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Viernes

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Alzo la vista y sólo veo la sangre manchando los azulejos de la cocina.

¿Quién mierda puede decirme lo que significa?

Si es que significa algo, por supuesto.

Ayer era un hombre normal. Hoy soy una mancha de sangre sobre los azulejos de la cocina. Soy una mancha roja que crece más y más.

Yo tenía un trabajo, una familia, una vida.

Ahora soy una mancha de sangre.

Y cada gota que escapa de mi cuerpo me reconfirma que estaba en lo correcto.

Pero yo no maté a nadie, no al menos en el sentido usual de la palabra. Yo no soy el responsable de una gran masacre. Yo no soy tampoco un héroe, ni un miembro productivo de la sociedad. No soy nada de eso.

Yo soy la sangre que se derrama en el suelo.

Yo soy mi propia muerte.

En un sentido más amplio, yo soy la muerte de toda la raza humana. Un proverbio árabe dice “salva a una persona y salvarás a toda la humanidad”. Supongo funciona al revés también. Conmigo se mueren todos. Mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis vecinos, todos.

Y tal vez sea mejor que sea así. ¿Quién sabe si la raza humana no está mejor muerta?

La semana pasada en el trabajo tuvimos una de esas reuniones informales, de esas en las que nos decimos cosas lindas y reforzamos el espíritu de equipo. Yo miro a los ojos a mis compañeros y les digo que me siento orgulloso de ellos y eso refuerza los lazos de camaradería. Ellos me devuelven el cumplido y el círculo se cierra. Y todos somos mejores, más productivos y felices en nuestros puestos de trabajo. Con la única excepción de que no funciona para mí.

Miro a los ojos a mis compañeros y siento enojo. No, enojo no. Siento rabia, bronca, impotencia, envidia. Siento que no debería estar perdiendo el tiempo haciendo esto. Siento que ninguno de nosotros debería perder el tiempo.

Pero lo pienso mejor. Lo pienso dos veces, tres, seis, dieciocho. Las veces que sea necesario. ¿Qué sentido tiene? ¿Y qué podríamos llegar a hacer con el tiempo ahorrado?

Mi mente se ve transportada a una propaganda de electrodomésticos. “Ahorra tiempo”, ese es el slogan. Pero nadie te dice para qué necesitás ahorrar ese tiempo.

Si el tiempo es dinero, entonces los desempleados son los nuevos ricos. Disponen de todo el tiempo del mundo. Siento envidia de sólo pensar en la fortuna de la que disponen.

Mi compañera me mira a los ojos. Me dice que le gusta cómo soy tan prolijo, cómo mi organización le facilita sus tareas, y que está feliz de ser mi compañera de trabajo. Yo le devuelvo la mirada, y bostezo. Tanta hipocresía me aburre.

Y no es que me moleste que tengamos que mentirnos los unos a los otros, ya no. Por el contrario, la mentira es tal vez lo único interesante sobre mi trabajo. Todos nos mentimos. Vivimos un mundo tan falso como el de las muñecas Barbie, donde todos tienen la sonrisa pintada sobre sus caras, aunque no les guste.

Miro a mi compañera a los ojos y le pido disculpas.

Soy la muerte de mi compañera. Mi compañera es una mancha roja en el suelo de la cocina.

Hubo un tiempo en el que estaba muy enojado con todos en mi trabajo. Creía que la falsedad que me rodeaba era repugnante, que no tenía por qué aguantarla. Era joven e ingenuo. Mi trabajo era un peso que tenía que soportar todos los días. Mi trabajo era el mundo sobre mis hombros. Todos los días llegaba, listo para atender llamados de auxilio. Yo, manual en mano, respondía a todas las preguntas de gente para quienes no darse cuenta de que el módem estaba desenchufado era lo peor que podía ocurrirle al mundo. Atender llamadas, responder preguntas. Ocho horas al día, veintisiete días al mes, durante el resto de mi vida.

El poco tiempo que tenía de sobra lo ocupaba con mi familia. Un trabajo igual de entretenido pero por el cual no me pagaban.

Es curioso. Trabajamos para vivir, y vivimos para trabajar. El trabajo nos mantiene alejados de nuestra familia, y cuando tenemos que alejarnos del trabajo vamos con nuestra familia.

Mi mujer me mira a los ojos y me dice que me ama. Yo le devuelvo la mirada y bostezo.

Yo soy la muerte de mi mujer. Mi mujer es una mancha roja en el suelo de la cocina.

