Para un extraño amigo, con mudo agradecimiento...
En algún momento de nuestras vidas hemos tropezado con extraños que, por una razón u otra, consideramos perfectos. Unos meses atrás, volví a encontrarme con uno de ellos. Lo descubrí hace ocho años. La mañana siguiente en que lo vi por primera vez, desperté sintiéndome diferente. Su imagen acudió a mi memoria de manera instantánea, en lugar que cualquier otra vivencia. Sin embargo, ahora puedo ver cómo con el correr del tiempo, cambian nuestras ideas y necesidades, mas hay emociones que perduran.
Una noche de fin de semana, pasé por el restaurante de una amiga a saludarla, y para mi sorpresa, lo encontré haciendo parte de un grupo que departía animadamente en el local. Al escuchar su voz a intervalos dirigiendo frases llenas de amabilidad a sus compañeros de mesa, logré cerciorarme: era él.
De pie, a un costado de la barra del bar, hablaba con mi amiga; la posición me alejaba de las miradas de los comensales, los cuales podía observar reflejados en el espejo de la pared del fondo. Creyendo que mi cara me delataría, le dije que allí se encontraba mi amor platónico en la época en que terminaba la universidad. Con un gesto disimulado, ella pide que se lo muestre. También lo notó. Corroboré por qué lo encontré perfecto, al hacerle ella un cumplido muy bogotano: “Es chusco”. Sin duda lo es, a su peculiar manera. Más allá de la simple impresión física, es lograr conectarse con lo que la persona transmite de sí misma a los demás, y hay que hallarse lo suficientemente receptivo para poder captar ese encanto. Él ignora e ignorará por qué una desconocida con la que coincidió en varias ocasiones, afirma sentir algo así, porque no se quiere lo que no se conoce. Alguna vez fuimos presentados, ya no recuerdo cómo fue estrechar su mano en ese instante único, pues todo sucedió demasiado rápido. Vagamente logro evocar que se le veía un poco tenso; por mi parte, sonreí y traté de mostrarme segura, aunque sentía las rodillas derretidas.
En el portal de Internet Sepiensa.org encuentro una acertada definición de lo que representa el concepto de amor platónico, que no entra en discusiones filosóficas: “El amor platónico es, no el amor al ideal de una persona, sino el amor a conocer a una persona y a la sabiduría de esa misma”.
¿Será que todavía somos capaces de ver lo bello que hay en cada ser humano que nos rodea? Porque todos sin excepción somos sujetos de belleza, ésta reside en el interior de cada uno, y es más o menos perceptible en razón de lo poco o mucho que dejamos ver de nosotros mismos al mundo. Poder ver esa belleza es también cuestión de esperanza, la que en este tiempo se encuentra tan revaluada. No confiamos ni siquiera en nosotros, en nada, menos en los demás. Hoy todo es desechable, cero compromisos, sin ataduras ni cadenas que arrastrar. Al vivir tan desligados, ajenos hasta de nuestros más allegados, cada vez más se nos dificulta establecer nuevos vínculos. Por esto, de acuerdo a lo planteado por Erich Fromm en su libro El arte de amar: “Conocemos a nuestros semejantes y, sin embargo, no los conocemos, porque no somos una cosa, y tampoco lo son nuestros semejantes. Cuanto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo que es ‘él’ ”.1
Más extraordinario que tornar cercanos a esos extraños, es el hecho de que siempre habrá uno en especial, que vuelva a nuestra mente de cuando en cuando; pese a que puede que le sigan otros en mayor o menor grado de características similares que los distingan en nuestro concepto, del común de la gente. Habrá algunos con los que se intercambien palabras, dejando la sensación de querer ahondar más en su trato, y otros a los que nos una un océano de silencio. A éstos anhelarás encontrártelos en una situación que posibilite romper el hielo, tal como quedarse atascados dentro del mismo ascensor, o durante una espera casi interminable como puede ser la de una fila de clientes que esperan para hacer un reclamo en oficinas de servicios públicos. Si la oportunidad definitivamente no se materializa, es factible comprender cuando Gustav Aschenbach concluye asumiendo su condición de enamorado del adolescente Tadzio, en La muerte en Venecia: “Nada resulta más extraño ni más irritante que las relaciones que se establecen entre hombres que sólo se conocen de vista, que diariamente, a todas horas, se tropiezan, se observan, viéndose obligados, por la etiqueta o por capricho, a no saludarse ni cruzar palabra, manteniendo el engaño de una indiferencia perfecta. Se produce entre ellos una inquietud e irritada curiosidad. Es la historia de un deseo de conocerse y tratarse insatisfecho, artificiosamente contenido, y, en especial, de una especie de estimación exaltada. Pues el hombre ama y honra al hombre mientras no puede juzgarlo y el deseo se engendra por el conocimiento defectuoso”.2
Thomas Mann, creador de los personajes citados, fue sabio conocedor de esta clase de vibraciones. En La montaña mágica, Hans Castorp y su primo Joachim Ziemssen se encuentran presos de sus respectivos temores sobre el particular. Sólo circunstancias excepcionales, como la noche de Walpurgis, en el caso de Castorp, permitirán que le hable a Clawdia Chauchat, utilizando el pretexto de pedirle prestado un lápiz, argumento recurrido en sus años escolares para acercarse a su compañero de ojos tártaros, Pribislav Hippe; ojos iguales a los que encuentra más tarde en el sanatorio Berghof y que inciden en la transformación de su estadía de tres semanas en siete años.
