Letras
Viajero

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Óscar viaja, viaja y viaja. Acumula recuerdos, imágenes de carreteras, museos, parques, auditorios y teatros llenos de desconocidos. Vive la esclavitud de los hombres que gozan la libertad de tránsito.

Ya no quiere esto, se siente solo. La ama, mas no la ve nunca. Tiene una fotografía suya en la cartera y las palabras que pronunció el día de su boda, metidas en la memoria. Trece llamadas telefónicas y setecientos noventa y un telegramas los han unido en un matrimonio de diez años.

Renuncia y se arriesga a la incertidumbre de vivir del amor que habita en unos cuantos recuerdos y de alguna nueva forma de hacerse de dinero. Venderá su automóvil, cambiarán de domicilio, arrebatará a María las flores frescas que alegran la casa y cambiará la alfombra por algo más útil.

Sube al tren y comparte el asiento con un hombre que tose sin parar con la cara enrojecida y las venas del cuello hinchadas. A fuerza de cansancio, no de ganas, cae dormido hasta que arriban a la estación del muelle. Sale del vagón y aborda el barco, ya sólo le esperan dos meses de viaje. No piensa telegrafiar a María, prefiere darle la afortunada sorpresa.

Horas después, jaqueca y mareos que atribuye al movimiento del barco. Días adelante, un calor insoportable. Por la noche se tiende sobre la cama, no tolera cobijas, se estremece, durante el sueño le da un escalofrío que lo retuerce por todo lo largo, que le hace acercar las sábanas y luego retirarlas.

Han pasado ya tres días sin que lo sepa. No ha salido a probar bocado, sólo ha bebido agua y vino. Despierta cansado. Se dirige a la enfermería y pide ayuda de un médico que, por supuesto, tarda en llegar porque está disfrutando del azul del océano, acompañado de una copa de champagne y una mujer que viaja con su esposo que se ahoga en la cantina.

El médico suministra algunos medicamentos y recomienda compresas para bajar la fiebre. Así, con cuidados, llega a su ciudad. Telefonea a su mejor amigo para que vaya a recibirlo. Una vez que Hernán llega al muelle, expresa su inquietud por la coloración tenue de la piel de Óscar, quien ahora tose con tanta fuerza que no sabe si saldrá una flema o un pulmón entero. Hernán se ofrece a acompañarlo al médico, pero Óscar prefiere ir solo.

Después de arduos análisis médicos, llega a casa de Hernán y permanece ahí durante cinco días, escondido, esperando la respuesta del doctor.

Un lunes a las ocho de la mañana, Óscar se levanta, pálido y más delgado. Bebe un sorbo de leche y escribe una nota a su amigo: “Hoy el médico definirá mi destino”. Antes de firmar la nota, una terrible tos lo ataca, escupe y seis puntitos de sangre se dibujan en el papel.

Entra al vehículo de Hernán. Conduce hasta el laboratorio. Saluda a la recepcionista, cubriéndose la boca con un pañuelo blanco lleno de manchas amarillas y marrón deslavadas. Pide sus resultados. La recepcionista le extiende un sobre de papel. Óscar lo toma y, poniéndolo entre su cara y la lámpara, observa transparentarse una hoja. Abre desesperado el sobre y se aleja de la mirada desconfiada de la empleada.

Sin el menor cuidado extrae la hoja, la desdobla y ve: POSITIVO. Ya lo esperaba, no podía ser otra cosa.

Sube de nuevo al vehículo, deseando que algún infortunio lo haga morir ahora y no lentamente; que María le llore creyendo que recién regresa a la ciudad, que ha sufrido un accidente automovilístico, que un asesino lo confundió con alguien más... cualquier cosa, pero que no le llore durante meses por no avisarle que venía, que llegó, que estaba enfermo, que está muriendo poco a poco y ella no puede hacer sino cuidar a un desahuciado que fue su esposo el día de la boda y, después, un personaje del que leía por telegramas.

Odia la idea de llegar a casa y enfrentar la verdad a María; sin embargo, llega y abre la puerta. Encuentra a su esposa sentada en el fondo del lobby, bordando. Los muebles acomodados como hace diez años. La mesa ratona a un lado de María aún sostiene el cofre que Óscar le regaló para que guardara los telegramas, diez años atrás.

María baja las cejas reconociéndole la silueta a contraluz. ¡Es Óscar! Tiene que ser él. Deja el pañuelo y la aguja y se para dispuesta a avanzar a su encuentro, pero Óscar se lo evita con un grito y, llorando, le dice que va a morir pronto.

Sale de la casa y conduce de vuelta al muelle. Compra un boleto para iniciar cualquier trayecto que le demore más de dos meses. Sube al barco, entra al camarote y se acuesta en la cama a esperar.

María permanece extrañada durante treinta minutos, sin saber si debió salir a detenerlo o llamar a la policía para que vaya a buscarlo y le evite cometer una locura. Si sale a detenerlo, no lo alcanzará, ha pasado mucho tiempo. Si llama a la policía para que vaya a buscarlo, no sabrá ya dar descripción de su marido, no sabrá referir sus facciones y tampoco guarda fotografías suyas. María decide seguir bordando.