Una visión moderna de la Grecia antigua • Sócrates Adamantios Tsokonas
Capítulo III
Honores debidos a los muertos

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A. Ritos funerarios

Comenzaremos con una imagen de la Eneida de Virgilio de que disponemos para introducir en nuestra investigación los límites infernales. Cuenta Virgilio que había una “profunda cueva” de “escabrosa boca”, que era defendida por “tenebrosos bosques” y por las “negras aguas” del lago Estigio. Los latinos llamaban a este lugar Averno.

La Sibila de Cumas le participa a Eneas para que éste consiga el ramo de oro que se halla escondido en un árbol del Averno, de modo que se lo pueda entregar a Perséfone y así lleve a término su viaje por el Hades en busca del alma de su padre Anquises. Pero ante la petición que le hubo hecho Eneas a la Sibila, ésta como condición le pide a su vez que primero sepulte a su amigo:

Dice a Eneas la Sibila de Cumas:

Además, mientras que pides mis oráculos y esperas en la puerta de nuestro templo ¡ah, tú lo ignoras! el cadáver de un amigo tuyo está tendido en la ribera inficionando toda la armada. Ante todo, llévale al lugar de su descanso, y encierra su alma en el sepulcro. Trae después negras ovejas, y haz con ellas los primeros sacrificios expiatorios. Así, al fin verás los bosques de la Estigia y los reinos inaccesibles a los vivos (Virgilio. Eneida. Canto VI).

La sacerdotisa de Apolo, la Sibila de Cumas, manda que degüellen cuatro becerros negros para Hécate; mientras unos hacen esto, Eneas Anquisíada sacrifica con su espada una cordera y una vaca estéril a las Euménides y a Perséfone. De tal forma que Hécate escucha el sacrificio y ahora la sacerdotisa, la Sibila, invoca las “vastas regiones donde reina el silencio de la noche” y reza ella a los dioses infernales pidiendo “que vuestra divinidad me permita descubrir los secretos sepultados en la eterna oscuridad de las entrañas de la tierra”.

El amigo de Eneas era Miseno, que enardecía el ánimo de los guerreros con la trompeta y a la vez era envidiado por Tritón, trompetero del dios Poseidón. Por tal envidia este Tritón lo agarró y lo sumergió debajo del agua espumosa del mar. Por esta razón la Sibila le dice a Eneas que su amigo está “inficionando” toda la armada; es decir, infectándola.

Los troyanos preparan entonces los honores póstumos a Miseno, a quien se ocupaban de llorar. Levantan una pira funeraria con árboles como la encina, el roble y el ciprés y en la cima colocan las armas del difunto. Lavan el cadáver con agua caliente que sacan de ollas de bronce, lo colocan sobre un lecho mortuorio y encima le ponen sus vestidos y al instante prenden fuego a la pira. Luego, separan los huesos de las cenizas y a éstos los encierran en un ataúd de bronce. Los troyanos le dicen las últimas palabras y según las costumbres de la época aparecía un sacerdote diciendo algo como: “podéis partir” o “se ha acabado”. Entonces Eneas lo sepulta en lo alto de una montaña y pone sobre el lugar las armas del amigo, un remo y una trompeta.

El hombre de las sociedades primitivas se esfuerza por vencer a la muerte transformándola en rito de tránsito. [...] Resumiendo, la muerte viene a considerarse como la suprema iniciación, como el comienzo de una nueva existencia espiritual. Mejor aun: generación, muerte y regeneración (re-nacimiento) se conciben como tres momentos de un mismo misterio, y todo el esfuerzo espiritual del hombre arcaico se pone en demostrar que entre estos momentos no debe existir ruptura. No puede uno pararse en ninguno de estos tres momentos (Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998. Pág. 143).

