conmociones políticas, escuché con grande regocijo la nueva dada por los periódicos que decían: Revolución en Arequipa. ¡El conspirador se ha proclamado Jefe supremo de la República! (Cabello, 1892: 60).

En el caso de El conspirador el periódico va a estar muy ligado a la política. Este hecho va a significar que muchos de esos medios tomen partido, sea de oposición o gobiernista.

Por aquel entonces, despertábase ya la censura en contra de los militares ignorantes e ineptos, que sin más título que su osadía, asaltaban la presidencia de la República y se adueñaban del poder. La prensa haciendo eco de la opinión pública, daba el alerta previniendo los ánimos contra los mandones de espada y kepí (Cabello, 1892: 93).

Sin embargo, otros medios apoyaban las campañas políticas de los militares. Se tenía conciencia del poder que la prensa ejercía en los miembros de la nación, que se fundaban periódicos sólo para defender una candidatura militar, como es el caso de Jorge Bello:

No necesito decir que fue necesario fundar un periódico. Un candidato sin periódico es como santo sin devoto (Cabello, 1892: 132).

El periódico alimenta la comunión de los miembros de una nación a través de informaciones. En el caso del conspirador el periódico va a ser el nexo entre él, sus seguidores y detractores; muchos que no lo conocen y no forman parte de su partido van a estar enterados de su existencia y movimiento e incluso su pensamiento político mediante las informaciones del periódico. En este sentido, la manipulación a través de este medio también es posible. Según confiesa el protagonista, usó a la prensa para lograr su propósito de llegar a la presidencia:

No hubo reunión política a la que yo no asistiera ni periodiquillo de oposición que se fundara, en el que yo me desataba contra ministros y perfectos y demás gente palaciega, a quienes detestaba convirtiéndolos en blanco de mis aversiones, tan sólo por considerarlos impedimentos u obstáculos a la realización de mis ambiciones (Cabello, 1892: 58).

La prensa no mantiene siempre una posición fija; ésta cambia de “color” según las circunstancias, lo que supone que la mentalidad de los miembros de una nación, teniendo en cuenta el arraigo de la prensa, la opinión popular, también cambie. Así como en un determinado momento apoyaron la candidatura de Jorge Bello, cuando cayó en desgracia lo atacaron. El propio protagonista lo narra:

Hasta mis apasionados amores con Ofelia fueron echados a la publicidad, para engrosar el catálogo de mis acusaciones. Yo era un hombre cínico, corrompido, que ni siquiera merecía ser escuchado en defensa propia, y a quien se le debía ejecutar como al más vil malhechor (...) con aquel entusiasmo al que gastaron para aplaudirme y adularme, me increpaban e insultaban, haciéndome el blanco de sus iras (Cabello, 1892: 227).

La misma novela evoca la comunidad imaginada en los términos que Benedict plantea, puesto que está dirigida a gente cuya identidad la autora desconoce. Sin embargo sabe de su existencia y trata de influir en su actitud sobre todo de los políticos jóvenes a través de la confesión de arrepentimiento que hace Jorge Bello. En el mundo real la autora es consciente de esa comunión aunque no tenga la menor idea de la identidad de sus lectores. Cabe resaltar que la novela como las otras de Mercedes Cabello se publicaron en folletín; ello da cuenta que los lectores compartían el mundo representado de la novela y muchas personas estaban a la expectativa del capítulo siguiente.

