Sala de ensayo
Casa de muñecas: la mujer ante el espejo
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En el siglo XIX, la literatura europea comienza a desarrollar un nuevo camino en la larga andadura de la tradición literaria. Agotada la fantasía y trascendencia del Romanticismo, se cubre de un manto de realismo, impulsada por corrientes de pensamiento como el determinismo o el positivismo, y se traslada a pie de calle para recoger, como una cámara, lo que le ocurre al ser humano en su cotidianeidad. En ese empeño por registrar los pormenores de la sociedad, es donde el escritor se mueve a diario como un privilegiado espectador. Los temas son de muy diversa índole, aunque todos coinciden en centrarse en la disección de la clase media, protagonista, según Benito Pérez Galdós, de la novela de la época. En ese vasto campo, abarcado por la llamada clase media, hay una vertiente temática que triunfa con verdadera maestría: la descripción del alma femenina.

Esta veta temática la practican casi todos los grandes escritores del momento, llegando a crear verdaderas obras de arte que nos adentran en la compleja psicología de las mujeres, a pesar de que, y esto es muy curioso, todos los grandes autores de este siglo son hombres. Como si destapasen su lado femenino, se sumergen en la personalidad de sus heroínas y realizan unos retratos que cualquier psicólogo de hoy en día firmaría como suyos. Huelga recordar todos los grandes títulos existentes, pero sólo, a modo de muestra, es inevitable recordar a la Madame Bovary de Flaubert, a Ana Karenina de Tolstoi o ya, en nuestro país, a Ana Ozores, protagonista de La Regenta de Clarín. Todos ellos bucean en estas ricas personalidades y nos presentan sus conflictos frente a una sociedad que no siempre les proporciona un existir cómodo y placentero.

El género teatral no es ajeno a este tema y, posiblemente, el autor más destacado en su tratamiento sea el noruego Henrik Ibsen y su Casa de muñecas. La obra cumple, uno por uno, los rasgos típicos que hemos citado: personajes de clase media que viven en aparente felicidad y protagonista femenina, cuyo comportamiento psicológico se va desgranando a medida que avanza el argumento. En el caso del drama de Ibsen, ese análisis psicológico consiste, como es usual en el Realismo, en enfrentar a la protagonista, Nora, con las convenciones sociales aplicadas a las mujeres de la época, que cometen la “osadía” de rebelarse contra ellas y ponerlas en tela de juicio. La primera acotación de la obra ya nos muestra el primero de estos aspectos:

Una estancia amueblada cómodamente y con buen gusto, aunque sin lujo. A la derecha del foro, puerta del vestíbulo. A la izquierda, la del despacho de Helmer. Entre ambas puertas, un piano. En el lateral izquierdo del escenario, otra puerta, y más en primer término, una ventana. Cerca de la ventana, una mesa redonda grande junto a un sofá y varias sillas. En el lateral derecho, hacia el segundo término, una mecedora y dos sillones ante una chimenea de cerámica. Entre la chimenea y la puerta, una mesita. Grabados en las paredes. Repisa con figuras de porcelana y demás cachivaches. Un estantito de libros muy bien encuadernados. El entarimado, cubierto por una alfombra. Lumbre en la chimenea. Día de invierno (Acto primero).

De inmediato aparece la protagonista femenina, cuya descripción nos indica su estado de ánimo:

Entra NORA tarareando alegremente. Viste abrigo y sombrero, y trae varios paquetes que deposita sobre la mesa de la derecha. Deja abierta la puerta del vestíbulo, por la cual se ve un recadero que trae un árbol de Noel y un cesto.

En esta breve pincelada, ya nos queda claro cuál es el estado inicial de la protagonista. Vive en un entorno confortable, se encuentra contenta, como denota su tarareo, y además viene de hacer compras para Navidad, lo que nos indica su bonanza económica. Si seguimos leyendo, esta impresión se confirma con la aparición, en primer lugar, de su marido, Helmer. Es la estampa del esposo feliz que adora a su esposa, algo que deducimos por los adjetivos con que la califica, referentes en su mayoría a pajarillos caracterizados por su dulzura y agradable canto:

HELMER. ¿Es mi alondra la que gorjea por ahí? (...) ¿Es mi ardilla la que bulle? (...) ¿Otra vez ha encontrado el pajarito ocasión de gastar dinero? (Acto primero).

La alegría de ambos es palpable y se debe entre otras cosas al inminente ascenso del marido en su trabajo. Ambos parlotean distraídamente sobre distintos asuntos, que siempre desembocan en el tema económico y, en concreto, en la negativa de Helmer a tener ninguna deuda y a no pedir ningún préstamo.

