La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

XVIII

Ciertas noches de brisas o céfiros mensurables la casa se siente nao barcina y hace crujir las cuadernas porque pretende navegar sobre las corrientes subterráneas de su propio destino.

Me provoca la casa con el despliegue de gruesas velas. Subo al mástil imaginado para ser capitán en medio de la ventisca y de bandadas de pájaros poetas. Diviso la estrella polar y tengo la certeza de que bajo su luz la mujer se ha vestido una vez más de blanco. Aborda ella la casa navegante con orgullo de corsario.

El cuaderno de bitácora y poesía permanece abierto en las páginas que prevén la perentoria llegada de la audacia femenina a bordo. En el puente de mando acepto la orden del beso y labios y lengua y dientes forman la rosa de los vientos en el seno más exaltado.

Un solo camarote (ausente el ojo de buey) aloja a la suficiente tripulación: la capitana y yo; yo y el cordaje marinero; la capitana y sus deseos de sudor y sal ; yo y el emergente golpetear de una ola de licor...

La casa navega hacia lo más profundo de la noche y la pareja de amantes enreda sus cuerpos en pos de las tenazas de los cangrejos en celo.