La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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VIII

La plenitud de la casa no se detiene. Ella intuye la cercanía de la gran puerta orientada hacia el giro lúcido de la veleta.

Bajo el entramado de las vigas, la vida hogareña transcurre en la contemplación de la luz cenital, alta en su persistencia. Sin embargo, la claridad sólo le es dada a quienes se atrevan a cruzar los umbrales interrogadores de la edificación.

Con hueso y calcio las paredes enaltecen la subida que las pondrá al mismo nivel de las enramadas donde se detiene la luna.