Bolaño, Roberto. El Tercer Reich. Barcelona: Anagrama, 2010.
Una de las cintas promocionales de El Tercer Reich, el nuevo libro de Roberto Bolaño, califica de “feliz” su imprevisto encuentro en el computador del escritor. El tiempo dirá si tanta es la fortuna. Lo cierto es que, y para empezar, El Tercer Reich no fue publicado por voluntad explícita de Bolaño mientras vivía, dato que sorprende, pues el autor, al menos en sus últimos años, cuando la fama lo había librado de una existencia basada en la premura económica de los premios literarios, fue muy cuidadoso a la hora de escoger cuáles de sus textos verían la imprenta. Su aparición podría ser entonces feliz para aquellos que están construyendo una fortuna con su obra. En 2008, una vez expiró el contrato de Carmen Balcells, el agente literario a quien Carolina López, la esposa del escritor chileno, había nombrado como su apoderada, los derechos sobre los textos de Bolaño pasaron a manos de Andrew Wylie, cuya fama no reside precisamente en sus escrúpulos a la hora de tratar con sus clientes. Un ejemplo de lo anterior es la traducción de las obras de Bolaño al inglés, que ya no es llevada a cabo por una editorial con amplio capital simbólico pero de limitado acceso al mercado, como lo es New Directions. Las traducciones son comercializadas hoy por la gigante Farrar, Straus and Giroux. El chileno ha inundado así el mercado estadounidense, impulsado en parte, y seguro por voluntad del mismo Wylie, por el énfasis que se otorga a los episodios más oscuros de su biografía y a la imagen aún significativa del “magical realism”, lente bajo el cual se enfocan la mayoría de las obras que provienen del sur del continente americano, incluidos Borges y Cortázar. Basta leer la contraportada de las obras para corroborar lo dicho.
Pero no se habla aquí de las traducciones al inglés de las obras de Roberto Bolaño o del rol de los editores en la difusión de su nombre, sino de la publicación de un nuevo libro a manos de Anagrama. Muchos de los temas típicos de Bolaño están presentes. El protagonista de El Tercer Reich es hasta cierto punto su alter ego, pero no se trata en este caso del tímido vigilante nocturno que lee revistas pornográficas y es blanco de las invectivas de Udo, el protagonista. El autor implícito está representado por este último, si bien de una forma que tiende a suspender toda conexión con el chileno. Udo es alemán y no es un poeta. Es escritor, pero de artículos que detallan cuál es la mejor estrategia para salir victorioso en los wargames, nombre dado a un tipo de juegos de mesa que bien pueden traducirse al español como “de guerra”. Udo no es sólo un gran conocedor de esos juegos: es el campeón —jugando para los teutones— de Tercer Reich, una variante que recrea cada año de la Segunda Guerra Mundial en diversos turnos y cuyas reglas emulan las progresivas restricciones del ejército germano y la consolidación del poder aliado en los diferentes teatros que la componen. El escritor, figura que evoca el “absoluto literario”, además de ficcionalizarse en la persona de Udo, también se materializa en otros dos personajes, el Quemado y el esposo de Frau Else. Lo más característico es, por supuesto, el valor de la literatura en sí misma, y en este sentido El Tercer Reich es Bolaño en cuanto ésta concentra toda la atención de los personajes y mimetiza sus obsesiones. Pero la centralidad de lo literario no se explicita de forma automática, es decir, no se trata de escritores en el sentido tradicional de la palabra. El lector debe dar un rodeo precisamente por Tercer Reich, por el wargame de marras. Y es allí donde la novela alcanza una dimensión siniestra.
Udo llega con su novia a una playa cercana a la ciudad de Barcelona, la misma a la que acudía con sus padres y su hermano cuando era un niño, para pasar sus vacaciones. Allí se encuentra con una pareja alemana, Hanna y Charly. También conoce al Quemado, un ser enigmático que duerme en la playa entre una fortaleza construida con los patines que alquila a los turistas y cuya apariencia física ha sido comprometida de modo irremediable por el fuego en un accidente del cual no queda del todo claro si contó o no con la participación de un grupo de nazis. Se encuentra del mismo modo con Frau Else, la dueña del hotel, a quien Udo recuerda con mucho afecto y con quien tiene un corto romance, y con su esposo. A Udo no le interesan ni las playas ni las discotecas. Busca escribir un artículo sobre la mejor estrategia para que Alemania gane la Segunda Guerra Mundial, pero no lo consigue, porque el Quemado, quien en un primer momento se mostraba distante, decide embarcarse en un juego de Tercer Reich con él. Mientras espera el final de la partida, Udo presencia el derrumbe de los pilares de su vida: su novia lo abandona, pierde su trabajo, malgasta sus finanzas y su salud se consume de forma paulatina.
Vista así, la novela no le da un respiro al lector. Resulta imposible interrumpirla en el afán de conocer el origen del Quemado y el curso final de los acontecimientos para constatar si éste impondrá su venganza. Pero si se da un rodeo por la relación entre la literatura y Tercer Reich como wargame, la conclusión tal vez recuerde las palabras de Felipe Müller sobre la obra de Belano y Lima: “Si uno junta lo sublime con lo siniestro, el resultado es siniestro, ¿no?”. La literatura queda convertida en un gran juego de estrategia, en un “sistema” como se dice literalmente en la novela, que recuerda el sistema literario de los primeros románticos, tan centrales en el proyecto estético del mismo Bolaño. La literatura no es una faceta de la realidad: es la realidad la que se constituye en una proyección —tan sólo parcial— de la literatura. No extraña por tanto el que para Udo lo único importante sea su wargame, correlato del “absoluto literario”, y que por él descuide tanto su entorno como su propia existencia. No resulta sorpresivo que el Quemado confiese su inclinación por la poesía y se defina a sí mismo como un poeta y que el esposo de Frau Else, aquejado por una enfermedad terminal, apenas intervenga en la historia para aconsejar a este último sobre la mejor estrategia para derrotar a Udo. Los tres están enfermos de wargames: no se trata de un mero pasatiempo. Sus vidas son sólo los wargames. Todo lo que esté por fuera de ellos es irreal.
La obra, como se dijo, se manifiesta como un conjunto siniestro no únicamente por las imágenes, las prolepsis y el sentido de intemporalidad e irrealidad que el lector capta en los personajes y la acción. No es tan fácil abstraer lo sucedido entre 1939 y 1945 del wargame en sí mismo y decir que la literatura es “como” el juego Tercer Reich. Es una metáfora sin duda terrible. La realidad que la guerra engendró fue monstruosa y, en última instancia, no se sabe hasta qué punto el estatuto de lo literario gana o pierde al ser equiparado con ella. Lo literario es sin duda un sistema y hasta cierto punto un juego de estrategia, como lo es El Tercer Reich, una suerte de Blitzkrieg, donde la atención del lector se gana una vez el Quemado instala su fortaleza en el interior de la narración. La literatura, sin embargo, apunta hacia otro horizonte. Decir que las víctimas están representadas en el Quemado no es suficiente. Y la venganza tampoco ofrece mayor justificación. No es gratuito el hecho de que Bolaño no haya querido publicar El Tercer Reich en vida. Se puede objetar que 2666 tampoco lo fue. Pero es que El Tercer Reich no es 2666.