Damos inicio a este capítulo exponiendo algunas de las virtudes heroicas como lo son: la valentía, el cumplimiento de la palabra empeñada, la ayuda mutua entre los guerreros, el hablar en el ágora con la verdad, la estrategia guerrera, el arrojo de los caudillos, la fe religiosa en las divinidades olímpicas, entre otras. Sin embargo, serán la valentía, el buen ejemplo y el sabio consejo, en suma, la virtud, lo que más resalta, según nuestro parecer, dentro del poema épico de la Ilíada. Asimismo, la Ilíadatiene un carácter formativo en la educación desde que los jóvenes griegos de la antigüedad la leían, creemos nosotros que con un objetivo principal, a la par que se les enseñaba estas virtudes de todo guerrero que se preciara de tal, también se les dejaba un mensaje: la vida del héroe es corta y también mortal; lo cual comporta una serie de valores referentes a los honores debidos a los dioses y los honores debidos a los difuntos. Recordemos que mientras la Ilíada ocupa un período de diez años hasta que los aqueos toman la ciudad de Troya, la Odisea narra la vuelta de Troya del héroe Odiseo, que también durará diez años y constituye el gran viaje del hombre.
Creo que sigue habiendo dos corrientes sobre la autoría o no de Homero de estos grandes poemas de nuestra historia occidental. Unos que propugnan la autoría única y personal encarnada en el poeta Homero y otros no menos numerosos y respetables que creen en una tradición oral que fue alimentándose de generación en generación y que se fue nutriendo de varios aedos, y no solamente de Homero.
Humphrey Kitto nos dice en su libro Los griegos que no esperemos que éste resuelva la famosa cuestión homérica, que surgió dos siglos atrás sobre si era o no Homero el creador de las dos obras épicas que conocemos como la Ilíada y la Odisea. Creo que la disputa no está zanjada del todo. Transcribimos el siguiente pasaje de su libro para que cada cual se forme su propio criterio o al menos que cada uno se identifique con una de las dos posturas:
Pero un hombre tiene derecho a opinar, cuando se ha sumergido en Homero hasta el punto de traducir uno de los poemas. Por consiguiente, es interesante observar que de los dos últimos traductores ingleses, T.E. Lawrence, está tan seguro de que los poetas no son el mismo individuo, que ni siquiera considera esta posibilidad; en tanto que E. V. Rieu dice: “Sus lectores pueden estar tan seguros de que ambas obras pertenecen a una sola mano del mismo modo que no dudan de la presencia de Shakespeare cuando, después de conocer el Rey Juan, vuelven sus ojos a Como gustéis” (Humphrey Kitto. Los griegos. Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1963).
La Ilíada nos cuenta a través de variadas imágenes poéticas las vicisitudes del ejército aqueo en pos de la acometida y la toma de Troya. Se piensa que este poema célebre es de la juventud de Homero mientras que el de la Odisea pertenece a la vejez. No solamente hallamos guerra y sangre en la Ilíada sino también una graciosa lucha entre los dioses, que traban combate unos a favor de los aqueos y los otros a favor de los teucros o troyanos. El tema de la muerte deshonrosa era tema muy común entonces, y lo sigue siendo hoy en día en nuestras guerras de fin de mundo. Esta clase de muerte es deshonrosa no sólo para el guerrero sino para su mujer y sus hijos. Así nosotros vemos en la Ilíada el cadáver del guerrero profanado, mutilado y ultrajado. O simplemente despojado como lo fue Patroclo a manos de Héctor por la intervención de Apolo, el que hiere de lejos, así como de innúmeros combatientes aqueos y troyanos.
El argumento de la Ilíada se basa en la hybris de Agamenón, que luego éste reconocerá por el nombre de ate, una suerte de locura temporal que se adueña de su mente por unos breves momentos pero que desencadena una de las expediciones más famosas que hasta hoy hayan llegado a nuestros oídos. Otro suceso para mencionarlo es la acción constante y repetida de los dioses del Olimpo al infundirles valor, audacia y coraje a los combatientes sean aqueos o troyanos, pues unos dioses defienden y toman partido por éstos o aquéllos. Tal es el caso de Hera, Atenea, Poseidón y Hefesto por los aqueos mientras que Apolo, Afrodita y Artemisa lo hacen por los troyanos, sin mencionar al iracundo Ares.