Mi hijo duerme en su cuna. Sólo tiene seis meses. Se pasa la mitad del día durmiendo, un cuarto comiendo y el otro cuarto llorando. Lo envidio. Ya llegará el momento en el que él repita la historia. Va a ver a su propio hijo y sentir envidia de él.

Y yo me pregunto para qué me casé y tuve un hijo. ¿Será para que en el futuro él haga lo mismo y se pregunte para qué se casó y tuvo hijos?

Mi mente se hace todo tipo de preguntas. Y el mundo tiene todas las respuestas. Mis respuestas son un programa de cocina gourmet. Aprendo a cocinar alimentos sabrosos y nutritivos. Ahora soy más sano gracias a eso. También pago un gimnasio que me mantiene fuerte y aun más saludable. El teléfono y la Internet me mantienen en contacto con mis compañeros de la secundaria. Ahora soy una mejor persona gracias a eso. La Iglesia me mantiene ocupado los domingos, llenando mi vida de fe y obras de caridad. Soy un mejor samaritano gracias a eso.

El padre dice: “Verás a Dios en los ojos de sus fieles”. Y yo miro a Dios a los ojos y bostezo.

A esta altura de mi vida lo tengo todo. Y quisiera no tener nada. Quisiera ser un bebé indefenso e inútil, que sólo vive para dormir, comer y llorar.

Comienzo a llegar a casa más cansado de lo habitual. Ejercitarme tres veces por semana y comer comida gourmet ya no me mantiene en niveles óptimos de energía. O al menos eso es lo que siento.

Tarde por la noche, mi esposa, acostada a mi lado, me mira a los ojos y me dice que me ama. Yo le devuelvo la mirada y bostezo. Y me quedo dormido.

Por primera vez en mi vida tengo un sueño. Sueño que estoy volando por un atardecer rojizo, en dirección al horizonte. Pero mientras más rápido vuelo, más se aleja de mí. Despierto. El reloj marca las seis y media. Es hora de levantarse. Es hora de ir a trabajar. Otro día comienza.

Hoy es viernes. Hoy tenemos otra reunión informal. Mis compañeros me abrazan. Yo les devuelvo el abrazo y me quedo dormido durante los pocos segundos que eso dura. Mi compañera me mira a los ojos y me dice que todo está bien. Yo la miro y no le digo nada.

En el viaje de vuelta, en el tren, me quedo dormido de pie.

Apenas me queda energía para cenar. Después, voy derecho a la cama.

Me despierto después de mi sueño recurrente. Son las seis y media nuevamente.

En el trabajo, mi cansancio crónico empieza a hacer mella en el orden que mi compañera tanto admira.

Vuelvo a dormirme en el tren.

Cenar para poder ir a la cama.

Soñar con el horizonte inalcanzable.

Despertar.

Trabajar ineficientemente.

Dormirme en el tren de vuelta.

Para llegar a casa a cenar e ir a la cama.

Para descansar para poder ir a trabajar al día siguiente.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Seis y media. Me despierto para poder ir al trabajo. Cepillándome los dientes me doy cuenta de que hace semanas que no hablo con nadie. Al menos no de verdad. Los viernes no cuentan, son parte del mundo Barbie. Y al final de cuentas, toda mi vida es así.

Es muy temprano. Antes de irme de casa, me acercó a la cuna de mi hijo. Me inclino levemente para besarle la frente y susurrarle al oído. Le digo “te odio”, aunque en realidad lo envidio.

En el trabajo, todo marcha como de costumbre. Llamadas y más llamadas, coffee breaks y sonrisas de plástico pintado. Charlas sobre reality shows. Café y más café. Más charla, ahora sobre telenovelas. Un poco más de café y un monólogo de mi compañera sobre un video gracioso de Internet. En sus ojos veo a Dios. Y bostezo.

Despierto. Son las seis y media. Pero hoy no es día laborable. Hoy es día de Iglesia. Hoy toca que sea el padre quien me mire a los ojos, me diga un cumplido y me dé un abrazo. ¿O será una bendición? Da igual, un abrazo es tan efectivo como una bendición o como una mirada indiferente.

Domingo por la tarde es día familiar. Toca almuerzo y sobremesa. Luego paseo. Todo está planeado. No vaya a ser cosa que se vuelva interesante.

Vuelvo a casa para cenar e ir a la cama.

Sueño recurrente con el horizonte inalcanzable.

Despierto seis y media para ir al trabajo.

Odio mi vida.

