El hijo del manzano
El guardián nocturno despertó a las seis de la tarde con las campanadas de la iglesia. Salió saltando de la cama, no cambió ni limpió sus ropas, solamente corrió directo hacia el manzano. Encontró al juez pálido frente al árbol y con los nudillos enrojecidos. El guardián lo llamó con voz baja pero ninguna reacción se produjo. Luego un poco más fuerte, y nada, hasta sacudir por los hombros al juez, quien pronunció, apenas dándose a entender, que no se iría sino cuando el manzano cerrara la boca. Era evidente que deliraba, porque ninguna boca se veía del manzano que, como nunca, estaba tan normal, enraizado en el suelo, frondoso y liso, pendiendo tantos frutos de las ramas.
El guardián empuñó un palo que estaba recargado en la pared de la iglesia y se acercó lento al árbol. Temblaba y sudaba sin saber a quién temer más: al manzano que la noche anterior había abierto sus fauces o al perturbado y pálido juez, a quien quedaba dando la espalda. Las ramas del manzano comenzaron a agitarse con fuerza, soltando hojas y hojas sobre la cabeza del guardián. Luego, en su tronco se abrió una boca enorme de la que salía puro viento. Los ojos de juez municipal empezaron a secarse, pero seguía inmóvil. El guardián continuó avanzando. Cierto es que no tenía ni idea de cómo enfrentar a un manzano con boca, pero qué podía hacer si ya se encontraba en camino. Golpeó el tronco del árbol y éste se ensanchó amenazante con la boca más abierta, tragando al guardián.
El juez ya no volvió a moverse. Quienes visitaban el pueblo le colgaban sus bolsas de comida mientras tenían tardes de campo a la sombra del manzano, las palomas se le posaban en los hombros y las golondrinas encontraron perfecto cobijo en su cabello.
Cumpliéndose dos años exactos de aquella desventura, un montoncito de tierra empezó a sobresalir de un valle al otro lado del pueblo. Luego se asomó un gran mechón de cabello, una cabeza entera, un hombro, el otro... Era el guardián desnudo, cubierto de savia, con una rama fresca saliéndole del ombligo.
Tesoro de familia
Sentado, creía no poder esperar a que la gente se marchara del viejo parque o al menos se alejara lo suficiente de la banca fría de metal. El arma parecía palpitar, pero eran las venas de su mano temblorosa que la sostenía bajo la gruesa tela del abrigo.
Cerró los ojos y dejó de escuchar al gentío. Abiertos otra vez, se supo solo. Sacó el arma, quitó el seguro y encañonó apuntando con precisión, como no hace mucho ejecutaba en el campo de batalla. Era ahora o después no se atrevería, se vería disuadido por el recuerdo de su esposa asegurándole que no era necesario, que no valía la pena terminar una vida a causa de tonterías... Pero ni era una tontería, ni podía tolerar consideraciones.
A punto de disparar, recordó los ojos de Rocío y Manuel que esta mañana le suplicaban llorosos que no lo hiciera, cuando lo vieron tomar el arma de la gaveta superior de la alacena. —¡Padre, no lo haga, por favor, ya habrá otro remedio! —gritaba Manuel desesperado, pero su padre salió apartándolo bruscamente.
En voz alta se repitió que no había marcha atrás, la decisión estaba tomada. Hasta le repudiaba la posibilidad de regresar a casa con el arma en la mano, arrepentido, dando el ejemplo de un cobarde incapaz de sostener su palabra. Así que disparó.
Una mancha de sangre corrió desde el cuello hasta el pecho, los ojos perdieron horizonte y el pico se abrió mientras descendía hundiéndose en el lago. Guardó el arma en una de las bolsas del abrigo. Se puso de pie y se acercó.
Tomó al pato por el cuello, sacó una navaja y ahí mismo le hurgó las vísceras hasta extraer la llantita que, por accidente, Manuel había desprendido del auto de juguete —durante generaciones atesorado por la familia— al concluir la visita vespertina al parque el día anterior.