A la par que los guerreros van cayendo unos seguidos de los otros, el alma se separa de su cuerpo y viaja descendiendo a la mansión de Hades por la acción vengadora de algún héroe amigo, debido a que tengan un ancestro en común, sus padres hayan sido amigos, o se hayan dispensado los dones de la hospitalidad. Nos referimos a la salida o aparición de un héroe vengador en defensa del guerrero amigo.
Otro tema en la Ilíada es cuando un guerrero suplica a otro por su vida en la cruel batalla, dos de tres veces la pierde, ya que el héroe no se apiada de su rival y como son tiempos duros la vida no se le respeta, aunque la Ilíada es una defensa de los valores heroicos incluso entre dos bandos que se odian a muerte. Hay una escena en que un aqueo y un troyano se perdonan la vida sólo porque sus abuelos se habían dado la hospitalidad. Incluso hacen cierto intercambio simbólico de objetos, como una espada o una daga. Lo cual dice mucho del concepto tan alto de la virtud que manejaba Homero y de lo cual él mismo estaba consciente. Al punto que unas tres veces dice en boca de algún dios que su obra iba a ser recordada y cantada por la posteridad.
También hacemos mención de la petición que Héctor hace a Aquiles, de modo que si lo matara no ultrajara su cadáver, pero Aquiles se deja llevar por la ira causada a su vez por la muerte de Patroclo y juró que no probaría bocado ni saciaría la sed hasta que él mismo le quitara la vida al matador de su querido amigo. Es una suerte de juramento casi sagrado y se repetirá también en la historia de quienes querían asesinar al Apóstol San Pablo en el Nuevo Testamento.
Digamos que un motor en la acción de la Ilíada es el homicidio y la venganza constante. Cada muerte de un guerrero representa como una ilación o un tejido de uno mayor que es propiamente el poema épico en sí. De tal suerte que la muerte de Patroclo es el acicate que impulsa el renunciamiento a la cólera de Aquiles. Pero tal renuncia es solamente un motivo para desencadenar el fin del poema y aunque es el término de la cólera inicial de Aquiles contra Agamenón, luego el primero se llena y consume en furor bélico, que instigado por Atenea acaba rápidamente con Héctor, el más valiente y querido de los héroes troyanos.
Así el cadáver de Héctor será ultrajado por todos los aqueos y especialmente por Aquiles, después que Héctor despojara a Patroclo una vez que le ha dado el golpe final que lo precipita al Hades. Le ocurre del mismo modo la muerte, al ser profanado su cuerpo de la manera más afrentosa, lo cual incluye la mutilación de los tendones de las piernas, poniendo en su reemplazo dos correas, las cuales serían atadas a un carro para que éste saliera a dar una vuelta con el cadáver de Héctor a través de la llanura de Troya, donde combatían ambos grupos de contrincantes.
Héctor se hace de la armadura de Aquiles. Por esto tanta es la ira de Aquiles, que no solamente es Héctor el que mata a su mejor amigo, Patroclo, sino que es como si él mismo hubiera sido muerto por Héctor. Recordemos que Patroclo Menetíada es un enviado de Aquiles a la batalla y, al principio, antes de reconocerlo, todos los troyanos quieren acometerlo y verlo muerto pues es confundido con Aquiles por la armadura que éste le había prestado a su escudero, el hijo de Menetio.
En cuanto a Patroclo, éste es objeto de una lucha enconada y feroz entre guerreros de ambos lados. Mientras los aqueos lo asían para llevarlo hasta las naves a orillas del mar, los troyanos lo halaban para llevárselo hasta la ciudad donde recibiría un trato denigrante y de profanación. Su cadáver se lo iban a dar a los perros de Troya, con el objeto de saciar la sed de venganza, que no se aplacaría hasta ver el cadáver mancillado.
