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Walter Riso
Walter Riso.
El camino de los sabios, de Walter Riso

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¿Qué puedo encontrar en las palabras? O dicho de otra forma: ¿qué puedo encontrar en un libro, al margen de las hipostasías de la realidad? En mi tarea como lector he encontrado una sorpresa literaria. Por casualidad pasé hace semanas por una librería de barrio. En el escaparate detecté un trabajo desconocido: El camino de los sabios. Se trataba también de un escritor nuevo para mí: Walter Riso. Lógicamente tuve que entrar y examinar aquella obra. Tras leer una sinopsis y algunos párrafos no puede resistirme; lo compré. Para un estudiante de segundo ciclo de filosofía aquello tenía un interés especial. Se trataba de un ejemplo de filosofía práctica. (Nada de manuales de autoayuda) Por si debo decirlo todo, esa expresión: la filosofía práctica representa un reto y una exigencia de para filósofos actuales. Podría concebirse como una obligación de lo profesional y de lo cotidiano; tal vez una demostración de aquello que se quedó en desuso en el terreno de las utopías.

Para bien, este libro supone un experimento literario que hace eco de posibilidad práctica. En forma de ensayo predica que el pensamiento clásico aún está vigente. Lo hace con relatos biográficos de filósofos y con resultados de experimentos con pacientes. Walter Riso, ítalo-argentino, que trabaja como psicólogo en Barcelona, ha demostrado que la filosofía, que va desde algunos presocráticos hasta la época helenística y romana, nos es muy útil todavía. Parte de un planteamiento muy simple: nuestra mente dispuesta culturalmente tiene unos patrones. Éstos se han transmitido por diferentes vías; pero su estructura está intacta desde el momento de la creación grecolatina —se refiere a la formación de ideas y de conductas vinculadas al pensamiento tales como la idea de lo bueno y de lo malo, del placer, de la felicidad y de las consideraciones sobre el libre albedrío. Bajo esta hipótesis efectúa un trabajo de campo y descubre que una mente con disociación, bajo el yugo de una enfermedad mental, no sólo es consecuencia de factores personales y/o circunstanciales; también lo es por la modificación de su estructura mental —cultural. Según Riso, si somos capaces de restaurar la estructura cultural la curación del paciente es mucho más rápida. O dicho de otra forma, recordar o informar de las ideas que nos inculcaron antes de la enfermedad sirve para mejorar y por lo tanto para aspirar a la felicidad individual. De esta forma la filosofía se convierte en algo extraordinario: una terapia cognitiva. En el desarrollo del ejercicio psicológico se establece un diálogo, adoctrinal, con el profesional. En este viaje no sólo se práctica un análisis de la existencia del enfermo; también se debate cuáles son las creencias ahora y antes de la enfermedad.

“El camino de los sabios”, de Walter RisoEl autor de esta obra, que ha obtenido resultados extraordinarios en su propia consulta, utiliza las ideas de los filósofos para que sus pacientes reflexionen sobre sí mismos y para que reconstruyan su personalidad. Enfrentarse a las creencias y a la cultura es una forma de restauración individual. Al mismo tiempo es una forma de difusión de la filosofía. En el groso del libro se estudia a muchos filósofos de la antigüedad. Quizás, y coincido con ello, se ha detenido en varios casos por su peculiaridad: Sócrates, Epicuro y Diógenes. El primero era un provocador por excelencia, que se autodenominaba “el tábano”. Su tarea consistía en acosar a preguntas a su adversario hasta que éste llegaba a contradicciones —mayéutica. Entonces, y sólo entonces, Sócrates decía que sólo sabíamos que no sabíamos nada. Ese es el camino para comenzar por el principio. La vanidad intelectual nos pierde y nos pervierte. Epicuro reflexionaba sobre el placer. No de un placer puramente hedonista y lujurioso, al estilo de ciertos patricios romanos posteriores. Su placer era reflexivo y consistía en alejarse del dolor, de toda clase de dolor. Al final se quedaba en paz, en su jardín, envuelto por una agradable incertidumbre. Podría decirse que era un optimista: todo lo revestía en su conciencia de la mejor manera posible para acercarse a la felicidad y disipaba de la misma aquellos pensamientos que le conducían a las angustias. Por último, Diógenes requiere para mí una atención especial. Cuando dijo que cada vez que observaba a las personas se daba cuenta de lo que admiraba a los animales, lo dijo todo. Su vida de perro (cínico significa perro en griego clásico) consistía en plantear una contracultura. No se dejaba dominar por normas ni costumbres; todo lo contrario, vivía sin más a su manera, efectuando sus necesidades íntimas a la vista de cualquiera. Era el otro gran provocador de la antigüedad porque sus actuaciones públicas llamaban la atención poderosamente y reflejaba que vivir era mucho más sencillo de lo que parecía. Vivir así era un puro acto de valentía porque exigía vivir sin tener en cuenta los comentarios de los demás. En una ocasión fue visto pidiendo limosnas a una estatua. Cuando le preguntaron por lo extraño de su comportamiento respondió que así se acostumbraba al rechazo de los demás: para hacerse más fuerte.

Es indudable que los ejemplos que Walter Riso utiliza y sus propias estadísticas clínicas demuestran que la filosofía es útil hoy en día. Su reto ha sido el siguiente: ver la filosofía desde el punto de vista de la psicología. Su logro, sin duda, un prototipo de filosofía práctica admirable. A mí no me cabe duda de que este libro va a formar parte de mi biblioteca. El descubrimiento de su existencia, en una vieja librería que suelo visitar, me demuestra que los libros, los textos, pueden tener muchas cosas en su interior. Como si de un organismo vivo se tratara, al exprimirlos escupen miles de historias: algunas son relatos que desdibujan la realidad; otras son narraciones que encuentran los entresijos de nuestro interior; y otras enseñan que es posible una sabiduría —adoctrinal— útil y necesaria.