Penúltima parte de El Taisnerio • María Eugenia Sáez
VI

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

El fraile levantisco y descontentadizo había hallado un extraño zurrón de piel de perro entre las pertenencias del indio Sebastián, muerto a la vuelta de una expedición del capitán Juan Bautista de Anza, a la que el indio años ha se había unido evadiéndose de la misión de San Gabriel Arcángel en la Alta California, a media hora por autopista de lo que hoy es la macrópolis de Los Angeles. En ese entonces, el indio Sebastián había optado por irse con la tropa, porque conocía mejor que nadie la diversidad de climas y terrenos entre esta misión y la que se elevó en Monterrey al norte. Hacia allá se fueron todos, encabezados por otro fraile descalzo que portaba un banderín singular: de un lado el santo de Asís con los ojos volteados hacia el cielo, del otro lado el demonio envuelto en llamas, la mirada fija al frente, las fauces desencajadas y la lengua colgando. Los indios algo mascullaban; las indias la miraban y reían.

Nadie se enfermó durante el viaje; ni siquiera cuando se acabó la vitualla y hubieron de comer lo que conseguían los sudores de Sebastián, cazador de osos y tan eficaz hallador de ranas que bien pudiera haber adquirido un apellido. Sin embargo, a la vuelta de San Francisco, como fue bautizado el sitio y la nueva misión junto a la vaporosa y esplendorosa bahía del Pacífico, no se le retuvo sino que se le soltó sin mayor compensación.

Corrido entre los suyos, afrentado entre los soldados, atemorizado de la represalia que contra él pudieran tomar los frailes sangabrielinos si hubiese llegado a acercarse, posibilidad que nunca sopesó de veras, Sebastián ensayó de volver a los pardos montes sin árboles, a vivir de sus camotes, agaves, bellotas, nopales, de sus osos y peces, de sus duras manzanitas nativas y de sus blandos lagartijos. Ocasionalmente encontró sombras junto a las cañadas o riachuelos, y allí semejanza de piñones. El hambre le abrió mil ojos, que no tanto el alimento su árida boca. Sin palabras de ninguna lengua ya, descargado también de manjar alguno su paladar, caminó días y días en busca de conejos o de frutas. Se había malacostumbrado a la comida frailenga.

Por lejanos y, a efectos del ganado de la misión, por escasos, le estaban negados los verdes sembradíos de grano silvestre, salpicados de frijoles y calabazas, los campos agrestes que habían pasado desapercibidos con todo y sus zanjas y regaderas a los ojos españoles, entrenados a ver cultivo indio sólo en simetrías como las de las ordenadas hileras de maizales de México. Pero no dejaron de ser notados estos campos semiagrestes por los nuevos y enormes animales que balaban y mugían llenando de pesados pasos los predios del tenue ciervo, llenando de grumoso y blanquecino jugo entrañas indígenas como las suyas, de humillantes gases la pompa de su calabazudo calzón de indio gabrielino.

 

Con todo y todo, penaba por volver a escuchar, no las campanas que marcaban el comienzo de un largo día de trabajo, ni la rueda del molino o el palmetear de las tortillas en las manos de las mujeres, sino la música, los vagidos lacrimosos frente a la negra imagen de Nuestra Señora la Dolorosa cuyo volteado rostro le recordaba al de la huesuda y orejuda Toypurnia de los pechos insumisos, la que guió a los indios contra los frailes. ¿Qué habría sido del primer indio pintor de la Alta California, de Antonio de las Rancherías? ¿Qué habría hecho el padre Antonio Cruzado, al terminar de diseñar la misión del arcángel Gabriel como si fuera su mezquita cordobesa, con las estaciones de la cruz pintadas del indio Antonio por él bautizado? ¿Habría catado F. Antonio que la Magdalena, pintada con media sonrisa, morena y vestida de verde, era tal cual Toypurnia? La Virgen llevaba el peinado y el collar blanco de Doña Eulalia Fagés cuyo caballeroso marido fue más que disfrutado por la india en la misión y fuera de ella, antes y después de la capitanía. Extrañas cosas habían pasado en la misión. Encerróse Eulalia en una celda a gritar que ella era una noble catalana; enfermóse Pedrito; dejó de cabalgar el apuesto Don Pedro a su nueva sirvienta orejuda; intervino apesadumbrado hasta la muerte Junípero Serra con las pocas fuerzas que le restaban y las doce pintadas estaciones del vía crucis signadas AD desaparecieron de las paredes de la iglesia. En una de ellas Antonio de las Rancherías le había pintado a él con las manos en la cruz, ayudándola a llevar al caído Jesucristo. “Ese no soy yo”. “Sí lo eres”. “Pues píntame con la cuchillada en la cara”. ¿Qué quedaría de todo ello? Y él, aún sin nombre propio, ¿qué quedaría de él, qué de su nombre? Sebastián de los clavados y de los ensaetamientos gozosos, Gabriel de los osados osos, Ángel o arcángel de las ranas, de las ramas. Sebastián del gran cuchillo, el eficaz, el explorador sin miedo.

