VII
La casa que me habita bulle y se agita por todos y cada uno de sus costados. Me creo merecedor de sus bondades y me comprometo a ser testigo veraz de los acontecimientos que la tornan viva y palpitante.
De improviso, recovecos y rincones de la casa quedan abiertos y dejan huir a innumerables objetos, muebles y diminutos huéspedes. No pierdo detalle del evento; no extraigo ninguna conclusión errónea. Escruto y me escruto.
A simple vista, este hecho portentoso disfruta de la aglomeración de antiguas pisadas y del continuo transitar de esperanzas circunscritas por el cerco de las paredes.
Dando un veloz vuelco, en los inmediatos días la casa desplegará sus aires y gravitará sobre los espacios que atestiguan todos los pormenores.