Madame Chauchat se da cuenta de sus intenciones mucho antes de que éste se atreva a dirigirle la palabra, disfrutando del poder que ejerce sobre él. Mann describe los momentos previos y concomitantes a ese definitivo encuentro con original sarcasmo: “La mujer del tricornio de papel le miró de arriba abajo con una sonrisa que no revelaba piedad alguna ni inquietud ante aquella cara desencajada. Ese sexo no conoce tal piedad ni tal inquietud ante los destrozos de la pasión, de ese elemento que por lo visto le es mucho más familiar que al hombre, el cual, por naturaleza, no puede soportarlo y esto produce a la mujer, cuando lo comprueba, una satisfacción burlona y maligna”.3
A diferencia de su primo, el teniente Ziemssen, enamorado en secreto de Marusja, la sonriente portadora del pañuelo impregnado de esencia de naranja; espera a que sea casi demasiado tarde para un acercamiento. El último día en que es capaz de mantenerse en pie, se decide a conversar con ella. Justo antes de iniciar la travesía que lo llevará “como un soldado y como un valiente” hacia la muerte.
No sé si fui descubierta, o si la intuición de la gatita rusa del Daguestán la comparte el personaje que viste pantalones chinos y camisa blanca, adecuados para este clima. No esperaré, ya Joachim lo hizo suficientemente luego de saberse la rutina empleada por Marujsa —la risa ahogada con el pañuelo— de memoria. Aquí, la distancia me aleja de cualquier olor, sólo permite divisar las latas de Red Bull en la nevera del bar, acerca de las cuales reconvienen a su dueña para no venderlas por encontrarse prohibidas en Francia; pero no estamos en el “Zauberberg” en Davos, Suiza, sino en el trópico, un Caribe en el que si alguien logra soportar su temperatura e idiosincrasia, podrá sobrevivir en el lugar más inhóspito del planeta. El calor me obliga a tomar acciones, a ver las cosas con los lentes de la realidad, en vez de espejismos que se aparecen en el desierto para confundir hasta perder el rumbo. Es así que, por todo lo anterior, más que extraños perfectos, reconozco a quién encontré y a mí tan sólo en la categoría de perfectos extraños. La gracia de lo incógnito, el deseo de acercarse a la llama cómo si fuésemos mariposas, en algún momento se desvanece, de vuelta a tierra firme, sin amargura alguna: “Las cosas hermosas no tienen repetición”, leí en una vieja novela de Vicky Baum. Llegó el momento de decir hasta siempre. Había salido del restaurante pues la hora pactada para encontrarme con un grupo de amigos en otro sitio dando vuelta a la esquina se cumplió, necesaria. Los busqué en vano y me comentan a través del móvil que se atrasaron, pero pronto llegarían para celebrar el cumpleaños de Juan el argentino. Al ser casi medianoche encontrándome sola en un sector un poco peligroso para una mujer con cartera y teléfono celular deambulando por la avenida donde se encuentra buena parte de los sitios de diversión nocturna de la ciudad, decidí que era mejor regresar a lo seguro. Volví al local. Todavía se encontraban allí, la única diferencia fue que mi amiga y yo nos quedamos en la puerta, conversando con una clienta que había salido a fumarse un cigarrillo, mientras le pregunté, creando mi propia cortina de humo, si la flor que lucía en la oreja era una veranera o una flor de La Habana. Resulté conociendo hace varios años a su prima, porque una vez le compré un frasco de mermelada de patilla gourmet para regalar. A la mesa del extraño llevan, directo desde la cocina, un humeante plato de cous-cous, como el que invita a comer Sabrina a Linus en la versión de la película dirigida en 1995 por el fallecido Sidney Pollack; en la que vemos con claridad este fenómeno con todas sus aristas. Una vez en París, la hija de Fairchild el chófer, debe desprenderse de la sombra del enamoramiento que siente por David Larrabee, del cual todos cuantos la conocen están al tanto y él ni siquiera se da cuenta. Una de sus mentoras le da un valioso consejo: “Las ilusiones son personajes peligrosos, no tienen defectos”. Al regresar a casa y experimentar en carne propia el modus operandi del conquistador incorregible que es, acepta la situación sin pasar por alto el lugar importante que ocupa en su alma, para poder seguir adelante. Aunque no sé cómo se porta éste, será así cómo saldré adelante también. La idea me llegó después de dejar un mensaje a quien me acompañaba en el año 2000, cuando nos tropezamos a esta especie de David del cual ignoro si es o no un tarambana. Tal vez el momento de despejar la duda no sea ahora, o no lo sea nunca. Hay que hacer caso a la buena voluntad que todavía reside en una misma. Entre todos los amores que pueden tener cabida en la vida, el primero, el más curioso y trascendental, esa noche moriría para dar paso a quién sabe qué nos depare el camino, con los brazos abiertos. Nunca lo olvidaré, tal vez si me lo vuelvo a encontrar me arrancará una sonrisa, y ya el pulso no se me acelere.
Notas
- Fromm, Erich. El arte de amar. Colección Popular. Ediciones Skala. Pp. 38-39.
- Mann, Thomas. La muerte en Venecia. Círculo de Lectores. Bogotá. 1982. P. 63.
- Mann, Thomas. La montaña mágica. Plaza & Janés. Barcelona. 1983. P. 333.