 

De unos indios Kumeyaay y de sus valles de maíz —quizá tomado de los Pima de Arizona, quizá del que los frailes trajeron de México— poco pudo obtener a efectos de manutención, en verdad. Por salvoconducto de una sangabrielina que, pese al recato y encerramiento que, como a todas las indias jóvenes, le imponían los Padres, alguna vez le había concedido yacer con él mientras el fraile de turno se alejaba tras unas matas a hacer sus necesidades (este indio era varón que importunaba directa y repetidamente sin adornar para nada sus propósitos, sino sabiendo escoger a la compañera con una sola palabra, midiendo la urgencia, el terreno, el momento y sobretodo sabiendo satisfacer lo básico en vertical, horizontal o diagonal, pero siempre sin embarazar), pues por salvoconducto de una sangabrielina que desde ese día le brindó una cadena de semejantes asaltos, se llegó hasta el vallecito donde plantaba su grano silvestre un indio Kumeyaay que otrora fuera marido de ésta y luego escapara también de la misión San Gabriel, sin querer ocuparse más de la mentada, retozona y bienbrincona, mujer. Los Padres le habían reconvenido a menudo, pero el de él, como otros pocos matrimonios celebrados entre indias de misión e indios trashumantes, no estaba de durar.

El siempre soltero Sebastián se las ingenió para no alarmar al Kumeyaay y se cuidó de no mentarle los arrobos de la encerrada mujer que salía a llenar su jarro en la cañada. A cuenta de sus trabajos con De Anza, habló y comió por unos pocos días con el otrora escapado. Cuando nada restó por mascar o mascullar, se fue una tarde por donde había llegado; más confundido tal vez, hermanado de un modo extraño con el Kumeyaay como si ambos hubieran salido al tiempo de la misma hendidura de la tierra. Unos minutos antes de irse, se acordó súbitamente de un pasaje de la siembra de naranjos en la Historia verdadera que le había leído uno de los Padres el día en que trataron de plantar un granado junto a la fuente de la misión para que hubiera una poca sombra sobre los cuerpos sudorosos y, así, decidió dejar algo suyo en este valle entrecruzado indistintamente de frijoles y de grano silvestre cual trigo enano. Se quitó presto una medallita de San Francisco que llevaba al cuello por recuerdo de su expedición, una medallita de plata pura, y se la dio al Kumeyaay. Éste la miró por un breve espacio de tiempo en la palma de su mano virgen color de tierra, donde nunca había posado algo que brillara. Luego, el fugitivo de Francisca de las Rancherías volvió sus pasos sobre sí y desenterró frente a su choza a una figurita sagrada de barro cocido cuyos ojos fascinaron a Sebastián porque no los recordaba para nada y, sin embargo, se fantaseaba que venían a verle desde muy lejos. Se la puso en su mano hasta que le pincharon los picos de seno de ésta y le dio la espalda sin mayor palabra. Sebastián estiró y estiró al camino, que parecía pegársele a las alpargatas, hasta que un recodo del monte lo apartó para siempre del valle de grano silvestre del indio Kumeyaay. Apretando la figurita en la mano, Sebastián supo que siempre sería solo.

 

Se acercaba el encuentro con una decisión visceral y decidió prologarlo de un largo caminar por paisajes perfectos. No la monotonía de cadenas montañosas interminables y de espacios interminablemente verdes, sino el coro altiplanado de voces que oyó desde su atalaya: unas sopladas desde el desierto como aliento de puma, unas fluyendo claras y frías desde las arrugas de los desarbolados montes de vellón castaño, otras golpeando ala de halcón como las rocas cuando la lluvia las desploma desde el tope de las montañas de bola de granito al mediodía; la brisa templada; peces cascabeleando cielos de lluvias; los desgarrones de nubes se enredaron en la punta de los pocos eucaliptos de la misión en noches musicales que acariciaban su garganta con dedos de arpa. El ansia por oler las palmas amasadoras de Francisca en vez de su cuerpo siempre repleto y siempre horadado. Llovió y secó. Pasaron las dos estaciones de la tierra sobre Sebastián, el indio peregrino a punto de impacientarse. Y cantaba “Arrieros semos, puede que en el camino nos encontremos”, o cantaba

