La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XVI

Las vigas de la casa piensan en la palabra alcayata y, de inmediato, dos pequeños redondeles de hierro penetran las maderas.

La noche, ese reptil colgante, se manifiesta de extremo a extremo y decide pender, en oscuridad casi total, para cobijar a una mujer perseguida por los soles costeños. Del norte llega el azul del mar y el este dona lo rosáceo, afín al crepúsculo. (La hamaca se inventa y es inventada. La urdimbre termina por seducir a la mujer y la convoca a su interior).

Desde el siglo XIX, impromptu, Chopin arriba con su piano. Ayarí respira nocturnos y, sin más preludios, vuela en las alas del ave polonesa y salva los abismos.

El piano exhibe las teclas en cuyo ámbito se tensa el amor y los pentagramas nacen desde el fondo de la pasión que resuena.

La casa torna músico y romántico al poeta, quien aprovecha para repartir a su altura los sueños y ofrenda un beso, humanamente labial, en la cruz erótica que Ayarí a sus anchas desplegó.