De aquí que sea tan importante cumplir con los honores debidos a los muertos, la muerte entonces es concebida como un rito de tránsito y detenerse en ese momento constituye un problema ontológico, relativo al ser y que nos toca a todos por igual, a nosotros los mortales. La muerte entonces encierra un rito, que es sagrado y lo sagrado se refiere a un tiempo y un espacio especiales, únicos y dedicados a las divinidades. En este caso, la divinidad es Hades, el Invisible, que gobierna las regiones bajas o inferiores, pero no por ello menos importantes. A él se le adjudicó el imperio de las almas en las profundidades de la tierra, en su seno, mientras que sus hermanos adquirieron poder sobre el cielo y el mar. Hades es la contraparte de Zeus, por gobernar en dos regiones antagónicas pero que dan solución a la continuidad del espacio, como nos dice Mircea Eliade. Este dios infernal es llamado el Zeus Ctónico, el Señor del Inframundo o simplemente Hades. Justamente por este último nombre es que nosotros conocemos el Hades; es decir, el lugar que alberga las almas de los difuntos, que según Platón, citado en seguida, unas van a los Campos Elíseos, mientras que otras van al Tártaro, a pagar condena por sus crímenes, desmanes, vilezas, etc. Leamos entonces una descripción del mundo subterráneo hecha por Platón:

Siendo así la naturaleza de esos lugares, una vez que los difuntos llegan a la región adonde a cada uno le conduce su daimon, comienzan por ser juzgados los que han vivido bien y piadosamente y los que no. Y quienes parece que han vivido moderadamente, enviados hacia el Aqueronte, suben a las embarcaciones que hay para ellos, y sobre éstas llegan a la laguna, y allá habitan purificándose y pagando las penas de sus delitos, si es que han cometido alguno, y son absueltos y reciben honores por sus buenas acciones, cada uno según su mérito. En cambio, los que se estima que son irremediables a causa de la magnitud de sus crímenes, ya sea porque cometieron numerosos y enormes sacrilegios, o asesinatos injustos e ilegales en abundancia, y cualquier tipo de crímenes por el estilo, a ésos el destino que les corresponde los arroja al Tártaro, de donde nunca saldrán y los que parece que han cometido pecados grandes, pero curables, como por ejemplo atropellar brutalmente en actos de ira a su padre o su madre, y luego han vivido con remordimiento el resto de su vida, o que se han hecho homicidas en algún otro proceso semejante, éstos es necesario que sean arrojados al Tártaro, pero tras haber caído en él y haber pasado allá un año entero los expulsa el oleaje, a los criminales por el Cocito, y a los que maltrataron al padre o a la madre por el Piriflegetonte. Cuando llegan arrastrados por los ríos a la laguna Aquerusíade, entonces gritan y llaman, los unos a quienes mataron, los otros a quienes ofendieron, y en sus clamores les suplican y les ruegan que les permitan salir a la laguna y que los acepten allí y, si los persuaden, salen y cesan sus males; y si no, son arrastrados otra vez hacia el Tártaro y desde allí de nuevo por los ríos, y sus padecimientos no cesan hasta que logran convencer a quienes dañaron injustamente. Pues esa es la sentencia que les ha sido impuesta por sus jueces. En cambio, los que se estima que se distinguieron por su santo vivir, éstos son los que, liberándose de esas regiones del interior de la tierra y apartándose de ellas como de cárceles, ascienden a la superficie para llegar a la morada pura y establecerse sobre la tierra. De entre ellos, los que se han purificado suficientemente en el ejercicio de la filosofía viven completamente sin cuerpos para todo el porvenir, y van a parar a moradas aún más bellas que ésas, que no es fácil describirlas ni tampoco tenemos tiempo suficiente para ello en este momento. Así que con vistas a eso que hemos relatado, Simmias, es preciso hacerlo todo de tal modo que participemos de la virtud y la prudencia en esta vida. Pues es bella la competición y la esperanza grande (Platón. Fedón. Trad. de E. Lledó).

