XXXII
Acariciar un largo pelo negro, un suspiro ardoroso de azabache, en medio de las miradas que una mujer de esta índole va ensartando con deleite. Ayarí se encuentra siempre tras los gestos de la noche en ciernes. Su gallardía se expresa más cuando la estatura descuella a la hora de intercambiar besos: ella, de pie; el poeta, sentado y laxo.
La casa recopila un sinnúmero de instrumentos musicales y forma una orquesta, un bosque sonoro y clásico. Los amantes se ven directamente a los ojos; adivinan la sustancia ardiente que se quema en las entrañas del sábado. No hay cabida para el dominio de la tristeza ni destino furtivo. Todo es una pareja de cuerpos a la espera del estruendo que conyuga.
Otras latitudes lentas, las de la cama, preparan con fruición los mejores amaneceres, donde los muslos conversen acerca de los requiebros y se cuenten los secretos que dimensionan los privilegiados amores.