Una visión moderna de la Grecia antigua • Sócrates Adamantios Tsokonas
Conclusiones

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Acerca del primer capítulo del presente trabajo, tratamos de despertar el interés del lector por un tema trágico griego, que es el de la muerte, los honores debidos a los muertos y su cumplimiento o incumplimiento. El argumento de Antígona es sencillo pero a la vez es profundo y tiene diversos focos de atención. Aparte de situarnos por un rato en el lugar de Antígona, también podríamos vernos en la posición de Creonte, que pierde no sólo una sobrina a quien él condena mortalmente sino a su mujer y a su hijo (Eurídice y Hemón). Como dijimos en las páginas dedicadas a Antígona, esta tragedia es ciertamente también la tragedia y el descalabro de Creonte. Su inflexibilidad y su intransigencia llegan a tal punto que no se queda sin su castigo, y su dureza contrasta abiertamente con la maleabilidad del carácter de Hemón, a quien Creonte acusa de ser un juguete de las mujeres, especialmente de Antígona, su prometida.

Nosotros creemos que Antígona se escribió para la clase política griega del siglo V a.C. de modo que cada dirigente se viera por un momento en el espejo de Creonte y supiera que conductas como las suyas difícilmente pasarían inadvertidas y sin una reprimenda severa por parte de los dioses. Otra cosa importante que logra esta tragedia es confrontar el papel que debe jugar el Estado y el papel desempeñado por el ciudadano. ¿Hasta qué punto el Estado tiene la potestad de suprimir los derechos religiosos del individuo y hasta qué punto se puede jugar con las leyes, en una suerte de pirueta equilibrista, sin perder el control?

Antígona está consciente. De allí su gran valor. Su atrevimiento y su osadía los paga caro pero ella logra darle a Creonte una lección de amor propio. También consigue demostrarle que es capaz de dar la vida por un ideal supremo, que no es otro que honrar las divinidades subterráneas. Los lazos de sangre serán más fuertes que cualesquiera otros, incluyendo los vínculos del hombre con el Estado. Una ley arbitraria siempre encontrará oposición a su paso y siempre habrá quien decida quebrantar esa ley, en nombre de la libertad y en nombre de otros valores preciados.

Concluimos que Antígona sabe su destino con antelación. Su actitud ciertamente es subversiva pero lo es en un sentido libertario. Recordemos que Creonte es un gobernante recién puesto y que él asume el poder de forma arbitraria, debido a que en Tebas ya ha muerto el rey Etéocles, y Polínices está muerto también. Creonte no sólo asume unilateralmente el poder y el mando de la ciudad sino que se estrena políticamente con una medida autoritaria y antipopular, violando todo el sistema y el orden establecido de la ciudad, la religiosidad, costumbres y tradiciones de los tebanos. Por esta razón es que Antígona se subleva, constituyendo la rebelión de un individuo, una mujer joven, en contra de la represión y la amenaza representada por su tío, hombre y viejo. Los temas de esta tragedia colindan con las más respetables instituciones del mundo griego de la época, como son el Estado, la religión y el patriarcado.

El segundo capítulo de nuestro trabajo es un comentario lo más sintético posible de la Ilíada, y en el que nos enfocamos en la muerte deshonrosa del héroe. Hicimos mención de cómo el cadáver de Héctor fue profanado y cómo la muerte de cada guerrero encerraba la posibilidad de venganza y afrenta a su cuerpo. Propusimos la idea de que la renuncia de Aquiles a la cólera es una suerte de segundo momento dramático en el poema, que se caracteriza principalmente por la manifestación de parte de Aquiles de una ira irrefrenable hacia los troyanos. Ya sabemos que Patroclo, su mejor amigo, muere a manos de Héctor y éste le despoja de sus armas, aunque podemos ver en la Ilíada que éstas eran propiedad de Aquiles.

Lo que la Ilíada enseña, aparte de la virtud, que seguirá siendo de gran importancia mientras conservemos la vida, es un valor importantísimo también y que va más allá de la mera virtud: es el respeto por el otro, por los sentimientos de los demás y por sus creencias. El cuerpo de Héctor tiene dolientes y hay que respetarlos. No sólo se trata del respeto por las divinidades (como Hades y Perséfone) sino por otorgarle honor al vencido y a los vencidos (troyanos, o cualesquiera otros).