HELMER. No debemos pecar de pródigos.

NORA. ¡Vaya!, un poco, Torvaldo, un poquitín, ¿no te parece? Ahora cobrarás un buen sueldo y ganarás mucho dinero, mucho.

HELMER. Sí, desde el año próximo, aunque todavía ha de transcurrir un trimestre antes de que perciba nada.

NORA. ¿Y eso qué importa? Entretanto, podremos vivir a crédito.

HELMER. ¡Nora! (Se acerca a ella y le tira de una oreja bromeando.) ¡Siempre la misma ligereza! (Y más adelante) Ya conoces mis ideas sobre ese particular. Nada de deudas y ningún préstamo (Acto primero).

La conversación, que se torna algo triste, remonta el vuelo cuando Torvaldo, para animar a su mujer, le acaba dando dinero, gesto que devuelve el tono “meloso” a la charla y que finaliza cuando se presenta un personaje que será importante para el desenlace futuro de la trama: la Señora Linde. Ésta conversa con Nora, mostrando cuál es la situación vital de ambas al principio de la obra, que, como iremos viendo, se modificará sustancialmente al final del libro. La Señora Linde, después de pasar unos años sin ver a Nora, le expone su penosa situación vital y económica (en este drama uno y otro aspecto, como podemos ir comprobando, son indisolubles), generada por su enviudamiento. Es, ahora, una mujer cercana a la vejez, sin hijos ni dinero y que, para más desgracia, confiesa a Nora haber estado casada con una persona a la que no amaba, siendo víctima de un matrimonio por conveniencia, que, al final, muy al contrario de lo que tales uniones solían llevar aparejado, la dejan sin dinero a la muerte del marido. La situación fue tan grave que la Señora Linde tuvo que ponerse a trabajar en una escuela. Sin alegría ni aliento vital, le confiesa a su vieja amiga que se encuentra vacía. Así lo expresa ella:

SEÑORA LINDE. Hoy no me queda nadie a quien consagrarme.

Y entonces, comprobamos la verdadera causa de su visita, obtener el favor de Nora y su marido para conseguir una colocación en el banco de Torvaldo:

SEÑORA LINDE. Si al menos me acompañara la suerte de encontrar una colocación en cualquier oficina.

Nora, por el contrario, está en el polo opuesto. Le ha confesado el buen momento que está atravesando, generado por el futuro nombramiento de Torvaldo como director del banco. Esa alegría le lleva, incluso, a tomar con ligereza la situación de su amiga, aconsejándole que en lugar de buscar una colocación se relaje en un balneario, provocando la reacción amarga de la Señora Linde:

NORA. ¿Te conformas con eso? ¡Es tan fatigoso y te hace tanta falta reposar! Te convendría ir a un balneario.

SEÑORA LINDE. Yo no tengo un papá que me pague el viaje.

NORA. Vamos, no te enfades.

SEÑORA LINDE. Tú eres la que no debe tomármelo a mal, querida Nora. Lo peor en una situación como la mía es que nos agria el carácter. No tenemos nadie para trabajar, y, sin embargo, hemos de buscarnos la subsistencia, porque se impone vivir. Acaba una por volverse egoísta. Te diré más. Cuando me has comunicado vuestro cambio de situación, me he alegrado más por mí misma que por ti (Acto primero).

Ablandada quizá por las palabras de la Señora Linde, Nora accede a contarle su gran secreto, el que articula todo el argumento del drama: ella pidió dinero prestado para sufragar la curación de Torvaldo, pero a pesar del buen fin para el que lo quería, lo hizo sin consentimiento de éste. Al igual que para la Señora Linde, un hecho como este para la sociedad del momento era algo más que un escándalo. Era un sacrilegio. La misma Nora es conocedora de este aspecto, como señala en estas palabras:

SEÑORA LINDE. ¿Y después se lo has declarado a tu marido?

NORA. ¡No, santo Dios, qué idea! ¡A él, tan severo a ese respecto! Además, ¡cuán penoso le resultaría para su amor propio de hombre! ¡Menuda humillación comprobar que me debía algo! Eso habría trastornado todas nuestras relaciones, y ya no sería lo que es nuestro hogar, tan dichoso.

Nora expone aquí los motivos por los que su marido no debe enterarse de su secreto. Su amor propio de hombre se resentiría. Daría igual que hubiese sido para curarlo a él, que ella haya tenido que vivir sacrificando su “paga” para ahorrar algo de dinero. Por encima de todo, está el honor del hombre que debe mantener económicamente a su mujer y no puede permitir que ésta tenga deudas con nadie.