Por ver si me consolaba, arriméme a un pino verde
por ver si me consolaba,
por verme llorar lloraba,
y el pino como era verde, por verme llorar lloraba

No se acordaba de cómo seguía la canción del padre asturiano, ni la “de los álamos vengo, madre, que los álamos peina el aire”, pero se le antojaba que entre los álamos estaba otra Francisca que le explicaría todas las cosas y le acariciaría como una madre. Saltó las montañas pardas, salpicadas de yerba-buena y de pájaros sin árbol; palmeó las aguas rocosas para que saltaran los peces hacia el solitario sol; silbó a los halcones que rayaban cada silencioso mediodía; saboreó las lágrimas que su hundida y seca boca sellaba. Serían muchos meses antes de que cayera de nuevo la lluvia que hace brotar muñones de sabrosa sangre púrpura a las nopaleras que tenía adelante. Del bolsillo del calzón sacó una tortilla doblada en cuatro y un pedazo de pata de conejo medio chamuscada.

De vuelta hacia el camino a la misión, pero sabiendo que ya no podría de verdad volver a ella, se estacionó pensativo en la ladera de un monte venteado por los últimos soles, avistando, a pocos cientos de pasos, una cañada sin nada vivo en ella. Se le antojó extraño no ver a nadie y trató de recordar y buscó en su librito de estampas si era día de celebrar algún santo. En vano miró hacia arriba y abajo y en torno suyo. Le hubiera gustado ver chapotear y chillar a los patos. No hubo de eso. Una hora más de caminar, o dos, o tres.

 

Veía, a lo lejos, una mancha vegetal de diversos verdes que parecían salirentrar unos de otros y un hilo de agua asoleada que apuntaba hacia una pared nítida y firme, cortando la luz con arbotantes como la mezquita cordobesa que el fraile arquitecto le había mostrado en un libro preciadísimo por toda la comunidad franciscana. Sonó una campana y luego otra y otra y por fin muchas. Volaron los campanazos como ángeles en un aire claro. No supo ya si tocaban a Maitines o al Angelus o a qué pero, quizá por tener una rodilla en tierra y el sol sobre el quemado pescuezo, le vinieron a la mente docenas de caras como la suya, tantas palabras maliciosas, fugitivas del español frailuno, dichas de rodillas y con el vapor de las blancas tortillas entre los diz-que “oscuros” pechos que se apretan para amasarlas y el sudor de tantas manos en el aire. El padre que se seguía alarmando cada vez que veía amamantar. Cante Padre eso que me gustaba, que yo voy a ir únicamente para oírlo a usted cantar solo. Gracias por la medallita y perdone que se la tuviera que dar a un indio descalzo, pero recuerde padre que usted mismo me dijo que hay que mostrarse agradecido con los que te dan de comer, con los que te enseñan a cantar sollozos como me enseñó su merced. Ahí le voy padre; ahí le llega el famoso guía del capitán Juan Bautista de Anza, el indio protegido de nuestro padre San Francisco y del glorioso San Sebastián. Perdone. Páseme un plato de esas lentejas de su tierra que no me gustaban nada. Tómese esta figurita india de ojos atravesados y senos picudos de mujer y póngala en su colección y récele para que venga a visitarlo la fantasma irreal de Toypurnia o la masa real de Francisca la bienamasadora de lengua chilosa, en esa figurita que los dos sabemos que esconde usted en su colchón de paja, la de las puntas de flecha de obsidiana y los pedacitos de loza y de conchas brillantes. Y póngame a mí también ahí pero, ya que en carne y hueso no debo, pues hecho de barro, como en figura de hombre pero con bulto de indio, insensible a las heridas como San Sebastián. Soy tal vez como uno de esos bandidos malhechores crucificados al lado de Él, que pintaron con cara de españoles los indios sangabrielinos a falta de mayor saber o a falta de mejores estampas de las estaciones de la cruz. Soy tal vez como uno de esos diablos color de tierra que tentaban a Nuestro Señor cuando se retiró solo a orar por cuarenta días. Soy un habitante del desierto. No me dé sino canciones y comidas. O mejor mándeme a alguna india que no cante ni que rece demasiado. Estoy hambriento.