La mujer

A través de la caracterización de la mujer se puede deducir que Cabello refleja y critica a la sociedad limeña. Sobre todo retrata a las mujeres de clase media que en su afán de parecer aristócratas viven una vida superflua e hipócrita. Sin embargo presenta su contrapunto: valores familiares. El protagonista por estar refugiado en la casa de un amigo suyo, conoce de cerca a una familia conformada sólo por mujeres, quienes ni siquiera podían cubrir sus necesidades básicas y ocupaban su tiempo en las modas, en los noviazgos, en los matrimonios mal avenidos. Su falta de solvencia económica no las impulsaba a buscar un medio digno, por “vergüenza”, sino que recurrían a estrategias que eran realmente vergonzosas; por ejemplo para obtener algo de dinero “hacían rifas de joyas o encajes, o demandaban limosnas pretextando socorrer a los pobres. Su proximidad con las familias aristócratas las pusieron al abrigo de toda sospecha respecto a estas estafas” (Cabello, 1892:124). Esta situación se torna más patética cuando esta familia recibe una herencia y en vez de utilizarla gradualmente, la despilfarran; lo que significa que la apariencia en muchas mujeres y familias del siglo XIX constituía un “valor” prioritario.

Y lo que hay de curioso en la vida de estas mujeres es que, después de haber apurado tan crueles humillaciones y continuadas angustias para sostener su falsa posición social, llegó un día en que por dicha suya les cayó, como llovida del cielo, una inesperada y regular herencia; y entonces en vez de asegurar bajo siete llaves esa fortuna, que las ponía al abrigo de la miseria, colocándolas en esa a la vez feliz tranquilidad medianía; ellas se dieron a la vida fastuosa y derrochadora (...) volvieron muy presto a sus atrenzos pecuniarios y a sus visitas con los estómagos escuálidos (Cabello, 1892: 125).

Este hecho demuestra que algunas mujeres, en vez de mostrar su valía, contribuyeron a alimentar el prejuicio masculino que imperaba en el siglo XIX y aun actualmente en menor medida, la de considerar a la mujer “incapaz” de desenvolverse en el campo político, intelectual, etc. La propia Mercedes fue objeto de burla por parte de algunos intelectuales que veían con malos ojos la participación de la mujer que se atrevía a incursionar en discusiones, hasta ese momento, reservadas sólo a los hombres. Tamayo cuenta que Juan de Arona satirizó grotescamente a Mercedes Cabello y llegó a trastocar su nombre y apellidos llamándola “Mierdeces Caballo de Cabronera”.

En El conspirador la voz de la escritora es manifiesta a través de las constantes digresiones del narrador protagonista. Su posición frente al rol de la mujer en la sociedad no se limita a los quehaceres domésticos. Ella reconoce esas actividades como aspectos femeninos; sin embargo cree que su accionar no debe ceñirse sólo a eso, considera que la preparación académica de la mujer es fundamental para liberarse de los males sociales que sufre.

El amor es una manifestación de la actividad del alma, y es posible neutralizar su ardor con la actividad corporal o la ocupación intelectual. La mujer siente el amor con mayor vehemencia no tanto a causa de su sensibilidad sentimental cuanto a causa de su vida inactiva y desocupada (Cabello, 1892: 175).

No obstante, el desarrollo intelectual de la mujer no sólo había de conducir al mejoramiento de sí misma ya que “hasta en el destino del hombre público, siempre es la mano de la mujer la que traza la senda que infaliblemente debe seguir” (Cabello, 1892: 149). Aquí se aprecia la relación mujer-nación; puesto que el hombre público básicamente es el político u hombre de Estado y su quehacer es la conducción de la nación, entonces la participación de la mujer en asuntos nacionales, aunque indirecta, es decisiva al influir en aquél. Jorge Bello es un ejemplo. En sus últimas campañas políticas Ofelia, su compañera de notable inteligencia, influye en sus decisiones. Ella prácticamente asume la dirección del partido de Bello conformado por varones a tal punto que la llaman la Coronela Bella. Pero, en este caso, el fin del caudillo y de Ofelia será trágico: ambos habían incurrido en faltas morales. Ofelia era una mujer casada y se había unido a Bello rompiendo las reglas sociales y las religiosas. Ello quiere decir que para Mercedes Cabello la inteligencia de la mujer tiene que complementarse con la moral. Se defiende la liberación de la mujer pero no el liberalismo. De ahí que escuchamos lamentarse a Jorge Bello por haber perdido a Lucía, una mujer poseedora de inteligencia y virtudes quien, además, estuvo enamorada de él:

¡Ah! Ella murió bien pronto, y yo entonces no supe valorizar que pudo ser el ángel que debía salvarme; la madre de familia, el centro de un hogar que para el hombre público es cual fértil árbol, que ahonda allí sus raíces para dar más tarde magníficos frutos (Cabello, 1892: 45).