Nos menciona Erwin Rohde la prohibición de Solón en cuanto a los sacrificios hechos durante el sepelio, mientras el finado era velado todavía en la casa que habitaba. Los sacrificios antes de Solón eran de toros, normalmente negros. De igual forma eran de color negro todos los animales que se sacrificaban a las deidades ctónicas, como Hades, Deméter y Perséfone. Dichos animales podían ser ovejas, chivos y, como ya hemos dicho, toros. Tenemos fe en la Ilíada que durante otros tiempos (siglo XI a.C., probable era de la guerra de Troya) los sacrificios se efectuaban con seres humanos, aparte de una variedad de animales como en los funerales de Patroclo, en los que además de caballos, bueyes, ovejas y perros se degollaron y arrojaron a la pira doce troyanos hijos de nobles caudillos.

Relatemos con brevedad los preparativos del funeral de Patroclo para que así el lector tenga una idea más cercana al texto tal como lo conocemos de la Ilíada.

Entre gemidos los aqueos dieron tres vueltas en sus caballos alrededor del cadáver de Patroclo. Tetis les excitaba a los guerreros el deseo de llorar y Aquiles comenzó a entonar el lamento funeral.

Aquiles, orgulloso en medio del dolor, habló al compañero muerto diciéndole que le iba a cumplir cuanto le prometiera. Llevaba el cadáver de Héctor arrastrándolo y dijo nuevamente a su amigo Patroclo – ya que éste estaba muerto, Aquiles le habla a su eidolon; esto es, a su imagen – que además de entregar el cuerpo de Héctor a los perros de Troya, degollaría a doce hijos de eximios troyanos, lo cual acabamos de decir.

A continuación, Aquiles y su gente —los mirmidones— se bajaron de los caballos y se reunieron en su nave en donde comieron un fabuloso banquete funeral. Los compañeros llevaron pues a Aquiles a la tienda del Atrida Agamenón en la que le preparaban un baño —debido a las manchas de polvo y de sangre— y este es el momento del juramento de Aquiles en que se comprometía a no probar el baño y a que el agua no mojara su cabeza hasta que hubiera puesto en la pira a Patroclo, le hubiera erigido un túmulo y se hubiera cortado el cabello.

Después de la cena fúnebre durmieron y a la mañana siguiente Aquiles les cuenta a los compañeros un sueño que tuvo en la noche, dándoles causa para el llanto. Recordemos que el sueño es hermano de la muerte como nos lo describe la mitología griega. En ese sueño la imagen de Patroclo se le aparece a Aquiles —semejante en todo a cuando vivía sólo que sin vigor y como tenue o vana— y le pide que se apresuren con su sepelio pues las almas del Hades no permiten que atraviese el río del inframundo.

Además Patroclo le predice su destino a Aquiles, que es morir al pie de las murallas de Troya y le encomienda que sus huesos sean enterrados conjuntamente; es decir, los huesos de Aquiles, que todavía vive, con los huesos de Patroclo, ya muerto.

Esa mañana, al amanecer, Agamenón mandó a todos los guerreros que fueran por leña y así lo hicieron, cargando con muchas y pesadas encinas las transportaban en mulas hasta la orilla de la playa, lugar en donde se erigiría el túmulo para los dos —Aquiles y Patroclo, aunque Aquiles viva todavía.

Además, el rito fúnebre lo tenemos claro gracias a la narración que hace Homero, quizá con un relativo y cierto parecido con la tradición de su época. En este capítulo XXIII de la Ilíada, Homero nos cuenta que Aquiles ordena que los combatientes aqueos aten los caballos a los carros, vistan la armadura y las armas, de modo que todos acompañen a Patroclo hasta su pira funeraria. El cadáver de este guerrero muerto es cubierto con el pelo de los aqueos, en señal de luto y para que lo acompañe en su viaje al Hades. Así lo hace finalmente Aquiles también, a pesar de que su padre Peleo le había prometido al río Esperquio que Aquiles le ofrecería su cabellera al volver al suelo patrio.