Sobre la autoría de Homero o de varios Homero, Rohde nos habla de varios poetas que compusieron la Odisea, así que si creemos en su palabra, entonces podemos estar casi seguros de que sea así.

Casi todo el poema épico de la Ilíada versa mayormente acerca del respeto con los cadáveres y en el hecho de honrarlos debidamente. Es un tema de sensibilidad casi esencial de cada ser humano y hasta Aquiles, que se nos muestra insensible al principio, acepta devolver a Héctor a su padre y a los troyanos para que lo suban a la pira y tengan ocasión para llorarlo y cumplir con la despedida formal de sus restos mortales.

Ciertamente hay dioses que favorecen a aqueos y troyanos pero hay una deidad que los gobierna a todos, tan importante como el mismo Zeus, es Hades, que según Kerényi es la contraparte de su hermano celestial. Hades no está a favor de uno u otro; en este sentido él nos espera a todos en su palacio sin distingos, ya que la muerte es complaciente con todos por igual.

Sea Homero uno o varios poetas, nos dice que su obra será cantada por la posteridad, como intuyendo el enorme influjo de esta obra sobre millones de lectores en casi tres milenios de haber sido compuesta. Su valor es definitivamente universal, al menos para los occidentales como nosotros. Todos podemos ser y hemos sido educados un poco con valores como los que enseña y contiene la Ilíada o la Odisea.

Homero lleva el tema de la buena muerte hasta sus últimas consecuencias para enseñarnos que incluso en la guerra se pueden salvar los grandes valores de esta vida que todos compartimos. Él pone en una situación límite el respeto por los cadáveres, en una guerra originada por Helena, una mujer, entre dos pueblos que la disputan y que sienten un odio visceral por el contrincante. Incluso bajo esta situación, Homero nos toca y nos dice: incluso en esas circunstancias, respetarás el cadáver de tu enemigo, porque es sagrado.

En el último capítulo podemos conseguir un ensayo titulado “Casandra y Agamenón”, que versa sobre la suerte que corre Casandra después del sitio de Troya, y la que corre Agamenón, muerto por Clitemnestra de una manera vil, abyecta e indigna de un guerrero. Por un lado, Casandra adquiere de Apolo los dones adivinatorios y por otro, ella es castigada y condenada por el dios a vivir en el desconocimiento de su don profético y en la ignominia de ser considerada una demente.

Además planteamos la relación existente entre Apolo y Artemis y Casandra y Heleno. Estas parejas de hermanos tienen algo en común: la profecía. Sin embargo, lo que las separa y las distingue es la condición de dioses y hombres; es decir, en su naturaleza disímil de inmortalidad y mortalidad. Nuestro análisis trata simplemente de establecer una analogía o una conexión entre ambos pares.

Sobre el tema de la muerte en la Ilíada decimos que Aquiles finalmente accede con la intervención divina a entregar el cuerpo de Héctor a los troyanos. Esto demuestra que lo peor que podía sucederle a alguien era, después de muerto, ser tratado de manera irrespetuosa, denigrante o inapropiada. El respeto por los cadáveres es y seguirá siendo una virtud heroica; no solamente heroica sino de temor y respeto por lo sagrado, esa mezcla sin la que el dominio de lo sagrado se saldría de nuestras manos, de nuestro control y su descuido representaría un peligro inminente para cualquiera.

Roger Caillois nos habla de una suerte de sociología de lo sagrado, según la cual el hombre trata siempre de mantener cierta distancia entre el mundo sagrado y el mundo profano. La mezcla de ambos mundos en sus particularidades de la vida diaria conlleva una ruptura, aniquilación o desmoronamiento del orden del universo. Por eso él nos dice que existen seres y objetos consagrados, a la vez que existen los profanos. Así, por ejemplo, en algunos pueblos, al jefe de la tribu se le considera sagrado y no debe tocársele, en la tradición indo-iraní el incesto entre hermanos implica una violación mayor de las instituciones del cosmos, mientras que en la tradición hebrea, Abrahán sacrifica como una ofrenda sagrada a su hijo Isaac, por ser éste el primero (el primer nacido).

