—Sabes, Sancho, yo siempre supe que los molinos eran molinos. Los gigantes son otra cosa pero quise probarme a mí mismo que, si quería, podía enfrentarme a mi destino de ser un caballero sin brillante armadura.
—Ya está otra vez aquí el loco. No entiendo cómo no se da cuenta de que soy un molino. No sé qué espera que haga, ¿que me aparte? Quizás deberían explicarle la permanencia de los objetos aunque uno cierre los ojos.
—De todas maneras, ¿quién encuentra en estos tiempos un gigante que se quiera medir en una lucha cuerpo a cuerpo? Los gigantes están escondidos a la espera de un libro que les trate como eso, gigantes sin nada que demostrar, sin necesidad de correr sobre montañas, ni luchar contra dragones. Para qué batirse con un idealista como yo.
—Yo soy un molino simple, me gusta moler el trigo. No quiero complicarme la vida con aspiraciones de monumento. Me conformo con un poco de aire y alguna reparación. Sobre todo cuando las aspas sueñan que son abanicos orientales y se lanzan en pos del viento que las trata como las trata y luego a llorar sobre mi techo.
—Pero no estuvo mal el engaño, ¿eh? Y reconoce que fui valiente, arremetí sin dudar contra aquel desvencijado molino que en cuanto me vio no supo cómo reaccionar. No lo tenía muy claro. Los molinos son traicioneros. En realidad no hacen nada, están ahí a la espera de que el viento haga su trabajo.
—Pero desde hace un tiempo, el tipo me confunde con alguien malvado y arremete contra mí como si yo tuviera la culpa de que el mundo no sea cuadrado. ¿Qué espera conseguir?, ¿ser un héroe? Seguro, no hay tipo que no quiera ser inmortalizado por arrearle a quien sea con lo que sea.
—Yo nunca he podido soportar el sonido de sus astas al moverse. Ñnec, ñnec, un ritmo que se mete en la cabeza como el viento, pero al menos el aire se va, se lleva los malos pensamientos y sacude las ideas. Pero el sonido ñnec, ñnec se queda ahí prendido hasta que te dan ganas de lanzarte a luchar contra él, sea o no gigante. Una vez vi un gigante. Era muy alto. Lo que más destacaba era su enorme cabeza y sus grandes pies. Creo que si le hubiera atacado no se hubiera defendido con aquella cara de bobalicón. Me dio pena desembarazarme de semejante tipo.
—¿Qué hará que un hombre piense que soy lo que no soy? Tendrá algún trauma infantil asociado con mi forma erecta. En fin que ahí viene otra vez.
—Sabes lo que creo, Sancho, que algún día los molinos serán tan altos que los gigantes les temerán. Se convertirán en ladrones de aire. Y los gigantes serán sólo imágenes que algunos pondrán en medio de las ciudades para señalar la dirección del viento, contentos de ser admirados sin más. Por lo tanto con los molinos a muerte.
—Ojalá alguien escriba su vida, aunque con la de héroes raros que ha dado la historia habrá que echarle imaginación si quiere que tenga un mínimo de interés.