“Dublinesca, parodia sobre la estupidez mundial”, “Las mil lecturas de Dublinesca”, “Viaje al centro del individuo”, “Historia abreviada de los funerales” o “Parodia novelada de finales y comienzos”, son algunos de los títulos que giraron alrededor de mi análisis a la hora de pretender finalizar este artículo. Sin embargo, mientras me hipnotizaban las opciones, la imaginación se fugó entre las líneas de la nueva novela de Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948). Y dejé el título definitivo en la parte superior de un documento de Word (Madre Red, 2010).
La dificultad para seleccionar el título del artículo dice mucho de la condición camaleónica de Dublinesca, obra de finales pero también de comienzos. La novela aparentemente gira en torno al ocaso de Samuel Riba, editor literario que, tras el cierre de sus funciones, decide celebrar, en Dublín, un funeral por la muerte de la imprenta. Pero entre las líneas se asoman muchas otras lecturas. Riba siente que, junto a él, están muriendo todos los editores cultos del mundo, pero también los autores, los padres, la pareja, los amigos, el libro, los abismos (con sobriedad y locura de la mano), la vida. Y es justamente ahí, en la vida, su vida, donde sospecha se encuentra el único Apocalipsis posible: el suyo. Por ello su necesidad de huir, de pasar del salto inglés al francés, de una nada a otra nada. “Según como se mire, piensa Riba, su propia vida cotidiana de las últimas semanas va pareciendo un reflejo de esa historia de esplendor y decadencia y de súbito quiebro y descenso hacia el muelle opuesto al del esplendor de un tiempo literario ya insuperable”. El narrador, como el observador de los tránsitos ajenos (mientras otro observa el suyo), nos está contando los detalles del Apocalipsis de Riba. “Es como si su biografía de las últimas semanas corriera paralela a la historia de estos últimos años de la literatura: una historia que conoció los grandes años de la existencia de Dios, y después su asesinato y muerte. Es como si, después de la atalaya del divino Joyce, hubiera la literatura descubierto, con Beckett, que el único camino que quedaba era una senda criminal, es decir, la muerte de lo sagrado y quedarse a vivir a ras de suelo o mecedora”.
Dublinesca nos habla de la fugacidad y del empeño por pisar una huella (o una esencia) para alcanzar lo que se supone es el siguiente objetivo. Novela sobre la loca carrera de las sociedades que se creen astutas (cuando en realidad se ignoran estúpidas). Entre otro de los rezos que el grupo amigo de Riba lanza en el funeral, destaco el de Ricardo cuando dice: “Me parece que no son necesarias más palabras. Funeralizado Gutenberg, hemos entrado en otras épocas. Habrá que enterrarlas también. Ir quemando etapas, ir haciendo más funerales. Hasta llegar al día del Juicio Final. Y entonces celebrar un funeral por ese día también. Luego perderse en la inmensidad del universo, oír el movimiento eterno de las estrellas. Y organizar unas exequias por las estrellas. Y luego ya no sé”. Hay en ese rezo (“Y luego ya no sé”) una sensación que recorre la novela: algo está muriendo. ¿Será la humanidad o seré yo (Riba, o yo)?
Un poco antes de terminar de leer Dublinesca, estaba convencido de que Enrique Vila-Matas había creado una magistral parodia sobre la estupidez mundial. Disfruté mucho jugando a recordar quién había dicho cada una de estas frases: “Un puente es un hombre cruzando un puente” (¿Cortázar?); “Puede que el hombre quiera felicitarle por estar planeando una oración fúnebre por la era Gutenberg, pero también que quiera, además, decirle que no hay que tener una mirada de tan corto alcance y que por tanto habría también que entonar ese canto funeral por la era digital —que algún día también desaparecerá— y no tener miedo, además, de viajar en el tiempo y entonar otro canto fúnebre por todo lo que vendrá después del Apocalipsis de la Red, incluido el fin del mundo que seguirá al primer fin del mundo. Después de todo, la vida es un ameno y grave recorrido por los más diversos funerales” (¿el narrador?); “No queda otra cosa que una gran masa analfabeta creada deliberadamente por el Poder, una especie de muchedumbre amorfa que nos ha hundido a todos en una mediocridad general. Hay un inmenso malentendido. Y un trágico embrollo de historias góticas y editores puercos, culpables de un monumental desaguisado” (¿Riba? ¿Kafka? ¿Vila-Matas?); “Nada importante se hizo sin entusiasmo” (¿Jacobo, el abuelo de Riba?); “Llegará un tiempo en que todo el mundo se habrá convertido en un hombre de negocios y un imbécil (para entonces, gracias a Dios, ya habré muerto). Peor lo pasarán nuestros sobrinos. Las generaciones futuras serán de una tremenda estupidez y grosería” (¿Julia Piera o Flaubert?). Luego, una vez concluida la lectura, me quedó la impresión de que Dublinesca (como dramático testimonio sobre el manicomio global) nos relata el vulgar asesinato que la estupidez, ante la mirada pasiva de todos, está cometiendo contra el pensamiento.
El arte siempre ha parodiado la estupidez. Sin embargo, ante la sistemática estupidización que padece el planeta, es posible que en los próximos años parodiar semejante crisis sea el tema necesario (por una cuestión de sobrevivencia) de todos los artistas. Enrique Vila-Matas, con Dublinesca, dibuja (cual arquitecto visionario) el cuadro del virus más potente que amenaza la sociedad del siglo XXI.