Así, se presenta un contrapunto de figuras femeninas: una representada por Ofelia que no tomó en cuenta las reglas sociales y morales, y la otra encarnada por Lucía en quien la conjunción moral-inteligencia se complementaban óptimamente. Ernesto, el amigo de Jorge Bello, reconoce estos dos tipos de mujeres y las describe en una conversación que sostienen:

—Cuidado, cuidado, señor político, que hay mujeres que son como una bala de a trescientos atada a los pies de un candidato; lo hunden ni más ni menos que si se hallara en medio del Océano.

—Sí, es cierto; pero también hay mujeres que elevan al hombre que aman y saben identificarse aun con los más grandes (Cabello, 1892: 163).

La tía de Jorge Bello tuvo, también, un esposo caudillo quien seguía sus consejos casi como una orden.

Parece que ella, con ese ineludible dominio que la mujer peruana ejerce tanto sobre su amante como sobre su esposo, habíale planteado tiránica disyuntiva, diciéndole: —La silla o el patíbulo —esto como quien dice: arrostra los peligros y desafía la muerte (Cabello, 1892: 18).

La mujer entonces ocupa una posición vital no sólo en el seno de la familia sino también en el de la nación. La escritora, en El conspirador, como en sus otras obras, promueve el desarrollo intelectual de la mujer sin que esto implique abandonar la administración del hogar y el cuidado de los hijos. Aboga más bien por la preservación de una familia constituida por valores sólidos. Por eso que Jorge Bello no ve con buenos ojos su propia crianza.

Perdónenme mis buenos parientes; pero yo por experiencia propia creo que la mayor desgracia que a un hombre puede acontecerle es el haberse educado rodeado de una familia de solterones y mujeres sin hijos (Cabello, 1892: 10).

Asimismo, se observa que la crianza familiar determina el futuro de las personas; por ello se critica a las familias que educan a sus hijos con excesivo cariño. Mercedes Cabello ve en esta actitud la causa de unos de los problemas de la burocracia:

La empleomanía, esa plaga social, esencialmente peruana, toma su origen único e inevitable, en la pésima educación que en el Perú se da a los niños. Educados para vivir al calor del hogar, y en las blanduras del cariño, son inhábiles para arrostrar las rudezas de la vida campestre, o las duras tareas de la vida comercial e industrial (Cabello, 1892: 11).

 

A manera de conclusión

La novela efectivamente evoca la nación como comunidad imaginada cuya comunión es alimentada básicamente por la prensa. Asimismo, se la considera soberana; pero en El conspirador la soberanía está constantemente amenazada por fuerzas militares internas. También los lazos fraternos que definen a una nación están presentes, sin embargo, esa fraternidad en muchos casos se ha resquebrajado por intereses personales.

Lo anterior significa que la nación peruana en el siglo XIX vivía una situación similar, por eso, Mercedes Cabello la retrata en su obra con la finalidad de criticar y moralizar a la sociedad de aquel tiempo.

Toma a la literatura como su arma de lucha porque creía fervorosamente que ésta influía en las personas, sobre todo, cuando se refería a factores sociales. Es así que la propia Cabello al publicar sus obras evoca también la comunidad imaginada en la medida en que se dirigía a personas (lectores) que ella no conocía ni los conocería pero era consciente de su existencia y de una existencia limitada ya que eran lectores del Perú.

Es necesario rescatar el discurso de esta escritora, no sólo porque una voz femenina se impuso en su época rompiendo las limitaciones que la mujer tenía en aquel entonces para expresarse libremente sino porque dicho discurso tiene mucho vigor y cobra vigencia en el contexto contemporáneo.

 

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