“Casa de muñecas”, de Henrik IbsenPor otro lado, el motivo del celo de Nora es la conservación de su matrimonio. Este concepto, el del matrimonio, es fundamental, como ya hemos mencionado anteriormente, en la obra, ya que todos los personajes se articulan alrededor de sus experiencias matrimoniales. Así, al principio, la Señora Linde y Krogstad, personaje que ha proporcionado el dinero a Nora y que aparece en escena mientras ésta conversa con su amiga, encarnan la desgracia y el decaimiento, teniendo como origen el fracaso matrimonial, aunque sea porque han enviudado. Para ambos, la vida los ha marginado y los condena a una tristeza y a unos problemas que intentan superar, curiosamente, acudiendo a la misma persona, Nora. Ambos van a pedirle un favor para que ésta interceda en su marido. La diferencia es que mientras la Señora Linde se basa en la lástima, Krogstad intenta chantajearla con la amenaza continua de revelar a su marido el secreto que, ella pensaba, nunca Torvaldo conocería. Como veremos en este artículo, esta situación cambiará al final de la obra y los que parecían abocados a un mundo de tristeza y soledad por no estar casados no van a ser los mismos que en este primer acto. Igual ocurrirá con Nora y Torvaldo, cuyo matrimonio “ideal” a su modo de ver, no va a serlo tanto.

Es, sin duda, la aparición del señor Krogstad, justo en la parte final del acto primero, la que cambiará la despreocupación de Nora sobre su secreto y la que la llevará a un desenlace inesperado para ella, si tenemos en cuenta su situación inicial de princesa de cuento de hadas, de muñeca en su casa ideal. Desde que el viejo la amenaza con descubrir su “pecado”, con sacar a luz que ha falsificado la firma de su padre, estando ya esté muerto, Nora, a lo largo del segundo acto, afina sus armas de seducción y ensaya su cara más melosa en la relación con su marido, haciéndole ver que Krogstad debe conservar su puesto de trabajo. Deja de ser la niña inocente del principio y empieza, poco a poco, a convertirse en un personaje preocupado y angustiado, que se ve arrinconado por el deshonor de la sociedad, pero especialmente por la idea de defraudar a Torvaldo. Éste, mientras tanto, se niega rotundamente a mantener en el puesto a Krogstad y repudia continuamente la figura de su empleado, llevando a Nora a un callejón sin salida. Entre otras causas, la negativa del marido se debe, principalmente, a que, ironías del destino, Nora le había solicitado un puesto de trabajo para la Señora Linde. Tal puesto es el que va a dejar vacante Krogstad.

NORA. Si la ardilla te pidiera encarecidamente una cosa...

TORVALDO. ¿Qué?

NORA. Responde: ¿la harías?

HELMER. Primero importa saber en qué consiste.

NORA. Si accedieras a ser amable y dócil.

HELMER. Concreta de una vez.

NORA. La alondra gorjearía en todos los tonos.

HELMER. Sólo eso hace la alondra.

NORA. Bailaría para ti como los elfos al claro de luna.

HELMER. Nora... ¿no se tratará de lo que has hablado esta mañana?

NORA. (Acercándose a él.) Sí, Torvaldo... Te lo suplico.

HELMER. ¿Y tienes verdaderamente valor para hablar de eso por segunda vez?

NORA. Sí, sí; es necesario consentir, es necesario que Krogstad conserve su puesto en el banco.

HELMER. Querida Nora, he destinado ese puesto a la Señora Linde.

NORA. Lo cual está muy bien por parte tuya. Con todo, te bastará despedir a otro empleado en lugar de Krogstad.

Observamos, en esta última intervención de Nora, la ligereza de su forma de ser y su egoísmo creciente, a medida que sus problemas van en aumento. No duda en pedir a su marido que despida a otro empleado, como si fuesen cartas intercambiables de una baraja.

Su esposo, entonces, saca su orgullo intacto, que reafirma atacando al padre de Nora, a quien tacha de falta de integridad:

NORA. No es por eso, Torvaldo, es por ti. Tú mismo has dicho que ese hombre escribe en los peores periódicos... y podrá hacerte mucho daño. Me inspira un miedo tremendo.

HELMER. ¡Oh!, ya comprendo: son las evocaciones de otro tiempo, que te asaltan y te asustan.

NORA. ¿Qué insinúas?

HELMER. Por lo visto, piensas en tu padre.

NORA. Sí, eso es. Recuerda todas las iniquidades que acerca de mi padre escribieron personas malvadas en los periódicos..., y todas las calumnias que lanzaron contra él. Creo que se le habría destituido si el ministerio no te hubiera designado a ti para proceder a la investigación y si no te hubieras mostrado tan benévolo con él.

