La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XXIXXI

La especial tarde de un sábado palpitó sus diecinueve impulsos vegetales y un fastuoso dominio del verde se volcó sobre Ayarí en deseo y bienvenida.

La casa ratificó las alegrías al sentirla y tenerla dentro con aromas y fragancias de orquídeas impregnados en su cabellera.

El poeta expandió el pecho para que la mujer descubriera el bosque de palabras plantadas allí. Ayarí leyó con avidez sirviéndose de los labios inmensamente íntimos y su corazón imprimió los poemarios.

Luego, la casa ofició la hechicería del condumio y de la marmita emergió piscis, duplicado y borracho en ciruelas, con su séquito de camarones erotizados. A su lado, la campiña se hizo presente en el brillo morado que se agitó muy sensual tras el baño de perfumes. Completó la tríada la imitación frutal del mundo, preñada de colores al gusto.

La casa arropó a los amantes-comensales con su decisorio encantamiento y sus bocas se encontraron en lujuriosos sabores y las caricias extendieron la hora de la entrega al posar sobre un desnudo seno el adiós que no se consume.