XXXV
Sé lo que busco por el límite del cuerpo de Ayarí. Sé qué se hace su piel en el teatro sin sombras de la noche. Conozco la corriente rápida que fluye por sus senos y siento el batir de sus alas de niña en la madrugada tranquila.
La casa nos ha donado un espejo y en él se refleja el agua enardecida de nuestras existencias. Dentro del espejo un azul calla para narrar en silencio los eventos.
De la mesa manan flores y se hacen ramos para la grata compañía. Ayarí metamorfosea sus mejillas en pétalos, despacio, como grana fina sobre su altura.
Puedo morir con mi dedo índice recorriendo la columna de Ayarí y resucitar de oro en forma definitiva, dejando que la noche instale el brillo más elocuente sobre sus nalgas de musa y nobleza.