La casa que me habita • Wilfredo Carrizales
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XXXVII

La ventana del dormitorio traga la luz que corretea tras el gallo blanco. Me fío de ese portento y conduzco a Ayarí al rincón acolchonado. Mi voz, suave y penetrante, le llega por ondas de poesía a su oído. Imito el asalto del gallo sobre el plumaje hembra. La luz se agranda y acrisola los metales sexuales que se funden.

Celebramos con renovados abrazos y plural ardentía los destellos del alba que entona madrigales. (A la intemperie, la casa encuentra el balance de distintos colores). El candelabro y las sombras que le pertenecen por adopción, acercan la lejanía de los límites y por ventura inventan un cielo casero sólo para dos.

Las imágenes del sueño reconfortan la sagrada esencia de la noche. El dormitorio alucinado sosiega la embriaguez de las aguas que fluyen semanales por las cuatro direcciones de la cama.

Al final, el cuerpo de Ayarí se allana en mis manos y la inquieta tormenta se apacigua temporalmente hasta la nueva llamada de la noche que urge.