El escritor y ex diplomático Miguel Serrano, uno de los máximos exponentes de la “Generación del 38” y figura principal del nazismo chileno, murió el pasado sábado 28 de febrero en Santiago, a los 91 años, a causa de un derrame cerebral.
Sobrino de Vicente Huidobro, Serrano fue autor de varios libros como Quién llama en los hielos, La flor inexistente, Ni por mar ni por tierra y Las visitas de la reina de Saba, este último prologado por Carl Jung. Sin embargo, en los últimos años su trayectoria literaria estaba prácticamente olvidada y se le consideraba sobre todo un extravagante defensor del nazismo, ideología a la que se adhirió a raíz del impacto que generó en él la Matanza del Seguro Obrero en 1938, cuando en el gobierno de Arturo Alessandri se asesinó a sesenta jóvenes nazis.
Su radical posición política lo llevo a hacer apariciones públicas en aniversarios vinculados a Hitler o a la mencionada matanza, siempre vestido con un abrigo de cuero negro. Pero, diplomático de carrera hasta 1972, fue embajador de Chile en India, Austria y Yugoslavia, y contó entre sus amigos a Jung, Jawaharlal Nehru, Indira Gandhi, el poeta Ezra Pound y otros personajes.
Nunca recibió el Premio Nacional de Literatura, según su hijo José Miguel a causa de sus posturas políticas. “Sabía que no iban a dárselo por el tema del nacionalsocialismo, que fue una parte importante, aunque pequeña, en su literatura”, opina. “Las personas que más conocían y apreciaban a mi papá eran los socialistas. Entre ellos hay intelectuales destacados que pueden dejar de lado los estigmas y ven el verdadero valor que tienen las personas, en cambio la derecha se avergonzaba de algunas cosas”.
Sus ideas nazis corrían por una vertiente propia, el “Nazismo Esotérico”, que partía de una visión cósmica u onírica forjada sobre la base de mitos y leyendas de Chile y la India. En ese contexto, creía que el Kallash, el monte sagrado de la India, estaba conectado con el monte Melimeyú, en la Patagonia chilena, y que a través de este último se podría llegar a la mítica “Ciudad de los Césares”. Hace algunos años, llegó a organizar una expedición a la Antártida por estar convencido de que Adolfo Hitler estaba oculto en una isla del continente helado.
Serrano se definía como alguien “que ha sentido, que ha visto y ha sufrido todo hasta la esencia”, y sostenía que su objetivo era recuperar para las nuevas generaciones “el sentido trágico de la existencia con que habitó esta tierra” su generación, la llamada generación del 38, a la que congregó en la Antología del verdadero cuento en Chile, donde dio a conocer una serie de rutilantes figuras literarias chilenas. “Era una generación abierta, que dialogaba con intelectuales no sólo del círculo literario”, afirma el escritor Armando Roa, quien conoció a Serrano a través de su padre (otro integrante de la generación).
“Miguel Serrano era literatura en sí mismo, su obra está marcada por sus viajes, su experiencia personal y sus lecturas, que van desde lo local, con Huidobro, por ejemplo, hasta autores europeos como Hermann Hesse o Nietzsche”, agrega.
Sus pares dicen que su escritura tenía la intención de crear una identidad nacional chilena a través de la mitología, forjando lazos entre la historia, la geografía y el pueblo indígena; además de la influencia del misticismo hindú en la religión occidental.
La crítica literaria lo ha destacado más que nada como un notable memorialista, especialmente por La memoria de él y yo, formada por cuatro libros publicados entre 1993 y 1996, cada uno de un color distinto: blanco, negro, rojo y dorado. En ellos, junto con sus experiencias personales, Serrano relata episodios importantes para Chile con una maestría que los convierte, a juicio del también escritor Armando Uribe, en “las mejores memorias que se hayan escrito” en el país.
El entierro de Serrano se realizó el lunes 2 de marzo en el Cementerio General, tras las exequias celebradas en una repleta iglesia San Pedro, en el centro de Santiago. Allí, dos de sus hijos, Carmen y José Miguel, y uno de sus nietos, el cineasta Sebastián Araya (Azul y blanco), recordaron el legado del intelectual.
El cajón fue retirado de la iglesia mientras sonaba la tradicional marcha alemana “Yo tenía un camarada”, y el cortejo se dirigió al camposanto, a donde llegaron adherentes del nacionalsocialismo a expresar su apoyo a quien consideraban un “héroe” y un mentor. Fernando Saieh —íntimo amigo de Serrano en sus últimos días—, leyó una carta donde dijo que “para él, era necesario mantenerse firme en los viejos sueños”, terminando con frases a favor del movimiento y con un “heil Hitler, heil Miguel Serrano, y viva Chile”.
Fuentes: EFE • El Mercurio • Notimex