Un momento emotivo en la Ilíada es cuando Aquiles le pone su pelo cortado en las manos de Patroclo. Seguidamente Aquiles y Agamenón dejan marchar a los soldados y piden que estén presentes sólo los caudillos griegos. Después que todos hubieron contribuido con leña para los funerales del héroe, alzan a Patroclo y lo colocan en el lugar más alto de la pira. Sacrifican ovejas y bueyes, al igual que cuatro caballos, dos perros y doce troyanos. Untan con grasa de animal el cuerpo de Patroclo, le colocan a su lado dos ánforas, una de miel y otra de aceite y a continuación piden a Bóreas y Céfiro que soplen sus fuertes vientos para que pueda arder la pira.

Luego de que toda la noche hubo ardido la pira de Patroclo, a la mañana los aqueos separaron sus huesos, y los encerraron en una urna de oro. Aquiles les pide entonces que erijan un túmulo no muy grande, de tal suerte que cuando él muera lo hagan más ancho y alto.

Gracias a Emily Vermeule, catedrática de la Universidad de Harvard, tenemos cierta cantidad de datos, informaciones y referencias para compartir sobre este tema de la muerte en la Grecia antigua. Hay dos hechos que subrayar, uno es la forma como se efectuaban las inhumaciones o enterramientos de las personas en la Edad del Bronce y otro es la mención que merece la aparición tardía de la figura de Caronte como barquero de los infiernos. Con respecto al primer punto, sabemos ahora que cuando alguien moría se procedía a cerrarle los ojos en primer lugar. Si el difunto era varón entonces la esposa era la encargada de hacerlo (Agamenón en el Hades se mantendrá molesto con su esposa, ya que Clitemnestra no respetó ni siquiera esto). Si no contaba con esposa, pues una pariente mujer, mientras más allegada mejor. El honor que deben recibir los mortales es el trato adecuado a su nueva condición de muertos, lo cual incluye el lavado con agua, la lustración con aceite, se vestía y se colocaba el finado en un féretro o lecho mortuorio. Venía en seguida un velatorio, generalmente en casa del mismo fallecido y su nombre era prothesis, en el cual se contrataba a plañideras de oficio para entonar los lamentos funerarios, verter copiosas lágrimas y quizá hacer sentir que la persona que se iba de esta vida sería extrañada y que fue querida por la gente. A continuación comenzaba el acto de la procesión hasta el sitio del entierro, lo cual se llamaba ekphora, y se hacía de dos modos distintos. Una de las maneras era llevando el ataúd a cuestas y la otra era llevarlo en un carro tirado por caballos. Dependiendo de la condición social del difunto se procedía a inhumarlo (familias pobres) o a incinerarlo (familias ricas). Esto por supuesto, a grandes rasgos. Siempre había sus excepciones aunque era así como funcionaba todo, dado que la condición económica era a veces la manifestación de la condición social del individuo y de su familia. Si quien moría había sido un guerrero, lo ideal era que sus restos fueran llevados al suelo patrio para cumplir sus exequias. Por ejemplo, en la Ilíada, resalta a la vista de cualquiera lo finamente elaborado de los funerales de Patroclo, mientras que Héctor, apenas pudo ser rescatado por su padre, fue también llorado y lamentado y se cumplió con un duelo de doce días, durante los cuales hubo una tregua entre aqueos y troyanos. Claro que los funerales de Patroclo se hacen bien lejos de su patria pero nosotros, alejados también de la narración de su muerte, hoy por hoy nos ha llegado la noticia y sabemos que él yace en Troya como un héroe, habiéndose sacrificado en su pira funeraria a caballos y perros, además de doce hijos de ilustres troyanos, alcanzando gloria y renombre entre los venideros y habiendo cumplido a cabalidad con su vida de héroe.