HELMER. Media gran diferencia entre tu padre y yo, Norita. Tu padre no era un funcionario inatacable. Y yo lo soy, espero seguir siéndolo mientras desempeñe este cargo.

En estas palabras, Torvaldo, en su ignorancia, hace más intenso el deshonor que le espera poco después, cuando descubra el “secreto” de Nora.

Todo el segundo acto se desarrolla con los intentos, frustrados siempre, por parte de Nora de enmendar su error. Aunque al principio no quiere decir nada a nadie, a medida que la angustia la va invadiendo, va comunicando su miedo a su entorno más cercano, por ejemplo a la Señora Linde, pieza clave en el desenlace del tercer acto. Al comenzar éste, sin preverlo Nora, la Señora Linde va a ser su tabla de salvación. Enterada de que ocupará el puesto de Krogstad, habla con él. Cuando parece que va a ofrecerle alguna compensación profesional, para sorpresa de todos lo que hace es proponerle matrimonio. La base de tal unión es la necesidad de que dos personas solitarias se unan, mejorando su imagen y status social y, según la misma Señora Linde, que ella pueda encontrar a alguien por quien poder trabajar. El amor no está invitado en ningún momento a este inesperado enlace:

SEÑORA LINDE. ¿Y si estos dos náufragos se tendieran las manos? (...). Se me hace necesario trabajar para poder soportar la existencia. Desde que tengo uso de razón, he dedicado al trabajo todos los días de mi vida. Esa era mi mejor y mi única alegría. Ahora estoy sola en el mundo y noto un abandono, un vacío atroz. No pensar más que en sí destruye todo el encanto del trabajo. Vamos, Krogstad, encuéntreme por qué y por quién trabajar.

Como podemos ver, la concepción del matrimonio en la época es totalmente utilitarista, en especial para la mujer. Más allá del amor, la realiza como persona, le rellena el hueco para el que ha sido colocada en la sociedad.

Tras la inesperada “declaración”, Krogstad intenta enmendar su amenaza. Sin embargo, y, aunque parezca contradictorio, para el bien de Nora, no lo consigue, y Torvaldo encuentra la carta en la que el que era su empleado denuncia las terribles acciones de la protagonista. Todo ocurre, para acrecentar el dramatismo y la tragedia, después de una fiesta en la que Nora es exhibida por su marido, como si se tratase de una muñequita, y cuando ya Nora piensa que todos sus problemas han terminado. Es entonces cuando surge la verdadera cara de Torvaldo y cuando demuestra cuál es la relación que él quiere tener con Nora:

HELMER. ¡Nora!

NORA. (Lanzando un grito penetrante.) ¡Ah!

HELMER. ¿Quieres explicarme...? ¿Sabes lo que contiene esta carta? (...) ¿Con que es cierto? ¿Dice esta carta la verdad? ¡Qué horror! No, no, es imposible, no puede ser. (...) ¡Desgraciada! ¿Qué has hecho?

NORA: Déjame marcharme. No soportaré el peso de mi culpa, no responderé por mí.

HELMER. ¡Basta de comedias! Permanecerás aquí y me darás cuenta de tus actos. ¿Comprendes lo que has hecho? Di, ¿lo comprendes? (...) ¡Oh, qué terrible despertar! ¡Durante ocho años... ella, mi alegría y mi orgullo, una hipócrita, una embustera..., peor que eso, una criminal! ¡Qué abismo de fealdad hay en todo eso! ¡Puaf, qué asco! Debí presentir que ocurriría algo por el estilo. Debí preverlo. Con la ligereza de principios de tu padre.

Ante las duras acusaciones de Torvaldo, que incluyen además los orígenes de Nora (siempre criticados por su marido), la protagonista comienza a vislumbrar, no sólo quién es realmente su esposo, sino que también, como si de pronto fuese la primera ocasión en la que se sitúa ante un espejo, empieza a ver cuál es su realidad, cuál es y ha sido su vida de casada. Todas las imágenes que los falsos espejos sobre los que ella se miraba, y que le devolvían una vida de princesas, de cuento de hadas, de casa de muñecas, se han evaporado y únicamente queda la pobre imagen de una mujer desamparada, sola, y cuyo marido, lejos de los arrumacos y piropos del principio, le demuestra que lo único que le importa es su imagen pública. Si ella la estropea, su amor se resiente hasta la ruptura. Así lo expresa Torvaldo en dos momentos claves del diálogo final con su mujer:

HELMER. Acabas de destruir mi felicidad, de aniquilar todo mi porvenir (...), puedo quedar reducido a nada, a hundirme hasta el fondo por la ligereza de una mujer.

