XXII
Alta, sentada bajo la lámpara de taparas, Ayarí se ilumina a sí misma y me convierte en su reflejo. Ella mira la luz y es agua suspendida lo que ve.
Alta, erecta en mi tiempo, del tamaño de sus ojos deseantes, regresa de cercanas montañas y su alegría vuela entre los cocuyos que brincan sobre la pimpina.
Alta, segura en el espacio del jardín, a través de los helechos que cuelgan de un pedazo de cielo, camina ella consagrando nuestra primavera.
Se aleja con un sol de leves brasas y con la promesa de calentar en su seno a la mañana que la contempla y se extasía.
(La casa la observa partir y se nutre aun más, en soledad, del alimento que deja la nostalgia).