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Esther M. García
Esther M. García.
Sobre La doncella negra, de Esther M. García, o Electra bajo el signo de la polución

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En la primera de las cartas que Rainer María Rilke envió a Franz Xaver Kappus como respuesta a sus inquietudes artísticas, el poeta consagrado le señala al novato que la poesía, para ser notable, no necesita dar cuenta de experiencias inéditas o portentosas: si al poeta su vida le parece pobre de temas es porque no es lo suficientemente poeta como para descubrir la maravilla que se oculta tras lo sencillo. Ni la biografía más árida carece de hechos o experiencias dignas de poetizarse: he ahí la experiencia común de la infancia, señala el poeta en lengua alemana. Y es hacia la infancia —eje determinante de todo el libro— a donde, en un primer momento, en la sección “Ojos de niño”, dirige la mirada el poemario La doncella negra, de Esther M. García.

Se trata de una infancia, eso sí, marcada por la ausencia del padre y del hermano, por el odio hacia la madre; familia en ruinas, cuya configuración dialoga con la tradición al replicar el esquema relacional de los personajes de la Orestiada de Esquilo. En el poema “Demiurgos” se describe la gestación mítica de esta Electra-poetiza hecha de arena y huesos de pájaro, mitad humana, mitad divina, y destinada a la degradación del consumo más brutal: “Así nací / Un frágil esqueleto / dentro de un paquete de carne molida / —lo cósmico de mi linaje se diluyó como agua— / Me venden en el supermercado caro de la vida”. Sin embargo, lo sabe, su mitad elevada terminará por liberarse: “Pero no me desanimo / Mis huesos se juntarán de nuevo / y —¡oh, poderoso milagro ancestral!— / saldré volando / porque los seres como yo / nunca mueren. La reflexión es la del lugar o la necesidad del poeta en el contexto del capitalismo, donde es susceptible de convertirse en un producto.

En el poema “Abandono” se perfila la figura del padre; Agamenón caído por los efectos de la polución (nos enteramos más adelante) cuya gradual ausencia es interpretada, en un delirio compensatorio, como un mensaje del amor en negativo: “Me quedé sola llorando / en medio de la plaza / por más que grité su nombre / no aparecía ni él ni su mirada / pensé ‘lo que ha ocurrido es / para decirme cuánto me ama’ ”. En el poema “El lenguaje” no sólo se introduce el tema de la tormentosa y ambivalente relación con la madre, sino el de la adquisición del lenguaje, que se le traspasa a la poetisa como una contagiosa peste. Así, gana la herramienta de su arte, pero al mismo tiempo pierde la relación directa con lo real. Amor y odio a la madre, amor y odio al lenguaje que ella le entrega: “Tal vez —quieres pensar— fue aquel ser limpio y perfumado, / aquel monstruo protector y bien amado, el que inició la pesadilla”. Aquí aparece como intertexto específico el sueño de Clitemnestra que vaticina la venganza de sus hijos: mientras amamanta a una serpiente ésta le extrae del pecho un coágulo de sangre.

Como figura contrapuesta a la del padre lejano, aparece, en el poema “El músico”, un Orestes tierno y protector, que llena con sus acordes la frialdad del hogar destruido. Sin embargo, el hermano también se encuentra ausente y la música embasada ya no es capaz de producir el efecto balsámico que —orfismo invertido— repelía a las alimañas del hogar: “Mientras nosotros aquí, en la oscuridad, / oímos grabaciones sin que nada se ilumine / y los animales rastreros y los insectos / siguen como siempre acechándonos a cada instante”. En “El plomo” se nos proporcionan más datos de la historia familiar. La hablante vive sola con la madre en un pueblo arrasado por el plomo de la misma fábrica que minó la vida del padre hace cinco años. Como la comunidad que describe, el poema se resquebraja en varias escenas en donde vemos ya a nuestra Electra-poetisa mirando sus manos carcomidas y malformadas, ya el colegio donde los niños apenas pueden respirar. Poco a poco se visualiza el itinerario del veneno desde las chimeneas industriales hacia los ríos y de ahí a las cañerías y por último a la sangre de los habitantes. Sangre maldita por la polución como la sangre de los átridas por los crímenes familiares: “De su gran chimenea roja / desprende como costra marranosa plomo y / mercurio en el río cercano a las casas / Ya en pocos días será el agua / en el vaso en que siempre bebo”. En el último poema de esta parte, “Caracoles”, se introduce el tema del aborto; último en la suma de los descalabros familiares que volverán a aparecer en las otras secciones, espejos de la primera. En este sentido, el núcleo temático del libro ya estaría aquí completo.

En “La doncella negra”, se desarrolla la salida de la infancia y la intensificación del odio a la madre. No obstante, aún se recuerda con nostalgia su protección, aunque la niña de antaño resulta asesinada por la irrupción de la joven, que nace quebrada. La sección tercera, “Eros”, da cuenta, precisamente, de la dimensión amorosa de la hablante, previsiblemente hostil dado el trauma familiar; la relación sexual se analoga a un crimen, a una lucha en que un alma busca “borrar” a la otra, y el pene masculino resulta ser un puñal. La sección “Galería” es una serie de écfrasis glosadas que replican artísticamente los traumas familiares de la primera parte: El grito de Munch, él ánimo desgarrado; Saturno devorando a sus hijos de Goya, la freudiana relación con el padre; La cama volando de Frida Kahlo, el aborto; El suicidio de Dorothy Hale y La columna rota de la misma pintora, el sujeto angustiado y herido por la desintegración familiar. La siguiente sección, “Lugares para habitar”, funciona ya no como espejo, sino como una serie de mundos posibles en donde la quebrada Electra eventualmente podría habitar en el futuro. De este modo, se debate entre la esperanza utópica (“La jaula”, “Árbol”), el repliegue hacia el pasado amargo (“Caja de cartón”) o la aceptación del presente con sus pros y sus contras (“I love the streets”).

En la última sección, “Entropía”, se produce una suerte de síntesis o condensación de pasado, presente y futuro, justamente en tres poemas que cierran el libro bajo el signo caótico de otras tantas posibilidades (y es clara la elección de esta Electra urbana y un tanto gótica): la entrega a la peligrosa belleza de la poesía, a la frivolidad de la vida posmoderna, a la trampa mortal de una madre monstruosa y su lingüístico veneno.

Queda en evidencia, pues, un trabajo minucioso tanto en la estructura global como en la progresión temática —trabajada en cada poema— que primero se expone, luego se profundiza, y por último se reelabora, para concluir en una unidad conceptual notablemente bien pensada. Los recursos expresivos son variados y precisos: desde el juego gráfico hasta la onomatopeya; de la notable aliteración (“Levitas levemente y te lleva el viento”), al poderoso efecto visual de las imágenes. Y todo dentro de una velada y tal vez inconsciente estructura mítica, tan cara a los modernistas anglosajones, y a Eliot en particular. A sus veinticuatro años Esther M. García ofrece un poemario de innegable valor literario, con un discurso potente en términos de actualidad y en agudo diálogo con la tradición.