Hay que destacar la calificación de Nora, su esposa amada al principio de la obra, como una mujer, dándole un tratamiento genérico, como si fuese cualquier mujer que eventualmente ha conocido y con la que ha tenido un imperdonable desliz. Y más adelante, cuando Torvaldo descubre que Krogstad devuelve el pagaré a Nora:

HELMER. (Abre la carta, recorre algunas líneas, examina un papel incluido en el sobre y lanza un grito de alegría) ¡Nora! ¡Estoy salvado! ¡Nora, estoy salvado!

Nora, al oír esta reacción, le hace una escueta pregunta que descubre lo miserable y patético que es su marido:

NORA: ¿Y yo?

A partir de este momento, es cuando Nora deja de mirarse en el espejo que le refleja la realidad de su vida, deja su actitud contemplativa y lo cruza haciendo el camino inverso de la Alicia de Carrol. De un mundo ficticio, el de una casa de muñecas, pasa a un mundo real, el que acaba de descubrir. Simbólicamente, el texto expresa este momento cuando Nora se quita el traje de máscara con el que venía de la fiesta y se pone su traje de diario. Es entonces cuando se sienta frente a Torvaldo y, como ella dice, mantienen su primera conversación formal. En ella, Nora es consciente de su nueva situación, con intervenciones como esta:

NORA. Escucha, Torvaldo. Cuando yo estaba en casa de papá (...) me llamaba su muñequita y jugaba conmigo como yo jugaba con mis muñecas. Después he venido a tu casa... (...) Quiero decir que de las manos de papá he pasado a las tuyas (...) He vivido aquí como viven los pobres..., al día. He vivido de las piruetas que hacía para divertirte, Torvaldo. Por eso te satisfacía. Tú y papá habéis sido muy culpables con respecto a mí. A vosotros incumbe la responsabilidad de que yo no sirva para nada.

La última oración aniquila a la Nora muñeca, la que complacía en todo momento a Torvaldo y jugueteaba con sus hijos como si fuese una niña más. Ahora, castiga a su esposo donde sabe que más va a dolerle: renuncia a ser su esposa y madre de sus hijos y escoge el camino más difícil para ella, el de la soledad. Esta decisión la hace a sabiendas de las dificultades que ello comporta, tal como la Señora Linde le había hecho ver al inicio de la obra. Curiosamente, ambas han intercambiado su posición al final del libro:

NORA: Me hace falta la soledad para darme cuenta de mí misma y de cuanto me rodea. Así que no puedo quedarme contigo.

Aunque Torvaldo intenta disuadirla, aludiendo a la pobreza en la que vivirá, Nora ya está decidida a empezar de nuevo, e incluso el argumento de cumplir sus deberes como esposa y madre, que también arguye Torvaldo, no la frena en su decisión. Ahora únicamente tiene unos deberes, como dice en esta intervención:

HELMER. ¿Cuáles son esos deberes?

NORA. Mis deberes conmigo misma.

HELMER. Ante todo, eres esposa y madre.

NORA. No creo ya en eso. Creo que, ante todo, soy un ser humano, igual que tú..., o, cuando menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te dará la razón, Torvaldo, y que están impresas en los libros ideas tales. Pero yo ya no puedo pararme a pensar en lo que dicen los hombres ni en lo que se imprime en los libros. Es menester que por mí misma opine sobre el particular, y que procure darme cuenta de todo.

Al final, tras una intensa conversación, Nora abandona el hogar, dando a Torvaldo la clave para que su relación se hubiese mantenido e imprimiendo con sus palabras la crítica social que lleva la obra: la falsedad de los matrimonios de la época a causa del ninguneo al que se sometía a la mujer, considerada poco más que un elemento decorativo:

HELMER. ¿Deberíamos transformarnos los dos hasta el punto de que..?

NORA. Hasta el punto de que nuestra unión se convirtiera en un verdadero matrimonio.

Tras esta intervención, sólo queda en escena un desplomado y desanimado Torvaldo, cuyas palabras son acalladas por el ruido de la puerta de casa al marcharse Nora. Ésta, con su modo de actuar, pero sobre todo con su modo de pensar, marca el camino a la mujer de su época, la del XIX, y a la mujer de cualquier época posterior, invitándola a mirarse sin temor en el espejo que es su vida y a cruzarlo si no le gusta lo que éste refleja. Las anima a ser mujeres de verdad, a que se dignifiquen, aunque para ello tengan la soledad como compañía. Todo ello es preferible, como demuestra Nora, a vivir en un mundo de muñecas, bonitas por fuera pero vacías en su interior.