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La mujer del velo negro

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La mujer del velo negro me hacía sentir muy nervioso cada vez que me miraba. No era tanto por los alaridos que profería y que se sentían como lanzas envenenadas entrando por mis oídos, sino por la manera intensa en que sus ojos se posaban en mí, como si quisiera trasmitirme un mensaje con esos breves vistazos. Cada vez que lo hacía, me daba la sensación de que la conocía de alguna parte.

Eso de los velorios se había convertido en una especie de reunión social un poco más pomposa. Sobre todo, si se tomaba en cuenta las zonas en donde usualmente se encontraban las casas velatorias, al menos en esta ciudad. Cada vez que me encontraba un velorio en la vía, no dejaba de entrar y acompañar a los deudos sólo por la motivación altruista de la solidaridad, del amor que de alguna manera sentía les brindaba aun sin conocerlos y que sin lugar a dudas, agradecían enormemente. Eso mismo me sucedió con esta reunión mortuoria, aunque particularmente en esta oportunidad, sentía una conexión aun más intensa a cualquier otra que haya tenido en el pasado.

Recuerdo que entré y lo primero que me sucedió, marcando la originalidad de esta ocasión, fue que no me dirigí directamente a ver al occiso, como comúnmente hacía de manera obsesiva. Por alguna razón algo me lo había impedido, y digo “algo”, porque sería muy aventurado pretender asegurar que fue una fuerza, una persona o una energía.

Al haberse roto mi acostumbrado proceder, se había quebrado mi mente, patológicamente estructurada, y no me quedó otra salida que improvisar algún tipo de ardid, y en la brevedad posible, tratar de insertarme en algún grupo de los que habían esparcidos en la sala, con la única finalidad de completar mi cometido de visitador mortuorio. Desde allí vislumbré a lo lejos, cerca del lugar donde se situaba el féretro, a la mujer de quien les hablo. Era una mujer muy elegante, de edad indefinida, y se veía sin lugar a dudas que sufría considerablemente. Se podía inferir, por la vehemencia de sus gritos, por su lenguaje corporal y por su ubicación al lado del difunto, que era uno de sus principales deudos. Quizá su esposa o su madre, su hermana o tal vez una tía muy querida. Desde ese momento, me ponía muy nervioso cada vez que por alguna razón volvía su cabeza en uno de los hiatos de su justificada histeria y su mirada tocaba la mía. Tal vez ella era el “algo” que me impedía ir hasta allá y observar cara a cara al fallecido.

La sala estaba tan oscura y fría como el paladar de una momia. Pormenor que no sé si obedecía a algún efecto de ectoplasmia o simplemente una mera casualidad.

Mientras caminaba por el pasillo principal sin rumbo fijo, un empleado de la funeraria, vestido con un traje negro que gritaba las mil posturas que traía sobre esa misma piel, me ofreció sopa de pollo y chocolate caliente que sin lugar a segundos pensamientos, era una de las pocas cosas agradables y esperadas de cualquier velorio. No puedo dejar de recordar al señor encargado de llevar esas delicias, que me detuvo y me las ofreció más que por un gesto de servicio, como una responsabilidad exigida y salpicada del tedio que daba el hacerlo cientos y cientos de veces. A esa hora y con esa gente de visita, esos trabajadores silentes y siempre fieles jurarían que le estaban sirviendo a la misma gente de siempre, como si el muerto falleciera muchas veces y la misma muchedumbre viniera a rendirle un último adiós una y otra vez.

En el primer grupo de personas al cual me adherí se decían cosas extremas del muerto. Lo describían como una persona hostil, sin tacto, déspota. Creo haber oído que hasta agradecían que hubiese muerto y que de esa manera, su entorno se transformara en algo mucho más tranquilo y feliz. No salía de mi asombro al pensar que pudieran hablar del fallecido en esos términos y en su propio velorio. ¿Para qué vinieron, en primera instancia? ¿Qué clase de hipócritas de marca mayor eran estos “amigos”? Me levanté muy consternado. Contribuyó a mi desagrado el joven que, al levantarme del asiento, se incorporó junto conmigo, por esas casualidades del destino, y me tropezó sin pedir disculpas. Me vio frente a frente con su cara palidecida, visiblemente asustada, y partió por el pasillo acariciando el umbral de la carrera, desapareciendo en el fondo del edificio como un fantasma buscando su nicho.