Para ilustrar esto mejor, leamos las palabras de un aqueo al respecto: “Antes la negra tierra se nos trague a todos; que preferible fuera, si hemos de permitir a los troyanos, domadores de caballos, que arrastren el cadáver a la ciudad y alcancen gloria” (Homero. Ilíada. Bogotá: Panamericana, 2005. Pág. 367). Ahora, sobre el horror que suponía el ultraje del cadáver de Patroclo veamos unas palabras de Atenea, tomando ella la figura de Fénix: “Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza y de oprobio que los veloces perros despedazaran cerca del muro de Troya el cadáver de quien fue compañero fiel del ilustre Aquiles” (Op. Cit. Canto XVII).
Los troyanos encabezados por Héctor tenían entre sus planes violar lo dispuesto con los cadáveres, que así como vimos en la parte anterior de este trabajo, se les debe honrar sea con el sepulcro o en este caso con la pira funeraria, permitiendo que los allegados del difunto lo preparen, lo lloren y lo prendan en fuego. Así, Hera, enviando a una diosa mensajera, incita a la acción al héroe Aquiles para defender el cadáver de Patroclo a la vez que lo previene de lo que quiere emprender Héctor. Así le dice:
¡Levántate, Pelida, el más portentoso de los hombres! Ve a defender a Patroclo, por cuyo cuerpo se ha trabado un duro combate cerca de las naves. Mátanse allí, los aqueos defendiendo el cadáver, y los teucros acometiendo con el fin de arrastrarlo a la ventosa Ilión. Y el que tiene más empeño en llevárselo es el esclarecido Héctor, porque su ánimo le incita a cortarle la cabeza del tierno cuello para clavarla en una estaca. Levántate, no yazgas más; avergüéncese tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de los perros troyanos, pues será para ti motivo de afrenta que el cadáver reciba algún ultraje (Op. Cit. Canto XVIII).
Debemos pensar en que los intentos de los troyanos por ultrajar el cadáver son los que provocan en Aquiles los deseos de portarse de igual forma con Héctor, lo que se realizará en la práctica, ya casi al final del poema. Solamente será la intervención divina la que logre aplacar la ira irrefrenable de Aquiles. En primer lugar tenemos la muerte de Patroclo, la cual saca de las naves a Aquiles para deponer su cólera hacia Agamenón. Luego una diosa, su madre Tetis, se encargará de rociar néctar rojo sobre el cadáver del amigo para alejar las moscas y preservar el cadáver. De igual forma, Afrodita es quien rocía también el cadáver de Héctor con un néctar rosado para evitar la putrefacción, como designio de Zeus y señal para Príamo, que deseaba satisfacer las ganas de llorar a su hijo querido.
Veamos las palabras de Héctor para Ayante en el “Combate singular” (Op. Cit. Canto VII) en las que propone el respeto por el cadáver del vencido, sea éste Ayante o el mismo Héctor:
Oídme, teucros y aqueos (...) Propongo lo siguiente y Zeus sea testigo: Si aquél, con su bronce de larga punta, consigue quitarme la vida, despójeme de las armas, lléveselas a las cóncavas naves y entregue mi cuerpo a los míos para que los troyanos y sus esposas lo suban a la pira; y si yo le matare a él, por concederme Apolo tal gloria, me llevaré sus armas a la sagrada Ilión, las colgaré en el templo de Apolo, que hiere de lejos, y enviaré el cadáver a las naves de muchos bancos, para que los aqueos, de larga cabellera, le hagan exequias y le erijan un túmulo a orillas del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los futuros hombres, atravesando el vinoso mar en una nave de muchos órdenes de remos: “Ésa es la tumba de un varón que peleaba valerosamente y fue muerto en edad remota por el esclarecido Héctor”. Así hablará, y mi gloria no perecerá jamás.