 

B. Culto a los antepasados

Gracias a Erwin Rohde, vamos adquiriendo un mayor aprendizaje sobre el culto a las almas entre los griegos. Rohde perteneció a los discípulos de Ritschl, profesor y catedrático de filología clásica en Alemania alrededor de 1875. Fue Rohde amigo y condiscípulo de Friedrich Nietzsche, también filólogo pero recordado por nosotros como filósofo. También habría que mencionar a Ulrich Wilamowitz, otro de los alumnos de Ritschl, también filólogo y referencia casi obligada para los especialistas en filología incluso hoy por hoy.

Rohde nos introduce en su libro Psique (Barcelona: Labor, 1973) el concepto del alma y cómo llega ésta al reino que las alberga, luego de que ha abandonado el cuerpo del difunto. Sobre este abandono del alma leamos un extracto de Jean Pierre Vernant, otro estudioso de los temas clásicos griegos:

Será con ocasión de la muerte, cuando se encuentra desierto, cuando el cuerpo adquiera su unidad formal. De sujeto y soporte de diversos tipos de acciones, más o menos imprevisibles, se convierte ahora en puro objeto para el otro: si antes fue objeto de contemplación, espectáculo para la mirada, ahora pasa a ser objeto de atenciones, lamentos, ritos funerarios (Jean Pierre Vernant. “La bella muerte y el cadáver ultrajado”. El individuo, la muerte y el amor en la Antigua Grecia. Barcelona: Paidós, 2001).

Rohde explica que existe incertidumbre en los inicios del culto a las almas en Grecia antigua. Esto se debe que no se sabe qué pudo surgir primero: el culto a los dioses o el culto a las almas. En todo caso, podría parecer lo mismo pero no lo es, por una razón. El cuerpo y el alma se han mantenido unidos en potencia mientras el individuo haya tenido vida y el alma haya habitado en su cuerpo. Pero no debemos confundir la aparente inmortalidad de las almas con la inmortalidad de los dioses. Las almas han estado en el individuo como potencia, pero una vez que cambia su estado con la muerte se convierte en eidolon, imagen del difunto. Sigue conservando el nombre de la persona completa, sólo que ya dejó de serlo y ahora es como sombra.

Según Rohde el alma se separaba completamente del cuerpo con la cremación y ya no volvía más entre los vivos, ni siquiera en sueños. Así pues, Patroclo se aparece en sueños a Aquiles para pedirle que apresure los funerales, pues todavía no ha sido cremado. Una vez efectuada la cremación de sus despojos mortales, su alma ya no volverá más y permanecerá en el Hades sin posibilidad de retorno:

¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego. Ni ya, gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa muerte que el Hado, cuando nací me deparara (Homero. Ilíada. Canto XXIII).

Rohde nos explica que el culto a las almas suponía un anterior culto a los héroes. Este culto a los héroes se fundaba en el homenaje a los antepasados, que era muy importante entre los griegos y se daba en el lugar del sepulcro de estas almas privilegiadas conocidas como héroes.

El culto a los héroes pasó por cierta degeneración, el oráculo de Delfos declaraba que se le debía tributar un culto especial a cada fundador de las estirpes griegas. De tal forma que no solamente había un culto a los héroes de la épica griega así como a sus linajes sino también a los héroes patrios de cada ciudad, a los que se les rendía tributo para que la defendieran y la protegieran ante la peste o ante la espada. De tal forma que había un culto para cada gen o linaje épico, por ejemplo, para los Atridas, los Tideidas, los Eácidas, los Laertíadas, etc. Así se veneraba entonces a cada héroe en su ciudad natal o donde descansaran sus huesos, Aquiles en Tesalia, Ayax en Salamina, etc. A veces, se trasladaba la tumba de un héroe desde tierras extrañas a la tierra patria, en la que se asentaba en la plaza de la ciudad o en las fronteras de la misma.