A unos cuantos metros más adelante, me logré colar en un sillón donde un grupo de personas, un poco más concurrido que el anterior y bastante más animado, me acogió tácitamente. Creo haber oído risotadas cuando entré al salón y de hecho, provenían de esa gran butaca. De haber sido así, es parte del melancólico ritual de la pérdida y debe existir un grupo de personas que, en reuniones como éstas, se ría de vez en cuando e inunde la sala con el néctar de la fe, que es precisamente lo que hace falta en un lugar y una circunstancia como esa. Ellos, contrario a los otros, hablaban del difunto en los mejores términos: “Qué bueno era”, “Qué bien trató a sus hijos”, “Qué lástima que se nos fue”, “No era justo que se marchara así”. Muchas cosas que a cualquiera le encantaría oír en su servicio funeral. Entiendo que es normal esperar de la gente algún tipo de comentario benévolo en tu propio funeral y una de las razones quizá que me impulsaba a entrar a cuanto servicio funerario me encontraba por el camino, era el llegar a entender un poco, qué podría decirse de mí a la hora de mi muerte. Mi ausencia tiene que traer algún tipo de pensamiento, algún tipo de reflexión sobre mi vida y obra, si es que algún día habrá vida y obra en alguien como yo. De cualquier manera, no sería justo pasar por la vida e incluso la muerte, como una hoja seca que bambolea de aquí para allá mientras el viento cansado de ella y de su danza inútil, la deja caer en el más total y absoluto abandono; y ella, ya separada de su suplidor de vida, muerta, vuelve a morir al caer a un suelo que no le da la bienvenida y que, lejos de eso, la aborrece y la repudia. Así no quiero terminar mis días en la tierra, pero me desespera el no poder controlar lo que vendrá; de hecho, nadie es capaz de responder una simple pregunta como: ¿qué hablarán de ti en tu propio velorio?

La reunión estaba tan amena que era una lástima tener que darse cuenta, de cuando en vez, el motivo de ella; de otra manera, se hubiese desvirtuado por completo el móvil de la misma y seguramente, perdería el encanto. Más lastimosos aun eran los alaridos estériles de la mujer de luto, que no dejaba de mirarme durante sus pequeños descansos guturales. ¿La conocía? ¿Qué quería de mí? De hecho, me parecía conocida pero no la ubicaba, aun por más esfuerzo que hacía.

Las horas pasaban y yo seguía confundiéndome en el sopor de la pérdida colectiva, que aunque ajena, la sentía como propia.

Fui un momento al baño para refrescarme. Quería despejar un poco mi cabeza del cansancio y de alguna manera, retirarme aunque fuese por un momento del ambiente de lamentaciones que lógicamente se respiraba en el recinto. Aun en el baño, se oía el llanto y los gritos desgarradores de la mujer, a pesar de encontrarse bastante lejos de la sala principal.

Cuando salí del baño, noté de inmediato cómo se había ido gran parte de la gente. La diferencia en la cantidad de deudos (asumiendo que todos lo eran) entre el momento en que salí de la sala y este, era tan obvia, que dudé si había vuelto al mismo funeral.

Mientras caminaba por la sala, un poco errante, bordeando algunas personas que preferían pasar la velada de pie por razones que aún desconozco, oía una gran cantidad de comentarios, afirmaciones buenas y no tan buenas con respecto al extinto. Al parecer, seguían sorprendiéndome esos comentarios. Era evidente que no me daba cuenta de que esa era una de las principales razones del ritual de la pérdida. ¿No era lógico? ¿Por qué me extrañaba ese tipo de acotaciones por más negativas que fuesen? ¿Es que acaso no era ese el móvil de la reunión, o yo no comentaría algo así en un momento como ese aun siendo ciertos los comentarios? Me impresionó mucho el chiste picante que contó una señora de aproximadamente ochenta años y que fue el promotor de las risotadas más fuera de lugar en toda la noche. Tanto fue, que varias cabezas voltearon para ver qué sucedía, con caras graves y extrañadas. Por supuesto, las risas se fueron extinguiendo poco a poco dando lugar a un solemne silencio que tomaría su lugar y pocos segundos después, los murmullos de rigor que harían volver a la normalidad toda esta coreografía de normas que eran características de cualquier cortejo fúnebre decente.