Sobre el rescate de Héctor creemos que es la parte más conmovedora de toda la Ilíada. Príamo se confía a los dioses, que le envían a Iris como mensajera. Con la ayuda de Hermes el anciano llega hasta la tienda de Aquiles y allí, después de la impresión horrenda para los dos, Príamo de rodillas le besa las manos en actitud de suplicante. Después de conversar y reconocerse como personas dotadas de sentimientos, Aquiles accede a entregarle el cadáver de su hijo respetándole la vida al padre del valiente troyano, que nunca dio la espalda al combate y siempre estuvo dispuesto a luchar incluso con Aquiles, hijo de una inmortal, aventajándole mucho en fuerza y poder.
Existe un gran contraste entre los juegos en honor a Patroclo y la manera como Aquiles trata el cadáver de Héctor. A decir verdad, en el poema de la Ilíada, no sabemos quiénes fueron los primeros en despojar y maltratar los cadáveres pero quien nos cuenta la narración que es Homero se interesa por enterarnos que fueron los troyanos los primeros en hacerlo; y fue con el maltrato al cadáver de Patroclo.
Mientras los aqueos celebran un festín fúnebre y lo más importante los juegos funerarios, cerca de ellos se hallan en Troya los teucros, que no se saciarán del llanto hasta que los dioses hayan dispuesto apaciguar lo que nosotros diríamos es una segunda cólera de Aquiles, la cual se descargará sobre el cadáver de Héctor. Éste será arrastrado a través de la llanura después de haber sido atravesado con muchas picas y lanzas de los aqueos, como si se tratara de la cacería deportiva de un jabalí por parte de un grupo de cazadores.
Por un lado se encuentra a Aquiles dándole tres vueltas al cadáver de Héctor, arrastrado por un carro, alrededor del cadáver de Patroclo, cerca de las naves aqueas. Por otro lado, vemos a Príamo, que desesperado por el dolor, se arranca los pelos de la cabeza; al igual que la escena de Andrómaca, que tras advertir a Héctor del peligro en la batalla, ahora lo llora viuda con un hijo huérfano; sin contar las lamentaciones, alaridos y gritos de dolor de los troyanos, cerca del palacio de Príamo. Pero así lo han dispuesto el hado funesto y la supremacía del largovidente Zeus Cronida.
El despojo de los cadáveres es otro tema, así como el de sus armas, armaduras y caballos. Y el robo de esos cadáveres quién sabe si con el objeto expreso de que no reciban los honores debidos, para que no regresen ni retornen a la patria, donde seguramente los esperan padres, esposas o hijos o simplemente para que no sean llorados ni puedan ser lamentados constituyendo además de la pérdida material, una pérdida emocional y simbólica.
Así por ejemplo la lucha entre Diomedes y Eneas concluye con el favor de Afrodita para con este último guerrero, que a pesar de que la noche ha caído sobre sus ojos se podría decir que la diosa, en una suerte de resucitación, lo vuelve a la vida y evita el que su cadáver sea hurtado por los aqueos, ante un posible ultraje.
La profanación, el ultraje y el maltrato para con los cuerpos será casi una constante en la Ilíada. Se dan toda suerte de muertes horrendas, en las que existe una clara necesidad de pedagogía ante los cuerpos muertos, un tipo de cultura de la conciencia. Esta conciencia radica en exponer la crueldad de la muerte y el afán por guardar el respeto con los cadáveres. Digamos que la Ilíada es clara en este sentido. Un cuerpo muerto pasa a otro nivel. Es el momento de la muerte en que se separa el alma del mismo, el cuerpo se quema o se crema para evitar la putrefacción, la contaminación o la peste, sus huesos son apartados de las cenizas fuera de la pira y se entierran en una urna. Esto lo diremos una vez más, más adelante.
