La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

XX

Las puertas de la casa se abren en sucesión y la línea recta las ha preparado para que ejecuten sus destinos al permitir el paso de músicas, imaginarios verbales y una atractiva mujer, quien a ratos enmudece y viaja.

Es el aire energético emanado por la planta de la casa el que hace converso y perenne al estro emocionado de la poesía. Brilla en cada rincón siendo fanal en su estallido.

Una silla mecedora organiza el ligero vaivén de la casa. La mujer aposenta la exaltación plena en su cintura de ánfora. La libación del más excelso vino acontece en los territorios lúbricos del beso. Casa y vino y mujer propugnan un minúsculo país a la medida de noches sin término.

La casa no pretende adioses ni separaciones bruscas. Sólo las tempestades de la poesía caben en su necesidad de cuerpos y almas para gravitar.

Buena la casa con la mujer buena y el poeta amante duplica su corazón para que la mujer prolongue en él su estadía y sea casa y la casa sea mujer aun más en la pasión por el hombre soñador y sutil.