La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XXXIII

El jardín de la casa procrea sus propios vientos. A veces una tenue evaporación forja un puente ácueo y hace cruzar al día más sabático para que la casa se distienda en alborozos. Se le ilumina el ámbito al saberse sustancia de mujer gloriosa.

En tales circunstancias, hemos venido al encuentro, Ayarí y yo, con la temporada del crecimiento acelerado de las frondas. De inmediato, un beso que se prolonga y que me deja para la semana una estela de mujer amante, confidente del sábado.

Toco su corazón con tres dedos y le confieso el gusto que me daría si hiciera de mí su manjar, su ambrosía de carne. Arde su boca; me cocina su fuego esmerado.

La tarde inaugura los sucesos de los pechos inundados y cada acuciosa caricia tremola de ondas que se mueven en la piel, de un costado a otro costado.

Los sabores todos de la casa, dulces mordedores, cubren a los amantes de convicciones para que los imaginarios de los cuerpos ayuntados se resuelvan en múltiples rumbos.