Las muertes violentas en la Ilíada ocupan casi todo el poema. Una lanza que entra por la nuca y sale por los dientes, cortando la punta de la lengua. Otra lanza que es envasada entre los pulmones detrás de la espalda y sale en medio de las tetillas. Y otra más que entra por el ombligo y desparrama los intestinos en el suelo. Son esta clase de muertes las que nos enseñan el valor de la buena muerte, de las honras fúnebres y del trato adecuado con los cadáveres. Tal importancia tenía esta cuestión para los antiguos griegos y romanos que dejaron por escrito en sus poemas épicos las peticiones hechas a Odiseo o a Eneas por partes de las almas de héroes insepultos que no podían entrar al Hades pues sus cuerpos yacían esparcidos en algún lugar sin que nadie todavía les hubiese honrado como es debido.
Como colofón cabría mencionar que Odiseo es el que conduce al principio de la Ilíada a Criseida a la tierra de ésta, para llevarla a donde Crises, el vate de Apolo. Él se encarga de pilotear la nave que surcará el mar para devolver la mujer a su padre. Recordemos que en el inicio de la Ilíada se narra la peste suscitada por Apolo matando éste a gran cantidad de aqueos. Calcante es entonces quien le da la solución a Aquiles proponiéndole le sean sacrificados a Apolo sagradas hecatombes para aplacar la ira del dios. También es Odiseo el que secunda la expedición junto con Diomedes hasta las filas enemigas, en donde capturan un preso de guerra, que después de interrogar es decapitado. Asimismo Odiseo forma parte de los jefes o responsables de la embajada famosa enviada a Aquiles por Agamenón, pidiéndole éste último que refrene su cólera y trabe combate en favor de los dánaos. Lo decimos de esta forma para ilustrar que Odiseo siempre está dispuesto para toda clase de aventuras, sagacidades y peripecias, que no excluyen la violencia como es el caso de la decapitación del espía troyano, el cual había sido enviado para labores de inteligencia hasta las naves aqueas, no pudiendo concluir su diligencia debido a la muerte que le propina Diomedes, mientras Odiseo se encarga de tomar los cruentos despojos y se los ofrece a Atenea, violando la prescripción religiosa respecto del trato con los cadáveres y la bella muerte que todo guerrero lucha por alcanzar. Éstas son las palabras que Diomedes le dirige a Paris, amenazándolo, tras haber sido flechado por el raptor de Helena:
De otra clase es el agudo dardo que yo arrojo: por poco que penetre deja exánime al que lo recibe, y la mujer del muerto desgarra sus mejillas [en actitud de luto], sus hijos quedan huérfanos, y el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la tierra y teniendo a su alrededor más aves de rapiña que mujeres. [En clara alusión a sus líos de faldas, lo cual origina toda la guerra de Troya] (Op. Cit. Canto XI).
Volviendo a Odiseo, él no llorará, lamentará ni sepultará a Elpenor, su amigo guerrero, hasta que éste no se lo recuerde expresamente (Homero. Odisea. Rapsodia xi), pues Odiseo nos dice que “otros trabajos lo apremiaban”. Es decir, tenemos una idea de las cosas en las que se metía Odiseo, siempre presto a las andanzas y las correrías. Su compañero Elpenor se rompió las vértebras del cuello, cayendo de una determinada altura, y hubiera entrado en el Hades inmediatamente, pero lo retiene el hecho de que no ha recibido la sepultura.
En el combate entre aqueos y troyanos, Odiseo jactándose de haber lanceado mortalmente a Soco Hipásida, le dice en actitud soberbia lo siguiente, como recordándole al guerrero troyano lo distinto de su destino y cómo el hado del caído es de alguna forma un castigo por haber osado a combatir con Odiseo:
¡Ah, mísero! A ti, una vez muerto, ni el padre ni la veneranda madre te cerrarán los ojos [Lo cual contravenía la tradición esencial del respeto con los cadáveres], sino que te desgarrarán las carnívoras aves cubriéndote con sus tupidas alas; mientras que a mí, si muero, los divinos aqueos me harán honras fúnebres (Op. Cit. Canto XI).
Esta es una forma de guerra psicológica para amilanar al contendor, que se verá a lo largo de la Ilíada. Es propia del combate esta manera de mermar el ánimo guerrero del oponente.