En cuanto a ofrendas y sacrificios, el hombre primitivo ofrece algo a cambio de un don específico, sea para el bien de la cosecha, para la fertilidad del ganado o para ahuyentar las enfermedades y la muerte de la tribu. Se sacrifica para conservar, adquirir, redimir o para pagar simbólicamente y por adelantado un bien superior, un bien sagrado o consagrado que sólo la divinidad está en capacidad de satisfacer.

El capítulo que le dedicamos a Antígona refleja bien el sacrificio en aras de lo sagrado, por la ley de la sangre. Mientras que Aquiles y sus compañeros, ofrecen su cabello a Patroclo para satisfacer a las deidades de abajo. Según Caillois ellos ofrecen simbólicamente la vida a través de su cabello, lo que quizá antes de Homero se hacía con ofrendas humanas.

En pocas palabras nosotros sugeriríamos que este trabajo puede servir como una introducción al tema de la muerte (al menos en la Antígona y en la Ilíada; esto es, tragedia y épica respectivamente). No obstante, la lectura de Homero es más que suficiente para adentrarnos en el mundo de la tragedia, ya que los temas trágicos se nutren de la épica homérica y nosotros hemos ofrecido al lector una forma de conectarnos con la muerte aunque sea para verla de reojo.

Concluimos que los ritos funerarios no sólo eran sino son necesarios en la muerte de cada individuo. Sin rito no se consigue el paso formal del difunto a la otra vida. Es decir, después de muerta, la persona debe atravesar el umbral de las regiones bajas para conseguir su entrada en el Hades. Si no hay rito, esa persona está condenada a vagar cien años por las riberas de la laguna Estigia sin lograr atravesar al otro lado. Mircea Eliade dice que el entierro o en todo caso el rito por la muerte debe ser efectuado para que la persona sea aceptada por los demás muertos, además de cumplir con una función social. A través del rito por la muerte, se confirma de una forma apropiada la muerte del individuo. Sólo por medio del entierro y la cremación u otra forma de sepelio se formaliza y se patentiza la muerte.

Vemos también en estos dos funerales algunas similitudes, como el tipo de árboles usados para encender la pira funeraria (la encina) así como la manera de llevar a cabo los ritos fúnebres en sí. Primero los guerreros, en una y en otra narración, queman el cadáver y luego separan los huesos del resto y los encierran en la urna de un metal preciado (bronce en Eneida y oro en Ilíada). Otra semejanza entre ambas narraciones es que tanto en la Eneida como en la Ilíada se mencionan los juegos fúnebres. En lo que respecta a la Ilíada hay toda una competición en honor del difunto. Los juegos en honor de Patroclo celebran las siguientes competencias: la carrera de aurigas; el pugilato; la lucha cuerpo a cuerpo; la carrera de velocidad; la lucha armada con largas picas, escudos y cascos; una suerte de lanzamiento de bala; el tiro de arco y flecha y el arrojo de la lanza al oponente; de las que resultan varios ganadores y a quienes se les otorga un premio (como recuerdo del difunto), tal como un trípode no puesto aún al fuego o una mujer diestra en primorosas labores.

Sobre el culto a los antepasados decimos que incluso hoy por hoy en la Grecia actual se conserva un vestigio de lo que llegó a ser dicho culto en su verdadero apogeo. En Grecia, se le coloca por una vieja costumbre a un niño el nombre de su abuelo paterno para que preserve el nombre de su linaje y de sus antepasados.

En la Grecia de Homero siempre se usa el patronímico, que es el nombre del linaje de cada héroe; así por ejemplo, Aquiles Eácida (Eácida, hijo de Eaco), Odiseo Laertíada (Laertíada, hijo de Laertes), Agamenón Atrida (Atrida, descendiente de Atreo), Ayax Telamónida (Telamónida o Telamonio, hijo de Telamón), etc.

El culto a los héroes se celebraba en las tumbas, se hacían sacrificios, por lo general de animales como el cordero, negros y en posición contra el suelo si era ofrendado a las divinidades del inframundo (Kerényi). La sangre de estos sacrificios era como una metáfora de la vida y se vertía en aberturas y orificios especialmente construidos para satisfacer a los héroes muertos y a las deidades.