Los pobladores de una ciudad griega o demos, se atribuían el derecho de honrar a un determinado héroe, mientras más cercano a la estirpe divina mejor. Esto se conocía como cultos locales a los héroes, producto de lo cual cada poblado tenía sus propios predecesores, fundadores e iniciadores de su gentilicio. Por lo cual este culto del que hablamos se hacía en nombre de un fundador, que le daba nombre a todos los habitantes de esa tierra que efectivamente había fundado, o también si no tenía la tierra un fundador conocido entonces se procedía a tomar como protector a un héroe de la épica, propio de las creencias de aquellos pueblos.

También nos habla Rohde de ciertos hoyos, orificios o aberturas, a través de los cuales se les rendía tributo especialmente a las divinidades ctónicas, a los dioses del Inframundo y a los héroes patrios. Constituían un punto de comunicación directa con esas deidades infernales y con las almas de los héroes muertos, a quienes se veneraba con ofrendas sacrificiales que, como ya dijimos se hacía con animales de color negro. Tenemos una cita de Kerényi a continuación para que tengamos una idea algo más precisa de la posición en que se inmolaban, por ejemplo, las víctimas de un sacrificio griego. Esto retrata bien la forma del rito griego de sacrificio y cómo los griegos concebían el orden del cosmos:

Sus últimas palabras (las de un profeta bíblico) dan en un rasgo particular del rito sacrificial griego, sin referirse a él de forma consciente: la víctima sacrificial era levantada del suelo, de tal modo que no podía tocarlo, cuando la ofrenda iba dirigida a los dioses de arriba, los celestiales y olímpicos, y era aplastada contra el suelo cuando iba dirigida a los dioses subterráneos o a los difuntos (Karl Kerényi. La religión antigua. Barcelona: Herder, 1999. Pág. 98).

Destino de los insepultos: Así en la Eneida el héroe troyano Eneas se admirará, y le preguntará a la Sibila de Cumas a qué se debe tal muchedumbre de almas agolpadas en el Aqueronte, esperando unas, mientras otras son conducidas por el horrendo Caronte al otro lado del río infernal. Ella responde lo siguiente:

Todas estas sombras que ves son de la desgraciada multitud a quien no se ha dado sepultura. Aquel barquero es Carón. Éstas que transporta por agua, son las de los que han sido sepultados. No es permitido atravesar estas hórridas riberas y la ronca corriente, antes que sus cenizas descansen en sus sepulcros. Andan errantes cien años revolando en torno a estas riberas, y entonces recién son admitidas a pasar el anhelado estanque (Virgilio. Eneida. Canto VI).

De tal forma que éste ha sido el destino que les aguardaba a los cadáveres insepultos, cuyas almas no podían atravesar las riberas del Aqueronte, la laguna Estigia y el Cocito, que tales son los nombres de las aguas del inframundo. Sobre este asunto de la muerte sin sepultura, veamos qué nos dice Mircea Eliade. Él nos habla de que nadie se da por muerto hasta que el “entierro ritual” haya tenido lugar y el alma del muerto haya sido llevada hasta el sitio final para su descanso, lo que Eliade denomina una “nueva morada”, pues la primera y única morada del ser humano que conocemos es nuestro cuerpo, albergue de nosotros mismos, al que nos hallamos conectados mientras nos encontremos con vida. Éstas son las palabras de Eliade, todo un experto en historia de las religiones:

Para ciertos pueblos, tan sólo el entierro ritual confirma la muerte: el que no es enterrado según la costumbre, no está muerto. Por lo demás, no se da por válida la muerte de nadie hasta después del cumplimiento de las ceremonias funerarias, o cuando el alma del difunto ha sido conducida ritualmente a su nueva morada, en el otro mundo, y allí ha sido admitido en la comunidad de los muertos (Mircea Eliade. Lo sagrado y lo profano. Barcelona: Paidós, 1998. Pág. 135).