La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

XXIV

Sobra el fenómeno multicolor cuando invita la mesa señorial a la cena que seduce. Las horas ensanchan sus complicidades y la vida dentro de la casa ordena una prórroga para que los amantes se fusionen y sea uno solo el jadeo.

El poeta quiere, ante todo, esbozar una autobiografía mínima, donde lo más excelso y amoroso quede escrito sobre el pubis depilado de Ayarí-hembra y mujer-niña.

Ante su desnuda presencia me evado a otro mundo y fluyo en el pálpito de los corazones acelerados y corro entre vellos humectantes, tan entero y cierto de mí que el presagio de la noche enmudece con mi canción.

(La casa también se despoja de su vestimenta prescindible y trota en el camino del viento como si fuese un suspiro blanco de Dios).