Artículos y reportajes
“El sueño de Dakhla (poemas de Umar Abass)”, de Manuel MoyaY el río va

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Algaida ha editado el libro El sueño de Dakhla, atribuido al poeta saharaui Umar Abass, con poemas que hablan del exilio y de la tierra perdida desde una evidente actitud moral, sin renunciar por ello a una atmósfera intimista, a un ámbito propio. Umar Abass nace en Ad Dakhla (Sahara Occidental) en 1942. A los dieciocho años se traslada a París, donde permanece hasta rozar la treintena. Posteriormente se incorpora al Frente Polisario y es detenido en su ciudad natal. Tras un corto periodo carcelario es expulsado del país y se instala en Damasco, ciudad que abandona para incorporarse como combatiente a la lucha que libra su pueblo. No sólo participa en la proclamación de Bir Lehlú, sino que en ese período sufre heridas en combate. Desde 1987 vive entre Madrid, Tindouf y Kirsehir ligado a organizaciones humanitarias pro-saharauis e impartiendo cursos universitarios. Ha publicado el libro de viajes Por el camino de Luhr (Ed. Izmir, 1996), fruto de su viaje a pie por el norte de Irán y traducido por poetas sufíes como Rumi, Sadi y Feridu-d-Din al castellano. Su poesía escrita entre 1977 y 1998 es recogida por la prestigiosa editorial L’Harmattan (París, 1999) bajo el título de Tregua / Trêve. La obra El sueño de Dakhla abarca sus versos desde esa fecha hasta 2005.

Sus poemas son como más de una vez hemos soñado que tendría que ser la Poesía: pura esencia. El titulado Abu Nuwas dice: “Hay tardes en que siento, aquí, en mi corazón, el río, / lo siento como siento que soy viejo. / Pero ajeno a mí, el río pasa y pasa, / mientras la tarde deja en las orillas una luz tibia, / olor a lodo, a flores muertas. / Sí, es este el río, / el que llega en las sombras, / el que muele las sombras, / el que arrastra las sombras”.

En otro advierte: “Si así lo quieres, / cubre el cielo de tinieblas / y azota las cumbres y enfurece a los ríos, / pero apiádate de esta casa / que he alzado por tres veces / de la furia y la sevicia de los hombres. / Nada conozco más frágil que estos muros / donde un mísero fuego cada noche / me calienta y me da luz, / así que hazme el favor, / pasa de largo / y de castigar castiga las murallas del alcázar, / que se alzaron para desafiar al mundo, / y no a mí, que a nadie desafío”.

En un tercero: “En mi casa espero la vuelta del sol, el viento / que hinche las sábanas, / las bruscas nubes de la primavera. / Me entrega la casa su seco mendrugo y la inquietud / de quien en ella ha visto anochecer / en una cadencia que no es nueva. / Ajena a la memoria, me tiende sus paredes (¿porque en ella / está lo que yo busco, lo que en vano busqué / en remotas aduanas? No lo sé) / Yo la oigo, como se oye al niño que llora en la memoria, / como se oye un río bajo la densa arena. / Y digo ‘mi casa’ pero debiera decir que soy suyo, / la parte de mi casa que baja a por tabaco, a por naranjas / la parte que mañana, mañana mismo, / se sube a un avión y ya no vuelve. / Yo hice esta casa. Ella me ha hecho. No estamos en paz”.

Parecen beber estos versos de uno solo que leí hace años: “Si el río quisiera obedecerme”, escrito por el poeta Manuel Moya, quien, por cierto, acaba de obtener con este libro el Premio Vicente Presa de Poesía.