Empecé a sentir, o mejor cabría aclarar, empecé a notar un cansancio inexplicable que poco a poco se apoderaba de mí, haciendo que mis brazos los sintiera tan pesados como un yugo de plomo. Obviamente, no podía pedir menos, tenía más de dos días trabajando sobre tiempo y durmiendo escasas cuatro horas diarias. Era más que evidente el cansancio pero, ¿por qué ahora se estaba manifestando tan evidente y precisamente aquí?

Me senté de nuevo en el sillón (¿les dije que era de color vino tino con unos botones enormes?). Ya había aun menos personas y reparé en el hecho de que estaban saliendo del recinto muy poco a poco. Por alguna misteriosa razón pensé en un reloj de arena. Siempre me intrigó ese mecanismo, tan exacto, tan severo, tan verdugo, tan básico y tan perfecto a la vez. Grano a grano, la arena del reloj, mientras cae perfecta e inmutable, va devolviendo la esperanza o agudizando el temor, va definiendo la hora o acercando el sufrimiento, va indicando al sol cuándo aparecer o va invitando a la muerte a cenar en casa. Veía cómo la gente en aquella capilla velatoria se iba retirando muy poco a poco, eventualmente dejando solo al difunto, enfrentándolo a su infranqueable destino. Todo eso me hacía recordar a un reloj de arena.

Ya muy tarde en la madrugada, podía contar con los dedos de una mano las personas que aún permanecían allí. Curiosamente, ninguno de los fieles deudos que estuvieron toda la noche alrededor de la urna, permanecían en su sitio. Sólo se veían las sillas vacías, sirviendo como testigos de una espera casi insoportable. Incluso la mujer del velo no estaba. Me extrañó, pero simplemente, no estaba. Cada vez más sentía el cansancio que me dominaba y seguía sin entender por qué.

Ya al final de la noche, cercano al despunte del amanecer, algunos pequeñísimos rayos de sol entraban por una pequeña ventana del pasillo, situada al este del edificio, que conectaba la sala mortuoria con el lobby de la entrada. Dichos rayos impregnaban de esperanza el recinto, creando una total incoherencia con todo lo que allí se veía. Ya no había nadie, sólo el vigilante de la capilla que lo había visto pasar desde la cocina y se había internado en una de las salitas adyacentes a la principal, supongo que para dormir un rato. Me saludó cortésmente con un ligero movimiento de su cabeza mientras se llevaba a la boca una taza con algo caliente, detalle que inferí por el humo que salía de ella y a la vez, desaparecía por la agonizante oscuridad del pasillo que aún no era completamente bañado por los rayos dorados que seguían entrando sin pedir permiso.

Ya mi cuerpo no me respondía como hubiese querido y en ese momento, obedeciendo a una urgencia de una incomprensible naturaleza, decidí ver al muerto. Prácticamente como pude, casi a rastras por el cansancio inexplicable que me embargaba, caminé, gateé, me arrastré hasta el pequeño apéndice del salón en donde se encontraba el féretro. Muy poco a poco, mientras me iba acercando, me debilitaba aun más y, ya prácticamente debajo de la urna, intenté literalmente trepar por ella, y cuando después de un gran esfuerzo me incorporé, erguido, vi dentro de la urna y no había nadie, no había nada. No había cadáver, no había nada ni nadie dentro del ataúd.

El sol empezaba a bañar el recinto, vertiéndose a través de todas las rendijas que encontraba a su paso, como pequeñas cascadas sin control, cuando aún parado al lado de la urna vacía, sin salir de mi asombro, escuché una dulce voz que me hablaba a mis espaldas y me decía:

—Tienes que volver al ataúd. Ya es hora de llevarte a tu destino.

Mi sorpresa fue aun mayor cuando, al volverme, descubrí que la persona que me hablaba tan dulcemente era la mujer del velo negro.