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“Traductor del médium”, de Eladio OrtaPerturbador, abrupto y áspero

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Escribe Eladio Orta, en su libro Traductor del médium, que “el tiempo pasa por el agujero de un dedal / y se detiene en el vacío cósmico / de un cuenco de gazpacho / en el filo pedregoso de una piedra eterna / espera sentado el tiempo / a que el tiempo borre / las huellas infalibles del tiempo”.

Yo no sé muchas cosas, es verdad (León Felipe), pero siento que el tiempo llevado a los versos, traducido al lenguaje poético, se convierte en esencia (lo es en sí mismo), en latidos que suenan sin ruido en su cúpula invisible, en pulsos que se dibujan en su pizarra transparente sin que lo percibamos. ¿Pasa el tiempo por nosotros o pasamos nosotros por el tiempo? Cuando lo nombramos o lo leemos de parte del poeta caemos en la cuenta, otra vez, de que el tiempo es nuestro único, verdadero patrimonio: tiempo que se escurre, tiempo que se va sin que el poderoso sea capaz de detener: “se diluye en el infinito el rostro / del último jefe apache / y el tiempo / imperturbable / ni se inmuta ni se cosca / el tiempo no viaja a ninguna parte / domina / el cosmos / sus ojos traspasan las barreras / arquitectónicas de lo infinito / al tiempo por ahora / aún no han logrado privatizarlo”.

Un libro de versos es un compendio de claves, un sueño escrito; apurando: una declaración, un proyecto de expresión. Puede ser que montañas de folios llenos de ensoñaciones hayan sido recibidos por las carcajadas abiertas de las papeleras, pero otros han marcado camino. No es fácil mirar hacia dentro y verse, ni mirar hacia fuera y apreciar lo que hay. Vamos montados en el tiempo con la teoría del espejo retrovisor. Vemos lo que había, pero cuando ya ha pasado y no es gozable en su plenitud. El poeta confiesa que “entre las páginas de este libro / se esconde un enjambre sospechoso / crecido y alimentado entre el marasmo / perturbador de las ciénagas / la aridez invertebrada de los barrones / y los frenéticos cantos de los alcaravanes / abocados a las nocturnidades del salitre / enjambre atrapado / en el tronco-vasija / de maguelera reseca) / defendido / de los intrusos por púas de tuneras / y arropado por el ramaje de las retamas / tremendamente provocador para los urbanitas / aguijón seductor dispuesto a clavar / al primer descuido el veneno de la rebeldía”.

Enrique Falcón ahonda en el prólogo cuando dice que “hay un tipo de poesía, que menudea en nuestro país, que todo lo que hace es predisponernos a la resignación. Existe otra, por el contrario, que jamás ha podido olvidar el sabor de la sangre. Ante las asesinas amenazas de la invasión en las marismas, las fracturas de la palabra vuelven radicalmente crítica la textura agrietada con que aquí se muestran la tierra y su lenguaje: es entre la llama y el silencio donde este proyecto de escritura —valientemente rebelde como pocos— se atreve a crecer con su veneno, y consigue resistir”.

Eladio Orta es una de las voces más originales que ha dado el verso en este sur; voz nacida en la marisma, crecida en las bajamares, convencida en los lubricanes; voz casi pájaro que sobrevuela este paisaje mágico; voz vigilante que sabe pintar con palabras a tiempo todos los tiempos: “Invierno: marionetas de trapo bailando en los tejados / la lluvia habla el lenguaje de los signos / (meterse en los huesos del frío / beberse las humedades del salitre / apostar por lo invisible / apostar por lo desconocido / diluvio de barriletes volando a la intemperie (...) lo verde brota / el fuego aviva los distraimientos de la carne / detrás de los cristales es invierno y / los higochumbos se desangran en los vallados / (...) el viento tristón y alocado / golpea la puerta / queriendo compartir la soledad / el vino / y el calor (...) Otoño: “de la candela / para concebir el milagro / siempre tan optimista / metafórico de la hierba / recordando las clásicas redacciones escolares: qué / es el otoño / y reíamos / porque coincidíamos en / en otoño crece el follaje entre los árboles / las risas más atrevidas / rayaban lo prohibido sin adivinarlo: / la garrapiña ataca al pájaro cobarde / que duerme en la jaula (...) los pájaros marismeños / mis otros yo / se declaran en huelga de cantos / los humanos le cortan el suministro alimenticio / la danza trágica entre el pájaro y el mosquito / permanecerá como anécdota modernista / mosquito: / insecto vanguardista llamado a desaparecer”.

Cierra Falcón diciendo que la voz de Eladio Orta, lejos de la resignación “se ha querido convertir en médium conforme más cava más allá de lo que a las palabras les es permitido decir (...). Pasto para el fuego, aguijón envenenado, traductor del médium, material de estiércol y llaga de la boca” son “cinco maneras para aproximarse a una práctica de la poesía decididamente dispuesta a liberarse de los servilismos del lenguaje en un tiempo como el nuestro. Perturbador, abrupto y áspero, y al mismo tiempo familiar, tierno y totalmente reflexivo, el verso de Eladio Orta tiene su única patria en el incendio de las cosas y el mundo. Quizá en derrota, pero nunca —irreductiblemente, nunca— en doma”.