Mi compañera me mira a los ojos y me pregunta si estoy bien. Yo bostezo y no le respondo. Sorbo mi taza de café y sigo escuchando la conversación supuestamente graciosa sobre la música que escuchábamos cuando éramos adolescentes.

Vuelvo a dormirme en el tren.

Ya no voy más al gimnasio, no cocino comida gourmet. Apenas ceno me voy a la cama. Aunque no tenga sueño, lo que suele ser más bien raro por estos días. Mientras más duermo más cansado estoy.

Así y todo, no fallo en despertarme a las seis y media. Todos los días.

En el trabajo ya no es todo abrazos y cumplidos. Mi jefe se queja de mi falta de atención en mis labores. Por ahora no sabe que me paga por dormir sobre el teclado.

El vaivén del tren sigue induciéndome el sueño.

Vuelvo a casa a cenar. En la cama mi mujer me pregunta si aún la amo. Yo la miro a los ojos y bostezo. Ella comienza a llorar y yo sólo la miro. En sus ojos veo a Dios, y no puedo dejar de bostezar.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Una y otra vez.

Despierto a las seis y media después mi recurrente vuelo onírico.

En el trabajo mi jefe se queja de mi desempeño y me advierte.

Hoy es viernes. Mi compañera me abraza pero ya no me dice nada. Es mejor así. Se siente más auténtico.

Me duermo en tren de vuelta.

Llego a casa para cenar, firmar los papeles del divorcio e irme a la cama.

Despierto a las seis y media.

Mi jefe me dice que ya no me moleste en volver mañana. Me da un abrazo y me desea suerte, aunque hoy no sea viernes.

Ahora soy rico. Tengo todo el tiempo libre. No tengo trabajo ni familia.

Vuelvo a dormirme en el tren de vuelta.

Llego a casa. Directo a la cama. Ya no tengo por qué seguir despertándome a las seis y media. Y sin embargo lo hago.

Los días se suceden.

Llega el domingo. El padre me da un abrazo, una palabra de aliento, una bendición. Todo por el mismo precio. Me dice que en la adversidad surge el verdadero coraje. Dice un montón de cosas más. Yo sólo lo miro y bostezo.

Vuelvo a casa para cenar e ir a la cama.

Despierto a las seis y media. Llamo a mi mujer para decirle que quiero verla a ella y a nuestro hijo. Parece que quiere responder algo, pero no me detengo a escuchar qué. Cuelgo el teléfono mientras aún se escucha “¿Quién es?” del otro lado.

Me dirijo a casa de mi suegra. Aún tengo la llave que guarda mi mujer en el cajón de los cubiertos. Son las siete de la mañana y entro por la puerta de atrás, la puerta de la cocina. Mi mujer se sorprende al verme entrar, al igual que mi suegra.

Son las siete y media de la mañana, me encuentro en el tren, rumbo al trabajo. Pero esta vez, el vaivén del vagón no me provoca sueño. Todo lo contrario, estoy demasiado emocionado como para sentir cansancio.

Son las ocho de la mañana. Hora de entrar al trabajo.

Todos me miran con cara rara, empezando por la chica de la recepción. Hoy es viernes. ¿Qué pasa? ¿No hay abrazos?

Doy los dieciocho pasos que hay desde la salida del ascensor hasta la cocina. Todos están charlando animadamente mientras disfrutan del primer café de la mañana. Su jovial conversación se ve interrumpida por mi presencia. Todos se sobresaltan. Algunos gritan.

Mi compañera me mira a los ojos y no dice nada. Le disparo en pecho y no dice nada. Les disparo a todos los demás, derramo su sangre por todo el lugar, bañando los azulejos de la cocina.

Luego cruzo el pasillo, entre gritos e histeria, llego hasta la oficina de mi jefe. Le disparo antes de que se ponga de pie o reaccione de modo alguno. Muere con el teléfono en la mano. Si no me equivoco, como todas las mañanas, estaba hablando con su esposa.

Vuelvo a la cocina, el piso está desierto ahora. Los que no maté huyeron. Estoy solo. Me sirvo una taza de café. Se siente bien, muy bien estar de vuelta en el trabajo.

Al terminar mi café, lavo la taza y la dejo boca abajo sobre la mesada, para que se escurra el agua.

Luego me apoyo el cañón de mi arma contra el pecho y aprieto el gatillo.

Soy la muerte de mi mujer. Soy la muerte de mi jefe. Soy la muerte de mi compañera. Soy una mancha roja en el suelo de la cocina.